Mi Valencia: luces y sombras
Valencia es considerada como un interlocutor que da forma y también impone límites. La luz, el espacio horizontal, la infancia, la vanguardia y el catolicismo heredado componen una ciudad vivida cuyos dones y sombras siguen dando forma al cuerpo que la recuerda.
I. Pensar el lugar es pensar el límite
Pensar el lugar es pensar el límite de la voluntad. Uno cree elegir una ciudad como elige un abrigo, por talla, por gusto, por clima, y descubre al poco que el abrigo también elige la postura del cuerpo, la manera de moverse, hasta la forma de mirar. El lugar, lejos de ser un escenario neutro, se vuelve un interlocutor antiguo, callado, insistente, y hay que contar con él. Se puede discutir con él, se puede amarlo, se puede huir, pero no se le puede negar eficacia. El lugar nos arranca con paciencia lo que somos, sin contárnoslo nunca.
En este sentido, morada es una palabra que suena a descanso y, sin embargo, contiene una advertencia. Morar es demorarse, y demorarse es quedar expuesto. La casa protege del frío, pero no protege del modo en que el barrio juzga el silencio, ni del modo en que una calle permite o impide la tristeza. Entre el umbral de la puerta y el umbral de la conciencia circulan fuerzas que no aparecen en los contratos de alquiler. Hay lugares que nos vuelven más reales, y lugares que nos vuelven más aceptables.
En la época que llama libertad a la movilidad, la verdadera libertad suele consistir en otra cosa, en poder permanecer sin quedar fijado, en poder irse sin convertirse en fugitivo. Lo paradójico es que el sitio más familiar puede ser el más peligroso, porque nos reconoce antes de que nosotros nos reconozcamos. El lugar que sabe nuestro nombre tiende a usurpar también nuestro destino. Mi querida Valencia, donde nací, con su luz y su memoria, es una prueba de esa misma dialéctica.
Porque hay lugares que son fuerzas que anteceden al habitante, moldes invisibles que reciben al cuerpo antes que a la conciencia, mucho más que espacios donde se habita. De nuevo, en un lugar se entra como se entra en una lengua o en una herencia, y muy poco como se entra en una casa. La ciudad es una gramática del vivir mucho antes que un decorado. Organiza el tránsito de los cuerpos y organiza también la respiración del tiempo, la economía de los afectos, la legitimidad de la tristeza y la sospecha hacia la intensidad. Por eso hay ciudades que empujan y otras que retienen, ciudades que obligan a devenir y otras que invitan a permanecer, ciudades que tensan el sujeto hacia adelante y ciudades que lo devuelven hacia atrás como un espejo con memoria. Habitar, mucho más que ocupar un sitio, es someterse a una ontología concreta del mundo, a una manera de distribuir lo visible y lo decible, lo tolerable y lo excesivo, lo que puede doler en público y lo que debe ocultarse o disolverse en broma.
Ortega lo dijo en 1914 con una fórmula que todo lector español conoce y pocos toman en serio, «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». Otto Friedrich Bollnow describió el espacio vivido como un campo de tensiones con centro, dirección y horizonte, muy lejos del espacio homogéneo de la geometría, y Edward Relph distinguió los grados en que se puede estar dentro de un lugar, desde la exterioridad del turista hasta lo que llamó interioridad existencial, una pertenencia tan completa que el lugar deja de percibirse porque se ha vuelto el aire mismo. Valencia es, para quien nació en ella, ese último grado, y por eso cuesta tanto verla.
De esa gramática nace una economía moral. Hay ciudades que abaratan la alegría y encarecen la gravedad, y otras que hacen lo contrario, como si el mercado de los afectos tuviera impuestos y subvenciones. En unas, llorar en público es una forma de verdad, en otras es una forma de mala educación. En unas, callar es una virtud, en otras es una afrenta. El lugar decide qué emociones pueden circular sin ser interrogadas, y esa decisión termina formando el carácter de los hijos como forma la sal los muros junto al mar.
Hay ciudades que se conciben a sí mismas como proyecto, como flecha, como promesa. Otras se conciben como tejido, como continuidad, como repetición, imán, memoria.
En las primeras, la vida se mide por lo que se logra. En las segundas, por lo que se conserva. Ambas pueden ser humanas, ambas pueden ser inhumanas. El peligro está en la absolutización, nunca en la dirección. Cuando el proyecto se vuelve tiranía, el sujeto se agota. Cuando la pertenencia se vuelve dogma, el sujeto se diluye. Entre esos dos excesos se juega la posibilidad de una vida con espesor, una vida que no se reduzca ni a rendimiento ni a nostalgia.
También el proyecto y el tejido son dos maneras de engañarse. El proyecto promete futuro y a veces solo promete fuga, el tejido promete continuidad y a veces solo promete repetición. El sujeto que se cree moderno suele despreciar la repetición y no ve que la repetición es el órgano secreto de la fidelidad, y el sujeto que se cree arraigado suele despreciar el salto y no ve que el salto es el órgano secreto de la dignidad. La vida con espesor no renuncia a ninguno, aprende a convertir el regreso en una forma de avance y el avance en una forma de recuerdo.
II. Ciudad de tejido, no de flecha
Valencia pertenece sin duda a la segunda estirpe. Es una ciudad de sedimento más que de flecha. En ella el tiempo se deposita en lugar de avanzar, y se vive dentro antes que hacia adelante. La vida se hereda antes de explicarse. Los gestos, los afectos, las formas de hablar y de callar se absorben más que se aprenden. Valencia es un lugar-memoria en el sentido orgánico y nada museístico. La memoria vive en el cuerpo mucho más que en los archivos. En la manera de caminar, de comer, de reír, de saludar, de tocarse. Es una ciudad donde el cuerpo tiene instituciones naturales, la calle, la comida compartida, la fiesta, el humor, la cercanía física, el gesto amplio, la conversación que no se cierra nunca del todo. En ese sentido, su alineación con una ontología encarnada es altísima. Aquí el símbolo se vive antes de pensarse. El mar es una presencia diaria antes que una idea. El barrio es una red afectiva antes que una categoría urbana. La vida se representa poco y se actúa mucho.
En Valencia el sol es una pedagogía además de una meteorología. La luz enseña a no dramatizar, y al mismo tiempo enseña a dramatizarlo todo con una sonrisa, que es una forma más compleja de dramatización. El cuerpo se educa en la intemperie amable, en la calle que invita a salir, en la conversación que se alarga como si el tiempo fuera una cosa que se repartiera en platos. La ciudad imprime una confianza sensorial, el mundo parece cercano, tocable, menos abstracto que en lugares donde la vida se decide en despachos y en pantallas.
Nadie pintó esa pedagogía como Joaquín Sorolla (1863-1923). Sus playas de la Malvarrosa y del Cabanyal, sus niños desnudos al sol, sus velas blancas y sus bueyes sacando las barcas del agua son la luz valenciana convertida en ética de la piel. Jordane Fauvey ha mostrado que esa playa es menos naturalista de lo que parece, que Sorolla la construyó sobre su cultura de la Antigüedad griega para fundar una filiación mediterránea entre Atenas y Valencia, y la frase «Haremos de Valencia una Atenas» resume ese proyecto. La luz de Sorolla es la misma que consuela y vigila en este ensayo, solo que él eligió pintar únicamente su mediodía.
