... Rumanía: el país que me esperaba, patria secreta ...
Rumanía:
el país que me esperaba,
patria secreta
Hay una sala en Bucarest que es redonda como un oído. Se llama Ateneo, la levantaron a finales del siglo diecinueve con dinero recogido leu a leu entre gente humilde, bajo una consigna que todavía se recuerda, dad un leu para el Ateneo, y aquella colecta de campesinos, maestros y oficinistas construyó una cúpula para la música como otras generaciones habían construido catedrales. La primera vez que esperé entre sus bastidores, en septiembre del 2o14, con las manos frías y el corazón en desorden, oí cómo se sentaba el público, y ese rumor de butacas y de abrigos me enseñó algo que ninguna sala del mundo me había enseñado antes. Era un silencio distinto. No el silencio disciplinado de las capitales que se saben importantes, tampoco el silencio distraído de los abonos, era un silencio que esperaba algo de mí como se espera a alguien en una estación, con el cuerpo inclinado hacia las vías. Salí a tocar y comprendí, sin poder todavía formularlo, que había llegado por primera vez a un país que ya me esperaba. Hay lugares a los que uno llega y lugares que le estaban aguardando a uno desde antes de nacer, y toda mi vida posterior ha sido el intento de entender por qué Rumanía pertenece, para mí, a la segunda especie.
Días antes había caminado por Calea Victoriei sin entender del todo lo que me pasaba con la lengua. Oía hablar a la gente y comprendía fragmentos enteros sin haber estudiado una sola palabra, como quien reconoce en sueños la voz de un pariente al que nunca conoció. Bine, spune, casă, dulce, pâine, lume. Un español que escucha rumano por primera vez experimenta una forma leve de vértigo genealógico, porque aquella lengua es la suya vista en un espejo que ha viajado dos mil años hacia el este, transformada por otros vientos, endulzada por otros inviernos, y sin embargo inconfundiblemente de la familia. Después supe que ese vértigo tenía nombre de emperador. Trajano, el hombre que conquistó la Dacia y la sembró de latín, había nacido en Itálica, junto a Sevilla, en mi propia península. La nación que un día me daría hijos fue engendrada, en el principio de su lengua, por un soldado nacido en Hispania. Cuando miro a mis hijos, que son rumañoles, españoles y rumanos a la vez, veo cerrarse un círculo que se abrió en el año 106, veo a las dos hijas extremas de Roma, la del poniente y la del levante, reencontrarse después de dos milenios en una cocina de Valencia, y confieso que esa idea me produce una alegría casi cómica, la alegría de descubrir que la historia universal ha trabajado diecinueve siglos para que mis hijos puedan pedir agua en dos lenguas hermanas.
Un rumano célebre, instalado en París y en la desesperación, preguntó una vez cómo se puede ser rumano. Lo preguntó con vergüenza, con esa lucidez envenenada que confunde el desengaño con la profundidad, y media Europa culta lo aplaudió, porque nada halaga tanto al mundo como un hijo que habla mal de su madre con talento. Yo quisiera pasar el resto de estas páginas respondiendo a esa pregunta desde el otro extremo, desde el amor, que ve más que el despecho, porque el despecho solo ve lo que le duele y el amor ve además lo que existe. Cómo se puede ser rumano. Se puede, y voy a intentar decir cómo, y por qué considero que serlo, o amarlo, o recibirlo en herencia como lo recibirán mis hijos, es una de las formas más hondas y más secretas de ser humano que conozco.
Empecemos por el nombre, porque el nombre lo contiene casi todo. Rumanía es la única nación de la tierra cuyo nombre es, literalmente, el nombre de Roma. Otras naciones latinas se llaman por sus tribus, por sus ríos, por sus reyes. Solo una se llama por la madre. Y lo asombroso no es el nombre, es la historia del nombre. Roma abandonó la Dacia en el siglo tercero, el emperador Aureliano retiró las legiones y la administración al sur del Danubio, y aquella provincia quedó sola frente a las estepas, sin murallas, sin archivos, sin obispos metropolitanos, sin nada de lo que sostiene ordinariamente una identidad. Durante más de mil años no hubo allí un estado que llevara ese nombre. Los pueblos que pasaban, y pasaron todos, godos y hunos y gépidos y ávaros y eslavos y magiares y pechenegos y cumanos y tártaros, llamaban a aquellas gentes valacos, que era el nombre que los germanos y los eslavos daban a los extranjeros de habla latina. El mundo entero los llamaba desde fuera con un nombre de extraños. Ellos, entre sí, en sus aldeas de madera, siguieron llamándose rumâni, es decir, romanos. Guardaron el nombre de una madre que los había abandonado y que nunca volvió, lo guardaron sin documentos, sin escuelas, sin propaganda, de boca en boca, durante diecisiete siglos, como se guarda un anillo en una casa pobre. Pocas veces la fidelidad ha sido tan larga y tan poco correspondida. Y aquí aparece, ya en el umbral, la palabra que organiza todo lo que quiero decir, porque los rumanos tienen un nombre para esa fidelidad hacia lo ausente, y ese nombre es dor.
El dor es intraducible, y no por capricho léxico, por estructura ontológica. Viene del latín dolus, del dolor, pero ha hecho con el dolor algo que ninguna otra lengua romance hizo, lo ha vuelto dulce sin volverlo mentiroso. Dor es la añoranza de lo que falta cuando lo que falta sigue estando de algún modo presente, es el modo en que lo ausente comparece. La saudade portuguesa es su prima atlántica, brumosa y marítima, el dor es continental y concreto, tiene olor a tierra después de la lluvia y a humo de otoño. Un rumano no dice simplemente que echa de menos, dice que le es dor, îmi este dor, con una sintaxis en dativo donde la añoranza no es algo que uno hace, es algo que a uno le sobreviene, que le llega como llega el frío o la noche. La gramática misma confiesa que el dor no se produce, se recibe. Y cuando comprendí eso, comprendí también que mi propia filosofía, que llevo años construyendo alrededor de la idea de que lo real comparece y de que la actitud fundante del hombre es la receptividad, tenía una palabra esperándola desde hacía siglos en los Cárpatos. Yo había pensado la comparecencia como el modo en que lo presente se da. Rumanía me enseñó que también lo ausente comparece, que hay una presencia propia de lo que falta, con su peso, su temperatura y su canto, y que un pueblo entero puede estar constituido por esa presencia. Porque eso es Rumanía en su raíz, una nación cuyo nombre mismo es un acto de dor, la hija que siguió llamándose como la madre ausente. Ninguna otra nación que yo conozca está fundada sobre una añoranza. Las hay fundadas sobre una conquista, sobre una fe, sobre un contrato, sobre una venganza. Solo una está fundada sobre el amor a alguien que se fue.
En la costa de ese país, en la antigua Tomis que hoy se llama Constanza, murió Ovidio. El más musical de todos los poetas latinos fue desterrado al confín del imperio, al borde del mar Negro, y desde allí escribió cartas quejándose del viento, de los bárbaros, de la lejanía de Roma, y en una de ellas cuenta algo que me estremece cada vez que lo pienso, dice que ha aprendido la lengua de los getas y que ha llegado a componer un poema en ella. El último gran poeta de la lengua madre, exiliado, escribiendo versos en la lengua de la tierra donde, siglos después, nacería la más joven de las lenguas hijas. La poesía latina fue a morir exactamente al lugar donde el latín iba a volver a nacer. Hay una estatua de Ovidio en Constanza, mirando al mar con gesto de quien espera un barco que no llegará, y me gusta pensar que espera otra cosa, que espera oír a los niños de la ciudad hablando en esa lengua que él alcanzó a presentir, y que cuando una madre rumana llama hoy a su hijo por su nombre en la playa de Tomis, algo en aquel bronce descansa.
Porque la lengua rumana, hay que decirlo despacio, es uno de los acontecimientos espirituales más extraordinarios de Europa, y Europa apenas lo sabe. La primera frase que la tradición considera suya entra en la historia en el año 587, durante una campaña militar en los Balcanes, cuando la carga de una mula empieza a resbalar en un desfiladero nocturno y un soldado le grita a su compañero, en la lengua del lugar, torna, torna, fratre, vuélvete, vuélvete, hermano. La primera respiración documentada de esa lengua es un grito de alarma para salvar a un hermano en un camino de montaña. Y su primer texto escrito conservado, casi mil años después, en 1521, es la carta de un mercader de Câmpulung llamado Neacșu que avisa al alcalde de Brașov de los movimientos del ejército turco para que su ciudad se prepare. Una lengua cuya primera palabra es un vocativo de socorro y cuyo primer documento es una advertencia para proteger al vecino. Hay lenguas que entran en la historia con un código legal, con un himno imperial, con una lista de tributos. El rumano entra dos veces, y las dos veces entra cuidando de alguien.
