Etimologías: la posada de las palabras
Llevo toda la vida pronunciando la palabra música y durante décadas no la vi. La atravesaba como se atraviesa un cristal limpio, sin sospechar siquiera que estuviera ahí, hasta que un día apareció detrás de ella la palabra griega mousikḗ (μουσική) y el cristal se empañó de golpe. Por primera vez vi la palabra en lugar de ver a través de ella, y aquel día recuperé una extrañeza que ningún dato me habría dado. Desde entonces sé que mi interés por las etimologías tiene una raíz ontológica que la filología sola no alcanza. Busco en el origen de una palabra el lugar donde todavía no se ha convertido en un concepto, el sitio donde aún respira la experiencia que la hizo necesaria.
La diferencia parece pequeña y es enorme. La mayoría de las personas tratan la etimología como una curiosidad de sobremesa. Les divierte saber que religio quizá venga de relegere, releer con escrúpulo, como quería Cicerón, o de religare, volver a atar, como prefirió Lactancio, que persona nombraba la máscara del teatro, que música desciende de las Musas. Coleccionan monedas antiguas del idioma y las enseñan en la palma de la mano, y nada hay de malo en ello, salvo que con los orígenes puede hacerse algo más hondo, una excavación del aparecer. Una palabra recién nacida conserva todavía el paisaje en el que fue posible pensar aquello que nombra, la mañana en que alguien necesitó decirlo, el temblor de una experiencia que aún carecía de nombre y que de pronto lo tuvo.
Con el paso de los siglos las palabras se vuelven transparentes. Dejamos de verlas y empezamos a atravesarlas. Decimos educación, verdad, espíritu, naturaleza, arte, libertad, como si siempre hubieran significado exactamente lo mismo, y esa confianza es la forma más discreta del olvido, porque nada resulta tan difícil de ver como el cristal a través del cual miramos. La etimología rompe esa transparencia. Devuelve a la palabra su opacidad primera, la vuelve visible, y en ese instante el pensamiento comienza de nuevo, pues sólo pensamos de verdad aquello que ha recuperado su extrañeza.
Por eso desconfío de las definiciones demasiado rápidas. Las enciclopedias contemporáneas empiezan siempre igual, la música es, la verdad es, la persona es, y en ese pequeño verbo inicial ya se ha decidido casi todo sin que nadie haya deliberado nada. Antes de afirmar qué es la música habría que preguntarse por qué llamamos música precisamente a eso, antes todavía por qué usamos esta palabra y ninguna otra, y antes aún qué veía el primero que la pronunció. La etimología retrasa la definición, y ese retraso tiene la dignidad de una prudencia ontológica, porque toda definición temprana clausura posibilidades de ser. Quien define demasiado pronto amuebla la realidad antes de haberla visitado.
El sentido común padece el mismo mal, porque suele estar construido sobre palabras completamente olvidadas. Hemos perdido la memoria de su nacimiento, ya no recordamos que muchas fueron primero metáforas, imágenes arrancadas a experiencias concretas, y entonces creemos que describen la realidad cuando apenas describen un consenso. La etimología agrieta ese consenso con la delicadeza de quien abre una ventana en una habitación donde el aire llevaba siglos quieto.
Un concepto es relativamente estable, y una etimología tiene la forma de un acontecimiento. Muestra el momento en que alguien necesitó nombrar algo que comparecía. Por eso me atraen tanto ciertas palabras griegas, lógos (λόγος), léxis (λέξις), mŷthos (μῦθος), poíēsis (ποίησις), phýsis (φύσις), mélos (μέλος), prósōpon (πρόσωπον), cháris (χάρις), parousía (παρουσία), alḗtheia (ἀλήθεια), nacidas antes de la separación moderna entre filosofía, estética, religión y lenguaje, palabras que todavía respiran. Quien las frecuenta advierte pronto que son menos términos técnicos que criaturas, con infancia y adolescencia, crisis y accidentes, olvidos y renacimientos. Nietzsche dejó escrito, al hilo de la historia del castigo, que sólo puede definirse aquello que carece de historia, y una palabra con historia nunca se deja definir del todo, igual que una persona viva no cabe en su documento de identidad.