Pero esa confianza tiene también un reverso. Cuando el símbolo es tan encarnado, cuando la pertenencia se vuelve carne, separarse duele como duele una piel arrancada. La memoria orgánica no permite distancia crítica, obliga a sentir antes de pensar. Para una sensibilidad que busca la interioridad como acto, esa cercanía constante puede convertirse en ruido, un ruido de interpretaciones ajenas, de expectativas heredadas, de escenas repetidas, mucho más que de decibelios. La ciudad, tan buena para vivir, se vuelve menos buena para desvivirse, que es lo que hace mucho del gran arte cuando es verdadero.
Pero precisamente ahí reside su ambigüedad. Valencia no empuja. No exige convertirse en otra cosa. No demanda transformación constante ni rendimiento sostenido. Ofrece descanso, calor, continuidad. Eso puede ser una bendición para un cuerpo cansado, pero es un riesgo para una interioridad que se define como acto sin garantía. Porque lo que no empuja, retiene. Y lo que retiene no lo hace por la fuerza, lo hace por el afecto. Valencia captura por cariño, nunca por coerción. Devuelve al sujeto a lo que fue, lo reintegra en el relato común, lo convierte en alguien reconocible. El peligro está en la familiaridad, mucho más que en la hostilidad. El sujeto deja de arriesgar porque deja de ser necesario. El riesgo se transforma en melancolía, y la melancolía, si no se dialectiza, se convierte en estanque.
Quiero nombrar con las palabras de mi propia ontología lo que esta ciudad hace, y debo explicarlas porque el lector no tiene por qué conocerlas. Llamo melos, con la vieja palabra griega que designaba a la vez el canto y el miembro de un cuerpo, a la línea viva que avanza en el tiempo entre memoria y pérdida, la continuidad vulnerable que convierte una sucesión de instantes en una frase que va hacia algún sitio. Llamo comparecencia al modo en que algo existe de verdad, apareciendo en persona ante otros para responder con el cuerpo, la biografía y la lengua. Esa línea tiene una trama que he llamado el telar. Se teje con tres hilos que tomo de los griegos, la léxis (λέξις), el decir dirigido a alguien, la harmonía (ἁρμονία), la simultaneidad de voces que se sostienen unas a otras, y el rhythmós (ῥυθμός), el pulso, la respiración y la zancada. Esos hilos se cruzan con tres estratos. La Carne es el rostro, el peso, la respiración y los dones de quien vive. La Inclinación es la gravitación de un instante hacia el siguiente y el gesto que la empuja. El Hacia es la dirección, la pura futuridad de lo que todavía no ha ocurrido. Una vida sana necesita que ninguna de esas nueve celdas quede vacía, simulada o hipertrofiada. Valencia llena la Carne como pocas ciudades del mundo, con luz, mesa, calle, piel y fiesta, y debilita el Hacia, porque no empuja. Su peligro tiene nombre en ese vocabulario. Comparecer es aparecer cada vez de nuevo ante otros, y Valencia tiende a sustituir la comparecencia por la legibilidad, por ser leído siempre ya, antes de aparecer. Llamo vocativo, por último, al modo gramatical en que algo nos llama por nuestro nombre antes de describirnos, y la Valencia más verdadera, como se verá, es la que me llama así, mucho más que la que me clasifica.
La absorción afectiva tiene un mecanismo muy concreto. Te ofrece la identidad como comodidad. Te devuelve al lugar que ocupabas en la mesa, al papel que te adjudicaron sin malicia, al apodo, al recuerdo compartido, a la versión de ti que los demás manejan como se maneja una llave antigua. Y una llave antigua abre muchas puertas y cierra una sola, la puerta hacia lo imprevisible. El artista necesita esa puerta abierta, y la necesita por oficio y nunca por capricho, porque su tarea consiste en no ser del todo domesticable.
Por eso la melancolía sin dialéctica es tan seductora aquí. La nostalgia se presenta como lealtad, como gratitud, como delicadeza, y nadie quiere parecer desagradecido. Pero la nostalgia, cuando se estanca, se convierte en una moral, y entonces el pasado no solo se recuerda, se obedece. La dialéctica que falta es un gesto vital, mucho más que un método académico, tomar lo heredado y obligarlo a pasar por el fuego de la forma. Si la escritura y la música se vuelven homenaje, la ciudad gana, si se vuelven transmutación, el sujeto vuelve a ser acto.
III. La horizontalidad y las leyes de Jante
Hay en Valencia una horizontalidad de pertenencia muy particular. Se trata de una igualación tácita, muy distinta del ideal moderno de igualdad abstracta. Nadie se sale del plano común sin pagar un precio social. Lo que se penaliza es la intensidad que altera el clima, mucho más que la excelencia o el éxito discreto. La herida visible incomoda porque rompe la cohesión solar del conjunto, aunque nadie niegue el dolor. La tragedia se tolera cuando se vuelve cuento, humor, anécdota, cuando se deja narrar y, por tanto, domesticar. Cuando el dolor se vuelve presencia sostenida, cuando no pide permiso ni explicación, se vuelve sospechoso. Entonces aparece la patologización blanda, la pregunta correctiva, la interpretación ajena. Más que crueldad, es una ética de la luz. La ciudad prefiere lo celebratorio, lo práctico, lo que puede compartirse sin riesgo.
La horizontalidad, entendida como igualación tácita, no nace siempre de la envidia. Nace también de una intuición democrática, de la desconfianza hacia el que se alza demasiado rápido, de una experiencia histórica que ha visto cómo los que suben tienden a olvidarse de los que se quedan abajo. Esa intuición puede ser sensata y humana. Pero el problema también aparece cuando la prudencia se convierte en jurisprudencia invisible, y el talento, en vez de asumirse como don que obliga, se considera un insulto que hay que rebajar con chistes.
La antropología mediterránea tiene un nombre para esta igualación. George Foster describió en 1965 lo que llamó la imagen del bien limitado, la convicción tácita, propia de muchas comunidades campesinas, de que todos los bienes de la vida, la tierra, la riqueza, la salud, el amor, el honor, existen en cantidad finita, de modo que quien obtiene más se lo está quitando a los demás, y la comunidad responde con el chisme, la burla y la envidia para devolverlo al plano común. David Gilmore estudió en un pueblo andaluz cómo el chisme, el apodo y la agresión verbal sostienen a la vez la cohesión y la vigilancia, y llamó a esa paradoja agresión y comunidad. Los griegos ya tenían palabra para ello, phthónos (φθόνος), la envidia que no se confiesa y que la comedia ática transformaba en indignación moral para poder decirla en público.
El aire de Jante (las famosas y tácitas Leyes de Jante escandinavas), en su versión mediterránea, tiene un perfume distinto al del norte. No es un «no creas que eres especial», es un «no nos obligues a mirar lo especial». Obligar a mirar es exigir una transformación del resto, y eso irrita. El precio social de la intensidad es el comentario, la mirada de soslayo, la interpretación paternalista, la acusación de exageración, y casi nunca el destierro. Se tolera mejor la excelencia si se disfraza de facilidad, y se tolera mejor la herida si se disfraza de gracia.
