La despedida

El presente vivo tiene su horizonte, enseñó Husserl. Sí, pero el sentido del presente no está del todo en el presente.

I. La última vez

Hubo una última vez que viste a alguien y no supiste que era la última. Una conversación cualquiera, en una cocina o en un andén, con la radio de fondo o el ruido de los altavoces, y os despedisteis como os habíais despedido cien veces, con una frase de trámite, nos vemos, cuídate, hablamos la semana que viene. Luego uno de los dos se dio la vuelta y ya no hubo semana que viene. Lo extraño de aquella tarde está en otra parte que en tu ignorancia. Aunque hubieras querido, aunque hubieras puesto en aquel instante toda la atención del mundo, tampoco habrías podido vivirlo como lo que era, porque lo que era, la última vez, no estaba disponible en aquel instante. Dependía de un futuro que aún no había ocurrido. Dependía de que no hubiera una vez siguiente, y esa ausencia de una vez siguiente todavía no existía, todavía no había pasado, todavía no podía comparecer.

La despedida, mientras sucedía, estaba vacía de sí misma. Su peso entero llegó después, a veces años después, y llegó como una inundación. De golpe aquella tarde insignificante se volvió la tarde, la frase de trámite se volvió las últimas palabras, la mano en el hombro se volvió el último contacto de dos cuerpos que se habían conocido durante media vida. Y comprendiste entonces que la habías vivido sin vivirla, presente en cuerpo y ausente en sentido, como quien asiste a la primera página de un libro sin saber que es también la última.

Ese desajuste tiene poco de descuido. Pertenece al tiempo mismo, a la manera en que un ser finito está metido en la corriente de los días, y de él nace una forma del dolor que casi todos conocen y que casi nadie ha pensado hasta el fondo. Quien la padece suele contarla como una culpa, la de no haber estado a la altura de un momento. Contada así, la experiencia se falsea en su raíz. Lo que falló aquella tarde fue el instante, que no tenía todavía de sí lo necesario para ser vivido como lo que iba a ser. Y lo que el instante no tenía lo tiene ahora el recuerdo, que lo recibe demasiado tarde para devolvérselo.

II. Lo que el instante no tiene

Dicha sin el envoltorio del ejemplo, la tesis suena casi a escándalo. El sentido del presente no está del todo disponible para el presente mismo. La frase se presta a un malentendido inmediato, el de quien la oye como un reproche moral contra nuestra distracción, contra la vida que se nos escapa por falta de conciencia. Ese reproche existe y tiene su cura en la atención, en la presencia plena que predican los manuales de sabiduría portátil. La tesis dice algo más duro y sin cura. Ni con toda la atención del mundo puede el presente entregarnos su propio sentido, porque una parte de ese sentido depende de lo que todavía no ha sucedido, y lo que no ha sucedido carece por definición de presencia. La última vez no puede vivirse como última mientras es presente, porque su condición de última la constituye un futuro, la no repetición, que aún no ha llegado a serlo.

El retraso del sentido es estructural. Llegamos tarde a nuestros momentos por una razón más honda que la torpeza, porque el sentido de un momento se cuece en parte fuera de él, en un después que le dará, o le quitará, el peso que en su presente no podía tener. Esto vale, con menos dramatismo, para casi todo. Mientras la vives, no sabes si esta es la conversación que cambiará tu vida o una charla que olvidarás mañana, y no lo sabes aunque prestes toda tu atención, porque eso lo decidirá lo que venga. El primer día en una ciudad que acabará siendo tu casa es, mientras dura, un día de maletas y de calles equivocadas. El primer ensayo con el músico que será tu compañero de veinte años es, mientras dura, un ensayo más, con sus compases torcidos y su café frío. Ninguno de esos días llevaba escrito su nombre.

El presente está incompleto en su propio presente. La despedida es el caso donde esa incompletud se vuelve insoportable, porque es donde más habríamos querido estar a la altura de un instante y donde el instante, por su propia constitución, no nos dejaba estarlo. Todos los demás momentos decisivos pueden recibir su sentido más tarde y seguir viviendo con nosotros, ser retomados, corregidos, prolongados. La despedida se lleva consigo al único que podría haber recibido lo que no supimos darle, y deja el sentido llegado tarde sin destinatario delante.

III. Palabras de despedida

Las palabras con que las lenguas se despiden guardan una pequeña teoría de este problema, y vale la pena escucharlas despacio antes de que el argumento descanse sobre ellas. Despedir viene de pedir, del latín petere, y despedirse fue al principio pedir licencia para irse, solicitar del otro el permiso de la partida. En la raíz de la palabra está, pues, una petición dirigida a alguien que todavía está delante, una cortesía del que se va hacia el que se queda. Nadie pide licencia a un ausente. La palabra misma presupone la presencia del otro y la continuidad del vínculo que concede el permiso, y por eso resulta tan extraño llamar despedida a lo que solo después supimos que lo era. Aquella tarde nadie pidió licencia para irse para siempre. Se pidió, como cada vez, licencia para irse hasta la próxima.

Las fórmulas de despedida confirman esa presuposición casi sin excepción. El griego antiguo decía chaîre (χαῖρε), alégrate, y el latín decía vale, ten salud, sé fuerte, de valere, valer, estar sano. Son deseos para la vida que sigue, bendiciones lanzadas hacia un futuro en el que el otro continuará existiendo. El alemán Lebewohl dice vive bien, el inglés farewell dice viaja bien, de fare, ir, andar, hacer camino. El castellano adiós encomienda al otro a Dios, a Dios seas, y lo deja en unas manos que lo sostendrán cuando ya no estemos. El francés au revoir, el italiano arrivederci, el rumano la revedere y el alemán auf Wiedersehen nombran sin rodeos el reencuentro, hasta volver a vernos. Casi todas las lenguas se despiden apostando por una vez siguiente.

