La encrucijada que nace al final

I. La triple encrucijada

Muchos años después de haber matado a un viejo en un camino de la Fócide, Edipo oye a su mujer contar de pasada cómo murió el rey anterior de Tebas. Unos bandidos lo asaltaron, dice Yocasta, en el lugar donde se juntan tres caminos. La frase es casi una anécdota, un dato de crónica que ella pronuncia para tranquilizarlo, y a Edipo se le hiela la sangre. Pregunta dónde está ese lugar, y ella responde que en la Fócide, allí donde el camino que viene de Delfos se encuentra con el que viene de Daulia. En ese momento, y solo en ese momento, aquel trozo de camino polvoriento donde un joven colérico respondió a un golpe de bastón se convierte en una encrucijada. Mientras ocurría no lo era. Era una disputa de paso entre un caminante y un carro que no quería apartarse, una de tantas, sin rótulo, sin destino visible, sin dos rutas a la vista. Edipo no se detuvo aquel día ante un cruce para elegir entre matar o no matar a su padre. Siguió andando. La encrucijada apareció muchos años más tarde, en una conversación de palacio, cuando el desenlace ya estaba escrito.

La tragedia griega supo esto con una exactitud que la filosofía moral tardó siglos en recuperar. El lugar donde se juntan tres caminos es en el poema un lugar físico, y al mismo tiempo es el nombre que el reconocimiento da, demasiado tarde, a un instante que mientras transcurría no se dejaba nombrar. La palabra griega para ese reconocimiento es anagnórisis (ἀναγνώρισις), conocer de nuevo, volver a conocer, y Aristóteles la puso en el centro de la tragedia porque en ella el pasado cambia de rostro sin cambiar de hechos. Nada de lo que pasó en la Fócide se altera cuando Yocasta habla. Todo lo que pasó en la Fócide adquiere entonces la forma de una bifurcación que el propio Edipo no vio nunca, y que desde ese día no dejará de ver.

La encrucijada del arrepentimiento nace al final. La memoria la dibuja después sobre un camino que en su momento fue una sola línea, y verlo bien cambia lo que podemos decir del pasado, de la culpa, de la responsabilidad y, al cabo, del tiempo. La tesis parecerá a primera vista una forma de consuelo o de coartada, y no es ninguna de las dos cosas. Pide una responsabilidad más honda que la que pretende sustituir.

II. La decisión que vuelve

Cada uno tiene una decisión a la que vuelve. Da igual cuál sea. La casa que no se compró, el trabajo que se dejó, la persona a quien se dijo o no se dijo una cosa una noche. Se vuelve a ella de un modo distinto al de cualquier otro recuerdo, con esa punzada particular del podría haber sido de otro modo. Uno se ve de pie ante dos caminos, el que tomó y el que no tomó, y el que no tomó brilla ahora con toda la nitidez de lo perdido. El arrepentimiento tiene esa figura exacta, la de un hombre parado en una bifurcación que sopesa dos rutas y elige mal. Y sobre esa figura se ha levantado casi toda nuestra manera de entender la memoria, la culpa y la libertad.

Esa figura es falsa, y su falsedad tiene poco que ver con un error de dato. Se parece más a una ilusión óptica que la propia estructura del recuerdo produce, del mismo modo que la estructura del ojo produce el punto ciego. Para mostrarlo hace falta empezar por la escena, porque es en ella donde el fenómeno se deja coger antes de que la teoría lo tape. La escena del arrepentimiento parece la escena de una decisión, y en verdad es la escena de una encrucijada. Entre esas dos cosas media el asunto entero.

Varias palabras cargan con el peso de esta tesis, encrucijada, decidir, elegir, arrepentirse, remordimiento, pesar, dirección, sentido. Casi todas están tan gastadas que parecen transparentes, y algunas, como arrepentimiento, arrastran hoy un aire de sacristía que las vuelve sospechosas para el lector moderno. Cada una recibirá su raíz y su genealogía antes de que el argumento descanse sobre ella, porque en sus raíces está ya escrita buena parte de la tesis.

III. Palabras con cruz

Encrucijada viene de cruz. Es el lugar donde los caminos se cruzan en forma de cruz, un paraje que la lengua nombró por la figura que dibuja vista desde arriba. El latín la llamaba bivium cuando se abría en dos y trivium cuando se abría en tres, y de ese segundo nombre, por un camino largo, salió la palabra trivial, lo que se dice en las esquinas. La imagen es espacial de cabo a rabo. Una encrucijada es una figura que se ve desde arriba, como en un mapa, con sus brazos extendidos y simultáneos. Nadie que esté dentro de un camino ve la encrucijada como la ve el cartógrafo. La ve, si acaso, como un ensanchamiento, un poste, una duda. Desde arriba, en cambio, las dos ramas aparecen a la vez, iguales en realidad, esperando. Esa mirada de pájaro es justamente la que el recuerdo adopta cuando se da la vuelta.

Decidir viene del latín decidere, que está hecho de de y de caedere, cortar. Decidir es cortar, zanjar, separar de un tajo. La palabra guarda un saber que la imagen de la encrucijada oculta. Lo que se corta deja de existir como rama. Una decisión verdadera no elige entre dos caminos que siguen ahí después de elegida, como dos pasillos de un museo. Corta, y el corte hace que uno de los caminos desaparezca en el mismo gesto en que el otro se abre. Si después vemos de nuevo la rama cortada, entera y brillante, es porque la hemos vuelto a dibujar.

Elegir viene de eligere, de ex y legere, escoger, sacar de entre varias cosas, recoger, que es también el verbo de la lectura. Elegir supone que las cosas entre las que se escoge están ahí delante, a la vista, como espigas en un campo o como letras en una página. Es el verbo de la encrucijada, el verbo de quien tiene los dos caminos rotulados ante los ojos. Y es precisamente el verbo que casi nunca describe lo que de verdad pasó en los momentos decisivos de una vida, que tuvieron mucho más de decisión que de elección, mucho más de corte que de lectura.

