La siesta española

Ontología de la siesta, o de cómo un gesto de mediodía acabó llamándose español

I. Las tres de la tarde

A las tres de la tarde de un día de julio, España entera parece contener la respiración. Ocurre en cualquier calle de cualquier pueblo. Los comercios han bajado sus cierres metálicos, la luz cae vertical y blanca como una sustancia que pesa, las chicharras fabrican ese zumbido continuo que es el sonido mismo del calor, y detrás de una persiana entornada alguien ha dejado de sostener el mundo. Se puede conocer una civilización observando cómo entierra a sus muertos o cómo trata a sus ancianos. También se la puede conocer, aunque parezca menos solemne, observando qué hace con las tres de la tarde. Una cultura revela su comprensión del ser en sus catedrales y en sus códigos, desde luego, pero la revela con más inocencia en sus gestos menores, en aquello que hace sin saber que está haciendo filosofía. La siesta es uno de esos gestos. Pasa por costumbre pintoresca, por reliquia folclórica, por chiste nacional, y es en realidad una metafísica encarnada, una manera entera de comprender el tiempo, el cuerpo y el mundo que se ha ido depositando durante siglos en el acto de cerrar los ojos a mediodía.

Nuestra época solo sabe explicar la siesta reduciéndola. Que si se hace por la digestión, que si por la temperatura, que si por los ritmos circadianos, ese descenso natural de la alerta a primera hora de la tarde que los laboratorios han medido y que se produce incluso sin haber comido. Todo eso es verdad en su nivel propio, y sin embargo permanece en la superficie del fenómeno, como quien explica una catedral por la resistencia de sus materiales. La pregunta decisiva es qué comparece en la siesta que la vigilia continua no deja aparecer, qué se nos muestra cuando dejamos por un momento de mostrarnos. Así planteada, la siesta deja de ser un asunto de fisiólogos y pasa a ser un asunto de todo hombre que alguna vez haya sentido, a las tres de la tarde, que el mundo le pedía en voz baja una rendición.

La palabra comparecer, que volverá muchas veces en estas páginas, tiene aquí un sentido preciso. Comparece lo que se presenta en carne y en tiempo, lo que aparece de veras ante alguien que está ahí para recibirlo, con el peso de su cuerpo, con su hora, con su luz. Comparecer es lo contrario de figurar en un inventario. Una montaña figura en el mapa y comparece en el cansancio de las piernas de quien la sube, y una sonata figura en el catálogo y comparece la noche en que alguien la toca para alguien. Toda la ontología desde la que se escribe este ensayo nace de esa diferencia, y la siesta resulta ser uno de sus laboratorios más humildes y más exactos, porque en ella lo que comparece es precisamente lo que no hemos fabricado.

II. Lo que entra sin llamar

La gramática suele saber más que nosotros, y merece ser escuchada antes que los tratados. Nadie dice a mediodía que ha decidido dormir. Dice que le está entrando el sueño. La lengua registra con exactitud lo que la voluntad prefiere ignorar, que el sueño llega desde fuera, que entra, que nos visita, que somos su lugar antes que su dueño. El castellano dice coger el sueño, como se coge un tren que pasa o una fruta que ya estaba madura, y dice que el sueño vence, que rinde, que tumba, y ninguno de esos verbos tiene por sujeto al que duerme. El sueño nocturno se presenta casi siempre como necesidad, algo que hay que hacer, una obligación higiénica inscrita en el orden del día. La siesta aparece de otro modo, como una llamada. Y una llamada precede siempre a la respuesta, igual que el acontecimiento precede al sujeto que lo recibe. Nadie ha producido jamás una siesta. Se la acoge o se la rechaza, y ahí termina todo nuestro poder sobre ella.

Maurice Merleau-Ponty describió este umbral con una precisión que ningún laboratorio ha superado. Uno se tiende en la cama, de lado, con las rodillas dobladas, cierra los ojos, respira despacio, aparta de sí sus proyectos, y ahí se acaba el poder de la voluntad. Lo único que puede hacer el que quiere dormir es imitar al durmiente, adoptar su postura, su respiración, su abandono, como quien prepara una casa para un huésped que no ha confirmado la visita. Y el sueño llega en el instante en que esa imitación de sí mismo que uno le proponía se convierte en lo que pretendía ser, cuando la actitud voluntaria recibe de pronto, desde fuera, la confirmación que esperaba. La descripción es de 1945 y sigue siendo la mejor teoría del dormirse que existe. Su núcleo es una paradoja que cualquier persona reconoce en su propio cuerpo, la de que el sueño exige una preparación activa y solo se da cuando la actividad se rinde.

Aquí se esconde una enseñanza que desborda con mucho el mediodía. El sueño pertenece a esa familia de realidades que huyen de quien las persigue. Cualquier insomne lo sabe con un saber amargo. Cuanto más se ordena uno dormir, más lejos queda el dormir, porque la orden misma es vigilia, y la vigilia redoblada es exactamente lo contrario de lo que se buscaba. Ocurre igual con el llanto que no acude cuando lo convocamos y nos derriba cuando nadie lo esperaba, con la risa verdadera, con la inspiración, con la melodía que se nos ocurre precisamente cuando habíamos dejado de buscarla, con el amor. En toda una región del ser humano la voluntad solo puede preparar el terreno y retirarse. La siesta es la escuela cotidiana y humilde de esa región. Enseña todos los días, a quien quiera aprenderlo, que las cosas más importantes de la vida se reciben antes de conquistarse, y que existe una forma superior de actividad que consiste en consentir.

Consentir es un verbo que nuestra cultura ha empobrecido hasta dejarlo en trámite jurídico, una casilla que se marca al final de un formulario. Su sentido es mucho más hondo. Consentir es sentir con, dejar que algo que viene de fuera encuentre en uno su resonancia, abrir paso sin ceder la propia figura. El que consiente al sueño de mediodía sigue siendo quien era, solo ha dejado de vigilar la puerta. Y esa diferencia entre el que se rinde y el que capitula recorre como un hilo todo lo que sigue, porque la siesta es la rendición que no capitula, el único abandono cotidiano del que uno vuelve entero y además mejor.

III. La hora que no se debe

La noche pertenece todavía, en buena parte, al orden del deber. Uno se acuesta a una hora razonable, duerme las horas prescritas, se levanta cuando suena el despertador. La noche está organizada, vigilada por la higiene y por la agenda del día siguiente. La siesta escapa a esa administración. Nadie la exige, ningún médico la receta como obligación, ningún contrato la contempla. Es un regalo, y conserva la estructura del regalo, que puede aceptarse o rechazarse, que a nadie se le debe y de ninguna deuda se descuenta. Por eso mismo la mala conciencia moderna la ronda con tanta insistencia. El hombre contemporáneo puede dormir ocho horas sin culpa, porque las ha ganado, pero veinte minutos a las tres de la tarde le parecen un pequeño delito, precisamente porque no los ha ganado, porque son gratis, y lo gratuito se ha vuelto para él más sospechoso que lo prohibido.

La sospecha tiene genealogía, y la tiene escrita con todas sus letras. Richard Baxter, el gran pastor puritano del siglo XVII, enseñaba en su Christian Directory que perder el tiempo era el primero y el más grave de los pecados, y Max Weber, al estudiar la ética protestante, copió de él una lista que no tiene desperdicio. La pérdida de tiempo por la vida social, por la charla ociosa, por el lujo, e incluso por dormir más de lo que la salud exige, que Baxter fijaba entre seis y ocho horas, merecía la condena moral más absoluta. Un siglo después Benjamin Franklin resumió la doctrina en una frase que ha sobrevivido a todas las teologías que la engendraron, el tiempo es dinero. Con esa frase la siesta quedaba condenada de antemano, porque si el tiempo es dinero, dormir a mediodía es tirarlo, y tirarlo además a plena luz, delante de todos, como quien quema billetes en la plaza.

Lo que esa tradición no podía ver es que el regalo tiene una lógica propia, anterior a la del intercambio y en absoluto inferior a ella. Lo que se recibe gratis vale a menudo tanto que no admite precio. La siesta pertenece a la economía del don, como la amistad, como la gracia, como el canto que alguien entona sin que nadie se lo haya encargado, y por eso irrita tanto a la economía del salario, que solo sabe tratar lo gratuito como fraude o como premio.