Esta ética produce una sociabilidad de cercanía y control suave. Las redes son densas, antiguas, superpuestas. Familia, amistades de infancia, círculos profesionales, gremios, barrios. Todo se sabe, o se cree saber. Eso da una enorme sensación de cuerpo, de pertenencia, de calor humano. Pero también introduce una vigilancia afectiva. La vida interior se comenta, se reencuadra, se traduce. El silencio no es neutro, se interpreta. La intensidad no es privada, se vuelve tema. Para una psique sensible y reflexiva, esto puede ser una fuente constante de desgaste. Porque hay una expectativa tácita de ajuste, aunque no haya conflicto abierto.
Lo que uno, así, puede llamar vigilancia blanda, es una hermenéutica comunitaria. Todos leen, todos interpretan, todos traducen. El afecto se confunde con el derecho a comprender al otro, y comprender, en ese contexto, suele significar reducir. La reducción no siempre es mala intención, a veces es una forma de tranquilizarse, es decir, si te nombro, te controlo. Vivir bajo esa lectura constante enseña a ser perspicaz, también enseña a cansarse, porque la psique necesita zonas sin audiencia para poder respirar.
IV. Los regalos de una infancia así
En una infancia vivida en un lugar así, los regalos son evidentes. Una relación natural con el cuerpo, con la calle, con el tiempo compartido. Una percepción temprana de la vida como escena, como algo que se hace con otros y delante de otros. Una capacidad de humor, de afecto, de pertenencia. Pero también se siembran ciertas taras. Una dificultad para sostener la soledad sin culpa. Una tendencia a editar la intensidad para no incomodar. Una relación ambigua con el duelo, que oscila entre la celebración ritual y el silencio improductivo. El pasado se vuelve muy presente, a veces demasiado. La memoria no se ordena, se superpone. Y cuando la pérdida llega, no siempre encuentra una forma activa de transformación. A veces se queda como clima.
Mi infancia, por ejemplo, en un lugar así, aprendió pronto la cartografía del gesto. Aprender cuándo una frase es bienvenida y cuándo una frase crea un enemigo, aprender qué tristeza se admite y qué tristeza incomoda, aprender que la risa puede ser salvación y castigo. Ese aprendizaje produce una inteligencia social muy fina, una sensibilidad para las corrientes invisibles, una capacidad de leer el clima sin necesidad de palabras. Pero desafortunadamente produce también una alerta continua, una especie de radar moral que no se apaga, y cuando no se apaga, la soledad deja de ser descanso y se vuelve culpa.
En un niño que además tenía siempre vocación de intensidad, la escena se convertía en seguida en problema. Si el mundo está siempre cerca, si todo es familiar, el misterio se busca hacia dentro, o hacia arriba, hacia el cosmos. El arte aparece entonces como una habitación secreta, para conservar una parte del mundo que no quepa en la conversación, en el ágora, y nunca para esconderse del mundo. La música instrumental, en ese pequeño sentido, ofrece una ventaja sobre la palabra, porque permite sostener lo trágico sin pedir permiso, permite que el exceso suene sin que nadie lo diagnostique. Y la escritura, cuando nace en ese contexto, es expresión y además defensa y ataque, es una forma de no ser reducido.
Esa vocación de intensidad tiene en Valencia un antepasado ilustre que la ciudad celebra sin acabar de escuchar. Ausiàs March (1400-1459), caballero de Gandia, escribió en valenciano la poesía más desgarrada de la interioridad europea de su siglo, un yo que se examina sin pudor, que confiesa el deseo, la culpa y la muerte sin convertirlos en anécdota, y que abre uno de sus grandes poemas lanzando su deseo al mar, «Veles e vents han mos desigs complir». Lo que la ciudad tolera mal en el vecino lo canoniza en el clásico, y quizá por eso March se estudia más de lo que se escucha.
Y la música que me ofreció esa habitación secreta tampoco me vino de fuera. Valencia es tierra de bandas, y casi cada pueblo tiene la suya, con su escuela, su local, su rivalidad con la del pueblo vecino y sus generaciones de niños que aprenden a leer música antes que a leer el periódico. En sus calles suenan la dolçaina y el tabal, en sus campos el cant d’estil, y de esa tierra salieron músicos como José Iturbi o Joaquín Rodrigo, nacido en Sagunto. De ella salió también el maestro que me formó, Salvador Chuliá, que me enseñó que una frase puede estar perfecta y no cantar. He contado esa deuda en «Elogio de las bandas» y en «No hay fallos, pero no canta». La banda es la otra cara de la horizontalidad que describo, una igualación que suena, donde nadie destaca sin que destaque el conjunto, y quizá aprendí en ella, antes que en ningún libro, que la pertenencia puede ser también una forma de canto.
Por eso la felicidad afectiva en Valencia es alta. Hay calor, hay cuerpo, hay risa, hay familia. Pero la felicidad ontológica es frágil si la ciudad se vuelve totalidad. El magnetismo memorial puede convertir al sujeto en curador de su propio pasado. El yo deja de arriesgar porque se reconoce siempre demasiado bien. La identidad se solidifica. El peligro está menos en la tristeza abierta que en el desencanto suave, la sensación de estar viviendo bien pero no viviendo del todo.
En ese sentido, hay una felicidad que es calor y otra que es verdad. A veces coinciden, y entonces uno cree que ha encontrado el paraíso, hasta que descubre que el paraíso suele exigir obediencia. La felicidad afectiva de Valencia puede volverse una disciplina, la disciplina de estar bien, de no complicar, de no arrastrar sombras al mediodía. El desencanto suave llega cuando uno se da cuenta de que ha sido feliz a condición de no poner en juego lo que más le importa. Esa condición es invisible mientras se cumple, se vuelve visible cuando el alma pide otra cosa.
V. Delimitar, o la doble vida consciente
Vivir bien en Valencia exige, por tanto, una estrategia de delimitación, y nunca de huida. Se trata de no entregarse por completo a su lógica, sin rechazar la ciudad. Exige una vida ritualizada y acotada, vivida por temporadas, no como residencia absoluta del alma. Exige una doble vida consciente. Una vida valenciana, de cuerpo, de calle, de gente, de familia. Y otra vida no valenciana, de obra, de riesgo, de silencio, de verticalidad propia. Entre ambas debe haber fronteras claras. La intensidad debe custodiarse más que explicarse. Convertirla en debate social la debilita. Debe transformarse en obra. La escritura y la música han de ser exorcismo poético antes que homenaje a lo heredado, para vivir transmutando más que recordando.
La delimitación, más que táctica, es ética. Delimitar es reconocer que el amor sin frontera se parece demasiado a la invasión. Delimitar es aceptar que decir no puede ser un acto de ternura hacia el propio trabajo y hacia la propia familia, porque un padre agotado por la tribu es un padre ausente aunque esté en la mesa. Delimitar es también un modo de no culpar al lugar de lo que en realidad es una renuncia personal.