Las etimologías muestran además las bifurcaciones de la historia, los caminos que después se separaron. Decimos hoy técnica y pensamos en máquinas, y la tékhnē (τέχνη) de los griegos abarcaba un saber hacer inseparable de la sabiduría, el del médico, el del piloto, el del citarista. La palabra poesía evoca versos, y la poíēsis nombraba cualquier traer algo a la presencia, de modo que el alfarero hacía poesía y la hacía también el legislador. Con la música ocurre algo todavía más delicado. La tratamos como una disciplina artística entre otras, y cuando uno investiga la mousikḗ descubre que la palabra griega es un adjetivo, lo de las Musas, que se sustantivó dejando sobreentendida la tékhnē, y que ya Píndaro, en la primera olímpica, hablaba de la flor de lo musical para designar el canto que corona al vencedor. Bajo esa única palabra aparecen la danza y la memoria, el canto y la palabra dicha, la educación de los jóvenes, el ritmo, la comunidad entera reunida en fiesta. El origen contiene aquí más posibilidades que el presente, y ésa es una de las paradojas más instructivas del lenguaje, que el pasado de una palabra sea más ancho que su actualidad y que haya que retroceder para ensanchar.
Por la misma razón desconfío de las traducciones que se dan por buenas demasiado pronto. La pregunta por la léxis no se agota en su significado. Quiere saber quién usa primero esa palabra, cómo se transforma en el libro tercero de la Retórica de Aristóteles, qué ocurre cuando los latinos la vierten en elocutio y en dictio, y qué se pierde exactamente en esa mudanza. Lo que ahí se persigue son desplazamientos ontológicos más que equivalencias entre lenguas, porque cada gran traducción es una pequeña metafísica disfrazada de diccionario. Ortega lo supo con una lucidez que todavía me conmueve cuando escribió que traducir es un empeño utópico y que su esplendor consiste en confesar su miseria, en llevar al lector hacia el lenguaje del autor en lugar de traer al autor, disfrazado, hasta la sala de estar del lector.
La lingüística escolar suele imaginar una secuencia tranquila, primero la realidad, luego el pensamiento, por último la palabra que lo comunica. Sospecho que el orden verdadero es más extraño. La palabra no llega después de todo, como un notario que levanta acta de lo ya ocurrido. Abre un modo de aparecer. Nombrar consiste en señalar algo ya dado y consiste también en hacer posible una determinada comparecencia, y por eso la historia de una palabra es al mismo tiempo la historia de una forma de aparecer el mundo. Quien estudia la biografía de una palabra estudia, sin saberlo, la biografía de una manera de mirar.
Lo que busco en el origen es menos una fecha que un estado. Me interesa el instante en que una palabra todavía no ha sido absorbida por un sistema, antes de que Aristóteles la sistematice y el latín la endurezca, de que la escolástica la vuelva dogma, la ciencia instrumento, la modernidad estado psicológico y la burocracia formulario. Quiero verla cuando todavía es un gesto, cuando nace de una experiencia y sorprende incluso a quien la pronuncia.
Si tuviera que reunir todo esto en una sola intuición diría que las primeras palabras estaban más cerca del acontecimiento que intentaban nombrar. Las etimologías populares se equivocan a menudo y los significados derivan por caminos caprichosos, de modo que esa cercanía es la de un horizonte y nada tiene de prueba histórica. El estudio del nacimiento de una palabra permite reconstruir el horizonte de experiencia desde el cual algo pudo ser dicho por primera vez. La verdad, tal como la entiendo, nunca consiste simplemente en una correspondencia entre una palabra y una cosa. Consiste en una comparecencia, palabra que tomo del castellano de los tribunales, donde comparecer significa presentarse ante alguien que espera y que, al recibirnos, queda obligado a responder. La verdad es el modo en que algo llega a hacerse presente ante alguien sin agotarse en esa presencia. La etimología conserva las huellas de esas primeras comparecencias, cada palabra importante es el fósil de una experiencia originaria del mundo, y por eso, cuando descubro la genealogía de una palabra, siento que he recuperado una posibilidad perdida de habitar la realidad.
Todo mapa mundi filosófico está dibujado con palabras, y quien no ha examinado las suyas navega con cartas ajenas sin saberlo. Los antiguos cartógrafos pintaban monstruos en los bordes de sus mapas para confesar honradamente lo que ignoraban. Nuestros mapas conceptuales han borrado los monstruos y con ellos la confesión, de manera que la etimología viene a devolvernos los espacios en blanco, los bordes donde el mundo todavía no está decidido. En el centro de ese mapa espera desde hace veinticinco siglos la pregunta por la relación entre las cosas y las palabras, que he recorrido en otro lugar con la extensión que merece y que aquí sólo necesito como suelo.
