El olvidado arte de discrepar: falacias formales, falacias informales y sesgos cognitivos
Ciento cuarenta y nueve maneras de razonar mal o de dejarse arrastrar sin razonar, y una guía para no mentirse a uno mismo. Discrepar, en latín, era sonar distinto, y aprender a discrepar consiste en sostener esa disonancia ante otro sin necesidad de que nadie gane.
I. Sonar distinto
Una escena se repite hoy con una frecuencia que me resulta casi insoportable. Dos personas discuten en una sobremesa, en una red social o en la prensa, y ninguna de las dos intenta averiguar qué es verdad. Intentan ganar, quedar mejor delante de quien mira, no ceder terreno, y cuando por fin una de ellas calla lo hace porque se ha cansado o porque ha decidido que no merece la pena seguir exponiéndose a un adversario que tampoco escucha, casi nunca porque la otra la haya persuadido. He asistido a esa escena tantas veces que he empezado a sospechar que hemos perdido algo más hondo que un conjunto de técnicas lógicas, la disposición misma a comparecer ante otro con una posición propia y a dejar que esa posición se ponga verdaderamente en juego.
Las palabras con que nombramos todo esto lo dicen con más precisión de la que solemos advertir. Argumentar viene del latín argumentum, y este del verbo arguere, hacer brillar algo, ponerlo en claro, mostrarlo con nitidez, de la misma raíz que argentum, la plata, el metal que brilla. En su sentido más antiguo, argumentar es hacer que algo oscuro se vuelva visible entre dos, mucho antes que vencer a nadie. Discutir viene de discutere, formado por dis, que separa, y quatere, sacudir, la imagen del grano que se sacude para separarlo de la paja, y discutir bien sería sacudir juntos una cuestión hasta que sus partes se separen con claridad. Y sin embargo la palabra que casi todos usan hoy para el desacuerdo es polémica, del griego polemikós πολεμικός, lo que pertenece a la guerra, al pólemos πόλεμος, y esa es la palabra que describe con exactitud la mayoría de los desacuerdos contemporáneos, un enfrentamiento armado con palabras en lugar de una sacudida compartida en busca de claridad.
Muchas personas creen que diálogo significa dos palabras o dos voces, y yo mismo lo he oído explicar así en conferencias que por lo demás eran cuidadosas. El prefijo diá διά significa a través, y su parecido con el número dos es solo un parecido de sonido. Diálogo, diálogos διάλογος, de dialégesthai διαλέγεσθαι, es palabra que atraviesa, razón que pasa de uno a otro y vuelve transformada, una sola búsqueda que recorre sucesivamente a dos personas y las deja distintas de como estaban.
La palabra del título guarda el sentido más hermoso de todos, y es musical. Discrepar viene del latín discrepare, formado por dis, en direcciones distintas, y crepare, crujir, chasquear, sonar, la raíz del crepitar del fuego. Su primer sentido es sonar desacorde, desentonar. Cicerón lo emplea así en el libro primero de De officiis, cuando compara la conducta con los instrumentos y observa que en las cuerdas o en las flautas, por poco que desentonen, quamvis paulum discrepent, el entendido lo advierte enseguida. Discrepar es, literalmente, sonar distinto. Concordar y discordar, de cor, el corazón, hablan de corazones que suenan juntos o separados, y consonar, sonar con, completa la familia. En la raíz de nuestra lengua el desacuerdo es una disonancia, y cualquier músico sabe que la disonancia sostiene la música en lugar de destruirla. Johann Joseph Fux (1660-1741) enseñó a generaciones de compositores, desde su Gradus ad Parnassum de 1725, que la disonancia se prepara, se sostiene y se resuelve por el movimiento de las voces, y una música que la suprimiera del todo perdería su dirección. Heráclito habló de una armonía de tensiones opuestas, la del arco y la lira, palíntropos harmoníē παλίντροπος ἁρμονίη, y escribió que lo que difiere concuerda consigo mismo. Discrepar bien sería sostener la disonancia el tiempo necesario para que las dos voces encuentren su resolución, sin que ninguna tenga que callar.
II. Comparecer en el desacuerdo
Llamo comparecencia, del latín comparere, aparecer, presentarse, al acontecimiento por el que algo o alguien se presenta ante otro exigiendo una respuesta que no puede aplazarse indefinidamente sin que se pierda lo que se presentaba. Comparece quien ha sido convocado y se presenta con el cuerpo entero, expuesto, en un tiempo compartido con quien está ahí. Un desacuerdo verdadero es exactamente ese acontecimiento. Alguien comparece ante mí con una razón que no es la mía, y esa comparecencia me pide una respuesta que se deje alcanzar por lo que el otro dice, muy lejos de la defensa automática de la posición que ya tenía antes de escucharlo.
Distingo dos maneras de estar ante otro. En la comparecencia vocativa quien habla se dirige a alguien cuyo rostro responde, como se dirige un nombre, y su palabra vuelve a él cargada de esa respuesta. En la comparecencia forense quien habla ha sido emplazado ante un tribunal que juzga sin responder, y su palabra deja de dirigirse a alguien para convertirse en prueba ante alguien, ante un público que ha decidido de antemano a quién aplaudirá. La mayor parte de las discusiones contemporáneas son forenses. Las dos posiciones se exhiben la una frente a la otra, cada una vuelta hacia la grada, y la inteligencia de los participantes, a menudo considerable, se gasta entera en no perder.
El telar con el que pienso la música muestra dónde se juega cada desacuerdo. Su trama tiene tres estratos que cruzan los tres hilos del canto, y los tres sirven aquí sin forzarlos. La Carne reúne los dones irrenunciables del cuerpo, el rostro, la respiración, el peso y el tacto, y en una discusión es la voz que sube, el pulso que se acelera, la mandíbula que se aprieta antes de que nadie haya dicho nada ofensivo. La Inclinación es el estrato de la intención y del gesto que se apoya, y en ella se decide si uno inclina su palabra hacia comprender o hacia vencer. El Hacia es la dirección y el pulso de lo que todavía no ha sonado, y en él se decide si el desacuerdo va hacia alguien o hacia la grada. Casi todas las falacias que siguen nacen de una Inclinación torcida, casi todos los sesgos viven en la Carne antes que en la cabeza, y la comparecencia forense es un Hacia vuelto hacia el público.