La doble vida consciente, lejos de ser hipocresía, es respiración alterna. Una vida de calle, de risa, de carne, que alimenta. Una vida de silencio, de obra, de riesgo, que afila. Si una devora a la otra, aparece el resentimiento, o hacia la ciudad, o hacia uno mismo. Mantener ambas exige una disciplina suave y constante, un calendario interior que no se negocia en cada comida. La ciudad no tiene por qué entenderlo, basta con que tú lo cumplas.
Así, en Valencia, para sobrevivir, es necesario crear una verticalidad propia que no dependa del consenso local. Planes que obliguen a crecer fuera del plano común, investigaciones, obras, comisiones, escrituras que no busquen la aprobación inmediata. Elegir con cuidado una tribu mínima, una o tres personas con las que sí sea posible hablar en serio, sin traducción ni corrección. Lo demás, cordialidad sin entrega. Despolitizar la vida cotidiana en el sentido profundo, no entrar en tribalidades afectivas que drenan energía moral. Mantener una economía ordenada, porque la improvisación constante se confunde con libertad y termina en dispersión. Reservar tiempos no negociables para la familia y para la obra, y aceptar que decir no, insisto, también es una forma de fidelidad a lo vivo.
Esa verticalidad propia es altura interior y nunca vanidad. Lejos de elevarse sobre los demás, consiste en no permitir que el consenso sustituya a la conciencia. En Valencia la conciencia tiende a confundirse con la pertenencia, y por eso el plan vital exterior es un instrumento de higiene, mucho más que un lujo. Un horizonte externo impide que la ciudad se vuelva universo, porque cuando una ciudad se vuelve universo, la imaginación se empobrece. La obra personal de uno necesita una intemperie que la ciudad, por cariño, a veces intenta cerrar.
VI. Lo que la ciudad quita de filo
Valencia da vida, pero puede quitar filo. Regala cuerpo, pero puede adormecer el riesgo. Es una ciudad magnífica para recordar de dónde viene uno, pero peligrosa para decidir hacia dónde va. Habitarla con verdad exige una paradoja. Estar dentro sin disolverse, pertenecer sin diluirse, amar sin quedar atrapado en el espejo del pasado. Solo así la ciudad deja de ser imán y se convierte en suelo, y el suelo, cuando no se confunde con destino, puede sostener incluso el salto.
Cuando el tejido es tan denso, la pertenencia busca un lenguaje para administrarse, y ese lenguaje suele ser político. La política aparece en Valencia a toda hora, siempre y en todas partes, como forma de organizar afectos, de legitimar simpatías, de convertir la preferencia en virtud y la distancia en culpa. Por eso el artista que busca singularidad siente aquí una presión peculiar, una presión de ubicarse, más que de censura. Ubicarse es cómodo, pero para una interioridad que se define como acto, ubicarse demasiado pronto equivale a morir en vida. La política, en cambio, te pide ubicación constante, con quién estás, contra quién estás.
Hay además una dimensión valenciana que no siempre se deja nombrar sin incomodar, porque es un clima público, un modo de estar juntos que convierte lo político en una sustancia respirable, mucho más que un defecto privado. La política entra como tono antes que como tema. Se cuela en la sobremesa, en la cortesía, en la broma, en la invitación, en la sencilla reunión familiar, en el gesto mínimo de asentir o de no asentir. No se discute tanto lo que piensas como desde dónde perteneces. El mapa es afectivo, casi genealógico, antes que ideológico en sentido doctrinal. El bando aparece siempre antes que la idea. La idea llega después como una prenda que se viste para que el bando parezca razonable. Por eso puede dar la impresión de que la política lo es todo, porque lo que realmente lo es, es la necesidad de situar al otro, de localizarlo en un territorio moral donde se le puede querer o vigilar.
En ese clima la neutralidad se interpreta como astucia o como traición, casi nunca como pudor. El sujeto que no se deja situar despierta inquietud, porque la ciudad teme lo que no puede nombrar, y no poder nombrar es no poder controlar. Se confunde pertenecer con tener razón, y entonces la conversación ya no busca verdad, busca afiliación. El pensamiento que no sirve al bando se vuelve sospechoso, y el afecto, en lugar de ser don, se convierte en prueba. Para conservar el acto interior hay que aceptar un pequeño malentendido permanente, hay que soportar que algunos te lean siempre mal.
De ahí nace un rasgo cainita que no requiere odio abierto para operar. Funciona como una enemistad de proximidad, un fratricidio cordial, una guerra a baja temperatura entre quienes comparten demasiado espacio y demasiada memoria. El adversario preferido es el cercano, el que vive a dos calles, el que tuvo la misma escuela, el que podría haber sido uno mismo, y casi nunca el lejano. Esto tiene un efecto curioso, la ciudad conserva un calor comunitario notable y al mismo tiempo cultiva una sospecha persistente, como si el afecto fuese siempre una invitación y una amenaza. La intensidad, en ese entorno, es rara y además peligrosa, porque altera el equilibrio de lealtades, obliga a definirse, interrumpe la paz del plano común.
Lo cainita, visto de cerca, es una moral de vecinos. Se odia al parecido mucho más que al extraño. El parecido recuerda lo que uno pudo ser, y esa memoria irrita. En ciudades de proyecto la rivalidad es vertical, mientras que en Valencia es lateral. Se compite por la misma esquina del mundo, por el mismo reconocimiento en el mismo espacio pequeño, y por eso la herida se hace íntima. El que se va y vuelve cambiado provoca una incomodidad especial, porque demuestra que el relato común no era destino, y esa demostración es una acusación.
En ese mecanismo la ideoclastia, como llamo al rechazo de lo ontológico y de lo filosófico, cumple una función defensiva. Lejos de ser falta de inteligencia, es una desconfianza activa hacia la idea que pretende elevarse sin pagar peaje comunitario. Cualquier abstracción que suene demasiado alta puede ser recibida como impostura o como ataque, como arrogancia, porque teme el pensamiento cuando se convierte en jerarquía, aunque la ciudad no sea enemiga del pensamiento. La idea que no se deja traducir al lenguaje del grupo se toma por gesto de superioridad. Entonces aparece la burla, el chiste, la minimización, el comentario que aplana. Se ridiculiza en lugar de censurar. Es un modo fino de mantener la igualdad, y también un modo cruel de castigar la diferencia.
El chiste que aplana puede ser una forma de crueldad, también puede ser una forma de sabiduría popular que desconfía del humo. Valencia tiene un instinto para constantemente pinchar la pompa, y esa capacidad protege de muchos impostores, sin duda. Pero el problema es que a veces pincha también la verdad cuando la verdad viene sin abrigo, cuando la verdad no trae credenciales. Hablar alto en un lugar así exige una muy específica técnica moral, saber decir lo abstracto con el tacto de lo concreto, saber que una idea, para no parecer jerarquía, debe oler a pan y a calle. Para Valencia, la filosofía que no aprende ese olor termina sonando como un sermón, y el sermón aquí siempre recibe un comentario.