Heidegger dio sobre esa pregunta el paso que más cerca queda de mis preocupaciones cuando llamó al lenguaje la casa del ser. El ser no vive dentro del diccionario, claro está, pero únicamente en el decir pueden abrirse determinados modos de aparecer, y la palabra desoculta antes de copiar. Mi posición se aparta ligeramente de la suya. Las cosas no existen completamente antes de las palabras y las palabras tampoco producen completamente las cosas. Entre ambas ocurre algo previo que llamo comparecencia. La palabra no fabrica el aparecer y tampoco llega simplemente después. Participa en su hospitalidad. Una palabra auténtica es un lugar donde algo comparece, una posada levantada junto al camino por el que el mundo viene hacia nosotros, y por eso importa tanto la historia de las palabras, porque en ella se conserva la historia de nuestras hospitalidades y también la de nuestras expulsiones.
Una confusión muy extendida reduce la etimología a la averiguación de la lengua de la que procede una palabra, y eso es apenas el umbral. La etimología filosófica pregunta qué experiencia originaria hizo necesaria esta palabra, y le importa tanto el origen existencial como el fonético. Pensemos en alḗtheia. La palabra está formada por una alfa privativa y la raíz de lḗthē (λήθη), el olvido, el ocultamiento, de modo que la verdad se dice en griego como lo no olvidado, lo arrancado a la ocultación. Leída así, toda la filosofía griega cambia de rostro, la verdad deja de presentarse como adecuación entre el juicio y la cosa y empieza siendo desvelamiento. Heidegger construyó buena parte de su obra sobre esa lectura, y merece la pena recordar con él algo que sus seguidores suelen callar. En 1964, en la conferencia sobre el final de la filosofía y la tarea del pensar, admitió que en Homero alḗtheia se usa ya para la exactitud del enunciado y que su tesis sobre una transformación histórica de la esencia de la verdad no podía sostenerse como él la había formulado. La retractación, lejos de anular la lectura, la vuelve más interesante. La etimología no demostraba lo que los griegos pensaban cuando decían verdad. Abría el horizonte en el que la palabra había sido pronunciable, la experiencia de lo que se sustrae y vuelve, y ese horizonte sigue ahí aunque el uso homérico ya lo hubiera estrechado.
Otro tanto sucede con phýsis, que traducimos por naturaleza y que procede del verbo phýein (φύειν), crecer, brotar. Oída así, la naturaleza deja de ser un conjunto de objetos para volver a ser un proceso de aparición, la planta que sale de la tierra hacia la luz, y la metafísica entera se desplaza unos grados, que en filosofía son continentes. O sigamos la carrera de la palabra persona, que en latín nombraba la máscara del actor, luego el sujeto de derecho, después la hipóstasis trinitaria y finalmente el individuo moderno con sus derechos y su soledad. Marcel Mauss contó esa carrera en una conferencia de 1938 que es una de las grandes biografías de una palabra que conozco. Una misma palabra ha atravesado cuatro ontologías, y nosotros las llevamos superpuestas cada vez que decimos, con toda inocencia, que alguien es una persona.
La ontología pretende responder qué es el ser y sólo puede hacerlo mediante palabras, y esas palabras tienen historia, de modo que toda ontología está atravesada por sedimentaciones lingüísticas que casi nunca declara. Por eso Gadamer hizo del lenguaje el medio mismo de la comprensión, Paul Ricoeur estudió la metáfora viva como el lugar donde el lenguaje inventa sentido, y Émile Benveniste reconstruyó desde las raíces indoeuropeas instituciones enteras, la hospitalidad, el don, el juramento, la realeza. La etimología se revela entonces como una arqueología de las ontologías olvidadas. Cada palabra conserva capas geológicas como una ciudad romana enterrada bajo una ciudad medieval. Debajo de música sigue viviendo la mousikḗ, bajo el espíritu respira todavía spiritus, que fue soplo y viento del verbo spirare antes que sustancia, la palabra verdad esconde en su sótano a la alḗtheia y la naturaleza no ha dejado de brotar en secreto como phýsis. La filosofía excava, y quien excava conserva la ciudad de arriba mientras aprende sobre qué está edificada.