IV. El mediodía sin dirección

Cada hora del día posee una estructura existencial distinta, y quien no lo crea que compare un amanecer con un crepúsculo. La mañana tiene dirección, todo asciende en ella, los proyectos nacen, el tiempo empuja hacia delante como una proa. La tarde declina, las sombras se alargan, el trabajo empieza a despedirse, y en su luz se percibe ya una nostalgia anticipada del día que se va. La noche es retirada, recogimiento, intimidad, un mundo que se apaga para que otro, interior, se encienda. El mediodía es diferente de todos ellos porque carece de dirección. El sol ya no sube y todavía no baja, parece suspendido, clavado en lo alto como una nota tenida. Las sombras se han encogido hasta esconderse bajo los pies de las cosas. Las distancias se acortan, el aire se espesa, los pájaros callan, los insectos aflojan, y la naturaleza entera entra en una respiración más lenta, como si el propio mundo sugiriera otra velocidad. Es un instante sin antes ni después perceptibles, una especie de eternidad horizontal tendida sobre la tierra.

De ahí se sigue algo que la física del reloj no puede registrar. El tiempo vivido carece de homogeneidad. Ningún tiempo fluye idéntico bajo todas las cosas como una magnitud uniforme, lo que existe son modos de comparecer del tiempo, y cada uno tiene su fisonomía. La nieve no tiene el mismo tiempo que el verano, ni la montaña el de la ciudad, y un cementerio y un aeropuerto pueden marcar la misma cifra en sus relojes sin compartir un solo segundo de la misma sustancia temporal. Del mismo modo, el mediodía comparece como ninguna otra hora comparece, con su plenitud inmóvil, con su exceso de presencia. La siesta nace exactamente de esa comparecencia. Lejos de ser una invención cultural arbitraria, es la respuesta histórica de los cuerpos a una forma determinada de aparecer el mundo. Los hombres no decidieron dormir a mediodía como quien redacta un reglamento. Fueron persuadidos por la propia hora.

Para decir con precisión qué le ocurre al tiempo a mediodía hace falta la imagen central de esta ontología, que llamo el telar del melos. La palabra griega mélos (μέλος) significa a la vez el miembro del cuerpo, la articulación viva del brazo o de la pierna, y el canto, la melodía, como si la lengua hubiera sabido desde siempre que cantar es tener cuerpo. Platón escribió en la República que el mélos está hecho de tres cosas, la palabra, el ajuste de las alturas y el ritmo, y sobre esa frase se levanta el telar. Un telar cruza hilos verticales con pasadas horizontales, y la tela nace del cruce sin existir en ningún hilo por separado. Los hilos verticales son tres. La léxis (λέξις) es el decir, el gesto de dirigirse a alguien antes de cualquier contenido. La harmonía (ἁρμονία) es la juntura, el modo en que lo distinto se ensambla y una vida sostiene su duración. El rhythmós (ῥυθμός) es la forma del fluir, cuyos analogados más antiguos están en el cuerpo, el latido, la zancada, la respiración, la danza. Las pasadas horizontales son tres estratos que atraviesan todo lo que comparece. La Carne es lo dado irrenunciable, el peso, el rostro, la respiración, aquello que no elegimos y nos constituye. La Inclinación es la intención hecha gravedad, el gesto que se inclina hacia algo antes de alcanzarlo. El Hacia es la dirección pura, la continuidad, el pulso, la futuridad, el estar en camino de todo lo vivo. Tres hilos por tres estratos dan nueve celdas, y en ellas se teje el aparecer.

Vista desde el telar, la singularidad del mediodía se deja nombrar con exactitud. A mediodía el estrato del Hacia queda en suspenso sin desaparecer. El día no ha dejado de estar en camino, porque nada vivo deja de estarlo, pero su dirección ha dejado de empujar, y el pulso sigue latiendo sin arrastrar. Cuando el Hacia afloja su tirón, los otros dos estratos suben a la superficie. La Carne se vuelve evidente, el cuerpo pesa, el calor se posa en la nuca, el sueño entra por los párpados. Y la Inclinación cambia de signo, porque deja de tenderse hacia las tareas y empieza a inclinarse hacia el suelo, hacia la sombra, hacia la cama, como la cabeza del que se duerme sentado y se inclina sin que nadie se lo pida. La siesta es lo que ocurre en el telar cuando el Hacia descansa y la Carne y la Inclinación quedan solas, sosteniendo entre las dos el mundo mientras el futuro, por una vez, no tira de nadie.

V. El calderón del día

Un músico dispone aquí de una palabra exacta. En las partituras existe un signo pequeño, un arco con un punto suspendido sobre una nota, que ordena algo aparentemente contradictorio. Manda detener la cuenta sin detener el sonido. Es el calderón, la fermata de los italianos, y quien lo ha obedecido alguna vez con el cuerpo sabe lo que significa. La nota liberada del compás no muere, madura. Sigue viviendo, pero ya no viaja, le basta con durar, y en esa duración sin medida se oye de pronto todo lo que el pulso, con su prisa, había tapado. El mediodía es el calderón del día. La misma luz, el mismo mundo, y la cuenta suspendida. La siesta es el arte de habitar esa fermata en lugar de atravesarla corriendo.

El calderón tiene además una enseñanza técnica que los pianistas aprenden tarde. Su duración no está escrita en ninguna parte, y sin embargo no es arbitraria. Un calderón demasiado breve suena a tropiezo, uno demasiado largo se vacía y se convierte en espera, y el justo es el que dura exactamente lo que la resonancia necesita para decir lo que tenía que decir, lo que el armónico tarda en apagarse, lo que la sala tarda en devolver. Esa duración sin cifra y sin capricho es la misma que conoce el cuerpo a mediodía. Nadie sabe de antemano cuánto va a durar una siesta verdadera, y el cuerpo lo sabe con una precisión que ningún temporizador iguala, porque mide desde dentro, por saturación y no por cuenta.

Un horario es un metrónomo, una jornada vivida es una frase musical, y toda frase necesita respirar entre sus miembros para no asfixiarse. La siesta es la respiración del día, la cesura sin la cual la melodía de la jornada degenera en un ejercicio de mecanografía. Quien ha tocado música sabe que la forma se revela en las cesuras, que una melodía dice su verdad en el instante en que calla, y que suprimir esos silencios en nombre de la continuidad equivale a suprimir la música en nombre del sonido. La retórica musical antigua tenía nombres para esos silencios, la suspiratio, que corta la línea como un suspiro, la aposiopesis, que la interrumpe de golpe, y los consideraba figuras del discurso tan elocuentes como cualquier nota. Un día sin siesta es una frase sin figuras de silencio, gramaticalmente correcta y musicalmente muerta.

La música occidental tiene incluso su siesta escrita. En 1894 Claude Debussy estrenó en París el Prélude à l'après-midi d'un faune, sobre la égloga que Stéphane Mallarmé había publicado en 1876. El poema es el monólogo de un fauno que despierta del sopor de mediodía sin saber si las ninfas que recuerda fueron sueño o carne, y que acaba volviendo a dormirse en la arena caliente. La flauta que abre el preludio desciende y sube por un tritono, do sostenido, sol, do sostenido, sin pulso marcado y sin acompañamiento, como una voz que no termina de despertar, y el compás de nueve por ocho, que se dilata y se contrae sin que el oyente lo perciba como cuenta, renuncia casi por completo a la métrica de marcha que la música centroeuropea había convertido en su columna vertebral. Por eso esa partitura suele citarse como el comienzo de la música moderna. Empieza a mediodía, en la hora sin dirección, con una melodía que no se dirige a ninguna parte porque ya está donde tenía que estar.

VI. Pan duerme

Los griegos, que conocían el mediodía mejor que nadie, sabían que esa hora tiene también un rostro temible. En el primer idilio de Teócrito, un cabrero se niega a tocar la siringa al mediodía. No está permitido, dice, tocar a mediodía, porque a esa hora Pan descansa, cansado de la caza, y es de genio áspero, y la cólera le sube a la nariz. La escena es deliciosa y es también una teología completa del mediodía. La hora del sol en lo alto pertenece al dios de los rebaños y de las montañas, que duerme, y el hombre debe callar para no despertarlo. El silencio de las tres de la tarde fue primero un silencio religioso, una obediencia al sueño de un dios.