La chulería y cierta arrogancia no siempre son soberbia verdadera, a menudo son máscara de vulnerabilidad. La bravuconería y socarronería valencianas funciona como un chaleco, protege de la exposición, permite imponerse sin confesar necesidad. En un mundo donde la verticalidad moral se paga cara, el aplomo se convierte en estrategia, y el desdén en un recurso. Así se entiende una paradoja, la ciudad puede ser intensamente afectiva y al mismo tiempo poco hospitalaria con lo trágico cuando lo trágico no se disfraza. Lo que duele se tolera mejor si se vuelve gracia, si se vuelve cuento, si se vuelve gesto compartible. Lo que duele sin forma perturba, porque no se sabe dónde colocarlo, y lo que no se sabe colocar amenaza el orden de pertenencias.
También esa bravuconería, ese chaleco de aplomo, tiene su genealogía. En tierras de luz la vergüenza busca sombra, y la sombra se encuentra a menudo en la pose. Se actúa duro para no confesar que se necesita ternura. Se desprecia para no rogar. Se ironiza para no temblar. El que mira con paciencia descubre que muchas arrogancias son solicitudes deformadas, peticiones de reconocimiento que han perdido el camino y se presentan con los modales de un portero de discoteca. Entenderlo no obliga a tolerarlo, pero ayuda a no responder con la misma moneda, porque la misma moneda es la trampa.
VII. El precio y la pregunta por la morada
Insisto de nuevo en que para una psique formada en ese aire, el regalo es evidente, un instinto social fino, un oído para los matices de la proximidad, una inteligencia del gesto, una capacidad de vida compartida que muchas ciudades han perdido. Pero también la tara se reconoce, una tendencia a calibrarse según la temperatura del grupo, una alerta moral constante, una fatiga de estar siempre siendo legible, una tentación de convertir la interioridad en prudencia. Y la prudencia, cuando se vuelve hábito, puede parecer madurez y ser en realidad una renuncia. Valencia, en su mejor luz, enseña a vivir con otros sin abstracciones. En su sombra, enseña a sobrevivir con otros a costa de una parte del alma. La salida está en la lucidez, nunca en el desprecio ni en la queja. Entender que esa energía tribal y política nada tiene de accidente, que es una ontología de la pertenencia, y que quien quiera conservar su acto interior tendrá que aprender a amar la ciudad sin dejar que la ciudad le escriba el guion.
Si uno lleva todo esto a sus últimas consecuencias, Valencia aparece como una ciudad que exige una ética de la distancia amorosa. Se trata de salvar en ella lo que en uno no admite administración, mucho más que de salvarse de ella. Amar la ciudad significa aceptar su cuerpo y su fiesta, su memoria y su luz, y al mismo tiempo aceptar que hay una parte del sujeto que no se debe entregar del todo a la plaza. Esa parte, lejos de ser soberbia, es la condición de que exista obra personal, pensamiento, música, una verdad que no se disuelva en pertenencia. Así, la ciudad puede seguir siendo hogar si deja de ser tribunal, y eso depende tanto de la ciudad como del habitante que aprende a no ponerse a juicio.
Al final, la pregunta por la morada es ontológica antes que geográfica. Dónde vives es una manera de decir quién permites que te escriba. Valencia, con su ternura y su sospecha, con su sol que consuela y vigila, ofrece una lección paradójica. La casa verdadera es la que te permite convertir el dolor en acto, aunque duela. La ciudad que más te recuerda también puede ser la ciudad que más te obliga a inventarte, porque solo quien se resiste a ser un recuerdo puede devolverle a la memoria su dignidad.
VIII. La vanguardia y el catolicismo anquilosado
También hay otra tentación que cruza la vida contemporánea en Valencia como una fiebre respetable, la obsesión por la vanguardia, por la última hipótesis, por el descubrimiento recién impreso, por la promesa de lo anantrópico, como si lo real solo fuese verdadero cuando se vuelve inhumano, como si la dignidad del sujeto pudiera reemplazarse por el prestigio de lo que no nos necesita. A veces se celebra esa intemperie como liberación, y sin embargo tiene algo de superstición nueva, una forma de trascendencia sin Dios que sigue siendo trascendencia, solo que ahora viste bata y habla con cifras. En un lugar como Valencia esa fiebre entra con un gesto curioso, aparece en la conversación como un peaje de modernidad, como una manera de demostrar que uno no está atrapado en la provincia simbólica, y al mismo tiempo convive con una práctica afectiva antigua que no se deja modernizar del todo, como si la ciudad jugara a estar al día mientras, por debajo, sufre por seguir siendo la misma.
En el extremo opuesto, persiste también un catolicismo anquilosado, no siempre confesional, a veces cultural, un aire de culpa heredada, de decoro, de juicio, de moral de patio, un cristianismo sin Cristo, más preocupado por vigilar que por consolar, más atento a la falta que a la misericordia. Ese catolicismo anquilosado no se reconoce porque se ha vuelto hábito, y cuando se ha vuelto hábito, se confunde con sentido común. Lo cruel es que en esa misma tradición dormida, en sus grietas y no en sus fachadas, guarda una ternura verdadera, una dulzura casi infantil, una piedad de cocina y de escalera, una compasión que no se teoriza, que se hace. Pero cuesta encontrarla porque suele estar escondida detrás de la chulería, detrás del comentario que aplana, detrás de la prudencia que se disfraza de carácter.
Esa dulzura en Valencia suele aparecer cuando ya no sirve para gobernar, cuando no puede administrarse como pertenencia ni como bando, cuando ya no hay que tener razón, cuando alguien enferma, cuando alguien muere, cuando un niño llora, cuando el mundo se vuelve literalmente pesado y las ideas dejan de ser útiles. Entonces la ciudad, que parecía solar y correctiva, abre por un instante un cuarto interior que no se enseña a los visitantes. Y en ese cuarto se entiende que la dureza era un chaleco, que el juicio era miedo, que la ironía era pudor, que incluso la ideoclastia era, en parte, una defensa contra el dolor de sentirse pequeño. Pero no es fácil vivir esperando esas grietas, porque no siempre llegan, y porque el alma no puede alimentarse solo de lo excepcional.
Lo que me dio mi querida Valencia fue cuerpo, escena, ritmo, una inteligencia del gesto, la música de la calle, el instinto de pertenecer sin abstracciones, la certeza de que el símbolo puede ser pan, sal, mar y risa. Me dio también una sensibilidad para el clima moral, una capacidad de leer sin palabras, una forma de entender que la vida no se argumenta, se comparte. Pero sin duda, lo que también me quitó fue, a veces, el permiso de ser intenso sin explicación, el espacio para una herida que no se volviera anécdota, la facilidad de sostener la soledad sin culpa, el derecho a no ser legible. Me quitó filo cuando confundió amor con retención, y me ofreció identidad cuando yo necesitaba riesgo.
Por eso quizá nunca vuelva a vivir del todo en ella, porque vivir del todo allí exigiría una renuncia a esa parte mía que no acepta ser personaje de su propia biografía. Pero siempre volveré, porque nadie deja de volver al lugar donde aprendió a tocar el mundo con las manos, porque ahí están mis raíces, la tierra de mi madre. Volveré como quien vuelve a una lengua que duele y sostiene, como quien regresa a una casa que ya no puede ser casa total y, sin embargo, sigue siendo la puerta por la que el mundo me llama por mi nombre.
