Un modo de estar: en torno a la esencia de España, de lo español y de ser español
La esencia de España no se busca como sustancia fija ni como instrumento de exclusión. Lengua, tierra, luz, música, pleito y mesa componen un modo histórico y corporal de estar, sometido a sus sombras y abierto a una pertenencia sin pureza.
Sobre la esencia de España,
de lo español
y
de ser español
I. La palabra esencia pasó por Córdoba
La palabra «esencia» pasó por Córdoba antes de llegar a las escuelas. Cuando Séneca, en una de sus cartas a Lucilio, se pregunta cómo verter al latín la ousía (οὐσία) griega, esa palabra con la que los filósofos nombraban lo que una cosa es de verdad, por debajo de sus accidentes, examina el neologismo essentia, lo atribuye a Cicerón, lo sopesa, casi se disculpa por su dureza, y decide que no hay más remedio que usarlo. Es decir, la primera meditación conservada sobre la palabra «esencia», sobre su legitimidad, sobre su necesidad y su violencia, la escribió un hispano. Un cordobés desterrado, además, porque Séneca conoció el exilio antes que el poder y el poder antes que la muerte obligada. Empiezo por ahí, no por erudición, sino porque el gesto ya lo contiene todo. España está presente en el bautizo de la palabra «esencia», pero como quien duda de ella, como quien la acepta a regañadientes, desde un destierro, sabiendo que la palabra chirría. Preguntar por la esencia de España es, desde el primer documento, un acto español, pero dudar de la pregunta, también.
Hay que decir en seguida por qué la pregunta da miedo. La esencia de una nación ha sido, durante dos siglos, el combustible de lo peor, pues quien cree poseer la esencia de su pueblo acaba tarde o temprano expulsando de él a los que supuestamente no la encarnan. La esencia entendida como sustancia, como un núcleo fijo, anterior a la historia, del que unos participan por nacimiento y otros no, es la matriz de toda idea de pureza, de toda frontera interior, de todo censo del alma. Por eso la reacción moderna, y con cierta razón, ha sido declarar que las naciones no tienen esencia, que son construcciones, relatos, comunidades imaginadas, artefactos administrativos. Pero esa reacción, siendo higiénica y muchas veces necesaria, deja un vacío que enseguida ocupan los indeseables, es decir, si nadie serio quiere hablar de la esencia de España, hablarán de ella únicamente quienes la quieren como arma. Renunciar a la pregunta no la disuelve, sino que al final la abandona en malas manos.
Mi camino es otro y viene de mi ontología. La expongo aquí sin darla por conocida. Llamo a mi posición un humanismo trágico de la comparecencia encarnada, y cada palabra pesa. Comparecencia es un término que tomo del lenguaje jurídico. Comparecer es presentarse ante alguien, acudir a un llamamiento, ponerse delante con el propio cuerpo. Se comparece ante un tribunal, ante un moribundo, ante un recién nacido. Sostengo que el modo fundamental en que lo real existe no es «estar ahí» como un objeto disponible, neutro, inventariable, sino comparecer, es decir, presentarse ante alguien, acontecer para un testigo, darse en un encuentro que no puede repetirse idéntico. El ser no es un almacén. Más bien, es una suerte de audiencia. Encarnada, porque esa comparecencia no ocurre entre espíritus puros ni entre conceptos, sino entre cuerpos, cuerpos que respiran, que pesan, que envejecen, que tienen un rostro. Y trágica, porque todo lo que comparece perece, es decir, el precio de presentarse de verdad, aquí y ahora, con este cuerpo, es no poder quedarse. Lo que no puede morir tampoco puede comparecer, solo puede almacenarse. Humanismo, en fin, porque en medio de esa intemperie el hombre no es un accidente sino el testigo, pues el ser necesita ser visto, oído, respondido, y nosotros somos el lugar donde la realidad se vuelve hacia sí misma y se reconoce.
Desde ahí, la palabra «esencia» cambia bastante de naturaleza sin necesidad de tirarla a la basura. La esencia de algo no es lo que queda cuando se le restan sus apariciones, ese residuo inmóvil que la metafísica de escuela buscaba debajo de los accidentes, sino todo lo contrario, esto es, la esencia es la melodía reconocible de sus apariciones. No lo que la cosa es cuando nadie la ve, sino el modo inconfundible en que comparece cada vez que comparece. La esencia de un rostro amado no es una fórmula, es esa manera de girarse, de tardar, de iluminarse, que reconoceríamos entre mil. La esencia de una obra musical no está en el papel, está en aquello que hace que digamos «es ella» en cada interpretación distinta. A esa organización interna del aparecer la llamo melos (μέλος), y más adelante explicaré despacio el telar con que la pienso. Por ahora basta esto, preguntar por la esencia de España no será, en estas páginas, preguntar qué sustancia inmutable se esconde bajo su historia, sino preguntar cómo comparece España, cuál es la melodía de su aparecer, qué canto reconoceríamos entre mil aunque cambiaran todas las notas. La esencia no como propiedad que se posee y se hereda por sangre, sino como canto que se reconoce y que hay que volver a cantar. Esa sola mudanza desactiva el veneno de la pregunta y, a la vez, la vuelve infinitamente más exigente, porque una sustancia se define en una tarde, pero una melodía hay que escucharla entera, con sus curvas y sus silencios, con sus disonancias y sus estribillos, y sobre todo, hay que tener oído…
II. Lo que la lengua ya sabía
Y ocurre que la lengua en la que escribo este ensayo ya sabía todo esto antes que yo. Es el primer dato, y para mí el más asombroso, de la esencia que busco, que el español, con sus muchas hermanas ibéricas, el catalán, el valenciano, el balear, el gallego, el portugués, etc…, es de las poquísimas lenguas de Europa que partió en dos el verbo ser. Donde el francés, el inglés, el alemán o el italiano dicen être, to be, sein, essere, y con un solo verbo confunden lo que algo es y cómo algo se encuentra, las lenguas de la península distinguieron ser y estar. Ser es la definición, la identidad, lo permanente, lo que se predica desde fuera del tiempo. Estar es la situación, el modo, la encarnación, el cuerpo aquí y ahora. «Es triste» y «está triste» son dos ontologías distintas. «Es enfermo» y «está enfermo», dos destinos. La escolástica entera, con su distinción entre esencia y existencia, entre sustancia y accidente, cabe en esa bifurcación que cualquier niño español domina a los tres años sin saber que está haciendo metafísica. Los filósofos alemanes que tanto he leído habrían dado un dedo por tener en su gramática lo que la señora del mercado de Ruzafa usa para decir que el pescado está fresco pero no es barato.
La tesis de este ensayo puede decirse ya en una frase, aunque necesitaré muchas páginas para ganármela. Gustavo Bueno la formuló de otro modo. La esencia de España no está del lado del ser, sino del estar. España no es de una determinada manera, como es un triángulo o como es un teorema. España está de una determinada manera, como está una casa habitada, como está un cuerpo despierto, como está una mesa puesta. Su esencia no es una definición sino un modo de estar, un modo de estar en el mundo, en la luz, en la muerte, en la mesa, en la calle, en la lengua. Y como los modos de estar no se poseen sino que se ejercen, esa esencia no es un patrimonio que unos tengan y otros no, es una partitura que solo existe cuando se toca, y que puede tocarla, esto importará al final, cualquiera que la aprenda de verdad.
Hay más. Cuando en un ensayo anterior busqué la forma verbal exacta de la pertenencia española, di con una fórmula que sigue pareciéndome el hallazgo más serio que me ha regalado este país, y que aquí debo volver a explicar desde cero. El griego antiguo tenía, además de la voz activa (yo hago) y la pasiva (a mí me hacen), una tercera voz que las gramáticas modernas apenas saben dónde poner, la voz media, en la que el sujeto ni actúa simplemente sobre otra cosa ni la padece simplemente, sino que el proceso ocurre en él, a través de él, envolviéndolo, se hace en su propio seno y en su propio beneficio o riesgo. El griego decía en voz media «lavarse», «nacer», «alegrarse». Las lenguas modernas perdieron esa voz, pero el español la conserva agazapada en el «se», es decir, no es lo mismo «duerme» que «se duerme», «muere» que «se muere», «va» que «se va». En ese «se» sobrevive un modo de acontecer que no es ni acción ni pasión, es advenimiento en medio de uno. Pues bien, de España no puede decirse con verdad ni «España es», porque toda definición la traiciona y en seguida la convierte en bandera de una de sus mitades, ni «España está siendo hecha», porque no es el producto pasivo de ningún artífice, ni de los Reyes Católicos ni de la Constitución ni del mercado. De España hay que decir, en esa voz media que su propia lengua custodia, que España se está siendo. Ocurre en sí misma. Se hace y se deshace en su propio seno, con sus habitantes dentro, sin autor exterior y sin espectador exento. La esencia de España es un acontecimiento en voz media, y por eso ni los que la proclaman como sustancia eterna ni los que la desmontan como invento reciente aciertan jamás, unos la congelan en nominativo, otros la disuelven en pasiva, y ella, mientras tanto, se está siendo, como se está siendo una conversación, una cosecha o una vida.
III. La tesis del estar
No puedo dejar la tesis del estar donde acabo de dejarla sin convocar de nuevo al filósofo español que más cerca estuvo de ella, y que llegó a su orilla desde el continente más opuesto ahora al mío que cabe imaginar. Hablo otra vez de Gustavo Bueno, el riojano que hizo de Oviedo, durante medio siglo, el cuartel general del sistema filosófico más ambicioso que ha producido la España contemporánea, el materialismo filosófico (el filomat). Bueno ha sido, lo confieso desde ahora para que se entienda el tono de estas páginas, una grandísima influencia a la par que un adversario interno de cabecera, o sea, el pensador con el que más he discutido a solas, al que más he tachado en los márgenes, pero también al que más debo precisamente por eso, porque solo los adversarios de verdad nos obligan a saber por qué creemos lo que creemos. Su sistema es una máquina de guerra construida contra dos enemigos a la vez, contra todo espiritualismo que ponga el mundo en manos de un más allá, y contra todo sustancialismo que congele el mundo en esencias eternas. Para Bueno no existe el Ser con mayúscula, ese bloque compacto que fascinó a Parménides y que Heidegger volvió a poner en el altar. Para Bueno el ser está siempre dado en plural, repartido en materialidades múltiples, trabado en relaciones concretas, y para nombrar esa trabazón recuperó del Sofista de Platón una palabra griega que es de las más hermosas del oficio, symplokē (συμπλοκή), el entretejimiento. La symplokē (συμπλοκή) dice que ni todo está conectado con todo, eso sería el magma místico donde ninguna distinción vale, un monismo radical, ni nada está conectado con nada, eso sería el polvo de átomos sueltos donde ningún conocimiento es posible, un pluralismo radical, sino que algunas cosas se entretejen con algunas, y otras no, y el trabajo del filósofo es seguir los hilos efectivos, no soñar el tapiz total. No se me escapa, y quiero dejarlo dicho con una sonrisa, que el archimaterialista y yo compartimos hasta la metáfora, esto es, él pensó el mundo como entretejimiento y yo lo pienso con la idea de un telar. La diferencia, que es todo, está en los hilos, pues en su trama se cruzan cursos de materia, operaciones, instituciones, capas geológicas e históricas, y en la mía se cruzan, más sencillamente, maneras de comparecer. Pero que dos ontologías españolas que conozco de cerca, la suya y la mía, si se me permite la terrible inmodestia de ponerlas en la misma frase, sean ambas ontologías textiles no me parece azar, es el país de las alfombras y de los tapices de Goya, el país donde hasta la palabra «texto» conserva calor de tejido, pensándose a sí mismo con sus propios oficios.
Pues bien, dentro de esa máquina antisustancialista, Bueno se topó una y otra vez con la distinción que su propia lengua le regalaba, entre ser y estar, y la usó con una lucidez que sus discípulos no siempre han heredado. Para él, «ser» no designa jamás una esencia metafísica flotando fuera del tiempo, o sea, cuando decimos que el hombre es racional o que el triángulo es una figura, no estamos tocando el fondo eterno de las cosas, estamos clasificando dentro de un sistema de conceptos, trazando casillas en un mapa que nosotros mismos hemos levantado. «Estar», en cambio, señala para él la inserción efectiva de algo en un campo determinado, o sea, la piedra está sobre la mesa, el enfermo está grave, España está en Europa, posiciones, estados, relaciones objetivas, materiales, fechadas. Y de ahí extrajo una regla de higiene mental que suscribo entera y que debería enseñarse en las escuelas, que es ilegítimo el salto desde un estar histórico a un ser absoluto. Cuando alguien proclama «España es tolerante», o intolerante, que el error funciona igual en ambas direcciones, Bueno desenfundaba en seguida sus preguntas, ¿en qué época?, ¿respecto de quién?, ¿según qué instituciones? Convertir situaciones en propiedades, coyunturas en esencias, estares en seres, ese es, para el materialismo filosófico, el pecado original del pensamiento, y el lector de este ensayo reconocerá que mis páginas sobre la limpieza de sangre no harán sino narrar, con nombres y hogueras, exactamente ese pecado, el estar converso de unas familias transformado por decreto en un ser impuro heredable. Bueno dio la forma lógica del crimen cuya forma histórica es el Santo Oficio. En esto fuimos, somos, aliados perfectos, los dos sabemos que la esencia entendida como sustancia es la antesala del censo y de la purga. Y apreció además, con orgullo explícito de hablante, lo que yo he celebrado unas páginas más arriba, a saber, que el español, al partir en dos el verbo ser, dispone de un instrumento de precisión que las lenguas del to be y del sein no tienen, y que ahorra a quien piensa en castellano confusiones enteras que han costado bibliotecas.
