... la verdad que sucede: william james y el universo inacabado ...

 La verdad que sucede

William James y el universo inacabado



    Tenía poco más de veinte años, corría el año 2002 y vivía en Nueva York, estudiante de piano, composición y dirección, con las horas contadas entre clases, cuando compré por unos dólares, en una librería de viejo del centro, un ejemplar castigado de las Variedades de la experiencia religiosa, un libro publicado por primera vez en 1902. Lo leí en el metro, durante semanas, entre mi cuarto y el conservatorio, subrayando con la uña porque no siempre llevaba lápiz, y recuerdo con exactitud física el desconcierto feliz de aquellas lecturas en movimiento, porque el libro no se parecía a nada de lo que yo entendía entonces por filosofía. Aquel hombre no legislaba desde arriba, escuchaba, tomaba en serio testimonios que la gente seria despachaba con un diagnóstico, escribía con imágenes de pintor y desenlaces de novelista, y sobre todo describía por dentro procesos que yo conocía por dentro, la atención que se fatiga y se recobra, la fe que se adelanta a sus pruebas, el pensamiento fluyendo como fluye de verdad y no como dicen los manuales que fluye. América me estaba dando por arriba su industria musical, sus concursos, su eficiencia imponente, y me daba por debajo, en un vagón traqueteante, a su filósofo secreto, y tardé años en comprender que aquellas dos entregas venían de dos Américas distintas, y que yo había tenido la suerte de recibir la honda junto con la ruidosa. Este ensayo salda la deuda con aquel vagón. Después de tanto escribir sobre mis amores franceses, le toca el turno al Oeste, a William James (1842 - 1910), el pensador de la América subterránea, y adelanto ya la sorpresa que organiza estas páginas, que al ir a visitarlo he descubierto que no salía de mi casa, porque el tío americano de toda mi familia filosófica europea resulta ser él.

    William James nació en Nueva York en 1842, en una familia que parece inventada por su hermano. El padre, Henry James senior, era un teólogo excéntrico y adinerado, discípulo heterodoxo de Emanuel Swedenborg (1688–1772), amigo de Ralph Waldo Emerson (1803–1882), que fue algo así como el padrino espiritual del recién nacido, y educó a sus hijos a su manera, que consistía en no dejarlos echar raíces, colegios en cinco países, hoteles de media Europa, idiomas cambiados como estaciones, una infancia itinerante de la que salieron un novelista supremo, Henry James (1843–1916), y un filósofo supremo, William James, repartidos con esa simetría que hizo fortuna, el novelista que escribía como un psicólogo y el psicólogo que escribía como un novelista. William quiso ser pintor primero, y no como capricho, estudió en serio, con maestro, hasta que a los diecinueve renunció, y esa renuncia temprana explica media obra suya, porque el ojo del pintor no se jubiló, se mudó a la prosa, y sus descripciones de la vida mental están hechas con la atención al matiz de quien aprendió a mirar sombras. Estudió medicina en Harvard sin vocación, acompañó a un naturalista célebre, Jean Louis Rodolphe Agassiz (1807 - 1873), a una expedición por el Amazonas donde descubrió, mareado y enfermo, que coleccionar ejemplares muertos no era lo suyo, y cayó después en años de invalidez y de noche interior, dolores de espalda, ojos arruinados, y una depresión con episodios de pánico que él mismo contaría de viejo, disfrazada de testimonio ajeno, en el capítulo sobre la idea de alma enferma. De aquel pozo salió por una decisión que anotó en su diario en 1870 ("mi primer acto de voluntad libre será creer en la voluntad libre") y que es uno de los actos fundacionales del pensamiento moderno, leyó a un filósofo francés que defendía el libre albedrío (Charles Renouvier) y escribió, como he dicho, que su primer acto de voluntad libre sería creer en la voluntad libre. Se curó filosofando, cosa rarísima, y enseñó después en Harvard durante décadas, anatomía primero, luego psicología, luego filosofía, y bromeaba con que la primera lección de psicología que oyó en su vida fue la primera que dio. En 1890 publicó los Principios de psicología, doce años de trabajo en dos tomos que fundaron una ciencia y desbordaron todas sus fronteras, en 1902 las Variedades, en 1907 el Pragmatismo, en 1909 Un universo pluralista, y murió en 1910, en su casa de campo de New Hampshire, con el corazón agotado y la obra abierta, como su universo.