La carrera de persona guarda además un secreto que me parece decisivo para todo lo que sigue. Los gramáticos antiguos tuvieron su propia etimología de la palabra. Aulo Gelio cuenta en las Noches áticas que Gavio Baso la derivaba de personare, resonar a través, porque la máscara, cerrada por todas partes salvo en la boca, recogía la voz del actor y la hacía sonar más clara y más fuerte. Los lingüistas modernos piensan con buenas razones que la palabra procede más bien del etrusco phersu, el nombre que lleva una figura enmascarada pintada en la Tumba de los Augures de Tarquinia, y que la derivación de Gavio Baso es falsa. Y sin embargo esa etimología falsa dice algo verdadero, y lo dice con una precisión que ningún diccionario histórico alcanza. Dice cómo oían los romanos su propia palabra. Para ellos la persona era el lugar por donde pasa la voz, la máscara como bocina del alma, y esa audición forma parte de la historia real de la palabra tanto como su procedencia etrusca.
Aquí aparece una distinción que me parece la más fecunda de todas y que se puede formular sin rodeos. Una etimología falsa puede ser una comparecencia verdadera. La etimología popular, la de los gramáticos ingenuos, la del niño que oye en una palabra otra palabra, documenta con exactitud lo que los hablantes escucharon en sus nombres, el modo en que el mundo se les hacía presente a través del sonido. Equivoca la genealogía y acierta la experiencia. El castellano está lleno de estos testimonios. El vagabundo se convirtió en vagamundo en boca del pueblo porque quien vaga recorre el mundo, y la palabra mal oída cuenta mejor que la bien formada lo que la gente veía pasar por los caminos. Una historia de las etimologías falsas sería una historia de las audiciones humanas, la crónica de lo que cada época quiso oír en sus palabras, y por eso sus errores interesan tanto como sus aciertos.
Esa distinción permite volver con otros ojos a la tradición que más se equivocó y que más me enseñó. La etimología como forma de pensamiento nació con los estoicos, que buscaron en los nombres de los dioses la huella de lo que significaban, Zeus derivado de zēn (ζῆν), vivir, y la recogió en Roma Varrón, que dedicó tres libros de su tratado sobre la lengua latina a explicar de dónde venían las palabras. Pero su cumbre llegó siete siglos después. Hacia el año 615 Isidoro de Sevilla emprendió una de las obras más extraordinarias de toda la Edad Media, las Etimologías, que dejó sin terminar a su muerte en el año 636 y que su amigo Braulio de Zaragoza ordenó en veinte libros. Quiso reunir en ellas el saber antiguo entero, guiado por una convicción que formuló en el libro primero con una frase que es casi un programa, mientras ves de dónde ha nacido un nombre comprendes más deprisa su fuerza.
Hoy sabemos que muchas de sus etimologías son lingüísticamente falsas, y eso apenas disminuye su importancia filosófica, porque Isidoro hacía metafísica mediante el lenguaje y la lingüística histórica todavía no existía para pedirle cuentas. Para él la creación divina deja huellas en las palabras. Dios crea el mundo, el hombre nombra, y el nombre conserva algo de la estructura de lo creado, de manera que cada palabra era una pequeña teofanía. Aun así, Isidoro fue menos ingenuo de lo que su fama sugiere. En la frase siguiente a la de su programa advierte que no todos los nombres fueron puestos por los antiguos según la naturaleza, que algunos lo fueron por convenio, y reconoce así, en el corazón mismo de su empresa, el límite que la lingüística moderna le reprocharía no haber visto. Con mi distinción en la mano puede decirse algo más justo de él. Sus etimologías falsas son documentos verdaderos de cómo un hombre del siglo séptimo oía el latín, y a través de él de cómo el mundo se le daba en las palabras. Isidoro responde como un metafísico, y los metafísicos envejecen mejor que sus datos porque sus preguntas sobreviven a sus respuestas. Por qué precisamente este nombre, por qué esta imagen, por qué esta metáfora, siguen siendo las preguntas de cualquiera que piense con palabras.
