La crisis de la alabanza

Por qué decir sin ironía que algo es maravilloso exige hoy más valor que muchas confesiones, cómo la sospecha pasó de herramienta a morada, por qué el elogio de los entendidos se ha vuelto retórica, política y cálculo, y por qué un mundo que nadie alaba no termina de aparecer.

I. Qué maravilla

Sucede casi cada noche de concierto, en ese cuarto pequeño y mal ventilado donde el intérprete recibe visitas mientras la camisa todavía está húmeda. Entra una mujer con los ojos brillantes, se nota que algo le ha ocurrido durante la música, uno de esos desplazamientos interiores que nadie elige, y cuando por fin habla dice qué maravilla, y en el mismo instante en que lo dice se asusta de haberlo dicho. Entonces empieza la retractación. Añade que ella no entiende, que lo dice desde la ignorancia, que seguramente los que saben tendrán sus reparos, y en menos de un minuto ha convertido su emoción en una disculpa. Ha pedido perdón por haber sido alcanzada. Detrás entra un hombre que se protege de otra manera, comparando, situando, midiendo la versión de esta noche contra tres grabaciones célebres, administrando su entusiasmo en dosis homeopáticas para que nadie pueda acusarlo de haberse entregado. Y junto a la puerta hay un niño que no dice nada y que mira con esa fijeza sin ironía que los adultos hemos perdido y que llamamos, con una condescendencia reveladora, inocencia.

La escena es minúscula y contiene una época. La alabanza se ha vuelto un gesto que ruboriza. Hoy se puede confesar en público casi cualquier cosa, adicciones, traiciones, miserias íntimas, y encontrar comprensión inmediata, pero decir sin ironía que algo nos parece sublime exige más valor que muchas confesiones, porque la cultura tardomoderna ha invertido la dirección de la desconfianza y sospecha más del que admira que de aquello que es admirado. El asombro ha dejado de contar como virtud intelectual y ha pasado a leerse como síntoma, casi como una ingenuidad clínica. Quien alaba queda expuesto a la pregunta que todo lo enfría, la pregunta por lo que hay detrás, y esa pregunta llega ya siempre antes que la cosa misma. En cualquier sobremesa el que desmonta parece más inteligente que el que se asombra, aunque desmontar sea casi siempre más fácil, porque la demolición no exige planos. El prestigio cultural se ha desplazado hacia quien relativiza, hacia quien revela mecanismos ocultos, hacia quien devuelve toda emoción a su supuesto sótano, y así la crítica ha dejado de ser un momento del conocimiento para convertirse en su forma exclusiva, en su uniforme, casi en su liturgia.

La lengua guardaba la escena entera mucho antes de que nadie la representara. La mujer dijo qué maravilla, y la palabra que eligió sin pensar viene del latín mirabilia, las cosas dignas de ser miradas, que procede a su vez del verbo mirari, asombrarse. Del mismo tronco salen admirari, de donde nuestro admirar, y miraculum, de donde nuestro milagro, y hasta el humilde mirar castellano, que en su origen quería decir contemplar con asombro y que el uso fue gastando hasta dejarlo en ver a secas. En dos palabras dichas de pasada aquella mujer pronunció la admiración, el milagro y la mirada, y después pidió perdón por las tres. Alabar viene de laudare, a través de una forma popular que añadió una vocal delante, y de laus, la alabanza latina, salieron también las laudes, la hora con que durante siglos se saludó la primera luz antes de que empezara el trabajo, de modo que una civilización entera dedicó el comienzo de cada día a alabar. Asombro, por su parte, viene de sombra. Asombrar quiso decir primero hacer sombra y después espantar, como se espanta una caballería cuando una sombra súbita le cruza el camino, y el castellano recuerda así que el asombro empieza como un sobresalto, una sombra que pasa sobre la seguridad de lo sabido, antes de convertirse en otra cosa más honda y más quieta.

Esta inversión no cayó del cielo. Tiene una genealogía larga, y hay que contarla despacio, porque los gestos que nos parecen espontáneos suelen ser el sedimento de siglos, y el encogimiento de hombros con que hoy recibimos lo admirable fue primero una idea, luego un método, más tarde una moral y finalmente un reflejo.

II. Un sobresalto en el origen

En el origen del pensamiento occidental no hay una duda. Hay un sobresalto. Los griegos lo llamaron thaumázein, y Platón hace decir a Sócrates, en el Teeteto, que la filosofía no tiene otro comienzo que ese asombro, y añade con una sonrisa mitológica que por eso Iris, la mensajera que une el cielo con la tierra, es hija de Taumante. Aristóteles abre la Metafísica con la misma convicción, los hombres comenzaron a filosofar movidos por la admiración, primero ante las cosas cercanas y extrañas, luego ante la luna, el sol, los astros, el origen del todo. Merece la pena detenerse en lo que esto significa, porque estamos tan acostumbrados a repetirlo que ya no oímos su escándalo. La primera actitud del pensamiento no consistió en preguntar dónde está el engaño. Consistió en preguntarse cómo puede existir algo tan maravilloso. El mundo compareció primero como don, y los problemas llegaron después, como llegan los inventarios después de las fiestas. La filosofía nació de rodillas, y solo mucho más tarde compró martillos.

Y aquel asombro no era la boquiabierta estupidez del turista. Era una pasión con inteligencia dentro, un desconcierto fértil que no se disolvía con la primera explicación, que crecía con el saber en lugar de extinguirse con él. El sabio griego no era el hombre al que ya nada sorprende. Era el hombre al que todo sigue sorprendiendo mejor, con más precisión, con más motivo. Esa es la diferencia entre el asombro y la mera perplejidad, que la perplejidad pide ser eliminada y el asombro pide ser habitado. Sobre esa habitación se levantó una civilización entera de templos, de teoremas y de tragedias, tres formas distintas de decirle al ser que su aparición no nos resulta indiferente.

III. La duda como higiene del espíritu

Con Descartes cambia la atmósfera. La admiración deja de ser fundamento y el fundamento pasa a ocuparlo la duda, no porque Descartes odiara el asombro, sino porque llegó a creer que la verdad solo podía alcanzarse tras demoler previamente todas las creencias, como quien desaloja una casa entera para comprobar cuáles de sus vigas aguantan. La sospecha se convierte en método, en procedimiento regulado, en higiene del espíritu. Todavía no es nihilismo, ni siquiera es hostilidad hacia el mundo, pero ya es otro clima, y los climas educan más que las doctrinas. Hay sin embargo un detalle que casi nadie recuerda y que tiene la forma exacta de una ironía de la providencia. El mismo hombre que enseñó a Europa a dudar de todo escribió, en su tratado sobre las pasiones del alma, que la admiración es la primera de todas las pasiones y la única que carece de contrario, porque nos sobreviene antes de que sepamos si aquello que nos asombra nos hará bien o mal, antes del cálculo, antes del sí y del no. El gran demoledor guardaba en el bolsillo, como quien esconde una reliquia de la casa derribada, la certeza de que el asombro es anterior al juicio. La modernidad heredó su duda y extravió su reliquia.

IV. Los maestros de la sospecha y su mitad olvidada

Lo que en Descartes era instrumento se convirtió, dos siglos después, en revelación. Paul Ricoeur llamó maestros de la sospecha a Marx, a Nietzsche y a Freud, y el nombre ha hecho fortuna porque describe con exactitud lo que los tres enseñaron, que no hay que creer lo que aparece. Detrás de toda realidad visible aguarda otra explicación que la desmiente. Detrás de la religión, economía. Detrás de la moral, voluntad de poder. Detrás de la conciencia, pulsiones. La operación es siempre la misma aunque cambie el sótano, y su efecto sobre la cultura fue inmenso, porque desplazó el lugar de la profundidad. Hasta entonces ser profundo significaba contemplar más hondo. Desde entonces significa levantar más alfombras. La profundidad cambió de oficio, abandonó la contemplación y se empleó en el desenmascaramiento, y comprender pasó a ser sinónimo de reducir, de modo que explicar una cosa equivalía a disolverla en otra más pequeña, más baja y preferiblemente más vergonzosa.

Y lo más incómodo es que los tres maestros tenían parte de razón, y quien quiera defender hoy la alabanza hará bien en empezar por reconocerlo sin regatear. Hay religiones que han consolado bolsillos ajenos, hay morales que son rencor organizado con horario de oficina, hay conciencias que son fachadas nobles de sótanos inconfesables. Los ídolos existen, y merecen martillo, y hay que decir en honor de aquellos herreros que sus golpes liberaron a prisioneros reales, que gracias a ellos ciertas mentiras solemnes ya no pueden pronunciarse sin ruborizarse. El error no estuvo en sospechar. Estuvo en ascender la sospecha de herramienta a morada, en convertir un gesto ocasional del espíritu en su domicilio permanente, porque una casa hecha enteramente de palancas no cobija a nadie, y quien vive en ella acaba haciendo palanca hasta con los abrazos.