Pero el momento en que Bueno rozó de verdad el corazón de este ensayo fue cuando le tocó hablar de España, que le tocó muchas veces, porque fue de los poquísimos filósofos académicos españoles que no consideró el tema indigno de su sistema. Y en una de esas ocasiones dejó dicha la distinción con todas sus letras, que afirmar que España determina un modo de ser le parecía demasiado metafísico, sustancialista, estático, el alma eterna de España, el destino inmutable, toda esa quincalla, que en cambio decir que España determina un modo de estar tenía un sentido positivo y defendible, porque el estar es una posición alcanzada históricamente, algo que se conquistó, que se sostiene, que puede debilitarse o perderse. Y remató con cinco palabras que considero de lo más profundo que un filósofo sistemático ha pronunciado nunca sobre este país, «lo importante es seguir estando». Léase despacio, porque ahí no hay descuido, esto es, el hombre más deliberado de la filosofía española eligió el verbo. No dijo seguir siendo. Seguir siendo es asunto de archivos, de mármoles, de definiciones que se custodian. Lo pueden hacer los muertos, lo hacen mejor que nadie los museos. Seguir estando solo pueden hacerlo los vivos. En esa frase, el materialismo filosófico, quizá sin medir del todo el alcance de su gesto, firmó la tesis central de este ensayo, esto es, que la esencia de España, si la palabra ha de salvarse, cae del lado del estar. Y hay en ello una ironía histórica que me produce verdadera alegría intelectual, el que Bueno, que nada quería saber de las moradas vitales y las vividuras de Américo Castro, que consideraba aquella filología una fantasmagoría idealista, viene a coincidir con su enemigo exactamente en la colina decisiva. Castro dijo vividura, Bueno dijo modo de estar. El filólogo desterrado y el materialista de Oviedo, que no se hubieran sentado a la misma mesa, retroceden ante el sustantivo «ser» con el mismo movimiento del cuerpo. Cuando dos ejércitos enemigos se repliegan a la misma colina, es que la colina es la verdad del campo de batalla. La colina se llama estar, y este ensayo entero está plantado en ella.
Honrar a un adversario exige decir con precisión dónde uno se separa de él. Mi divergencia no es un matiz, sino un abismo fértil. Para Bueno, el estar sigue siendo, hasta el final, una categoría objetiva y posicional, esto es, estar es ocupar un lugar en la symplokē (συμπλοκή), figurar en el entramado efectivo de las naciones, las técnicas, los ejércitos, los mercados, las instituciones. Su estar es geopolítico, cartográfico, y se deja decir íntegramente en tercera persona, o sea, en España está aquí, entre estas potencias, sosteniendo estas plazas. Es un estar de mapa, aunque sea un mapa histórico y no eterno. Yo quisiera sostener que ese estar, siendo necesario, no toca todavía el fondo del verbo. Lo que en Bueno es prioridad metodológica del estar sobre el ser, nunca aceptes un «es» que no puedas cambiar en «estares» concretos, en mi propia ontología se vuelve primacía ontológica, o sea, el estar no es el modo de verificar el ser, es el modo en que el ser llega a presencia. Podría condensar la diferencia entera en un quiasmo, a saber, Bueno materializa el ser, yo prefiero fenomenologizar el estar. Él disuelve las esencias en posiciones, yo quisiera elevar las posiciones a comparecencias. Porque estar, en el sentido que me importa, no es ocupar un lugar, es acontecer ante alguien. La pregunta del ser es «qué es». La pregunta del estar, al menos tal como yo la oigo, no es «dónde está» sino «cómo comparece». Y con ese giro, todo el paisaje cambia de luz. El piano es un instrumento, clasificación exacta, y estéril. El piano está en el escenario, posición verificable, el estar de Bueno, el de la piedra sobre la mesa. Pero el pianista solo está de verdad cuando comparece, cuando su presencia acontece como melos (μέλος) ante otros cuerpos que lo atestiguan, y ese tercer estar ya no cabe en ningún mapa, porque no es una localización sino un advenimiento. La partitura es una obra escrita, mejor dicho, y lo diré más adelante, una huella de la obra. El disco está sonando, como está encendida una lámpara, pero solo en el concierto vivo se está en el sentido pleno, allí donde intérprete, oyente y tradición comparecen unos ante otros y algo irrepetible se cumple entre ellos. Una madre es madre por biología y por registro civil, está siendo madre cuando canta la nana, inclinada sobre la cuna, y todo el mundo entiende la diferencia aunque ningún formulario la recoja. La tradición no es un depósito, está cuando alguien vuelve a encender el fuego. Un archivo lleno y sin nadie es la tradición en estado de ser, es decir, en estado de cadáver. La amistad no es un vínculo que se posea, o sea, la lengua popular, que sabe más ontología que las facultades, define al amigo como el que está ahí, y define el amor entero con ese verbo humilde, estar por alguien, estar con alguien, estar ahí. Nadie, en el trance de la verdad, ha definido nunca el amor con el verbo ser. E incluso Dios, lo digo con el temor debido, pero lo digo, el Dios que me concierne no es el de los tratados, el motor inmóvil que es puro ser subsistente, es el de la zarza que arde sin consumirse delante de un pastor descalzo, el que cuando Moisés le pide credenciales no le entrega una definición sino una promesa de compañía, que dice estaré contigo. Hasta el Nombre, leído con oídos españoles, se conjuga con estar. En mi ontología, y esta es quizá su frase más desnuda, prácticamente todo lo valioso pertenece al orden del estar. El ser es el residuo que dejan los estares cuando los clasificamos, la sombra que proyecta la comparecencia sobre el papel, necesaria como toda escritura, letal en cuanto se la toma por el original. Lo que puede definirse y archivarse frente a lo que solo puede acontecer, y sobre esta línea divisoria volveré más adelante, a propósito de un hidalgo manchego, porque es también la línea que separa la idea de identidad de la idea de yo.
Y no se crea que esta primacía del estar es una ocurrencia mía impuesta a la lengua desde fuera, pues la lengua la había hecho ya, sola, siglos antes de que ningún filósofo la escuchara. Hágase el inventario de los modismos del estar y se encontrará una fenomenología popular completa, escondida a plena vista. Se está presente, o sea, nunca, en ningún registro del idioma, se «es» presente, la presencia misma, el concepto central de toda mi ontología, se conjuga en español exclusivamente con estar, y ese solo dato gramatical vale por un tratado. Se está en vela, o sea, la vigilia, la atención nocturna junto al enfermo o junto al niño, el modo más puro de la custodia. Se está de duelo, el luto no como propiedad sino como temple habitado. Se está de parto, el acontecimiento mayor de la carne, dicho en estar. Se está de paso, y ahí la lengua condensa en tres palabras toda la condición trágica que este ensayo defiende, no somos, estamos de paso. La finitud entera cabe en un modismo de posada. Se está por ver, esto es, la futuridad, lo abierto. Se está al caer, esto es, la inminencia. Se está a la altura, o sea, la ética como respuesta a la ocasión, no como catálogo de propiedades. Se está de más, o sea, la forma exacta de la desdicha humana, que no es dejar de ser sino sobrar en la comparecencia. Se está en todo, es decir, la definición popular de la madre y del buen maestro. Quien quiera saber qué es el estar en mi sentido, que no abra un diccionario de filosofía, sino que escuche a su abuela usar estos giros, porque en ellos el idioma lleva siglos haciendo, anónimamente, como el romancero, la ontología de la presencia que yo solo intento poner en limpio.
Hay más todavía, y es el hallazgo que me guardo para el centro de este numeral, porque procede del método que considero más mío, esto es, la etimología como acceso al ser, que un obispo sevillano del siglo séptimo me enseñó a practicar. El verbo estar viene del latín stare, estar en pie, mantenerse erguido. Y de esa raíz, de esa humilde raíz del cuerpo que se tiene derecho, brota, óigase bien, la familia entera del vocabulario metafísico de Occidente. Circunstancia, circum-stare, lo que está en torno. Cuando Ortega dijo que yo soy yo y mi circunstancia, dijo, sin subrayarlo, que yo soy yo y lo que está a mi alrededor. Su concepto más famoso es, gramaticalmente, un compuesto de estar. Instancia, constancia, distancia, estación, estado, estancia, estatura, estatua, o sea, todo el léxico de la posición y de la permanencia sale de ahí. Existir, ex-sistere, de la misma raíz, estar fuera, sobresalir del fondo, mantenerse en pie a la intemperie. Y la joya de la corona, la que me hizo reír solo en mi estudio el día que la vi entera, sustancia. Sub-stantia, de sub-stare, lo que está debajo. La palabra bandera del esencialismo, el estandarte mismo del ser entendido como fondo permanente, el término que llevo combatiendo todo este ensayo, esconde en su bodega el verbo estar. Cuando el ser quiso nombrarse a sí mismo como fundamento, no encontró en la lengua otro verbo que el del cuerpo en pie, tuvo que pedirle prestado el nombre al estar. La metafísica de la sustancia es, etimológicamente, un episodio del estar que se olvidó de sí mismo. El ser es un estar que se quedó quieto tanto tiempo que creyó ser eterno. No conozco victoria más limpia. No necesito derrotar al sustancialismo, me basta con deletrearlo.
La objeción se impone, y me la he hecho con toda la dureza de que soy capaz. ¿No será todo esto misticismo del idioma, chauvinismo gramatical, la vieja tentación de creer que la propia lengua es la elegida del ser? Respondo con dos testigos técnicos, uno universal y otro nuestro. El universal es Émile Benveniste, uno de los más grandes lingüistas del siglo veinte, que demostró dos cosas que aquí me sirven de cimiento. La primera, que las célebres categorías de Aristóteles, sustancia, cantidad, cualidad, acción, pasión, calcan, una por una, las categorías de la gramática griega, que el padre de la lógica creyó estar inventariando el ser y estaba inventariando su idioma, que el pensamiento, dicho llanamente, anda con las piernas de su lengua, y no hay pensamiento descalzo. Si eso vale para el griego de Aristóteles, vale para el español de este ensayo, una lengua con dos verbos ser no es un accidente pintoresco, es otra planta del edificio, otras piernas para otros caminos. Y la segunda, en su estudio clásico sobre la voz activa y la voz media, Benveniste definió la voz media exactamente así, la diátesis en la que el sujeto es interior al proceso, en la que el acontecimiento se cumple en el sujeto y lo envuelve en vez de salir de él o caerle encima. Es la confirmación técnica, desde la lingüística general más sobria, de la fórmula que di unas páginas atrás, la de que España se está siendo. No estoy haciendo poesía con la gramática, estoy haciendo gramática con todas sus consecuencias. Y el testigo nuestro es un sabio al que he dedicado en otro lugar un ensayo entero de gratitud y al que España debería conocer mejor, esto es, Jesús Luque Moreno, el gran latinista de Granada, que dedicó la vida a averiguar cómo sonaba de verdad la lengua de Roma, el arsis y la tesis, el acento, hasta los puntos y las comas, el hablar y el cantar, y que me enseñó, libro a libro, que la filología hecha con oído no es una ciencia auxiliar de la filosofía sino su laboratorio, que escuchar una lengua por dentro es escuchar cómo un mundo comparece. Con Benveniste y con Luque a mi espalda puedo decirlo sin rubor, que tomarse en serio el ser y el estar del español no es patriotería lingüística, es hacerle a nuestra lengua el honor filosófico que Grecia y Alemania se hicieron a las suyas, y que nosotros, por ese desnombramiento del que hablaré, llevamos siglos negándonos.