    Su primera gran batalla la libró contra una imagen, y las batallas contra imágenes son las que deciden los siglos. La psicología heredada pensaba la mente como un collar, ideas discretas ensartadas una tras otra, átomos mentales asociándose según leyes, y James miró su propia conciencia con el ojo del pintor y declaró que allí no había ningún collar. Hay una corriente. El pensamiento fluye, no se ensarta, es continuo como un río aunque cambie sin cesar, cada estado tiñe al siguiente y hereda del anterior, y las supuestas ideas separadas son cortes de anatomista practicados sobre un vivo. Y dentro de esa corriente distinguió dos regímenes, con una imagen que me acompaña desde el metro de Nueva York, la vida del pensamiento se parece a la vida de un pájaro, alternancia de vuelos y de posadas. Hay lugares de reposo, ocupados por imágenes que podemos contemplar con calma, y hay tramos de vuelo, transiciones puras, pensamientos de paso que no se dejan detener porque detenerlos es destruirlos, como no se puede examinar un copo de nieve en la palma caliente. La psicología entera, denunció, había inventariado las posadas e ignorado los vuelos, había descrito los sustantivos de la mente y ninguno de sus verbos, y él se propuso hacer justicia a las transiciones, que es como decir que se propuso hacer la psicología del entre. Cualquier músico que se observe estudiando lento reconoce esa descripción como se reconoce un espejo. Nuestra mente en el trabajo es exactamente eso, posadas donde un acorde se contempla, vuelos donde una resolución nos lleva, y el arte de estudiar consiste en gran parte en no confundir los regímenes, en no posarse donde hay que volar ni volar donde hay que posarse, cosa que dicho así parece obvia y cuesta una vida.

    Más fino todavía es lo que llamó el halo, la franja, esa penumbra de relaciones sentidas que rodea cada pensamiento como el vaho rodea una luz. James sostuvo, contra toda la respetabilidad académica de su tiempo, que sentimos las relaciones tan directamente como las cosas, que deberíamos hablar con la misma naturalidad de un sentimiento de y, de un sentimiento de si, de un sentimiento de pero, con que hablamos de un sentimiento de frío o de azul, y esa frase, que a sus colegas les pareció una extravagancia literaria, es una de las más exactas que se han escrito sobre la vida interior. Existen los sentimientos de tendencia, la conciencia anticipante de hacia dónde va lo que aún no ha llegado, el saber sin contenido que precede a la palabra buscada, esa forma vacía y activísima que reconoce al instante la palabra falsa que se le ofrece. Todo mi oficio vive en esa franja que James defendió él solo. La anacrusa es un sentimiento de hacia hecho sonido, la sensible es un sentimiento de casi con nombre técnico, y cuando enseño fraseo no enseño otra cosa que la cultura del halo, la sensibilidad para las relaciones sentidas que los parámetros no recogen, de modo que el psicólogo de Harvard estaba haciendo, sin saberlo, la teoría del material del melos, describiendo la materia prima de la que están hechas las curvas que yo llamo mías. Él encontró el mineral. La veta, veremos, no llegó a fundirla.

    De ahí dio el paso metafísico que lo emparenta en secreto con toda mi familia europea. Si las relaciones se sienten, entonces las relaciones son tan reales como los términos, la experiencia incluye sus conjunciones, el mundo viene dado con sus nexos puestos y no como un montón de ladrillos que una mente exterior debiera cementar, y a esa tesis la llamó empirismo radical, radical porque toma en serio toda la experiencia y solamente la experiencia, sin añadirle trascendencias y sin amputarle transiciones. En el fondo de ese empirismo puso la experiencia pura, un tejido anterior a la separación de sujeto y objeto, del que ambos se recortan después como funciones, y quien tenga oído histórico habrá reconocido ya el paisaje, porque eso es la fenomenología naciendo en inglés. La historia subterránea lo confirma con documentos. Edmund Husserl leyó los Principios con admiración confesa y les debió su salida de más de un atolladero, Henri Bergson y James se leyeron, se escribieron, se celebraron públicamente como hermanos de armas contra el intelectualismo, hasta el punto de que James dedicó a Bergson páginas de una generosidad que los filósofos no suelen gastar entre vivos, y fue un francés, Jean Wahl (1888–1974), quien décadas más tarde importó a París el pluralismo de James para que lo respiraran los jóvenes que serían mis maestros tácitos, los fenomenólogos franceses. De modo que mi genealogía tenía un costado que yo no había cartografiado. He escrito que mi Francia amada es la que hospedó al Este, a Praga, a Rusia, y descubro ahora que hospedó también al Oeste, que la corriente de mi río tiene dos afluentes y uno cruza el Atlántico, y que cuando yo leía a mis fenomenólogos franceses estaba leyendo, sin saberlo, a un neoyorquino traducido dos veces. La América subterránea existía, y el estudiante del metro la llevaba en la mochila.

