Finis aperit: un lema y un emblema

Un lema de tres palabras, un círculo trazado de un solo gesto y tres nombres antiguos, emblema, símbolo y sello, para la misma imagen. La explicación de una firma desde una ontología en la que el límite no clausura sino que abre.

Enso y firma de Josu De Solaun

Finis aperit

Una imagen personal suele entenderse como un adorno, algo que se pone junto al nombre para que se lo reconozca de lejos. La que aquí explico quiere ser lo contrario, no un añadido sino una consecuencia. Mi lema, mi trazo y mi estilo dicen una sola cosa, la misma que llevo años intentando pensar, y la dicen tres veces, en palabra, en dibujo y en atmósfera. Esa cosa puede resumirse así. La realidad no es para mí un almacén de objetos sino un acontecimiento de aparición, algo que llamo comparecencia, el hecho de que las cosas lleguen a presencia ante un cuerpo mortal que las recibe. Y el hombre es el ser que sabe de su límite y afirma desde dentro de él, no a pesar de él. A esa convicción la llamo antropismo trágico, y a su temple, esperanza obstinada.

Mi lema dice La finitud abre. Una tradición muy larga pensó lo finito como lo deficiente, lo que le falta ser, y reservó la plenitud para lo ilimitado. Mi lema invierte esa herencia. Nada comparece sin contorno. Solo lo limitado llega a presencia, una voz es esa voz porque no es todas las voces, una vida es una vida porque termina. El límite no es la negación de lo que aparece sino su condición. Por eso el verbo queda sin complemento. La frase no dice qué abre la finitud, porque decirlo sería cerrarla, y debe hacer lo que dice, quedarse abierta en su propia gramática. Tres palabras, un pensamiento finito, y justamente por eso abierto. Detrás hay lo que en filosofía se llama una mereología, un pensamiento de las partes y del todo, y la mía sostiene que el todo no es totalidad. Las partes de lo real se pertenecen, se responden, se fecundan unas a otras, pero no suman nunca un sistema cerrado, un edificio con la última piedra puesta. El todo permanece abierto como una conversación, no clausurado como una cuenta.

A ese pensamiento le dediqué en estas páginas un ensayo entero, De todos y partes, y el lema es su abreviatura. Allí intenté decir que entre el todo y las partes hay una discontinuidad constitutiva, que el todo nunca coincide consigo mismo a través de las partes, que hay pertenencia pero no composición. La melodía comparece en las notas y no es el conjunto de las notas, la totalidad es siempre penúltima. Finis aperit recoge esa sospecha en dos palabras. Si ninguna suma de partes clausura el todo, entonces ningún final ejecuta un cierre, cada límite es el lugar por donde lo que aparece sigue viniendo, y acabar no es sellar sino abrir la puerta por la que el todo continúa.

Mi lema vive además en mis siete lenguas, La finitud abre, La finitud obre, Finitude opens, Finitudinea deschide, Mugak irekitzen du, Τὸ πεπερασμένον ἀνοίγει, Finis aperit. No hay entre ellas un original y seis copias. La colección es ella misma un todo que no se cierra, un lema que existe entre sus versiones como una melodía existe entre sus interpretaciones. Cada lengua lo recorta a su manera, y el recorte, otra vez, abre. El euskera, que no tiene palabra nativa para la finitud, ofrece muga, el límite, la frontera, el mojón que parte los campos, y al decir Mugak irekitzen du pronuncia quizá la versión más verdadera de todas, el límite es el que abre. Un lema que se demuestra cada vez que cruza una frontera lleva dentro su propia prueba.

Junto al lema va una imagen, un círculo abierto trazado de un solo gesto. El círculo fue siempre la figura de la totalidad, la esfera bien redonda de los antiguos, la línea que vuelve sobre sí. Dejarlo abierto es una tesis dibujada. El gesto único importa tanto como la abertura. El anillo se traza de un solo aliento, sin retoque ni vuelta atrás, y por eso es tiempo hecho visible, el grosor entra, crece y se afina cuando la mano se levanta, como una frase de música que aparece, se afirma y se retira. Vengo de un oficio en el que la forma existe porque termina, en el que un sonido solo aparece cediendo el sitio al siguiente, y ese saber está en el trazo. El hueco por donde el círculo no llega a cerrarse no es un defecto de ejecución, es el lugar exacto donde la imagen dice la verdad. Por donde no se cierra, respira. Y como está hecha a mano, guarda el temblor de un pulso y no la perfección del compás, la marca de lo mortal en dos centímetros de tinta.

A esta imagen no quiero llamarla logo, que es palabra de marcas. Le doy tres nombres viejos, emblema, símbolo y sello, y los tres nombran lo mismo. Emblema, porque en los libros antiguos un emblema era exactamente esto, una imagen y un mote que se responden, el dibujo pensando lo que el lema dice, y mi círculo con mi lema forman uno cabal. Símbolo, en el sentido primero de la palabra. Un sýmbolon σύμβολον era una tésera de hospitalidad, una pieza de hueso o de barro partida en dos, cada huésped guardaba una mitad y reconocerse era volver a juntarlas. El símbolo es la mitad que busca a la otra, el signo incompleto por definición, abierto hacia lo que le falta, y un círculo que no llega a cerrarse es un símbolo en sentido estricto, guarda el sitio de lo que aún no ha llegado. Y sello, aunque parezca el nombre más contrario a todo esto. Un sello es el anillo que se hunde en la cera para dar fe de quién escribe y cerrar la carta. El mío da fe, pero no cierra. Estampa lo único que puedo certificar, que lo que aparece no se sella, no queda concluido ni archivado, sigue viniendo. Para ser fiel a lo que dice, mi sello tiene que quedarse abierto, un lacre que deja la carta entornada.

Mi estilo guarda silencio alrededor del signo. Los colores son tinta cálida y terracota, colores de materia, de tierra cocida, de barro, y detrás de ellos la vieja intuición latina que hace venir homo de humus, el hombre como el terrestre, el hecho de tierra. Nada de esmaltes fríos ni de brillos de empresa, calor de cosa hecha. La letra es una Dante, una tipografía humanista que lleva nombre de poeta y guarda memoria caligráfica, de modo que la mano sigue presente incluso en lo impreso. El espacio casi vacío de la página es el silencio que rodea a la música, el sitio que lo poco necesita para aparecer del todo. Líneas finas, puntos que separan sin encerrar, ningún marco, ninguna caja. También el estilo se niega a clausurar.

La imagen entera resulta así una pequeña prueba de su propia tesis, unos cuantos signos finitos, tres palabras, un trazo, dos colores, una letra, que abren más de lo que afirman. Mi sello va al pie de cada carta, donde los sellos estuvieron siempre, y hace lo que ningún lacre hizo, no cierra el pliego, lo deja entornado. Cada mensaje termina, y justamente por eso queda abierto. Donde hay finitud, hay apertura. Ubi finis, ibi apertio.

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