La teoría contemporánea de la argumentación ha llegado por su propio camino al mismo lugar. Frans van Eemeren y Rob Grootendorst redefinieron la falacia como la violación de una de las reglas que hacen posible una discusión crítica, y la primera de esas reglas, la de la libertad, prohíbe impedir que el otro proponga una tesis o ponga en duda la mía. Una falacia es, en ese sentido preciso, una manera de impedir que el otro comparezca. Charles Hamblin había mostrado en 1970 que el tratamiento escolar de las falacias se limitaba a repetir listas heredadas sin una teoría que las uniera, y la teoría que faltaba era una teoría del diálogo.
III. Una genealogía del error
El catálogo tiene una historia de veinticinco siglos. Platón distinguió la dialéctica, el arte de preguntar y responder juntos en busca de lo que algo es, de la erística, la disputa por el puro placer de vencer, y en el Eutidemo puso en escena a dos hermanos sofistas capaces de refutar cualquier cosa que se dijera, incluida su contraria. En el Menón Sócrates pide, entre amigos que quieren conversar, una respuesta más amable y más dialéctica, que use solo lo que el otro admite saber, y en la República advierte que muchos creen dialogar cuando en realidad solo disputan.
Aristóteles fundó la disciplina en las Refutaciones sofísticas. Allí reunió trece paralogismos, seis que dependen del lenguaje, la homonimia, la anfibología, la composición, la división, el acento y la forma de la expresión, y siete que no dependen de él, el accidente, lo dicho en sentido relativo tomado como absoluto, la ignorancia de la refutación, la consecuencia, la petición de principio, la falsa causa y la reunión de varias preguntas en una. La mitad de las tablas de este ensayo sale de ahí.
Francis Bacon (1561-1626) dio en 1620 la primera teoría de lo que hoy llamamos sesgos. En el Novum Organum describió cuatro ídolos que ocupan la mente antes de que razone, los de la tribu, que pertenecen a la naturaleza humana, los de la caverna, propios de cada individuo, los del foro, que nacen del comercio de las palabras, y los del teatro, que nacen de los sistemas heredados. Añadió que el entendimiento, una vez que ha adoptado una opinión, arrastra todo lo demás a confirmarla, la descripción exacta del sesgo de confirmación tres siglos antes de su nombre. John Locke (1632-1704) acuñó en 1690 los nombres latinos que todavía usamos, el argumento ad verecundiam, que apela al respeto debido a una autoridad, el ad ignorantiam, el ad hominem y el ad judicium, el único que de verdad prueba porque se apoya en las cosas mismas.
Arthur Schopenhauer (1788-1860) escribió hacia 1831 una Eristische Dialektik, publicada tras su muerte con el título de El arte de tener razón, treinta y ocho estratagemas para salir vencedor de una disputa con razón o sin ella, la última de las cuales aconseja, cuando todo falla, volverse personal y ofensivo. El arte de discrepar es su reverso exacto. Su antecedente más hermoso está en Michel de Montaigne (1533-1592), que dedicó uno de sus ensayos al arte de conversar y escribió en él una frase que podría servir de lema a todo lo que sigue, «Quand on me contrarie, on éveille mon attention, non pas ma colère», cuando me contradicen despiertan mi atención y no mi cólera.
La tradición hispánica tiene en este asunto dos libros que merecen volver a leerse. Jaime Balmes (1810-1848) publicó en 1845 El Criterio, un manual para pensar bien escrito para cualquier persona con juicio, con capítulos enteros sobre los sofismas y sobre la manera en que las pasiones tuercen el entendimiento. Carlos Vaz Ferreira (1872-1958) publicó en Montevideo, en 1910, su Lógica viva, dedicada a los paralogismos tal como aparecen en la conversación y en la prensa, lejos de los manuales. José Ortega y Gasset (1883-1955) describió en La rebelión de las masas (1930) al hombre que no quiere dar razones ni tenerlas, y que solo se muestra resuelto a imponer sus opiniones. John Stuart Mill (1806-1873) había dejado escrito en Sobre la libertad (1859) que quien solo conoce su lado de la cuestión conoce poco incluso de ese lado.
IV. Tres familias y una advertencia
Tres familias se confunden a menudo entre sí. Las falacias formales fallan en la pura estructura lógica del argumento, cualquiera que sea el contenido de sus premisas. Las falacias informales pueden tener apariencia de validez y fallan por ambigüedad, por irrelevancia, por presuposiciones ocultas o por mal uso del lenguaje. Los sesgos cognitivos son tendencias sistemáticas de la mente humana a percibir, recordar y decidir de ciertas maneras, estemos o no razonando en ese momento.
Una de esas falacias toca de cerca mi propio método. La falacia etimológica consiste en ofrecer el origen de una palabra como prueba de lo que significa hoy, y yo abro este ensayo, como tantos otros, bajando a la raíz de las palabras. Demostrar y recordar son operaciones distintas. Uso la etimología para despertar en una palabra la experiencia que sus primeros hablantes depositaron en ella y que el uso ha ido olvidando, y esa experiencia se ofrece a la escucha del lector, que puede reconocerla en su propia vida. La falacia empieza cuando la raíz se presenta como un tribunal que obliga, y desaparece en cuanto se la presenta como una memoria que invita.
Las tablas se consultan, como se consulta junto al atril una lista de acordes el día que hace falta. Cada una nombra el error, dice en qué falla y ofrece un ejemplo, casi siempre tomado de la vida musical, y las entradas que tocan hallazgos discutidos llevan una nota que precisa su alcance.
V. Las falacias formales
Las falacias formales fallan por su estructura misma, cualquiera que sea el contenido concreto que se discuta, y casi todas proceden de la silogística que Aristóteles fijó en los Primeros analíticos.