    El presente, en James, dejó de ser un punto para siempre. Tomó de un autor menor, Edward Robert Clay (1841–1893), la expresión del presente engañoso, el presente especioso, y le dio ciudadanía definitiva, el ahora vivido no es el instante matemático de los filósofos, es un lomo de silla de montar con las dos vertientes incluidas, un bloque de duración con proa y con popa, donde lo recién ido sigue presente en retirada y lo inminente ya asoma, y la prueba reina de ese espesor la dio la música antes que ningún laboratorio, porque una melodía solo es audible para una conciencia así, que retiene y aguarda dentro de su ahora, mientras que para el presente puntual no habría nunca melodías, habría solamente una nota huérfana sucediendo a otra nota huérfana en un mundo sin frases. Otros, en mi panteón, han cantado ese espesor con más lírica. James lo midió, lo describió, lo volvió inevitable para la ciencia, y hay una división del trabajo entre los que hacen amar una verdad y los que hacen imposible negarla, división en la que ambos oficios me parecen sagrados.

    Mi experiencia es aquello a lo que acepto atender. Esa frase suya, que parece una obviedad hasta que se la deja explotar, contiene una teoría entera del mundo y una ética completa, y yo la verifico profesionalmente cada noche que salgo a un escenario. De los millones de estímulos que asedian a una conciencia, solo existe para ella lo que su atención selecciona, la atención es el escultor del caos, cada uno de nosotros talla su universo en el bloque común mediante intereses que iluminan esto y dejan aquello en la nada práctica, y por eso dos hombres en la misma sala viven en salas distintas, y por eso la tos de la fila cinco puede devorar un nocturno entero si el intérprete le concede el imperio. James añadió a esto su capítulo sobre la idea de hábito, ese ensayo que debería ser lectura obligatoria en todos los conservatorios del mundo, donde el hábito aparece como el volante de inercia de la vida, la delegación de lo conquistado en la carne para que la atención quede libre para conquistar más arriba, y donde se advierte que estamos hilando nuestro destino con cada repetición, que el infierno de los caracteres se fabrica a plazos diarios. La práctica musical entera es artesanía jamesiana, administración del par atención y hábito, y mi vieja convicción de que la atención es un acto ético fundamental encuentra en él su ingeniero, porque si mi experiencia es lo que atiendo, entonces atender bien es el primer deber, la caridad empieza por la atención, y la distracción, bien mirada, es la primera forma de la injusticia.

    Sobre la emoción propuso la tesis que escandalizó a todos y que todo pedagogo del cuerpo sabe verdadera en su núcleo. No lloramos porque estamos tristes, decía invirtiendo el sentido común, sentimos la tristeza al percibir nuestro llanto, la emoción es la resonancia sentida de los cambios del cuerpo, quítesele a una pasión su carne, el pulso, el temblor, el nudo, y quedará un juicio frío que ya no es pasión ninguna. Los fisiólogos han matizado el mecanismo durante un siglo, y el corazón fenomenológico de la tesis sigue latiendo intacto, es decir, que no existe emoción desencarnada, el sentir es carnal de arriba abajo, y la puerta de las emociones se abre también desde el cuerpo, que es el secreto profesional de los actores y el mío. Cuando le pido a un alumno que mueva el brazo como si la frase fuera tierna antes de sentir ternura alguna, y la ternura llega convocada por el gesto, minutos después, obediente, estoy aplicando a James sin citarlo, y el brazo cantante del que tanto he escrito es su teoría convertida en escuela, el cuerpo no expresa un sentimiento previo, lo fabrica expresándolo, y quien espera a sentir para tocar se pasará la vida esperando, mientras que quien toca como el que siente acaba sintiendo, misterio pedagógico que ya no me parece misterio desde aquel vagón de metro.