De ese dios dormido procede una palabra que todos usamos sin pensar en su origen, el pánico. El terror pánico era el que Pan provocaba cuando se le despertaba, ese miedo súbito, sin objeto, que se apodera de un rebaño o de un ejército y lo hace huir en desbandada sin que nadie sepa de qué. Roger Caillois dedicó en 1937 un estudio memorable a los demonios de mediodía, y mostró que en todo el Mediterráneo antiguo la hora del sol vertical se consideraba la más peligrosa del día, la hora en que los espíritus andan sueltos, en que las sombras desaparecen y con ellas la protección que las sombras prestan. El mediodía era a la vez plenitud y amenaza, la hora en que el mundo está más lleno y en que, precisamente por eso, el hombre se siente más expuesto. La siesta nació en ese cruce. Era la manera más sensata de no estar despierto cuando los dioses dormían y los demonios velaban.

Friedrich Nietzsche, que pensó el mediodía como ningún filósofo moderno, recogió esa herencia griega en uno de los capítulos más extraños del Zaratustra. En la cuarta parte, titulada simplemente «A mediodía», Zaratustra camina solo, se tiende junto a un árbol viejo, a la hora en que el sol está en lo más alto, y se duerme. Y mientras duerme, con los ojos abiertos, oye que el mundo acaba de hacerse perfecto, pide silencio a su propio corazón para no romper ese instante, y siente que el tiempo se ha ido volando y que ha caído en el pozo de la eternidad. Es la plenitud inmóvil del mediodía vivida desde dentro de una siesta. Nietzsche la llamó perfección, y la palabra es exacta, porque perfecto significa en latín lo que está hecho del todo, acabado, lo que ya no necesita de nosotros para seguir siendo. Eso es exactamente lo que el durmiente de mediodía descubre, y lo descubre con el cuerpo antes que con la inteligencia.

VII. Un cuerpo más antiguo que el reloj

La genealogía del gesto es mucho más honda de lo que sugiere su fama de costumbre regional. Durante centenares de miles de años ningún ser humano organizó su existencia mediante horarios continuos. Se vivía siguiendo temperaturas, luces, migraciones de animales, lluvias, vientos, estaciones. Los estudios que han medido con actígrafos el sueño de pueblos que viven sin electricidad, los hadza de Tanzania, los san del Kalahari, los tsimane de la Amazonía boliviana, han desmontado más de un mito, porque esos pueblos no duermen más que nosotros, y sin embargo confirman lo esencial. Su sueño sigue la temperatura del ambiente más que la luz, y las siestas aparecen sobre todo en la estación cálida, de modo que es el calor del día, y no una costumbre, lo que llama al cuerpo a dormir. El historiador Roger Ekirch, por su parte, reconstruyó en diarios, procesos judiciales y manuales de confesores la Europa preindustrial, y encontró que se dormía de noche en dos tramos, el primer sueño y el segundo, separados por una hora de vela en la que se rezaba, se conversaba, se hacía el amor o se visitaba a los vecinos.

Las dos investigaciones apuntan en la misma dirección. El bloque único de ocho horas, ininterrumpido y nocturno, seguido de dieciséis horas de vigilia sin una sola grieta, es una invención reciente, casi una excentricidad histórica que hemos confundido con la naturaleza. El sueño humano fue siempre flexible, respondía al calor, a la luz, a la estación, al trabajo, y se dejaba partir cuando el mundo lo partía. Vista así, la siesta deja de ser una peculiaridad mediterránea y se revela como un fósil antropológico, la supervivencia encarnada de un modo originario de habitar el tiempo. La fisiología moderna lo confirma por su lado, porque la alerta humana desciende de manera natural a primera hora de la tarde, con comida o sin ella, en una bajamar que los cronobiólogos llaman el bache de después de comer y que es en realidad un segundo valle del ritmo circadiano, más suave que el de la madrugada pero del mismo linaje. Nuestro cuerpo recuerda todavía una temporalidad anterior al reloj, y la recuerda con esa memoria sin palabras que llamamos sueño a las tres de la tarde. Lo que el calendario ha olvidado, la carne lo sigue sabiendo.

VIII. La hora sexta

Los griegos, que inventaron tantas de nuestras palabras, llamaban skholḗ (σχολή) al tiempo liberado, al tiempo no colonizado por la necesidad, y de esa palabra procede, con una ironía que ya nadie percibe, nuestra escuela. Aristóteles escribió en la Ética a Nicómaco una frase que la modernidad ha invertido punto por punto, trabajamos para tener ocio, como hacemos la guerra para tener paz. El trabajo se decía en griego askholía (ἀσχολία), la falta de ocio, como si la ocupación fuera un hueco en el tiempo verdadero, y el latín copió exactamente la misma estructura, otium frente a nec otium, el no ocio, de donde viene nuestro negocio. La lengua guarda así la jerarquía antigua intacta, aunque la hayamos olvidado. El ocio era lo positivo, lo primero, lo que tenía nombre propio, y el negocio era su negación, un rodeo necesario para volver a él. Aquel tiempo libre era cualquier cosa menos tiempo vacío. Era el único tiempo plenamente humano, el claro del bosque donde podía aparecer lo que la urgencia espanta, y la filosofía nació ahí, hija del ocio y de la disponibilidad, por mucho que después la hayamos encerrado en horarios lectivos.

Josef Pieper lo dijo en 1947, en unas conferencias pronunciadas en una Alemania todavía en ruinas que se preparaba para trabajar como nunca había trabajado. El ocio, escribió, es el fundamento de la cultura, y lejos de reducirse a la pausa que repone fuerzas para seguir trabajando, consiste en una actitud de la percepción receptiva, en una disposición a dejar que las cosas sean, que tiene su raíz en la fiesta y en el culto. La siesta, entendida así, es la forma corporal y cotidiana de esa actitud, la skholḗ al alcance de cualquiera, sin necesidad de academia ni de pórtico.

Roma fue más pragmática, pero incluso Roma articulaba su jornada. Contaba las horas desde el amanecer, y llamaba hora sexta a la sexta desde la salida del sol, la del sol en lo alto, la de la pausa. Los romanos tenían incluso un verbo para el descanso de mediodía, meridiare, y Suetonio cuenta que Augusto, después de comer, se retiraba a dormir un rato sin desvestirse ni descalzarse, con una mano sobre los ojos. De aquella sexta procede, letra a letra, nuestra siesta, y el eslabón entre las dos palabras es monástico. La Regla de san Benito, escrita hacia el año 530 y obedecida durante quince siglos en todos los monasterios de Occidente, dispone que en el verano, después de la hora sexta, los monjes se levanten de la mesa y descansen en sus lechos con todo silencio, y que quien quiera leer lea de modo que no moleste a los demás. Ahí está la siesta institucionalizada por primera vez en la historia de Europa, y está en el corazón mismo de la vida contemplativa, como una parte de la regla y no como una concesión a la debilidad.

El castellano conservó durante siglos la memoria de ese origen con una fidelidad asombrosa. El Diccionario de Autoridades, a comienzos del siglo XVIII, definía primero la siesta como el tiempo después del mediodía en que aprieta más el calor, y solo en segundo lugar como el tiempo destinado a dormir o descansar después de comer. La palabra fue primero la hora y después el sueño, primero el calor y después el cuerpo que se rinde a él. Los clásicos escriben con toda naturalidad que algo ocurrió en mitad de la siesta, o que alguien caminaba a la siesta por el campo, y se refieren al calor, no al sueño. La lengua confirma así, por su propia historia, lo que se dijo de la hora que persuade. El cuerpo no inventó la siesta. La siesta estaba ya en el cielo, y el cuerpo se limitó a obedecerla.

Esa palabra es un pequeño monumento, porque conserva la huella de un tiempo que se contaba desde la luz y no desde la medianoche administrativa, un tiempo con articulaciones, con flexiones, con coyunturas, un tiempo que tenía cuerpo. Las horas romanas eran además desiguales. Cada día de luz se dividía en doce partes, y como el día de verano es más largo que el de invierno, la hora de julio era más larga que la de enero. El tiempo se estiraba y se encogía con el sol, como la piel con el calor. La jornada antigua respiraba. La moderna es una recta, y las rectas no respiran.

IX. El reloj y la fábrica

El verdadero corte llega con el reloj mecánico. Mientras la naturaleza midió el tiempo, la siesta fue simplemente razonable, una obediencia al mundo. Con el reloj ocurrió una inversión cuyas consecuencias todavía pagamos. El tiempo dejó de seguir al mundo y el mundo empezó a seguir al tiempo. La diferencia parece un juego de palabras y es un cambio de civilización. Hasta entonces se trabajaba cuando comparecía el momento oportuno, la mies madura, la marea baja, la fresca del alba. Después se empezó a trabajar porque la hora lo exigía, con independencia de lo que el mundo estuviera diciendo. La medida se impuso sobre lo medido.