| Término | En qué falla | Ejemplo |
|---|---|---|
| Afirmación del consecuente | De si P entonces Q, y Q, se concluye P, olvidando que Q puede tener otras causas. | Si llueve, la calle se moja. La calle está mojada. Luego ha llovido, aunque pudo pasar un camión de riego. |
| Negación del antecedente | De si P entonces Q, y no P, se concluye no Q, cuando Q puede llegar por otro camino. | Si estudio contrapunto, leo a Fux. No estudio contrapunto. Luego no leo a Fux. |
| Término medio no distribuido | Dos clases comparten una propiedad y se tratan como si una contuviera a la otra. | Todos los pianistas son músicos, todos los violinistas son músicos, luego todos los pianistas son violinistas. |
| Afirmación de un disyunto | De P o Q, y P, se concluye no Q, algo que solo vale si la disyunción es exclusiva. | O estudia o trabaja. Estudia. Luego no trabaja. |
| Negación de un conjunto | De no a la vez P y Q, y no P, se concluye Q, cuando pueden faltar los dos. | No se puede ser a la vez solista y director de esta orquesta. No es solista. Luego es el director. |
| Quaternio terminorum | El silogismo parece tener tres términos, pero uno cambia de sentido a mitad de camino y en realidad son cuatro. | Nada es mejor que el silencio absoluto, un aplauso tibio es mejor que nada, luego un aplauso tibio es mejor que el silencio absoluto. |
| Ilícito mayor | El término mayor aparece tomado en toda su extensión en la conclusión sin estarlo en su premisa. | Todos los pianistas son músicos, ningún director es pianista, luego ningún director es músico. |
| Ilícito menor | El mismo error, cometido con el término menor. | Todos los pianistas son músicos, todos los pianistas son personas, luego todas las personas son músicos. |
| Premisas negativas | De dos premisas negativas no se sigue ninguna conclusión. | Ningún pianista es arpista, ningún arpista es organista, luego ningún pianista es organista. |
| Conversión ilícita | Se invierte una proposición universal afirmativa como si fuera reversible. | Todas las fugas son contrapuntísticas, luego todo lo contrapuntístico es una fuga. |
| Falacia existencial | Se concluye la existencia de algo a partir de premisas universales que no la afirman. | Todos los que aprueban sin estudiar son afortunados, luego algún afortunado aprobó sin estudiar. |
VI. Las falacias informales
Más numerosas son las informales, que pueden parecer válidas en su forma y fallan por otras razones. La primera gran familia es la de relevancia, que introduce algo sin relación verdadera con la cuestión, casi siempre la persona en lugar de la tesis.
| Término | En qué falla | Ejemplo |
|---|---|---|
| Ad hominem | Ataca a quien habla en vez de examinar lo que dice. Se presenta como insulto directo o como alusión a las circunstancias del otro, sus intereses o su biografía. | No hagas caso de su crítica, nunca ha pisado un escenario. |
| Tu quoque | Responde a una crítica señalando que quien la formula hace lo mismo, como si eso la volviera falsa. | ¿Tú me hablas de puntualidad, que llegaste tarde al último ensayo? |
| Envenenar el pozo | Desacredita de antemano todo lo que el otro pueda decir antes de que lo diga. | Antes de que hable el crítico, recordad que vive de hundir a los demás. |
| Falacia genética | Juzga una idea por su origen histórico o por quién la propuso, en lugar de por su contenido. | Esa idea viene del romanticismo, así que ya sabemos lo que vale. |
| Bulverismo | Da por sentado que el otro se equivoca y dedica toda la discusión a explicar por qué piensa así. El nombre es de C. S. Lewis. | Defiendes la partitura porque nunca has sabido improvisar. |
| Ad verecundiam | Convierte el prestigio de quien habla en prueba suficiente, sin distinguir la autoridad pertinente de la usada como atajo. | Lo dijo tal maestro, luego es así. |
| Ad ignorantiam | Declara verdadero lo que nadie ha demostrado falso, o falso lo que nadie ha demostrado verdadero. | Nadie ha probado que sea mentira, así que debe de ser cierto. |
| Ad populum | Confunde popularidad con verdad. | Todo el mundo lo piensa, luego es verdad. |
| Ad antiquitatem | Toma la antigüedad de una práctica como prueba de su corrección. | Siempre se ha enseñado así, luego está bien. |
| Ad novitatem | El error simétrico, la novedad tampoco demuestra nada por sí sola. | Es el método más reciente, luego es el mejor. |
| Ad metum | Sustituye la prueba por el miedo a lo que ocurriría si la tesis fuera falsa. | Si no aceptamos este plan de estudios, los conservatorios desaparecerán. |
| Ad baculum | Apela a la fuerza, a la amenaza o a la coerción en vez de argumentar. | Acepta mi interpretación o no volverás a tocar en esta sala. |
| Ad misericordiam | Pide compasión en lugar de demostrar la conclusión. | Deberías aprobarme, he tenido un año muy difícil. |
| Ad ridiculum | Ridiculiza una postura en vez de refutarla. | La respuesta es una carcajada y un gesto a la grada. |
| Ad lapidem | Rechaza una afirmación declarándola absurda sin explicar nunca por qué lo es. | Eso es ridículo, y punto. |
| Ad consequentiam | Juzga la verdad de una tesis por lo agradable o desagradable de sus consecuencias. | No puede ser que el talento importe tanto, porque entonces el esfuerzo no bastaría. |
| Apelación a la naturaleza | Da por bueno lo natural y por malo lo artificial, sin más razón que esa. | El temperamento igual es antinatural, luego hay que rechazarlo. |
| Ad logicam, o falacia de la falacia | Concluye que una tesis es falsa porque el argumento que la defendía era malo. | Has defendido la tonalidad con una apelación a la tradición, luego la tonalidad no tiene ningún fundamento. |
Otra familia entera se dedica a distorsionar lo que el adversario ha dicho en lugar de responderlo, y sus formas más modernas han nacido en las discusiones públicas de estos años.
| Término | En qué falla | Ejemplo |
|---|---|---|
| Hombre de paja | Transforma el argumento ajeno en una versión más débil y refuta esa versión. | La especialización excesiva empobrece la formación. Entonces quieres que nadie se especialice en nada. |
| Ignoratio elenchi | Demuestra, quizá con brillantez, algo distinto de lo que había que demostrar. | Me preguntan si este concurso es justo y demuestro que su jurado es muy competente. |
| Pista falsa | Introduce una cuestión lateral para desviar la atención del asunto principal. | Antes de hablar de esta interpretación, hablemos de lo mal que está la enseñanza musical. |
| ¿Y tú qué? | Cambia de tema hacia las faltas de otro bando, sin responder a la cuestión planteada. Se diferencia del tu quoque en que ni siquiera apunta a quien critica. | ¿Y lo que hicieron los otros conservatorios, qué? |
| El castillo y el patio | Defiende una tesis ambiciosa y, cuando se la ataca, se retira a otra modesta y casi indiscutible, para volver a la primera en cuanto pasa el peligro. El nombre es de Nicholas Shackel. | La partitura no significa nada. Bueno, solo digo que hay que interpretarla. |
| Mover la portería | Cambia las condiciones de la prueba cada vez que el otro las cumple. | Demuéstrame que un niño puede improvisar. Bien, pero que improvise una fuga. |
| Galope de Gish | Abruma al otro con tantas afirmaciones débiles que no hay tiempo de refutar ninguna. | Diez objeciones en un minuto, ninguna desarrollada, y la cuenta de las no respondidas como victoria. |
Las falacias de presunción esconden dentro de la pregunta o de las premisas exactamente lo que deberían demostrar.