    Su doctrina más famosa es también la más calumniada, y quiero reconstruirla con la fuerza que tuvo antes de que sus herederos bastardos la degradaran. El pragmatismo de James es, en su centro, una teoría de la verdad como acontecimiento, dirigida contra la teoría de la copia, esa venerable doctrina según la cual una idea es verdadera cuando reproduce estáticamente su objeto, espejo mental frente a cosa, adecuación consumada de una vez. James preguntó qué hace la verdad en la vida de quien la tiene, y respondió con los verbos que me lo hicieron hermano, la verdad no es una propiedad que las ideas posean en reposo, la verdad les sucede a las ideas, se hace verdadera una idea, la verifican los acontecimientos, verificar es un proceso vivido, un viaje que la idea nos ayuda a hacer a través de la experiencia, y una idea verdadera es un instrumento de cabalgar la realidad, no un retrato para el salón. Quien haya seguido mis batallas reconocerá el frente. Mi guerra contra la Werktreue es la guerra de James contra la teoría de la copia trasladada al atril, en ambos casos el enemigo es el mismo, la verdad como reproducción muerta de un original clausurado, y en ambos casos la alternativa tiene el mismo esqueleto verbal, la verdad como algo que ocurre, que se hace, que se juega en un proceso encarnado. Cuando escribí que la verdad es el acontecimiento del aparecer logrado, que sucede cuando la realidad consigue cantarse a sí misma, estaba conjugando en mi clave el verbo que James le devolvió a la verdad después de siglos de fotografía. Le compro ese verbo entero y para siempre. Lo que voy a devolverle, más adelante, es la caja registradora.

    Hay opciones en la vida, enseñó en su ensayo más valiente, que no permiten la neutralidad del laboratorio. Cuando una opción es viva, forzosa y trascendente, cuando no decidir es ya decidir y las pruebas no llegarán jamás a tiempo, entonces tenemos derecho a creer por delante de la evidencia, y más aún, hay verdades cuya existencia depende de que alguien les adelante fe, porque la fe en un hecho puede ayudar a crear el hecho. El alpinista ante la grieta que solo salvará si cree que puede saltarla no está siendo irracional al creerlo, está siendo exacto, su confianza es parte de las condiciones del éxito, y la confianza entre los hombres funciona igual, el que espera lealtad la fabrica, el que la niega por adelantado la destruye, hay regiones enteras de lo real que solo se muestran a quien les concede crédito. La academia de su tiempo lo acusó de abrir la puerta a todas las supersticiones, y no había entendido nada, porque James no autorizaba a creer cualquier cosa, describía la estructura de las situaciones donde la espera neutral es una superstición más, la superstición del espectador. Mi vida entera transcurre en esas situaciones. El salto de octavas no se salva con evidencia previa, se salva con crédito, la frase arriesgada solo comparece para el que ya la creyó posible mientras la empezaba, y enseñar, sobre todo enseñar, es el oficio de creer en alguien por delante de todas las pruebas, de prestarle al alumno una fe que él todavía no puede justificar y que precisamente por eso lo vuelve capaz de justificarla. James le puso lógica a lo que otros maestros míos le pusieron corazón, y una esperanza con lógica resiste inviernos más largos.