Algunas tienen además una segunda fórmula, reservada para la despedida que se sabe definitiva. El italiano distingue arrivederci de addio, y el rumano distingue la revedere de adio, que en boca de un rumano suena a puerta que se cierra. El francés guardó durante siglos para adieu una gravedad que au revoir no tiene. Esa segunda fórmula es la prueba lingüística de la tesis. Existe, la lengua la ofrece, y casi nunca podemos usarla, porque para decir addio hay que saber, y en las despedidas que importan no sabíamos. Decimos arrivederci a quien no volveremos a ver, y la lengua, que tenía preparada la palabra justa, se queda con ella en la mano. La gramática de la despedida definitiva está escrita para un saber que el presente rara vez posee.

Último viene del latín ultimus, superlativo de una raíz que dice lo que está más allá, la misma de ulterior y de ultra. Lo último es, en su raíz, lo situado en el extremo de un más allá, y por eso solo puede ser visto desde ese extremo o desde fuera de él. Postrero, la otra palabra castellana para lo final, viene de posterus, lo que viene después. Las dos palabras del castellano para la última vez llevan dentro un después y un más allá. La lengua sabía que lo último es un predicado que se dice desde fuera del instante al que se aplica.

Beethoven discutió por este motivo con sus editores. Cuando el archiduque Rodolfo, su alumno y protector, tuvo que abandonar Viena en mayo de 1809 ante la llegada del ejército de Napoleón, Beethoven escribió una sonata para piano cuyo primer movimiento tituló Das Lebewohl. Breitkopf und Härtel la publicó con el título francés Les Adieux, y Beethoven protestó. Lebewohl, escribió, es algo muy distinto de Les Adieux, porque lo primero se le dice de corazón a una sola persona y lo segundo a asambleas enteras, a ciudades. Beethoven defendía la intimidad del vive bien frente a la ceremonia del adiós colectivo. Y defendía, sin decirlo, el vínculo con alguien que seguiría vivo, porque la sonata tiene un tercer movimiento, Das Wiedersehen, el reencuentro. Volveremos sobre esa sonata, que es la despedida mejor compuesta de la historia de la música y que, por ser compuesta, puede hacer exactamente lo que la vida no puede.

IV. Lo que dijo Solón

La intuición de que el sentido de una vida se decide fuera de cada uno de sus instantes es tan vieja como la filosofía griega, y su primera formulación célebre se pone en boca de un sabio ante un rey. Heródoto cuenta que Creso, el rey de Lidia, enseñó a Solón de Atenas todos sus tesoros y le preguntó quién era el hombre más feliz que había visto, esperando oír su propio nombre. Solón nombró a un ateniense oscuro, Telo, que murió con gloria en una batalla después de ver crecer a sus hijos y a sus nietos, y luego a dos hermanos de Argos, Cléobis y Bitón, que murieron dormidos en el templo después de una hazaña de piedad filial. Creso se irritó, y Solón le explicó que en la vida de un hombre caben muchos días, que ningún día se parece a otro, y que antes de que alguien muera hay que esperar y no llamarlo todavía feliz, solo afortunado. El relato termina como debe terminar. Creso, derrotado por Ciro y puesto sobre la pira, recuerda a Solón y grita su nombre tres veces.

Aristóteles tomó la sentencia de Solón muy en serio y la discutió en el libro primero de la Ética a Nicómaco. Si la felicidad es una actividad de la vida entera, se pregunta, ¿habrá que esperar a la muerte para llamar a alguien feliz? Y si se espera a la muerte, ¿podrá todavía la fortuna de los descendientes, sus desgracias o sus glorias, alcanzar al muerto? La respuesta de Aristóteles es una de las más vacilantes de toda su obra. Parece absurdo, dice, que la felicidad de un hombre cambie después de muerto, y parece también demasiado duro y contrario a las opiniones comunes que la suerte de sus hijos no le alcance en nada. Concluye que les alcanza en algo, pero débilmente, como un rumor que llega amortiguado.

Esa vacilación es preciosa, porque en ella se ve al filósofo más sistemático de la Antigüedad tropezar con la misma estructura que aquí se piensa. Aristóteles quiere que el sentido de una vida pertenezca a la vida, que sea una actividad del alma realizada a lo largo de un tiempo completo. Y descubre que la completitud de ese tiempo solo se alcanza en un punto desde el cual la vida ya no puede actuar ni saber nada de sí. La vida feliz se cumple en un final que el feliz no presencia como final. Solón y Aristóteles hablaban de la felicidad, y su problema es el mismo de la despedida, trasladado del instante a la vida entera. Lo que vale para una tarde en una cocina vale para una existencia, cuyo peso definitivo se decide en un después que ella no puede habitar.

V. La frase que nadie podía escribir

La filosofía analítica de la historia dio con la forma lógica de este problema en 1965, en un libro de Arthur Danto que nada tenía que ver con despedidas. Danto imaginó un Cronista Ideal, un testigo perfecto que registrara instantáneamente todo lo que ocurre en el mundo, cada gesto, cada palabra, cada caída de una hoja, con una exactitud y una exhaustividad que ningún historiador humano podría igualar. Y mostró que a ese testigo absoluto le faltaría, sin embargo, toda una clase de verdades. No podría escribir nunca que la Guerra de los Treinta Años empezó en 1618, porque en 1618 nadie sabía que la guerra que empezaba iba a durar treinta años. No podría escribir que Aristarco anticipó en el siglo III antes de Cristo la teoría que Copérnico publicaría en 1543, porque la anticipación solo existe cuando llega aquello que se anticipa.

Danto llamó oraciones narrativas a esas frases que describen un acontecimiento por referencia a otro posterior, y sostuvo que son el material propio de la historia. La frase la última vez que la vi es una oración narrativa en el sentido más estricto. Describe una tarde por referencia a todas las tardes que no vinieron después, y ningún testigo de aquella tarde, ni siquiera el Cronista Ideal, ni siquiera tú mismo con toda tu atención, podía escribirla mientras sucedía. El cronista habría anotado la luz de la cocina, la frase de trámite, la mano en el hombro, la puerta, con una precisión que tu memoria ya no tiene. Y habría omitido lo único que hoy te importa, que fue la última.