| Término | En qué falla | Ejemplo |
|---|---|---|
| Petitio principii | Da por probada la conclusión en el propio enunciado de las premisas. | Esta interpretación es la correcta porque es la interpretación fiel. |
| Pregunta compleja | Esconde una acusación dentro de la formulación de la pregunta. | ¿Cuándo dejaste de forzar el tempo?, presupone ya que lo forzabas. |
| Falso dilema | Presenta solo dos alternativas cuando existen muchas más. | O aceptas la tradición tal cual o destruyes la música. |
| Generalización apresurada | Extrae una regla general de una muestra demasiado pequeña. | Conocí a dos intérpretes arrogantes, luego los intérpretes son arrogantes. |
| Accidente | Aplica una regla general a un caso excepcional donde no corresponde, lo que Aristóteles llamaba tomar en sentido absoluto lo dicho en sentido relativo. | Hay que respetar el tempo escrito, luego en la cadencia tampoco se respira. |
| Ningún escocés verdadero | Protege una generalización redefiniendo el grupo cada vez que aparece un contraejemplo. | Ningún verdadero músico estudia con metrónomo. Fulano lo hace. Entonces Fulano no es un verdadero músico. |
| Alegato especial | Exime un caso de la regla que se aplica a todos los demás, sin razón para la excepción. | La crítica debe razonar sus juicios, salvo cuando el juicio es mío. |
| Ad temperantiam | Supone que la posición intermedia entre dos extremos es por eso la verdadera. | Unos dicen que el pasaje es forte y otros piano, así que lo tocaré mezzoforte. |
| Falacia del nirvana | Rechaza una solución porque no es perfecta, comparándola con un ideal inexistente. | Este método no forma a todos los alumnos, luego no sirve para nada. |
| Del ser al deber ser | Pasa sin justificación de cómo son las cosas a cómo deben ser, el salto que señaló David Hume en 1739. | Siempre ha habido jerarquías en la orquesta, luego debe haberlas. |
| Falacia naturalista | Define el bien por una propiedad natural, como el placer o la utilidad, y cree haber dicho qué es el bien. El nombre es de G. E. Moore, en 1903. | Lo bueno en música es lo que más agrada al público, luego lo más escuchado es lo mejor. |
Las causales confunden el orden en que ocurren las cosas con el orden en que unas producen otras.
| Término | En qué falla | Ejemplo |
|---|---|---|
| Post hoc ergo propter hoc | Confunde la sucesión temporal con la causalidad. | Cambié de cuerdas y gané el concurso, luego las cuerdas me dieron el premio. |
| Cum hoc ergo propter hoc | Dos cosas ocurren a la vez y se concluye que una causa la otra. | Los alumnos que hacen música de cámara sacan mejores notas, luego la música de cámara sube las notas. |
| Tercer factor ignorado | Olvida que una causa común puede producir las dos cosas que aparecen juntas. | Las familias con piano tienen hijos más lectores, sin mirar la educación de los padres que explica ambas cosas. |
| Causalidad inversa | Toma el efecto por la causa. | Los solistas famosos tienen agentes, luego el agente hace famoso al solista. |
| Causa única | Reduce un fenómeno complejo a una sola causa. | La crisis de la música clásica se debe a la televisión. |
| Non causa pro causa | Afirma una relación causal sin haber descartado alternativas razonables. | El público ya no viene porque los programas son demasiado largos. |
| Pendiente resbaladiza | Encadena consecuencias futuras sin mostrar la probabilidad de cada eslabón. Ulrike Hahn y Mike Oaksford mostraron que el argumento es razonable cuando cada paso es de verdad probable. | Si permitimos un rubato aquí, mañana nadie respetará ninguna partitura. |
Las del lenguaje nacen de la ambigüedad de las palabras y de las frases, y Aristóteles ya les dedicó la primera mitad de sus Refutaciones.
| Término | En qué falla | Ejemplo |
|---|---|---|
| Equivocación | Una misma palabra cambia de significado a mitad de argumento. | La libertad es hacer lo que uno quiera, los niños no pueden, luego no son libres. |
| Anfibología | La ambigüedad nace de la construcción gramatical de la frase, más que de una palabra suelta. | Se vende piano para estudiante con patas torneadas. |
| Acento | El sentido cambia según la palabra que se subraya, una de las seis falacias del lenguaje de Aristóteles. | No dijo que tocara mal, dijo que no tocaba mal, con el acento en el no. |
| Composición | Atribuye al conjunto lo que solo es cierto de sus partes. | Cada músico de la orquesta es excelente, luego la orquesta lo es. |
| División | Atribuye a cada parte lo que solo es cierto del conjunto. | La orquesta es extraordinaria, luego cada uno de sus músicos lo es. |
| Reificación | Trata una abstracción como si fuera una cosa con voluntad propia. | La historia decidió que este estilo debía desaparecer. |
| Lenguaje cargado | Usa palabras que contienen ya el juicio que habría que demostrar. | El rígido academicismo de los conservatorios frente a la libre creatividad de los talleres. |
| Definición persuasiva | Redefine una palabra prestigiosa para que solo abarque lo que uno defiende. | La verdadera música es la que se improvisa. |
| Falacia etimológica | Presenta el origen de una palabra como prueba obligatoria de lo que significa hoy. Recordar la raíz para despertar una experiencia olvidada es otra operación. | Persona viene de la máscara del teatro, luego nadie tiene rostro propio. |
Las últimas nacen del mal manejo de la probabilidad y de la estadística, y son hoy las más difíciles de ver porque llegan vestidas de cifras.