Llevo ya un tiempo sosteniendo que la música, y con ella toda comparecencia verdadera, es vocativa antes que representativa, que el modo primordial de lo real no es mostrarse ante un espectador, es llamar a alguien por su nombre. Pues bien, el rumano es la única lengua romance que conservó viva la declinación del vocativo. Donde el francés, el italiano, el castellano dejaron caer aquel caso latino que servía exclusivamente para dirigirse a una persona, el rumano lo guardó, y un rumano no dice simplemente Ion o Ana cuando los llama, dice Ioane, dice Ano, la palabra misma se inclina, cambia de forma cuando deja de hablar sobre alguien y empieza a hablarle a alguien. De todos los casos latinos que una lengua podía salvar del naufragio, esta salvó precisamente el caso de la llamada, la forma gramatical del cara a cara. Y no contenta con eso, fosilizó una invocación entera dentro del nombre de Dios, porque Dumnezeu, la palabra rumana para Dios, viene de Domine Deus, del vocativo, de la exclamación de quien lo llama, de modo que el nombre rumano de Dios no es un sustantivo, es una plegaria congelada, cada vez que un rumano nombra a Dios está, sin saberlo, llamándolo. Hasta su himno nacional es un vocativo, el único himno que conozco que no celebra al país, lo despierta, deșteaptă, despiértate, rumano, le grita la nación a sí misma desde 1848, y hay algo conmovedor en un pueblo cuyo canto oficial es una llamada a dejar de dormir, como si supiera que su tentación histórica no es la soberbia, es el letargo, y hubiera decidido ponerse un despertador perpetuo en la garganta.
Sigamos escuchando esa lengua, porque cada una de sus palabras esconde una decisión metafísica. En rumano el corazón se dice inimă, que viene del latín anima, de modo que el corazón lleva el nombre del alma, el órgano y el espíritu comparten palabra, y toda la vieja disputa entre el cuerpo y el alma queda desmentida por el diccionario, que los declaró uno antes de que naciera la filosofía moderna que los separó. En rumano el mundo se dice lume, que viene del latín lumen, la luz, el mundo lleva el nombre de la luz, y cuando un rumano dice que sale al mundo está diciendo, sin oírlo ya, que sale a la luz, y cuando la vieja canción popular clama lume, lume, está clamando luz, luz. Un país cuyo idioma decidió que el corazón es alma y que el mundo es luz merece ser tomado en serio por cualquiera que se dedique a pensar. Y merece serlo más todavía cuando uno descubre cómo agradece. Mulțumesc, la palabra rumana para dar las gracias, no viene de gracia ni de merced, viene del deseo la mulți ani, que vivas muchos años. Agradecer, en rumano, es bendecir el tiempo del otro, desearle años, de manera que cada pequeña cortesía cotidiana, el pan que te pasan, la puerta que te sostienen, se paga con un fragmento de eternidad deseada. He oído a mis hijos decir mulțumesc por un vaso de agua y he pensado que estaban, sin saberlo, deseándole larga vida a quien se lo daba, y que hay civilizaciones enteras que no han inventado nada tan delicado.
La lengua guarda además una cicatriz hermosa, y es que es doble por dentro. Sobre el esqueleto latino cayó, durante siglos, una nevada eslava, y la nieve no cubrió cualquier zona, cubrió sobre todo la zona del afecto. Amar se dice a iubi, que es eslavo. Querido se dice drag, que es eslavo. El amigo es prieten, la ternura es duioșie, el cuidado es grijă, la piedad es milă, el llanto ritual es jale, todo eslavo, mientras el tiempo, el pan, la casa, el cielo, el agua, el nombre, siguen siendo latín puro. El resultado es una lengua latina cuyas caricias son eslavas, una estructura romana con el regazo del este, y hay palabras que existen dos veces, una en cada linaje, el tiempo se dice timp cuando es el tiempo que se mide y vreme cuando es el tiempo que se vive y el que hace afuera, la esperanza se dice speranță cuando es un concepto y nădejde cuando es lo que una madre tiene mientras espera a un hijo que no llama. Una lengua con dos esperanzas, una para los tratados y otra para las cocinas. Y debajo de las dos capas, todavía, como un murmullo, sobreviven unas pocas decenas de palabras que no son latinas ni eslavas ni de nadie conocido, palabras del sustrato dacio, anteriores a Trajano, y basta leer la lista para saber quiénes eran aquellos primeros, porque lo que sobrevivió de la Dacia es el vocabulario del pastor, brânză, el queso, brad, el abeto, mal, la orilla, moș, el anciano, țap, el macho cabrío, quizá copil, el niño, quizá doină, el canto. Del pueblo más antiguo quedó exactamente esto, el queso, el abeto, la orilla, el abuelo, el niño y la canción. Si alguien me pidiera un inventario de lo imprescindible humano, no sabría mejorarlo.
De esa lengua brotó, en el siglo diecinueve, un poeta que la fijó para siempre, Mihai Eminescu, y su poema mayor, Luceafărul, el lucero de la tarde, es una de las cimas secretas de la literatura europea y contiene, lo digo con todo el peso de la afirmación, la tesis central de mi propia filosofía en 98 estrofas. Un astro inmortal, Hiperión, se enamora de una muchacha mortal y sube ante el creador del universo a pedirle lo impensable, pide dejar de ser eterno, pide una hora de amor a cambio de la inmortalidad, pide un cuerpo, pide poder morir. La eternidad suplicando encarnación. El demiurgo se lo niega, le muestra la pequeñez de los mortales, y el poema termina con el astro de vuelta en su altura, mirando a los amantes bajo los tilos, y las dos últimas palabras que lo describen son nemuritor și rece, inmortal y frío. El poema nacional de Rumanía sostiene que la inmortalidad sin cuerpo es frialdad, que solo lo que puede perderse puede amar, que el sentido no habita en lo eterno, habita en lo finito que arde. Otros pueblos pusieron en el centro de su imaginario una epopeya de conquista o una gesta fundacional. Los rumanos pusieron un poema donde el cielo envidia a la carne. Eminescu escribió también, en la oda que compuso midiéndose con los metros antiguos, que nunca creyó que llegaría a aprender a morir, como si morir fuera un arte que se estudia, y tituló uno de sus poemas de despedida, aquel donde pide ser enterrado junto al mar, con la palabra que ya conocemos, mai am un singur dor, todavía me queda un solo dor. Hasta para morirse pidió permiso a esa palabra. En Iași, en la colina de Copou, sigue vivo el tilo bajo el que escribía, un árbol de cinco siglos sostenido por muletas de hierro como un patriarca al que la ciudad no deja caerse, y cada junio Bucarest entero huele a tilo, un olor dulce y casi excesivo que baja por los bulevares al anochecer, y ningún rumano puede oler un tilo en flor sin que se le aparezca, quiera o no, un verso de Eminescu, porque hay países donde los poetas consiguen esto, perfumar los meses.
Pero la profundidad rumana no empieza en sus poetas cultos, empieza mucho antes, en dos baladas anónimas que son, juntas, uno de los sistemas metafísicos más completos que un pueblo haya cantado jamás, y digo sistema con toda la ironía y toda la seriedad, porque no hay en ellas un solo concepto y están sin embargo todas las respuestas. La primera es la Miorița, la ovejita. Tres pastores bajan con sus rebaños, dos conspiran para matar al tercero y quedarse con sus ovejas, y una oveja encantada se lo advierte al joven condenado. Y aquí sucede lo inaudito. El pastor no huye, no se arma, no maldice. Le encarga a la oveja que, si lo matan, pida que lo entierren junto al redil, con sus flautas colgadas a la cabecera para que el viento las toque, y que a las demás ovejas no les diga que ha muerto, les diga que se ha casado con una princesa, que en su boda cayó una estrella, que el sol y la luna le sostuvieron la corona, que los abetos fueron sus invitados y las estrellas sus antorchas. Y que si aparece su madre anciana, con el cinturón de lana, preguntando por él, tampoco a ella le hable de la muerte, le hable de una boda en la puerta del cielo. Sé perfectamente lo que se ha dicho contra este canto. Aquel rumano desesperado de París lo detestaba, veía en él la prueba del fatalismo de su pueblo, la resignación elevada a poema, la pasividad ante el destino convertida en estética, y hay que reconocer que la acusación tiene fuerza, que un pueblo que canta la aceptación de la propia muerte durante quinientos años podría estar cantando su renuncia a la historia. Yo he vivido con esa objeción años enteros, y he terminado por creer que es exactamente falsa, que es la lectura de quien confunde el poder con el sentido. Porque el pastor de la Miorița no acepta la muerte, la transfigura. No se somete al destino, lo compone. Hace con su asesinato lo único que un hombre puede hacer con lo inevitable, darle forma, convertir la degollación en boda cósmica, el hoyo en tálamo, las estrellas en velas nupciales. Responde al destino con una obra. Dicta su propia muerte como se dicta un poema, y protege a su madre con una ficción más verdadera que el hecho, porque decirle a una madre que su hijo se casó con el mundo es decirle algo sobre su hijo que el forense no sabría decir. Ahí no hay fatalismo, hay poiesis en estado puro, hay la afirmación de que el último acto libre del hombre es la forma que da a lo que no eligió, y esa serenidad activa, que en rumano tiene una palabra propia, senin, el estado del cielo despejado aplicado al alma, es lo contrario del nihilismo, es la tragedia habitada sin desesperación. Un filósofo rumano de entreguerras vio en la geografía misma del canto la clave del alma de su pueblo, esa ondulación de colina y valle, colina y valle, que llaman plai, y sostuvo que el rumano lleva ese paisaje ondulado en el inconsciente, que su melancolía sube y baja como sus montes, y sostuvo también algo más grave, que las aldeas rumanas sobrevivieron a mil años de invasiones practicando lo que llamó el boicot a la historia, retirándose de los acontecimientos como el agua se retira de la orilla, dejando pasar los imperios por la superficie mientras la vida verdadera, la eternidad que según él había nacido en la aldea, seguía debajo, intacta, cociendo pan y cantando a los muertos. Se puede discutir si aquello fue sabiduría o fue renuncia. Yo creo que fue las dos cosas y que ahí está la herida exacta de Rumanía, un pueblo que aprendió tan bien a sobrevivir a la historia que a veces olvida que también puede hacerla.