Hay además una injusticia en el uso que la época ha hecho del propio Ricoeur, y deshacerla da fuerza a todo lo que sigue. El filósofo que bautizó a los maestros de la sospecha nunca propuso instalarse en ella. En el mismo libro donde los nombra, su gran ensayo sobre Freud, opone a la hermenéutica entendida como ejercicio de la sospecha otra hermenéutica entendida como recolección del sentido, una escucha que se deja decir algo por el símbolo antes de interrogarlo, y sostiene que el pensamiento moderno necesita las dos, la que derriba ídolos y la que vuelve a oír. Unos años antes, al final de su Simbólica del mal, había escrito que el símbolo da que pensar, y había llamado segunda ingenuidad a la confianza que regresa después de haber atravesado la crítica, una creencia que ya no es la del niño y que sin embargo vuelve a fiarse. De Ricoeur la época se quedó con la mitad que le resultaba cómoda y extravió la otra, exactamente como antes había heredado de Descartes la duda y había perdido la reliquia. Lo que aquí llamo alabanza se parece mucho a esa segunda ingenuidad, con una diferencia de acento que lo cambia casi todo. Para Ricoeur la escucha llega después de la sospecha, como una cura. Para mí llega antes, como un origen, y la sospecha solo tiene sentido como un paréntesis abierto dentro de ella.

V. El siglo que aprendió a desconfiar

El siglo veinte consumó esa mudanza. La sospecha dejó de ser un instrumento del que se echa mano cuando algo huele mal y se convirtió en una obligación moral, en un deber de estado, y hay que admitir que el siglo puso de su parte razones abrumadoras. Las multitudes habían aclamado a tiranos con lágrimas verdaderas en los ojos, la propaganda había coreografiado entusiasmos de millones, la solemnidad se había puesto al servicio de la carnicería, la publicidad fabricaba admiración en serie como se fabrican tornillos. Después de haber visto arder el mundo al grito de vivas unánimes, desconfiar del entusiasmo pareció la única forma decente de inteligencia, y en buena medida lo fue. Pero el remedio se administró sin dosis y sin fecha de caducidad. Hubo que desconfiar de las tradiciones, de los símbolos, de la religión, de la nación, del canon, de la belleza, de la autoridad, de la familia, del lenguaje y finalmente del propio sujeto, hasta que la lista de sospechosos terminó coincidiendo con el censo. Toda afirmación empezó a parecer ideología, todo entusiasmo propaganda, toda solemnidad kitsch, toda reverencia servilismo, y el hombre que se descubría admirando algo aprendió a mirar alrededor antes de decirlo, como quien va a cometer una falta.

Foucault representa quizá el momento culminante de este proceso, y su caso es instructivo precisamente porque no se le puede despachar. Descubrió mecanismos reales, sería necio negarlo, hay saberes que vigilan, clasificaciones que encierran, benevolencias que disciplinan, y después de leerlo ciertas instituciones ya no pueden mirarse con los ojos de antes. El problema no está en lo que vio sino en lo que su mirada volvió invisible. Cuando el poder se convierte en la explicación universal, el don se queda sin casilla en el cuadro, no hay categoría donde anotar lo que se da sin cobrar, y la admiración, que es la respuesta natural al don, pasa a leerse como síntoma de sumisión, como el suspiro del dominado que ha interiorizado su cadena. En ese esquema, arrodillarse ante algo grande y agachar la cabeza ante un capataz son el mismo gesto, y una cultura que no distingue entre esos dos movimientos del cuerpo ha perdido algo más que un matiz. Ha perdido un órgano.

Bourdieu hizo con el gusto una operación análoga y de una eficacia temible. Cuando alguien confiesa que Bach lo conmueve, la sociología le responde, con paciencia de funcionario que ya ha visto pasar a muchos como él, que esa emoción es el uniforme sonoro de su clase, la manera en que su posición social se celebra a sí misma creyéndose experiencia íntima. La explicación no es del todo falsa, y ahí reside su poder, porque los gustos tienen efectivamente biografía, escuela y barrio. Pero la operación no se limita a añadir un dato. Sustituye la experiencia por su expediente. La emoción queda suspendida en el aire, sin derecho a tocar suelo, esperando un veredicto que nunca llega, y lo más cruel es que la sospecha, una vez oída, se instala en el oído mismo. Quien ha leído esa página ya no escucha la cantata, se escucha a sí mismo escuchándola, vigila su propia conmoción como un guardia vigila a un sospechoso, y esa vigilancia interior es la muerte exacta de aquello que vigila, porque nadie ha sido traspasado por una música mientras se tomaba el pulso.

La mejor respuesta a Bourdieu ha salido de la propia sociología, y además de la sociología de la música. Antoine Hennion pasó años observando a aficionados de verdad, gente que colecciona grabaciones, que recorre pueblos para escuchar órganos antiguos, que canta en coros de aficionados, que tiene sus rituales para disponerse a oír, y llegó a una conclusión que la sociología de la distinción no podía permitirse. El gusto es una práctica, un apego que se trabaja, con sus gestos, sus aparatos, sus momentos propicios y sus fracasos, y lo que el aficionado hace cuando escucha es prepararse para ser tomado, educar con paciencia su propia capacidad de ser alcanzado. Hennion habla de apegos, de aquello que nos mantiene unidos a las cosas, y describe con paciencia de etnógrafo algo que Bourdieu solo sabía leer como estrategia de clase, que amar la música es una actividad del cuerpo entero sobre su propia vulnerabilidad. La mujer del camerino no estaba exhibiendo su posición social. Estaba en mitad de ese trabajo, y la disculpa llegó en el momento exacto en que la sospecha aprendida le hizo creer que se estaba exhibiendo.

Así se ha llegado al presente, en el que casi todas las disciplinas comienzan con el mismo cuestionario. Qué intereses hay detrás, qué estructura de poder, qué sesgo, qué privilegio, qué mecanismo oculto. Son preguntas legítimas, nadie en su sano juicio querría prohibirlas, y también aquí harán falta más de una vez. Pero cuando se convierten en la única pregunta, cuando forman el peaje obligatorio que toda experiencia debe pagar antes de tener derecho a existir, el mundo pierde la posibilidad de aparecer. Todo llega ya previamente interpretado, con su expediente grapado a la solapa, y nosotros no recibimos cosas, tramitamos casos. Ya no vemos y después dudamos. Dudamos dentro del ver, la sospecha se ha alojado en la percepción como una lente que nadie recuerda haberse puesto, y por eso desaparece la posibilidad de decir simplemente esto es hermoso, porque en el mismo segundo alguien pregunta según quién, quién gana con esa belleza, qué ideología reproduce, y el que preguntaba ni siquiera necesita estar presente, lo llevamos dentro, contratado a perpetuidad, con despacho propio en la primera habitación del alma.

VI. Tres asaltos contra la sospecha total

Ahora bien, una sospecha tan total merece que se la mire con sus propios ojos, y ese examen no resiste ni tres asaltos. El primero es el más viejo y sigue siendo letal. Si detrás de toda afirmación hay un interés que la desmiente, detrás de la afirmación de que detrás de toda afirmación hay un interés también lo hay, y la escalera se hunde peldaño a peldaño hasta que el sospechador universal queda colgado de la única viga que no quiso serrar, su propia lucidez. La hermenéutica de la sospecha lo sospecha todo menos a sí misma, se concede la exención que niega al universo entero, y una desconfianza que se exceptúa a sí misma ya no es rigor, es privilegio, exactamente la clase de privilegio no examinado que ella dice combatir. En el fondo de la sospecha total habita una fe, y de todas las fes la más dogmática, porque ni siquiera sabe que cree. Cree en la máscara universal con la misma tranquilidad con que otros creyeron en los ángeles, y ese credo jamás comparece ante su propio tribunal. El desenmascarador trabaja siempre con el rostro cubierto.

El segundo asalto es ontológico y toca el orden mismo de las operaciones. Una moneda falsa presupone el oro, la mentira presupone una palabra que primero estuvo al servicio de la verdad, y quien arranca máscaras da por sentado, aunque no lo confiese, que en alguna parte hay un rostro, porque si no lo hubiera el gesto de arrancar carecería de sentido y de mérito. La sospecha vive de prestado. Es la segunda operación del espíritu haciéndose pasar por la primera, la crítica llega siempre tarde a la fiesta del ser, y su única elegancia posible consistiría en saberlo. Solo se puede dudar de algo que antes se ha dado, solo se puede reducir lo que antes ha comparecido entero, y una cultura que pone la reducción en el origen se parece a un heredero que administra con suficiencia una fortuna cuya procedencia le resulta inexplicable, puesto que él jamás ha ganado nada.