Jacques Le Goff contó esa transición como el paso del tiempo de la Iglesia al tiempo del mercader. Las campanas de los monasterios marcaban horas cualitativas, la de rezar, la de comer, la de callar, y cada una tenía su oficio. En las ciudades textiles de Flandes y del norte de Italia, a partir del siglo XIV, empezaron a sonar otras campanas, las del trabajo, que convocaban a los obreros y los despedían según una cuenta que ya no tenía nada que ver con el sol, y que provocaron más de una revuelta. Lewis Mumford escribió en 1934 que la máquina clave de la era industrial fue el reloj, más aún que la máquina de vapor, porque el reloj disocia el tiempo de los acontecimientos humanos y ayuda a crear la creencia en un mundo independiente, hecho de secuencias matemáticamente mensurables. Ahí nace la abstracción temporal moderna, y con ella una sospecha creciente hacia toda interrupción. La continuidad ascendió a virtud, la pausa descendió a defecto, y el que se detenía empezó a tener que explicarse.

La revolución industrial consumó lo que el reloj había comenzado. E. P. Thompson reconstruyó en un ensayo célebre cómo los trabajadores ingleses del siglo XVIII, acostumbrados a una jornada orientada por la tarea, en la que se trabajaba con furia unos días y se holgaba otros, en la que el lunes era todavía un día santo de descanso no reconocido por ningún calendario, fueron sometidos durante generaciones a la disciplina del tiempo de reloj, con multas, con campanas, con relojes de fábrica que a veces se adelantaban por la mañana y se atrasaban por la tarde para robar minutos. La máquina no duerme, la fábrica tampoco, y el trabajador tuvo que aprender a parecerse a sus herramientas, que es la forma más triste de humildad. Desde entonces descansar se volvió sospechoso, la ociosidad pasó a ser pecado económico, y palabras como pereza adquirieron una carga moral que en otras épocas se reservaba para vicios de más categoría.

Luego la electricidad conquistó la noche, y el hombre, envalentonado, creyó abolir la oscuridad. El resultado ha sido curioso. Abolió la noche y fue castigado con un día perpetuo, un día sin articulaciones ni clemencia, iluminado, conectado, disponible, del que ya no se sabe salir. Jonathan Crary ha descrito ese día perpetuo como el horizonte del capitalismo tardío, un régimen de veinticuatro horas siete días a la semana en el que el sueño es la última frontera que el mercado no ha conseguido colonizar del todo, el único tiempo de la vida humana que todavía no produce, no consume y no responde. Si el sueño nocturno es esa frontera, la siesta es su enclave en territorio enemigo, una franja de sueño plantada en pleno día, en el corazón mismo de las horas productivas, y por eso resulta todavía más intolerable. Habíamos vencido a las tinieblas y descubrimos demasiado tarde que las necesitábamos para algo, igual que el que tala el bosque entero y luego se pregunta a dónde se ha ido la sombra.

X. El demonio meridiano

Un episodio de la historia espiritual de Occidente ilumina todo esto desde un ángulo inesperado. En el salmo noventa de la Vulgata, el que se canta en las completas, el orante pide ser librado del terror de la noche, de la flecha que vuela de día, de la peste que anda en las tinieblas, y del asalto y del demonio de mediodía, ab incursu et daemonio meridiano. El demonio meridiano es un hápax, una criatura que aparece una sola vez en toda la Escritura, y sin embargo los Padres del desierto, aquellos monjes de los primeros siglos que se retiraron a la arena de Egipto para luchar cuerpo a cuerpo con su alma, lo convirtieron en uno de los personajes centrales de su vida interior. Le dieron un nombre, la acedia.

Evagrio Póntico lo describió hacia el año 390 con una precisión de clínico. El demonio de la acedia, escribe, al que también llaman meridiano, es el más pesado de todos. Ataca al monje hacia la hora cuarta y lo asedia hasta la octava, es decir, desde media mañana hasta media tarde. Primero le hace parecer que el sol apenas se mueve o no se mueve en absoluto, y que el día tiene cincuenta horas. Después lo obliga a mirar continuamente por la ventana, a salir de la celda, a observar el sol para ver cuánto falta para la hora de comer, a mirar a un lado y a otro por si algún hermano viene a visitarlo. Le inspira odio al lugar, a su propia vida, al trabajo manual, le sugiere que la caridad ha desaparecido entre los hermanos, y le pone delante la imagen de otros lugares donde la vida sería más fácil. Juan Casiano llevó esta doctrina a Occidente en el libro X de sus Instituciones, y añadió que el demonio se manifiesta sobre todo en torno a la hora sexta, como una fiebre que vuelve a hora fija.

La tradición interpretó aquello como tentación, y algo de razón llevaba, porque el mediodía tiene un poder temible, el de desarmar las ilusiones. Cuando todo calla y nada avanza, comparece uno mismo, sin el personaje, sin el cargo, sin la tarea, y esa comparecencia desnuda pocas veces resulta cómoda. El silencio del mediodía deja emerger la pregunta que toda la actividad del día estaba tapando, la de qué hacemos aquí cuando no hay nada que hacer. Los monjes la conocían bien, y la llamaban demonio porque los arrancaba de la celda, es decir, de la presencia.

Y sin embargo cabe sospechar que el diagnóstico antiguo, con toda su finura, señalaba en una dirección que hoy hay que invertir. Lo que Evagrio describe es la incapacidad de quedarse, la agitación que mira por la ventana, la imaginación que huye a otros lugares, el desasosiego que no soporta el presente. La siesta es exactamente lo contrario de eso, es quedarse del todo, dejarse caer en el lugar en que uno está. Pieper vio con una lucidez extraordinaria que la acedia, entendida en su sentido teológico más hondo, es la raíz común de la pereza y del trabajo sin descanso, porque ambas nacen de la misma negativa a consentir el propio ser, a estar donde uno está y ser lo que uno es. El demonio meridiano nunca fue el sueño ni la pausa. Era el pánico a desaparecer media hora del tablero, la obsesión de seguir existiendo continuamente para el mundo como si el mundo pasara lista. Tememos menos el vacío que aquello que puede aparecer cuando dejamos de llenarlo.

Visto desde hoy, el demonio meridiano ha ganado la partida por el procedimiento más elegante, disfrazándose de virtud. Ya no tienta al monje con el abandono de su celda, lo tienta con no abandonarla jamás, con el correo respondido al instante, con la reunión encadenada a la reunión, con la mirada que va del documento a la pantalla del teléfono y del teléfono a la ventana del navegador exactamente como la del monje de Evagrio iba de la celda al sol y del sol a la puerta. Hasta se ha cambiado el nombre, ahora se llama productividad, y ya nadie le hace exorcismos, se le hacen cursos.

XI. Una muerte que se devuelve

Dormir ha sido siempre metáfora de morir, desde que Homero hizo al Sueño hermano gemelo de la Muerte, pero la siesta introduce en esa vieja analogía un matiz que lo cambia todo. Es una muerte reversible, una muerte en miniatura, un ensayo general sin tragedia. Cada siesta pronuncia en voz baja la misma frase, puedo desaparecer media hora y el mundo seguirá existiendo. Parece poca cosa y es una demolición. Porque la modernidad entera descansa sobre la ilusión contraria, la de que nuestra conciencia sostiene la realidad, la de que si soltamos las riendas un instante el universo se despeña. La siesta desmiente ese delirio todas las tardes. Uno se retira, y las olas siguen rompiendo, los niños siguen jugando, los platos suenan en alguna cocina, los coches pasan, la luz continúa su lento trabajo sobre las fachadas. La realidad, se descubre entonces, no dependía de nuestra vigilancia, más bien nuestra vigilancia dependía, sin saberlo, de que la realidad la sostuviera. En ese descubrimiento late una humillación, y es de las que consuelan. Enterarse de que uno no es imprescindible constituye, bien mirado, una de las noticias más descansadas que puede recibir un ser humano.

Emmanuel Levinas, en un libro escrito en buena parte en un campo de prisioneros, dio a esta experiencia un fundamento que pocas veces se ha leído así. Dormir, escribió, es suspender la actividad psíquica y física, y acostarse es limitar la existencia al lugar, a la posición. El que duerme se confía a una base, se apoya en el suelo, en la cama, en el mundo, y el lugar se vuelve para él refugio y fundamento a la vez. La conciencia misma, decía, tiene el poder de dormir, y ese poder de suspenderse es lo que la distingue del puro existir anónimo, del rumor sin sujeto que el insomne padece en la noche como una vigilia impuesta. El insomne no puede soltar el mundo. El que duerme lo deja en su sitio y se apoya en él. La siesta es la forma diurna de esa confianza en la base, y por eso es más reveladora que el sueño nocturno, porque se apoya en un mundo que sigue despierto.