    En Edimburgo, invitado a las cátedras más solemnes de la teología europea, hizo lo que nadie había hecho, no habló de Dios, escuchó a los hombres. Las Variedades de la experiencia religiosa son un océano de testimonios tomados en serio, conversos, místicos, almas enfermas y almas sanas de nacimiento, los nacidos una vez y los nacidos dos veces, examinados con una regla de oro que vale para todos los océanos, por sus frutos los conoceréis, y no por sus raíces. Contra el materialismo médico que despachaba a Teresa de Ávila con un diagnóstico nervioso, James respondió que el origen orgánico de un estado no decide su valor, que también los teoremas se piensan con un cerebro y no por eso son neurología, y que una experiencia se juzga por lo que hace con la vida que la recibe, por su fecundidad, su luminosidad, su capacidad de reorganizar una existencia. Y describió los estados místicos con cuatro marcas cuya primera es la inefabilidad, esa imposibilidad de transferir el contenido que emparenta al místico con el músico, pues nadie puede contarle un éxtasis a quien no lo tuvo igual que nadie puede contarle una modulación a un sordo. Yo llevo años leyendo a mis místicos españoles exactamente con ese método sin saber que tenía patente americana, tomándolos en serio sin adjudicar su teología, pesando frutos y no raíces, manteniendo el nombre en suspenso y la experiencia en el centro, y descubrir que mi manera de habitar la distancia religiosa tenía ya su epistemólogo me produce el alivio de los que se enteran tarde de que su casa tiene cimientos.

    Contra el universo en bloque libró su última guerra, y es la que lo vuelve contemporáneo nuestro para siempre. El idealismo reinante en su época ofrecía un Absoluto donde todo estaba ya reconciliado desde la eternidad, un mundo terminado en el que nuestras luchas eran teatro con el desenlace escrito, y James se rebeló contra ese consuelo con una frase que es casi una poética, algo se escapa siempre, por mucho que se recoja algo queda fuera, la realidad rebosa perpetuamente todos los sistemas, el universo dice siempre todavía no del todo. Su alternativa fue el pluralismo, un mundo hecho de muchos centros reales, cosido por dentro con conexiones experimentables, inacabado por los bordes, con la tapa levantada, un mundo en obras donde nuestras aportaciones cuentan de verdad porque el resultado no está garantizado ni vetado, y a la actitud correspondiente la llamó meliorismo, ese temple que rechaza a la vez el optimismo del espectador y el pesimismo del desertor, la salvación del mundo ni asegurada ni imposible, posible, y posible en parte por nosotros, al por menor, pieza a pieza, con el ánimo esforzado de quien sabe que juega un partido real. Reconozco a la familia. Mi humanismo trágico, con su esperanza que habita la finitud sin garantías, tiene en el meliorismo de James a su primo americano, más muscular que los parientes europeos, menos enlutado, con esa energía de hombre que salió de una depresión a fuerza de decidir creerse libre, y la mezcla de las dos herencias, la gravedad del viejo mundo y el arremangarse del nuevo, me parece hoy el temple exacto que mi propia filosofía buscaba sin saber su fórmula. Hasta aquí la hermandad, que es inmensa, y ahora las cuentas, porque a los hermanos se les discute con los libros abiertos. 

    La primera distancia está en el criterio de la verdad, y es grave. James, habiendo conquistado el verbo justo, la verdad sucede, se hace, se verifica en un curso de experiencia, eligió para ese curso un norte que le ha costado un siglo de malentendidos merecidos a medias, lo verdadero es lo conveniente en nuestro modo de pensar, lo que conduce bien, lo que satisface llevándonos de una experiencia a otra con provecho, y remató la doctrina con la metáfora que su país tomó al pie de la letra, el valor en efectivo de las ideas. Sé defenderlo mejor que sus caricaturistas, él nunca dijo que fuera verdad lo que me apetece, habló del largo plazo, del conjunto de la experiencia, de conveniencias que incluyen la coherencia con todo lo demás verificado, y aun así el flanco quedó abierto, porque hay mentiras que conducen espléndidamente durante vidas enteras, hay canciones falsificadas que funcionan, llenan salas, ganan concursos, satisfacen a multitudes año tras año, y con el criterio de la conducción provechosa no tengo con qué condenarlas, y yo necesito condenarlas, mi oficio es en gran parte el arte de distinguir el canto verdadero del falsificado cuando ambos funcionan igual de bien. Por eso mantengo su verbo y cambio su tribunal. La verdad sucede, sí, y lo que decide si ha sucedido no es el provecho del viaje, es la necesidad interior del aparecer, esa marca de lo que comparece porque no podía no comparecer así, que cualquier oído formado distingue del efecto bien administrado, y que no se mide por dónde nos lleva la idea, se oye en cómo llega. Al criterio de la conveniencia le pasa lo que a las brújulas en un barco de hierro, funciona hasta que el propio barco la desvía, y nuestro siglo es un barco de hierro. Le compro a James el verbo, ya lo dije, y le devuelvo la caja, con una nota de gratitud dentro.

