... sobre las Nanas ...

 Sobre las Nanas


A mi querida y añorada madre, 

Francisca Victoria Soto Causera 

(1949 - 2021)

que me cantó tantas y tantas noches, 

con amor eterno, gratitud y recuerdo infinito...




    Hay una pregunta que casi nunca se formula, quizá porque parece demasiado sencilla para merecer filosofía. ¿Cuál fue la primera música? No pregunto por la primera en el orden del tiempo, que no conoceremos jamás, pues los sonidos no dejan fósiles y las voces de los muertos remotos se apagaron sin testigos. Pregunto por la primera según el orden del ser, por la música inaugural, por la forma que contiene en germen todas las demás, del mismo modo que la semilla contiene el árbol sin parecerse al árbol. Las preguntas demasiado sencillas suelen ser las que la filosofía evita con más elegancia, porque responderlas obliga a admitir que lo esencial estuvo siempre a la vista, y no hay nada que humille tanto al pensamiento como descubrir que la respuesta dormía en la habitación de al lado.

    La respuesta suele buscarse demasiado lejos. Se invoca el tambor tribal, el canto ritual, la danza colectiva alrededor del fuego, la figura del chamán, la flauta de hueso de la cueva alemana de Hohle Fels con sus cuarenta mil años de antigüedad, las pinturas rupestres que parecen exigir un acompañamiento sonoro, la liturgia, el himno, la tragedia griega. Todo eso pertenece, sin duda, a la historia de la música, y esa historia es venerable. Pero ninguna de esas cosas constituye todavía su principio, porque todas presuponen algo anterior. El tambor presupone una comunidad que ya sabe reunirse en torno a un pulso, el rito presupone un mundo que ya ha sido consagrado, la flauta presupone un artesano que ya sabía para qué perforaba un hueso. Una flauta de hace cuarenta mil años demuestra que ya había música, pero no explica por qué la había, y ningún hueso perforado ha dormido jamás a un niño. Todas esas formas presuponen que alguien, en algún momento anterior a toda ceremonia, ya había descubierto que una voz puede sostener a otro ser humano.

    Y ese descubrimiento tiene un nombre. La nana lo lleva desde entonces, aunque casi nadie repare en el peso que carga esa palabra pequeña, doméstica, casi vergonzante en los tratados. No me refiero a la canción infantil, ni al repertorio escrito para niños, ni a un género del folclore catalogable junto a las danzas de cosecha y los romances de ciego (la llamada literatura de cordel), sino a algo mucho más antiguo y más desnudo, la voz que intenta impedir que otro ser humano caiga fuera del mundo. Esa voz existió antes que los géneros, antes que los repertorios, antes que la palabra música, y sigue existiendo cada noche, en todas las lenguas, con una obstinación que ninguna vanguardia ha conseguido interrumpir.

    Llevo ya un tiempo diciendo que la canción es la esencia de la música, pero la frase se ha gastado tanto que ya casi nadie se pregunta qué afirma cuando la digo. Afirma que la canción conserva desnuda la estructura originaria de eso que los griegos llamaban melos, palabra extraordinaria que nombraba a la vez los miembros del cuerpo y la frase cantada, como si aquella lengua supiera desde el principio que una melodía es un miembro, algo del cuerpo que se prolonga en el tiempo, un brazo tendido hacia alguien. Cuando hablo de melos no hablo de la melodía como parámetro de análisis, esa abstracción de conservatorio que se estudia junto a la armonía y el ritmo como se estudian los huesos en una lámina. Hablo del acontecimiento en que una voz, es decir un cuerpo hecho tiempo, comparece para alguien. Y comparecer es también una palabra que hay que devolver a su gravedad, porque la lengua la reserva para los tribunales, donde significa presentarse uno mismo, en persona, sin delegación posible, respondiendo con la propia presencia. Nadie puede comparecer por otro. Eso es exactamente lo que hace una voz que canta para alguien, presentarse sin delegación, responder con su presencia de un mundo que todavía no ha sido explicado.