Y el tercer asalto es el más cómico, si la comicidad no doliera tanto. La época que ha declarado pueril arrodillarse ante una catedral se arrodilla sin pestañear ante una gráfica de métricas. El mismo hombre que sonríe con superioridad cuando alguien pronuncia la palabra sublime consulta su reputación numérica varias veces al día con la ansiedad de un devoto que teme haber ofendido a su dios. Hemos cambiado los santos por los rankings y el incienso por la luz azul de las pantallas, de modo que la sospecha no ha vaciado los templos, los ha mudado de edificio, y el culto continúa con otros ornamentos. Más aún, el asombro reprimido regresa deformado, como regresan todas las cosas reprimidas, y su forma de regreso favorita es la conspiración, porque quien ya no puede admirar el orden manifiesto del mundo acaba fascinado por sus supuestas tramas ocultas, que son la última forma disponible de misterio, un misterio en versión policial, apto para inteligencias que se creen insobornables. Una época que no se permite creer en nada termina creyéndoselo casi todo, con tal de que venga presentado como revelación de lo escondido, y así el escéptico perfecto resulta ser el cliente ideal del charlatán.

Estos tres asaltos tienen ya una pequeña historia, y quienes los dieron primero vinieron de dentro de la casa. Bruno Latour, que había dedicado media vida a mostrar cómo se fabrican los hechos científicos, se preguntó en 2004 si la crítica no se habría quedado sin vapor, y lo que le empujó a preguntarlo fue precisamente el tercer asalto. Veía a estrategas políticos usar contra la ciencia del clima las mismas armas que él había enseñado a usar contra la ingenuidad de los laboratorios, y veía a cualquier conspiracionista de sobremesa repetir, con peor música, los gestos del sociólogo crítico. Su conclusión fue que la crítica tenía que aprender a reunir además de a desmontar, a añadir realidad en lugar de restarla. Unos años antes Eve Kosofsky Sedgwick había descrito la lectura paranoica, la que siempre sabe de antemano lo que va a encontrar, la que no soporta la sorpresa y confunde exponer con comprender, y le había opuesto una lectura reparadora, capaz de dejarse alimentar por aquello que lee. Y Rita Felski resumió el estado de la cuestión en una frase que podría presidir estas páginas, cuando escribió que los estudiosos de la literatura han confundido una parte del pensamiento con el todo del pensamiento. Todos ellos vieron el síntoma con exactitud, y ninguno dio el paso que el fenómeno pide. La llamada poscrítica sigue hablando de métodos de lectura, de maneras de tratar los textos en la universidad, y el asunto toca algo más hondo que un método. Lo que está en juego afecta al ser mismo de lo que aparece, y una manera nueva de leer no basta para devolverle lo que le falta.

VII. La hiperinflación del elogio

Tampoco es verdad que la alabanza haya muerto. Ha sido devaluada por emisión masiva, que es una muerte más humillante. Se imprime aplauso sin respaldo de asombro como se imprime papel moneda sin metal, y el resultado es la hiperinflación del elogio, un mundo donde todo es increíble, todo es brutal, todo es una pasada, y donde precisamente por eso nada lo es. Nunca se ha alabado tanto y nunca ha valido menos alabar. El pulgar que antes se alzaba en los anfiteatros para decidir una vida se alza ahora mil veces al día para no decidir nada, el superlativo se ha convertido en el grado cero del idioma, y las ovaciones puestas en pie, que fueron el desbordamiento físico de un cuerpo que ya no podía contener su gratitud, son hoy en muchas salas un protocolo que se cumple como se devuelve un saludo. A esta alabanza sin asombro la sospecha la señala con razón, pero comete un error de identificación que lo contamina todo, porque confunde la alabanza con su falsificación. La falsificación existe, desde luego, y tiene incluso una lágrima propia, esa segunda lágrima que ya no llora por la cosa sino que llora por vernos llorar, enternecida de su propia ternura. El kitsch consiste exactamente en eso, en una alabanza que se contempla alabar, que se da la razón a sí misma en el espejo. Pero condenar la alabanza por culpa del kitsch equivale a condenar el oro por culpa de la calderilla, y una crítica que no distingue el metal de la aleación no es exigente, es simplemente incapaz de morder.

El inglés tiene una palabra para alabar que debería avergonzarnos un poco. Praise viene del francés antiguo preisier, y este del latín tardío pretiare, poner precio, de pretium, de modo que en esa lengua alabar y tasar fueron al principio el mismo gesto, y la hiperinflación del elogio es, en rigor etimológico, una inflación de precios. Elogio tiene una historia más grave. Viene del latín elogium, que era la breve inscripción grabada sobre una tumba o la cláusula que se añadía a un testamento, y los etimologistas sospechan que ese elogium procede del griego elegeîon, el dístico de la elegía, cruzado con eulogía, el hablar bien de alguien. El elogio nació epitafio, pariente cercano del lamento por los muertos, y esa vieja contaminación anuncia algo que solo más adelante podrá decirse entero, que nuestras lenguas aprendieron a elogiar sobre las lápidas.

VIII. La alabanza de oficio

La inflación del elogio tiene una hermana mejor vestida, y de ella se habla poco porque circula en los despachos, en las mesas de los jurados, en las notas al programa, en los discursos de entrega de premios y en las cartas que abren o cierran una carrera. Cuando la alabanza aparece hoy en boca de quienes saben, del crítico, del catedrático, del miembro del tribunal, del gestor cultural, del académico que evalúa a otro académico, casi nunca es una alabanza sentida. Es retórica, política o estratégica, y con frecuencia las tres cosas a la vez, y en su fondo hay una razón que la explica entera. El experto contemporáneo ha hecho de no dejarse asombrar su principal credencial. El asombro le parece una manera de quedar por debajo, y su capital consiste en estar siempre un poco por encima de aquello que juzga. Por eso alaba sin haber temblado. A esa forma la llamaré alabanza de oficio, con el doble sentido que el castellano permite, el del abogado de oficio, que defiende sin haber elegido a su defendido, y el del oficio entendido como rutina, el gesto profesional que se repite cada día sin que nada lo toque.

El ideal tiene un lema antiguo. Horacio abre una de sus epístolas diciéndole a un amigo que no admirarse de nada es casi la única cosa capaz de hacer feliz a un hombre y de mantenerlo feliz, nil admirari, y durante siglos esas dos palabras sirvieron de divisa al hombre de mundo, al cortesano imperturbable, al que ha visto demasiado para dejarse impresionar. Horacio pensaba en la serenidad del sabio frente a las riquezas y los honores, en no dejarse arrastrar por lo que el vulgo codicia, y su consejo tenía dignidad. Lo que nuestra época ha hecho con él es otra cosa. Georg Simmel describió en 1903 al habitante de la gran ciudad moderna y encontró en él una actitud que llamó blasé, una incapacidad de reaccionar ante los estímulos nuevos con la energía que les corresponde, de modo que todas las cosas acaban apareciendo en un tono uniformemente gris y apagado, sin que ninguna merezca ser preferida a otra. Simmel atribuía esa embotadura a dos causas, la sobreexcitación de los nervios y la economía del dinero, que traduce todas las diferencias de calidad a la única pregunta por el cuánto y se convierte así en la más terrible de las niveladoras. El experto que no se deja asombrar es el blasé de Simmel convertido en profesión. Ha oído las treinta grabaciones, conoce las doce ediciones, ha visto pasar a cien jóvenes prodigio, y su embotamiento ya no le parece una pérdida, le parece un mérito. Y la etimología del praise inglés vuelve aquí con toda su ironía, porque la misma economía que según Simmel lo aplana todo en precio es la que ha convertido la alabanza en tasación.

Kant dejó hecha la distinción que el experto necesitaría para entenderse a sí mismo, y que casi nunca lee. En una observación de la Crítica del juicio separa la extrañeza, la Verwunderung, ese afecto ante lo nuevo que supera lo esperado y que se apaga en cuanto la novedad se gasta, de la admiración propiamente dicha, la Bewunderung, que define como una extrañeza que no cesa cuando la novedad se ha perdido. Ahí está, dicho con la sobriedad de Königsberg, el error entero de nuestra cultura experta. El especialista se ha curado de la extrañeza, como es natural, porque lo que conoce ya no le resulta nuevo, y cree que con ello se ha curado también de la admiración, como si la segunda dependiera de la primera. Confunde la familiaridad que gasta la sorpresa con una lucidez que habría gastado también el asombro. Goethe, que fue experto en más materias que casi nadie, en botánica, en óptica, en mineralogía, en teatro, le dijo a Eckermann en uno de sus últimos inviernos que lo más alto a lo que el hombre puede llegar es el asombro, y que si el fenómeno originario lo asombra debe darse por satisfecho, porque más allá no hay nada que buscar. Para Goethe el asombro estaba en la cima del saber y no en su infancia. El experto contemporáneo lo ha colocado en la guardería.