| Término | En qué falla | Ejemplo |
|---|---|---|
| Falacia de la tasa base | Ignora lo frecuente que es un fenómeno al juzgar un caso concreto. | La prueba acierta en el noventa y cinco por ciento, luego quien da positivo está casi seguro enfermo, aunque la enfermedad sea rarísima. |
| Falacia de la conjunción | Juzga más probable la conjunción de dos sucesos que uno de ellos solo. Amos Tversky y Daniel Kahneman la mostraron con el problema de Linda. | Es más probable que sea pianista y compositora que solo pianista. |
| Falacia del fiscal | Confunde la probabilidad de la prueba dada la inocencia con la probabilidad de la inocencia dada la prueba. | Solo uno de cada mil tiene esta huella, luego hay una entre mil posibilidades de que sea inocente. |
| Sesgo de muestra | Extrae conclusiones de una muestra que no representa a la población entera. | Pregunto a los abonados del auditorio si el público quiere más música contemporánea. |
| Sesgo de supervivencia | Estudia solo los casos que superaron un filtro y olvida los que quedaron por el camino. | Todos los grandes pianistas practicaban ocho horas, sin contar a los que practicaban ocho horas y se lesionaron. |
| Selección interesada | Escoge solo los datos que confirman la tesis que ya se quería defender. | Los datos incómodos simplemente no se mencionan. |
| Evidencia anecdótica | Usa una experiencia individual como si bastara para demostrar una regla general. | A mí me funcionó, luego funciona siempre. |
| Falacia del tirador de Texas | Busca un patrón después de ver los datos y lo presenta como si hubiera sido predicho. | Dispara contra la pared y pinta después la diana alrededor del agujero. |
| Falacia del jugador | Cree que una serie de resultados iguales altera la probabilidad de un suceso independiente. | Han salido cinco caras seguidas, ahora toca cruz. |
| Falacia del jugador inversa | Infiere que ha habido muchos intentos previos a partir de un solo resultado improbable. El nombre es de Ian Hacking. | Ha salido doble seis al entrar yo en la sala, luego llevan horas tirando los dados. |
| Falacia de la regresión | Atribuye una causa al regreso natural de los valores extremos hacia la media. | Después de un gran concierto le grité y el siguiente fue peor, luego gritar no sirve, y elogiar tampoco. |
| Falacia ecológica | Atribuye a los individuos lo que solo es cierto del promedio de un grupo. W. S. Robinson la describió en 1950. | Las ciudades con más conservatorios votan más a tal partido, luego los músicos lo votan. |
| Paradoja de Simpson mal leída | Una tendencia que aparece en cada subgrupo se invierte al juntarlos, y se toma el total por la verdad. | En cada especialidad aprueban más mujeres, pero en el total aprueban más hombres porque se presentan a las especialidades más fáciles. |
VII. Los sesgos cognitivos
Todo lo anterior describe errores cometidos en un argumento concreto. Los sesgos son tendencias estables de la mente humana que actúan incluso cuando nadie formula explícitamente ningún argumento. Los primeros gobiernan la manera en que juzgamos y creemos.
| Término | Qué ocurre | Nota o ejemplo |
|---|---|---|
| Sesgo de confirmación | Buscamos, recordamos e interpretamos con preferencia lo que confirma lo que ya creíamos. | El más determinante para entender por qué las discusiones avanzan tan poco. Bacon lo describió en 1620. |
| Sesgo de desconfirmación | Examinamos con más dureza la prueba que contradice nuestras creencias que la que las respalda. | La otra cara del sesgo de confirmación. |
| Asimilación sesgada | Ante la misma prueba mixta, cada bando sale más convencido de lo que ya pensaba. Charles Lord, Lee Ross y Mark Lepper lo mostraron en 1979. | Dos críticos leen el mismo estudio sobre el historicismo y cada uno lo cita como prueba de lo suyo. |
| Razonamiento motivado | El deseo de llegar a una conclusión gobierna la búsqueda y el peso de las razones. Ziva Kunda lo describió en 1990. | Busco con lupa los defectos del estudio que me desagrada y leo de corrido el que me gusta. |
| Sesgo de creencia | Juzgamos válido un argumento cuando su conclusión nos parece creíble, aunque su forma sea defectuosa. | Acepto un silogismo inválido porque su conclusión coincide con lo que pienso. |
| Sesgo del propio lado | Generamos y evaluamos argumentos a favor de la posición que ya tenemos. Keith Stanovich mostró que la inteligencia no protege contra él. | Los más brillantes son a veces los mejores abogados de sus propios errores. |
| Perseverancia de la creencia | Una creencia sobrevive aunque se demuestre falsa la prueba que la originó. | Supe que aquel rumor era falso, pero sigo mirándolo con desconfianza. |
| Ilusión de verdad | Lo que oímos repetido nos parece más verdadero, incluso cuando sabíamos que era falso. | La frase que circula cien veces por las redes acaba pareciendo un dato. |
| Heurística de disponibilidad | Juzgamos la frecuencia de algo según la facilidad con que nos vienen ejemplos a la memoria. | Lo memorable parece más frecuente de lo que es. |
| Heurística de representatividad | Juzgamos la probabilidad por el parecido de un caso con nuestro prototipo mental. | Lleva melena y viste de negro, luego seguro que es compositor. |
| Heurística de anclaje | Una primera cifra o impresión condiciona de forma desproporcionada lo que evaluamos después. | La primera oferta de caché arrastra todas las siguientes. |
| Efecto de encuadre | Una misma información produce decisiones distintas según cómo se presente. | Noventa por ciento de supervivencia frente a diez por ciento de mortalidad. |
| Efecto de primacía | La información recibida al principio pesa más de lo que debería. | La primera nota de una audición decide demasiado. |
| Efecto de recencia | La información recibida en último lugar pesa más de lo que debería. | El último concursante parece siempre el mejor recordado. |
| Sesgo retrospectivo | Una vez conocido un resultado, creemos que era mucho más previsible de lo que era. | Era evidente que iba a ganar, dicho solo después de que ganara. |
| Ilusión de profundidad explicativa | Creemos entender un mecanismo mucho mejor de lo que lo entendemos hasta que intentamos explicarlo paso a paso. | Todos sabemos cómo funciona un piano hasta que hay que explicar el escape. |
| Maldición del conocimiento | Quien sabe algo no consigue imaginar cómo lo ve quien no lo sabe. | El profesor que no entiende por qué el alumno no oye lo que para él es evidente. |
| Efecto de Dunning y Kruger | Quien carece de una competencia tiene dificultad para reconocer esa carencia. Gilles Gignac y Marcin Zajenkowski atribuyen buena parte del efecto a un artefacto estadístico. | Su sentido preciso es metacognitivo, el que no sabe tampoco sabe medir lo que no sabe. |
| Efecto halo | Una cualidad positiva contamina la valoración de otras cualidades no demostradas. | Es un intérprete extraordinario, luego será también un pensador extraordinario. |
| Efecto cuerno | Un rasgo negativo ensombrece toda la evaluación. | Un solo defecto tiñe todo lo demás de sospecha. |
Otro grupo atañe a la memoria, que reescribe en silencio lo que vivimos.