    Una fuga puede alcanzar alturas arquitectónicas que ninguna canción alcanzará jamás, y sería necio negarlo. Una sinfonía puede contener una complejidad temporal imposible para la canción, puede hacer convivir memorias y anticipaciones que la estrofa no soñaría. Una misa puede abrir dimensiones metafísicas que la canción apenas insinúa desde su humildad. Pero todas ellas conservan, como las grandes catedrales conservan todavía en la nervadura de sus bóvedas el gesto de la primera choza, aquella antigua decisión de una voz de dirigirse a otra vida. Quien sepa mirar una catedral ve en ella la choza agrandada hasta el vértigo, y quien sepa escuchar una sinfonía oye en ella, disimulada bajo los metales, la dirección primitiva de una voz hacia alguien. La canción es la música reducida a su necesidad esencial, la música a escala humana, despojada de todo lo que la música puede permitirse cuando ya está segura de existir. Y entonces, la nana es la canción reducida todavía más, hasta quedar convertida casi únicamente en presencia, en pura comparecencia musical, en el mínimo de música que todavía es música y que quizá por eso es la música máxima.

    Podría formularse así el orden completo. La música contiene innumerables especies, la canción es su género más originario, y la nana es la forma canónica de la canción. Esa canonicidad no se decide en la historia, donde todo es disputable y donde los musicólogos podrán siempre exhibir un contraejemplo etnográfico. Se decide en el orden del ser, donde las formas se jerarquizan según lo que revelan y no según lo que datan. La nana es canónica porque en ella la canción muestra sin residuo aquello para lo que la canción existe, y ese privilegio ontológico no se lo puede quitar ninguna cronología.

    Hay además un hecho extraordinario que debería figurar en la primera página de toda filosofía de la música y que no figura en ninguna. El ser humano escucha nanas antes de comprender palabras. La melodía precede al significado, la prosodia precede al diccionario, la respiración precede a la gramática. Un recién nacido ignora qué significa la palabra duerme, ignora el idioma entero en que se le habla, no podría distinguir un imperativo de un gerundio aunque le fuera la vida en ello. Pero sabe perfectamente cuándo alguien quiere que descanse. Ignora la lengua y no ignora la intención, y esa asimetría, que parece una curiosidad de pediatra, es en realidad un acontecimiento metafísico. Significa que el melos aparece antes que el logos, no antes del pensamiento, sino antes de la articulación conceptual del pensamiento. Lo primero que recibimos del mundo no fue una definición ni una información ni una orden comprendida. Fue una inflexión, una altura, una duración, un balanceo, una cercanía respiratoria. El mundo se nos dio primero como manera de sonar, y todo lo que después llamamos comprender fue construido sobre ese cimiento que nadie recuerda haber puesto.

    La filosofía occidental ha sido inmensamente logocéntrica, y lo ha sido con una tenacidad admirable. Ha preguntado cómo nace el concepto, cómo nace el juicio, cómo nace la conciencia, cómo es posible la síntesis de las representaciones, qué condiciones hacen pensable un objeto. Ha levantado sistemas enteros sobre la pregunta por el conocimiento y bibliotecas enteras sobre la pregunta por el lenguaje. Mucho menos ha preguntado cómo nace la voz que hace posible que alguien quiera permanecer vivo. Y sin embargo esa voz estaba allí primero, cronológica y ontológicamente primero, sosteniendo al futuro filósofo mucho antes de que pudiera equivocarse sobre ella. Todo pensador que ha escrito contra la primacía de lo afectivo fue dormido alguna vez por una mujer que cantaba, y esa deuda no aparece en las notas a pie de página. La humanidad ha discutido durante siglos qué es la música mientras la respuesta se cantaba cada noche, en voz baja, en todas las casas, a la hora en que los filósofos ya dormían, también ellos velados alguna vez.

    Decimos lengua materna y creemos nombrar una gramática. La expresión es más sabia que nosotros. Lo materno de la lengua materna no fue nunca la sintaxis, que llegó tarde, como llegan tarde los muebles a una casa ya habitada. Lo materno fue la voz, la dicción, la curva melódica con que las frases entraban en el cuarto antes de significar nada. Aprendimos el idioma dentro de una música que ya nos había aprendido a nosotros. Por eso ningún idioma extranjero, por bien que se domine, suena jamás como aquel primero, y no porque falten palabras, que se adquieren, sino porque falta la habitación, que no se adquiere.