Y hubo un español que estuvo a punto de hacerlo todo, y su historia parece inventada para este ensayo, aunque es rigurosamente cierta. José Gaos, asturiano de Gijón, el discípulo predilecto de Ortega, rector de la Universidad de Madrid en la guerra, salió al exilio en el treinta y nueve como toda su generación, y en México acuñó para sí y para los suyos una palabra que es ella sola un tratado del estar, a saber, dijo que no era un desterrado sino un transterrado, que no le habían quitado la tierra, que se la habían cambiado de sitio, que se puede seguir estando en español desde otra orilla. Y ese transterrado hizo en México, en 1951, algo enorme, esto es, la primera traducción íntegra de Sein und Zeit de Heidegger a lengua alguna del mundo, antes que al francés, antes que al inglés. La pregunta por el ser, el libro emblema de la filosofía del Ser con mayúscula, fue vertida por primera vez, completa, precisamente a la única gran lengua filosófica que tiene dos verbos donde el alemán tiene uno, y la vertió un exiliado español, con lo cual la escena reúne, como en un escenario preparado, todos los motivos de este ensayo, esto es, el estar, el destierro, la lengua como patria portátil. Pero lo decisivo es el detalle técnico, el punto exacto donde la traducción cruje. Gaos tuvo que decidir cómo decir Dasein, la palabra central de Heidegger, ese compuesto que significa literalmente «ser ahí», el existente humano en cuanto arrojado a su situación, y optó por eso mismo, «el ser ahí». Y varias generaciones de lectores en español hemos sentido, al leerlo, un roce, una incomodidad leve y persistente, cuya causa tardé años en formular, y es que el español natural para «ser ahí» es simplemente estar. El alemán, lengua de un solo verbo ser, tuvo que soldarle un adverbio de lugar al Sein, Da-sein, ser ahí, para alcanzar a trompicones lo que mi lengua conjuga desde niña con un verbo propio. Me atrevo a decir, con toda la humildad que el atrevimiento consiente, que buena parte de la analítica heideggeriana, la facticidad, el estado de arrojado, y sobre todo la Befindlichkeit, ese «encontrarse» dispuesto de una manera u otra que, nótese, hasta en la traducción usual cae en un verbo pronominal, en nuestra voz media, es el esfuerzo titánico y admirable de una lengua monoverbal por decir el estar. Si Heidegger hubiera pensado en español, la pregunta por el ser habría nacido partida en dos, esto es, la pregunta por el ser y la pregunta por el estar, y sospecho, aunque nunca podré probarlo, cuál de las dos le habría parecido más originaria a un pensador de aldea, de cabaña y de camino de bosque. Gaos mismo, que escribió páginas pioneras sobre las posibilidades filosóficas de nuestra lengua, sobre el español como lengua para pensar y no solo para traducir, rondó esta intuición sin rematarla. La intento rematar yo aquí, humildemente, con gratitud hacia él. No necesitamos importar la pregunta por el ser. Tenemos, sin estrenar del todo, la pregunta por el estar, y es más honda, porque el estar incluye el cuerpo, la situación, la hora y la compañía, todo lo que la pregunta por el ser tuvo que dejarse en la puerta para parecer pura.
Con lo cual la línea hispánica entera se ilumina de golpe, y lo que parecían genialidades sueltas se revela sensibilidad común, cauce subterráneo. Cervantes no define jamás una esencia, sino que pone a sus criaturas estando, en la venta, en el camino, molidas a palos, cenando lo que hay, y hasta la locura de su hidalgo es menos una tesis sobre lo que el mundo es que una manera desesperada y gloriosa de estar en él. La picaresca entera, ese género que España inventó, es la vida contada como rosario de estares, es decir, con este amo estuve, y pasé hambre, con aquel otro estuve, y aprendí a robar. El Lazarillo no tiene esencia, tiene posadas. Unamuno abre su libro mayor apartando de un manotazo al «hombre» de las definiciones, el bípedo implume, el animal racional, el contratante social, para quedarse con el hombre de carne y hueso, el que nace, padece y se muere, o sea, el que está. Ortega hace girar toda su filosofía en torno a la circunstancia, que ya vimos lo que significa a la letra. Zambrano piensa en claros del bosque, que no son conceptos que se poseen sino lugares en los que se está, y solo a ratos, y sin garantía. Américo Castro dice vividura, Gaos dice transterrado, Bueno dice modo de estar y sentencia que lo importante es seguir estando. Ninguno de ellos, que yo sepa, se sentó a sistematizar lo que todos practicaban, quizá porque sistematizar es, precisamente, el gesto del ser, y ellos estaban demasiado ocupados estando. Ese es el hueco que mi ontología quiere ocupar, y lo digo con la mezcla de audacia y pudor que corresponde, es decir, no vengo a añadir una «filosofía española» más al estante, vengo a intentar darle a esa sensibilidad multisecular su órgano técnico, una ontología del estar cuyo nombre riguroso es ontología de la comparecencia, donde el estar deja de ser la cenicienta gramatical del ser y pasa a ser lo que siempre fue en esta tierra, a saber, el modo en que la realidad se hace presente mediante un cuerpo, una voz y una relación vivida. Por eso puedo devolverle ahora a mi adversario su frase, agradecido y transfigurándola, que es la única manera seria de heredar. Donde Bueno decía posición, yo diría presencia. Donde él entendía mantenerse en el tablero de las naciones, yo entiendo algo más humilde y más hondo, esto es, seguir compareciendo, a la mesa, a la plaza, al tribunal del jueves, a la cuna, al escenario, al duelo y a la fiesta. Lo importante no es seguir siendo, pues eso lo hacen, impecablemente, las lápidas. Lo importante es seguir estando, y estar, para los vivos, es comparecer. España durará exactamente lo que dure su comparecencia, mientras se esté siendo, y a ese estarse siendo hay que ponerle ahora el oído.
IV. El instrumento desplegado
Para escuchar ese estarse siendo despliego ahora mi instrumento. Sin él, el resto del ensayo sería mero impresionismo. Vengo de la música, pues soy pianista, compositor, director, profesor, escritor, improvisador, y toda mi filosofía nació de un escándalo profesional, el de comprobar que nada de lo que importa en un concierto, por qué una interpretación está viva y otra, idéntica en las notas, está muerta, podía decirse con las categorías de la estética al uso. De ese escándalo, y de la influencia del genial Vicente Chuliá, salió la idea de melos (μέλος). No llamo melos (μέλος) a la melodía en el sentido escolar, la sucesión de alturas que se puede silbar. Llamo melos (μέλος) a la organización interna del comparecer, a aquello que hace que un aparecer sea un canto y no un inventario, la forma en que algo se presenta desplegándose en el tiempo sin dejar de ser uno. Todo lo que comparece de verdad, una sonata, sí, pero también una persona, un paisaje, una lengua, y quiero averiguar si también un país, tiene su melos (μέλος), es decir, tiene su manera de empezar, de respirar, de inclinarse, de sostenerse, de acabar.
Para analizar ese melos (μέλος) uso la idea de un telar de nueve celdas, que cruza tres hilos con tres estratos. Los tres hilos vienen de la teoría musical griega, pero los ha refundido Vicente Chuliá. El primero es la léxis (λέξις), la dicción, el decir antes de lo dicho, no el contenido sino la manera de pronunciar, el grano de la voz, el rostro con que algo se dice, en una persona, su forma de articular el mundo, en un pueblo, su habla, sus gestos, su tono. El segundo es la harmonía (ἁρμονία), no la armonía de los tratados sino lo simultáneo, la manera en que las voces distintas suenan a la vez y se sostienen o se estorban, en un pueblo, sus formas de convivencia, sus instituciones, su manera de estar juntos. El tercero es el rhythmós (ῥυθμός), que no es el compás ni el metro sino la manera de avanzar por el tiempo, es decir, el andar, la zancada, la respiración, la alternancia de tensión y reposo, en un pueblo, sus fiestas y sus trabajos, sus prisas y sus pausas, su calendario carnal. Y esos tres hilos atraviesan tres estratos, que he aprendido a llamar la Carne, la Inclinación y el Hacia. La Carne, lo dado, lo irrenunciable, el peso, la tierra, la luz, el cuerpo que se tiene sin haberlo elegido. La Inclinación, la gravitación, la tendencia, el gesto, aquello hacia lo que un ser se ladea antes de toda decisión, su apoyatura. El Hacia, la dirección, la prolēpsis (πρόληψις), la futuridad pura, aquello a lo que un ser está llamado y que todavía no es, su promesa. Nueve celdas, pues, cómo dice, cómo convive, cómo anda, en su carne, en su inclinación, en su porvenir.
Y una convicción más, la más honda, que atraviesa el telar entero, sostengo que el modo primordial del comparecer no es el indicativo sino el vocativo. Antes de que el mundo nos informe de nada, nos llama. La gramática distingue casos, esto es, el nominativo nombra, el acusativo señala el objeto, el genitivo posee. El vocativo, en cambio, no dice nada de nadie, sino que invoca, interpela, se dirige a. «¡María!» no es una proposición, es un acontecimiento entre dos. Pues bien, creo que la música es vocativa antes que representacional, no describe el mundo, sino que nos llama, y creo que el ser mismo es así, es decir, la realidad no se limita a exhibirse ante nosotros, nos convoca, nos reclama respuesta, y la verdad, cuando ocurre, no es la adecuación de un enunciado con un hecho sino el acontecimiento de un aparecer logrado, es decir, el instante en que la realidad consigue cantarse a sí misma a través de alguien que le presta el cuerpo. Si esto es así, entonces una patria, palabra que habrá que rescatar de sus secuestradores, no es primariamente un territorio ni un Estado ni un relato, sino que es una llamada. Un país de verdad es algo que le habla a uno en vocativo, algo que lo llama por su nombre antes de que uno sepa el suyo. Y la pregunta por la esencia de España se vuelve entonces esta, ¿cómo llama España? ¿Con qué léxis (λέξις), con qué harmonía (ἁρμονία), con qué rhythmós (ῥυθμός)? ¿Desde qué carne, con qué inclinación, hacia qué? El resto del ensayo es mi intento de responder celda a celda, aunque sin decir nunca en qué celda estoy, porque los telares se muestran tejiendo, no señalando los hilos.
V. La carne, la tierra y la luz
Empiezo por la Carne, porque por ahí empieza todo, por la tierra y por la luz. España es, antes que una historia, una geología, y una geología extrema, una de las mesetas más altas de Europa rodeada de cordilleras y ceñida por dos mares que no se parecen en nada. Esa altiplanicie central, seca, mineral, barrida por un cielo enorme, produce algo que quien no lo ha vivido no puede imaginar, una luz que no envuelve las cosas sino que las expone. La luz de Castilla no es una atmósfera, sino que es más bien un juicio. Cae vertical, sin bruma que la medie, y en ella cada cosa comparece con una nitidez casi insoportable, es decir, la piedra es piedra hasta el fondo, la sombra corta como un cuchillo, el árbol solo en el páramo es más árbol que en ningún bosque del norte. He tocado en muchos países y he mirado mucha pintura, y estoy convencido de que la gran pintura española es hija directa de esa luz, es decir, es una pintura de la comparecencia. Cuando Zurbarán pinta unos membrillos, unos cidros, una taza sobre una mesa oscura, no pinta la abundancia, eso lo hacían los holandeses, con sus mesas desbordadas de ostras y plata. Pinta la dignidad de lo poco al presentarse. Sus bodegones son actos de comparecencia, es decir, las cosas, en pobreza de medios, puestas ante nosotros como ante un tribunal misericordioso, sin retórica, sin escaparate. Y Velázquez, que es para mí el pintor absoluto, llevó eso al límite pintando lo que nadie había pintado, el aire. En Las Meninas el verdadero protagonista no es la infanta ni el pintor ni el rey reflejado en el espejo del fondo, es el aire entre ellos, el medio mismo del aparecer, la distancia habitada en la que unos comparecen ante otros y el propio cuadro comparece ante quien lo mira. España produjo, en su siglo más alto, una pintura cuyo tema secreto es el comparecer mismo, y eso no es casualidad, es la luz de la meseta hecha teología.
Pero España tiene dos luces, y quien conozca solo una no conoce el país. Frente a la luz castellana, que expone, está la luz levantina, la de mi tierra, que baña. La luz del Mediterráneo valenciano no juzga, sino que más bien se podría decir que acoge. No recorta las cosas, sino que las funde en una vibración dorada donde el agua, la arena, la vela y el cuerpo del niño que corre por la orilla intercambian sus reflejos. Esa luz también tuvo su pintor, y me alegra que fuera de mi ciudad. Sorolla, al que durante décadas los solemnes despacharon como superficial, precisamente porque pintaba la felicidad, como si la felicidad no fuera tan real como el desengaño. Sorolla pintó la otra mitad de la esencia, la luz como caricia, el mediodía como fiesta del aparecer, los cuerpos mojados de sus pescadores y de sus niños compareciendo en la gloria sin culpa de un instante. Zurbarán y Sorolla no se contradicen, son las dos manos de la misma carne. La esencia de España incluye ese acorde de dos luces, la que expone y la que baña, la ascética y la nupcial, y casi todo lo español puede leerse como una modulación entre ambas.
Sobre esa carne de luz, una carne de secano, es decir, el trigo, la vid y el olivo, la trinidad mediterránea que es también una liturgia, el esparto, la encina, el barbecho, los ríos escasos y sagrados precisamente por escasos. Un país donde el agua no sobra aprende que el agua es un acontecimiento, no un recurso. Por eso las culturas del regadío levantino y andaluz construyeron en torno al agua no solo acequias sino instituciones, y a ellas llegaré. Y por eso el más grande poema medieval castellano de la muerte, las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre, eligió la imagen que eligió, «nuestras vidas son los ríos», escribió, y todo español entiende sin notas al pie que los ríos van a dar a la mar y que ese ir es el vivir. En un país de ríos flacos, decir que la vida es un río es decir que la vida es preciosa y breve y que corre hacia su desembocadura sin poder remansarse. La Carne de España enseña, antes de toda doctrina, la lección trágica, que aquí la tierra misma es memento.