La diferencia con la noche guarda la clave del fenómeno. La noche elimina el mundo. Lo oscurece, lo recoge, lo aplaza, y dormir de noche es acompañar a un mundo que también se retira. La siesta deja el mundo intacto. La luz sigue, las voces siguen, la vida entera continúa a pleno rendimiento al otro lado de la persiana. Uno no abandona el mundo, deja de sostenerlo, que es un gesto infinitamente más delicado. Es una renuncia temporal al protagonismo, unas vacaciones del yo más breves y más profundas que cualquier viaje, porque a los viajes nos llevamos puestos, y en la siesta, por fin, nos quedamos en casa sin nosotros. Quizá por eso repara tanto. Repone fuerzas, desde luego, pero sobre todo repone proporciones. Devuelve a cada cosa su tamaño, y al yo, ese tirano de bolsillo, lo devuelve al suyo.

Jean-Luc Nancy observó que la lengua dice caer dormido, tomber de sommeil, y que esa caída es la única que se produce sin altura y sin daño. Uno cae en sí mismo, cae en el lugar, cae hacia dentro, y esa caída es al mismo tiempo un descanso de la verticalidad. Todo el día lo pasamos erguidos, de pie o sentados, sosteniendo el peso del cuerpo contra la gravedad, y la siesta es la hora en que el cuerpo deja de resistirse a la tierra y se tiende sobre ella. Por eso la palabra rendirse le sienta tan bien, porque en ella el cuerpo entrega a la gravedad la batalla que le ha estado librando desde el amanecer, y la entrega sin humillación, como el que deja por fin en el suelo una carga que ha llevado demasiado tiempo.

XII. El cuerpo que deja de servir

Durante casi toda la jornada el cuerpo sirve. Las piernas llevan, las manos ejecutan, la voz persuade, los ojos buscan, los oídos filtran. Todo él está tensado funcionalmente hacia fines, convertido en instrumento de sus propias intenciones. En la siesta ese régimen se suspende. El cuerpo deja de servir para algo y se limita a estar, tendido, entregado a su propio peso, y ese peso, que durante el día es un estorbo que acarreamos, se vuelve de pronto una forma de verdad. Un cuerpo dormido a mediodía ya no produce ni representa, ha dejado de argumentar y de seducir. Simplemente comparece, con la elocuencia muda de lo que ya no pide nada. Ha vuelto de herramienta a presencia. En el telar, eso significa que la Carne ha dejado de ser medio para la Inclinación y para el Hacia, y se ha quedado sola, siendo lo que es, peso, respiración, rostro, sin tarea alguna que cumplir.

Y como toda presencia desarmada, conmueve. Dormir delante de otro ha sido siempre uno de los signos mayores de confianza, porque quien duerme se pone íntegramente en manos ajenas, sin defensa, sin papel, sin coartada. Dos personas que duermen la siesta en la misma habitación se han dicho, sin abrir la boca, algo que muchas conversaciones no alcanzan. Peter Handke escribió en 1989 un ensayo sobre el cansancio que es también, sin proponérselo, una fenomenología de la siesta. Distingue allí un cansancio que separa, el del que ya no soporta a los demás y se encierra, y un cansancio que une, el que vuelve al cuerpo poroso, abierto, capaz de mirar a los otros sin pedirles nada, un cansancio que confía en el mundo. La siesta es la consumación de ese segundo cansancio. Es el momento en que la fatiga, en lugar de aislarnos, nos devuelve al mundo como a una casa en la que se puede dormir sin cerrar la puerta.

XIII. La siesta del concierto

Puedo dar aquí un testimonio de oficio. Quien se dedica a tocar en público conoce una variante muy particular de la siesta, la de la tarde de concierto. Habitaciones de hotel en ciudades que apenas se han visto, cortinas corridas contra una luz extranjera, el programa de la noche rondando todavía la cabeza como un animal inquieto. Y la certeza, aprendida a base de años, de que lo mejor que puede hacerse por la música que sonará dentro de unas horas es abandonarla por completo durante veinte minutos. La siesta previa al concierto es la única parte de la preparación que no se puede ensayar, porque consiste precisamente en dejar de prepararse. Un pasaje se estudia, se repite, se corrige, se domina, y el dormir no admite nada de eso, no mejora con la insistencia, no premia al aplicado. El intérprete tiene que soltarlo todo, y esa soltura es después, misteriosamente, la que aparece en las manos.

Lo que ocurre en esos veinte minutos tiene una explicación técnica que confirma la intuición del oficio. Una obra estudiada durante meses está guardada en el cuerpo de dos maneras, como sucesión de gestos y como forma, y las dos memorias no siempre se llevan bien. La víspera del concierto la memoria de los gestos tiende a apoderarse de todo, y el pianista empieza a repasar mentalmente digitaciones, saltos, pedales, como quien cuenta las monedas antes de un viaje. Esa contabilidad es enemiga del canto. La siesta la interrumpe. Al despertar, los gestos siguen ahí, intactos, porque el cuerpo no los olvida en media hora, pero han perdido su urgencia, y la forma, que es lo que de verdad se va a decir esa noche, vuelve a ocupar el centro. El intérprete que ha dormido llega a la sala habiendo muerto ya una vez esa tarde, y toca distinto quien ya no tiene miedo a desaparecer, porque ha comprobado a las tres que se puede.

XIV. La primera siesta

La capa más honda de la siesta no está en los hoteles, está en la infancia. Casi todos hemos dormido siestas de niños, y lo que de ellas permanece son atmósferas antes que acontecimientos. Una persiana a medio bajar y la luz verde cayendo en barras sobre las baldosas. Un ventilador que gira moviendo la cabeza como un espectador escéptico. Una mosca empeñada en su itinerario absurdo. El ruido lejano de los platos, el olor del arroz de los días de fiesta, las voces de los adultos amortiguadas al otro lado de la pared, una televisión encendida en otra habitación para nadie, la sábana fresca contra la mejilla, la respiración cercana de alguien que cuidaba. Nada de eso pertenece a la memoria narrativa, con su antes y su después. Pertenece a otra memoria, atmosférica, corporal, y por eso no se gasta. Décadas más tarde basta una franja de luz por debajo de una puerta, a las cuatro de la tarde, para que aquella habitación entera regrese con todos sus muebles.

La siesta adulta dialoga siempre, lo sepa o no, con aquella primera. Y lo que en ella se busca ya no es el pasado. Se busca una forma originaria de confianza, la certeza sin conceptos de que alguien guardaba el mundo mientras nosotros nos ausentábamos de él. El niño que se duerme a mediodía oye a los adultos seguir con su vida al otro lado de la pared, y ese rumor es su mayor seguridad, porque le dice que el mundo está en buenas manos y que él puede soltarlo. La siesta de los adultos repite ese gesto sin adultos al otro lado, confiando el mundo a nadie en particular, a la tarde, a la luz, al rumor de la calle, y en eso consiste su audacia secreta. Una ironía tierna acompaña todo esto, y es que la siesta fue la única tiranía de la infancia. Se nos imponía y la combatíamos como una injusticia, con los ojos obstinadamente abiertos en la penumbra. La edad adulta consiste, entre otras claudicaciones, en pasarse la vida añorando aquel despotismo.

XV. Dos amaneceres

El despertar de la siesta merece su propia fenomenología, porque nadie despierta de una siesta profunda como despierta por la mañana. Se emerge con la boca seca, sin saber del todo qué hora es ni, durante un instante glorioso y terrible, qué día, en qué ciudad, quién. El mundo tarda un minuto en volver a ser el nuestro, y en ese minuto se lo ve con una extrañeza casi metafísica, como un país al que se llega por primera vez. Los fisiólogos llaman a ese aturdimiento inercia del sueño, y saben que es mayor cuanto más profundo fue el sueño interrumpido, de modo que la siesta larga, la que baja hasta el sueño de ondas lentas, se paga con una desorientación que la corta no conoce. Acompaña a veces a esa inercia una tristeza breve, inexplicable, que los niños conocen bien y que los adultos han aprendido a disimular. Esa desorientación es la prueba de que la siesta fue un viaje verdadero, de que efectivamente se estuvo en otra parte.