El segundo maestro enseña casi lo contrario, y también tiene razón. Gustavo Bueno manejó etimologías durante toda su obra con la seguridad de quien sabe que una etimología jamás demuestra una tesis filosófica. La lingüística anglosajona había bautizado ese error con un nombre preciso. James Barr lo llamó en 1961 la falacia de la raíz, la creencia de que el significado verdadero de una palabra está en su origen y de que cada uso posterior lo arrastra consigo. Bueno practicó el antídoto sin necesidad de ese nombre. Cuando estudió la cultura volvió al colere latino, al cultivo de la tierra y a la cultura animi de Cicerón, y lo hizo para mostrar cómo se había ido formando un campo semántico, nunca para decidir qué debe significar hoy la palabra, y enseguida pasó a analizar las instituciones, las operaciones y las prácticas que habían transformado el concepto hasta convertirlo en el mito moderno que él desmontaba. En sus manos la etimología prepara el análisis sin sustituirlo, como el afinador prepara el piano sin tocar todavía una sola obra.
Puestos frente a frente, los dos maestros dibujan el dilema con toda claridad. Para Isidoro la palabra conserva el sentido profundo de la cosa y la etimología revela el orden del ser. Para Bueno la palabra conserva la historia de un concepto y la etimología revela una genealogía que jamás prueba una ontología. De Isidoro conservo la intuición de que las palabras distan de ser arbitrarias y de que su historia puede abrir un acceso privilegiado al mundo, aunque me niego a convertir las etimologías en pruebas del ser. De Bueno conservo el rigor histórico y la advertencia contra la falacia, aunque sospecho que reduce en exceso la potencia fenomenológica del lenguaje. Una etimología hace algo más sutil que demostrar una esencia o fijar un significado actual. Reconstruye el horizonte de comparecencia en el que una realidad pudo ser nombrada por primera vez, y revela desde qué experiencia del mundo llegó a ser pronunciable. El primer acto de nombrar deja en el lenguaje una huella que tiene la forma de una memoria y nada de esencia inmutable, la memoria de una relación originaria con aquello que comparecía. La etimología se convierte así en una fenomenología histórica del primer decir, una disciplina situada entre la filología, la ontología y la historia de las formas de aparición del mundo, y a esa disciplina pertenecen por igual la etimología verdadera, que reconstruye de dónde vino una palabra, y la falsa, que registra lo que los hombres oyeron en ella.
El suelo de esa disciplina es un diálogo de Platón. En el Crátilo discuten tres posiciones que todavía organizan el debate. Hermógenes defiende que los nombres son convenio, que cualquier comunidad puede llamar a las cosas como le plazca y que un esclavo rebautizado se llama con su nombre nuevo tan correctamente como con el viejo. Crátilo sostiene que hay una corrección natural de los nombres, la misma para griegos y bárbaros. Sócrates ensaya con ironía una tercera vía y, en un pasaje que los manuales suelen saltarse, llega a proponer que las letras mismas imitan. La rho (ῥῶ) le parece el instrumento del movimiento porque la lengua vibra al pronunciarla, y por eso aparece en correr, en fluir, en temblar. La lambda (λάβδα) imita lo que se desliza, lo liso y lo graso, porque la lengua resbala al decirla, la delta y la tau atan y detienen porque la lengua se aprieta contra los dientes, y la ómicron redondea. Al final del diálogo Sócrates se retira de la contienda con una frase prudente, mejor aprender las cosas a partir de ellas mismas que a partir de sus nombres, y deja la pregunta abierta para veinticinco siglos.