VI. La lengua, segunda capa de la carne
La segunda capa de la carne es la lengua, y en la lengua está enterrada, a la vista de todos, la mitad de la esencia que la historiografía se ha pasado siglos discutiendo. Propongo un experimento que hago a menudo con mis alumnos extranjeros, esto es, tomar el español de cada día y subrayar las palabras árabes. No las exóticas, sino las domésticas. La almohada donde se apoya la cabeza. La alfombra que pisa el pie descalzo. El azahar que perfuma marzo en mi tierra. La acequia que reparte el agua de la huerta. El aceite y la aceituna. La azotea, el azúcar, el arroz, la taza, el jarabe, la alcachofa, el albañil que levanta la casa y el alcalde que gobierna el pueblo. Y sobre todas ellas, una palabra que me parece el corazón secreto del idioma, ojalá. Ojalá viene del árabe law šā' Allāh, «si Dios quisiera». Es decir, la palabra con la que el español nombra la esperanza es una oración árabe fosilizada. Cada vez que un español dice «ojalá», ojalá llueva, ojalá vuelva, ojalá se cure, está rezando en árabe sin saberlo, está invocando a un Dios cuyo nombre ya no reconoce, está usando el vocativo de una civilización que su historia oficial expulsó hace cinco siglos. No conozco prueba más contundente de mi tesis, que la esencia de España no es una sustancia pura sino un sedimento de comparecencias. Los ocho siglos de al-Ándalus no son un paréntesis que se cerró en 1492 sino una constitución que sigue vigente cada vez que alguien espera algo en voz alta.
Porque esos ocho siglos no fueron solo guerra, como quiere una leyenda, ni solo convivencia idílica, como quiere la contraria, fueron frontera, y la frontera es la clave. España es la única gran nación europea que se constituyó durante ochocientos años como zona de frontera entre dos civilizaciones, y eso dejó una forma mental. La frontera no es el muro, pues el muro separa lo que no quiere verse. La frontera es la franja donde dos mundos comparecen el uno ante el otro, comercian, guerrean, se traducen, se casan, se roban las canciones. La toponimia lo confiesa, con Jerez de la Frontera, Arcos de la Frontera, Vejer de la Frontera, pueblos que llevan la frontera en el apellido como quien lleva el oficio del abuelo. El romancero creó incluso un género propio, el romance fronterizo, donde el caballero cristiano y el moro se admiran y se lloran mutuamente, y Toledo, en el centro exacto de esa franja, montó el taller de traducción más importante de la Edad Media europea, donde judíos, musulmanes y cristianos vertían del árabe al latín pasando por el romance a Aristóteles, a Ptolomeo, a los médicos y a los astrónomos, media modernidad europea pasó por esas mesas. Córdoba dio en el mismo siglo a Averroes y a Maimónides, el mayor filósofo del islam occidental y el mayor filósofo del judaísmo medieval, ambos, anoto la herida, porque la esencia incluye sus heridas, muertos en el exilio. Y siglos después, cuando España tuvo un filósofo contemporáneo que pensara la idea del límite como categoría central, Eugenio Trías, este hizo del límite no una desgracia sino la estructura misma del ser, es decir, el hombre como habitante de la frontera, la razón como razón fronteriza. No creo en las casualidades nacionales, pero sí en las inclinaciones, es decir, un país que fue frontera durante ochocientos años acaba produciendo la filosofía del límite, como el que vive junto al mar acaba sabiendo de vientos. La Inclinación española es fronteriza, su manera espontánea de estar es estar entre, traducir, mestizar, y también, lado oscuro que no callaré, vigilar la raya y expulsar al otro lado a los propios.
VII. El pleito como forma del pensamiento
Llego así a la disputa que da título oculto a este ensayo, porque España es probablemente el único país del mundo cuya historiografía moderna se organizó entera en torno a una pregunta explícitamente esencialista, a saber, qué es España. A mediados del siglo veinte, dos sabios desterrados, los dos, otra vez el destierro, sostuvieron desde América la polémica más profunda que conozco sobre la esencia de una nación. Claudio Sánchez-Albornoz defendía que lo español existía ya antes del Islam, un homo hispanus forjado en la romanización y la tradición goda, cuya contextura resistió invasiones y siglos, la esencia como sustancia longeva. Américo Castro respondió que no, que lo español no precede a la historia sino que nace de ella, y precisamente de la convivencia conflictiva de las tres castas, cristianos, moros y judíos, entre los siglos ocho y quince, y para decirlo acuñó dos palabras que me parecen de las más geniales del pensamiento en español, esto es, la morada vital y la vividura. La morada vital, el espacio de posibilidades dentro del cual un pueblo vive su vida, la casa histórica que habita. La vividura, el modo concreto, funcional, de habitarla, no lo que un pueblo es, sino cómo va viviendo lo que le pasa. Léase despacio. Castro, sin saberlo, estaba a un milímetro de la voz media. Vividura es casi «estarse siendo». Su error, si lo tuvo, fue de énfasis polémico. Su hallazgo es definitivo, pues trasladó la esencia de España del sustantivo al gerundio, del ser al estar, de la sustancia a la morada. Yo no vengo a arbitrar aquel pleito, que tuvo mucho de duelo entre dos desterrados que se disputaban la patria perdida, vengo a señalar lo que el pleito mismo revela. Porque antes de ellos ya Ganivet había buscado el «espíritu territorial» en su idearium, y Unamuno había gemido «me duele España» como se dice de un órgano enfermo, y Ortega había diagnosticado la invertebración, y después Laín Entralgo tituló «España como problema» y un adversario le replicó con «España sin problema», y Julián Marías dedicó su vejez a una «España inteligible». Ningún otro país ha producido una biblioteca comparable de autodiagnósticos. Francia se discute su república. Alemania, su culpa. Inglaterra no se discute. España se discute su esencia. Y ahí está el primer teorema de este ensayo, que doy ya por demostrado por la propia existencia de sus refutadores, que la esencia de España incluye la disputa sobre la esencia de España. Este país comparece ante sí mismo en forma de pleito. Su modo de estar consigo es el litigio de sí.
Y no desde ayer. El episodio que más me conmueve de toda la historia de España es de 1550, y no es una batalla, es una pausa. En plena expansión americana, el emperador ordenó suspender las conquistas hasta que una junta de teólogos y juristas, reunida en Valladolid, dictaminara si aquella empresa era justa. Frente a frente, Las Casas y Sepúlveda, detrás, la escuela de Salamanca entera, donde Francisco de Vitoria llevaba años haciendo algo inaudito, examinar en la cátedra, uno por uno, los títulos jurídicos de su propio imperio, y declarar inválidos la mayoría. De aquellas lecciones nació el derecho internacional moderno, es decir, nació, literalmente, de un país poniéndose a sí mismo en el banquillo en el momento de su máximo poder. Ningún otro imperio lo hizo. Ninguno detuvo sus máquinas para preguntarse si tenía derecho a existir. Que luego la codicia arrollara los dictámenes no anula el gesto, sino que lo vuelve trágico, que es distinto. Ahí está España entera, en su gloria y en su condena, es decir, el país tribunal, el país que se lleva a sí mismo a juicio. Cuando ese tribunal funciona, produce a Vitoria, a Las Casas, a las Leyes de Indias, a la autocrítica más feroz y temprana de Occidente. Cuando degenera, produce el Santo Oficio, la sospecha universal, la delación, y al final las cunetas. Pero la forma es la misma, esto es, España se está siendo en forma de juicio de sí, y su esencia se juega entera en si ese juicio es un examen de conciencia o una purga.
VIII. La sabiduría española
Si la forma española del pensamiento es el pleito, la forma española de la sabiduría es el itinerario. Y aquí toco lo que considero la cima absoluta de lo español, aquello por lo que, si España desapareciera mañana y solo pudiera salvarse una cosa, yo salvaría esto, la mística del siglo dieciséis. Se ha dicho mil veces que España no produjo una gran filosofía sistemática, y a esa acusación responderé más adelante, pero incluso concediéndola, habría que añadir, porque produjo algo anterior y superior al sistema. Mientras las escuelas europeas levantaban arquitecturas de conceptos, dos carmelitas castellanos escribieron los mapas más precisos que existen del alma humana en camino. Teresa de Jesús no definió el alma, la describió como un castillo de muchas moradas, otra vez la morada (el país entero piensa en términos de habitación), y contó, con una prosa doméstica, andariega, llena de pucheros y de caminos embarrados, cómo se pasa de una estancia a otra. «Entre los pucheros anda el Señor», dejó escrito, y en esa frase está toda la diferencia española, es decir, que lo absoluto no se contempla desde fuera del mundo, comparece en la cocina, en la faena, en el cuerpo cansado. Su ontología es de estar, Dios no es demostrado. Dios anda, y anda entre cacharros. Y Juan de la Cruz, de los poetas más grandes de la lengua, lo digo sin reservas, hizo algo aún más vertiginoso, escribió la noche. La noche oscura no es una metáfora decorativa, es el descubrimiento de que el camino hacia la presencia pasa por la retirada de todas las presencias, de que hay un comparecer tan excesivo que solo puede vivirse como oscuridad. Y cuando quiso decir lo que encontró al fondo, no encontró conceptos, encontró oxímoros musicales. Llamó a su amado, en el Cántico, «la música callada, la soledad sonora». Piénsese lo que eso significa para alguien como yo, que ha dedicado la vida a la música, que el místico español, al borde de lo indecible, no dijo «la luz» ni «el ser» ni «la nada», como habrían dicho un griego, un alemán o un japonés, dijo la música. Una música callada, un melos (μέλος) que suena sin sonar, una armonía anterior a las notas. Cuatro siglos después, un compositor catalán de alma franciscana, Federico Mompou, tituló así, Música callada, su obra maestra, veintiocho piezas brevísimas para piano que bordean el silencio, y que yo considero una de las respuesta más exacta jamás dada a la pregunta por el sonido esencial de España desde el piano. No es el estruendo tópico de la pandereta, es esa música que casi no está, hecha de campanas lejanas y de resonancias que se apagan, la música de un país que en su fondo más fondo es contemplativo, austero y enamorado.
Añádase a los dos carmelitas el tercer maestro, el vasco, Ignacio de Loyola, cuyos Ejercicios son el método más carnal de la espiritualidad occidental. Ignacio no pide meditar ideas, pide la «composición de lugar», ver con los ojos de la imaginación el sitio concreto, oler, tocar, poner el cuerpo dentro de la escena. Es una fenomenología del comparecer escrita como manual de instrucciones, es decir, para encontrarse con lo divino hay que encarnarlo, escenificarlo, dejarlo comparecer ante los sentidos interiores. Y añádase el condenado, Miguel de Molinos, el aragonés que enseñó la quietud, el dejarse, la oración de puro estar, y a quien la Iglesia encerró de por vida porque un país tribunal no tolera bien a quien propone suspender el juicio. Los cuatro dibujan el mapa, esto es, la sabiduría española no es doctrina sino andadura, no es sistema sino itinerario del alma que comparece, su caso gramatical no es el nominativo del tratado sino el vocativo de la oración, toda la mística española está escrita en segunda persona, dirigida a un Tú. Y cuando en el siglo veinte María Zambrano, discípula díscola de Ortega y desterrada durante cuarenta y cinco años, quiso nombrar el método propio del pensamiento español, lo llamó razón poética, una razón que no domina su objeto sino que lo acompaña, que no define sino que alumbra, hermana del claro del bosque más que del sistema. Zambrano vio lo que yo intento decir con mi telar, esto es, que España piensa cantando o no piensa, que su lógica profunda es melódica, que aquí la verdad, cuando ocurre, ocurre como ocurre una copla, de una vez, encarnada, irrepetible, y no como se demuestra un teorema.
IX. El libro central de España
Y por eso el libro central de España, el que este país dio al mundo como su palabra mayor, no es un tratado sino una novela, y no una novela cualquiera, sino exactamente la novela del vocativo. Debo detenerme en el Quijote porque en él la esencia que persigo se deja ver entera, y porque su lectura habitual, la burla del idealista, la sátira de los libros de caballerías, me parece de una pobreza escandalosa. Óigase lo que de verdad cuenta Cervantes, un hidalgo pobre, viejo, sin hazañas ni porvenir, oye una llamada. La llamada es objetivamente absurda, pues le llega a través de libros desprestigiados, le ordena una misión que el mundo entero considera extinguida. Y sin embargo él responde. Se pone un nombre nuevo, arma su cuerpo ridículo, sale al camino. El mundo no confirma la llamada, es decir, los castillos son ventas, los ejércitos son carneros, los gigantes son molinos, y la respuesta del mundo es la paliza sistemática. Y aquí viene el prodigio, el que nada de eso refuta la llamada. Apaleado, desdentado, molido, don Quijote pronuncia la frase que para mí es el centro moral del libro y una de las cimas del idioma, «yo sé quién soy». No dice «yo sé qué soy», eso sería una definición, y las definiciones las manejan el cura y el barbero, que son en el libro la policía de las esencias, los que queman la biblioteca y quieren devolver al hidalgo a su casilla. Dice quién. En mi ontología distingo con todo rigor entre la identidad y el yo, y esa distinción, que elaboré pensando en la música y leyendo a fenomenólogos (también hablando con uno genial de ellos, también genial músico) encuentra en el Quijote su ilustración perfecta. La identidad es lo que de alguien puede conservarse, certificarse, archivarse, el nombre en el registro, la profesión, la casta, el expediente, es la parte de nosotros que cabe en un documento, y por eso puede heredarse, robarse, falsificarse. El yo, en cambio, es lo que de alguien solo puede acontecer, es decir, no se conserva, ni se acredita, sino que comparece, se ejerce, solo existe en directo. Alonso Quijano tiene una identidad miserable, a saber, hidalgo de aldea, edad provecta, hacienda menguante. Don Quijote es un yo puro, es decir, la respuesta encarnada a una vocación, sostenida contra toda evidencia. El libro entero es la guerra entre ambos, y Cervantes, que era un veterano mutilado, un cautivo rescatado, un recaudador encarcelado, un hombre al que la identidad social solo le había dado desdichas, carga los dados del lado del yo con una ternura que no se ha repetido, se burla de su caballero en cada página y en cada página lo ama, porque sabe que la llamada es real aunque los gigantes no lo sean. Ese es el humanismo trágico en estado químicamente puro, es decir, la vocación no garantiza la victoria, garantiza el sentido. Y la lenta quijotización de Sancho, el realista que acaba gobernando una ínsula con una justicia mejor que la de los duques que se burlan de él, y que al final pide al moribundo que no se muera y que vuelvan a salir al camino, es la prueba de que el yo es contagioso, de que la comparecencia de uno despierta la del otro. Que España haya puesto ese libro en el centro de su canon dice de su esencia más que todos los idearios, que este es el país cuya escritura mayor sostiene que un hombre es su llamada y no su expediente, y que más vale morir curado de identidad, como Alonso Quijano el Bueno, habiendo vivido como un yo, que vivir archivado. Y no olvido, valenciano soy, que cuando el cura y el barbero expurgan la biblioteca y lo queman casi todo, Cervantes salva expresamente de la hoguera un libro, el Tirant lo Blanc de Joanot Martorell, la gran novela valenciana del siglo quince, elogiada allí como el mejor libro del mundo por su verdad carnal, porque en él los caballeros comen, duermen y mueren en sus camas. El canon español nace, en su página más famosa, haciendo justicia en romance vernáculo, apúntese esto para cuando hable de la polifonía.