| Término | Qué ocurre | Nota o ejemplo |
|---|---|---|
| Memoria congruente con el ánimo | Recordamos con más facilidad lo compatible con nuestro estado emocional presente. | Un mal día trae a la memoria sobre todo otros malos días. |
| Efecto de desinformación | Una información recibida después altera el recuerdo de un hecho anterior. | Lo que se cuenta después reescribe en silencio lo que se vivió antes. |
| Criptomnesia | Recordamos una idea pero olvidamos su origen y la creemos propia. | Se presenta como hallazgo propio lo que en realidad se leyó u oyó antes. |
| Falsa memoria | Recordamos hechos que no ocurrieron o que ocurrieron de manera muy distinta. | El recuerdo se siente tan vívido como uno real sin serlo. |
| Sesgo favorable a la propia elección | Tras elegir algo, recordamos esa elección como mejor y las alternativas como peores. | Toda decisión pasada mejora un poco cada vez que se recuerda. |
| Efecto de mera exposición | La exposición repetida a algo aumenta la preferencia por ello, con independencia de su valor. | Explica por qué confundimos tantas veces familiaridad con mérito. |
Un tercero gobierna nuestras decisiones prácticas y económicas.
| Término | Qué ocurre | Nota o ejemplo |
|---|---|---|
| Aversión a la pérdida | Las pérdidas pesan psicológicamente más que las ganancias equivalentes. | Perder cien euros duele más de lo que alegra ganar cien euros. |
| Efecto dotación | Valoramos más algo por el mero hecho de poseerlo. | Lo mío vale más simplemente porque es mío. |
| Falacia del coste hundido | Seguimos invirtiendo en algo solo porque ya hemos invertido mucho. | No puedo abandonar ahora, después de tantos años dedicados a esto. |
| Sesgo del statu quo | Preferimos mantener la situación existente antes que cambiarla. | Lo de siempre gana por defecto frente a cualquier alternativa nueva. |
| Aversión a la ambigüedad | Preferimos riesgos conocidos a situaciones de probabilidad desconocida. | Se prefiere el mal conocido a la incertidumbre bien fundada. |
| Efecto de contraste | Una evaluación cambia según las alternativas con que se compara. | Lo mismo parece mejor o peor según qué se le ponga al lado. |
| Efecto señuelo | Una opción irrelevante altera la preferencia entre otras dos reales. | Una tercera opción mediocre hace que una de las otras dos parezca mejor. |
| Efecto de compromiso | Tendemos a elegir la opción intermedia frente a las extremas. | Lo del medio parece siempre lo más prudente, aunque no lo sea. |
| Sobrecarga de elección | Demasiadas alternativas pueden dificultar la decisión. El metaanálisis de Benjamin Scheibehenne, Rainer Greifeneder y Peter Todd encontró un efecto medio cercano a cero y muy dependiente de las condiciones. | Más opciones no siempre significan una mejor decisión, ni siempre una peor. |
| Coste de oportunidad ignorado | No valoramos lo que se pierde al elegir una alternativa. | Se cuenta lo que se gana y se olvida lo que se deja de ganar. |
| Sesgo de acción | Preferimos actuar a esperar, incluso cuando no actuar sería lo sensato. | Hacer algo, cualquier cosa, se siente mejor que esperar con criterio. |
| Sesgo de omisión | Juzgamos menos grave el daño causado por no actuar que el mismo daño causado por actuar. | Lo que no se hizo pesa menos en la conciencia que lo que se hizo. |
| Efecto de certeza | Sobrevaloramos los resultados seguros frente a los meramente probables. | Un cien por cien seguro pesa más de lo debido frente a un noventa y nueve por ciento. |
| Efecto de pseudocerteza | Tratamos como cierto un resultado dentro de un supuesto, aunque el conjunto siga siendo incierto. | La certeza dentro de un escenario hipotético se confunde con certeza real. |
| Sesgo de distinción | Al comparar opciones a la vez, las diferencias pequeñas parecen decisivas. | Puestas una junto a otra, hasta el matiz más pequeño parece decisivo. |
Un cuarto tiene que ver con la manera en que percibimos el azar y la causalidad.
| Término | Qué ocurre | Nota o ejemplo |
|---|---|---|
| Ilusión de agrupamiento | Percibimos patrones en secuencias que en realidad son aleatorias. | El azar puro puede parecer sospechosamente ordenado. |
| Apofenia | Percibimos conexiones significativas donde el azar no dejó ninguna. | La versión amplia de la ilusión de agrupamiento. |
| Pareidolia | Percibimos formas reconocibles en estímulos ambiguos. | Ver una cara en las manchas de una pared o en una nube. |
| Falacia de la mano caliente | Se creyó durante décadas que la racha de aciertos era una ilusión. Joshua Miller y Adam Sanjurjo mostraron en 2018 que el estudio clásico contenía un sesgo de cálculo y que la racha existe. | La racha del intérprete inspirado puede ser real, y el error está en verla siempre o en no verla nunca. |
| Insensibilidad al tamaño de la muestra | No tenemos en cuenta que las muestras pequeñas dan resultados mucho más variables. | Se confía igual en diez casos que en diez mil. |
| Negligencia de la probabilidad | Reaccionamos a la intensidad de un desenlace e ignoramos su probabilidad real. | Un desenlace aterrador se teme igual sea muy probable o casi imposible. |
| Ilusión de control | Sobreestimamos cuánto podemos influir en acontecimientos que nos exceden. | Sentir que se domina lo que en realidad depende del azar. |
Los sesgos sociales aparecen solo en relación con otras personas y con los grupos a los que pertenecemos, y entre ellos están los que más directamente envenenan un desacuerdo.