Por eso las culturas de la siesta inventaron ritos de reingreso, la merienda, el café de media tarde, el vaso de agua fresca, el agua en la cara, pequeñas aduanas amables entre los dos países. Y por eso puede decirse que el día español clásico tenía dos amaneceres, el del alba y el de las cinco de la tarde, y que despertar dos veces cada día era, aunque nadie lo formulara así, una manera de vivir dos vidas con una sola. La segunda vida tenía además un carácter distinto de la primera. La mañana era la de las obligaciones, la tarde despertada de la siesta era la del paseo, la tertulia, la visita, la vida de la calle, y entre las dos la siesta funcionaba como un umbral que separaba el tiempo del deber del tiempo de los otros.

XVI. Medio mundo duerme a mediodía

La pregunta que todo esto deja planteada es por qué la siesta, existiendo en medio mundo, acabó llamándose española. Porque española de nacimiento no es. Italia tiene su pennichella, Grecia su sueño del mesimeri, el mediodía, Portugal su sesta, el mundo árabe detiene desde siempre la vida durante las horas de fuego, en China el wǔjiào del mediodía es costumbre venerable que se practica en escuelas y oficinas, y en Japón existe el inemuri, ese dormitar en público, en el tren, en la reunión, en el escaño del parlamento, que allí significa algo muy distinto, una prueba de dedicación antes que un descanso, porque solo se duerme así quien está agotado por el trabajo y no quiere abandonar su puesto. Prácticamente toda cultura agraria de tierra caliente conoció alguna interrupción central del día.

Y el clima, con ser condición, tampoco basta como causa. En Omán, un estudio con actígrafos encontró que casi nueve de cada diez adultos dormían siesta, con una duración media de tres cuartos de hora, y que el sueño partido en dos, la noche y la tarde, era el patrón predominante del país. Si el calor bastara, la capital mundial de la siesta estaría en Mascate o en Riad, y nadie la sitúa allí. El calor explica que la pausa fuera razonable. Lo que exige explicación es que en España se convirtiera en institución, en símbolo, casi en bandera, y para eso hicieron falta otras cosas, todas ellas reveladoras de la manera hispánica de estar en el tiempo.

XVII. La tierra, la mesa y el reloj desplazado

La primera es la tierra. España fue durante siglos un país de secano y de jornal, y en Castilla, en Extremadura, en Andalucía o en La Mancha trabajar a campo abierto a las tres de la tarde de agosto tenía más de temeridad que de virtud. La jornada se partía en dos por pura obediencia al sol, trabajo desde el alba, comida abundante, descanso, y vuelta al tajo cuando aflojaba la lumbre del cielo. El segador que trabajaba de sol a sol en la siega de julio, con la hoz en la mano y el sombrero de paja sobre los ojos, sabía mejor que ningún fisiólogo que la hora del sol vertical era la hora de buscar la sombra de una encina y tenderse en ella. Ese ritmo sobrevivió al éxodo del campo y se prolongó, ya en las ciudades, en la jornada partida que marcó el siglo XX español, con su regreso a casa para comer, sus dos o tres horas de tregua y su tarde laboral estirada hasta las ocho o las nueve.

La segunda es la mesa. La comida principal española fue siempre la del mediodía, y fue larga, primer plato y segundo, pan, vino, fruta, café, conversación. Después de semejante liturgia el cuerpo entra por sí solo en una marea de somnolencia que se suma al descenso natural de la alerta en las primeras horas de la tarde. Otras culturas combaten esa marea con más café y con mala conciencia. La española, durante mucho tiempo, hizo algo más inteligente y más humilde, la institucionalizó. Donde el cuerpo decía bajamar, el país entero decía bajamar.

La tercera es más reciente y casi nadie la recuerda, aunque la vivimos todos los días. En marzo de 1940 el gobierno español adelantó los relojes una hora para alinearse con la hora de Alemania, y esa hora nunca se devolvió. España, que por su longitud pertenece al huso de Greenwich, el de Portugal y el Reino Unido, vive desde entonces con el reloj de Berlín. El resultado es que el sol pasa por lo más alto del cielo de Madrid hacia la una y cuarto en invierno y hacia las dos y cuarto en verano, y en Galicia casi una hora más tarde todavía. Cuando un español come a las dos y media de una tarde de julio y se tumba a las tres y media, está comiendo, según el sol, poco después de la hora sexta, y durmiendo en la séptima, exactamente cuando lo hacía un romano de la época de Augusto. La famosa anomalía de los horarios españoles es, en buena parte, una fidelidad al sol disfrazada por un reloj desplazado. La hora sexta no se movió. Se movieron las agujas.

La cuarta es la posguerra. En los años cuarenta y cincuenta muchos españoles necesitaban dos empleos para vivir, uno de mañana y otro de tarde, y la larga pausa de mediodía era el puente entre los dos, el único rato del día en que un hombre podía comer en su casa, ver a sus hijos y dormir media hora antes de volver a salir. El régimen intentó en los años sesenta racionalizar esos horarios para acercar el país a los ritmos de la Europa industrial, con campañas oficiales, comisiones y proyectos de jornada continua, y fracasó, porque la resistencia de los comerciantes, de las familias y de las costumbres pudo más que cualquier decreto. El historiador Till Kössler ha mostrado que aquella campaña quería a la vez modernizar la economía y moralizar la vida pública, y que su fracaso revela lo difícil que es reformar el tiempo social por mandato. El tiempo de un pueblo, se ve una vez más, no obedece a la ley. Obedece al cuerpo y a la mesa.

XVIII. La sobremesa

En este punto aparece algo que suele pasarse por alto. La sobremesa y la siesta parecen dos costumbres y son una sola institución. Comer, conversar, alargar el café, dejar que la charla se vaya quedando sin cuerda, y deslizarse después hacia la penumbra del dormitorio, todo eso forma una única experiencia temporal, la culminación del momento doméstico del día. La palabra sobremesa, que casi ninguna otra lengua tiene y que los traductores se ven obligados a explicar con una frase entera, nombra un tiempo que no sirve para nada, el que queda encima de la mesa cuando ya no queda nada en los platos. La siesta nunca fue simplemente dormir. Fue el remate contemplativo de una ceremonia comunitaria, y por eso pertenece a la misma familia que el paseo de la tarde, la tertulia y la plaza, esas invenciones hispánicas y mediterráneas que suspenden parcialmente la lógica de la utilidad.

No es casualidad que la siesta haya sobrevivido mejor allí donde sobrevivían formas comunitarias del tiempo, del Mediterráneo al Magreb y de Oriente Próximo a la América hispana, geografías que compartían, más que un clima, una ontología. El día tradicional español era una sucesión de cualidades antes que una cantidad de horas equivalentes, cada tramo con su nombre y su carácter, el alba, la mañana de trabajo, la comida, la sobremesa, la siesta, la merienda, el paseo, la cena, la conversación de la noche. Las horas tenían fisonomía, como los parientes. Se las conocía por el rostro y se sabía qué se podía esperar de cada una. En el telar, ese día cualitativo es un día en el que el rhythmós manda sobre la cuenta, en el que cada hora tiene su propio pulso y su propia respiración, y en el que la jornada entera se deja oír como una frase con sus cesuras, sus calderones y sus cadencias.

XIX. Un tiempo que no tenía que pedir perdón

La quinta razón es más honda y más delicada de nombrar, porque toca la religión. El sur católico de Europa heredó una sensibilidad para la cual el tiempo, además de aprovecharse, puede celebrarse. La fiesta patronal, la procesión que corta el tráfico, la comida familiar interminable, el luto que dura lo que tiene que durar, todo eso presupone que algunas horas tienen su sentido fuera del rendimiento. El puritanismo inglés y holandés del siglo XVII cultivó en cambio la sospecha contraria, la de Baxter, para quien cada hora ociosa ofendía a la vez al cielo y al libro de cuentas, y Weber mostró cómo esa sospecha, secularizada, se convirtió en el espíritu del capitalismo moderno. La comparación exige justicia con los dos lados. El norte protestante dio a Europa la puntualidad, la fiabilidad de los contratos, una ética del trabajo bien hecho que es una de las grandes conquistas morales del continente, y el sur católico, que también conoció la disciplina monástica más severa de la historia, no inventó la siesta por pereza ni por indulgencia.