    La segunda distancia es la que da su título secreto a este ensayo. James describió la corriente como nadie la había descrito ni la ha vuelto a describir, sus aguas, sus remolinos, sus vuelos y sus posadas, sus halos de tendencia, y se quedó, con todo, en la hidrología. Su corriente fluye y no canta. Tiene transiciones sentidas, tiene direcciones, tiene todo el material, y le falta la organización que convierte un fluir en un fraseo, el arsis y la tesis, la preparación y la caída, la cadencia que cumple sin clausurar, la forma interna por la cual el tiempo vivido no solo pasa, se articula, respira, se dirige a su reposo y lo excede, eso que llamo melos y que no es un adorno del flujo, es su verdad formal. Donde James ve un río, yo oigo quizás una frase, y la diferencia no es de metáfora predilecta, es de ontología, porque un río admite cualquier segmentación y una frase no, la frase trae de fábrica sus articulaciones, sus lugares de respiro, su necesidad interna, y la vida de la conciencia, sostengo, es del segundo tipo, viene fraseada, y por eso puede fracasar, desafinarse, perder el hilo, cosas que a los ríos no les pasan. Quizá no sea casual que el gran descriptor de la corriente fuera el pintor renunciado y no un músico, el hombre del ojo educado en superficies y no del oído educado en tensiones, ni que su hermandad con el arte se quedara en la prosa. James llegó hasta el borde del canto, defendió sus materiales contra toda la ciencia de su tiempo, y no dio el paso de escribir su solfeo. Ese solfeo del arroyo, la fraseología de la corriente de la conciencia, es exactamente el hueco donde mi trabajo se instala, y me gusta pensarlo con su propia imagen, esto es, él nos enseñó que el pensamiento vuela y se posa como un pájaro, y a mí me toca añadir lo que falta en la frase, que el pájaro, además, canta, y que sin el canto los vuelos y las posadas serían zoología y no vida.

    Le oigo reírse desde su veranda de New Hampshire, porque era de los que se reían, y le oigo la objeción con su acento cordial de conferenciante que boxea. Me diría que mi necesidad interior es un sentimiento ascendido a tribunal, invisible, inverificable, el típico lujo de los temperamentos tiernos, esos que él retrató para siempre frente a los duros, y me preguntaría con toda la inocencia peligrosa del mundo qué diferencia práctica introduce mi melos en el universo, porque si dos interpretaciones difieren melódicamente y conducen igual, mi distinción es verbal, y él declaró la guerra a las distinciones que no cambian nada. Respondo en su idioma, que es lo cortés. La diferencia práctica existe y es de las mayores que conozco, el canto verdadero reorganiza vidas y el falsificado las entretiene, del primero salen los conmovidos que ya no pueden oír igual, del segundo salen consumidores puntuales, y esos frutos, medidos con su propia regla de las Variedades, distinguen los árboles sin necesidad de mirarles las raíces, de modo que mi ontología pasa su examen pragmático con nota, sucede que lo pasa a plazo largo y en la moneda que él mismo dijo preferir, vidas cambiadas. Y le concedo a cambio dos cosas, porque la objeción me deja mejor de lo que me encontró. Le concedo que su máxima pragmática, la exigencia de que todo concepto declare qué diferencia introduce, es la abuela americana de mi propia regla del precio fenomenológico, esa ley que me impongo de borrar todo concepto que no rescate ninguna experiencia concreta, y me alegra descubrirle genealogía, mi higiene metódica hablaba inglés sin acento y yo sin saberlo. Y le concedo que su tabla de temperamentos, tiernos y duros, se rompe conmigo con un crujido que le habría gustado, porque salgo tierno en religión y duro en pluralismo, tierno en el misterio y duro contra todo Absoluto, empirista radical de la carne y enemigo jurado del cientificismo, es decir, exactamente esa mezcla que él pronosticó como el temperamento de los lectores honrados, para quienes escribió su pragmatismo como quien tiende un pasillo entre dos habitaciones en las que no se puede vivir.