Arrepentirse procede del latín paenitere, pesar, causar disgusto, que se usaba de forma impersonal, me paenitet, me pesa, como si el arrepentimiento le ocurriera a uno antes de que uno lo hiciera. El castellano le añadió el prefijo de la vuelta. Remordimiento viene de remordere, volver a morder. El remordimiento es un segundo mordisco, la misma herida abierta de nuevo cada vez que el recuerdo pasa por ella. Y pesar, el sustantivo con que nombramos la tristeza por lo hecho, es el mismo verbo que pesar en la balanza, y los dos vienen de pensare, que dio también pensar. La lengua sabía que el pesar es un pensamiento con balanza, una comparación de dos platillos, y que para pesar hace falta tener delante dos cosas. El arrepentimiento pesa, y para pesar fabrica el segundo platillo.

Queda una última palabra, la más importante. Sentido significa en castellano lo que algo quiere decir y también la dirección en que algo va, el sentido de una calle, el sentido de un río. El francés conserva la misma doble acepción en sens, y el alemán la reparte entre Sinn y una raíz emparentada que significaba viajar, ir hacia. Que el significado de una vida y la dirección de una vida se digan con la misma palabra es una de esas verdades que la lengua guarda antes de que nadie las piense. Una vida tiene sentido cuando va hacia algo. Y el sentido, en las dos acepciones, solo se deja leer desde más lejos en el camino.

IV. Hércules en el cruce

La imagen de la bifurcación como escena de la libertad tiene una fecha de nacimiento casi exacta en nuestra tradición. El sofista Pródico de Ceos contaba, y Jenofonte puso el relato en boca de Sócrates, que el joven Heracles salió un día a un lugar apartado para pensar qué camino tomaría en la vida, el de la virtud o el del vicio. Allí se le aparecieron dos mujeres, una sobria y de mirada modesta, la otra maquillada y atrevida, y cada una le describió su camino, el áspero que lleva a la gloria y el fácil que lleva al placer. El relato tuvo una fortuna inmensa. Los pitagóricos tardíos vieron en la letra Y la figura de la vida humana, un tronco común que en la juventud se abre en dos brazos, uno estrecho y recto y otro ancho y torcido. La littera Pythagorae pasó a los gramáticos latinos y a los emblemas del Renacimiento, y Erwin Panofsky dedicó un libro entero a seguir la imagen de Hércules en la encrucijada desde la Antigüedad hasta la pintura barroca.

Fijémonos en lo que esta escena da por supuesto. Heracles está quieto. Las dos rutas tienen nombre, rostro y voz. Las dos se presentan a la vez, con sus argumentos, como dos abogados ante un juez. Y el joven tiene todo el tiempo del mundo para escucharlas antes de elegir. Ninguna decisión real de ninguna vida real se ha parecido nunca a esto. La escena de Pródico es una alegoría pedagógica, y como alegoría es admirable. Su éxito, sin embargo, fue tan grande que acabó pasando por descripción, y generaciones enteras aprendieron a recordar sus propias decisiones con la forma de esa alegoría, como si cada momento decisivo de su vida hubiera tenido dos mujeres de pie en el cruce, cada una con su discurso.

Aristóteles dio a esa imagen un respaldo más técnico. En la Ética a Nicómaco describe la deliberación, la boúleusis (βούλευσις), como una búsqueda que va del fin a los medios, y la compara expresamente con el análisis del geómetra, que parte de lo buscado y retrocede hasta lo que está en su mano. La comparación es exacta y es reveladora. El que delibera así recorre de antemano el árbol de las posibilidades, mira las ramas, las mide, elige la que lleva al fin. Muchas decisiones se toman de esa manera, las pequeñas, las técnicas, las que se pueden preparar con calma, comprar una casa comparando planos, escoger un tren. Las decisiones que de verdad deciden una vida casi nunca se tomaron así, y la memoria, sin embargo, las recuerda con la forma de una deliberación aristotélica, como si se hubieran recorrido entonces las ramas que solo se recorren ahora.

V. La frase de Kierkegaard

Kierkegaard dejó sobre este asunto la frase más citada y menos leída de toda su obra. La vida se vive hacia delante y se comprende hacia atrás, repetimos, y la fórmula se ha gastado tanto que ya casi no la oímos. Comprender hacia atrás sería, según el uso corriente, recuperar la encrucijada tal como fue, ahora con la calma que entonces faltó, y leer por fin correctamente el mapa que en su día se leyó deprisa. La memoria funcionaría como una máquina del tiempo modesta que nos devuelve intacto el momento de la elección, con su abanico de opciones desplegado.

La frase original, sin embargo, dice otra cosa, y dice más. Está en un cuaderno de 1843, y en ella Kierkegaard atribuye la primera mitad a la filosofía. Es muy cierto, escribe, lo que dice la filosofía, que la vida debe comprenderse hacia atrás. Pero se olvida entonces el otro principio, que debe vivirse hacia delante. Y ese segundo principio, cuanto más se piensa, acaba precisamente en la idea de que la vida temporal nunca puede comprenderse del todo, porque en ningún instante encuentro el reposo completo para adoptar la posición necesaria, la de mirar hacia atrás. La fórmula que circula como sabiduría de Kierkegaard es, en su cuaderno, la tesis de los filósofos que él corrige. Su aportación propia es la segunda mitad, la que casi nadie cita, y esa segunda mitad dice que la comprensión hacia atrás nunca llega a completarse mientras se vive.

Esto cambia el modo de discutir con él. Kierkegaard vio con toda claridad que el que vive no puede detenerse a comprender, y que el que comprende ya no está viviendo ese tramo. Lo que no dijo, o lo que su frase deja en sombra, es qué hace la comprensión cuando por fin llega, aunque sea parcial, aunque sea provisional. La filosofía que él corrige suponía que la comprensión recobra lo que la vida contenía. Él añadió que esa recuperación nunca se termina. Falta todavía un paso. La comprensión hacia atrás añade al pasado algo que el pasado no contenía, y lo añade de verdad, sin falsificarlo. Kierkegaard tenía la mitad que importa a la existencia, la imposibilidad del reposo. Falta pensar la mitad que importa a la memoria, la naturaleza de lo que el recuerdo produce.

VI. La textura del instante

La imagen del sendero que se bifurca es consoladora y es tramposa, y lo es porque coloca en el pasado algo que no estaba en el pasado. Coloca la bifurcación. Da por supuesto que en el instante de la decisión había allí dos caminos igualmente reales, igualmente visibles, esperando a que uno los recorriera con la mirada antes de escoger. Basta con volver de verdad, a la textura del instante y no a la idea que hoy tenemos de él, para descubrir que casi nunca fue así.