La segunda balada responde a la primera, y juntas forman el díptico completo. Es la leyenda del maestro Manole, el constructor al que un príncipe encarga el monasterio más hermoso de la tierra, en Curtea de Argeș, y cada noche los muros levantados durante el día se derrumban solos, hasta que un sueño revela la condición atroz, la obra solo se sostendrá si dentro de ella se empareda a la primera mujer que llegue al amanecer trayendo la comida. Y la que llega, atravesando la lluvia que su marido le pide al cielo para detenerla, atravesando el viento, es Ana, la mujer de Manole, embarazada. El maestro la empareda entre lágrimas, fingiendo primero que es un juego, y el muro sube, y la voz de ella se va apagando dentro de la piedra, y el monasterio se sostiene, y sigue en pie hoy, quinientos años después, y es en efecto de una belleza que corta la respiración. La balada no termina ahí. El príncipe, contemplando la maravilla, pregunta a Manole y a sus obreros si serían capaces de construir algo aún más bello, y ellos, artistas al fin, responden que sí, y el príncipe ordena retirar los andamios y los deja abandonados en el tejado para que nadie construya jamás nada superior. Manole se fabrica alas con las tejas de madera, salta, y cae, y en el lugar donde cae brota una fuente. Todavía se la enseña a los visitantes, la fuente de Manole, junto al monasterio. Cada vez que cuento esta historia a músicos jóvenes les digo lo mismo, aquí está todo lo que necesitáis saber sobre el arte y nadie os lo enseñará en ningún conservatorio. Que la forma no se sostiene sin un cuerpo dentro. Que toda obra que dura tiene emparedada una vida, o un trozo de vida, y que quien crea sabe oscuramente que está metiendo en el muro lo que más ama. Que la técnica sin ese sacrificio produce muros que se caen solos cada noche, y he visto caerse así, en salas de concierto impecables, interpretaciones perfectas donde no había nadie emparedado, y no se caían con estrépito, se caían en el aburrimiento educado del público, que es la forma moderna del derrumbe. Y que el artista, al final, cae, siempre cae, porque el poder no perdona a quien puede más que él, pero donde cae el artista brota agua, algo que otros beberán sin saber de dónde viene. Toda mi vida de pianista cabe entre esas dos baladas, la Miorița me enseñó a recibir lo que no elegí y a responderle con forma, Manole me enseñó que cada concierto verdadero empareda algo, unas horas de vida que no volverán, un miedo, una despedida, y que por eso el público, sin poder explicarlo, distingue en el primer minuto los muros habitados de los muros huecos. Cuando descubrí que estas dos baladas eran los dos pilares reconocidos del imaginario rumano, sentí algo que rara vez confieso, sentí que mi filosofía tenía una patria que yo no conocía. Uno cree que piensa desde su biografía y descubre que un pueblo entero pensó lo mismo antes, sin conceptos, cantando. Rumanía es el país donde mi ontología existía como folclore siglos antes de existir como ontología, y desde entonces sostengo que las filosofías tienen patrias secretas, lugares donde ya eran verdad de un modo silvestre, y que encontrarse con la propia patria secreta es una de las formas del destino.
De la canción hay que hablar ahora largamente, porque Rumanía es, antes que nada, para mí, un modo de cantar. Existe allí una forma musical que se llama doina y que considero una de las creaciones supremas del espíritu europeo, a la altura de la fuga y del cante jondo, y casi nadie fuera de aquellas tierras sabe que existe. La doina es un canto sin compás. No tiene medida, no tiene barras, no se puede escribir del todo, respira como respira quien la canta, se demora donde duele, se precipita donde arde, vuelve, se pierde, es la libertad hecha melodía, y nació de la soledad de los pastores en las alturas, un canto para nadie, o para las montañas, o para el ausente, porque la doina es, técnicamente, el género musical del dor, los propios rumanos la llaman canto de dor y de jale. Tiene además una particularidad que me fascina como fenomenólogo del canto, y es que está construida sobre un suspiro con estatuto de palabra. Los rumanos dicen of. Es su interjección del alma, un monosílabo que condensa todo lo que no se puede decir, y las doinas lo cantan, melisman sobre él, lo estiran en guirnaldas, de modo que existe toda una literatura musical edificada sobre el suspiro mismo, sobre el sonido que el pecho hace cuando el lenguaje se rinde. Una cultura que compuso obras maestras sobre la sílaba del suspiro sabía algo sobre el hombre que las culturas del argumento ignoran. Cuando un compositor húngaro genial, al que amo desde niño, recorrió a principios del siglo veinte los pueblos de Transilvania y de Maramureș con su fonógrafo de cilindros, recogió miles de melodías rumanas, más de tres mil, y quedó deslumbrado sobre todo por un canto larguísimo y sin medida que encontró en el norte, la hora lungă, en la que creyó reconocer un arquetipo antiquísimo, una forma madre que reaparecía desde los Cárpatos hasta Asia, y sobre leyendas de colindas rumanas construyó después una de sus obras más personales, aquella cantata donde nueve hijos convertidos en ciervos ya no pueden volver a la casa del padre porque sus cuernos no pasan por la puerta y solo pueden beber de manantiales limpios. Que el mayor etnomusicólogo de la historia, húngaro, dedicara media vida a salvar el tesoro musical rumano es una de esas ironías fecundas de aquella región donde los pueblos se han disputado la tierra durante siglos mientras se prestaban, sin querer, el alma.
Hay algo más en ese canto campesino, algo que ha modificado mi manera de pensar la comunidad, y se llama heterofonía. Cuando una aldea rumana canta, no canta al unísono ni canta en armonía. Todos cantan la misma melodía, y nadie la canta igual. Cada voz se adelanta o se retrasa un instante, adorna a su manera, respira donde su pecho lo pide, y el resultado es una sola línea con muchos cuerpos, una melodía rodeada de sus propias sombras vivientes. Los tratados llaman a eso heterofonía y suelen despacharlo como una etapa primitiva anterior a la polifonía, y yo sostengo exactamente lo contrario, sostengo que la heterofonía es una de las formas sociales más altas que la música ha producido, porque resuelve, sonando, el problema político fundamental. El unísono es el totalitarismo, todas las voces obligadas a la identidad, la desviación como delito. La armonía funcional es la sociedad de la división del trabajo, cada voz en su papel, el bajo a lo suyo, el tiple a lo suyo, útil y jerárquica. La heterofonía es otra cosa, es la comunidad de los singulares, todos dicen lo mismo y cada uno lo dice irrepetiblemente, unidad sin uniformidad, pertenencia sin disolución, y cuando la oigo pienso que los campesinos rumanos cantaron durante siglos la solución de un problema que los filósofos políticos todavía no han sabido formular. Aprendí de la liturgia bizantina, que en Rumanía sigue viva, que bajo la melodía sostiene siempre una voz grave, tendida, inmóvil, el isón, esa nota pedal sobre la que camina el canto como se camina sobre la tierra, y he escrito en otra parte que el isón es para mí la primera figura del melos, la tierra hecha audible. Ahora añado lo que Rumanía me enseñó encima de esa tierra, que sobre el isón no camina una voz, caminan muchas, juntas y distintas, y que a eso, a esa multitud de una sola melodía, deberíamos aspirar también fuera de la música.