Lo que el catolicismo hizo fue algo más modesto y más decisivo. En su ámbito la siesta nunca tuvo que pedir perdón. El descanso no necesitaba justificación teológica porque el mundo no se entendía como una fábrica confiada al hombre, se entendía como una creación que ya estaba bien hecha antes de que llegáramos, y a la que en consecuencia se le podía dar la espalda media hora sin cometer sabotaje. El Génesis cuenta que Dios descansó el séptimo día, y la tradición católica leyó en ese descanso la culminación de la creación y no una pausa en el trabajo, la contemplación de lo hecho como lo más alto. La siesta es un sábado pequeño, cotidiano, plantado a mitad de cada día laborable, y por eso ha florecido donde el sábado se entendía como fiesta antes que como obligación. Que la propia Regla de san Benito, la más influyente de la historia de la vida religiosa occidental, prescriba la siesta de verano dice todo lo que hay que decir sobre el lugar del descanso de mediodía en esa tradición.

XX. Elogio de la persiana

Las civilizaciones escriben su metafísica en sus edificios más que en sus libros, y la vivienda española la escribió en un objeto humilde, la persiana. Merece un elogio que casi nunca recibe. La persiana es una máquina de fabricar anochecer a las tres de la tarde. Con un gesto de la muñeca convierte el mediodía feroz en una penumbra listada, verde o dorada, que ya no es día y todavía no es noche, que es exactamente el clima que la siesta necesita, un crepúsculo privado y portátil. Las casas tradicionales del sur completaban la obra con muros gruesos de tapial o de mampostería, que guardaban el fresco de la noche hasta bien entrada la tarde, con patios en sombra, con zaguanes encalados, con esteras de esparto colgadas en los balcones y regadas al mediodía para que el aire entrara húmedo. Toda una arquitectura del calor se organizó en torno a la hora de la siesta, y quien haya entrado a las tres de la tarde de agosto en una casa de pueblo andaluza sabe que esa penumbra fresca es una de las grandes invenciones de la cultura material española.

Los países que no duermen a mediodía inventaron el escaparate, que lo enseña todo, y el ventanal, que lo ofrece todo a la vista. España perfeccionó durante siglos el arte contrario, el de graduar la luz, entornar, entrecerrar, dejar el mundo en el pasillo sin echarlo del todo de casa. En esas láminas que suben y bajan se esconde una ontología entera, la convicción de que la realidad no tiene por qué estar disponible de manera continua, de que mirar y ser mirado admiten pausas, de que la penumbra, lejos de ser enemiga de la vida, es una de sus estaciones. Quien quiera saber qué creía un pueblo, que examine sus ventanas.

XXI. Pijama, padrenuestro y orinal

El último acto de esta historia es la conversión de la costumbre en símbolo. A partir de los años sesenta, millones de europeos del norte bajaron a España en busca de sol, y se encontraron con un país donde los comercios cerraban después de comer y donde toda explicación desembocaba en la misma palabra. La siesta pasó a formar parte del repertorio pintoresco nacional, junto al flamenco y la paella, y España, con una docilidad ante su propio tópico que tiene algo de cortesía hacia el visitante, empezó a contarse a sí misma con el vocabulario de quienes venían a verla. La palabra entró tal cual en el inglés, en el alemán, en el francés, y hoy se dice siesta en medio mundo sin traducirla, como se dice tapas o fiesta, palabras que viajan solas porque nombran algo que en las lenguas de llegada no tenía nombre.

La literatura remató la faena. Camilo José Cela solía decir que la siesta había que hacerla con pijama, padrenuestro y orinal, y la ocurrencia, a fuerza de citarse, se volvió doctrina. Merece ser tomada más en serio de lo que su autor fingía tomarse a sí mismo, porque bajo la chanza late una liturgia perfectamente articulada. El pijama declara que no se trata de una cabezada furtiva en el sillón, se trata de dormir con todas las consecuencias, con ánimo de verdad. El padrenuestro instala un rito de entrada, un umbral, y de paso encomienda el alma, que para media muerte no está de más. El orinal suprime de raíz el último pretexto para levantarse, clausura toda obligación pendiente, sella el recinto. Es la elevación de la siesta a sacramento doméstico por la vía del humor, que en España ha sido siempre la vía regia de la seriedad.

Antes que Cela, la poesía y la pintura españolas habían dado a la siesta una gravedad que el tópico turístico nunca sospechó. Antonio Machado tituló «Siesta» uno de sus poemas, dedicado a la memoria de su filósofo apócrifo Abel Martín, y en él el sol del mediodía es un pez de fuego que traza su curva junto al ciprés, bajo el añil supremo, mientras el poeta canta al Dios de la distancia y de la ausencia. La siesta de Machado es metafísica en estado puro, una hora en que el mundo se queda tan quieto que deja ver el hueco de lo que no está. Joaquín Sorolla pintó en 1911 La siesta, cuatro mujeres tendidas sobre la hierba verde de un prado, con los vestidos blancos y malvas desbordándose como agua, en una de las telas más libres y más felices de toda su obra, que hoy cuelga en su casa de Madrid. Y Salvador Dalí, que convertía todo en técnica y en espectáculo, describió en sus Cincuenta secretos mágicos para pintar una siesta de un segundo, la siesta de la llave, en la que el pintor se duerme sentado sosteniendo una llave pesada sobre un plato, y el ruido de la llave al caer lo despierta en el instante exacto en que el sueño empieza, con la mente lavada y lista para el trabajo. Entre el pez de fuego de Machado y la llave de Dalí cabe toda la historia de la siesta moderna, la que va de la contemplación a la técnica.

XXII. El símbolo sin la práctica

La ironía final es que el símbolo ha sobrevivido a la práctica. Los españoles de hoy son, con toda probabilidad, los que menos siesta han dormido de su historia. Las oficinas de jornada continua, los trayectos largos, los pisos lejos del trabajo y las pantallas que no cierran han ido royendo el hueco de la tarde, y las encuestas dibujan desde hace años el mismo paisaje, una minoría que la duerme a diario, muchos que la reservan para agosto y para el domingo, y una mayoría que la recuerda como se recuerda una casa vendida. Mientras tanto, y aquí la historia sonríe con su mueca habitual, los laboratorios del norte se han puesto a rehabilitarla. El país al que durante dos siglos se acusó de dormir demasiado dejó de dormir justo cuando la ciencia empezaba a recetar el sueño breve de la tarde. Hemos abandonado la siesta con el mismo entusiasmo acomplejado con que se abandona un traje regional, en el momento exacto en que fuera empezaba a ser vanguardia.

Y es que la modernidad, que durante generaciones no supo qué hacer con la siesta, ha encontrado por fin la manera de aceptarla, y sus razones son excelentes. Sara Mednick y sus colegas de Harvard demostraron en 2002 que una siesta a mediodía detiene el deterioro del aprendizaje perceptivo que se produce a lo largo del día y llega a restaurarlo por completo. Olaf Lahl y su equipo comprobaron en Düsseldorf que un episodio de sueño de apenas seis minutos basta para mejorar la memoria de palabras aprendidas antes. La NASA midió en los años noventa el efecto de una siesta en la cabina de los vuelos transoceánicos, y encontró que los pilotos que dormían una media de veintiséis minutos mejoraban su rendimiento en un treinta y cuatro por ciento y su alerta fisiológica en un cincuenta y cuatro. Y dos grandes estudios de población, uno en Grecia y otro en Suiza, encontraron menos muertes y menos accidentes cardiovasculares entre quienes dormían la siesta, un treinta y siete por ciento menos de mortalidad coronaria entre los griegos que la dormían con regularidad, y casi la mitad de riesgo cardiovascular entre los suizos que la dormían una o dos veces por semana.

Las empresas más admiradas del planeta instalan cápsulas de reposo junto a las salas de reuniones, hay aplicaciones que calculan el minuto exacto del despertar para esquivar la inercia del sueño, y una abundante literatura ejecutiva enseña a dormir veinte minutos como se enseña a invertir, con método, con métricas, con retorno. Quien defienda hoy la siesta tiene a la ciencia de su parte, y sería de necios no celebrarlo. El cuerpo tenía razón, los abuelos tenían razón, hasta el tópico tenía razón. La tarde pide tregua, y ahora lo dicen las revistas con revisión por pares.