La lingüística del siglo veinte pareció cerrarla. El Curso de Saussure, publicado en 1916 por sus alumnos, declaró arbitrario el signo, y la tesis se convirtió en dogma de escuela, aunque el propio Saussure matizó que existe una arbitrariedad relativa, que diecinueve es menos arbitrario que veinte porque deja ver su composición. Émile Benveniste la discutió en 1939 desde dentro de la propia lingüística estructural. Observó que para el hablante la relación entre el significante y el significado es necesaria, que buey y la idea de buey se le dan juntos como dos caras de una misma hoja, y que la arbitrariedad sólo aparece cuando el lingüista se sitúa fuera de la lengua y compara su palabra con la cosa. Gérard Genette reconstruyó en 1976 la historia entera de lo que llamó el mimologismo, el sueño cratiliano de una lengua que se parezca a lo que dice, desde Platón hasta Claudel, y mostró que ese sueño, siempre refutado, nunca dejó de producir poesía y teoría. Y la psicología experimental ha devuelto a Crátilo una parte de su razón. Desde que Wolfgang Köhler mostró en 1929 que casi todos asignamos el nombre maluma a una figura redondeada y takete a una angulosa, y Edward Sapir encontró ese mismo año que mal nos parece más grande que mil, los estudios se han multiplicado, desde la versión de Ramachandran y Hubbard con bouba y kiki hasta el análisis de casi dos tercios de las lenguas del mundo con el que Damián Blasi y sus colegas mostraron en 2016 que ciertos sonidos aparecen con una frecuencia muy superior al azar en las palabras para ciertos significados. El cuadro que dibuja Mark Dingemanse es más fino que cualquiera de las tres posiciones del diálogo. Las lenguas combinan arbitrariedad, iconicidad y sistematicidad en proporciones distintas, y los fonestemas que J. R. Firth identificó en 1930, como el gl- inglés de glow, gleam y glitter, muestran que la palabra puede parecerse a su cosa por familias sin parecerse por individuos.
Todo eso lo he desarrollado en otro lugar, y aquí me interesa una sola consecuencia. Si la palabra conserva algo de su cosa, lo conserva en su sonido antes que en su concepto, y eso devuelve la etimología a la voz. La pregunta antigua por la léxis lo sabía. Los griegos llamaban léxis a la palabra dicha, la elocución entera con su respiración y su ritmo, y Platón, cuando en la República describe cómo está hecho un canto, enumera tres componentes inseparables, el lógos o la palabra, la harmonía (ἁρμονία) o el ajuste de las alturas, y el rhythmós (ῥυθμός) o la forma del fluir en el tiempo. Sobre esa terna he construido lo que en Melosías llamo el telar del melos. Imagínese un telar con tres hilos de urdimbre tendidos de arriba abajo, la léxis, la harmonía y el rhythmós, y tres pasadas de trama que los cruzan de lado a lado. La primera pasada es la Carne, el sonido en cuanto materia, la consonante que choca, la vocal que se abre, el peso del aire en la garganta. La segunda es la Inclinación, la dirección que cada sonido toma hacia el siguiente, la tensión que un intervalo o una sílaba acentuada dejan pendiente. La tercera es el Hacia, el destinatario, aquello a lo que el sonido se dirige y que justifica su envío. El tejido musical aparece donde esas tres tramas atraviesan los tres hilos a la vez, de modo que en cada cruce una palabra es al mismo tiempo materia sonora, impulso y llamada.
La etimología trabaja casi siempre sobre un solo cruce del telar, el de la léxis con la Carne. Ahí encuentra la raíz, la consonante que sobrevive a los siglos, el fonema que la ley de Grimm desplaza con regularidad de reloj. Pero una palabra fue dicha antes de ser escrita, tuvo altura y acento antes de tener entrada en el diccionario, se inclinó hacia alguien antes de definir nada. Un pianista lo sabe por el brazo. El peso que deja caer sobre una tecla no se decide en el dedo que la toca y viene del hombro, de la espalda, de una inclinación del cuerpo entero hacia la frase que todavía no ha sonado. La raíz de una palabra es ese dedo, el lugar exacto donde el sonido se produce, y la etimología fonética lo estudia con una precisión admirable. La etimología que busco quiere además el brazo, la inclinación y el destinatario, la pregunta por el peso que cayó sobre esa raíz la primera vez y por la persona a quien iba dirigida.
Giambattista Vico lo intuyó en 1725, cuando sostuvo en la Ciencia nueva que los primeros hombres fueron poetas, que hablaron en caracteres poéticos antes que en conceptos y que cantaron antes de hablar en prosa. Rousseau lo repitió unas décadas después en el Ensayo sobre el origen de las lenguas, donde escribió que las primeras lenguas fueron cantadas y apasionadas antes de ser simples y metódicas, que las primeras historias, las primeras arengas y las primeras leyes se dijeron en verso, y que la poesía y la música nacieron con la lengua misma. Ninguno de los dos podía probarlo, y la lingüística moderna ha tratado sus tesis como mitos de origen. Pero el mito señala con exactitud lo que la etimología fonética deja fuera. Una palabra es menos un objeto que un acontecimiento vocativo, una llamada que alguien dirigió a otro desde un cuerpo y en un tiempo, y la raíz que el filólogo reconstruye es lo que queda de esa llamada cuando se ha perdido la voz que la llevaba, como queda en la arena la huella de un pie que ya no camina.