La primera máscara de la alabanza de oficio es la retórica, y es tan antigua como la retórica misma. Aristóteles clasificó los discursos en tres géneros y reservó uno, el epidíctico, para el elogio y el vituperio, y observó que su oyente no era un juez que decide sino un espectador que contempla, alguien ante quien el orador se luce. Gorgias, que escribió el más célebre de los encomios antiguos, el de Helena, lo terminó confesando que lo había compuesto como elogio de Helena y como juguete propio, paígnion, y en esa última palabra el sofista deja ver lo que la alabanza retórica fue siempre, una exhibición de quien alaba disfrazada de homenaje a lo alabado. La Rochefoucauld lo dijo con su crueldad de moralista, que de ordinario solo se alaba para ser alabado, y que rechazar las alabanzas es desear que nos alaben dos veces. La nota al programa que encadena adjetivos técnicos, la crítica que reparte su aprobación en un vocabulario de taller, solidez, coherencia, una propuesta interesante, un sonido muy cuidado, un discurso bien construido, el discurso de entrega de un premio que demuestra sobre todo la erudición de quien lo pronuncia, son variantes del juguete de Gorgias. Su verdadero tema es el que alaba. George Orwell, que se ganó la vida durante años reseñando libros, describió en 1946 la miseria de ese oficio con una exactitud que debería leer cualquier crítico antes de sentarse a escribir, y dijo que consistía en inventar sin descanso reacciones ante libros por los que uno no sentía espontáneamente absolutamente nada. Inventar reacciones es la definición exacta de la alabanza no sentida.

La segunda máscara es política, y el siglo veinte la llevó hasta el delirio. En 1978 Václav Havel imaginó a un verdulero de Praga que coloca en su escaparate, entre las cebollas y las zanahorias, un cartel que dice proletarios de todos los países, uníos. El verdulero no cree en lo que dice el cartel, ni le importa, y nadie que pase por delante lo lee. El cartel no alaba al régimen. Dice en voz baja estoy en regla, soy obediente, dejadme en paz, y precisamente porque nadie cree en él cumple su función. Lisa Wedeen estudió el culto a Hafez al Asad en Siria y llegó a una conclusión que ilumina toda la alabanza política. Los ciudadanos estaban obligados a actuar como si creyeran en elogios que todos, empezando por el régimen, sabían desmesurados, y el poder del culto residía justamente en eso, en obligar a pronunciar lo increíble, porque quien repite en público lo que nadie cree demuestra mejor que nadie su sumisión. La Rumanía de Ceauşescu llevó la alabanza de oficio hasta su forma más dolorosa para un músico, porque la puso a cantar. Durante más de una década el gran festival nacional se llamó Cântarea României, el canto de Rumanía, y en él campesinos, obreros y escolares de todo el país subían a los escenarios a cantar loas al partido y al Conducător con una desmesura que los propios estudiosos del culto describen como cuantitativamente exagerada y cualitativamente extravagante. Allí el melos mismo fue reclutado para la mentira, y lo que más dolía a quienes lo vivieron era menos la falsedad de las palabras que la profanación del cantar. Nuestras democracias conocen versiones mucho más suaves y no por ello inocentes, el homenaje institucional a la orquesta cuyo presupuesto se acaba de recortar, la efeméride del gran compositor celebrada por quienes jamás lo han escuchado, la condecoración que sirve sobre todo para fotografiar a quien la impone.

La tercera máscara es estratégica, y es la más extendida porque es la más discreta. Erving Goffman mostró que los cumplidos forman parte del trabajo ritual con que cada cual cuida la cara propia y la ajena, una especie de mantenimiento del equilibrio social en el que el elogio funciona como moneda de cortesía. La psicología de las organizaciones ha dedicado medio siglo a estudiar lo que llama congraciamiento, el elogio dirigido hacia arriba como táctica para obtener algo, y ha medido con paciencia cuándo funciona y cuándo se nota. Y la ciencia, que debería ser el reino del estupor ante lo real, ofrece hoy el caso más medible de todos. Un estudio de los resúmenes de artículos biomédicos publicados entre 1974 y 2014 encontró que la proporción de los que usaban palabras elogiosas para describir sus propios resultados, robusto, novedoso, innovador, sin precedentes, había pasado del dos al diecisiete y medio por ciento, un aumento de casi nueve veces. Otro estudio, sobre los resúmenes de las solicitudes de financiación aprobadas por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos entre 1985 y 2020, identificó ciento treinta y nueve adjetivos promocionales cuyo uso se había multiplicado, con novedoso a la cabeza. El investigador que nunca diría de una fuga de Bach que lo ha dejado sin aliento describe su propio experimento como sin precedentes. La alabanza que se niega a la obra ajena reaparece, sin pudor alguno, aplicada a la propia mercancía.

Las tres máscaras tienen un rasgo común que Harry Frankfurt aisló con precisión de lógico. Frankfurt distinguió al mentiroso del charlatán, y observó que el mentiroso todavía respeta la verdad, puesto que necesita conocerla para esconderla, mientras que al charlatán la verdad le es sencillamente indiferente, y dice lo que dice porque le sirve, sin que le importe si es cierto o falso. La alabanza de oficio pertenece a la segunda especie. No miente sobre la obra, porque mentir exigiría haberla mirado. Le es indiferente, y esa indiferencia es más corrosiva que cualquier mentira, porque deja el lenguaje del entusiasmo intacto por fuera y vacío por dentro, como una cáscara que ya nadie se molesta en romper. Peter Sloterdijk llamó razón cínica a la falsa conciencia ilustrada, la de quienes saben perfectamente lo que hacen y lo siguen haciendo, y la alabanza de oficio es quizá su género literario favorito. Quien la pronuncia sabe que no la siente, sabe que su oyente lo sabe, y la pronuncia igual, porque ninguno de los dos espera ya otra cosa.

En la música la escena tiene un mapa, y lo dibujó Adorno. En sus lecciones de sociología de la música ordenó a los oyentes en una pirámide cuya cima ocupaba el experto, el oyente plenamente consciente que sigue la estructura de la obra sin perder un compás, y en cuyos peldaños inferiores colocaba, entre otros, al oyente emocional, aquel para quien la música es sobre todo un desencadenante de sentimientos, y al que describía con una condescendencia apenas disimulada. La mujer del camerino es exactamente el oyente emocional de Adorno, y su disculpa es la pirámide entera filtrada hasta el último escalón, la voz del experto que ella lleva dentro y ante la cual se avergüenza de haber sido conmovida. Rose Rosengard Subotnik mostró hace décadas lo que esa jerarquía tenía de construcción histórica y de prejuicio de escuela. Lo que Adorno no previó es que sus herederos conservarían la pirámide y perderían la escucha, que el experto de la cima seguiría juzgando la estructura con toda corrección y dejaría de ser alcanzado por ella, y que el oyente emocional, despreciado desde arriba, acabaría siendo el último guardián de la experiencia que la pirámide pretendía honrar. Ortega había descrito ese tipo humano unos años antes con el nombre de barbarie del especialismo, el sabio ignorante que conoce a fondo su rincón y se comporta con petulancia en todo lo demás. Y un maestro zen llegado a California lo resumió en una frase que cualquier conservatorio debería grabar sobre la puerta, que en la mente del principiante hay muchas posibilidades y en la del experto muy pocas.

Si se mira la gramática de las dos alabanzas aparece la diferencia que las separa de raíz. La alabanza sentida es vocativa. Se dirige a la obra, al intérprete, al paisaje, les habla a ellos, y por eso el qué maravilla de la mujer del camerino iba dirigido a quien acababa de tocar, de cuerpo a cuerpo, sin intermediarios. La música misma es vocativa, como ya intenté mostrar en otro lugar, y la alabanza que le responde comparte su caso gramatical. La alabanza de oficio, en cambio, es nominativa. Habla de la obra delante de un tercero, y ese tercero, el público, el tribunal, la institución, la carrera, es su verdadero destinatario. Toda alabanza de oficio es triangular. Su forma lógica es siempre la misma, digo de esto que es excelente para que tú veas que yo sé reconocer lo excelente, o para que sepas de qué lado estoy, o para que me lo devuelvas. Y lo más revelador de la escena del camerino es que la retractación de aquella mujer consistió exactamente en ese desplazamiento. Mientras dijo qué maravilla hablaba con el músico. Cuando empezó a disculparse ya hablaba con un tribunal invisible de entendidos que ni siquiera estaba en la habitación, y su alabanza, que había nacido vocativa, murió nominativa.