Vuelve, de veras, al momento. Al momento tal como transcurrió, no tal como lo cuentas ahora. Rara vez, casi nunca, estuviste parado ante dos rutas rotuladas. Lo que hubo fue mucho más pobre y mucho más oscuro, una tarde, un cansancio, una conversación que se torció, una oportunidad que ni siquiera se anunció como oportunidad, un sí que dijiste porque era más fácil, un no que fue menos una elección que una inercia. En el instante mismo había un solo camino, el que se estaba haciendo bajo tus pies mientras lo pisabas, y ni siquiera aparecía como camino. Aparecía como la única continuación posible de una vida que ya venía rodando. La otra ruta, la nítida, la brillante, la que hoy te desvela, faltaba allí. Ni la viste ni la rechazaste, porque todavía no existía como ruta.

La fenomenología llama horizonte a esa franja de lo posible que acompaña a cada vivencia sin volverse nunca objeto. Mientras camino, el mundo se me da con un margen de posibilidades vagas, de direcciones apenas insinuadas, de puertas entornadas que no miro. Ese horizonte existe y es real, y Husserl lo describió con una paciencia admirable. Pero el horizonte no es una encrucijada. Es una vaguedad, una penumbra de lo que podría ser, sin contornos, sin nombres, sin la nitidez de dos caminos trazados. La encrucijada recordada toma un trozo de esa penumbra, le da contorno, le pone nombre, lo ilumina con la luz del desenlace, y lo convierte en una rama tan visible como el camino que se tomó. Lo que en el instante era horizonte se vuelve en el recuerdo alternativa.

VII. De dónde sale la otra ruta

La otra ruta sale de aquí, de ahora, del presente que ya conoce el desenlace y que, sabiéndolo, dibuja hacia atrás la bifurcación que le permite medir lo perdido. El arrepentimiento fabrica la encrucijada que dice recordar. Necesita las dos rutas para tener algo que lamentar, y como en el pasado no las había, las construye desde el presente y luego las proyecta hacia atrás con tal fuerza que parecen haber estado allí siempre. La encrucijada no se cruzó. Se pinta después, sobre un camino que en su momento fue una sola línea sin alternativa aparente. Se vive hacia delante por un sendero único, y solo al darse la vuelta se ve el punto donde el sendero se bifurcaba. Y se bifurca, en efecto, pero se bifurca ahora, ante los ojos que ya saben, y nunca entonces, ante los ojos que no sabían.

La psicología experimental ha medido esta fabricación con una precisión que confirma la fenomenología. En 1975, Baruch Fischhoff dio a un grupo de personas el relato de un episodio histórico poco conocido, una guerra colonial del siglo XIX, y les pidió que estimaran la probabilidad de varios desenlaces posibles. A unos no les dijo cómo había terminado. A otros les dijo que había terminado de una manera determinada. Los que conocían el desenlace lo juzgaban mucho más probable de lo que lo juzgaban los demás, y además eran incapaces de prescindir de ese conocimiento aunque se les pidiera expresamente que razonaran como si no lo tuvieran. Fischhoff llamó a este efecto determinismo progresivo, creeping determinism. El desenlace se derrama hacia atrás sobre todo el episodio y lo reorganiza, y quien lo conoce ya no puede ver el pasado tal como se presentaba a quienes lo vivían.

Daniel Kahneman y Dale Miller dieron un paso más en 1986 con lo que llamaron teoría de la norma. Su hallazgo central es que las alternativas con las que comparamos lo ocurrido se calculan después del hecho. El suceso evoca por sí mismo sus propias alternativas, y las evoca según lo fácil que resulte imaginar que hubiera sido de otro modo, según su mutabilidad. Lo excepcional se deshace con más facilidad en la imaginación que lo rutinario, lo cercano más que lo lejano, la acción más que la inacción. Unos años antes, Kahneman y Amos Tversky habían propuesto un ejemplo que se ha vuelto clásico. Dos viajeros comparten taxi hacia el aeropuerto, salen a la misma hora, quedan atrapados en el mismo atasco y llegan media hora tarde. El vuelo de uno de ellos salió a su hora. El del otro salió con retraso, cinco minutos antes de que él llegara. Casi todo el mundo responde que el segundo está mucho más disgustado, aunque la situación objetiva de los dos sea idéntica, porque a él le resulta fácil imaginar los cinco minutos que le faltaron. La encrucijada del segundo viajero es más nítida que la del primero, y lo es porque la ha construido después con materiales más a mano.

Neal Roese reunió en 1997 dos décadas de investigación sobre el pensamiento contrafáctico, esa capacidad de imaginar lo que habría pasado si, y mostró que se activa sobre todo después de los desenlaces negativos y que cumple una función preparatoria, la de corregir la conducta futura. La rama no tomada nace, pues, cuando algo sale mal, y nace como herramienta del presente para orientarse hacia delante. Su lugar natural es el futuro, y el arrepentimiento la desplaza hacia el pasado, donde no puede servir de nada.

VIII. Una forma y no un contenido

Esto se parece a algo que no es, y la diferencia importa. No hablo del recuerdo falso, de la distorsión, del truco por el que embellecemos o ennegrecemos lo que pasó. Eso sería un error corregible, y bastaría con más honradez, con más datos, con un diario de la época, para enderezarlo. La encrucijada tardía resiste a toda honradez, porque pertenece a la estructura misma del recuerdo. Recordamos bien los hechos, y aun así la encrucijada aparece, porque la encrucijada nunca fue un contenido que se recuerde. Es una forma que el recuerdo produce al mirar hacia atrás desde un desenlace. El plural de los caminos pertenece al momento que reinterpreta. Las alternativas nacen en el presente y la memoria las instala en el pasado. Mientras se camina de frente, el camino no admite plural, es el único que hay, porque es el que se está haciendo. El plural aparece cuando uno se da la vuelta, y lo que se ve al darse la vuelta es lo que la vuelta misma constituye.

Freud conoció una versión patológica de esta estructura y le dio un nombre que ha hecho fortuna, Nachträglichkeit, posterioridad, efecto de retardo. En el caso de una paciente a la que llamó Emma, una escena de la infancia que en su momento no tuvo ningún significado traumático se volvió traumática años después, cuando otra escena posterior le dio retroactivamente su sentido. El trauma, decía Freud, se constituye a destiempo. La escena primera no contenía su herida, y la herida tampoco se inventó de la nada, porque la escena estaba allí, con su peso. La herida nació del encuentro entre lo que fue y lo que vino después. La encrucijada del arrepentimiento es la forma ética de ese mismo destiempo.