| Término | Qué ocurre | Nota o ejemplo |
|---|---|---|
| Error fundamental de atribución | Explicamos la conducta ajena por su carácter y olvidamos las circunstancias. | Llegó tarde porque es un desconsiderado. |
| Sesgo del actor y el observador | La misma asimetría, vista desde quien actúa y desde quien observa. | Yo llegué tarde porque el tráfico era imposible, él porque es un desconsiderado. |
| Error de atribución última | Carácter para explicar lo malo del grupo ajeno, contexto para explicar lo malo del propio. | Cuando falla su escuela es por mal método, cuando falla la mía es por mala suerte. |
| Sesgo intragrupal | Favorecemos sistemáticamente a quienes sentimos de nuestro grupo. | Los nuestros reciben el beneficio de la duda que negamos a los demás. |
| Homogeneidad del exogrupo | Vemos a los miembros de otros grupos más parecidos entre sí de lo que son. | Ellos son todos iguales, dicho de cualquier grupo que no sea el propio. |
| Sesgo de conformidad | Adaptamos la opinión o la conducta a la del grupo que nos rodea. | Cambiar de postura por estar rodeado de cierta opinión. |
| Efecto de arrastre | Adoptamos una creencia porque muchos ya la sostienen. | El primo psicológico del ad populum. |
| Pensamiento de grupo | El deseo de cohesión reduce la evaluación crítica de las alternativas. | El comité entero decide peor de lo que decidiría cada uno por separado. |
| Sesgo de autoridad | Concedemos un peso desproporcionado a la opinión de quien reconocemos como autoridad. | Se diferencia del ad verecundiam en que es una tendencia y no un argumento. |
| Realismo ingenuo | Cada cual cree ver el mundo tal como es y atribuye el desacuerdo ajeno a ignorancia, sesgo o mala fe. | Si no ve lo que yo veo, es que no quiere verlo. |
| Efecto del falso consenso | Sobreestimamos cuánta gente comparte nuestras opiniones. | Doy por hecho que la mayoría piensa como yo, sin haberlo comprobado nunca. |
| Falsa polarización | Sobreestimamos cuánto se aparta el otro bando de nuestra postura, y cuánto se apartan los extremos entre sí. | Creemos discutir con un fanático y discutimos con alguien que está a dos pasos. |
| Devaluación reactiva | Una misma propuesta vale menos cuando la ofrece el adversario. Lee Ross y Constance Stillinger lo mostraron en la negociación de conflictos. | La idea que aplaudiría si fuera mía me parece sospechosa porque la propone él. |
| Efecto de los medios hostiles | Los partidarios de bandos opuestos ven la misma información como sesgada contra su propio bando. | Los dos bandos de una polémica acusan al mismo crítico de favorecer al otro. |
| Efecto de negatividad | La información negativa pesa más que la positiva equivalente. | Una crítica dura se recuerda mucho más que diez elogios sinceros. |
| Efecto de positividad | En ciertos contextos, y sobre todo con la edad, se recuerda con preferencia lo positivo. | El reverso menos frecuente del efecto de negatividad. |
Otros afectan sobre todo a la manera en que nos evaluamos a nosotros mismos.
| Término | Qué ocurre | Nota o ejemplo |
|---|---|---|
| Punto ciego del sesgo | Vemos con facilidad los sesgos ajenos y creemos las propias conclusiones libres de ellos. | El más incómodo de admitir, porque se resiste incluso a esta misma lista. |
| Sesgo autocomplaciente | Atribuimos los éxitos al talento propio y los fracasos a factores externos. | El mérito es mío, la culpa es de las circunstancias. |
| Sesgo de atribución egocéntrica | Recordamos nuestra contribución a una obra común como mayor de lo que fue. | Cada cual recuerda haber hecho más de lo que hizo en un trabajo compartido. |
| Efecto mejor que la media | Nos situamos por encima de la media en muchas capacidades a la vez. | Casi todos se creen por encima de la media, lo que no puede ser cierto de todos. |
| Ilusión de introspección | Creemos tener acceso claro y fiable a las causas de nuestras propias decisiones. | La razón que nos damos a nosotros mismos no siempre es la verdadera. |
| Ilusión de transparencia | Sobreestimamos cuánto perciben los demás de lo que pensamos o sentimos. | Creer que se nota el temblor más de lo que en realidad se nota. |
Los últimos gobiernan cómo recibimos la información y cómo actuamos ante ella.
| Término | Qué ocurre | Nota o ejemplo |
|---|---|---|
| Sesgo de automatización | Confiamos en exceso en lo que dicen los sistemas automáticos. | Lo que dice la máquina se acepta con menos escrutinio que lo que dice una persona. |
| Efecto de mera medición | Preguntar a alguien por una conducta modifica después esa misma conducta. | La sola pregunta ya cambia, un poco, lo que se pregunta. |
| Efecto contraproducente | Se creyó que corregir un error lo afianzaba. Thomas Wood y Ethan Porter apenas lo encontraron en decenas de miles de participantes, y la gente corrige sus creencias ante los datos. | Una buena noticia para quien discrepa, los datos sí persuaden. |
VIII. La razón que necesita al otro
El inventario de los sesgos nació de un programa de investigación preciso. Amos Tversky y Daniel Kahneman mostraron en 1974 que juzgamos la incertidumbre con unas pocas heurísticas, la disponibilidad, la representatividad y el anclaje, que suelen servirnos bien y que en ciertos casos producen errores sistemáticos y previsibles. Gerd Gigerenzer insistió después en la otra cara de esas mismas heurísticas, su racionalidad ecológica, su capacidad de acertar con poca información cuando se usan en el entorno para el que nacieron. Lo que decide si una heurística ayuda o engaña es la relación entre la mente y su mundo, y eso vale también para las falacias, porque Ulrike Hahn y Mike Oaksford mostraron que varias de ellas se vuelven argumentos razonables cuando sus premisas son de verdad probables.
Ziva Kunda describió en 1990 el razonamiento motivado, el modo en que el deseo de llegar a una conclusión gobierna la búsqueda y el peso de las razones, y Charles Lord, Lee Ross y Mark Lepper habían mostrado en 1979 que la misma prueba mixta polariza todavía más a dos bandos opuestos. Keith Stanovich encontró que el sesgo del propio lado apenas guarda relación con la inteligencia, de modo que los más brillantes son a veces los mejores abogados de sus propios errores. Hugo Mercier y Dan Sperber propusieron en 2011 una explicación que transforma todo el cuadro. La razón humana, sostienen, evolucionó para argumentar con otros, para producir justificaciones y evaluar las ajenas, y por eso razonamos tan mal en soledad y tan bien en compañía, porque juzgamos con dureza los argumentos de los demás y con indulgencia los nuestros. El remedio es dialógico. La razón necesita al otro para funcionar, y el sesgo de cada uno se corrige en la discusión con quien no lo comparte, siempre que esa discusión sea una comparecencia.