XXIII. La siesta embalsamada

Celebrado lo cual, hay que decir en voz igualmente alta que este rescate es la forma más refinada de la derrota. Porque lo que la modernidad ha rehabilitado con el nombre de sueño reparador es un organismo distinto del que decía salvar. La siesta administrada conserva la postura y pierde el alma. Donde había un don ha puesto una inversión. La llamada se ha vuelto alarma programada, y la entrega, técnica. El sueño encajado entre dos reuniones para rendir mejor en la segunda prolonga la jornada por otros medios sin interrumpir nada, es vigilia con los ojos cerrados. La cápsula de descanso de la oficina, con su diseño de sarcófago amable, es el lugar donde el don yace embalsamado, admirablemente conservado y perfectamente muerto. Se ha enseñado al sueño a ser puntual, que es más o menos como enseñar a la lluvia a facturar.

Byung-Chul Han ha llamado a la nuestra la sociedad del cansancio, una sociedad que ya no necesita un amo que la explote porque cada individuo se explota a sí mismo con la convicción de estar realizándose, y que conoce un cansancio solitario, agotado, que no descansa en nada. La siesta optimizada es el descanso de ese sujeto, un mantenimiento del rendimiento por otros medios, una pausa de boxes en la carrera de la autoexplotación. Así queda a la vista la distinción que este fenómeno venía guardando, la que separa el descanso administrado de la interrupción recibida. Los ojos cerrados son los mismos, la ontología es la contraria. El descanso administrado pertenece al imperio de lo útil y le sirve de recreo para que el imperio crezca, porque toda interrupción verdadera pone en cuestión la lógica de la acumulación, que solo conoce el más y desconoce el basta, y por eso el imperio necesita convertir cada pausa en combustible. La interrupción recibida se sale del imperio por la puerta pequeña, media hora, sin ruido, y vuelve trayendo noticias de que existe un afuera.

XXIV. La interrupción como modo del aparecer

La tesis que todo lo dicho ha ido dibujando se deja formular ahora con claridad. La siesta, antes que descanso, es interrupción, y la interrupción, lejos de ser una ausencia de ser, es una modalidad del aparecer. Algunas cosas solo comparecen cuando dejamos de perseguirlas. El silencio solo se deja oír cuando cesa el ruido que creíamos necesitar. La verdadera tensión de una melodía se revela en la respiración entre dos frases, ahí donde aparentemente nada suena y en realidad está sonando la forma. Del mismo modo, la siesta abre en mitad del día un intervalo en el que el mundo deja de ser objeto de apropiación y vuelve a presentarse como regalo, sin que nadie lo maneje ni lo explique ni lo ponga a la venta. El mediodía deja entonces de ser una franja horaria y se convierte en un acontecimiento, el de una doble comparecencia desarmada, la del mundo ante un hombre que ha dejado de exigirle y la del hombre ante un mundo que ha dejado de reclamarlo. Dos desarmes simultáneos, y en medio, durmiendo, la paz.

Por eso la siesta puede entenderse como una pequeña ascesis, la más amable de todas las ascesis conocidas. Ni busca producir experiencias extraordinarias ni aspira a estados superiores de conciencia. Se limita a suspender durante un rato el triple impulso de dominar, de explicar y de disponer, y esa suspensión tan modesta es una práctica involuntaria de humildad. El sujeto consiente en retirarse y comprueba que el mundo no se derrumba, y en ese gesto diminuto se anticipa una verdad mayor, la de que el ser no necesita de nuestra vigilancia para comparecer, la de que la realidad suele mostrarse con más plenitud cuando cesamos de exigirle disponibilidad continua.

Lo que la siesta descubre, al final, es una capacidad humana que nuestra cultura ha dejado sin nombre y casi sin ejercicio, la de rendirse sin capitular. El que capitula entrega su figura, abdica de sí, se deja deshacer. El que se rinde al sueño de mediodía entrega solo su vigilancia, y conserva intacto todo lo demás, su nombre, su cuerpo, su lugar, su vuelta. Es una rendición que no humilla porque no se rinde a nadie, se rinde a la hora, al peso, a la luz, a la tierra que sostiene la cama, y de ella se vuelve con algo que no se tenía antes de irse. Toda una gama de gestos humanos pertenece a esa familia, el consentimiento del enamorado, la entrega del intérprete a la obra, la confianza del enfermo en las manos del médico, la escucha honda de la música, el duelo que deja por fin de resistirse a la pérdida, y en todos ellos ocurre lo mismo que ocurre a las tres de la tarde, que uno suelta el mundo y el mundo no se cae. La siesta es, de todos esos gestos, el más corporal, el más democrático y el más desprestigiado, una liturgia silenciosa en la que la carne recuerda, antes que la inteligencia y mejor que ella, que existir incluye abandonarse con confianza a la inagotable comparecencia del mundo.

XXV. La civilización que perdió el mediodía

El síntoma más revelador de nuestra época quizá no sea haber perdido la fe, ni el silencio, ni siquiera la lentitud. Quizá sea haber perdido el mediodía. Hoy el mediodía es una franja entre reuniones, un hueco para contestar mensajes masticando, un tramo sin espesor absorbido por la continuidad del rendimiento, y con él se ha ido algo más grave que una costumbre, se ha ido una manera de habitar el tiempo. Una civilización que ya no sabe detenerse cuando el propio mundo parece pedir la pausa acaba imponiendo al hombre un ritmo ajeno a su carne. Deja de escuchar el calor, la luz, la fatiga, el silencio, y escucha únicamente el calendario y la notificación. El resultado va mucho más allá del cansancio. El hombre deja de comprenderse como un ser que responde a la comparecencia del mundo y pasa a comprenderse como un productor autónomo encargado de mantener en funcionamiento ininterrumpido una realidad convertida en proyecto. A ese hombre se le concede descansar, pero ya solo sabe descansar para algo, y un descanso que sirve es un empleado más.

Frente a eso, la siesta resiste como resisten las cosas verdaderamente serias, sin manifiesto, sin ideología, sin levantar la voz, por simple fidelidad a un ritmo más antiguo que todos nuestros programas. Cada cuerpo que esta tarde se tienda sin motivo estará recordando, en nombre de todos, que el tiempo es una sucesión de modos de aparecer y no una mercancía homogénea, que la carne es el lugar donde el mundo nos acontece y no una máquina pendiente de ajustes, y que a la conciencia nadie la contrató como vigilante de la realidad. En apenas veinte minutos la siesta desmonta el mito de la disponibilidad absoluta y restituye, siquiera fugazmente, la experiencia de una vida que no necesita justificarse produciendo. Ninguna revolución ha prometido tanto pidiendo tan poco, una cama, una penumbra, un consentimiento. Y quizá por eso mismo inquieta, porque las doctrinas se combaten con doctrinas, pero contra un hombre dormido a las tres de la tarde no cabe argumento posible. El hombre no está, se ha ido un rato, ha dejado dicho que el mundo se las arregle solo, y el mundo, obedientemente, se las arregla.

Nada garantiza, con todo, que sobreviva. Las liturgias mueren, y esta puede morir como han muerto otras más solemnes, sin estruendo, por simple falta de practicantes. Esa fragilidad tiene algo de justo, porque la siesta comparte la condición de todo lo importante, que no admite imposición y solo puede ser recibido. No cabe decretarla por ley ni protegerla como se protege un monumento, porque un monumento se visita y la siesta se vive, y el día en que solo se visite habrá muerto del todo, por muchos reportajes que la embalsamen. Su única defensa posible es la más antigua, que alguien, esta tarde, la duerma. La esperanza, aquí como en casi todo lo humano, no consiste en tener el porvenir asegurado, consiste en seguir haciendo sitio a lo que puede llegar. Una persiana que se entorna es exactamente eso, sitio.

XXVI. A media asta

Esta misma tarde, en algún piso de Cádiz o de Zaragoza, en alguna casa de pueblo con las paredes gruesas, una persiana bajará a media asta, la luz quedará tendida en barras sobre las baldosas, una mosca insistirá en su ruta, sonarán platos lejanos, y un cuerpo, uno cualquiera, dejará de sostener el mundo sin abandonarlo. No sabrá que está haciendo metafísica, y precisamente por no saberlo la hará bien. Alrededor, el siglo seguirá con lo suyo, sus pantallas encendidas, su mediodía devorado, su vigilancia sin objeto. En la penumbra queda flotando una pregunta, la de si nosotros, los despiertos perpetuos, seguimos siendo capaces de oír lo que ese durmiente oye, ese sueño que entra sin llamar, esa llamada que nada exige, y la de si mañana, cuando el mundo vuelva a pedirnos en voz baja una rendición a las tres de la tarde, quedará todavía en nosotros alguien que sepa rendirse sin capitular.