La lección de Danto llega más lejos de lo que él quiso llevarla. Danto pensaba que las oraciones narrativas cambian la descripción de un suceso y dejan intacto el suceso mismo. La guerra de 1618 fue la que fue, y lo que cambia es lo que podemos decir de ella. Para la historia de los historiadores esa prudencia es razonable. Para la vida vivida en primera persona se queda corta. Lo que llega después a la tarde de la cocina tiene poco de rótulo nuevo pegado a un hecho viejo. Llega su peso, su manera de comparecer, el lugar que ocupa en una existencia, y todo eso forma parte de lo que aquella tarde es para quien la vivió. Una vida no está hecha de sucesos neutros a los que luego se añaden descripciones. Está hecha de sucesos que comparecen, y su comparecencia, la manera en que se dan a alguien con un peso y una dirección, se completa en parte después. Por eso la despedida supera el problema de Danto. Su oración narrativa toca el ser mismo de la tarde.

Kierkegaard había visto lo esencial un siglo antes, en la entrada de 1843 de su diario cuya primera frase todo el mundo cita y cuya continuación casi nadie lee. La vida, escribió, se comprende hacia atrás y se vive hacia delante, y de ahí se sigue que en el tiempo nunca puede comprenderse del todo, porque en ningún instante encuentro el reposo necesario para tomar la posición, hacia atrás. La frase tiene un alcance del que ya se ocupó en esta casa el ensayo sobre La encrucijada que nace al final, donde la memoria inventa las ramas no tomadas de un camino que fue único. Aquí interesa su otra mitad. Kierkegaard no dice solo que comprendemos tarde. Dice que ningún instante del tiempo ofrece el reposo desde el cual el instante mismo podría comprenderse. La despedida es el caso extremo de esa falta de reposo, porque el único punto desde el que podría leerse como despedida es el punto en que ya no hay a quién despedir.

VI. El horizonte y la deuda

En este punto el pensamiento de la despedida se separa de Husserl, a quien le debe casi todo. Husserl vio, mejor que nadie antes que él, que el presente carece de la delgadez de un punto. En las lecciones sobre la conciencia interna del tiempo que dictó en 1905 y que Heidegger editó en 1928, describió el presente vivo como un campo con espesor. Cada impresión originaria arrastra tras de sí una cola de retenciones, lo que acaba de pasar y todavía se sostiene en el oído, y se tiende al mismo tiempo hacia una protención, una espera de lo que va a venir. Al oír una melodía retenemos la nota que se apaga y anticipamos la que llega, y sin esa doble extensión no oiríamos melodía alguna, solo una sucesión de sonidos sueltos.

En los manuscritos que redactó en Bernau entre 1917 y 1918, publicados mucho después, Husserl dio a la protención una atención que las lecciones apenas le habían concedido. La describió como una intención vacía, abierta, indeterminada en su contenido aunque determinada en su forma, que se llena cuando llega lo esperado y se decepciona cuando llega otra cosa. La protención tiene su propia lógica de cumplimiento y de decepción, y todo presente está atravesado por ella. Thomas Fuchs ha propuesto hace poco describir esa estructura como un cono de probabilidades graduadas, más estrecho cuando la atención se concentra y más ancho cuando se relaja, abierto hacia lo que todavía no ha tomado forma. Todo esto es verdad y es fundamental.

Lo que Husserl afirma, y la precisión importa, es que el sentido está disponible en el presente vivo, aunque sea como horizonte. La protención tiende hacia lo que viene, y lo hace como una expectativa que el presente ya alberga, despliega desde sí y podrá ver cumplida o decepcionada. El futuro entra en el presente husserliano por la puerta de la espera. Puede contradecirla, sorprenderla, desmentirla, y siempre lo hace frente a algo que el presente ya llevaba consigo. El presente de Husserl se basta en un sentido preciso, el de tener dentro de sí, en forma de horizonte, todo lo que necesita para que su futuro le signifique algo.

La despedida desmiente exactamente eso, y lo desmiente de un modo que pide mirarse en su detalle más fino, porque ahí está el hallazgo de este pensamiento. En la cocina, aquella tarde, la protención apuntaba a una vez siguiente. Hablamos la semana que viene, decía la frase de trámite, y el cuerpo entero estaba vuelto hacia ese martes en que sonaría el teléfono. Luego el martes llegó y el teléfono no sonó, y llegaron otros martes. Pero la decepción de aquella protención no ocurrió nunca. Ningún martes concreto fue vivido como el martes en que la vez siguiente no llegó, porque una ausencia no sucede en ningún día. Lo que llegó fue una noticia, una llamada de otra persona, un silencio que se fue espesando hasta volverse certeza, y con la noticia llegó de golpe, y entera, una decepción que no había tenido lugar en ningún presente.

La no vez siguiente nunca acontece. No tiene fecha, no tiene presente propio, no se deja oír como se oye una nota que no llega donde se esperaba. Por eso la despedida escapa a la lógica husserliana del cumplimiento y la decepción. Su sentido no estaba retenido ni protendido en el ahora. Estaba guardado en otra parte, en un porvenir que todavía no había ocurrido y que, cuando ocurrió, llegó como revelación de lo que había sido una tarde y nunca como decepción de una espera. Husserl da al presente su horizonte. El presente, además de horizonte, tiene una deuda, un sentido que le falta y que solo el futuro le pagará, y que mientras tanto no está en él ni siquiera como espera. Esa deuda ya pertenece a otra fenomenología del tiempo, y sería impropio seguir llamándola Husserl.

VII. Ni exceso ni saturación

La tentación de refugiarse en Jean-Luc Marion es grande, y sería un malentendido. Marion pensó el fenómeno saturado, aquel en el que la intuición desborda todo lo que la intención puede constituir, donde se nos da más de lo que podemos abarcar, y lo describió en cuatro figuras, el acontecimiento, el ídolo, la carne y el icono, a las que añadió la revelación como figura límite. El acontecimiento saturado es para Marion el que no se deja prever, el que llega sin causa suficiente que lo anuncie, el que excede todo horizonte de espera y exige una hermenéutica sin fin, porque ninguna interpretación agota lo que en él se ha dado. Y podría parecer que la despedida es eso, un exceso que no cabe en el instante, una tarde demasiado grande para la cocina donde ocurrió.