IX. El pasado resiste

Dicho así, el pasado parecería infinitamente blando, una cera sobre la que el presente imprime cualquier bifurcación que le convenga, y eso sería tan falso como la ilusión que se está desmontando. No toda encrucijada se deja dibujar. Sobre un camino que llevó a la ruina no puedo pintar la bifurcación de la que habría salido la gloria si esa ruta no guardaba con lo que fui la menor relación real. El pasado resiste. Tiene el peso terco de lo que efectivamente ocurrió.

Cervantes dio a esa resistencia su imagen más profunda. Don Quijote ve gigantes donde hay molinos de viento, y lo que suele olvidarse es que el gigante solo puede comparecer porque el molino sigue ahí, con sus aspas reales que giran con el viento real y que acaban derribando a caballo y caballero. El molino soporta ser molino para que sobre él aparezca el gigante, y su materia es la que da al gigante sus brazos. Con el pasado ocurre lo mismo. El cumplimiento hace comparecer una dirección que antes no podía aparecer como tal, y esa es la operación entera, pero hace comparecer esa dirección, la que la vida de veras tomó, y no una cualquiera. La constitución retrospectiva no es invención libre. Es el reconocimiento de algo real que solo podía volverse legible después, más el dibujo de unas alternativas que solo tienen sentido como sombra de esa dirección real.

George Herbert Mead pensó esta doble condición del pasado con una lucidez que la filosofía europea apenas ha aprovechado. En las conferencias que dio en 1930 y que se publicaron después de su muerte, sostuvo que cada presente que emerge reconstruye su pasado, que la historia se reescribe con cada acontecimiento nuevo porque cada acontecimiento nuevo hace visible en lo anterior lo que lo preparaba. Y sostuvo a la vez que el pasado es irrevocable, que lo sucedido no puede no haber sucedido. Las dos tesis se necesitan. Un pasado solo irrevocable sería una piedra muda. Un pasado solo reconstruible sería un sueño del presente. El pasado real es las dos cosas, un hecho que no cambia y un sentido que no termina de llegar.

Vladimir Jankélévitch dio a esa doble condición su vocabulario más fino. Distinguió lo irreversible de lo irrevocable. Lo irreversible es que no se puede volver atrás, que el tiempo solo va en una dirección y que ningún regreso devuelve el instante perdido. Lo irrevocable es que lo hecho no puede deshacerse, que el hecho de haber sido queda para siempre. A lo irreversible le corresponde la nostalgia y el pesar. A lo irrevocable le corresponde el remordimiento. La encrucijada tardía se alimenta de las dos, y por eso duele dos veces. Duele porque no se puede volver al cruce, y duele porque lo que se hizo en él ya no puede no haberse hecho. Lo que Jankélévitch no dijo es que el cruce al que no se puede volver nunca estuvo allí como cruce.

X. Lo tomado se encuentra, lo no tomado se inventa

De esa resistencia del pasado se sigue una asimetría decisiva, y en ella se juega que todo esto sea fenomenología y no capricho. El camino que se tomó se descubre. Se revela como habiendo sido una dirección, cosa que mientras se pisaba no podía aparecer. Los caminos que no se tomaron se constituyen. Se fabrican ahora, como el reverso necesario de aquella dirección, para poder pensarla. Lo tomado se encuentra. Lo no tomado se inventa. Y el arrepentimiento confunde sistemáticamente las dos operaciones, y llora por los caminos inventados como si los hubiera perdido, cuando nunca los tuvo delante para perderlos.

La asimetría es fina y pide no ser simplificada. Descubrir una dirección quiere decir que la dirección era real antes de ser vista, que estaba trabajando en la vida como una corriente bajo el agua, y que el desenlace la hace visible sin crearla. Constituir una alternativa quiere decir otra cosa, que la alternativa recibe su contorno del presente que la piensa, y que antes del desenlace no era más que una penumbra sin forma en el horizonte del instante. La dirección existía y no se veía. La alternativa no existía como tal y ahora se ve con toda nitidez. Por eso la rama no tomada brilla tanto en el recuerdo. Brilla con la luz de lo recién hecho, y el camino tomado, en cambio, tiene la opacidad de lo que de verdad pasó, con sus días grises, sus rodeos y sus cansancios.

XI. El movimiento retrógrado de lo verdadero

Henri Bergson llegó a una tesis vecina por el camino de la metafísica. En una conferencia de 1930 que recogió luego en La pensée et le mouvant, de 1934, se preguntó qué es lo posible, y respondió que lo posible no precede a lo real. Lo real, al hacerse, proyecta hacia atrás su propia posibilidad. Lo posible es lo real más un acto del espíritu que arroja su imagen al pasado una vez que se ha producido. Bergson ponía un ejemplo memorable. Alguien le preguntó un día cómo sería la gran obra dramática del mañana, y él respondió que si lo supiera la escribiría. Antes de que Shakespeare escribiera Hamlet, Hamlet no era posible en ningún sentido interesante de la palabra. Desde que Shakespeare lo escribió, Hamlet habrá sido posible siempre. La posibilidad llega con la obra y se coloca detrás de ella, como si la hubiera esperado.

Bergson llamó a esa operación el movimiento retrógrado de lo verdadero, y Maurice Merleau-Ponty la retomó en sus cursos de los años cincuenta para pensar lo que llamaba institución, el modo en que un acontecimiento funda un sentido que reorganiza su propio pasado y abre un porvenir. La cercanía con la encrucijada tardía es grande, y precisamente por eso hace falta señalar dónde se separan los caminos. Bergson habla de lo posible en general, de la novedad de lo real frente a la ilusión de que todo estaba ya contenido en germen. Su lección es contra el determinismo y contra la idea de un futuro escrito. La encrucijada tardía añade dos cosas que Bergson no pensó. La primera es la asimetría entre lo que se descubre y lo que se constituye, porque para él la posibilidad retroproyectada es siempre la de lo real, y nunca la de lo que no llegó a ser. Las ramas no tomadas, las que alimentan el arrepentimiento, son posibles de segundo grado, sombras de lo real proyectadas sobre el pasado para medirlo. La segunda es la consecuencia ética, el cambio en la forma misma de la responsabilidad que esa asimetría produce.