    Dos enmiendas me llevo, y las firmo aquí porque un ensayo que no me enmienda es un espejo. La primera toca uno de mis principios más queridos, casi mi divisa, la de que la realidad importante no se produce, se recibe. La sostengo, la he defendido contra la civilización entera del hacerse a sí mismo, y James me obliga a completarla por un costado que yo tenía a oscuras. En un universo inacabado, con la tapa levantada, hay dones que llegan con forma de encargo. Se recibe también lo no terminado, la tradición nos entrega obras abiertas, talentos con instrucciones de multiplicación, un mundo con los bordes sin rematar, y recibir lo inacabado obliga, la recepción misma incluye el mandato de continuar, de modo que mi receptividad no queda desmentida, queda completada, recibir y contribuir no son dos movimientos rivales, son el anverso y el reverso del mismo don cuando el don está vivo, y desde hoy mi fórmula lleva su cláusula americana, la realidad importante se recibe, y a veces se recibe como tarea. La segunda enmienda entra en mi taller por la puerta del miedo. Vengo definiendo la futuridad de mi ontología, el Hacia, como hospitalidad, espera preparada, mesa puesta para lo inanticipable, y James me enseña que a esa hospitalidad le faltaba un músculo, el crédito. No basta esperar bien, hay que creer por delante, adelantarle fe al salto para que el salto exista, y esa energía anticipante, que no es cálculo ni es temeridad, es la mitad activa de toda espera fecunda, entra en mi vocabulario como el crédito del intérprete, y entra directamente a mis clases, donde llevo años viéndola funcionar sin nombre, en cada alumno que solo pudo cuando alguien creyó primero.

    La gratitud, en su caso, tiene la forma de una reconciliación. James me reconcilia con mi propia biografía americana, le pone filósofo a los años de Nueva York, me demuestra que la tierra que me dio oficio tenía también hondura y que las dos Américas de mi viejo esquema no eran un reparto entre ellos y nosotros, eran una guerra civil dentro de la misma casa, con el psicólogo del halo de un lado y los literalizadores de su caja registradora del otro. Le agradezco la prosa, ese permiso renovado de pensar con imágenes exactas, y la figura del pintor que no dejó de mirar, hermana de todas mis figuras dobles. Le agradezco el capítulo del hábito, que regalaré mientras enseñe, y la regla de los frutos, que me ordena la biblioteca mística, y la lección de sus propias tinieblas, la de que se puede salir del pozo por la puerta de una decisión, que es la versión seca y americana de la esperanza. Y le agradezco, sobre todo, el universo inacabado, esa metafísica con andamios que convierte cada esfuerzo honrado en cosmología práctica, porque en un mundo así ningún trabajo bien hecho es decorativo, todos tocan el resultado, y el viejo cansancio del artista, la sospecha de estar adornando un desenlace ya escrito, queda abolido de raíz.

    Esta noche estudiaré despacio, como casi siempre, y sé que en algún momento me sorprenderé mirando mi propia mente con los ojos que aquel libro del metro me dejó puestos para siempre, viendo al pájaro volar y posarse entre los compases, sintiendo el halo de los acordes que vienen, habitando ese presente con lomo donde caben tres notas y una espera. Todo eso lo vio él primero y mejor que nadie, y lo que el pájaro haga de más, si canta, si su vuelo resulta traer una frase y no solo una trayectoria, ya es la parte que me toca poner o descubrir, y ahí sigue abierta la única pregunta que este ensayo no quiere cerrar, la de si el canto se lo añado yo a la corriente o se lo estaba oyendo desde el principio sin atreverme a decirlo. James, que se pasó la vida defendiendo el derecho a creer por delante de las pruebas cuando la opción es viva y no admite espera, me diría probablemente que esa pregunta es de las suyas, forzosa, trascendente, imposible de zanjar desde la barrera, y que me está permitido, mientras trabajo, creer que el universo canta por sus bordes y que esta noche uno de sus bordes pasa por mi estudio. Uso el permiso. La partitura está abierta, la tapa del mundo también, y algo, como él dijo, se escapa siempre, gracias a Dios...

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