Es exactamente lo contrario. En la despedida falta intuición. Se nos da demasiado poco, porque falta el tiempo que le daría su peso. La saturación de Marion es un exceso de luz, de donación, de presencia, y la despedida es una carencia, una carencia de después. En el fenómeno saturado el presente rebosa, y aquí el presente está hueco, con un hueco que no llena ninguna plenitud desbordante. Lo llena, más tarde, un porvenir que todavía no ha venido. Marion piensa lo que excede al ahora desde el ahora. La despedida obliga a pensar lo que le falta al ahora y solo otro tiempo le dará.

El contraste se afina si se mira de cerca la relación entre la despedida y el acontecimiento que la consagra. Harris Bechtol ha descrito la muerte del otro como un acontecimiento en sentido marioniano, imprevisible, excesivo, transformador hasta el punto de ser la muerte de un mundo. Tiene razón, y esa razón ilumina por contraste lo que aquí se piensa. La muerte del otro es el acontecimiento. La despedida es otra cosa, el instante anodino que ese acontecimiento consagrará hacia atrás. La tarde de la cocina no fue saturada en ningún sentido. Fue pobre, distraída, igual a cien tardes. Lo saturado llegó después, y al llegar se volvió hacia aquella tarde y la convirtió en su víspera.

Ese es el nombre exacto del fenómeno. La despedida es una víspera que no sabía que lo era. La palabra víspera viene del latín vesper, la tarde, el lucero de la tarde, y la liturgia llamó vísperas a la hora del día que prepara la fiesta, el oficio del atardecer que precede a la solemnidad. Una víspera tiene sentido por la fiesta que la sigue, y solo existe como víspera si la fiesta llega. El acontecimiento de Marion se da con exceso en su presente. La víspera se da con defecto en el suyo y recibe su plenitud del acontecimiento que vendrá a buscarla. Son fenómenos opuestos que se necesitan, porque no hay víspera sin fiesta, y tampoco hay acontecimiento humano que no reconfigure, al llegar, sus vísperas.

VIII. La frase que se cierra con su última palabra

Freud encontró una versión patológica de esta estructura en 1895, en un manuscrito que no llegó a publicar y que conocemos como Proyecto de una psicología. Una paciente a la que llama Emma no puede entrar sola en una tienda. Recuerda que a los doce años entró en una y dos dependientes se rieron de su vestido, y ella salió corriendo. Detrás de esa escena el análisis encuentra otra, de cuando tenía ocho años, en la que un tendero la tocó a través de la ropa. Aquella primera escena no fue traumática cuando ocurrió, porque la niña no tenía todavía con qué entenderla. Se volvió traumática después, cuando la pubertad le dio un sentido que antes no podía tener y la segunda escena la despertó. Freud llamó a eso Nachträglichkeit, posterioridad, efecto de retardo, y Laplanche lo tradujo como après-coup, lo que golpea después del golpe.

La despedida comparte con la escena de Emma la forma temporal y difiere de ella en todo lo demás. En Freud el sentido que llega tarde es una herida que el presente no pudo registrar, y su retraso es la marca de lo traumático. En la despedida el sentido que llega tarde es el de un vínculo, el peso de un amor o de una amistad que la tarde de la cocina no podía contener, y su retraso es la marca de lo finito. La Nachträglichkeit freudiana es una enfermedad del tiempo. La de la despedida es su salud, la manera normal y hasta necesaria en que una vida que tiene futuro recibe su pasado.

Jacques Lacan dio a la misma estructura una formulación lingüística que se ajusta a la despedida como un guante. Una frase, dijo, solo cierra su significación con su último término. Cada palabra se anticipa en la construcción de las demás, y a la inversa, la última sella su sentido por efecto retroactivo. Lacan llamó point de capiton, punto de acolchado, al lugar donde el significante se clava en la significación como la aguja del tapicero que fija el relleno de un colchón. Mientras la frase avanza, su sentido está suspendido. Cuando llega la última palabra, el sentido cae hacia atrás sobre todas las anteriores y las fija.

Una relación entre dos personas es una frase de ese tipo, y su última palabra es una muerte o una partida. Mientras dura, cada encuentro se anticipa en los otros y espera su sentido de los que vendrán. Cuando llega la última palabra, el sentido cae hacia atrás sobre toda la frase y la acolcha. La diferencia cruel con la frase de Lacan es que en la relación nadie sabe cuál es la última palabra hasta que la frase se ha interrumpido, y que la frase no termina por haber llegado a su final gramatical. Termina por cortarse, y su último término es casi siempre una palabra cualquiera, nos vemos, cuídate, que no estaba hecha para cerrar nada y que sin embargo lo cierra todo.

IX. La última página ilegible

¿Qué es, entonces, este fenómeno que no cabe en el horizonte de Husserl ni en la saturación de Marion? Es la forma temporal de la comparecencia cuando se la mira en primera persona y en el límite. Por comparecencia entiendo el modo en que algo se da a alguien, en carne y con peso, con una dirección que lo vuelve significativo para esa vida y no solo presente ante ella. Una melodía comparece cuando su sentido de conjunto se da en el cuerpo de quien la oye, y ese sentido solo se da del todo cuando la melodía se resuelve. Una novela comparece cuando su última página refunda la primera, y la primera página de una gran novela solo se ha leído de verdad al terminarla. En la música y en la literatura la resolución solo existe cumplida, y el oyente y el lector lo saben y lo disfrutan, porque están fuera de la obra y pueden esperar su final con la seguridad de que llegará.

La despedida es ese mismo fenómeno padecido desde dentro y en carne viva, y es más aguda que la melodía o la novela por una razón cruel. Aquí el todo que ha de resolverse es una relación, y su última página es una muerte o una partida que no podemos leer mientras estamos dentro de ellas. Heidegger formuló la versión más general de esta imposibilidad en los parágrafos de Ser y tiempo dedicados a la totalidad del existente. Mientras el ser humano existe, escribió, le falta siempre algo, un todavía no que pertenece a su ser, y cuando ese todavía no se cumple con la muerte, el existente ya no está para captarse entero. La totalidad de una vida y la presencia de quien la vive no coinciden nunca.

