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Mostrando entradas de 2025

Pop, copla, bolero, tango

Pop, copla, bolero y tango comparecen como mundos musicales completos, no como márgenes menores del canon. Voz, memoria popular, cuerpo y circulación afectiva permiten escucharlos desde su potencia propia y desde las formas de vida que convocan. Antes de entrar en ese territorio vale la pena suspender, siquiera por un momento, el marco heredado desde el que solemos pensar la historia musical del siglo XX. La historiografía oficial de la «música clásica» ha tendido a identificar ese siglo casi exclusivamente con sus desarrollos académicos, con sus vanguardias formales, con sus rupturas técnicas y con la progresiva autonomización del material sonoro. En ese relato, todo aquello que no participa de esa genealogía aparece como exterior, secundario o simplemente inexistente desde el punto de vista histórico. Sin embargo, esa omisión es el resultado de una definición previa de lo que merece ser llamado música y de quién tiene derecho a escribir su historia, no un descuido, como llevo apunta...

Elogio de las bandas

La banda de viento levantina es comprendida como una forma de existencia colectiva. Aire, plaza, aprendizaje, fiesta y transmisión hacen audible una comunidad cuya verdad no reside solo en el repertorio, sino en el acto compartido de respirar y sonar. La banda valenciana, cantar o competir, entre la ternura y el espectáculo. La banda de viento, especialmente la levantina, es una forma de existencia colectiva, una manera de volver audible lo que casi siempre se da por supuesto y por eso se olvida, que una comunidad no solo convive, también respira , y que la respiración cuando se organiza se convierte en un tipo de verdad que no cabe en un manual, no una categoría musical. La ontología de la banda no comienza en el gusto ni en el repertorio, comienza en el aire compartido , en la plaza, en el umbral, en el espacio donde nadie escucha del todo desde fuera porque todos están ya dentro de la misma intemperie. En el centro de esa ontología está el viento metal, como una ética del cuerpo ...

Mi Valencia: luces y sombras

Valencia es considerada como un interlocutor que da forma y también impone límites. La luz, el espacio horizontal, la infancia, la vanguardia y el catolicismo heredado componen una ciudad vivida cuyos dones y sombras siguen dando forma al cuerpo que la recuerda. I. Pensar el lugar es pensar el límite Pensar el lugar es pensar el límite de la voluntad. Uno cree elegir una ciudad como elige un abrigo, por talla, por gusto, por clima, y descubre al poco que el abrigo también elige la postura del cuerpo, la manera de moverse, hasta la forma de mirar. El lugar no es un escenario neutro, es un interlocutor antiguo, callado, insistente. Se puede discutir con él, se puede amarlo, se puede huir, pero no se le puede negar eficacia. El lugar no nos cuenta quiénes somos, nos lo arranca con paciencia. En este sentido, morada es una palabra que suena a descanso y, sin embargo, contiene una advertencia. Morar es demorarse, y demorarse es quedar expuesto. La casa protege del frío, pero no protege d...