IX. La trampa más antigua
Y para ir terminando, aún queda todavía nombrar la trampa valenciana más antigua, que es la genealogía, el hilo que te ata incluso cuando crees haberlo cortado, la dificultad casi metafísica de dejar de ser el hijo de, el sobrino de, el que viene de tal casa y de tal historia, con todo lo bello y lo siniestro que eso arrastra, porque la genealogía es calor y es cepo, es una manta y es una cuerda, te entrega un nombre y al mismo tiempo te lo cobra, te da una lengua que te acaricia y una mirada que te mide, te ofrece refugio y te obliga a ser reconocible, y por eso en Valencia la fuga es higiene y nunca capricho, periodos de salida para que el acto interior vuelva a respirar sin audiencia, para que el cuerpo deje de ser biografía y vuelva a ser presente, para que la memoria se convierta en materia y nunca en obligación, porque solo volviendo de lejos se puede amar sin quedar atrapado, y solo tomando distancia se descubre qué parte del amor era miedo.
Esa trampa tiene en la historia de la ciudad su víctima más ilustre. Joan Lluís Vives (1492-1540), el gran humanista valenciano, salió de Valencia hacia París en 1509, todavía adolescente, y nunca volvió. Su familia, de conversos, cayó bajo la Inquisición, que quemó a su padre en 1524 y años después desenterró y quemó los restos de su madre. Vives escribió desde Brujas, en latín, una obra que pensó la pobreza, la educación y el alma con una humanidad que su ciudad no le había devuelto, y conservó toda la vida sus dos lenguas maternas, el valenciano y el castellano. En él la genealogía fue cepo en el sentido más literal, y la fuga dejó de ser higiene para ser supervivencia.
Y aun así, cuando regreso, la luz me recibe siempre con su insolencia tierna, con esa claridad que parece impía y sin embargo es una forma de misericordia, la dulce y poética lengua valenciana me vuelve a rozar con sus diminutivos y su ironía cariñosa, la gastronomía me reeduca el alma a base de arroz, de sal, de aceite, de mesa larga, de pan y de conversación que se pega a los dedos, y siento que hay algo profundamente verdadero en ese modo de estar en el mundo que no pide teoría para existir, aunque sepa también que bajo esa misma luz se mueven sombras, el juicio blando, el comentario que aplana, la política como alergia y como respiración, la tribu que quiere colocarte, el pasado que tira de ti como si fueras suyo. Y entonces entiendo que la ciudad es un amor difícil, un amor que exige idas y vueltas, que no se habita del todo sin perder algo, que no se abandona del todo sin perder otra cosa.
X. El agua, el Levante y los vientos
Como si la ciudad quisiera recordarme que todo tejido se asienta sobre un suelo movedizo, Valencia tiene también su memoria de agua desatada, sus riadas y sus inundaciones, como revelación y nunca como accidente folclórico. El agua que da huerta y dulzura puede volverse cuchillo horizontal, puede entrar en la casa y volver barro el apellido. Hay una tragedia sin teatro en esa violencia, un saber antiguo de que el mundo no garantiza nada, de que la luz es una tregua y jamás una promesa. La ciudad aprendió a negociar con su río, a cambiarle el camino, a convertir su antiguo cauce en paseo y jardín, como quien intenta domesticar el trauma con belleza. Pero el sedimento, además de metáfora, es geología moral, el barro que deja la riada se parece demasiado al barro que deja el pasado cuando se te mete en la sangre.
El 29 de octubre de 2024 el agua volvió. Una DANA, una depresión aislada en niveles altos, descargó en pocas horas lluvias torrenciales sobre la cuenca del barranco del Poyo y de los ríos del interior, y la avenida arrasó l’Horta Sud, Paiporta, Picanya, Catarroja, Alfafar, Sedaví, Benetússer, Massanassa, mientras la ciudad, protegida por el nuevo cauce del Plan Sur que nació de la riada de 1957, quedaba casi intacta. Murieron más de doscientas veinte personas, y los daños superaron los trece mil millones de euros. La ciudad se había protegido desviando el Turia, pero los pueblos del sur habían crecido sobre antiguas zonas inundables, y el agua encontró allí el camino que la capital le había cerrado. Lo que vino después reveló las dos caras de todo lo que he descrito. La tribu que vigila fue también la tribu que llegó con escobas. Miles de voluntarios cruzaron a pie, con botas y cubos, la pasarela sobre el nuevo cauce del Turia hacia los pueblos inundados, y durante semanas el barro de las calles se sacó a mano, de casa en casa. Aquello lo organizó el tejido, antes que cualquier bando o cualquier norma.
A eso se suma la extraña confusión de pertenecer al Levante, palabra que aquí nombra la orilla donde amanece España y que fuera de aquí evoca otra orilla del mundo, la del Oriente mediterráneo que casi todo el planeta reconoce primero. Esa ambigüedad, lejos de ser un malentendido inocente, es un signo. Valencia es un oriente dentro de un occidente, una ciudad que mira al mar como quien mira a una genealogía más antigua que sus mapas escolares. Por esa costa pasaron fenicios, cartagineses, griegos, romanos, judíos, árabes, moriscos, y pasaron, además de como ejércitos o comerciantes, como lenguas, sabores, medidas, gestos, modos de rezar y de maldecir. En la mesa, en el mercado, en la manera de negociar y de bromear, sobrevive algo de ese cruce. Una ciudad así nunca es pura, por eso puede ser tan viva y tan susceptible, tan abierta al mundo y tan celosa de su pertenencia.
Esa mezcla dejó en la ciudad su propia literatura de la luz. Ibn Jafaya de Alzira (1058-1138), al que llamaron el Jardinero, cantó los huertos, los ríos y los jardines del Xúquer con una sensualidad que ya era valenciana antes de que existiera la palabra. Y siglos después Joanot Martorell publicó en Valencia, en 1490, Tirant lo Blanc, la novela de caballerías más carnal, más irónica y más humana de su tiempo, la que Cervantes salvó de la hoguera en el escrutinio de la biblioteca de don Quijote llamándola, por su estilo, «el mejor libro del mundo».
De esa condición marítima nace también su comercio y su comercialismo, que no son la misma cosa aunque se abracen. El comercio es una inteligencia práctica del intercambio, una dignidad del trato, una capacidad de hacer mundo con mercancías y palabras. El comercialismo es otra cosa, es la tentación de convertir la ciudad en escaparate de sí misma, de vivir de grandes eventos y grandes gestos, de confundir grandeza con grandilocuencia, de levantar obras urbanas como si el tamaño pudiera sustituir a la verdad. Valencia ama el espectáculo porque ama la escena, y esa escena puede ser genial o ridícula, a veces en la misma tarde. En ese amor hay una energía creativa y una inseguridad histórica, una necesidad de demostrar al exterior lo que el interior ya sabe, que esta ciudad no es pequeña aunque a veces se comporte como si tuviera que pedir disculpas por existir.