XII. Se hace camino al andar

La poesía en nuestra lengua dijo esto antes que nadie, con una sencillez que ha hecho que se cante en las plazas sin que casi nadie repare en su filosofía. Antonio Machado publicó en 1912, entre los proverbios y cantares de Campos de Castilla, unos versos que todo hispanohablante sabe de memoria. «Caminante, son tus huellas el camino y nada más», empiezan, y siguen con el verso que todos repiten, «caminante, no hay camino, se hace camino al andar». Luego viene la mitad que se cita menos, la que de verdad importa aquí. «Al andar se hace camino», dice el poema, «y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar».

En tres estrofas breves está entera la fenomenología de la encrucijada tardía. El camino no preexiste al caminante, se hace bajo sus pies, y lo que queda de él son huellas, señales de un paso que ya ocurrió. Mientras se anda no hay senda, hay solo el andar. La senda aparece al volver la vista atrás, y aparece con la nitidez de lo irrevocable, como lo que nunca se ha de volver a pisar. Machado no habla de encrucijadas. Habla de una sola senda, la recorrida, que se ve al darse la vuelta, y esa sobriedad lo pone más cerca de la verdad que Pródico con sus dos mujeres y que Borges con su jardín infinito. Lo que se ve al volver la vista atrás es la dirección que fue. El poema termina diciendo que no hay camino, que hay solo estelas en la mar, y la estela es la imagen perfecta de una dirección que solo se dibuja detrás del barco, sobre un agua que no guardaba ningún trazado antes de que el barco pasara. Lo que Machado no dijo, y lo que el arrepentimiento hace, es que el que mira la estela se pone a imaginar otras estelas que el barco no dejó.

XIII. Dos caminos casi iguales

El poema más famoso de la lengua inglesa sobre una bifurcación dice exactamente esto, y casi todo el mundo lo lee al revés. Robert Frost publicó en 1916 «The Road Not Taken», el camino no tomado, y la lectura corriente lo ha convertido en un himno a la elección valiente, la del que tomó el camino menos transitado y por eso fue distinto. El poema dice otra cosa. Dos caminos se separaban en un bosque amarillo, y el caminante, después de mirar uno de ellos hasta donde se perdía entre la maleza, tomó el otro, que tenía quizá mejor derecho porque estaba cubierto de hierba. Y en el verso siguiente corrige lo que acaba de decir. El paso de la gente los había gastado a los dos, confiesa, «really about the same», en realidad más o menos igual. Aquella mañana ninguna pisada había ennegrecido las hojas de ninguno de los dos.

La diferencia entre los caminos aparece después, en la última estrofa, y el poema la sitúa con una precisión implacable en el futuro. El caminante dice que contará esto con un suspiro, «with a sigh», en algún lugar dentro de muchos y muchos años, «ages and ages hence». Y que entonces dirá que tomó el menos transitado, y que eso lo cambió todo, «that has made all the difference». La encrucijada nítida, la del camino menos transitado frente al más transitado, no existió aquella mañana en el bosque. Existirá en el relato que el caminante hará de sí mismo dentro de muchos años, con un suspiro. Frost escribió el poema, según contó él mismo, pensando en su amigo el poeta Edward Thomas, con quien paseaba por los campos de Inglaterra y que siempre lamentaba, al final de cada paseo, no haber tomado el otro sendero. El poema es una broma afectuosa a costa de un arrepentimiento, y bajo la broma hay una fenomenología exacta de la encrucijada tardía.

XIV. El jardín donde todo se bifurca

Jorge Luis Borges imaginó la metafísica exactamente opuesta. En «El jardín de senderos que se bifurcan», de 1941, un sinólogo inglés explica al narrador la novela infinita de un antepasado suyo, Ts'ui Pên, y le revela que esa novela es un laberinto en el tiempo. En las ficciones corrientes, le dice, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas opta por una y elimina las otras. En la novela de Ts'ui Pên opta por todas a la vez, y cada opción abre porvenires distintos que a su vez proliferan y se bifurcan. Es la apoteosis de la encrucijada. Todas las ramas son reales, todas coexisten, ninguna se pierde. El arrepentimiento carece allí de sentido, porque en algún tiempo del jardín el camino no tomado se está recorriendo ahora mismo.

La fantasía de Borges es la forma extrema, y por eso la más instructiva, de la ilusión de la encrucijada. Toma la mirada de pájaro del recuerdo, la que ve las dos ramas a la vez desde arriba, y la eleva a estructura del tiempo. Lo que en la memoria es una figura tardía se vuelve en el jardín la realidad misma. La fenomenología del camino vivido dice exactamente lo contrario. Ninguna rama existe antes del desenlace, y la única que de verdad existió es la que se recorrió con los pies. El jardín de Borges es el sueño de una conciencia que se ha olvidado de que camina, que mira la vida desde fuera del tiempo como un cartógrafo mira un mapa, y que por eso puede imaginar que todos los caminos están ahí, disponibles, simultáneos. Quien camina no tiene ese privilegio, y su pobreza es su verdad.

XV. Comprender hacia atrás

De la confusión entre descubrir y constituir nace casi todo el sufrimiento inútil de la memoria, y también casi toda su ternura. Porque la misma operación que fabrica falsas encrucijadas para atormentarnos es la que nos permite por fin comprender una vida, darle una dirección, leerla como habiendo ido hacia algo. Y esa comprensión es real, es el modo propio y el único en que una vida se vuelve inteligible. Un tramo no se entiende mientras se vive, porque su sentido depende de un desenlace que todavía no ha llegado. Solo al llegar el desenlace el tramo se ordena hacia él y se deja leer.

Paul Ricoeur mostró que así funciona todo relato. El final de una historia bien contada no se puede predecir desde el principio, y sin embargo, cuando llega, resulta aceptable, se reconoce como el final que esa historia pedía. Ricoeur tomó de W. B. Gallie la idea de que seguir una historia consiste en dejarse llevar por una expectativa que el desenlace no confirma mecánicamente, que el desenlace cumple dándole una forma que no tenía. La comprensión retrospectiva encuentra el sentido en el pasado como se encuentra una forma en un tejido terminado, donde el dibujo no estaba en ningún hilo suelto y estaba ya, sin embargo, en la manera en que los hilos se cruzaban.