Heidegger se preguntó también si la muerte de los otros podría ofrecernos al menos esa totalidad que la propia nos niega, y contestó que no. Asistimos a la muerte del otro, lo velamos, lo lloramos, y su ser total se nos escapa igual, porque lo que tenemos delante es un cuerpo que ya no existe en el modo del existente. De esa respuesta Heidegger sacó su ser para la muerte, el adelantarse resuelto hacia la posibilidad más propia. Del mismo diagnóstico se puede sacar otra cosa, más modesta y más cercana a la vida de todos. La última página de una vida, leída desde dentro de esa vida, es ilegible como última página, igual que quien la escribe no puede leerla, porque para leerla como última tendría que estar ya fuera, en el después que ella misma clausura. Y la última página de un vínculo, leída desde dentro del vínculo, tiene la misma ilegibilidad.

Estamos siempre dentro de nuestras despedidas mientras ocurren, y por eso no podemos leerlas. Cuando por fin podemos leerlas es porque ya estamos fuera, en el después que las ha convertido en despedidas. El momento y su lectura nunca coinciden, y ese desencuentro tiene la forma del tiempo finito. Un ser que pudiera leer sus despedidas mientras las vive tendría que estar a la vez dentro y fuera de su propia vida, en la cocina y en el día en que la cocina se recuerda, y eso es lo que las teologías atribuyen a la eternidad. El ser humano tiene, en lugar de eternidad, memoria, que es la manera finita de estar fuera de un instante sin dejar de haberlo vivido.

X. Letra en presente, melodía en diferido

Hace falta aquí una precisión, porque dicho sin matiz todo esto parecería condenarnos a vivir en un diferimiento perpetuo de todo sentido, como si nada del presente estuviera nunca disponible y flotáramos siempre en una espera de significados que solo llegan tarde. Muchísimo del presente está en el presente. El café quema, la frase se entiende, la mano que aprietas está caliente, la música suena. El diferimiento afecta a un estrato preciso del sentido, al que depende de cómo se resuelva un todo. El contenido ordinario de la despedida, las palabras dichas, el abrazo, la luz de la cocina, está entero en su presente. Lo que falta es su condición de despedida, que depende de un todo aún no cerrado.

Para decir con exactitud qué estrato se da y cuál se difiere sirve la imagen con que pienso la música, el telar del melos. La palabra griega mélos (μέλος) significaba a la vez miembro del cuerpo y canto, y nombra en mi vocabulario el tejido vivo de la música mientras sucede. Platón dijo en la República que el canto está hecho de palabra, armonía y ritmo, y esos tres son los hilos de la urdimbre del telar. La léxis (λέξις) es el decir antes de lo dicho, la manera en que una voz se dirige a alguien y lo llama. La harmonía (ἁρμονία) es el ajuste de las alturas entre sí, su convivencia y su tensión. El rhythmós (ῥυθμός) es la forma del fluir, el latido, la zancada, la respiración vueltos tiempo audible. Cruzando esa urdimbre pasan como trama tres estratos del cuerpo que canta. La Carne es el rostro, el peso, el aliento, lo que nadie eligió y cada uno trae. La Inclinación es la intención, la gravitación, el gesto que se apoya y se vence. El Hacia es la dirección, la continuidad, la pura futuridad del canto que va y todavía no ha llegado. Tres hilos por tres estratos dan nueve celdas, y en cada una la música se hace tela al hacerse.

Una tarde de despedida es un tejido de esa clase, y sus estratos no se dan al mismo tiempo. La léxis de la escena, lo que literalmente se dice y el modo en que dos personas se dirigen la una a la otra, está disponible ahora, igual que la Carne de los dos cuerpos y la Inclinación de sus gestos. El Hacia de la escena, la dirección del todo al que pertenece, se difiere. Mientras la tarde transcurre, el Hacia se siente sin verse, como una inclinación hacia la semana que viene. Solo cuando la relación se interrumpe, el Hacia se vuelve visible como la dirección que había sido, y entonces se descubre que aquella tarde iba hacia ninguna otra. Vives la letra del momento en su momento, y su melodía te llega después.

Por eso puedes despedirte con naturalidad de quien no volverás a ver. La letra de esa despedida es una letra corriente, y la vives corrientemente, sin mentira. Su melodía estaba guardada en un futuro que aún no había sonado. Vivimos la letra en presente y la melodía en diferido, y confundir las dos cosas, creer que porque la letra está disponible también debería estarlo la melodía, es la fuente de una culpa particular, la de no haber sentido en su momento lo que en su momento no podía sentirse. Quien se reprocha no haber abrazado más fuerte aquella tarde se reprocha no haber oído una melodía que todavía no existía, y se castiga con un oído que nadie tiene.

XI. Le-be-wohl

Beethoven escribió en el autógrafo de la sonata op. 81a una fecha y un motivo, Viena, 4 de mayo de 1809, a la partida de Su Alteza Imperial el venerado archiduque Rodolfo. Y escribió sobre las tres primeras notas del primer movimiento tres sílabas, Le-be-wohl. Las tres notas bajan por grados, sol, fa, mi bemol, como bajan las quintas de las trompas de posta cuando el carruaje se aleja, y cualquier oyente de la época reconocía en ese dibujo la señal de una partida. Pero el tercer acorde, el que debería posarse sobre la tónica y dejar al motivo en reposo, se desvía hacia do menor, el sexto grado, en una cadencia rota que deja la despedida suspendida antes de que haya empezado. El segundo movimiento se titula Abwesenheit, la ausencia, y el tercero, fechado al regreso del archiduque el 30 de enero de 1810, Das Wiedersehen, el reencuentro.

La sonata es la despedida perfectamente compuesta, y su perfección enseña por contraste lo que la vida no puede. Beethoven sabe que es una despedida, lo sabe desde la primera nota, la escribe en la partitura, y puede componer una despedida que se sabe despedida porque escribe desde fuera de ella. Su lugar es el del compositor, que tiene delante el todo de la obra y puede hacer que la primera frase lleve ya dentro su final. La cadencia rota del tercer acorde está ahí porque el compositor sabe que la tónica llegará más tarde, en la coda, cuando las sílabas del motivo vuelvan a sonar en un diálogo que se aleja, cada vez más débil, entre la mano derecha y la izquierda, como dos voces que siguen diciéndose adiós desde los extremos de un camino que se alarga. El tercer movimiento existe porque hubo regreso. Si el archiduque no hubiera vuelto, la sonata tendría dos movimientos, y su primera página diría otra cosa.