Ese canto lo llevaron por los caminos, durante siglos, unos músicos a los que Rumanía debe la mitad de su alma sonora y a los que trató, durante esos mismos siglos, peor de lo que ningún deudor debería tratar a su acreedor, los lăutari, los músicos gitanos, esclavos hasta mediados del siglo diecinueve, cosa que hay que decir con todas las letras porque los principados rumanos mantuvieron la esclavitud de los gitanos hasta mil ochocientos cincuenta y tantos y esa mancha no se lava con folclore. Fueron ellos, con sus violines, sus cimbaloms y sus flautas de pan, los que guardaron, transformaron y encendieron el repertorio, los que tocaban en las bodas y en los entierros, disponibles para la alegría ajena y para el duelo ajeno, profesionales del acontecimiento de otros, y de sus filas salieron prodigios como aquel flautista que compuso a finales del siglo diecinueve la Ciocârlia, la alondra, esa pieza vertiginosa donde un instrumento se convierte en pájaro y el pájaro en pura ascensión, y salió también la más grande voz que aquella tierra ha dado, Maria Tănase, la mujer que cantó la Ciuleandra, esa danza que empieza lenta y va acelerando como acelera la sangre, y que cantó lume, lume, soro lume, mundo, mundo, hermana mundo, llamando al mundo hermana, tuteando al universo, con una voz que era la tierra misma puesta en pie. Se cuenta que el más grande escultor del siglo la amó, y me gusta creerlo, porque eran la misma cosa en dos materias, la forma esencial rumana en piedra y la forma esencial rumana en aire. Y en el norte, en el país de Lăpuș, sobrevive hasta hoy una manera de cantar que me parece una lección de ontología, la llaman hori cu noduri, cantos con nudos, y consiste en cantar sin deshacer el nudo de la garganta, en hacer música con la constricción misma del llanto, la voz se quiebra, se anuda, y el cantor no esquiva el quiebro, lo convierte en ornamento, canta a través del nudo. Toda mi vida he defendido que el melos verdadero no es la línea que fluye sin obstáculo, es la línea que atraviesa, y aquellos campesinos del Maramureș lo saben desde siempre con la garganta, saben que el canto que ha eliminado el nudo ha eliminado también la verdad, y que la belleza sin obstáculo interior es la firma de lo que no ha sido vivido. Cuando muere alguien en esas aldeas, las mujeres improvisan sobre el cuerpo el bocet, el llanto cantado, poesía instantánea del duelo, versos que nadie escribió y que nombran al muerto, le preguntan por qué se va, le encargan saludos para los otros muertos, y en algunas regiones le cantan al alba la canción de los zorii para que la aurora lo acompañe, de modo que en Rumanía todavía se muere con música hecha a medida, cada muerto estrena sus versos, y comparo eso con nuestros tanatorios de hilo musical y prefiero no escribir la frase que me viene.
Todo lo cual desemboca, como un sistema fluvial desemboca en su delta, en un hombre. George Enescu nació en 1881 en Liveni, una aldea del norte de Moldavia, hijo de Maria Cosoiu, una madre que había enterrado hijos antes que él y que lo cuidó como se cuida lo que ya se ha perdido varias veces, y a los cinco años, después de oír a un lăutar de pueblo, decidió ser compositor, y a los siete estaba en Viena, y a los trece en París, alumno de Massenet y de mi amadísimo Fauré, y llegó a ser, en el testimonio unánime de quienes lo conocieron, el músico más completo de su tiempo y quizá de cualquier tiempo, violinista legendario, pianista que asombraba a los pianistas, director, maestro, y sobre todo una memoria y una generosidad de las que se cuentan cosas que parecen hagiografía y están documentadas. Se cuenta que llevaba en la cabeza, nota a nota, el repertorio entero, óperas completas, y que cuando un colega francés le mostró la sonata que acababa de componer, la leyó una vez y la tocó de memoria ante su autor atónito. Su alumno más célebre, un niño violinista que llegó a ser uno de los grandes del siglo, repitió hasta el final de su vida que Enescu era la referencia absoluta por la que medía a todos los demás músicos, y que lo que aprendió de él no fue digitación, fue una manera de estar en la música, y de estar en el mundo. Enescu tituló su tercera sonata para violín y piano con cuatro palabras francesas que considero uno de los programas estéticos más profundos jamás formulados, en el carácter popular rumano. En el carácter. No sobre temas rumanos, no con melodías rumanas, en el carácter. La sonata no cita ni un solo canto popular auténtico y es la música más rumana que existe, porque Enescu comprendió algo que separa para siempre dos maneras de relacionarse con un origen, se puede citar una cultura o se puede hablar desde dentro de ella, se puede poner una postal o se puede tener la sangre, y toda la diferencia entre el folclorismo y la verdad está en esa preposición. Escribió allí, con una notación de una minuciosidad casi desesperada, los portamentos, los cuartos de tono, las respiraciones del violín lăutar, intentando fijar en el papel lo que por esencia no se deja fijar, y ese combate entre la doina y la partitura, entre el acontecimiento y su huella, es mi combate diario, por eso toco esa sonata como quien vuelve a casa por un camino que duele. Y en su suite sobre las Impresiones de la Infancia hizo algo que me desarma, la primera pieza, el primer recuerdo sonoro de su vida que decidió componer, se titula el violinista del pueblo, el ménétrier, el lăutar. El niño de Liveni que conquistó Viena y París puso en el origen absoluto de su memoria musical a un músico gitano de aldea, y esa dedicatoria implícita vale por todos los tratados de estética que he leído.
Veinticinco años de su vida los dedicó a una sola obra, la ópera Edipo, y en ella está su testamento y, me atrevo a decirlo, el testamento espiritual de Rumanía. Cuando Edipo se enfrenta a la Esfinge, Enescu hace algo inaudito, da a la voz del monstruo, en su agonía, el sonido de una sierra musical, ese lamento curvo, inhumano y dulzón que parece venir de un mundo sin cuerpos, y la Esfinge no pregunta el enigma clásico, pregunta, en el libreto que Enescu quiso, si existe alguien o algo más fuerte que el destino. Y Edipo responde que el hombre, que el hombre es más fuerte que el destino. La Esfinge muere riendo, con una risa que hiela, porque sabe lo que le espera a quien así responde, y le espera, en efecto, todo el horror, el parricidio sin saberlo, el incesto sin saberlo, la peste, los ojos arrancados. Y sin embargo el final de la ópera le da la razón. El Edipo de Enescu no termina en la desesperación, termina en Colono, anciano, ciego, purificado no por los dioses, por su propia manera de cargar lo que no eligió, y muere entrando en una luz que la orquesta hace física, muere en paz, más fuerte que el destino no porque lo haya evitado, porque lo ha atravesado sin dejar de ser hombre. Ese es el humanismo trágico que profeso, formulado por un compositor rumano en la ópera que casi nadie programa, y cada vez que alguien me pregunta por qué Enescu, respondo que porque es el único compositor cuya obra mayor afirma exactamente aquello para lo que vivo. El destino, por lo demás, se cobró su ironía con el propio Enescu, que pasó la guerra en Rumanía tocando para los heridos, negándose a abandonar a los suyos cuando pudo hacerlo, y que al llegar el comunismo tuvo que exiliarse, y murió en París en 1955, pobre, enfermo, en la habitación de un hotel, y está enterrado en Père Lachaise, lejos de Liveni, de modo que el país cuyo nombre es un dor hacia Roma tiene ahora su propio dor hacia París, donde duerme su hijo mayor, y periódicamente los rumanos discuten si traer sus restos a casa, y yo entiendo a los que quieren traerlo y entiendo mejor todavía la tristeza de que haga falta discutirlo. Su casa de Sinaia, en la montaña, la que él mismo regaló al país, se llama Luminiș, que significa claro del bosque, el lugar donde entre los abetos entra la luz, y no conozco un nombre de casa más exacto para lo que fue aquel hombre.
Alrededor de Enescu se ordena una constelación de intérpretes rumanos que forman, juntos, algo que llamo la escuela de la interioridad, y que constituye, sostengo, la aportación más profunda de Rumanía a la historia de la interpretación, un linaje entero que eligió la verdad contra el brillo. Dinu Lipatti, que era ahijado de Enescu, su ahijado literal, sostenido por él en el bautismo, fue el pianista de la pureza, y su último recital, en Besançon, en septiembre de 1950, enfermo de muerte a los treinta y tres años, es una de las horas sagradas de mi arte, tocó su programa con las fuerzas que ya no tenía y cuando llegó al último vals de Chopin el cuerpo dijo basta, y en lugar de retirarse pidió tocar otra cosa, y tocó el coral de Bach sobre la alegría que permanece, se despidió del mundo con una obra sobre el gozo, eligió que su última palabra pública fuera la alegría, y murió semanas después, y cada vez que mis fuerzas flaquean en una gira pienso en aquel hombre cambiando un vals por un coral y me da vergüenza mi cansancio. Clara Haskil, nacida en Bucarest, judía, torturada media vida por una escoliosis que la tuvo años enyesada, tocaba Mozart con una transparencia que no era de este mundo y que era, exactamente, de este mundo, porque solo quien ha vivido en un cuerpo que duele sabe lo que vale la levedad. Sergiu Celibidache, nacido en Roman, músico genial y filósofo de su oficio, se negó durante décadas a grabar discos, sostenía que la música solo existe en el acontecimiento irrepetible de una sala, en un aquí y un ahora con cuerpos presentes, que un disco es a un concierto lo que una fotografía a la persona amada, y bromeaba sobre los que besan fotografías, y el mundo discográfico lo consideró un excéntrico y yo lo considero uno de los pocos que entendió ontológicamente su arte, un hombre que prefirió que su trabajo muriera cada noche a que viviera falsificado, y su negativa es la crítica más radical que conozco a la civilización del archivo, hecha no con ensayos, con silencio comercial. Y Radu Lupu, el oráculo de Galați, que tocaba como si el piano recordara cosas anteriores al piano y que fue eliminando de su vida todo lo que no fuera ese sonido, las entrevistas, las grabaciones, las explicaciones, hasta quedarse en pura interioridad audible. Cuando gané en Bucarest, en 2014, el concurso que lleva el nombre de Enescu, supe que en aquel palmarés, muchos años antes, estaba el nombre de Lupu, y sentí lo que siente un caminante al descubrir en la nieve huellas que van en su misma dirección. Desde entonces he vuelto a Rumanía año tras año, he tocado en Bucarest y en Iași, en Cluj y en Timișoara, en Sibiu, en salas grandes y en salas de provincia con la calefacción justa, he grabado la obra íntegra para piano de Enescu, que fue mi manera de pagar una deuda que no se puede pagar, y he aprendido a esperar ese momento que solo pasa allí, el momento en que, al terminar el concierto, suben al escenario señoras mayores con flores del jardín envueltas en papel de aluminio, porque en Rumanía el público lleva flores a los músicos como se llevan flores a la familia, y he recibido esos ramos húmedos todavía de la tierra de alguien y he pensado que ningún contrato, ningún crítico, ningún premio me ha dicho nunca con esa exactitud para qué sirve mi oficio.