X. Pagar la palabra trágico
Pero he dicho humanismo trágico, y ahora debo pagar la palabra trágico, porque ningún país europeo ha mirado la muerte tan de frente ni ha hecho de esa mirada una cultura entera. El Barroco español es la única gran cultura de Occidente organizada alrededor de la idea de desengaño, esto es, no la desesperación, que es su caricatura, sino el desengaño en sentido literal, la caída del velo, el despertar del sueño de las apariencias. Calderón escribió que vivir es soñar y que el mayor delito del hombre es haber nacido, y aquello no era nihilismo de salón, era una liturgia colectiva, representada en las plazas ante el pueblo entero, que salía del auto sacramental sabiendo que todo comparecer es préstamo. Y sin embargo, aquí está el quiebro genial, el que separa el desengaño español de todos los pesimismos, esa cultura de la vanidad de vanidades produjo el verso de amor más poderoso jamás escrito en lengua alguna. Quevedo, el más feroz de los desengañados, cierra su soneto sobre el amor más allá de la muerte imaginando su propio cuerpo deshecho, venas que fueron fuego, médulas que ardieron, y remata con «polvo serán, mas polvo enamorado». Léase despacio, porque ahí está la fórmula entera de mi humanismo trágico, escrita en el Madrid del seiscientos, es decir, la muerte gana la batalla de la sustancia, seremos polvo, la identidad se disuelve, no queda depósito, pero pierde la batalla del modo, el polvo quedará enamorado. Lo que se salva no es la cosa sino su inclinación, no el ser sino el estar, no el sustantivo sino el adjetivo, que es la cicatriz que deja un verbo. La esencia, otra vez, del lado del cómo. España es el país que descubrió que se puede perder todo menos la manera.
De ese suelo brota lo que considero la aportación española más original a la teoría universal del arte, y que no salió de ninguna universidad, salió de una conferencia de un poeta granadino sobre el cante. Cuando Federico García Lorca quiso explicar por qué ciertos artistas queman el aire y otros, más perfectos, dejan frío, distinguió tres potencias. La musa, que dicta desde fuera, es inteligencia, forma, academia. El ángel, que deslumbra desde arriba, es gracia, don, facilidad. Y el duende, que no baja ni dicta, sino que sube. Sube por dentro, desde las plantas de los pies, y solo acude si hay cuerpo herido y posibilidad de muerte, no repite jamás, pelea en el borde del pozo, y cuando llega, dijo Lorca, trae «sonidos negros». El duende es la palabra popular española, viene de «dueño de la casa», el señor oculto del hogar, para lo que yo llamo, con mi vocabulario más pesado, la comparecencia trágica encarnada, es decir, el arte como acontecimiento irrepetible de un cuerpo mortal que se juega entero, contra el arte como ejecución correcta de un modelo. España nombró hace siglos, en las tabernas y en los tablaos, lo que la fenomenología europea ha rodeado con andamiajes de conceptos. Y lo encarnó en una música, el cante jondo, cuyo material mismo es la herida, es decir, el melisma que retuerce una sola sílaba durante un minuto entero, el quejío que está antes de la palabra y después de ella, la voz rota como valor y no como defecto. Y en un gesto que me parece el emblema absoluto de mi tesis vocativa, la saeta. Piénsese qué es una saeta, esto es, una ciudad en silencio, un paso de Semana Santa avanzando a hombros, y de pronto, desde un balcón, una voz anónima que dispara, saeta significa flecha, un cante dirigido a la imagen que pasa. No es un concierto, pues nadie ha comprado entrada. No es liturgia oficial, pues la procesión se detiene, sorprendida. Es un puro acto vocativo, esto es, un cuerpo que no aguanta más y le canta a un Tú que pasa, y todo un pueblo que enmudece para que ese vocativo llegue. España inventó un género musical que consiste, literalmente, en una flecha de voz lanzada a una presencia. Cuando digo que la esencia de este país es vocativa, no hago teoría, simplemente describo la madrugada del Viernes Santo.
Queda, en este capítulo de la muerte mirada, el asunto que no voy a esquivar, porque esquivarlo sería impostura, los toros. No vengo a hacer su apología ni su condena, vengo a leerlos, porque un ensayo sobre la esencia de España que fingiera que no existen mentiría por omisión. La corrida es, guste o repugne, la única liturgia pública de Occidente en la que un hombre comparece ante la muerte real, con reglas, con traje de luces, ante testigos, por la tarde. Lorca dijo que era la fiesta más culta del mundo, y el duende de su teoría nace ahí, en ese borde. Y a la vez, media España la impugna con razones morales serias, y esa impugnación crece. Yo anoto las dos cosas y añado la tercera, que es la mía, a saber, que incluso la disputa sobre los toros es esencialmente española, porque es otra sala del país tribunal, otro pleito de España consigo misma sobre su propio modo de estar ante la muerte. Lo que no cabe es despacharla como folclore, pues ahí, en esa arena, con su crueldad y su liturgia, este país lleva siglos escenificando su pregunta más honda, la de qué hace un cuerpo mortal frente a lo que lo va a matar. Goya lo entendió, que grabó la tauromaquia entera, y Goya es la última palabra de este capítulo, porque nadie ha pintado como él las dos caras del trágico español. De joven pintó la fiesta, esto es, las meriendas, los bailes, los cometas, la España que Sorolla heredaría. De viejo, sordo y desengañado, pintó las paredes de su casa con las pinturas negras, el aquelarre, Saturno devorando, es decir, el reverso. Y entre ambas edades pintó el cuadro que yo pondría en el centro de todo este ensayo si hubiera que elegir una sola imagen, los fusilamientos del tres de mayo. Mírese bien, es de noche, la máquina de matar es un pelotón sin rostros, una geometría de espaldas y fusiles, y frente a ella, arrodillado sobre los muertos, un hombre de camisa blanca abre los brazos en cruz y comparece. No huye, no se encoge, sino que se presenta. Toda la luz del cuadro sale de esa camisa. Es la comparecencia encarnada ante la muerte segura, el vocativo final de un cuerpo, parece gritar un nombre, o el nombre de todos, frente al anonimato de la fuerza. Ahí está pintada, de una vez para siempre, la esencia trágica de lo español, no la victoria, que no la hay, sino la presencia, perder compareciendo, polvo, pero polvo enamorado.
Y como este país no soporta la solemnidad continua ni siquiera en la tragedia, engendró también su antídoto, que es la otra mitad del mismo órgano, es decir la risa negra. La línea que va de los caprichos de Goya a las tertulias del café por el callejón del Gato, donde Valle-Inclán inventó el esperpento, mirar la tragedia nacional en los espejos cóncavos, deformarla para decirla, y de ahí al cine de Berlanga y Azcona, es una sola tradición, la de un pueblo que se ríe de su muerte para poder mirarla, y que ha hecho del humor fúnebre una forma de lucidez. El verdugo de Berlanga, ese pobre hombre arrastrado hacia el garrote que él mismo debe accionar, más desmayado que su condenado, es Goya en blanco y negro, y es una de las cimas morales del cine europeo. La esencia española incluye esa carcajada al borde de la fosa, que no es cinismo, sino que es la forma que toma aquí la piedad cuando no quiere mentir.
XI. Vengo de la música y hacia la música voy
Vengo de la música y hacia la música voy, porque si la esencia es un melos (μέλος), en ninguna parte comparecerá tan desnuda como en el canto. Y el canto español más hondo no tiene autor. Se llama romancero, ese océano de romances octosílabos que durante siglos compuso, olvidó, rehízo y transmitió el anonimato, de madre a hija, de ciego a plaza, de frontera a frontera. He defendido en otro lugar que la forma matriz de toda música es la nana, la canción de cuna, porque en ella el canto muestra su verdad primera, que no es una obra que se firma sino una voz que se dona. Nadie sabe quién compuso las nanas con que fue dormido, y esa inmortalidad anónima, sobrevivir en las bocas y no en los archivos, es la única gloria sin vitrina que conozco. El romancero es la nana histórica de España, su memoria cantada, sin autor y sin propietario. Y ahora, el hecho que considero la prueba experimental de todo este ensayo, la más terrible y la más hermosa. En 1492 España expulsó a los judíos. Familias enteras que llevaban siglos en Toledo, en Sevilla, en Gerona, salieron con lo que cabía en un fardo hacia Estambul, Salónica, Tetuán, Esmirna. Y durante los quinientos años siguientes, esas familias siguieron hablando español, el judeoespañol, el ladino, y siguieron cantando los romances. Los mismos romances viejos de la Castilla que los echó, bodas y torres, reinas y cautivos. Cuando a comienzos del siglo veinte Menéndez Pidal y los suyos salieron a buscar el romancero vivo, lo encontraron floreciente en los Balcanes y en Marruecos, en bocas sefardíes, mejor conservado a veces que en la propia península. Deténgase quien lea. La esencia de España sobrevivió cinco siglos fuera de España, en la memoria musical de los que España expulsó. Si la esencia fuera territorio, se habría quedado en el territorio. Si fuera sangre y religión, los expulsados por sangre y religión no serían sus custodios. La esencia viajó como canto, porque es canto, es decir, un modo de decir, de medir el verso, de cadenciar la pena, tan hondo que ni el decreto de expulsión pudo confiscarlo. Las llaves de las casas de Sefarad, que algunas familias guardaron generación tras generación, abren esta cerradura, pues la patria verdadera de esas llaves no era una puerta, era un romance. Y España, que hizo aquello, tiene desde entonces su esencia en parte fuera de sí, en diáspora, es decir, es un país cuya melodía completa solo suena sumando las voces de los que echó. Toda mi tesis está ahí, que la esencia como melos (μέλος) y no como sustancia, demostrada por el experimento más cruel de nuestra historia.
Dentro de la península, mientras tanto, el siglo de los místicos fue también el siglo de la polifonía, y de ella tomo la imagen política central de este ensayo. Tomás Luis de Victoria, el abulense, paisano y contemporáneo de Teresa, escribió la música sacra más incandescente del Renacimiento europeo, su oficio de tinieblas, su réquiem. Y la escribió en la técnica que entonces era el idioma común, el contrapunto, varias voces simultáneas, cada una con su línea propia, ninguna reducible a acompañamiento de otra, todas obligadas entre sí. Óigase bien lo que es un motete, no es un unísono, donde todos cantan la misma nota y la diferencia se ha suprimido. No es una suma de monodias, donde cada voz canta sola en su cuarto y no hay obra común. Es otra cosa, una tercera cosa, a saber, voces distintas que se sostienen mutuamente, que se cruzan, se rozan, se disuenan y se resuelven, y cuya unidad no está debajo, como un suelo, sino entre, como un aire. Pues esa es exactamente mi respuesta a la pregunta política sobre la esencia de España, la que envenena cada década de su vida pública. El centralismo sueña España como unísono, una lengua, una norma, una voz, y llama desafinar a diferir. Los separatismos sueñan monodias, cada voz en su cuarto, la partitura común rota, y llaman libertad a la sordera mutua. Pero aquí hace falta la precisión del músico, porque ni el unísono ni la monodia son pobreza. El unísono es una de las experiencias más sobrecogedoras que puede darse en música, cien voces que podrían divergir y eligen, por un instante, coincidir. Su gloria está hecha de la libertad que suspende, y por eso estremece, porque se oye en él, retenida, la potencia entera de la diferencia. Y la monodia es la forma del gregoriano, del cante jondo, de la nana, una sola voz que se basta porque un silencio la acoge, porque hay una sala, unos otros, ante quienes ese solo comparece. Hasta la monodia bizantina canta sobre un ison (ἴσον), y donde el bordón calla, lo que sigue sosteniendo a la voz es el ison (ἴσον) inaudible de la escucha ajena. Lo que el centralismo y los separatismos producen no son, en realidad, estas formas venerables, son sus falsificaciones. El unísono impuesto no es unísono sino uniformidad, que es su cadáver acústico, es decir, donde las voces han perdido la potencia de diferir, lo que suena ya no es coincidencia sino monólogo amplificado, una voz sola con ecos obligatorios. Y la monodia amurallada no es monodia sino canto sin sala, es decir, la voz que se ha vuelto inaudible para las demás no es una voz sola, es una voz muerta, porque hasta el más desnudo de los solos presupone el espacio común de la escucha en el que comparece. Centralismo y separatismo no eligen, en realidad, formas musicales distintas, sino que coinciden en destruir la condición de toda forma, que es la audición mutua. Y con ella destruyen precisamente aquello que hace de España un caso extraordinario entre las naciones, que su esencia es contrapuntística, o mejor, polimelódica, o no es.