La alabanza sentida tiene además una prueba que la otra no puede superar, y es el riesgo. Quien alaba de verdad se expone, puede equivocarse, puede quedar en ridículo ante los que saben, puede descubrir mañana que se entusiasmó con algo menor, y alaba de todos modos porque algo lo ha alcanzado y callarlo sería mentir. La alabanza de oficio no corre ningún riesgo. Está calculada para resultar inatacable, por eso prefiere los adjetivos que miden a los que confiesan, solvente antes que conmovedor, interesante antes que hermoso, y por eso tampoco compromete nunca a quien la pronuncia. Abraham Joshua Heschel escribió a mediados del siglo pasado que a medida que la civilización avanza el sentido del asombro declina casi necesariamente, y que la humanidad no perecerá por falta de información sino por falta de aprecio. El aprecio, en su sentido más hondo, es la capacidad de ser afectado por el valor de algo, y es justamente lo que el experto ha aprendido a suspender para proteger su posición. Nada de esto condena el saber, que es aliado del asombro y lo afina, como el oficio del músico enseña cada día. Condena el uso del saber como armadura. El experto que todavía se asombra es quizá la figura más alta que una cultura puede producir, y cuando aparece se le reconoce enseguida, porque su elogio tiembla un poco y porque, a diferencia de la alabanza de oficio, se dirige a la cosa y no a nosotros.

IX. Fenomenología de la admiración

Para distinguirlos hay que volver al fenómeno mismo, y el fenómeno empieza en el cuerpo, mucho antes de las palabras. Obsérvese qué le ocurre a alguien en el instante de la admiración verdadera. La respiración se detiene o se aquieta, los hombros bajan, las manos dejan de querer, el cuerpo entero entra en un régimen extraño que ya no es tensión ni es relajación, una inmovilidad despierta, y el tiempo cambia de densidad, se ensancha por dentro sin alargarse por fuera. La admiración suspende el agarre. Durante un momento no queremos usar aquello, ni poseerlo, ni clasificarlo, ni siquiera entenderlo todavía, queremos únicamente que siga estando, y ese querer que no quiere nada para sí es tan raro en la economía de nuestros deseos que el cuerpo lo registra como una excepción, casi como una fiesta. En esto se distingue el asombro de la curiosidad, con la que suele confundírselo. La curiosidad es adquisitiva, quiere abrir el juguete para ver el mecanismo, y no hay nada de malo en ello, pero el asombro es desposesivo, retira las manos en lugar de adelantarlas, y por eso la curiosidad se sacia y el asombro se ahonda. También en esto se distingue la alabanza de sus parientes pobres. El halago es una alabanza con factura, quiere algo del alabado y por eso lo mira de reojo mientras lo elogia. El elogio del experto reparte notas desde arriba, examina, y examinar es lo contrario de admirar, puesto que el examinador se reserva siempre el trono. La alabanza propiamente dicha sube, no baja, se dirige a algo que la excede, no pide nada, no puntúa nada, simplemente devuelve, y esa dirección ascendente y desinteresada es su firma inconfundible.

Adam Smith, que antes de escribir sobre la riqueza de las naciones escribió una historia de la astronomía, distinguió con precisión de naturalista tres movimientos que solemos confundir, la sorpresa ante lo inesperado, la maravilla ante lo nuevo y singular, y la admiración ante lo grande o lo bello, y sostuvo que la filosofía nació de la maravilla como un esfuerzo por devolver la calma a una imaginación sacudida. Smith creía que la explicación aquieta la maravilla, y en eso estaba más cerca de Descartes que de Platón, pero dejó intacta la admiración, que ninguna explicación cura porque nunca fue una ignorancia. La psicología experimental ha llegado por su propio camino a una descripción vecina. Dacher Keltner y Jonathan Haidt definieron el asombro por dos rasgos, la percepción de una inmensidad y la necesidad de acomodar los propios esquemas para alojarla, de modo que la mente tiene que ensancharse para recibir lo que le llega. Ese ensanchamiento es la diferencia exacta entre el asombro que se ahonda y la curiosidad que se sacia.

Aquí aparece la condición antropológica que la modernidad tardía no puede tragar. Solo se admira aquello ante lo cual uno consiente en no ser el centro. La admiración es el único placer que exige destronarse, supone una humildad de orden ontológico, mucho más honda que cualquier modestia psicológica, la aceptación de que algo es sencillamente mayor que uno, mejor hecho, más necesario, más digno de durar. Y una civilización de soberanos diminutos, cada uno reinando sobre el territorio exacto de su pantalla, con su corte de recomendaciones a medida y su espejo de perfiles, encuentra literalmente insoportable la noticia de que algo la sobrepase. Toda excelencia le parece sospechosa, toda jerarquía opresión, mirar hacia arriba se le antoja el comienzo de una genuflexión indebida, y así la admiración queda moralmente comprometida antes de haber hecho nada, condenada por el delito de reconocer alturas en un paisaje que se ha decretado llano. Lo cual encierra una paradoja que la época prefiere no mirar, porque quien no acepta nada por encima de sí no queda libre, queda solo, y además queda pequeño, ya que la propia estatura se mide contra lo que nos supera, y en una llanura perfecta nadie sabe cuánto mide nadie.

Detrás de esa llanura respira una pasión que la genealogía intelectual de la sospecha deja fuera, y Kierkegaard la nombró con todas sus letras. En su reseña de 1846 de una novela hoy olvidada, que conocemos como La época presente, describió una época sin pasión que todo lo nivela, y observó que en ella la admiración no desaparece sin más, se invierte y se vuelve envidia, un resentimiento que no tolera la altura ajena porque le recuerda la propia estatura. Años más tarde, en La enfermedad mortal, lo dejó escrito con una exactitud que no admite enmienda, al decir que la admiración es una entrega feliz de uno mismo y la envidia una afirmación desdichada de uno mismo. La crisis de la alabanza tiene así una raíz más baja que la epistemología, una raíz afectiva, y detrás de mucha sospecha ilustrada late una envidia que ha aprendido a hablar en lenguaje de método. Scheler, a quien habrá que volver con gratitud, dedicó un libro entero a mostrar cómo el resentimiento es capaz de falsificar las tablas de valores para no tener que reconocer lo que no puede alcanzar. La psicología experimental, por su parte, ha comprobado algo que Kierkegaard habría firmado, que la pequeñez sentida ante lo que nos excede, eso que los investigadores llaman el yo pequeño, vuelve a las personas más generosas y menos pendientes de sus propios derechos. Quien se destrona ante algo grande sale del trance más dispuesto a dar, y quien se niega a destronarse se queda custodiando un trono que nadie le disputa.

El asombro exige todavía otra cosa, y esta es quizá la más escandalosa para el paradigma vigente. Exige confianza. Hay realidades tímidas, hay verdades que no comparecen ante tribunales, hay cosas que solo se muestran a quien les concede, siquiera provisionalmente, crédito. Llamo crédito ontológico a ese adelanto de confianza sin el cual nada llega a mostrarse del todo, y no debería confundirse con la ingenuidad, porque funciona más bien como un método, el método cartesiano invertido, ya que aquel comenzaba retirando todo el crédito y este comienza concediéndolo, a sabiendas del riesgo, con los ojos abiertos. Quien ha amado, quien ha escuchado música de verdad, quien ha enseñado algo a alguien, sabe que ese adelanto es la condición misma del conocimiento, y de ningún modo su debilidad, porque hay regiones enteras de lo real que permanecen mudas ante el interrogatorio y que hablan únicamente a la hospitalidad. La sospecha metódica presume de no dejarse engañar, y es verdad que quien no fía nunca es estafado. También es verdad que nunca le cuentan nada.

X. Comparecencia y melos

Para decir por qué esto es una tesis sobre el ser, y bastante más que una simple preferencia temperamental, tengo que explicar desde el principio la ontología desde la que escribo, sin dar nada por sabido. Parto de una convicción que la experiencia me ha impuesto antes que ningún libro, y es que la realidad no está hecha en su nivel más hondo de objetos que reposan sino de acontecimientos que ocurren, y que el sentido, el sentido vivido, el que pesa por dentro, no flota en el espacio como una propiedad de las cosas sino que sucede, y sucede solamente allí donde una vida encarnada se encuentra con el mundo. Un paisaje se convierte en belleza cuando alguien se sitúa ante él con todo lo que es. Una vibración del aire se convierte en música cuando un cuerpo que escucha la habita. Para nombrar esa situación fundamental he adoptado una palabra vieja, de tribunales y de teología, la palabra comparecencia. Comparecer quiere decir presentarse en cuerpo ante algo que nos convoca, como se comparece ante un juez, ante un moribundo, ante un amanecer. Sostengo que esa es la posición originaria del hombre en la realidad, que no somos espectadores instalados frente a un escaparate de objetos disponibles sino seres citados, convocados, requeridos, y que la realidad no se limita a estar ahí delante, aguardando inspección, sino que llama, se dirige, interpela, de modo que nuestro primer acto es la respuesta, y el registro y el análisis llegan después.