El público rumano merece un párrafo propio en cualquier fenomenología de la escucha. Escuchan como se vela a alguien. Hay en las salas rumanas una calidad de silencio que he encontrado en muy pocos lugares del mundo, un silencio no de etiqueta, de necesidad, gente para la que el concierto no es un bien cultural, es una comparecencia, y lo saben porque su civilización entera los ha entrenado en el arte de estar presentes ante lo que importa. Cada dos años, en septiembre, Bucarest se transfigura durante un mes con el festival que lleva el nombre de Enescu, y he visto colas de estudiantes esperando entradas de última hora para sinfonías de tres cuartos de hora de duración, he visto la ciudad entera organizada alrededor de la música como otras ciudades se organizan alrededor del fútbol, y todo eso sucede en el mismo Ateneo que los bisabuelos de esos estudiantes pagaron leu a leu, de modo que cuando toco allí siento que le debo cuentas a una colecta de mil ochocientos ochenta y ocho, y esa deuda me concentra más que cualquier jurado.
Hay que hablar ahora de la luz, porque prometí hablar sobre todo de las luces y voy a tomarme la promesa al pie de la letra. En el norte de Moldavia existen unas iglesias que contradicen todo lo que Occidente cree saber sobre la interioridad. Son los monasterios pintados de Bucovina, Voroneț, Sucevița, Moldovița, Humor, y su singularidad absoluta consiste en que están pintados por fuera. El fresco, que en toda Europa es el tesoro del interior, aquí cubre las fachadas, los santos y los profetas y el Juicio Final están a la intemperie, expuestos a la nieve, al viento, a los quinientos años, y aguantan, con unos azules y unos verdes cuya química exacta se discute todavía, el famoso azul de Voroneț que ningún laboratorio ha replicado con certeza. Una civilización que pinta su interior en el exterior ha tomado una decisión ontológica, ha decidido que la intimidad no es un secreto, es una ofrenda, que lo más sagrado debe dar la cara al clima, y yo, que llevo años escribiendo que existir es comparecer y que comparecer es exponerse, me quedé mudo la primera vez que vi el muro oeste de Voroneț, ese Juicio Final del tamaño de la fachada entera donde los ángeles enrollan el cielo estrellado como quien enrolla una alfombra, donde los animales salvajes acuden a devolver los miembros humanos que devoraron, porque en la resurrección hasta las fieras restituyen, y donde los ángeles que anuncian el fin del mundo no tocan trompetas, tocan buciume, los cuernos largos de los pastores de los Cárpatos, de modo que el apocalipsis, en Bucovina, será anunciado con el instrumento con que se llama al rebaño en la montaña, y esa sola decisión iconográfica, poner el fin de los tiempos en boca de un cuerno pastoril, me parece más teología que muchas bibliotecas. En Sucevița, en el muro norte, está pintada la escala de las virtudes, una escalera diagonal que cruza toda la fachada, con los monjes subiendo peldaño a peldaño mientras los demonios los arrancan y los precipitan, y hay algo insoportablemente honesto en exhibir eso a la calle, la posibilidad de la caída pintada al lado de la posibilidad de la subida, sin esconder ninguna de las dos.
Dentro de esas iglesias, y de todas las iglesias de Rumanía, arde una pedagogía de la llama que me conmueve cada vez. Junto a la entrada hay siempre dos hornacinas de latón para las velas, y están rotuladas, una dice vii, los vivos, la otra dice adormiți, los dormidos, porque en rumano a los muertos se los llama dormidos, y morirse se dice también apagarse, a se stinge, como se apaga una vela, de modo que la lengua y el rito se sostienen mutuamente, uno enciende una llama por los que se apagaron y la coloca en la hornacina de los que duermen, y esa contabilidad de fuego, esa taxonomía tiernísima que separa las llamas de los vivos y las llamas de los dormidos, es toda una metafísica practicada por abuelas que jamás han leído metafísica. A la oración no llama primero la campana, llama la toacă, una tabla de madera que un monje recorre el patio golpeando con dos mazos en ritmos complejos, velocísimos, casi de percusionista de jazz, porque antes que el bronce fue la madera, antes que la campana fue el ritmo, y me gusta que en Rumanía la jornada de la oración empiece con madera percutida, con el más antiguo de los instrumentos, como si cada amanecer la liturgia recordara que en el principio no fue el metal solemne, fue el árbol golpeado, el ritmo desnudo, el cuerpo del mundo usado como tambor.
Y una vez al año sucede lo que considero el rito más hermoso que he presenciado en mi vida. En la medianoche de Pascua las iglesias se apagan del todo, la oscuridad es completa, y el sacerdote sale con una sola vela encendida y pronuncia la invitación que lleva siglos pronunciándose, veniți de luați lumină, venid a recibir la luz. Y la gente se acerca, y el primero enciende su vela en la del sacerdote, y el segundo en la del primero, y la llama se propaga de mano en mano, de cuerpo en cuerpo, sin cables, sin interruptores, hasta que la plaza entera es un cielo bajo, miles de llamas que fueron una sola, y aquí está el prodigio que no me canso de pensar, la vela del sacerdote no ha perdido nada, ha encendido mil velas y sigue entera, la luz es el único bien que se regala sin disminuir, dar luz no empobrece al que da, y toda la teoría del don que los filósofos discuten con tanto esfuerzo está resuelta cada abril en cada pueblo rumano, empíricamente, con cera y fuego. Occidente moderno tiene otra relación con la luz, la produce, la fabrica, la llama ilustración, luces de la razón, y está orgulloso de ella con derecho, pero son dos regímenes distintos, la luz producida se posee y se administra, la luz recibida se transmite y se comparte, la primera ilumina objetos, la segunda enciende personas, y Rumanía, ya lo dijimos, llama al mundo con la palabra de la luz, lume, de modo que en aquella medianoche, cuando la llama pasa de mano en mano, lo que se está repartiendo, en rumano estricto, es el mundo. Durante los cuarenta días siguientes los rumanos se saludan por la calle con una fórmula que sustituye al hola, Hristos a înviat, Cristo ha resucitado, y se responde adevărat a înviat, en verdad ha resucitado, de manera que durante casi seis semanas la función más banal del lenguaje, el saludo, queda ocupada por el anuncio más desmesurado posible, y uno compra el pan intercambiando resurrecciones, y sea uno creyente o no lo sea, algo hace una lengua en la que durante un mes y medio no se puede saludar sin afirmar que la muerte ha sido vencida.
Esa familiaridad con la muerte, que es la marca honda del pueblo rumano, alcanza su forma más desconcertante en un cementerio del norte, en Săpânța, en Maramureș, que se llama, oficialmente, el Cementerio Alegre. Un tallista de pueblo empezó en los años treinta a hacer cruces de madera pintadas de un azul intenso, con un retrato ingenuo del difunto en su actividad de vida, la tejedora en su telar, el pastor con sus ovejas, el tractorista en su tractor, y debajo un epitafio en verso, escrito en primera persona, donde el muerto habla, cuenta su vida, sus defectos incluidos, con humor, hay epitafios donde el difunto confiesa que le gustaba demasiado el aguardiente, hay uno célebre donde un yerno le pide a la suegra allí enterrada que por favor no intente volver, y el pueblo entero descansa así, azul, floreado, hablador, riéndose suavemente de sí mismo desde el otro lado. El turismo lo fotografía como una curiosidad y yo lo leo como lo que es, la respuesta popular rumana al problema que Occidente no ha sabido resolver, qué hacer con los muertos, y las dos soluciones occidentales han fracasado, la negación, que los esconde, y el horror, que los convierte en espectáculo, y Săpânța encontró la tercera, la familiaridad, los muertos siguen en primera persona, siguen teniendo carácter, se les puede querer y se les puede tomar el pelo, están dormidos, no borrados. Y aquí debo detenerme en la broma más pesada que la historia moderna le ha gastado a Rumanía, porque el planeta entero asocia ese país con un vampiro. Un novelista irlandés que jamás pisó Transilvania tomó el nombre de un príncipe valaco del siglo quince y fabricó con él el mito del no muerto, y desde entonces Rumanía carga con una marca global que es una ficción ajena sobre su propia relación con la muerte, y la ironía es perfecta y es cruel, el mundo le atribuye al país de Săpânța, del dormir y del apagarse, de la boda cósmica de la Miorița, precisamente la fantasía del muerto que no descansa, del cadáver insaciable, que es una pesadilla occidental proyectada sobre el mapa ajeno. El vampiro es el miedo de las culturas que negaron la muerte volviendo bajo forma monstruosa, y fueron a depositarlo justamente en la única cultura europea que nunca necesitó negarla porque la había domesticado a fuerza de cantarle. Rumanía tenía un pastor y el mundo le impuso un vampiro, y una de las razones por las que escribo estas páginas es la modesta esperanza de devolverle a alguien, aunque sea a un solo lector, el pastor.