Max Scheler pensó la misma estructura desde el lado del arrepentimiento, en un ensayo de 1917 titulado precisamente arrepentimiento y renacimiento. Scheler sostuvo que el arrepentimiento verdadero no puede cambiar la realidad natural de un acto pasado, que lo hecho sigue hecho, y que sin embargo puede cambiar su sentido y su valor en el conjunto de una vida. El pasado, decía, está inacabado en su significado, y el arrepentimiento es una de las fuerzas que lo completan. La tesis de Scheler es preciosa y es incompleta, porque Scheler da por supuesta la encrucijada. Su arrepentido sigue mirando un cruce donde eligió mal. La comprensión hacia atrás no recobra un cruce que hubo. Dibuja el cruce que el camino necesita para poder ser leído como camino, y lo dibuja sobre la resistencia de lo que de veras pasó.

Por eso la fórmula que circula con el nombre de Kierkegaard hay que corregirla justo por la mitad. La vida se comprende hacia atrás, y esa comprensión nunca recobra lo que la vida hacia delante ya contenía sin saberlo. La comprensión hacia atrás añade, añade la dirección, añade la encrucijada, añade el sentido, y ese añadido cumple el pasado sin falsificarlo, del mismo modo que la última página de una novela cumple la primera sin haber estado escrita en ella.

XVI. La libertad del pasado

Jean-Paul Sartre llevó la tesis de la reconstrucción del pasado hasta su extremo. En L'être et le néant, de 1943, sostuvo que el pasado es lo que soy sin poder vivirlo, un hecho que ya no cambia, y que su sentido, en cambio, depende enteramente de mi proyecto presente. Su ejemplo es la crisis mística de un adolescente de quince años. Si ese adolescente se convierte más tarde y vive como creyente, aquella crisis habrá sido el primer signo de su vocación. Si se aparta de la fe, habrá sido un simple accidente de la pubertad. Nada en la crisis misma decide cuál de los dos sentidos tuvo, y quien lo decide es el proyecto que vino después.

Sartre vio la mitad del fenómeno con una claridad deslumbrante y perdió la otra. Vio que el sentido del pasado llega después. No vio que llega sobre una resistencia. Para él el proyecto presente es libre de dar al pasado el sentido que quiera, y el pasado se reduce a una materia dócil para la libertad. La fenomenología de la encrucijada tardía dice otra cosa. La crisis del adolescente tenía ya una dirección, una inclinación real que trabajaba en su vida, y el desenlace no la inventa, la descubre. Lo que el desenlace inventa son las ramas no tomadas, la vocación que pudo ser y no fue, el accidente que pudo quedarse en accidente. El molino sigue siendo molino. La libertad sartreana del pasado es la libertad del que pinta gigantes sin molinos, y por eso su filosofía de la responsabilidad acaba siendo una filosofía de la elección absoluta, de un hombre que se elige entero a cada instante en un cruce perpetuo. La encrucijada tardía devuelve al pasado su peso, y con él la posibilidad de responder de un rumbo que uno no eligió como se elige en un cruce.

XVII. Lo que crece con los años

Si la rama no tomada se inventa, el arrepentimiento debería crecer con el tiempo, porque cuanto más largo es el desenlace más materiales tiene la memoria para construir la alternativa. Eso es exactamente lo que ha medido la psicología. En 1995, Thomas Gilovich y Victoria Medvec reunieron una serie de estudios sobre lo que la gente lamenta, y encontraron un patrón muy claro. A corto plazo lamentamos sobre todo lo que hicimos, la acción precipitada, la palabra de más. A largo plazo lamentamos sobre todo lo que no hicimos, la ocasión que dejamos pasar, el viaje que no emprendimos, la declaración que no nos atrevimos a hacer. Con los años, los caminos no tomados engordan.

La explicación que dieron los propios autores es psicológica, y es razonable. Las acciones tienen consecuencias concretas, limitadas, que con el tiempo se digieren y se justifican, mientras que las inacciones dejan abierto un campo indefinido de lo que habría podido ser. La fenomenología de la encrucijada tardía permite decirlo con más exactitud. Lo que se hizo tiene la resistencia de lo que de veras pasó, la opacidad del molino. Lo que no se hizo no tiene ninguna resistencia, porque nunca pasó, y la imaginación puede seguir construyéndolo, embelleciéndolo, ensanchándolo sin que nada real la contradiga. La rama no tomada crece porque es pura constitución, sin la fricción del descubrimiento. Es la parte del pasado que el presente fabrica entera, y por eso puede fabricarla cada vez más grande.

La neurociencia ha encontrado incluso el lugar del cerebro donde esa fabricación se apoya. En 2004, Nathalie Camille, Giorgio Coricelli, Angela Sirigu y sus colaboradores estudiaron a pacientes con lesiones en la corteza orbitofrontal mientras jugaban a un juego de apuestas en el que, tras elegir, se les mostraba lo que habrían ganado con la opción descartada. Los participantes sanos sentían arrepentimiento cuando la opción descartada habría sido mejor, y aprendían a anticipar ese arrepentimiento en sus elecciones siguientes. Los pacientes sentían decepción por el resultado obtenido, pero no sentían arrepentimiento, no comparaban lo que tenían con lo que habrían tenido. Un año después, el mismo equipo mostró con imágenes de resonancia que la actividad orbitofrontal en personas sanas aumentaba cuanto mayor era la diferencia entre lo obtenido y lo que se habría obtenido con la otra opción. El arrepentimiento necesita un órgano que fabrique el contrafáctico y lo compare con lo real. La encrucijada tardía tiene, literalmente, un cuerpo que la construye. Y es significativo que en esos experimentos la alternativa se mostrara a los jugadores después de la elección, como un dato nuevo que antes no tenían. El laboratorio reproduce sin saberlo la estructura de la vida, en la que la otra rama siempre se revela después.

XVIII. El segundo mordisco

El remordimiento es, según su nombre, un volver a morder, y cada recuerdo de la falsa encrucijada es un mordisco nuevo. Spinoza fue implacable con él. En la cuarta parte de la Ética escribió que el arrepentimiento no es una virtud, que no nace de la razón, y que el que se arrepiente de lo que hizo es dos veces desgraciado, o dos veces impotente. Dos veces, porque primero se dejó vencer por un deseo o una pasión, y después se deja vencer por la tristeza de haberlo hecho. La severidad de Spinoza tiene una verdad que esta fenomenología confirma por otro camino. El remordimiento que se ceba en la falsa encrucijada es una tristeza sin objeto, porque el objeto que lamenta, el cruce donde pudo elegir de otro modo, nunca existió como tal. Se muerde dos veces una herida que la primera vez fue un tropiezo en un camino único.