Y hay más, porque esa llamada tiene forma, lejos de ser un grito en el vacío, y su forma es cantable. He llamado melos a la contextura melódica de la experiencia, y la palabra pide una explicación paciente. En una melodía, cada nota no es un dato aislado que se suma a otros datos, cada nota retiene a las que ya sonaron y anticipa a las que vienen, de manera que lo que oímos nunca es un sonido sino una frase en camino, una tensión entre memoria y espera que se sostiene en el aire como se sostiene un arco. Pues bien, mi tesis es que la experiencia humana entera tiene esa contextura, que los instantes de una vida se retienen y se anticipan unos a otros como las notas de una frase, que vivir se parece mucho más a sostener una melodía que a acumular datos, y que por eso la música es el laboratorio de la existencia, mucho más que su adorno, el lugar donde la estructura del vivir se deja ver a cuerpo descubierto. Si esto es así, entonces la primera relación con lo real no puede ser la inspección, porque las melodías no se inspeccionan, se siguen. Una melodía solo existe para quien le fía tiempo. Cada nota es una promesa sobre la siguiente, y escuchar es aceptar pagar esa promesa por adelantado, sin garantías, porque la resolución todavía no ha sonado. Quien exige seguridades antes de la cadencia se queda con un inventario de intervalos y se queda sin canción. La sospecha, aplicada al melos, es exactamente eso, una impaciencia armónica, la exigencia de que el sentido se justifique antes de completarse, y como el sentido vivido tiene estructura de melodía, la sospecha instalada en el origen no purifica la experiencia, la interrumpe, la deja siempre en la segunda nota, con el expediente abierto y la frase rota.

XI. El isón del ser y la mitad devuelta

Los pensadores de la llamada, y luego habrá que nombrarlos con gratitud, dijeron que antes de hablar hemos sido interpelados, y es verdad. Pero creo que hay que dar un paso más atrás todavía, porque la llamada misma no surge de la nada, viaja sobre algo, como la voz del cantor bizantino camina sobre esa nota tenida, grave y perpetua, que la tradición llama isón, un bordón que no es melodía y sin el cual ninguna melodía de ese mundo se tendría en pie, una especie de tierra audible sobre la que todo canto pisa. Sostengo que el ser tiene isón, que antes de cualquier llamada particular hay un canto ya en marcha, una continuidad sonante de la realidad que nos precede y nos excede, y esto cambia el estatuto de la alabanza de un modo que a mí mismo me ha sorprendido mientras lo pensaba. Porque si es así, alabar no es inaugurar una respuesta en el silencio. Es entrar en un canto ya empezado. La alabanza es siempre segunda voz, se añade a un isón que sonaba antes de nosotros y que seguirá sonando después, y por eso el que alaba no se siente original sino acompañado, no estrena nada y sin embargo nada de lo que hace sobra, como no sobra la voz que se suma al bordón aunque el bordón no la necesitara. La humildad de la admiración, que antes describí como aceptar no ser el centro, encuentra aquí su fundamento último. Somos segundos, constitutivamente segundos, y la alabanza es el acto en que esa secundariedad, en lugar de humillarnos, nos afina.

Y todavía el fenómeno me obliga a una corrección más, esta vez contra mí mismo. Durante años me pareció que la palabra decisiva era recepción, que frente a una época que todo lo produce, lo administra y lo optimiza, bastaba con reivindicar la capacidad de recibir. El fenómeno de la alabanza me ha enseñado que recibir no cierra el círculo. El esteta que lo recibe todo y no responde a nada es un coleccionista de asombros, y sus asombros se le pudren como fruta guardada, porque una recepción que no desemboca en respuesta acaba siendo consumo con buenos modales. Un regalo que nadie desenvuelve no ha terminado de ser regalo, una carta que nadie contesta no ha terminado de ser carta, y me atrevo a decir que un mundo que nadie alaba no ha terminado de aparecer. El aparecer no se consuma en lo que aparece, se consuma en quien responde, la alabanza es la mitad devuelta del aparecer, la parte del fenómeno que ocurre en nosotros y que completa el circuito, y esta es la razón ontológica, y no meramente sentimental, de que una cultura incapaz de alabar viva en un mundo disminuido. No es que vea las mismas cosas y las valore menos. Es que las cosas mismas comparecen menos, a media voz, sin terminar de mostrarse, porque les falta la respuesta en la que su aparición culminaba. La rosa mirada y la rosa alabada no son la misma rosa en dos estados de ánimo del espectador. Son dos grados distintos de aparición de la rosa.

C. S. Lewis llegó a una parte de esta conclusión por otro camino, y la honradez obliga a decirlo. Al preguntarse por qué los salmos piden alabanza sin descanso, escribió que alabamos lo que nos deleita porque la alabanza no se limita a expresar el gozo, lo completa, es su consumación señalada, y que el placer que no puede decirse queda a medias. Lewis lo pensaba como una psicología del deleite. Lo que aquí se sostiene va más lejos, porque lo que la alabanza completa es el aparecer mismo de la cosa, y lo que queda a medias sin ella es el mundo. Rilke lo intuyó como poeta. En uno de los Sonetos a Orfeo define el oficio del cantor con una sola palabra, alabar, Rühmen, das ist’s, y en la novena Elegía de Duino se pregunta si no estaremos aquí para decir casa, puente, fuente, puerta, jarra, árbol frutal, ventana, para decirlas como las cosas mismas nunca pensaron íntimamente ser. Ese decir que las cosas no sabían que esperaban es la mitad devuelta del aparecer. Hartmut Rosa ha descrito desde la sociología algo cercano, un mundo que se ha vuelto mudo porque hemos querido tenerlo enteramente a nuestra disposición, y ha llamado resonancia a la relación en la que el mundo vuelve a responder. La diferencia con lo que aquí se defiende es una diferencia de orden. La resonancia de Rosa es una reciprocidad entre dos polos ya constituidos, un sujeto y un mundo que se responden. El isón es anterior a los dos polos, y la alabanza se añade a algo que ya cantaba antes de que hubiera nadie para resonar con ello.

XII. Los que vieron antes

No he llegado solo a estas orillas, y la honradez pide nombrar a quienes vieron antes partes decisivas del paisaje. Josef Pieper enseñó que la filosofía nace del ocio y el ocio del asombro, y que una sociedad de producción perpetua pierde el órgano contemplativo sin necesidad de tener malas ideas, le basta con no parar nunca, porque quien no deja de producir jamás llega a mirar, y la primera relación con el ser, insistía, es receptiva antes que fabril, se parece más a un oído que a una mano. Dicho en mis términos, una civilización que solo conoce manos ha perdido el melos, porque el melos únicamente se entrega al oído, y el oído es el más humilde de los sentidos, el único que no puede cerrarse por decisión propia, el que está condenado a la hospitalidad. Max Scheler dio a esta intuición su formulación más precisa con su ordo amoris, el orden del amor que precede y funda el orden del conocer. Solo vemos plenamente aquello que hemos aprendido a amar, el amor es el órgano de la percepción entera, y la sospecha, por definición, ve peor, no por falta de agudeza sino por exceso de decisión, porque llega a las cosas habiendo resuelto de antemano que son otra cosa, y a quien ya sabe la respuesta el mundo no se molesta en contestarle. Simone Weil llevó esto hasta un extremo que quema. Escribió que la atención llevada a su punto más alto es lo mismo que la oración, y quien haya atendido de verdad alguna vez, a un enfermo, a una fuga, a un rostro, sabe que no exageraba, porque atender exige un desalojo del yo que ninguna técnica enseña, una suspensión del querer, del poseer y hasta del entender, un puro dejar sitio. Esa atención es la matriz de la alabanza. La alabanza es la atención que ha llegado a la palabra, la mirada que se ha vuelto voz, y por eso quien no sabe atender puede felicitar, puede puntuar, puede aplaudir, y sin embargo no puede alabar.

En nuestra lengua lo vio María Zambrano con una claridad que todavía no hemos sabido agradecer. En Filosofía y poesía, escrito en Morelia en el primer año de su exilio, cuenta el nacimiento de la filosofía como una escisión. La admiración ante las cosas pone en marcha a la vez al filósofo y al poeta, pero el filósofo, para apoderarse de lo que le asombró, rompe con la admiración y se lanza a una búsqueda que ella no duda en llamar violenta, mientras el poeta se queda junto a las cosas, fiel a lo que le fue dado, sin querer poseerlo. Zambrano escribía con una guerra a la espalda y sabía que la razón que ha roto con la admiración acaba sirviendo a cualquier violencia. Su razón poética es, entre otras cosas, una razón que recuerda de dónde vino, y en ella la alabanza recupera el sitio que la filosofía le había negado.