La misma ternura ritual envuelve todo el trato rumano con la memoria. A los muertos se los alimenta de recuerdos comestibles, la colivă, el trigo hervido con miel y nueces que se reparte en los funerales y aniversarios, de modo que la memoria del difunto se come, literalmente, entre los presentes, el grano que murió en la tierra y dio fruto convertido en el sabor mismo del recordar. Quien recibe esa limosna responde con una palabra que ya casi nadie analiza y que a mí me parece un tesoro, bogdaproste, que viene del eslavo y significa que Dios lo perdone, de manera que dar las gracias por lo recibido en memoria de un muerto es interceder por ese muerto, recibir es rezar por otro, la gratitud rumana trabaja siempre a favor de un tercero ausente. Y existe una costumbre que enlaza con la fuente de Manole y que me parece de una belleza casi insoportable, la de construir, en memoria de un difunto, una fuente junto al camino, con su nombre inscrito, para que los caminantes beban, y el que bebe dice que Dios lo descanse, y así el muerto sigue dando de beber durante generaciones, su nombre vive en el agua que otros toman, la memoria rumana no es un archivo, es un manantial en uso. Los cruces de caminos están sembrados de troițe, esas cruces de madera cubiertas con su tejadillo, que sacralizan no los centros, las intersecciones, los lugares donde uno debe elegir, y cada primero de marzo el país entero se prende en el pecho el mărțișor, un cordón trenzado de hilo rojo y de hilo blanco, la sangre y la nieve, la vida y la muerte retorcidas en una sola cuerda que se lleva sobre el corazón hasta que florece el primer árbol, y entonces se ata el cordón a una rama, y no conozco un curso de filosofía trágica más completo ni más barato, todo un pueblo enseñándoles a sus niños, con dos hilos de lana, que la vida y la muerte vienen trenzadas y que esa trenza se lleva puesta, y luego se le regala a un árbol en flor.
Sé que estoy debiendo las sombras, y un amor que esconde las sombras del amado no es amor, es publicidad, de modo que entremos en ellas, con respeto y sin anestesia. Rumanía está construida en una de las encrucijadas más castigadas del planeta, durante siglos fue el pasillo y el mostrador de tres imperios, el otomano al sur, el habsbúrgico al oeste, el ruso al este, pagó tributo, entregó príncipes, fue vendida y comprada en congresos donde no estaba invitada, y desarrolló, para sobrevivir, esa flexibilidad del junco que es una sabiduría y que puede pudrirse en cinismo. Un gran historiador rumano acuñó una fórmula que da título a la mejor descripción de aquella supervivencia, Bizancio después de Bizancio, porque cuando Constantinopla cayó, fueron los principados rumanos los que siguieron sosteniendo, pagando, alimentando la herencia bizantina, los monasterios del Athos vivieron durante siglos del trigo y del oro valaco y moldavo, y mi amada Grecia, que considero el suelo de todos nosotros, debe saber que una parte de su continuidad la costeó el arado rumano. Ese historiador, dicho sea con toda la gravedad que merece, murió asesinado en 1940 por los legionarios de su propio país, y con ese crimen entramos en la herida mayor. En los años treinta, la generación intelectual más brillante que Rumanía había producido, jóvenes de un talento deslumbrante que llenarían después las bibliotecas del mundo, se dejó seducir en parte por un movimiento fascista de misticismo asesino, la Legión, que envolvía el crimen en incienso, y aquella fascinación de inteligencias superiores por una causa inmunda sigue siendo una de las lecciones más negras del siglo, la prueba de que el hambre metafísica, cuando desespera de sus cauces, se abraza al primer arcángel armado que pasa. Y luego vino lo peor. Bajo el régimen que gobernó durante la guerra, Rumanía participó en el exterminio de sus judíos, el pogromo de Iași en junio de 1941 asesinó a más de trece mil personas en días, los trenes de la muerte asfixiaron a los supervivientes en vagones sellados, las deportaciones a Transnistria mataron a cientos de miles de judíos y a miles de gitanos, y esto no lo escribo con la frialdad del dato, lo escribo sabiendo que en esa tierra que amo con toda mi alma está también esa sangre, y que amar a Rumanía obliga a cargarla, no a excusarla. De Iași, precisamente, era Benjamin Fondane, el poeta y filósofo que últimamente tanto me fascina, que acabó en Auschwitz en 1944. De Cernăuți, en la Bucovina que fue un cosmos plurilingüe de una riqueza hoy inimaginable, era Paul Celan, cuya madre fue asesinada en Transnistria y que escribió después, en alemán, el poema del siglo sobre aquella muerte, y vivió dos años en el Bucarest de posguerra, entre surrealistas rumanos, antes de irse para siempre. Y de Sighet, un pueblecito de Maramureș, era el niño Elie Wiesel, deportado con toda su comunidad, que se convertiría en la voz mundial de la memoria del Holocausto. Retengan ese nombre, Sighet, porque el destino lo eligió dos veces, en la misma pequeña ciudad donde nació Wiesel instaló luego el comunismo su cárcel más siniestra para las élites del país, y allí murieron, en celdas heladas, los grandes políticos de la Rumanía libre, y hoy esa cárcel es un memorial sobrecogedor levantado por una poeta, de modo que un solo pueblo del tamaño de un barrio guarda la memoria de los dos totalitarismos, y quien quiera entender el siglo veinte europeo puede ahorrarse muchas bibliotecas y pasar dos días en Sighet.
Del comunismo rumano hay que decir que fue de los más crueles del bloque, y que produjo, en la cárcel de Pitești, entre 1949 y 1951, el experimento más satánico que conozco en la historia de las prisiones, y mido la palabra. No se limitaron a torturar a los estudiantes detenidos, organizaron el sistema para que cada torturado se convirtiera en torturador de sus propios amigos, para que cada víctima demoliera con sus manos su interior entero, sus lealtades, su fe, su pudor, hasta no poder ya mirar a nadie ni ser mirado. Comprendí, estudiando aquello, que Pitești fue el intento más consecuente jamás realizado de abolir la comparecencia misma, de fabricar un mundo donde ningún rostro pudiera ya volverse hacia otro, y que por eso me concierne ontológicamente, porque demuestra por vía negativa qué es lo que sostiene lo humano, lo humano se sostiene en que el rostro del otro sigue siendo un lugar donde comparecer, y el mal absoluto no consiste en matar cuerpos, consiste en clausurar rostros. Y ahora atiendan a lo que Rumanía respondió, porque aquí las sombras engendran las luces más puras que conozco. Un joven llamado Valeriu Gafencu, preso, tuberculoso, consiguió a través de amigos la estreptomicina que podía salvarlo, y se la entregó a otro preso más grave que él, un pastor judío converso llamado Wurmbrand, y murió, y fue otro preso, un ensayista judío llamado Steinhardt, quien lo llamó después el santo de las cárceles. Ese Steinhardt merece un monumento en cada universidad de Europa. Intelectual refinadísimo, judío, fue detenido por negarse a testificar contra su amigo el filósofo Noica, le ofrecieron elegir entre la delación y la celda y eligió la celda, eligió el presidio antes que desfigurar el rostro de un amigo, y dentro de la prisión pidió el bautismo y lo recibió de un monje preso, con agua de un jarro, en una celda de Jilava, y años después escribió sus memorias de cautiverio y las tituló, y este título me parece el gesto más insolente y más luminoso de la literatura del siglo, Diario de la felicidad. De la felicidad. Un hombre al que le quitaron todo escribió que allí dentro, despojado, golpeado, encontró la alegría, y ese libro circula hoy por Rumanía como un evangelio laico, y quien quiera un antídoto definitivo contra el nihilismo elegante que se enseña en tantas cátedras, ahí lo tiene, escrito en una celda por un converso feliz. Y estaba Mircea Vulcănescu, el filósofo que había escrito antes de la guerra un ensayo sobre la dimensión rumana de la existencia, donde sostenía que para el sentir rumano no existe el no ser absoluto, que nada se pierde del todo, y el destino le exigió demostrar su filosofía con el cuerpo, y la demostró, en la cárcel de Aiud, según el testimonio que dejaron sus compañeros, se tendió sobre el suelo helado para que un joven preso enfermo se acostara sobre él y no muriera de frío, y de aquello enfermó y murió, y sus últimas palabras transmitidas fueron tres, să nu ne răzbunați, no nos venguéis. Un filósofo que muere haciendo de colchón para un muchacho y que prohíbe la venganza con su último aliento ha refutado más nihilismo que todas las refutaciones escritas. Y hubo una campesina, Elisabeta Rizea, que ayudó a los partisanos de la montaña, y la torturaron durante años, la colgaron de su propia trenza hasta arrancarle el cuero cabelludo, y no delató a nadie, y llegó viejísima a la libertad y contó todo aquello ante las cámaras con una entereza que hace llorar a este país entero cada vez que reponen la entrevista, y cuando pienso en la dignidad humana no pienso en declaraciones de organismos internacionales, pienso en la cara arrugada de aquella mujer de Nucșoara.