Las Fallas son la forma suprema de esa ambivalencia. Cada marzo la ciudad levanta cientos de monumentos de cartón, madera y corcho, algunos de veinte metros, en los que invierte un año de trabajo, de dinero y de orgullo de barrio, y la noche del 19 los quema. Es comercio, es escaparate, es grandilocuencia, y es también una de las intuiciones más hondas que conozco sobre la finitud, la de que la belleza se levanta para arder y de que el barrio existe más en el gesto compartido de construir y quemar que en el monumento mismo. Hay quien ha leído las fallas de La Punta, levantadas junto a una huerta expropiada, con el «construir, habitar, pensar» de Heidegger con el que abrí este ensayo, como una manera de erigir lugar frente al desarraigo. La sociología ha mostrado, además, que esa fiesta es un campo de disputa por la hegemonía social, donde el orden tradicional y el cambio político se miden cada año. La UNESCO las inscribió en 2016 en su lista del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.
Y por debajo de la fiesta y del contrato, también late la sombra, la crónica negra que toda ciudad cálida guarda con especial intensidad, los crímenes siniestros que parecen salir de la familia como sale un humo espeso, los arrebatos pasionales donde el afecto se convierte en condena, donde la cercanía que abriga se vuelve asfixia. La misma red que sostiene puede estrangular. Y en ese teatro actúan también los vientos, los del norte que cortan la soberbia con un filo frío, el poniente que baja seco y ardiente del oeste tras cruzar la Meseta, los del sur que traen la calima del Sáhara y una inquietud seca, los que cambian el humor de las calles sin pedir permiso y te recuerdan que el Mediterráneo es frontera además de postal. Un viento es una moral atmosférica, mucho más que aire, una manera de predisponer el cuerpo, de volver más brusca la palabra o más lenta la ternura.
Y así es mi Valencia, una ciudad de luz que sabe de barro, una ciudad de comercio que sueña con monumento, una ciudad oriental y occidental a la vez, una ciudad de afecto que puede volverse tribunal, una ciudad capaz de una ternura real y de una crueldad informal. Y por eso mi relación con Valencia no puede ser simple. Me dio un cuerpo y un idioma que acaricia mientras se burla, una gastronomía que convierte la mesa en patria, una educación sentimental de calle y de mar, una manera de sentir el mundo con las manos.
Pero también me quitó la facilidad de ser intenso sin pagar peaje, me quiso reconocer antes de que pudiera inventarme, me ofreció pertenencia cuando yo necesitaba riesgo. Lo que antes dije como renuncia lo digo ahora como aritmética. Vivir del todo en ella me obligaría a obedecer más de lo que mi acto interior acepta, y dejarla del todo me convertiría en espectro, porque nadie se desentiende de sus raíces sin volverse fantasma de sí mismo. Entre esas dos cuentas está la tierra de mi madre. Uno aprende a irse para poder volver sin mentirse, y aprende a volver para recordar por qué se fue, y en esa ida y vuelta queda la fidelidad posible, un canto a su luz, a su lengua y a su mesa, y un guiño final a sus sombras, que también son su verdad.
XI. La Albufera, el pescador y el labrador
Hay que añadir, como quien abre una ventana lateral en una casa ya construida, que Valencia se entiende mejor cuando se la mira desde su Albufera. Desde la novela «Cañas y Barro» de Vicente Blasco Ibáñez, no desde la postal. Allí donde el agua es patria y amenaza. Allí donde un hombre puede sentirse rey sin palacio, y esa soberbia humilde, lejos de ser una pose, es un modo de reclamar dignidad en lo que no tiene prestigio. Lo que Blasco Ibáñez logró en forma de historia, yo lo he querido decir aquí en forma de ontología. Lo más maravilloso y lo más mezquino en el mismo gesto, como si la ciudad no supiera elegir y por eso lo contuviera todo.
En esa orilla de barro aparece la dinastía como idea viva, los pescadores que fundan, enseñan, alimentan, y por eso creen que su autoridad es natural como lo es el agua. Un padre que dio de comer a muchos, y un hijo que no quiere que su casa vuelva a conocer el hambre. Ahí se ve el nervio de Valencia, la moral como economía, la economía como genealogía. Se trata de supervivencia además de valores. Cuando la supervivencia se hereda, el orgullo se vuelve derecho y el derecho se vuelve cuchillo.
El conflicto entre el pescador y el labrador, entre el agua y la tierra, es mucho más que un pleito laboral. Es una metáfora doméstica de lo que yo llamo sedimento. Para el pescador, echar tierra es profanar el mundo, es robarle el alimento al agua, es matar un ecosistema por una idea de progreso. Para el labrador, la tierra es seguridad, es futuro, es pan. Valencia ha vivido siempre entre esas dos economías morales, y por eso su tiempo no es lineal. Es un pleito que vuelve. Vuelve en las familias, vuelve en las fiestas, vuelve en la política, vuelve en la forma en que se discute la identidad como si fuera un arrozal que alguien está rellenando.
Que el hijo termine comprando un trozo de agua para llenarlo de tierra, en la citada novela de Blasco Ibáñez, es algo más que una traición simple. Es dialéctica trágica, la misma trágica que tantas veces falta en la nostalgia. Es el gesto del que acepta mancharse para que los suyos no pasen hambre. Pero en Valencia la dialéctica tiene coste afectivo, la comunidad no siempre perdona el cambio de bando aunque el cambio sea hambre. El padre deja de hablarle, y ese silencio es una institución tan valenciana como la comida compartida. A veces se perdona antes un pecado que una mudanza moral.
Luego llega el nieto. El nieto que encarna la catástrofe íntima, el bebedor, el que no quiere trabajar, el que desperdicia la herencia, el que pone en escena la vergüenza de la sangre. Y ahí aparece algo que en Valencia es brutalmente verdadero, la vergüenza como fuerza tectónica. La escena del hijo que intenta levantar la mano al padre y recibe bofetadas, es, además de violencia doméstica, el teatro del linaje defendiendo su moral con el cuerpo. En esa escena el afecto se descarga sin explicarse. Después el abuelo cuenta una historia, y en esa historia se oye la metafísica popular, la virtud es trabajo, la dignidad es dar de comer, el pecado es la holgazanería, y la condena es social, familiar, de mesa, y nunca eterna.
XII. La chulería como canto
En Valencia, muchas veces la chulería aparece como canto. Como poesía del yo, muy lejos del alarde de escaparate. Es la gloria de lo pequeño elevándose sin permiso. Es la bravuconería que no pide prestigio, solo pide reconocimiento de lo vivido. Cuando el orgullo sale de la sangre, de la infancia, de la lengua aprendida en casa, del almuerzo popular, del allipebre, del gesto y del barro, tiene algo de himno íntimo. En ese caso la chulería vivifica en lugar de aplastar.
El problema llega cuando esa energía tan valenciana se desengancha del yo encarnado y se conecta al prestigio impersonal, al dinero, a la profesión como pasaporte moral. Entonces el mismo gesto cambia de sustancia. Deja de ser poesía y se vuelve marketing del ego. Decir que el allipebre de tu casa es el mejor del mundo es una hipérbole que no amenaza a nadie, porque no compra jerarquía, celebra pertenencia. Decir que tu clase, tu institución, tu programa, es lo mejor de Europa, cuando nace de la marca, no de la sangre, tiene otro olor. Ahí la bravuconería se vuelve mezquina porque ya no habla desde la necesidad, habla desde la vanidad, y Valencia sabe hacer eso con una naturalidad que a veces asusta, porque lo grandilocuente le sirve de compensación a una vieja inseguridad.