Spinoza, sin embargo, se equivoca si se le lee como una condena de toda tristeza por lo hecho. El arrepentimiento guarda una parte que no es impotencia, y que la tradición cristiana llamó conversión y la griega metánoia (μετάνοια), cambio de mente, mirar después de otra manera. Esa parte no lamenta un cruce imaginario. Asume una dirección real y la cambia hacia delante. Es la parte que Scheler llamó renacimiento, y que tiene poco que ver con la contemplación nostálgica de la rama perdida. El arrepentimiento fecundo mira hacia delante desde lo que fue. El remordimiento estéril mira hacia atrás hacia lo que nunca hubo.

XIX. Responder de un rumbo

Todo esto tiene sobre la culpa una consecuencia que no es menor. Si la encrucijada nace al final, buena parte de nuestro remordimiento llora ante una bifurcación que nunca existió como tal, y en esa medida es un sufrimiento sin objeto. Uno se reprocha no haber visto el otro camino cuando no había otro camino que ver, se acusa de una ceguera ante alternativas que solo su presente ha dibujado. Contra ese remordimiento, la lucidez es una liberación. Nadie falló ante una encrucijada que no hubo. Cada uno recorrió un sendero único que solo desde aquí se deja bifurcar.

La lucidez, con todo, no disuelve la responsabilidad, porque no todo era inventado. La dirección era real. El camino tomado se descubre, nunca se fabrica, y de él se responde. La responsabilidad verdadera tiene la forma de quien dice que este camino que hizo es ahora legible como una dirección, y que de esa dirección responde. La forma falsa, calcada de la encrucijada imaginaria, es la de quien dice que debió elegir la otra rama. Nadie responde de una elección entre opciones rotuladas que jamás tuvo delante. Se responde de un rumbo que fue propio aunque no se eligiera como se elige en un cruce, aunque se hiciera sin verlo, a tientas, por inercia o por miedo. Esa responsabilidad es más honda y más incómoda que la del que se equivoca en una bifurcación, porque no puede refugiarse en que no vio la otra ruta. No había otra ruta, y sin embargo el rumbo fue suyo. Respondemos de direcciones, y una dirección se responde entera, sin el consuelo de un punto imaginario donde creemos que pudimos torcerla.

Bernard Williams abrió en 1976 la discusión contemporánea sobre este territorio con un artículo titulado suerte moral, al que Thomas Nagel respondió en el mismo volumen. Williams describió un sentimiento que llamó agent-regret, el pesar del agente, distinto del pesar del espectador. Un camionero que, sin culpa alguna, atropella a un niño que se le cruza siente algo que ningún testigo siente, aunque el testigo lamente lo ocurrido tanto como él. Lo siente porque fue él quien conducía. Y Williams imaginó también a un pintor, un Gauguin estilizado, que abandona a su familia para dedicarse a su obra, y cuya decisión solo podrá justificarse o condenarse según lo que resulte de ella, según que llegue o no a ser el gran pintor que esperaba ser.

Williams vio con más claridad que nadie que la justificación de ciertas decisiones es retrospectiva, que llega con el desenlace y no antes. Su camionero, además, es el ejemplo perfecto de una responsabilidad sin encrucijada. No hubo cruce para él, no hubo dos caminos, hubo una calle, un niño, un instante. Y sin embargo responde, porque el rumbo fue suyo. La moral moderna, que solo quiere hacer responsable a la voluntad que elige entre alternativas claras, no sabe qué hacer con ese pesar, y lo llama irracional. Williams lo defendió como uno de los rasgos más humanos de nuestra vida moral. La fenomenología de la encrucijada tardía le da su fundamento. El pesar del agente es la respuesta adecuada a una dirección real, y su error solo empieza cuando el agente se fabrica después el cruce en el que pudo haber elegido otra cosa.

XX. El telar y el Hacia

Quien piense desde la música habrá reconocido bajo el asunto de la memoria la misma estructura que gobierna una melodía, y la coincidencia tiene una razón. Para mostrarla hace falta describir con cuidado lo que llamo el telar del melos. La palabra griega mélos (μέλος) significaba a la vez miembro del cuerpo y canto, y nombra en mi vocabulario el tejido interno de la música mientras sucede. Platón dijo en la República que el canto está hecho de tres cosas, palabra, armonía y ritmo. Llamo a esos tres hilos de la urdimbre léxis (λέξις), el decir antes de lo dicho, la manera en que una voz se dirige y llama, harmonía (ἁρμονία), el ajuste de las alturas entre sí, su convivencia y su tensión, y rhythmós (ῥυθμός), la forma del fluir, el latido, la zancada, la respiración vueltos tiempo audible.

Cruzando esa urdimbre pasan como trama tres estratos del cuerpo que canta. La Carne es el rostro, el peso, el aliento, lo que nadie eligió y cada uno trae. La Inclinación es la intención, la gravitación, el gesto que se apoya y se vence. Y el Hacia es la dirección, la continuidad, la pura futuridad del canto que va y todavía no ha llegado. Tres hilos por tres estratos dan nueve celdas, y en cada una la música se hace tela al hacerse. De las tres capas de la trama, la que aquí importa es la última. El Hacia es la dirección de una frase, y tiene una propiedad que lo distingue de todo lo demás. Mientras la frase suena, el Hacia se siente sin verse, como una inclinación del cuerpo hacia algo que todavía no está. Solo cuando la frase llega, el Hacia se vuelve visible como la dirección que había sido.

La memoria de una vida es el melos de esa vida, y su Hacia funciona exactamente así. Mientras se vive se siente una inclinación, un ir, una urgencia sin nombre. Al llegar el desenlace, esa inclinación se descubre como una dirección, y entonces se vuelve legible todo lo que la preparaba. La música deja ver con una limpieza casi de laboratorio lo que en la vida se vive en carne y en primera persona, porque una melodía es breve, acotada, repetible. En la vida duele y engaña, y es lo mismo.