Jean-Louis Chrétien construyó sobre estos cimientos la fenomenología más honda que conozco de la palabra que responde. Antes de hablar hemos sido llamados, la respuesta originaria del hombre es la alabanza, y el análisis viene después, y esa alabanza no necesita ser religiosa para ser real, es ontológica, es el reconocimiento en voz alta de que el mundo merece respuesta. Mi única distancia respecto de él ya ha quedado dicha, y es que la llamada me parece a su vez sostenida por un canto anterior, que la voz que nos convoca camina sobre un isón que ella no funda, pero esa distancia es la que separa a dos caminantes del mismo camino. Hans Urs von Balthasar, por su parte, escribió miles de páginas para advertir de algo que su siglo no quiso oír, que una civilización que empieza por la verdad y sigue por el bien pero expulsa a la belleza acabará viendo cómo la verdad, huérfana de su hermana, se impone por la fuerza o se retira sin despedirse, porque la belleza era la manera amable que tenía la verdad de llegar, su forma de pedir permiso, y una verdad que ya no seduce solo sabe ordenar. Basta mirar el tono de nuestras discusiones públicas para comprobar cuánta razón tenía. Donde nadie alaba, todos acusan, y la acusación se ha convertido en el género literario dominante de la época precisamente porque la alabanza dejó vacante el primer lugar.

Charles Taylor describió al sujeto que resulta de todo esto y le puso un nombre exacto, el yo blindado, amortiguado, un yo con doble acristalamiento que ya no oye llamar al mundo y que confunde ese silencio con madurez. Para ese yo, el mundo ha dejado de irradiar significados, todo significado pasa a fabricarlo él, en su interior, como una fábrica saca productos, de modo que donde antes se respondía ahora se proyecta, y la diferencia entre responder y proyectar es toda la diferencia, porque el que responde puede equivocarse ante algo y el que proyecta solo puede aburrirse de sí mismo. Rémi Brague añadió la dimensión histórica que faltaba. Europa dejó de contarse a sí misma como heredera agradecida y empezó a contarse como creadora absoluta, y el creador absoluto no escribe cartas de agradecimiento, porque cree no deber nada a nadie. Donde nadie recibe, nadie agradece, y la alabanza, que es la gratitud puesta en voz alta, se queda sin suelo. Brague recordaba además que la grandeza de Roma consistió en saberse segunda, en asumir sin complejos que lo mejor le venía de Grecia y que su genio era la transmisión, y esa vieja lección romana ilumina de pronto todo lo que vengo diciendo, porque una cultura que se sabe segunda puede alabar, tiene ante quién, mientras que una cultura que se cree primera solo puede felicitarse, y la autofelicitación es la forma más triste de la alabanza, un canto sin isón, una segunda voz que se ha quedado sin primera y da vueltas sobre sí misma en el vacío.

Byung-Chul Han ha descrito, por último, la condición temporal del desastre. La sociedad actual consume y no contempla, hace scroll y no permanece, y la contemplación exige demora, una capacidad de quedarse que el dispositivo ha convertido en fricción a eliminar. El asombro tiene un tempo, y ese tempo es lento, nadie ha sido traspasado deslizando el pulgar, ese pequeño adiós vertical que se ha vuelto el gesto más repetido de la especie, un gesto cuya gramática profunda dice a cada cosa que ya viene otra, que no se haga ilusiones, que no era ella. Llamamos economía de la atención al arte industrial de impedir que la atención ocurra, y la llamamos así sin reírnos, lo cual demuestra hasta qué punto hemos perdido el oído para nuestras propias palabras. La admiración necesita duración porque es melódica, porque como toda melodía solo existe completándose, y un régimen de interrupción perpetua no necesita prohibirla, le basta con trocearla, con garantizar que ninguna frase llegue jamás a su cadencia. La censura de nuestro tiempo no tacha, fragmenta.

XIII. El oficio del músico

Todo esto lo he aprendido con el cuerpo antes que con los libros, porque mi oficio consiste en pasarme la vida ante partituras que me exceden, y el oficio enseña cosas que la teoría tarda décadas en alcanzar. Un intérprete no puede tocar a Bach sospechando de Bach. Puede hacerlo, técnicamente hablando, y el resultado existe y hasta gana concursos, un Bach forense, diseccionado con guantes, correcto y muerto. Pero para que la música ocurra hay que concederle a la obra el crédito entero antes de comprenderla, hay que obedecerla primero, con una obediencia que no es servil porque es la única puerta del sentido, y comprender llega después, por dentro de la entrega, nunca antes de ella. El músico sabe además otra cosa que desmiente el chantaje habitual de la sospecha, según el cual la admiración sería cosa de ignorantes y el conocimiento la disolvería. Llevo la vida entera dentro de algunas obras, las he estudiado hasta la última ligadura, y puedo dar fe de que el conocimiento no gasta el asombro, lo afina, le da motivos cada vez más precisos, hasta el punto de que el asombro del que sabe es más hondo que el del que no sabe, porque sabe exactamente cuánto hay que admirar. La familiaridad solo mata la admiración de quien confundía admirar con no entender.

La historia de las salas de concierto cuenta además cómo se fue disciplinando la alabanza del cuerpo. En julio de 1778 Mozart escribió a su padre desde París que el público había estallado en aplausos en mitad del primer allegro de su sinfonía nueva, justo en el pasaje que él había calculado para provocarlos, y que de puro contento se fue después al Palais Royal a tomarse un helado. Durante buena parte del siglo diecinueve se aplaudía entre los movimientos y a veces dentro de ellos, y se pedía repetir el que había gustado. La sala silenciosa, con su prohibición tácita del aplauso entre los tiempos de una sinfonía, es una costumbre relativamente tardía, y en ella hay mucho de respeto genuino por la forma entera, que pide ser escuchada de un solo aliento. Pero hay también un traslado de la autoridad sobre el entusiasmo, que pasa del cuerpo del oyente al saber de los entendidos, que son quienes saben cuándo está permitido aplaudir. Quien aplaude a destiempo en una sala de hoy recibe miradas que se parecen mucho a la disculpa de la mujer del camerino. Ha cometido la falta de dejarse alcanzar antes de que el reglamento lo autorizara.

Y sé también dónde empezó todo esto en mi propia vida, porque empezó donde empieza en casi todas, en la admiración a un maestro. Aprendí más armonía viendo a mi primer maestro abrir una partitura que en todos los tratados que vinieron después, porque en su manera de pasar las páginas había un respeto que ordenaba el entendimiento, una reverencia que era en él una forma superior de la inteligencia, la postura desde la cual las cosas consentían en mostrársele. Nadie aprende de verdad de quien no admira, esto lo sabe cualquier profesor honrado aunque la pedagogía oficial lo calle, y por eso una escuela que enseña a sospechar antes que a asombrarse no forma espíritus críticos, forma desmontadores precoces de juguetes que jamás han montado, muchachos adiestrados en detectar la ideología de textos que no saben leer y los privilegios de músicas que no saben oír, armados hasta los dientes contra un mundo que todavía no les ha sido presentado. La crítica es una corona, y las coronas se ganan. Dársela al alumno el primer día es condenarlo a reinar sobre nada.

Lo mismo vale, y con más gravedad, para la ciencia, cuyo impulso originario fue el asombro de que haya algo y no más bien nada, la más pura de todas las admiraciones, la que no admira esta cosa o aquella sino el hecho inaudito de que las cosas sean. Los grandes científicos lo han confesado siempre, esa mezcla de estupor y gratitud ante la inteligibilidad del mundo, ante el escándalo silencioso de que la realidad se deje pensar. El investigador al que ese estupor se le ha secado sigue produciendo papers, desde luego, pero administra datos como un notario administra herencias ajenas, y ninguna hipótesis fecunda ha nacido jamás de la sospecha, porque perseguir una hipótesis durante años exige fiarse de un presentimiento, adelantarle crédito a una corazonada, y esa operación es estructuralmente idéntica a la fe del que escucha una melodía a medio hacer. Y lo mismo vale para el amor, donde la evidencia es tan aplastante que casi da vergüenza escribirla. Nadie se ha enamorado nunca auditando. El amor comienza con un crédito desmesurado, escandalosamente desproporcionado respecto de la información disponible, y toda la vida compartida que venga después será el lento descubrimiento de que aquel adelanto loco era la única manera de saber, porque las personas, como las realidades tímidas de antes, no se muestran a quien las investiga, se muestran a quien las espera. La amistad que exige pruebas antes de empezar no empieza. La confianza no es el premio del conocimiento de las personas. Es su método.

Las lenguas germánicas guardan esta verdad en su raíz. El alemán Lob, alabanza, comparte tronco indoeuropeo con lieben, amar, con glauben, creer, y con erlauben, permitir, ramas todas de una raíz que significaba querer, desear, tener por querido. Alabar, amar y creer fueron al principio un solo gesto del alma, el de tener algo por querido y fiarse de ello, y lo que la modernidad tardía separó con tanto empeño la lengua lo tenía cosido desde hace milenios.