España es, dato bruto, anterior a toda opinión, una trenza de lenguas pues el castellano, sí, océano de cuatrocientos millones, y el catalán y valenciano en que escribió Ausiàs March la primera gran poesía postrovadoresca de Europa y Martorell su Tirant, y en que Estellés cantó la ternura cívica de mi Valencia, y el gallego en que Rosalía dijo la sombra negra de la ausencia y fundó, con la saudade, todo un modo atlántico de la Inclinación, y el vasco, esa lengua sin parientes, anterior a los indoeuropeos, la voz más vieja de la península, que mantiene viva la maravilla del bertsolarismo, es decir, poetas que improvisan cantando, en verso medido, ante miles de personas, sin papel, la prueba viviente de que el arte más antiguo de esta tierra es canción improvisada, acontecimiento puro, mousikē (μουσική) sin objeto. Quien quiera la esencia de España que escuche a Victoria. Ni la nota única del cuartel ni los solos incomunicados, sino la dificultad gloriosa de la polifonía, que exige lo más raro que hay, oírse mientras se canta. Y añado la advertencia trágica, que la polifonía es frágil, se cae hacia el unísono por miedo y hacia la monodia por despecho, y la historia de España es en buena parte la historia de esas dos caídas. Sostener el la harmonía (ἁρμονία), esa es la tarea. En mi vocabulario tengo un nombre para esa virtud, el ars sustinendi, el arte de sostener, y en el piano, mantener viva una nota larga que tiende a morir, sostenerla con el peso y no con el golpe, en un país, mantener vivas las voces que tienden a callarse o a irse, sostenerlas con el peso de la atención y no con el golpe de la ley.
Y ya que estoy en la música, digo rápido, como quien enseña su casa, el resto del tesoro, a saber, la vihuela renacentista y su nieta la guitarra, el único instrumento que España dio al mundo entero y que es, no por azar, un instrumento que se abraza, se toca contra el pecho, como se acuna, Cabezón el ciego y Salinas el ciego, organista uno, teórico el otro, a quien Fray Luis de León dedicó la oda suprema de nuestra lengua sobre el poder de «la música extremada», ese aire que se serena cuando suena la sabiduría de una mano, Domenico Scarlatti, napolitano que vivió media vida en Madrid y cuyas quinientas sonatas están llenas de rasgueos, de bordones de guitarra, de pregones, el primer gran caso de la esencia española comparecida en un extranjero, que anoto para luego, el Padre Soler en El Escorial, y luego el gran renacimiento, Albéniz inventando en Iberia un pianismo de deslumbramiento y añoranza, Granados y sus goyescas, Falla, que en las noches en los jardines de España y en el retablo de maese Pedro (¡el Quijote otra vez, hecho ópera de títeres!) logró la cuadratura, es decir rigor constructivo europeo y duende, forma y sonidos negros, y alrededor de ellos, para que nadie crea que esta casa tuvo tres cuartos y un desván, la constelación que las historiografías del progreso han ido empujando a los márgenes y que yo repongo aquí en su sitio, esto es, Turina, el sevillano que fue a la Schola Cantorum a aprender de d’Indy el rigor de las formas cíclicas, fue en un café de París, una noche de 1907, donde Albéniz les hizo prometer, a él y a Falla, que escribirían música española con vistas a Europa, tres españoles jurando España en un café extranjero, que no es idolatría de la distancia sino su único uso legítimo, el rodeo del que vuelve, y que regresó con esas formas llenas de Sevilla, esto es, la oración del torero, escrita para cuarteto de laúdes, otra vez la familia de la vihuela, un hombre de rodillas en la capilla de la plaza mientras afuera brama la multitud, el recogimiento previo a toda comparecencia, la voz baja antes del ruedo, Guridi, el vasco de Vitoria, organista, tercer organista de esta casa, tras Cabezón y Soler, pues este país también reza con fuelles, que recogió las viejas canciones de su tierra, las diez melodías vascas, y las sentó a la mesa común de la orquesta sin quitarles el euskera de la boca, refutación viviente, y sin polémica, de las dos falsificaciones que dije antes, porque su voz no necesitó ni el unísono obligatorio ni el cuarto insonorizado, cantó en vasco dentro de la sala común, y la sala fue más sala, Julio Gómez, el madrileño que no fue a París, que se quedó, ganó unas oposiciones de archivero y pasó media vida custodiando partituras ajenas en bibliotecas del Estado mientras escribía las propias, la Suite en La, tan luminosa, convencido de que la continuidad también es una obra, el tribunal del después lo condenó a nota a pie de página por el delito de no romper con nada, pero este ensayo no reconoce ese tribunal, pues sostener también es componer, y su biografía entera es un ars sustinendi con nombre de funcionario, Esplá, el alicantino de la otra orilla de mi Levante, que se labró una escala propia, la que llaman escala levantina, como quien se forja una llave para su propia casa, y que escribió don Quijote velando las armas, otra vez el hidalgo, ahora en su vela nocturna, que es exactamente lo que hace la música española con la esencia de España, velarla, en los dos sentidos de la palabra, esto es, pasarle la noche despierta al lado, y Conrado del Campo, que tocaba la viola en un cuarteto y enseñó composición a medio siglo de españoles, con sus cuartetos de cuerda que son sobremesas de cuatro voces, la conversación, otra vez, elevada a forma, Mompou y su música callada, ya dicha, Rodrigo, el ciego de Sagunto, tercera ceguera, pues este país oye, cuyo adagio de Aranjuez es quizá la saeta orquestal de la música moderna, una melodía que es pura elegía dirigida, vocativo puro, y Pau Casals, el violonchelista de El Vendrell, que eligió el exilio en 1939 y durante décadas terminó cada concierto, en cualquier ciudad del mundo, tocando una canción de cuna catalana, el cant dels ocells, el canto de los pájaros, un desterrado diciendo su patria con una nana. Otra vez, siempre, lo mismo, esto es, la esencia de España, cuando la historia la expulsa, se refugia en una canción y desde allí resiste. Y no callaré el rhythmós (ῥυθμός), porque hasta en esto la lengua confiesa, pues el baile nacional español se llama pasodoble, paso doble, y es, únicamente entre todos los ritmos nacionales de Europa, el nombre de una manera de andar. He escrito en otro ensayo que los analogados corporales del ritmo son el latido, la respiración, la danza y la zancada. Bien, pues España bautizó su ritmo con la zancada misma. Este país se piensa caminando, el paseo de cada tarde, esa institución sin estatutos por la que pueblos y ciudades enteras salen a andar para verse y ser vistos, sin otro fin que la comparecencia mutua, y en escala de siglos, el Camino de Santiago, el gran bajo continuo de Europa, esa línea de zancadas que durante mil años ha cruzado el norte peninsular hacia Finisterre, el fin de la tierra, y que convierte la fe, la duda o la simple sed de sentido en una cosa que se hace con los pies. El rhythmós (ῥυθμός) español es andante. Su tempo esencial no es el allegro del mercado ni el largo de la melancolía, es el paso del que camina acompañado y llega a tiempo, porque aquí llegar tarde a la mesa es el único pecado sin perdón.
XII. La mesa, el paseo, el telar
He mencionado la mesa y el paseo, y con ellos entro en la celda del telar donde España me parece sencillamente insuperable, esto es, la harmonía (ἁρμονία), la manera de estar juntos, que este país ha cristalizado en un repertorio de instituciones cuyo único contenido es la comparecencia misma. Las llamo instituciones comparecientes, y pido que no se oiga folclore donde señalo gramática profunda. La primera es de mi tierra y la considero una de las maravillas jurídicas del planeta, a saber, el Tribunal de las Aguas de Valencia. Cada jueves, a mediodía, desde hace en torno a mil años, es probablemente la institución de justicia en funcionamiento más antigua de Europa, ocho labradores vestidos de negro se sientan en sillones a la puerta de la catedral, en plena calle, y juzgan los pleitos del riego de la huerta. Todo es oral, la denuncia, la defensa, la sentencia. No hay abogados, no hay papeles, no hay actas, pues el tribunal no deja documentos. Y sus sentencias, inapelables, se acatan, y llevan un milenio acatándose. Medítese lo que eso es desde mi ontología, una justicia que existe únicamente como acontecimiento, que comparece cada jueves y no deja objeto, una institución en régimen de mousikē (μουσική) pura, así llamo, recuperando la palabra griega, a las artes del acontecimiento, las que no producen cosa sino suceso, como lo son la música, el teatro, la danza, frente a las artes del objeto, la tekhné, esto es, la escultura, la arquitectura. El Tribunal de las Aguas es justicia en régimen de música, hay que estar allí, lo que no comparece no existe, y precisamente por eso, por no tener archivo que corromper ni letra que retorcer, ha durado más que todos los imperios que lo rodearon. Es mi emblema de lo que España sabe hacer mejor que nadie, esto es, instituir la presencia.
Y alrededor de ese emblema, la constelación entera de las formas españolas del estar juntos, que enumero con el amor de quien las ha echado de menos en muchos inviernos extranjeros. La plaza mayor, la invención urbanística española por excelencia, el vacío central edificado, la habitación al aire libre cuyo único programa es que la gente comparezca. Una plaza mayor no sirve para nada, y por eso sirve para todo. La tertulia, la conversación como arte sin obra, la liga de amigos que se reúne a la misma hora a no producir nada, a pensar en voz alta y en compañía, la forma española del seminario, muy superior al seminario. La barra del bar, ese ágora de zinc donde el desconocido está a un codo de distancia y donde el camarero ejerce de maestro de ceremonias de la comparecencia general. El mercado de abastos, donde la comida todavía se compra hablando y las cosas tienen quien las nombre. La siesta, sobre la que he escrito largamente, esto es, la interrupción meridiana, el no del cuerpo al imperio del rendimiento, la metafísica encarnada de que el día no es una cinta transportadora. Y la reina de todas ellas, la sobremesa. Que el español tenga una palabra intraducible para el tiempo que se permanece en la mesa después de haber terminado de comer lo dice todo. La sobremesa es la comida ya sin función, la mesa sostenida más allá de su motivo, el puro estar juntos cuando ya no hay excusa. Es, en mi vocabulario, el ars sustinendi hecho costumbre nacional, la nota larga de la convivencia, mantenida con peso y no con golpe, contra toda utilidad. Un país que considera de mala educación levantarse de la mesa al acabar ha entendido algo acerca del ser que las civilizaciones de la productividad han olvidado, a saber, que la presencia no es un medio.
Y luego está la fiesta, que en España no es un adorno del calendario sino su columna vertebral, y de la que elijo tres formas porque las tres son teoremas. La primera es la mía, la de Valencia, las Fallas. Durante un año entero, talleres de artistas construyen monumentos enormes, prodigios de téchnē (τέχνη), escultura efímera de una perfección técnica asombrosa. Y en la noche del diecinueve de marzo, se les prende fuego. Todo. Arde el trabajo de un año en una hora, la ciudad entera alrededor, llorando y celebrando a la vez. Los forasteros no lo entienden y preguntan por qué no se conservan. La respuesta es la lección ontológica más profunda que mi ciudad me ha dado, y está en el centro de mi filosofía de la música, porque hay un arte superior a la conservación, que es la comparecencia, porque la falla no está hecha para el museo sino para la noche de su cremación, porque quemarla es transformar el objeto en acontecimiento, la téchnē (τέχνη) en mousikē (μουσική), la cosa en suceso irrepetible. Valencia practica cada año, a escala de ciudad, la verdad trágica de mi propia ontología, que lo que comparece de verdad no puede quedarse, y que hay una forma de amor a las cosas que consiste en dejarlas arder en su hora en vez de embalsamarlas. La segunda forma es la Semana Santa andaluza y castellana, los pasos, esas esculturas barrocas magníficas que once meses al año son objetos de museo dentro de sus iglesias, y que en su semana salen a la calle a hombros de costaleros, se mecen, andan, les canta la saeta el vecino del balcón, la escultura puesta a caminar, la téchnē (τέχνη) en procesión convertida en mousikē (μουσική), el objeto devuelto al acontecimiento. Y la tercera son los castells catalanes, torres humanas de seis, ocho, diez pisos, construidas solo con cuerpos, con la gente más fuerte abajo haciendo piña y un niño, la enxaneta, coronando arriba y alzando la mano. Un castell es la harmonía (ἁρμονία) hecha visible, arquitectura sin más material que la confianza mutua, un edificio que existe únicamente mientras todos se sostienen, y que enseña, mejor que ningún tratado político, lo que vengo diciendo del motete, que hay unidades cuya sustancia entera es el sostenerse entre. Fallas, pasos, castells, tres pueblos distintos de España diciendo con fuego, con hombros y con cuerpos la misma frase de mi ontología, que el ser es comparecencia, la comparecencia es efímera, y lo efímero, bien amado, no es lo contrario de lo eterno sino su único rostro visible.