El dictador de las últimas décadas añadió su propia capa de plomo, el hambre organizada de los años ochenta, el frío en las casas, las colas, el decreto que prohibió el aborto y llenó los orfanatos de niños cuya imagen avergonzó al mundo, y la demolición, que me toca en lo más hondo, arrasó barrios enteros del viejo Bucarest, iglesias del siglo diecisiete incluidas, para levantar su palacio faraónico, y entonces ocurrió algo que parece inventado por un fabulista y está documentado con planos y fotografías, un ingeniero rumano ideó el modo de salvar algunas iglesias condenadas trasladándolas enteras, las cortaron de sus cimientos, las montaron sobre raíles y las movieron cientos de metros, despacio, intactas, hasta esconderlas detrás de los bloques de apartamentos, y hoy uno camina por Bucarest entre fachadas socialistas y de pronto, por un pasaje, en un patio interior, se topa con una iglesia del seiscientos respirando en silencio detrás de un edificio de hormigón, escondida como se escondía todo lo que importaba, y no existe en toda Europa una imagen urbana más exacta de lo que fue la supervivencia espiritual bajo el comunismo, la trascendencia desplazada sobre raíles, agachada detrás de los bloques, esperando. Y llegó diciembre de mil novecientos ochenta y nueve, y conviene que el lector occidental sepa cómo empezó exactamente, empezó en Timișoara porque la policía quería deportar a un pastor protestante de etnia húngara, y fueron sus feligreses húngaros y fueron sus vecinos rumanos, juntos, quienes rodearon su casa con una cadena humana, la única revolución sangrienta del este europeo se encendió con rumanos defendiendo a un húngaro, y ese detalle, que los nacionalismos de ambos lados prefieren olvidar, a mí me parece el certificado moral de aquel diciembre. En las calles apareció entonces el símbolo más poderoso que ha dado la iconografía política contemporánea, la bandera con el agujero, la gente recortaba el escudo comunista del centro de la tela y agitaba una bandera con un hueco, y piénsese bien lo que es eso, un pueblo que se reconoce a sí mismo en un vacío, que no tuvo tiempo de poner nada nuevo en el centro y salió a morir bajo el hueco mismo, la libertad compareciendo primero como agujero, como herida en el propio símbolo, y toda la semiótica del poder quedó desmentida por unas tijeras, porque resultó que la verdad de una bandera podía ser lo que le falta. Murieron más de mil personas aquel diciembre, y la primavera siguiente fue turbia, y hubo mineros golpeando estudiantes en Bucarest, y la transición fue larga y a ratos innoble, y no todo lo que siguió estuvo a la altura de los muertos, y los rumanos lo saben mejor que nadie y se lo reprochan a sí mismos con una dureza que me lleva al último pliegue de las sombras, que ya no es histórico, es íntimo. Existe en Rumanía una enfermedad del alma colectiva que consiste en el desprecio de sí, tienen un dicho, ca la noi la nimeni, como en nuestra casa en ninguna parte, dicho siempre con sarcasmo amargo, y otro más letal todavía, merge și așa, así también funciona, la fórmula de la resignación ante lo mediocre, y he discutido de esto con amigos rumanos hasta la madrugada, porque los amo demasiado para callarme, y les digo lo que ahora escribo, que un pueblo cuya lengua llama luz al mundo no tiene derecho a decir merge și așa, que la autoironía que les regaló su gran comediógrafo, aquel que decía sentir enormemente y ver monstruosamente, es una gloria cuando afila y un veneno cuando anestesia, y que el peor enemigo de Rumanía no acampa en ninguna frontera, acampa en esa frase, y que el país que inventó la doina, que es la exigencia infinita hecha canto, se traiciona cada vez que se encoge de hombros. Se lo digo con la autoridad ninguna y con el derecho todo que da el amor, y he comprobado que cuando un extranjero les enumera sus propias luces, los rumanos primero sospechan, luego se ríen, y al final se les moja la mirada, porque nadie les ha enseñado a mirarse sin sarcasmo, y quizá para eso sirvan los que amamos desde fuera, para sostener el espejo que dentro de casa nadie sostiene.
Y las luces de la Rumanía de hoy existen, y son muchas, y algunas duelen. La mayor sangría contemporánea del país es la emigración, millones de rumanos trabajan fuera, en Italia, en España, en Alemania, cuidando ancianos ajenos, recogiendo fresas ajenas, construyendo casas ajenas, y en los pueblos del norte se levantan las casas que ese trabajo paga, grandes, con tejados altísimos, muchas veces vacías la mayor parte del año, casas construidas para un regreso que se aplaza, el dor traducido a arquitectura, pueblos enteros de palacios que esperan, y hay una generación de niños criados por los abuelos mientras los padres envían dinero y videollamadas, y esa herida no tiene canto todavía, o su canto son las colas. Porque cuando hay elecciones, los rumanos del extranjero hacen colas de horas ante sus consulados, en Múnich, en Londres, en Turín, en Madrid, colas de ocho y diez horas para meter un papel en una urna del país del que tuvieron que irse, y no conozco imagen más pura de amor cívico que esas filas nocturnas bajo la lluvia de ciudades ajenas, gente votando por un país que no supo retenerla. Y cuando en dos mil quince ardió una sala de conciertos de Bucarest y murieron sesenta y cuatro jóvenes, en parte por las corrupciones acumuladas que habían firmado permisos y mirado a otro lado, el país salió a la calle con un lema de tres palabras que es un tratado entero de filosofía política, corupția ucide, la corrupción mata, el reconocimiento de que el mal administrativo no es abstracto, tiene cadáveres, y aquella generación que llenó las plazas con velas y con ese lema es la misma que ha hecho de Rumanía, y pocos lo saben, uno de los países con internet más veloz del planeta, la tierra de Voroneț tiene desde hace años una de las conexiones más rápidas del mundo, y me divierte y me parece justo, el país del dor descargando a la mayor velocidad disponible, como si hasta la fibra óptica hubiera entendido que allí la distancia duele más que en otras partes y hubiera que acortarla como fuera. De esa misma generación salió un cine que admiro profundamente, la ola rumana que asombró a Cannes, películas que se atreven a durar, planos que no cortan, una cámara que se queda mirando lo que el montaje comercial esquivaría, la agonía administrativa de un enfermo trasladado de hospital en hospital durante una noche entera, las horas reales de dos estudiantes en la Rumanía del decreto, y ese cine de la duración es, lo digo con mis palabras de siempre, un cine de la comparecencia, la ética hecha con tiempo, la negativa a cortar como forma del respeto, y no me sorprende nada que haya nacido justamente allí, en la cultura que veló a sus muertos toda la noche, porque quien ha velado sabe mirar sin cortar. Y está la literatura viva, un novelista de Bucarest que ha convertido su ciudad en un cuerpo soñado, que escribe la capital como un organismo con vértebras de bloques y vísceras de pasajes, demostrando que aquella ciudad herida es hoy una de las capitales imaginarias de la literatura mundial. Y puestos a hablar de exactitudes, recuérdese lo que pasó en Montreal en 1976, cuando una niña rumana de catorce años hizo en las barras el ejercicio perfecto y el marcador electrónico mostró uno coma cero cero, porque los ingenieros no habían previsto la nota diez, no habían fabricado espacio para la perfección, y la máquina de medir, ante lo real absoluto, mintió por defecto, y toda mi crítica de años a la superstición de la precisión está resumida en aquella pantalla, la exactitud tiene un techo y la realidad no, y hizo falta una gimnasta de Onești para que el instrumento confesara en público su pobreza. Ya le había pasado algo parecido, medio siglo antes, al más grande escultor del siglo, campesino de Oltenia que se fue andando a París, cuya columna sin fin, en Târgu Jiu, apila rombos de hierro que terminan arriba en medio rombo, en un módulo interrumpido, porque la infinitud no se representa completando, se representa interrumpiendo, la columna es infinita precisamente porque termina a mitad de elemento, como quien deja una frase en el aire para que siga sola, y ese hombre tuvo que soportar que la aduana de Nueva York clasificara una de sus aves de bronce como metal en bruto y le cobrara arancel de chatarra, y hubo un juicio, célebre, para decidir si aquello era un pájaro o era un objeto de metal, y el tribunal, por una vez, entendió más que la aduana, y toda la historia me parece una parábola sobre mi oficio, siempre habrá una aduana midiendo el peso del bronce donde había un vuelo.