El intérprete que toca la op. 81a vive una experiencia que no tiene equivalente fuera del arte. Toca una despedida sabiendo que es una despedida, sabiendo también que vendrá la ausencia y que vendrá el reencuentro, y en ese saber reside toda la ternura de su sonido. Puede cantar las tres sílabas con el peso entero de lo que significan, porque el todo de la obra está ya en sus manos. Esa es la diferencia exacta entre la despedida compuesta y la despedida vivida. En la sonata el Hacia está escrito antes de sonar, y el intérprete lo canta desde el después de la partitura. En la cocina nadie había escrito nada. La música puede ofrecer lo que la vida niega, el instante que se sabe a sí mismo, y por eso el arte es también una forma de consuelo para quien no pudo despedirse. Le da a oír, por una vez, la despedida que su vida no le dejó vivir.

Otras dos despedidas de la música completan el arco. Haydn compuso en 1772 una sinfonía en fa sostenido menor cuyo final hace salir a los músicos de uno en uno, apagando cada cual la vela de su atril, hasta que solo quedan dos violines. La tradición cuenta que fue una petición discreta al príncipe Esterházy para que dejara volver a casa a una orquesta que llevaba demasiados meses lejos de sus familias. Es una despedida escenificada, una despedida que se representa a sí misma para obtener un reencuentro. Mahler, en cambio, cerró Das Lied von der Erde con un largo canto titulado Der Abschied, la despedida, sobre poemas chinos en la versión de Hans Bethge, y lo terminó con una palabra repetida por la contralto mientras la orquesta se disuelve sin cadencia que la cierre, ewig, eternamente. La despedida de Mahler no termina. Su final es la imposibilidad de un final, una resolución que no llega a cumplirse y que deja al oyente fuera del tiempo de la obra, en el silencio. Entre la vela de Haydn y el ewig de Mahler cabe toda la distancia entre la despedida que espera un después y la despedida que ya solo espera el silencio.

XII. Cuando se sabe

La psicología experimental ha estudiado sin proponérselo la otra mitad de la tesis, la despedida que sí se sabe. En 2008 un grupo de investigadores de Stanford pidió a unos voluntarios que se imaginaran varias veces en un lugar que tuviera para ellos un gran significado, y a la mitad les pidió que se imaginaran allí por última vez. Solo los que imaginaban la última vez experimentaron una emoción mixta muy peculiar, una mezcla de alegría y tristeza que los autores llamaron con la palabra inglesa poignancy, lo punzante, lo que pincha. En un segundo estudio midieron las emociones de unos estudiantes el día de su graduación, y encontraron que la mezcla aumentaba cuando se les recordaba que estaban viviendo un final.

El experimento confirma la tesis desde fuera, y de una manera muy precisa. Cuando el final se sabe, el presente cambia de textura. La misma plaza, el mismo paisaje, el mismo patio de la facultad, se dan de otro modo al que sabe que los ve por última vez, con un brillo y una punzada que antes no tenían. Esa diferencia de textura es la prueba de que la despedida no sabida carece de algo real. Si el saber del final no añadiera nada al instante, la última vez sabida y la última vez ignorada serían iguales, y no lo son. El saber del final pone en el presente algo que sin él no está, y eso que no está en la tarde de la cocina es exactamente lo que el después le traerá.

Y sin embargo la despedida sabida tampoco es completa, y aquí la tesis gana una profundidad que el experimento no alcanza. Quien se despide de un moribundo sabe que es la última vez. Le coge la mano sabiendo, le dice lo que tenía que decirle, y vive el instante con toda la intensidad que la despedida ignorada no permitía. Pero ni siquiera entonces el instante le entrega su sentido entero. Sabe que es la última vez, y no sabe todavía lo que esa última vez habrá sido, el lugar que ocupará en los años que vienen, la manera en que volverá en sueños, la frase que resonará dentro de diez años con un significado que hoy no tiene. El saber del final llena una parte de la deuda y deja abierta la otra. La despedida sabida tiene su condición de última y le falta todavía su peso.

Lo que el futuro paga tiene entonces dos estratos. El primero es el hecho de que fue la última vez, y ese estrato puede adelantarse cuando el final se sabe. El segundo es lo que esa última vez significará en una vida, y ese estrato no se adelanta nunca, ni siquiera junto a una cama de hospital. La despedida ignorada carece de los dos. La despedida sabida carece del segundo. Ninguna despedida humana se posee entera en su presente, y la diferencia entre las que se saben y las que no se saben, siendo enorme para quien las vive, es una diferencia de grado dentro de la misma deuda.

XIII. El precio

El precio de todo esto ocupa el centro oscuro del asunto. Si el sentido que más importa llega tarde y desde lo que todavía no ha ocurrido, entonces ningún presente se posee plenamente a sí mismo, y los momentos que resultarán haber sido los más importantes de una vida no pueden vivirse como tales mientras suceden. No puedes despedirte bien, porque no puedes saber que es una despedida, y cuando lo sabes, la despedida ya pasó y solo te queda su sentido, llegado tarde, sin el cuerpo del otro delante para recibirlo. El saber y el momento no coinciden. Cuando tienes el momento te falta el saber, y cuando tienes el saber te falta el momento.

Esta es la estructura trágica en su forma más pura, y su raíz está en el tiempo mismo y en ninguna debilidad de la voluntad. Nadie falla aquella tarde por débil ni por cobarde. La tragedia griega ponía la falta del héroe en un error, la hamartía (ἁμαρτία), que la tradición moralizó como pecado y que en su origen nombraba el tiro que yerra el blanco, el que no da donde apuntaba. En la despedida ni siquiera hay tiro errado, porque el blanco no estaba todavía donde se podía apuntar. Es la forma en que un ser finito, metido en la corriente, no puede estar a la altura de sus propios instantes decisivos, porque lo que los hace decisivos se cuece fuera de ellos. Una vida mejor no corregiría ese defecto, porque pertenece a la condición. Quien exige de sí haber sabido despedirse le exige a la finitud que deje de ser finitud, que el sentido esté entero en el instante, que el futuro no haga falta, y en el fondo le exige al tiempo que no sea tiempo.