XIII. La sombra
Y ahora la sombra, porque prometí un humanismo trágico y no un folleto turístico, y porque una esencia sin su herida es una mentira decorativa. La sombra española tiene varios nombres y los diré todos. El primero es la envidia. Unamuno la llamó la gangrena del alma española, y el diagnóstico, viniendo de quien venía, un envidioso magnífico que se sabía tal, tiene valor clínico. La envidia es, en mis términos, la patología de la comparecencia, es decir, el dolor ante el comparecer logrado del otro, el ojo que no soporta que otro cante. En un país cuyo genio es precisamente la comparecencia, donde todo se juega en presencia, en la plaza, en el ruedo, en el tablao, la enfermedad propia es la que ataca justo ahí, es decir, el cainismo, la vieja historia del hermano que mata al hermano porque su ofrenda fue aceptada. Machado, el más piadoso de nuestros poetas, lo dejó en la advertencia que todo niño español aprende con un escalofrío, la de que una de las dos Españas «ha de helarte el corazón». Las dos Españas, la fórmula misma confiesa que la fractura no es entre España y sus enemigos sino dentro, hermano contra hermano, la polifonía caída en duelo de monodias.
El segundo nombre de la sombra es la expulsión, y aquí el patrón es tan claro que asusta, pues tres veces en su historia moderna España se ha amputado a sí misma. En 1492, los judíos, y ya conté cómo se llevaron el romancero. En 1609, los moriscos, trescientas mil personas, campesinos de mi huerta valenciana muchos de ellos, cristianos nuevos de tres generaciones, embarcados a la fuerza hacia un Magreb donde eran extranjeros, dejando los campos que sabían regar como nadie, las acequias que aún usamos las trazaron ellos, y dejando en la lengua su rastro doméstico. Y en 1939, el exilio republicano, medio millón de personas por los pasos de los Pirineos, y entre ellas, casi entera, la inteligencia del país. Zambrano, que tardaría cuarenta y cinco años en volver, Falla, que murió en Argentina, Casals con su violonchelo, Juan Ramón, Cernuda, Max Aub, y Antonio Machado, que cruzó a pie la frontera con su madre del brazo y murió a las tres semanas en Colliure, y en cuyo bolsillo del gabán encontraron un último verso suelto, una línea sobre los días azules y el sol de su infancia. El poeta de Castilla murió mirando hacia atrás, hacia la luz primera, desde el otro lado de la raya. Tres amputaciones, tres siglos distintos, la misma cirugía, y de ahí extraigo el teorema más doloroso de este ensayo, que la esencia de España incluye su exterior. Este país tiene parte de su sustancia en la diáspora, su melodía completa incluye las voces que echó, y por eso toda definición de lo español que se haga solo desde dentro y solo con los que quedaron es, además de cruel, falsa, le faltan compases. María Zambrano, que lo pensó desde la carne, llegó a decir que el exilio es una manera de ser español, quizá la más reveladora. Yo digo con mi vocabulario que España es un país en voz media también en esto, que se está siendo dentro y fuera de sí, y que su tarea pendiente, siempre, es la reintegración de sus voces expulsadas al motete.
El tercer nombre de la sombra es el más instructivo filosóficamente, porque es la refutación histórica, escrita con sangre, de la esencia como sustancia, la limpieza de sangre. Durante siglos, los estatutos de limpieza exigieron, para cátedras, órdenes y honores, probar que no se descendía de judíos ni de moros, es decir, la esencia española definida como pureza biológica heredada, el ser sin el estar, la identidad convertida en tribunal permanente con archivo, delación y hoguera. La Inquisición fue eso, la máquina de la esencia sustancia, la burocracia del ser puro, el país tribunal degenerado de examen de conciencia en aparato de pureza. Y obsérvese la ironía atroz, que aquella máquina persiguió precisamente a los que más intensamente estaban siendo españoles, a los conversos que escribieron media literatura del Siglo de Oro, y no es hipótesis menor que Fernando de Rojas, y quizá la sombra que ronda a Teresa (nieta de judaizante penitenciado, eso es documental), y tantos otros, crearan desde esa herida. La lección me parece definitiva y la subrayo porque es el corazón político de este ensayo, que cada vez que España ha definido su esencia como sustancia, sangre, credo obligatorio, uniformidad, se ha mutilado y se ha empobrecido. Cada vez que la ha vivido como modo de estar, lengua compartida, mesa, plaza, canto, se ha ensanchado y ha dado sus frutos mayores. La esencia identidad mata, mientras que la esencia melos (μέλος) hospeda. No es una preferencia mía, es el resultado experimental de cinco siglos.
Y la sombra culminó donde tenía que culminar, en la guerra civil, que fue el país tribunal convertido en pelotón de fusilamiento, el pleito de España consigo misma perdidas todas las formas, perdida la tertulia, perdida la sobremesa, perdida la polifonía, y reducido a la monodia de cada bando y al unísono de cada retaguardia. No voy a resumir aquí esa catástrofe, voy a señalar solo su documento esencial, porque pertenece a este ensayo, el Guernica. Picasso, malagueño en París, pintó el bombardeo de la villa vasca en un grito organizado, el caballo, el toro otra vez, la madre con el niño, la bombilla como un ojo, y luego hizo con el cuadro algo que es pura doctrina de la comparecencia, es decir, prohibió que viajara a España mientras no hubiera libertades públicas. El cuadro estuvo décadas en Nueva York, exiliado como Casals, como Zambrano, y solo compareció en Madrid en 1981, cuando el país pudo comparecer como libre. Una pintura que se niega a estar donde su pueblo no puede estar, la téchnē (τέχνη) aprendiendo del exilio la lección de la mousikē (μουσική). Su regreso fue, quizá, el verdadero acto fundacional de la España constitucional, no un texto, sino una comparecencia.
Queda la sombra última, la más sutil, la de ahora mismo, el desnombramiento. He observado, y quien viva en España lo sabe, que este es hoy un país con dificultades para decir su propio nombre. La palabra «España», manoseada por cuarenta años de dictadura y disputada después por todos los bandos, produce en muchos un pudor, una incomodidad, un rodeo. se dice «este país», se dice «el Estado», se cede la bandera al balcón del adversario. Tengo un concepto para esto, que nació en otra parte de mi obra, esto es, desnombrar, la extraña ascesis por la cual, al nombrar la propia casa, uno se siente más extranjero en ella, y prefiere callar el nombre para no gastarlo o para no mancharse. El desnombramiento español puede leerse de dos maneras, y creo que las dos son verdad a la vez, trágicamente, esto es, como herida, un país al que le robaron el nombre y aún no ha terminado de recuperarlo, y como ascesis involuntaria, una desconfianza sana hacia el nominativo, hacia la esencia bandera, aprendida a golpes. Mi propuesta, que guardo para el final del ensayo, será cambiar el caso gramatical, es decir, no renunciar al nombre, sino decirlo en otro caso.
XIV. La acusación pendiente
Queda por saldar la acusación, repetida durante dos siglos dentro y fuera, de que España carece de filosofía. La respuesta corta es que la acusación confunde la filosofía con uno solo de sus formatos, el sistema académico alemán, y mide con esa vara única. La respuesta larga es este capítulo, y empieza por conceder lo que hay que conceder, o sea, que no, España no produjo un Kant ni un Hegel, no levantó catedrales de conceptos en primera persona del singular trascendental. Produjo otra cosa, y sostengo que esa otra cosa no es un déficit sino una fidelidad, esto es, la fidelidad de un pensamiento a la forma de ser de su objeto. Si, como vengo argumentando, la realidad es comparecencia encarnada y no sistema de objetos, entonces el pensamiento que le es fiel tenderá a formas comparecientes, como son, por ejemplo, la carta, el itinerario, el ejercicio, el aforismo, el ensayo, la novela, el refrán, la copla. Gustavo Bueno, mi querido adversario doméstico, el filósofo español con quien más he peleado y de quien también más he aprendido peleando, acuñó para esto una categoría que le agradezco. El pensamiento español es, dijo, pensamiento público, pensamiento en obras, embebido en materiales que no llevan el rótulo de filosofía. Hay que saber extraerlo de las obras como el minero extrae el metal de la veta. Acepto la categoría y la radicalizo con mi vocabulario, diciendo que la filosofía española es filosofía en forma vocativa. No escribe sobre el mundo en tercera persona, sino que le habla a alguien. La mística habla a un Tú divino, el Quijote habla al lector en cada prólogo, el refranero habla al hijo y al vecino, Unamuno no escribió tratados sino agonías dirigidas, cartas de un yo desgarrado a otros yos, Ortega inventó para España el formato del artículo de periódico elevado a metafísica, filosofía comparecida cada semana ante el público, y hasta su tesis más célebre está construida como un drama de salvación mutua, el yo soy yo y mi circunstancia, todos citan hasta ahí, y si no la salvo a ella no me salvo yo, casi nadie sigue, es decir, el yo y su mundo obligados entre sí como las voces de un motete. La forma española del pensar es el pensar ante y el pensar a, exactamente lo que cabría esperar de la esencia que vengo describiendo.
Pero es que además la nómina, cuando se la mira sin el prejuicio del formato, es sencillamente formidable, y la recorro como quien enseña una galería de familia. Séneca ya abrió este ensayo, el estoicismo como temple hispano, Ganivet llegó a decir que si hay una filosofía española espontánea, es senequismo puro, es decir, aguantar, no depender, morir de pie. Isidoro de Sevilla compiló en sus Etimologías la primera enciclopedia de Europa, y nótese qué forma le dio, un diccionario de orígenes de palabras, el saber entero organizado como genealogía del nombrar. Toda mi convicción de que la etimología es un acceso ontológico y no una curiosidad filológica tiene un patrón sevillano del siglo séptimo. Córdoba dio a Averroes y Maimónides, por cuyos comentarios pasó el Aristóteles que Europa estudió. Ramon Llull inventó en catalán, primera filosofía europea en lengua vulgar, un arte combinatoria de conceptos que fascinó a Leibniz. Y en Valencia nació el pensador que reclamo como un antepasado directo y cuya modernidad sigue sin ser digerida, Juan Luis Vives. Hijo de judíos conversos, su padre fue quemado por la Inquisición, su madre exhumada y quemada en estatua y la sombra del capítulo anterior pasa por en medio de su biografía, exiliado de por vida en Brujas, amigo de Erasmo y de Moro, Vives escribió sobre el alma la frase que yo pondría en el frontispicio de toda la psicología moderna, a saber, que no importa qué sea el alma, sino cómo es y cuáles son sus operaciones. Léase bien, en 1538, un valenciano desplazó la pregunta por el alma del ser al estar, de la esencia sustancia al modo de operar, cuatro siglos antes de que la fenomenología hiciera profesión de lo mismo. El primer antiesencialista metódico de Europa fue un exiliado valenciano que había visto lo que la esencia sustancia hacía con las familias. No conozco confirmación biográfica más estremecedora de la tesis de este ensayo. Sigo, con la escuela de Salamanca, Vitoria, Soto, Cano, fundando el derecho de gentes y de paso la teoría económica del valor, y Francisco Suárez, cuyas Disputaciones Metafísicas se convirtieron en el manual de metafísica de las universidades protestantes alemanas durante más de un siglo, o sea, por sus páginas aprendieron los términos del oficio Leibniz y Wolff, y a través de ellos Kant. Es decir, ironía que Bueno gustaba de recordar y que yo llamo la madera española del pensamiento europeo, que la Alemania que luego miraría por encima del hombro a la filosofía española aprendió a decir «esencia» y «existencia» en libros de un jesuita granadino. Gracián destiló en aforismos la prudencia del comparecer en un mundo hostil, y Schopenhauer lo tradujo y lo veneró. Feijoo, desde su celda benedictina de Oviedo, hizo la Ilustración a la española, es decir, no un sistema de la razón sino un teatro crítico, ensayo a ensayo, contra supersticiones y milagrerías, pastoral y combativo. Jovellanos encarnó la melancolía del reformista entre dos Españas. El krausismo, otra rareza fecunda, pues España importó no a Hegel sino a un alemán menor, Krause, y con él hizo lo que Alemania no hizo, una pedagogía, floreció en la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos, que enseñaba paseando por el Guadarrama, con excursiones y conversación, es decir, la educación como comparecencia compartida, el aula disuelta en camino. Media Edad de Plata española salió de allí.