XIV. Las dos muertes de la alabanza

Nada de esto significa que la sospecha deba ser expulsada, y quien esperase una apología de la credulidad la habría esperado en vano. La sospecha tiene su lugar y su honra, existen los engaños, las dominaciones, las autoilusiones, existe el canto falsificado, y una alabanza que no supiera distinguirlo sería tan ciega como la desconfianza universal. Lo que sostengo es una tesis sobre el orden, y el orden en filosofía lo es casi todo. La sospecha es una operación segunda. Llega después del encuentro, como la crítica llega después de la obra y la digestión después del pan, y en ese segundo lugar es preciosa, es la vigilancia del que ama, el discernimiento sin el cual el amor degenera en apetito y la admiración en fanatismo. Porque la alabanza verdadera discrimina, esto hay que decirlo alto en una época que confunde alabar con aprobarlo todo. Quien alaba distingue, jerarquiza, se juega el juicio, dice esto sí con un vigor que solo tiene sentido porque también sabe decir esto no, y por eso el elogio universal es la forma cortés del desprecio universal, ya que donde todo merece aplauso nada merece nada. A la alabanza la acechan así dos muertes simétricas, y he tardado en verlas juntas. La primera es la sospecha, que la declara servil y la mata por desconfianza. La segunda es la equivalencia, el todo vale de la indiferencia sonriente, que la declara innecesaria y la mata por empacho. La cultura tardomoderna ha logrado la proeza de administrarle las dos a la vez, y así el hombre contemporáneo sospecha de lo alto mientras aplaude cualquier cosa, escéptico ante las catedrales y entusiasta de las novedades de la semana, incapaz del sí grande y pródigo en síes minúsculos que no le cuestan nada porque no significan nada.

Hay incluso una prueba curiosa de que la reverencia es la condición de su contrario. Solo puede profanarse un templo. Un aparcamiento es imposible de profanar, por mucho empeño que se ponga, y por eso la irreverencia auténtica, la que sacude y despierta, es un lujo exclusivo de las culturas que veneran, un fruto que solo crece en huertos consagrados. Nuestros transgresores profesionales aburren por esa razón exacta, porque blasfeman contra dioses en los que ya no cree nadie, y escupir al vacío no es un acto de valor, es un problema de puntería. Los grandes burladores del pasado escandalizaban porque enfrente había algo erguido, y su risa medía la altura de lo que desafiaban. La nuestra no mide nada, gira en el aire, y de tanto no encontrar resistencia se ha vuelto melancólica. Quien quiera de verdad recuperar la fuerza de la crítica, la crítica que muerde y transforma, tendrá que empezar por el trabajo previo y humilde de levantar de nuevo algo digno de ser derribado, es decir, tendrá que empezar alabando.

XV. La elegía y el salmo

Queda lo más grave, y es que la alabanza tiene una relación con la muerte que la vuelve trágica y que la salva a la vez del optimismo, con el cual sus enemigos la confunden interesadamente. En los funerales se descubre que siempre supimos alabar. De pronto la lengua encuentra sin esfuerzo las palabras que negó durante décadas, los hombres más secos se levantan y dicen ante todos lo que aquel hombre fue, cuánto valía, cuánto se le debía, y lo dicen bien, con una elocuencia que nadie les conocía, porque la elegía es la alabanza en pretérito, la forma que adopta el elogio cuando ya no puede ser recibido. Ahí asoma nuestra condición con una crudeza casi insoportable, y es que aprendemos a alabar justo en el único tiempo verbal que ya no le sirve al alabado. La tragedia no se corrige, se habita, pero puede habitarse mejor o peor, y conjugar la alabanza en presente, decirle a los vivos lo que guardamos para sus esquelas, es una de las pocas mejoras que están enteramente en nuestra mano. La alabanza trágica, la única que defiendo, alaba lo mortal en cuanto mortal, sin exigirle eternidad como aval, porque el sentido no requiere permanencia, requiere presencia, y un momento plenamente vivido posee una dignidad que no depende de su duración. Amar lo que puede perderse, celebrarlo sabiendo que se perderá, no es ingenuidad, es el coraje más alto disponible para seres finitos, y por eso la alabanza verdadera tiene siempre un temblor dentro, un bajo oscuro que el oído atento distingue perfectamente del júbilo tonto. Tampoco excluye la queja. Los viejos salmos alternaban el elogio con el reproche más amargo, y aquella alternancia era sabia, porque la queja dirigida sigue siendo pariente de la alabanza, todavía cree que hay alguien ante quien poner la propia verdad, todavía comparece. Frente a la alabanza, el lamento es casi un aliado. Su verdadero contrario es el encogimiento de hombros, ese gesto que ya no espera nada de nada, y una época se juzga menos por lo que discute que por lo que le encoge los hombros.

Los viejos salmos sabían todavía otra cosa, y es la que vuelve trágica la alabanza. Claus Westermann, que dedicó media vida a estudiarlos, mostró que en el mundo del Antiguo Testamento alabar es lo propio de los vivos, que la alabanza y la vida se pertenecen hasta el punto de que la muerte se define como el lugar donde ya no se alaba. Los muertos no alaban al Señor, dice un salmo, ni ninguno de los que bajan al silencio, y otro pregunta quién podrá alabarlo en el abismo. La elegía, que es nuestra alabanza en pretérito, invierte esa ley con una ironía terrible, porque somos los vivos quienes empezamos a alabar justo cuando el alabado ha bajado al silencio, y ya se vio que el elogio nació inscripción sobre una lápida. Devolver la alabanza al presente es devolverla a la tierra de los vivos, que es donde los salmos la habían puesto. El Salterio entero termina así, en un salmo donde ya no se pide ni se lamenta nada y solo se convoca a alabar con trompeta, con arpa y cítara, con pandero y danza, con cuerdas y flauta, con címbalos sonoros, y que acaba diciendo que todo lo que respira alabe. La última página del libro de los cantos es una orquesta.

XVI. La carta debida

Ahora puede decirse entera la tesis que se ha ido descubriendo por el camino. La modernidad tardía no ha perdido únicamente la capacidad de creer, que es lo que suele lamentarse o celebrarse según el bando. Ha perdido la capacidad de admirar, que es anterior y más honda, porque se puede no creer en nada y seguir admirando el mundo, pero no se puede admirar nada y seguir habitando un mundo. Y quien ya no puede admirar tampoco puede alabar, y sin alabanza el aparecer queda trunco, el circuito no se cierra, la realidad comparece a media voz, degradada a objeto, a recurso, a construcción, a material en espera de uso. Esa amputación no afecta solo a la religión o al arte, que son sus víctimas visibles. Afecta a la amistad, que se marchita donde nadie celebra a nadie, al amor, que no sobrevive a la contabilidad, al aprendizaje, que muere donde el discípulo se cree juez, y a la ciencia misma, que se vuelve gestión donde se apaga el estupor de que haya algo y no nada. Una cultura entera puede seguir funcionando sin alabanza durante mucho tiempo, con sus instituciones en marcha y sus indicadores en verde, igual que un cuerpo puede seguir caminando con un órgano menos. Solo que ya no oye. Le hablan y contesta, le muestran y clasifica, y llama lucidez a esa sordera metódica, y llama madurez a ese doble acristalamiento, y de vez en cuando, en un cuarto pequeño y mal ventilado, algo se le escapa, unos ojos brillan, una voz dice qué maravilla, y enseguida la maquinaria de la vergüenza se pone en marcha para pedir perdón.

Debí decírselo aquella noche a la mujer del camerino, y no supe, y este ensayo es la carta que le quedé a deber. Debí decirle que su frase era la más exacta de cuantas se pronunciaron aquel día, más exacta que las mías y que las de los entendidos, porque en ese qué maravilla sin defensa la obra terminó de aparecer, encontró la segunda voz que le faltaba, y que su disculpa posterior no era suya, era de la época, un reflejo adiestrado durante siglos que ella ejecutó sin querer, como se ejecutan los reflejos. Debí decirle que no hay nada que perdonar en haber sido alcanzada, que ser alcanzable es lo último noble que nos queda, y que el niño de la puerta, el de la mirada fija, no era el menos preparado de la sala sino el único que todavía tenía el instrumento intacto. Pienso ahora en el primer segundo, porque todo se decide en el primer segundo, en ese intervalo brevísimo entre la aparición de algo grande y la llegada del inspector interior con su cuestionario, y me pregunto de quién será ese segundo la próxima vez, si del detective o del que aún sabe arrodillarse por dentro, y me pregunto sobre todo si un gesto que una civilización entera ha desaprendido puede reaprenderse, y cómo, si hará falta esperar a que la sospecha muera de su propia dieta o si bastará con menos, con que la alabanza sobreviva como sobreviven las lenguas amenazadas, en unos pocos hablantes que se la enseñan unos a otros en voz baja, sin permiso de nadie, hasta que una noche cualquiera, en un cuarto pequeño y mal ventilado, alguien vuelva a decir qué maravilla y se quede tan tranquilo, sosteniendo la frase entera, sin pedir perdón.

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