Esa exigencia tiene, sin embargo, una nobleza que sería injusto despreciar. Nace del amor, del deseo de haber estado a la altura de alguien, y su desmesura es la desmesura de un vínculo que no se resigna a haber sido vivido a medias. El error está en convertirla en reproche. Quien se reprocha no haberse despedido mejor ama con un amor que todavía cree que el tiempo le debía una advertencia. El tiempo no la debía, y esa ausencia de advertencia es la condición misma de que haya habido tardes corrientes, cien tardes de cocina, una vida en común hecha de instantes que no sabían nada de su final. Una relación en la que cada tarde se supiera la última no sería una relación. Sería una agonía.

XIV. Las intermitencias del corazón

Marcel Proust escribió la escena literaria que da carne a esta tesis, y la escribió con una exactitud clínica que ningún filósofo ha igualado. En En busca del tiempo perdido, el narrador asiste a la agonía y a la muerte de su abuela, la persona a quien más ha querido en su infancia, y la vive con una extraña distancia, entre visitas de médicos y conversaciones de familia. Más de un año después, en su segunda estancia en el hotel de Balbec donde había pasado con ella el primer verano, se agacha una noche, agotado, para desabrocharse los botines. Y en ese gesto, el mismo con que ella lo había ayudado años antes en esa misma habitación, la abuela le vuelve entera, viva, con su rostro de entonces. En ese mismo instante comprende por primera vez que está muerta, que nunca la volverá a ver, y la pierde de verdad.

Proust llamó a esa sección las intermitencias del corazón, y el título contiene una teoría entera. El corazón tiene intermitencias, se apaga y se enciende, y el duelo llega cuando llega, por un gesto, por un olor, por la coincidencia de una postura con otra postura antigua, nunca en el momento en que la razón dice que debería llegar. La muerte de la abuela ocurrió en un capítulo y su pérdida en otro. Entre las dos pasó más de un año en que el narrador vivió sabiendo que su abuela había muerto sin haber recibido todavía esa muerte. El saber estaba disponible desde el principio, y la comparecencia tardó un año en llegar.

Proust añade a la tesis algo decisivo. El sentido diferido de una despedida no llega por deducción, ni por reflexión, ni por el esfuerzo de la voluntad que quiere comprender. Llega por el cuerpo, y llega a un gesto. El narrador piensa durante meses en su abuela y no la pierde. Se agacha a desabrocharse un botín y la pierde. La deuda que el futuro tiene con el presente se paga en la misma moneda en que se contrajo, en carne y en postura, en una repetición corporal que hace comparecer lo que la memoria voluntaria solo sabía. El después que refunda la despedida es un después encarnado, y esa encarnación es la razón de que el duelo sorprenda siempre a quien lo padece.

XV. El duelo como despedida que llega

De la misma estructura que nos niega el momento nace, si se la mira entera, algo que dista de ser un consuelo pegado por fuera. Nace una precisión sobre lo que las cosas son. El futuro que le faltaba al presente, cuando llega, refunda aquel presente sin destruirlo. La despedida que no pudiste vivir como despedida se vuelve despedida, entera, después, y ese después no es una degradación de ella ni un sucedáneo del momento perdido. Es su modo de ser. La despedida que llega tarde a su propio sentido conserva toda su realidad, y la tiene precisamente en ese llegar tarde.

El duelo es la temporalidad propia de un sentido que no podía estar disponible a tiempo, que solo podía llegar después, y que llega. Cuando lloras años más tarde aquella tarde en la cocina, estás recibiendo, en su forma correcta y única, la despedida misma, que estaba citada contigo aquí, ahora, en el momento en que por fin puede comparecer, y no en el andén. El duelo es la despedida ocurriendo, por fin, en el único tiempo en que le era posible ocurrir. Tú no llegas tarde al sentido. El sentido llega a su hora, que es siempre después.

La psicología del duelo tardó casi un siglo en abandonar el modelo que Freud había propuesto en 1917, el del trabajo de duelo como desvinculación progresiva, como retirada de la libido de un objeto perdido hasta dejarla libre para otros. Dennis Klass, Phyllis Silverman y Steven Nickman reunieron en 1996 la evidencia de que los dolientes sanos transforman y prolongan el vínculo con sus muertos en lugar de cortarlo, les hablan, los consultan, los incorporan a su vida de otra manera. Llamaron a eso vínculos continuados, y la expresión dice sin saberlo lo que aquí se piensa. El vínculo continúa porque la despedida no había terminado. El duelo prolonga una relación cuya última página se está escribiendo todavía, en el único lugar donde aún puede escribirse, en la vida del que se queda.

La diferencia con el remordimiento resulta entonces nítida. El remordimiento muerde dos veces, vuelve sobre un pasado imaginando el cruce en que pudo haberse elegido otra cosa, y se alimenta de alternativas que nunca existieron. El duelo vuelve sobre un pasado para recibirlo, sin inventarle ramas, y se alimenta de lo que de verdad fue. Los dos miran hacia atrás, y miran de maneras opuestas. El remordimiento quiere corregir la tarde. El duelo quiere, por fin, vivirla.

XVI. Uno de los dos verá morir al otro

Jacques Derrida sacó de esta estructura una consecuencia extrema. En el homenaje que dedicó a Hans-Georg Gadamer después de su muerte, escribió que toda amistad está marcada desde el primer día por una ley sin excepción, la de que uno de los dos amigos verá morir al otro. Uno sobrevivirá y llevará el duelo, el otro no lo verá. Esa ley, decía Derrida, no espera a la muerte para actuar. Está ya ahí en el primer encuentro, y todo vínculo de amistad se vive desde el principio en un duelo anticipado, en la certeza de que una de las dos voces tendrá que seguir hablando sola. Recogió luego sus textos de duelo bajo un título que lo dice todo, cada vez única, el fin del mundo, porque cada muerte de un amigo es el fin de un mundo entero, del mundo que solo existía entre los dos.