En esa misma grieta entra la figura de Joan Fuster (1922-1992), el escritor que mira la barraca como búnker, el intelectual que diagnostica, satiriza, clasifica, y convierte la ironía del pueblo en herramienta contra el pueblo. Ese gesto tiene brillo pero también tiene mucha, demasiada crueldad. Hay una lucidez real en denunciar el comercialismo, en pinchar la pompa, en señalar la alianza entre dinero y folclore convertido en escaparate. Pero hay también una falta grave, gravísima, en el despreciar lo que te hizo, burlarte de la comida, del traje, de la canción popular, como si el pueblo fuera un error del que hay que curarse. La ironía que nace de la calle, cuando se sube al despacho y se convierte en sociología, puede terminar sirviendo a una filosofía contra el yo. Y yo no puedo aceptar una filosofía contra el yo sin mutilarme.
El combate cansino entre fusterianismo y blaverismo, en Valencia, cuando se convierte en guerra total, repite el mismo pecado en espejo, la obsesión por la pureza. Unos quieren pureza contra España, otros quieren pureza contra Cataluña, y el resultado es siempre el mismo, la lengua como arma, la identidad como bloque, el sujeto reducido a soldado. La paradoja es que la parte más viva de Valencia, la más mía, es precisamente lo impuro. La franja azul como diferencia, sí, pero montada sobre barras que vienen de otras genealogías, como si la bandera dijera sin teoría lo que mi ontología afirma con insistencia, que la identidad valiosa es la que metaboliza, nunca la que se blinda. Por eso cuando aquella política quiso pasar del regionalismo al nacionalismo, murió. Más que un accidente electoral, fue un síntoma ontológico. Lo que nace del barro no se deja convertir en estatua sin romperse.
Hay identidades intraducibles a política, y su belleza está justamente en esa resistencia. Hay una Valencia que es antipolítica en el sentido más noble, porque no se deja reducir a programa, y nunca por apatía. El famoso «búnker barraqueta», leído así, deja de ser insulto y se convierte en elogio involuntario, la barraca como forma de vida no administrable, el yo popular como exceso que no cabe en el discurso. Y si hoy lo que queda de aquellas viejas querellas se transforma en españolismo de pancarta, eso confirma otra vez la misma ley, cuando la pertenencia se absolutiza, deja de ser tejido y se vuelve dogma.
A esto se suma la teoría del lenguaje de un valenciano tan brillante como es Vicente Chuliá, que es también una teoría del lugar. El lenguaje como yo. El lenguaje como pueblo. El lenguaje como imperio. En la primera dimensión el yo se separa del animal y nombra. En la segunda el yo se vuelve etnia en el sentido noble, se vuelve familia, cortejo, canción, poema, y por eso la lengua es más rica cuando admite variación, cuando no necesita fijarse, cuando cada poeta escribe como respira y aun así se entiende. En la tercera dimensión la lengua se vuelve administración, registro, derecho, conquista. Se limpia, se fija, se pule, se mata lentamente, y de esa muerte nacen nuevos romances. Más que una elegía, es biología histórica.
Valencia, en esa lectura, tuvo la suerte y el infortunio de quedar mucho tiempo en la segunda dimensión. Su lengua se mantuvo poética porque no se convirtió del todo en aparato. Por eso me contaba Vicente Chuliá recientemente que le conmueve tanto una palabra vieja dicha por una mujer mayor, una palabra que no cabe en el diccionario escolar y sin embargo le atraviesa como una caricia, arriscats, atrevidos, arriesgados, con ese brillo de calle que no se aprende en ninguna normalización. Ahí está la dulzura que cuesta encontrar, porque viene con voz y sin certificado. Vicent Andrés Estellés (1924-1993) hizo de esa lengua de calle, de mercado y de cama la gran poesía de la ciudad, y por eso se le lee como se escucha a una vecina.
La tragedia moderna es que la normalización, cuando se hace sin amor a la excepción, aplana lo que pretendía salvar. El valenciano de pueblo se convierte en una corrección impecable que suena a técnica, como si la lengua pasara de melodía a armonía sin haber pedido permiso. Y entonces ocurre lo más extraño, que el valenciano oficial llega a parecerse al español oficial más de lo que el valenciano vivo se parecía a sí mismo. La lengua queda atravesada por la política, y la política, cuando entra en la lengua, lo vuelve todo más rígido, más vigilado, más propenso a la sospecha.
XIII. La biografía vuelta argumento
En ese punto mi biografía se vuelve argumento. Madre de español como cuna. Padre del norte vasco sin mucho euskera. Castellano recibido como casa y como imposición tácita. Valenciano recibido como pertenencia y como conflicto, también como imposición. No es raro que sienta fractura, ni que esa fractura sea a la vez regalo y tara. Me dio un oído para lo impuro, y lo impuro es el lugar donde la poesía resiste. Me dio también una epidermis que puede parecer fría, por exceso de capas, no por falta de afecto. A veces la dulzura se deja ver más rápido en una lengua adquirida, porque la lengua materna te exige una fidelidad más severa, como si la madre estuviera siempre escuchando.
Esto explica también por qué la poesía, para mí, es fuga antes que adorno, una fuga de supervivencia y nunca de cobardía. Leer y escribir para que la lengua administrativa no asesine el mundo. Es una forma de volver a la segunda dimensión dentro de una civilización que empuja hacia la tercera, hacia el boletín, la factura, el formulario, la noticia plana. El arte como contraconquista, contra el aplanamiento y nunca contra un enemigo exterior.
Y de nuevo volvemos a Valencia con una precisión añadida. La chulería poética, la del barro y la sangre, es una reserva de dignidad. La chulería profesional, la del prestigio, es una corrupción de esa reserva. El comercialismo que levanta grandes eventos y grandes obras quiere parecerse a una capital, pero al hacerlo a veces traiciona el tejido que la hacía singular. La política tribal, que necesita situar a cada cual en un bando, termina usando la lengua como credencial y el afecto como frontera. Entre esas fuerzas, mi única salida sigue siendo la misma que ya he formulado, periodos de fuga. Para impedir que me escriba el guion, sin despreciar la ciudad.
La Albufera, al final, es el emblema. Si todo es agua, no hay pan. Si todo es tierra, no hay peces. Si todo es pertenencia, no hay acto. Si todo es proyecto, no hay cuerpo. Valencia exige ese equilibrio trágico, y lo exige con una crudeza familiar. Por eso este ensayo tenía que terminar en una ética de la distancia amorosa, y nunca en una tesis política. Valencia se entiende, más que con una bandera o con una norma, en una barraca, aunque ya casi no queden, en una mesa, en una palabra vieja, en un padre que se calla, en un hijo que llena de tierra lo que amaba, y en la posibilidad, siempre difícil, de volver a amar sin dejarse absorber.
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Edición y cita
Cómo citar. Josu De Solaun, «Mi Valencia: luces y sombras», Melosías, 30 de diciembre de 2025, enlace permanente.