Todo esto, que parece un país, es también un mosaico de pueblos, y no quiero terminar sin decirlo, porque forma parte de la definición. En Transilvania construyeron los sajones, durante ochocientos años, sus iglesias fortificadas, pueblos enteros como Viscri y Biertan donde la iglesia es castillo y granero y arca, y en el siglo veinte el dictador los vendió, literalmente, cobró a Alemania un precio por cabeza por dejarlos emigrar, un estado tratando a sus ciudadanos como mercancía de exportación, y los pueblos sajones quedaron medio vacíos, guardados hoy por vecinos rumanos y gitanos que cuidan llaves de iglesias luteranas cuyos fieles viven en Baviera. En el delta del Danubio pescan los lipovanos, viejos creyentes rusos refugiados de otra persecución, entre pelícanos y caballos salvajes. En Dobrogea rezan turcos y tártaros en mezquitas junto al mar Negro. Por todas partes está la comunidad húngara, con su propia herida y su propia grandeza, y la relación entre húngaros y rumanos, tantas veces envenenada por los políticos de ambos lados, produjo también, ya lo vimos, la chispa de Timișoara y los cilindros de fonógrafo de aquel compositor. Y estuvo el judaísmo rumano, inmenso, y quiero dejar constancia de un dato que casi nadie conoce, el primer teatro profesional en lengua yiddish de la historia del mundo se fundó en Iași, en 1876, en un jardín llamado el Árbol Verde, de modo que una de las grandes culturas escénicas del planeta echó a andar en una ciudad rumana, y cuando camino por Iași pienso en ese jardín y en todo lo que después fue arrancado, y entiendo que Rumanía es también eso, un coro al que la historia le fue apagando voces, y que la heterofonía de la que hablé antes no es solo una técnica musical, es la descripción de lo que ese país fue en sus mejores horas y de lo que podría volver a ser, muchas voces, una melodía, ninguna idéntica.
Me queda hablar de mi casa, y del futuro, que en mi casa se pronuncian igual. España y Rumanía son las dos hijas extremas de la latinidad, la que quedó mirando al Atlántico y la que quedó mirando la estepa, y se parecen como se parecen dos hermanas criadas por familias distintas, las dos fronterizas, las dos mestizas, las dos con un siglo veinte de dictadura y éxodo, las dos con una palabra intraducible para su forma propia de la hondura, nosotros el duende, ellos el dor, y he pensado mucho en la diferencia exacta entre ambas, y creo que es esta, el duende es un dios oscuro del instante, arde en la presencia, exige que algo real esté sucediendo ahora para incendiarlo, mientras el dor es un ascua de la ausencia, brilla en lo que falta, España es el genio de la presencia y Rumanía el genio de la ausencia, el cante jondo y la doina son primas hermanas, las dos melismáticas, las dos quebradas, las dos nacidas de gargantas marginales, y cuando toco para públicos rumanos ciertas páginas españolas veo que no necesitan traducción, reconocen la sangre. Y hay un secreto gramatical que me emociona como pocas cosas en mi vida de lector de lenguas, el español y el rumano son las dos grandes lenguas romances que marcan a la persona en el complemento directo, nosotros con la preposición a, veo a Juan, ellos con la preposición pe, îl văd pe Ion, las demás hermanas dicen ver a alguien como se dice ver una mesa, y solo estas dos, la del extremo oeste y la del extremo este, decidieron que ver a una persona no puede escribirse igual que ver una cosa, e inscribieron en su sintaxis la diferencia ontológica entre alguien y algo. Mis hijos hablan las dos únicas lenguas latinas que se niegan gramaticalmente a tratar a las personas como objetos. Cuando pienso en su educación moral, pienso que la mitad del trabajo ya se lo hicieron sus dos idiomas.
Porque Rumanía, que empezó siendo para mí un concurso, y luego fue un compositor, y luego un repertorio, y luego una obsesión intelectual, acabó siendo familia, entró en mi casa, en mi mesa, en mis hijos, que son rumañoles, y esa palabra existe, la usan los lingüistas para el habla de los rumanos de España y la usamos nosotros para algo más hondo, para una manera de ser dos cosas sin partirse. Cerca de mi tierra valenciana, en Castellón, vive una de las mayores comunidades rumanas del mundo fuera de Rumanía, hay barrios donde el rumano se oye en el mercado como una segunda música local, hay tiendas con el rótulo de magazin românesc donde se venden los tarros de zacuscă y los bizcochos de la infancia de tanta gente, hay parroquias ortodoxas en naves industriales y en iglesias prestadas, y toda esa Rumanía trasplantada echó raíces aquí con una facilidad que tiene su explicación tierna, en los años noventa media Rumanía aprendió los rudimentos del castellano viendo telenovelas hispanoamericanas subtituladas, de modo que emigraron trayendo ya, de contrabando sentimental, nuestra lengua a medio aprender en los sofás de Bucarest y de Craiova, y España les resultó, me lo han dicho tantas veces, extrañamente familiar, un país nuevo con acento de tarde de infancia. En mi casa esa familiaridad es literal. Mis hijos dicen bunica, y dicen abuela, y las dos palabras calientan zonas distintas del mismo corazón. Aprenden que a los mayores, allí, se les saluda diciendo sărut mâna, beso la mano, una reverencia hecha frase, el respeto convertido en gesto de labios, y aprenden que los cumpleaños, y los santos, y los años nuevos, y casi cualquier alegría, se bendicen con la misma fórmula, la mulți ani, muchos años, porque en Rumanía se celebra deseando tiempo, siempre tiempo, más tiempo, como corresponde al país que agradece deseando años. En nuestra mesa conviven las sarmale y el arroz de mi tierra, el otoño huele algunos días a pimientos asándose como huele en todos los balcones de Rumanía en septiembre, ese humo dulzón que cualquier rumano reconocería con los ojos cerrados a mil kilómetros, y el primero de marzo hay hilos rojos y blancos, y en Pascua hay huevos rojos que se golpean uno contra otro diciendo que Cristo ha resucitado, y gana el huevo que no se rompe, y mis hijos ríen, y en esa risa se están transmitiendo, sin que nadie dé una clase, dos mil años de una civilización de la ternura ritual.
Qué es, entonces, ser rumano. Me niego a responder con sustantivos, porque llevo toda la vida sosteniendo que las realidades importantes se definen por sus verbos, por lo que hacen con quien las recibe, así que respondo con verbos. Ser rumano es dăinui, un verbo que significa perdurar, persistir a través, durar no como duran las piedras, como duran los ríos, cambiando de agua sin cambiar de canto. Es recibir, porque toda la civilización rumana, de la Miorița a la llama de Pascua, está construida sobre la receptividad como fuerza y no como pasividad, sobre saber que lo importante no se produce, llega, y que la grandeza está en cómo se lo recibe. Es cantar a través del nudo, sin deshacerlo y sin obedecerlo. Es guardar el nombre de lo ausente, y poner la mesa para el que falta. Es tener omenie, y esta palabra hay que explicarla despacio porque es quizá el mayor tesoro del vocabulario rumano, omenie viene de om, que significa ser humano, y designa la virtud de comportarse como un ser humano, la humanidad como cualidad que se tiene o no se tiene, la hospitalidad, la decencia, el calor, todo junto, y cuando un rumano dice de alguien que es un om de omenie está diciendo lo máximo que su cultura sabe decir de una persona, que es un humano con humanidad, y piénsese en lo que revela una lengua que necesitó una palabra para eso, revela que sabe que ser hombre es un hecho y ser humano es un logro, que la humanidad no viene dada con la especie, se conquista con la conducta, y toda la antropología filosófica que intento escribir desde hace ya un tiempo aspira a estar a la altura de esa sola palabra campesina. Ser rumano es también, hay que decirlo, pelearse con todo esto, renegar de ello en tres continentes, jurar que no se vuelve, y llorar sin aviso una tarde cualquiera en Coslada o en Turín porque en un vídeo sonó un violín de una manera determinada. Conozco esas lágrimas. Las he visto en camerinos y en cocinas. Son el impuesto del dor, y nadie que las haya llorado está del todo perdido para su país.
Y mis hijos, que son de aquí y de allí, no serán mitad y mitad, porque las personas no se reparten como las herencias. Serán, y esta es la palabra que este ensayo me ha regalado y que ya no pienso soltar, heterofónicos, dos voces cantando la misma melodía sin coincidir nunca del todo, la línea española y la línea rumana diciéndose una a otra, adelantándose, adornándose, sin fundirse en unísono y sin separarse en partes, una identidad como las de aquellas aldeas donde todos cantan lo mismo y nadie lo canta igual. Les he dado, sin pedirles permiso, un país que les va a doler dulcemente toda la vida, un país al que le tendrán dor incluso estando en él, porque el dor rumano tiene esa propiedad última y desconcertante, se puede sentir dor de Rumanía dentro de Rumanía, añoranza de lo presente, como si el país fuera siempre un poco más hondo que su propia presencia, y sospecho que eso es exactamente lo que es. Algún día los llevaré a Liveni, a la casa pequeña del norte donde una madre que había enterrado hijos meció al que iba a componer el Edipo, y al Ateneo redondo como un oído, y a la fuente de Manole, y beberán de alguna fuente de camino con un nombre grabado y dirán, porque ya sabrán decirlo, que Dios lo descanse, y una medianoche de abril, en una plaza cualquiera de aquel país o de este, alguien les acercará una vela encendida a la vela apagada que sostendrán en las manos, y les dirá venid a recibir la luz, y la llama pasará, entera, sin perder nada, de una mano desconocida a las suyas. Qué harán ellos con todo eso, a quién se lo pasarán, qué será Rumanía en sus vidas cuando yo ya sea un nombre en el agua, no lo sé, y he aprendido de aquel pastor que lo que no se sabe no se lamenta, se canta. Me es dor, ya, de lo que no he visto todavía...

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