XXI. La resolución que solo existe cumplida

Husserl describió en sus lecciones sobre la conciencia interna del tiempo cómo oímos una melodía. Cada nota que suena se retiene mientras suena la siguiente, en una retención que se va hundiendo sin desaparecer, y cada nota abre al mismo tiempo una protención, una espera de lo que viene. La protención no es una predicción. Es una inclinación sin contenido preciso, un estar vuelto hacia lo que vendrá. Leonard Meyer mostró en 1956 que la emoción musical nace en gran parte de la manera en que esa espera se cumple, se retrasa o se desvía, y David Huron desarrolló cincuenta años después una teoría de la anticipación que explica el placer y la sorpresa musicales a partir de la expectativa y de su resolución.

Consideremos la cadencia, el gesto con que una frase se cierra. La palabra viene del latín cadere, caer, y es hermana lejana de la caída de la voz al final de una frase hablada. Decidir es cortar y cadencia es caer, dos raíces latinas distintas, caedere y cadere, que el oído confunde y la gramática separa. En la cadencia perfecta, la dominante cae sobre la tónica y la frase reposa. Mientras suena la dominante, el reposo no existe todavía. Existe una inclinación hacia él. Cuando la tónica llega, la frase entera se reorganiza retrospectivamente, y lo que era tensión se descubre como el camino hacia ese reposo. La resolución solo existe cumplida. No preexiste al acorde que la cierra, ni la inventa el oyente al oírla. Comparece como aquello hacia lo cual el arco entero estaba tendido, y solo en el instante en que llega se reconoce como lo que se reclamaba.

La cadencia rota, la que en inglés se llama engañosa o interrumpida y en alemán Trugschluss, cierre engañoso, muestra la otra mitad de la estructura con una claridad asombrosa. La dominante, en lugar de caer sobre la tónica, cae sobre el sexto grado. El oído siente entonces, de golpe, el camino que no se tomó. Siente la tónica ausente con una nitidez que no tenía mientras sonaba la dominante, cuando la tónica era solo una inclinación sin contorno. La alternativa perdida aparece en el instante mismo en que llega lo que la sustituye, y aparece como una sombra precisa de lo real. Antes de la cadencia rota, la tónica no era un camino entre dos. Era una inclinación. Después, es el camino no tomado. Cualquier músico sabe que la fuerza de ese gesto viene de ahí, de que el oyente reconstruye en un segundo una encrucijada que no existía. Y cualquier músico sabe también que la cadencia rota no anula la tónica, que la frase acabará llegando a ella más tarde, por otro camino, y que ese rodeo es precisamente su sentido. La música lleva siglos practicando con el oído la fenomenología de la encrucijada tardía, y la usa para conmover.

El tiempo del arte y el tiempo del recuerdo tienen así la misma forma, la de un futuro que refunda su pasado sin destruirlo y que solo desde su cumplimiento deja aparecer una dirección que antes no estaba disponible. Comprendemos nuestra vida como escuchamos una melodía, hacia atrás desde su resolución, dibujando en el trayecto unas alternativas que no estaban y descubriendo una dirección que sí estaba, sin poder ya separar del todo lo uno de lo otro.

XXII. Así lo quise

Nietzsche dio a este problema la formulación más dramática de la filosofía moderna. En el capítulo de Así habló Zaratustra dedicado a la redención, Zaratustra dice que la voluntad no puede querer hacia atrás, que el fue es la piedra que no puede remover, y que esa impotencia es su más solitaria aflicción. De ella nace, según él, el espíritu de venganza contra el tiempo. Y propone como redención transformar todo fue en un así lo quise. La propuesta es grandiosa y tiene una trampa. Querer todo lo que fue, como si cada instante hubiera sido elegido, supone devolver al pasado una voluntad que en el instante no estaba, y en el fondo es una forma invertida de la encrucijada. El arrepentido imagina que eligió mal en un cruce que no hubo. El amante del destino imagina que eligió bien en todos ellos.

La encrucijada tardía pide una tercera actitud, más modesta y más exacta. Ni el lamento ante el cruce perdido ni la afirmación de un cruce querido. Se trata de reconocer la dirección que fue, de responder de ella entera, y de comprender que las ramas que ahora se ven brillar son la sombra que esa dirección proyecta para dejarse leer. Lo que se ama de una vida, cuando por fin se la comprende, es su rumbo, el que de verdad tomó, con sus tropiezos y sus inercias, y en ese amor caben a la vez la gratitud y el dolor. Se puede llorar lo que la dirección costó sin llorar un camino que nunca estuvo. Se puede agradecer lo que la dirección dio sin fingir que se la eligió con los ojos abiertos.

XXIII. La encrucijada que nace al final

La escena del comienzo, la del hombre parado ante dos caminos, es verdadera y es falsa a la vez, y ahora se puede decir en qué. Es falsa como retrato del instante vivido. Allí no había dos caminos, había uno solo haciéndose bajo los pies, sin alternativa visible, sin cruce. Y es verdadera como retrato del instante que recuerda. Aquí, ahora, al darse la vuelta, la encrucijada aparece de veras, con sus dos rutas nítidas, la tomada y la soñada, y su aparición dista mucho de ser un mero error. Solo que no se cruzó entonces. Se cruza ahora, por primera vez, cada vez que se recuerda. Vivir es caminar por un sendero cuyos cruces se dibujan a la espalda a medida que se avanza, de manera que nunca se está en una encrucijada mientras se decide y siempre se está en una encrucijada cuando se recuerda haber decidido.

Edipo no se detuvo en la Fócide. Siguió andando hacia Tebas, hacia la Esfinge, hacia el trono, hacia el lecho de su madre, y el lugar donde se juntaban tres caminos fue durante años un trozo cualquiera de su ruta. Cuando Yocasta lo nombró, el lugar se convirtió en lo que siempre había sido sin serlo, y Edipo se arrancó los ojos para no ver más lo que acababa de ver por primera vez. Su tragedia es la de todo el que recuerda. La encrucijada lo encontró a él cuando ya no podía cruzarla.

Esa encrucijada trazada al final, tardía, retrospectiva, nacida del desenlace, no es menos real por nacer tarde. Es real del único modo en que una encrucijada puede serlo, después. Como el sentido. Como el duelo. Como todo lo que de veras importa, que nunca está entero en el instante en que ocurre y que solo comparece, cumplido, cuando nos damos la vuelta a mirarlo. Queda por saber qué encrucijadas están naciendo ya, en este mismo instante, bajo los pies de quien lee esto sin verlas, y quién será el que, dentro de muchos años, las cruce por primera vez al recordarlas.