Derrida tiene razón en lo que afirma y se equivoca en lo que pretende curar. La ley de la amistad que describe es verdadera. Toda relación entre mortales lleva dentro su final, y ese final, en su forma general, se sabe desde el principio. Pero el duelo anticipado que Derrida propone es un saber general sobre una muerte en abstracto, y deja intacta la estructura de la despedida concreta. Sé que uno de los dos verá morir al otro, y no sé cuál de nuestras tardes será la última. El saber general no llega nunca a la tarde particular. Por eso el duelo anticipado, tan grave en su forma, no alivia en nada el duelo verdadero, que llega igual, por sorpresa, a un gesto, como le llegó al narrador de Proust que también sabía, desde hacía más de un año, que su abuela había muerto.

La sabiduría antigua propuso una cura parecida y fracasó del mismo modo. Marco Aurelio se exhortaba en sus cuadernos a realizar cada acción de su vida como si fuera la última, y Séneca aconsejaba a Lucilio irse a dormir cada noche diciendo he vivido, como quien cierra la cuenta de su existencia antes de saber si habrá mañana. La cura estoica tiene su grandeza, y apunta a algo verdadero, a que la atención al final transforma la textura del presente, como mostró el experimento de 2008. Pero el como si es solo un como si. Vivir una tarde como si fuera la última le da a esa tarde la textura de la despedida sabida, y le sigue faltando la otra mitad de la deuda, lo que esa tarde habrá sido. Y vivir todas las tardes como si fueran la última vacía a la última de su singularidad, porque la confunde entre mil simulacros. El estoico que se despide cada noche se despide de nadie en particular, y la última vez real le llega como a todos, sin aviso, en medio de una frase de trámite.

La cura no existe, entonces, y su ausencia de cura tiene su propia dignidad. Las tardes corrientes son el precio de una vida en común, y su ignorancia de sí mismas es lo que permite que haya habido vida en común. El amor se hace de tardes que no saben que son tardes de amor, de frases de trámite, de cafés fríos, y cuando por fin se las mira como lo que eran, desde el duelo, se descubre que el amor estaba precisamente en su carácter corriente, en esa confianza ciega en una semana que viene que es la forma misma de la ternura entre mortales. Despedirse siempre como si fuera la última vez sería renunciar a esa confianza, y con ella a lo que más tarde lloraremos.

XVII. A merced de los vivos

Queda la despedida última, la de cada cual consigo mismo, que nadie vive como despedida porque nadie está después para recibirla. Jean-Paul Sartre la pensó en el capítulo de L'être et le néant dedicado a la muerte, contra Heidegger, y llegó a una conclusión de una dureza admirable. La muerte, escribió, lejos de ser mi posibilidad más propia, es la nihilización de todas mis posibilidades, un hecho que me llega desde fuera y que quita a mi vida todo sentido propio, porque el sentido de una vida depende de un porvenir y la muerte le arrebata el porvenir. Y entonces escribió una frase que contiene la última vuelta de este pensamiento. Être mort, c'est être en proie aux vivants, estar muerto es quedar a merced de los vivos.

Sartre quería decir que el muerto ya no puede defender el sentido de su vida, que los otros lo interpretarán, lo olvidarán o lo traicionarán, y que la vida de un muerto se convierte en una cosa entre las cosas del mundo de los vivos. Lo decía con amargura, como una expropiación. A la luz de la despedida, la misma frase dice otra cosa, más grave y menos amarga. Estar a merced de los vivos es la condición de que el sentido de una vida pueda todavía llegar. Si el sentido de un presente se cumple en su después, y si el después de una vida ya no pertenece a quien la vivió, entonces el sentido de una vida entera queda confiado al después de otros. Solón esperaba el final para llamar feliz a un hombre, Aristóteles dudaba si la suerte de los hijos alcanzaba al muerto, y Sartre se resignaba a que los vivos dispusieran de él. Los tres veían la misma estructura desde tres lados.

La despedida enseña a mirar esa estructura sin resignación. Igual que tu duelo recibe ahora, en su forma única, la despedida que aquella tarde no pudo darse, alguien recibirá un día, en su forma única, la despedida que tú no podrás darte. Tu última tarde corriente será la víspera de un acontecimiento que no presenciarás, y alguien, agachándose para desabrocharse los zapatos en una habitación de hotel, te recibirá entero en un gesto. Quedar a merced de los vivos significa también quedar en sus manos, que es el lugar donde ponemos lo que amamos para que no se pierda. Adiós, a Dios seas, decía la vieja fórmula castellana, y lo que encomendaba era precisamente eso, que alguien sostuviera al otro cuando nosotros ya no pudiéramos.

XVIII. La tarde de la cocina

Vuelvo, para terminar, a la última vez. No supiste que lo era, y no podías saberlo, porque su condición de última la constituía un futuro, la ausencia de una vez siguiente, que en aquel instante no existía todavía, que no había pasado todavía, que no podía comparecer todavía. Ni te distrajiste ni fallaste. Estabas, sencillamente, dentro de un presente que no tenía aún de sí lo que hacía falta para que lo vivieras como lo que era. Y el sentido que ahora te inunda, el peso de aquella tarde cualquiera vuelta la tarde, pertenece a la despedida misma, que llega como solo podía llegar, después, y en nada a algo que perdiste entonces por no mirar bien.

El presente está incompleto en su propio presente, y esa incompletud tiene la forma de una vida a la que todavía le queda un futuro que la refunde, hasta que deja de tenerlo. Llega un día en que ya no hay futuro tuyo que refunde tu presente, y entonces el sentido de tu vida, esa despedida última que tú no podrás leer desde dentro, quedará esperando a que sea el futuro de otro el que la refunde. Quién sea ese otro, si lo hay, si una vida puede ser leída por alguien que no la vivió, o si acaso queda sin lector, depende de tardes que todavía no han ocurrido. Alguna de ellas, quizá, en una cocina cualquiera, con la radio de fondo, entre dos personas que se dicen hasta la semana que viene y que no saben que una de esas frases de trámite está empezando ya a escribir, sin que nadie la oiga, la última página de alguien.