Y el siglo veinte, que es donde la acusación de indigencia se vuelve directamente insostenible. Unamuno, con el sentimiento trágico de la vida como filosofía primera, el hambre de inmortalidad contra la razón que la niega, y la negativa a resolver el conflicto, la agonía, la lucha, como morada permanente, humanismo trágico avant la lettre (lo digo una mezcla de jocosidad y orgullo), mi ascendiente confeso. Ortega, con la razón vital e histórica, la circunstancia, la vida como quehacer y como naufragio del que se sale nadando. D’Ors y la obra bien hecha. Zambrano, ya dicha, la razón poética. Y Xavier Zubiri, el donostiarra, el más técnico de todos, que construyó, esta vez sí, con todo el rigor sistemático que se nos negaba, una noología cuya tesis central es hermana carnal de la mía, a saber, que la inteligencia humana no es una facultad que piensa sobre datos que le pasan los sentidos, sino inteligencia sentiente, un solo acto en el que la realidad queda aprehendida en la carne como siendo «de suyo», desde sí misma, antes de todo concepto. El dualismo entero de sentir y pensar, que gobierna Occidente desde Grecia, desmontado en San Sebastián, es decir, la vindicación española de que el cuerpo ya entiende y de que la realidad comparece en la aprehensión misma. Después, Laín y su antropología de la espera y la esperanza, Marías, García Bacca, exiliado en Venezuela, traduciendo a los presocráticos y amando la música, y José Luis Aranguren, que puso en el centro de la ética una palabra española intraducible que me pertenece por derecho de ontología, el talante, el temple, la disposición afectiva desde la que se está en el mundo antes de elegir nada, lo que yo llamo, en mi telar, la Inclinación, bautizado en castellano castizo. Y Eugenio Trías, ya nombrado, el filósofo del límite, que coronó su obra con un gesto que me emociona como una profecía cumplida, pues sus dos últimos grandes libros fueron una filosofía de la música, un millar de páginas oyendo a los compositores como quien lee a los metafísicos, El canto de las sirenas. La tradición filosófica española, tras cinco siglos de rodeos, desemboca en su último gran sistemático exactamente donde mi ontología empieza, en la convicción de que la música no es un adorno del pensamiento sino su órgano. Y hoy, Josep Maria Esquirol pensando la resistencia íntima, la casa, el amparo, la penúltima bondad, una filosofía de la proximidad que es prima hermana de mi habitabilidad, y Joan-Carles Mèlich pensando la finitud y distinguiendo la gramática de la voz, lo instituido frente a lo que comparece, distinción que he adoptado y trabajado como propia. No, no hay páramo, hay otra cordillera, con otro perfil. España no carece de filosofía, carece de la superstición de que la filosofía tenga una sola forma. Su pensamiento se está siendo, como todo lo suyo, en las formas del estar, y quien solo sabe leer sistemas se lo pierde, como se pierde el flamenco quien exige partitura.
XV. Ganarse la palabra esencia
Puedo ya, con todos los materiales sobre la mesa, decir la esencia, pero quiero ganarme el final con la última pieza, la que responde a la tercera pregunta del encargo que me he hecho, a saber, qué es ser español. Porque una cosa es la esencia de España como país y de lo español como modo, y otra la pregunta en primera persona, qué hace español a alguien, qué me hace español a mí.
Descarto lo descartable con la autoridad de todo lo anterior. No es la sangre, pues la limpieza de sangre fue la traición de la esencia, no su guarda, y el romancero sefardí canta la refutación. No es el mero papel, pues hay pasaportes españoles en almas que jamás han comparecido a una sobremesa, y hay extranjeros que están siendo españoles con una hondura que avergüenza, Scarlatti madrileño, tantos hispanistas que han oído el país mejor que sus notarios, Gerald Brenan enterrado en el Cementerio Inglés de Málaga. Ni siquiera es, sola, la nacencia, pues nacer aquí da la partitura en la cuna, que no es poco, pero una partitura no sonada no es música. Y aquí está mi respuesta, que es coherente con todo el ensayo o no es nada, que ser español es ejecutar una partitura heredada que solo existe en sus ejecuciones. España pertenece al régimen de la mousikē (μουσική), no de la tekhné, es decir, no es un objeto que se posee sino un acontecimiento que se reactúa. Nadie compuso entera esa partitura, se fue haciendo como el romancero, por acumulación anónima de generaciones, nadie la tiene en propiedad, y no suena sola, sino que hay que prestarle el cuerpo. Se le presta el cuerpo hablando su lengua o sus lenguas, sentándose a sus mesas y quedándose después, saliendo a andar por la tarde, discutiendo en su tribunal interminable, cantándole a lo que pasa, sosteniendo a las otras voces del motete, ardiendo lo que haya que arder en su noche de marzo. Quien ejecuta la partitura está siendo español, lo diga o no su expediente. Quien la deja muda en el atril, no, lo grite como lo grite su bandera. Ser español es, exactamente, un modo de estar, y los modos de estar se aprenden, se ensayan, se contagian, se enseñan. Por eso esta esencia, a diferencia de la de sangre, es hospitalaria por estructura, pues siempre puede entrar una voz más al coro, si aprende a oírse mientras canta.
Y como toda partitura verdadera, esta se ejecuta siempre desde un atril concreto. El mío es Valencia, y no pediré perdón por el particularismo, porque otra de mis convicciones, el amor a lo concreto como única puerta de lo universal, me lo prohíbe, o sea, nadie ama España en general, se ama una luz, una esquina, unas campanas, y desde ahí, por ondas, lo demás. Mi España empieza en el olor del azahar en marzo, que es el perfume árabe de la palabra misma llenando la ciudad entera como una promesa, en las campanas del Micalet, que llevan seis siglos dando la voz a la ciudad, la campana, el instrumento que no interpreta nadie y congrega a todos, el vocativo de bronce de la comunidad, en las acequias moriscas de la huerta repartiendo todavía el agua que juzgan los ocho labradores del jueves, en el viejo cauce del Turia, aquel río que se llevó la ciudad por delante en el cincuenta y siete y al que Valencia respondió no con un muro sino con un jardín, pues desvió el agua y sembró la herida, y hoy la catástrofe es el paseo donde corren los niños, la habitabilidad se defiende habitando, y mi ciudad lo demostró convirtiendo su inundación en su pulmón. Y empieza también en un magisterio, pues me formó don Salvador Chuliá, y de su voz aprendí que la tradición no es un archivo sino una transmisión de boca a mano, un maestro compareciéndole a un alumno hasta que el alumno oye. España me llegó, como debe llegar todo lo vivo, en vocativo, llamándome por mi nombre en un aula. Luego me fui, como manda el guion nacional. Años de Nueva York, y allí comprobé en carne propia la ley que este ensayo ha encontrado ya dos veces en la historia, que la esencia se intensifica en la distancia. Fue en Manhattan donde supe hasta qué punto era español, se me notaba en la necesidad física de la sobremesa que allí nadie entendía, en el hambre de plaza en una ciudad de flujos, en que mi manera de tocar, me lo dijeron muchas veces, tenía una vehemencia y un cantar que venían de más atrás que yo. El emigrante descubre que su patria no era un lugar, era un modo de estar que lleva puesto, y que en el extranjero, sin decorado, se ve por fin desnudo. Y después la vida me regaló la prueba definitiva de que esta esencia es hospitalaria y no carcelaria, pues mis hijos son rumañoles, españoles y rumanos, y la palabra híbrida la digo con orgullo de acorde. En su cuna han sonado nanas en dos lenguas, y he comprobado, noche a noche, que no se estorban, que la esencia de España cabe en una canción de cuna precisamente porque una cuna admite todas las canciones que la amen. Rumanía y España, además, son las dos orillas extremas de la vieja Romania, el mundo que el latín sembró de romances, del Finisterre gallego al mar Negro, la misma madre lengua conjugada en hermanas. Mis hijos no están divididos entre dos esencias, están enriquecidos por dos ejecuciones de la misma música romance, y cuando los oigo pasar de una lengua a otra sin costura oigo, en pequeño, lo que este ensayo ha dicho en grande, que las esencias verdaderas no compiten, porque no son sustancias que ocupan sitio sino cantos que se trenzan.
XVI. Recoger los hilos
Recojo, pues, los hilos, y digo la esencia, ya sin miedo a la palabra porque ha quedado transformada. La esencia de España no es una sustancia, un espíritu racial, un destino ni un invento, es un melos (μέλος), una melodía reconocible del comparecer, y ahora puedo silbarla entera. Es un modo de estar hecho de dos luces, la que expone y la que baña, y de la austeridad atenta que ambas enseñan. Un modo de decir que partió el verbo ser en dos y guardó la voz media en un pronombre, y que llama a la esperanza con una oración árabe. Un modo de pensar que desconfía del sistema y confía en el camino, mística, ensayo, novela, refrán, copla, pensamiento en vocativo, dirigido siempre a alguien. Un modo de estar ante la muerte que ni la niega ni se le rinde, que le canta, jondo, que se le ríe, negro, que se le planta con la camisa blanca abierta, y que ha destilado la fórmula entera en cinco palabras, polvo serán, pero polvo enamorado. Un modo de estar juntos cuyo genio son las instituciones de la pura presencia, la plaza, la tertulia, la sobremesa sostenida como una nota larga, el tribunal que juzga de viva voz y no deja actas, la fiesta que prefiere arder a conservarse. Un modo de ser plural que solo acierta cuando es motete, ni unísono ni monodias, y que se ha herido cada vez que lo olvidó. Una esencia con el exilio dentro, incompleta sin las voces que expulsó, y por eso estructuralmente inacabada, como esa basílica de Barcelona que lleva siglo y medio creciendo y cuyo estado natural es la obra. Y una esencia en litigio consigo misma, país tribunal, que en sus horas altas se examina como Vitoria y en las bajas se purga como el Santo Oficio, y cuya salvación está siempre en la calidad de su propio juicio. Todo ello, no como inventario de rasgos, los rasgos cambian, han cambiado, cambiarán, sino como melodía, o sea, puede modularse a todos los tonos, orquestarse con instrumentos nuevos, y seguir siendo reconocible, como es reconocible un romance viejo en la voz de una niña de Salónica cuatrocientos años después.
Y por eso la esencia, así entendida, no está detrás sino delante. Este es el vuelco final, y es el que me importa. La esencia sustancia mira hacia atrás, busca el origen puro, el momento fundacional, la edad de oro que custodiar. Por eso acaba siempre en museo o en cuartel. La esencia melos (μέλος) mira hacia delante, una melodía solo existe volviéndose a cantar, y cada ejecución es a la vez fidelidad y riesgo, como sabe cualquier intérprete. La tradición no es lo que se conserva sino lo que se reincendia. La esencia de España es, por tanto, una tarea, o sea, la partitura está en el atril, magnífica y manchada, con pasajes gloriosos y compases atroces, y la pregunta esencial no es qué fue España, eso es asunto de peritos, sino cómo va a sonar mañana por la mañana, en qué versión, con qué voces, con cuánta escucha entre ellas. Se está siendo, y el gerundio es una responsabilidad.
Queda lo último, lo que prometí, el nombre. He dicho que España padece hoy un desnombramiento, un pudor del propio nombre, y he dicho que la salida no es renunciar a él ni blandirlo. Es cambiarle el caso. En nominativo, «España es…», el nombre se vuelve definición, y toda definición es un bando, esto es, quien la pronuncia está excluyendo. En genitivo, «España de…», la España de unos, la de otros, el nombre se vuelve propiedad, botín de la mitad que lo agarre. Pero hay otro caso, el primero de todos según mi ontología, el caso de la saeta y de la nana, el caso en que un nombre no afirma nada ni posee nada sino que llama y se entrega, el vocativo. Propongo, como conclusión entera de este ensayo, decir España en vocativo. No «España es esto», soberbia, no «mi España», codicia, sino «¡España!», como se llama a alguien que amamos y que puede perderse, con la mezcla exacta de alegría, miedo y ruego que ponemos en los nombres de los que aún no han vuelto a casa. Así la nombraron, si se les oye bien, los mejores, así la lloró Quevedo mirando sus muros, así la agonizó Unamuno, así la caminó Machado, así la cantó desde fuera Casals con su nana de pájaros, así la pinta cada Viernes Santo la voz que salta del balcón. El nombre de España dicho en vocativo no divide, porque no dice nada de nadie. Dicha en vocativo, más bien, convoca. El nombre así comparece él mismo, y pide comparecencia.
Yo lo digo así, y termino donde todo canto empieza y termina, que es en una cuna. Algunas noches, en la habitación de mis hijos, después de la nana rumana viene la española, o al revés, que el orden en los motetes no es jerarquía. Y al apagar la luz me sorprendo a veces con la palabra en los labios, la palabra que este ensayo ha tardado tantas páginas en ganarse y que la lengua de mi tierra guarda desde hace mil años como su modo más puro de esperar, esto es, que esa melodía que me fue dada, con sus dos luces y su tribunal y su duende y sus muertos y sus llaves perdidas y sus voces por volver, siga estándose siendo en ellos, más ancha y mejor cantada. Que España, llamada por su nombre, comparezca.
Ojalá.
Edición y cita
Cómo citar. Josu De Solaun, «Un modo de estar: en torno a la esencia de España, de lo español y de ser español», Melosías, 6 de agosto de 2026, enlace permanente.