La investigación reciente trae además una buena noticia. Durante años se creyó que corregir a alguien lo afianzaba en su error, y Thomas Wood y Ethan Porter apenas encontraron ese efecto en decenas de miles de participantes, que ante los datos corregían sus creencias. Los argumentos persuaden, despacio y sin espectáculo, cuando llegan a alguien dispuesto a escucharlos, y esa disposición es exactamente lo que la cultura de la polémica destruye.
IX. Falacia y sesgo
Dos cosas que se confunden constantemente, incluso entre personas cultivadas, merecen separarse con nitidez. Decir que algo es verdadero porque lo sostiene la mayoría es una falacia, un defecto en la justificación de una inferencia concreta. La tendencia psicológica que me hace más fácil creer algo cuando veo que mucha gente ya lo cree es un sesgo, una regularidad estable en el mecanismo que produce mis juicios, presente incluso cuando no formulo ningún argumento. Alguien puede cometer una falacia puntual sin estar sesgado de manera permanente en ese terreno, y alguien puede vivir sometido a un sesgo sin que eso se traduzca, esa tarde, en un argumento formalmente falaz. Son dos maneras distintas en que la verdad se nos escapa, una en el argumento que construimos hacia fuera, la otra en el mecanismo que filtra por dentro, antes de que ningún argumento llegue a formularse, lo que nuestra mente está dispuesta a admitir.
X. Las virtudes del discrepar
Nombrar los errores sirve de poco sin nombrar también lo que se hace bien. La tradición que va de Sócrates a Montaigne, de Mill a Gadamer, ha ido dejando un repertorio de gestos con que se discrepa sin dejar de comparecer, y cada uno de ellos es la resolución de una de las disonancias anteriores.
| Virtud | En qué consiste | Ejemplo |
|---|---|---|
| Escucha | Oír lo que el otro dice antes de decidir qué se le va a responder. | Callar hasta que el otro termina, y no mientras uno prepara su réplica. |
| Reformulación | Expresar la posición ajena con tanta claridad y justicia que el otro diga que no lo habría dicho mejor, la primera de las reglas que Daniel Dennett atribuye a Anatol Rapoport. | Si te entiendo bien, tu objeción es esta. ¿La he dicho como tú la dirías? |
| Hombre de hierro | Refutar la versión más fuerte del argumento contrario, el reverso del hombre de paja. | Antes de criticar el historicismo, reconstruirlo como lo defendería su mejor defensor. |
| Principio de caridad | Interpretar al otro de la manera que haga más verdaderas y coherentes sus palabras, como pedía Donald Davidson. | Ante una frase ambigua, elegir la lectura más inteligente antes de rebatirla. |
| Fortalecer el argumento ajeno | Gadamer describió la dialéctica platónica como el arte de sacar a la luz la fuerza de lo que el otro dice, más que su debilidad. | Ayudar al adversario a formular mejor lo que quería decir. |
| Concesión | Reconocer en voz alta lo que el otro tiene de razón. | En eso tienes razón, y me obliga a precisar lo mío. |
| Pregunta | Preguntar para comprender, como en el élenchos socrático, más que para tender trampas. | ¿Qué te haría cambiar de opinión? |
| Suspensión del juicio | Dar tiempo a una idea antes de clasificarla como amiga o enemiga. | Dejar una objeción sin respuesta hasta el día siguiente. |
| Nombrar el propio sesgo | Examinar primero los propios argumentos con la lista que se usaría contra los ajenos. | Quizá defiendo esto porque llevo veinte años defendiéndolo. |
| Distinguir tesis y persona | Criticar lo dicho sin rebajar a quien lo dice. | Tu argumento falla aquí, y te agradezco que lo hayas formulado. |
| Atención y no cólera | Recibir la contradicción como un despertar de la atención, según el ensayo de Montaigne sobre el arte de conversar. | Me contradices, luego tengo algo que aprender. |
| Conocer el otro lado | Saber exponer la posición contraria tan bien como la propia, según la exigencia de John Stuart Mill. | Poder explicar por qué alguien sensato pensaría lo contrario. |
| Sostener la disonancia | Dejar que el desacuerdo dure el tiempo necesario sin forzar una resolución prematura ni declarar un vencedor. | Terminar la conversación sin acuerdo y con más respeto que al empezarla. |
XI. Sostener la disonancia
Guardo esta lista como un instrumento de higiene interior, que uso primero sobre mis propios argumentos antes de usarlo sobre los ajenos, porque convertirla en un arma para desarmar al primero que discrepe conmigo sería cometer la falacia de la falacia y entregarse al punto ciego del sesgo en el mismo gesto. Cada vez que noto que defiendo una posición con más energía de la que la posición merece, repaso mentalmente estas tablas buscando qué mecanismo me empuja, si es el coste hundido de años defendiendo lo mismo, si es el deseo de pertenecer al grupo que ya ha tomado partido, si es la comodidad de una autoridad que cito sin haber verificado del todo lo que decía. Esa disciplina hacia uno mismo es, de las dos direcciones posibles, la verdaderamente urgente. Señalar el sesgo ajeno resulta fácil y hasta placentero, y reconocer el propio exige la misma disposición a comparecer desarmado ante la verdad que le pido a cualquier interlocutor.
El vocabulario técnico que acabo de repasar se aprende en una tarde. La disposición anterior a cualquier técnica, la de considerar el desacuerdo como un lugar donde algo verdadero puede todavía comparecer entre dos personas, se aprende con los años, en la práctica lenta y a menudo incómoda de discrepar con alguien a quien de verdad se respeta. Un argumento bien construido, limpio de todas las trampas que acabo de nombrar, sigue siendo estéril si quien lo pronuncia no está dispuesto, aunque sea solo por un instante, a que la respuesta del otro lo cambie.
Un músico de cámara conoce esa disposición desde dentro. Cuando dos voces chocan en una séptima, ninguna de las dos se equivoca, y la música entera depende de que ambas sostengan su nota el tiempo justo y se muevan después hacia donde la otra las necesita. La disonancia se prepara, se sostiene, se escucha y se resuelve, y a veces se deja sin resolver para que la pieza siga respirando. Discrepar, en la raíz de nuestra lengua, es sonar distinto, y quizá aprender a discrepar consista en recuperar ese oído, el de quien escucha la otra voz precisamente porque suena diferente y deja que el desacuerdo dure el tiempo que haga falta, sin necesidad de que nadie gane, hasta que algo que ninguno de los dos traía empieza a sonar entre ellos.
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