Hubo un momento en que la filología intentó devolver la palabra a su mundo material, y su destino es una lección completa sobre los poderes y los peligros de la etimología. En 1909 apareció en Heidelberg, en la editorial de Carl Winter, la revista Wörter und Sachen, palabras y cosas, fundada por Rudolf Meringer, que enseñaba en Graz, con el apoyo de Hugo Schuchardt, que había enseñado en la misma universidad y desde allí había renovado la lingüística románica. Su programa era sencillo y revolucionario. Ninguna palabra podía estudiarse sin la cosa que nombraba, y la historia del nombre del arado exigía conocer arados, sus maderas, sus rejas, las tierras que abrían y los campesinos que los empujaban. Los filólogos salieron de las bibliotecas hacia los pajares y los talleres, dibujaron yugos y ruecas, fotografiaron hornos, y descubrieron que muchas palabras habían cambiado de sentido porque había cambiado la cosa y no porque se hubiera alterado el sonido.
El caballo ofrece el ejemplo más claro, y obliga a corregir una creencia muy extendida. El latín clásico decía equus para el animal noble, el de la guerra y la carrera, y de esa palabra el castellano sólo conservó el femenino, la equa que dio yegua. Caballo, cheval y cavallo proceden de otra palabra, caballus, que en latín designaba el caballo de carga, el jamelgo de trabajo, probablemente un préstamo de alguna lengua de los Balcanes o de Asia Menor. Las lenguas romances heredaron la palabra del establo y perdieron la del hipódromo, porque los hablantes que las formaron vivían junto al caballo que tiraba del carro y apenas veían el que corría en el circo. La etimología cuenta aquí una historia social, la de un mundo campesino que impuso su caballo al latín de los poetas, y la cuenta con una exactitud que ningún tratado de historia económica supera.
El mismo método tiene su caricatura en el mito más famoso de la lingüística popular, los veinte o cincuenta o cien nombres de la nieve en las lenguas esquimales. Franz Boas mencionó en 1911 cuatro raíces distintas para la nieve en una lengua inuit, Benjamin Lee Whorf multiplicó la cifra en un artículo de divulgación de 1940, y la prensa y los manuales la hincharon durante décadas hasta convertirla en prueba de que una lengua piensa el mundo que la rodea. Laura Martin reconstruyó en 1986 la genealogía de esa exageración y Geoffrey Pullum la desmontó en 1991 con un humor que no ha envejecido. Las lenguas esquimales son polisintéticas y forman palabras enteras a partir de unas pocas raíces, de manera que contar sus palabras para la nieve tiene tanto sentido como contar las frases inglesas que contienen snow. El mito interesa porque es un fósil falsificado, una pieza fabricada para confirmar lo que se deseaba encontrar, y recuerda que la arqueología de las palabras necesita el mismo escepticismo que cualquier otra arqueología.
La revista tuvo un final peor que el de cualquier mito. Su nueva serie, a partir de 1938, quedó en manos de Hermann Güntert y de Walther Wüst, el indólogo que presidía la Ahnenerbe de Himmler, y se convirtió en órgano de una ciencia völkisch que buscaba en las raíces indoeuropeas la prueba de un origen racial. El programa de estudiar las palabras junto a las cosas sirvió entonces para inventar un pueblo originario y sus cosas puras, y la etimología se convirtió en un certificado de sangre. Esa historia es la advertencia más seria contra la nostalgia del origen. Quien busca en la raíz la verdad de lo que somos acaba fácilmente buscando en ella la pureza de lo que deberíamos ser, y de la pureza al expolio hay muy pocos pasos. La etimología que defiendo sólo es honrada si reconoce que el origen es plural, mestizo y prestado, como el caballus que llegó de lejos para sustituir al equus.
Heidegger, a quien no puede absolverse de su propia complicidad con aquel tiempo, recorrió el camino de las palabras a las cosas por otra vía. En Ser y tiempo mostró que el martillo se nos da primero como útil a la mano, en el martilleo, y que sólo cuando se rompe aparece como objeto con propiedades. En la conferencia sobre la cosa, de 1950, pensó la jarra como reunión del cielo y la tierra en el vino que guarda y en el gesto de verterlo, y en la de construir, habitar y pensar, de 1951, el puente que reúne las dos orillas y hace aparecer el río como río. En los tres casos la cosa aparece en una práctica, y la palabra que la nombra conserva la memoria de esa práctica. Bueno, desde un materialismo que despreciaba esas meditaciones, llegó a una conclusión vecina cuando insistió en que los conceptos se forman en operaciones con cuerpos, en las manos que cortan, miden y ensamblan antes que en la mente que contempla. Entre la palabra y la cosa hay entonces un tercer término que ni Meringer ni Saussure nombraron, el hacer aparecer, el Erscheinenlassen que Heidegger buscaba en el lenguaje y que yo encuentro sobre todo en la voz. La palabra y la cosa comparecen juntas en un gesto, y el gesto, cuando es el de la voz, se llama música.
La propia lengua musical lo confirma cada vez que se la excava. El tono viene del griego tónos (τόνος), la cuerda tensada, el músculo tirante, y decir tono es decir tensión antes que altura. Concierto procede de concertare, que en latín significaba competir, disputar, combatir, de modo que la palabra guarda dentro de sí la contienda entre el solista y la orquesta que el concierto barroco escenificó y el romántico llevó al extremo. Interpretar viene de interpres, el mediador que negociaba un precio entre dos partes, el intérprete que estaba entre, y el músico que interpreta sigue ocupando ese lugar entre la partitura y el oyente. Cadencia procede de cadere, caer, y toda cadencia es una caída que el oído aprende a esperar como se espera el suelo al bajar una escalera a oscuras. Y ensayo viene de exagium, la acción de pesar en la balanza, el ensayo del orfebre que comprueba la ley del metal antes del ensayo del músico que comprueba la obra antes de tocarla en público y antes del ensayo del escritor que pesa una idea sin pretender agotarla. Cada una de esas palabras recuerda un cuerpo, una tensión, una disputa, una mediación, una caída, un peso, y en todas la música aparece como algo que se hace con el cuerpo entre otros cuerpos.
La historia de las palabras guarda también las expulsiones. El amateur era el que ama y el diletante el que se deleita, del italiano dilettare, y ambos acabaron significando el que no sabe, como si el amor y el deleite estuvieran reñidos con el conocimiento y la competencia exigiera haberlos desterrado. El virtuoso fue primero el hombre de virtud, el que poseía la virtus en el sentido de fuerza y excelencia, y hoy designa con frecuencia al que exhibe una técnica vacía. El idiṓtēs (ἰδιώτης) griego era el particular, el que no ocupaba un cargo público, y el pagano el habitante del pagus, la aldea, el campesino al que el cristianismo de las ciudades tardó en alcanzar. Y el texto viene de textus, lo tejido, el participio de texere, tejer. Durante siglos el texto fue un tejido de voces, algo que se leía en voz alta y cuya trama se oía, y la modernidad lo convirtió en el lugar silencioso donde la voz ya no hace falta. La palabra recuerda todavía el telar del que salió. En cada una de estas palabras el uso ha expulsado a alguien, al que ama, al que se deleita, al campesino, a la voz, y la etimología permite verlos todavía en la puerta de la posada, esperando que alguien vuelva a pronunciar su nombre con el sentido que tenía.
Vuelvo por eso a la palabra con la que empecé, aquella mousikḗ que un día empañó el cristal. La etimología me dio una extrañeza y no me dio una definición, y sigo sin saber del todo qué es la música, aunque ahora sé desde qué experiencia del mundo pudo nombrarse por primera vez y cuántas cosas cabían en ese nombre antes de que la separáramos de la danza, de la memoria y de la fiesta. Quizá ése sea el único saber que la etimología concede, una ignorancia fértil, la de quien ha visto una palabra en lugar de mirar a través de ella y ya no puede volver a usarla con la misma inocencia. Cada vez que alguien dice música en voz alta ante otro, la palabra vuelve a ser un acontecimiento, el pequeño temblor de una llamada que sale de un cuerpo hacia otro, y es posible que en esa llamada repetida a lo largo de los siglos sigan esperando todavía las posibilidades que el primer nombre abrió y que nadie ha terminado de recorrer.