    Aquí suele levantarse una objeción que parece maliciosa y resulta providencial. Muchas nanas tradicionales tienen letras oscuras, amenazantes, incluso crueles. La copla española advierte al niño que viene el coco y te comerá si no te duermes, y hay canciones de cuna en media Europa donde asoman lobos, ríos crecidos, padres ausentes, muertes apenas veladas. ¿No desmiente eso todo el elogio? Lo confirma de la manera más contundente posible. Porque el niño, que todavía no ha aprendido a equivocarse, no cree a la letra, cree a la voz (digo la voz, y no el sonido, ojo). La letra amenaza y la voz cobija, y entre ambas el niño elige sin dudarlo la voz, es decir el melos contra el logos, y se duerme dentro de la amenaza como quien se duerme dentro de una manta. La nana puede nombrar al lobo y seguir significando estoy aquí. Ese es el experimento crucial que ninguna teoría semántica ha querido mirar de frente. Donde el contenido proposicional y la comparecencia melódica se contradicen, el ser humano en su estado más puro cree a la comparecencia. El significado de una nana no habita en sus palabras, habita en el hecho de que alguien la esté cantando.

    Y no crea el adulto que ha superado esa credulidad. La conserva intacta bajo capas de vocabulario. Seguimos creyendo a la voz antes que a la frase, seguimos oyendo el tono debajo del contenido, y de esa fidelidad arcaica viven las dos potencias mayores de la vida adulta, el amor, que reconoce en una inflexión lo que ningún juramento garantiza, y la demagogia, que ha aprendido a falsificar la inflexión para colar cualquier contenido. La misma estructura que nos cobijó puede seducirnos, y esa ambigüedad no es un defecto del melos sino su seriedad. Lo que puede salvar puede engañar, precisamente porque opera en un estrato donde todavía no hemos levantado defensas. La primera voz nos hizo confiados para siempre, y toda la educación posterior consiste en administrar esa confianza sin conseguir revocarla.

    Puedo ofrecer aquí un testimonio doméstico que vale más que un experimento. Cantamos a mis hijos en dos lenguas, porque en mi casa conviven dos, y cambiamos de idioma a mitad de la noche, a veces a mitad de la estrofa, según qué canción acudía primero a la memoria. Ninguno de ellos ha pedido jamás traducción. Ninguno ha notado frontera alguna donde los diccionarios levantan aduanas. La voz cruza de una lengua a otra como se cruza de una habitación a otra de la misma casa, y el niño permanece dentro de la casa, porque la casa no es el idioma, somos nosotros. Así, una noche, cantando a mis hijos, entendí con el cuerpo lo que llevaba años intentando pensar, que las lenguas son dialectos de la voz y no al revés.

    Para comprender del todo qué hace una nana hay que comprender primero qué cosa tan extraña es dormir. Dormir constituye uno de los actos antropológicos más radicales que existen, aunque su repetición diaria nos lo haya vuelto invisible. Dormir significa renunciar voluntariamente al control del mundo. Cerrar los ojos es aceptar la propia vulnerabilidad de un modo tan absoluto que la naturaleza entera lo ha rodeado de precauciones. Ningún animal duerme sin conservar cierto estado de vigilancia, hay especies que duermen con medio cerebro despierto, aves que vigilan con un ojo mientras el otro sueña, manadas que organizan turnos de guardia como ejércitos prudentes. El ser humano tampoco escapa a esa ley, y quien haya pasado una noche en un lugar hostil sabe que el cuerpo se niega a hundirse del todo. Excepto cuando alguien vela por él. Esa es la única excepción que la especie se permite, y sobre esa excepción está construida la infancia entera.

    Por eso las nanas existen. No sirven únicamente para inducir el sueño, para lo cual bastaría el cansancio, que es un procedimiento infalible y gratuito. Sirven para permitir que la confianza venza al miedo. El niño no duerme porque esté cansado, o no principalmente. Duerme porque alguien sostiene el borde del abismo, porque una voz monta guardia en la frontera entre el mundo y su desaparición, y esa guardia sonora le permite hacer lo que ningún ser vivo hace sin garantías, soltarse. La nana dice sin palabras que no desaparecerá mientras el otro desaparece. Podría escribirse su promesa entera en una frase, «no desapareceré mientras tú desapareces», y esa frase, que jamás se pronuncia, es quizá el primer contrato de la existencia humana, firmado con melodía porque todavía no había firma. Nótese lo que la nana no promete. No promete que el mundo sea bueno, no promete que la noche esté vacía de peligros, no promete despertar en un universo justo. Promete algo mucho más humilde y por eso mismo mucho más creíble, que una voz permanecerá cerca. Toda su metafísica cabe en esa fidelidad, y es una metafísica superior a muchas que ocupan más estanterías, porque es la única que un recién nacido puede verificar.

    Dormirse es entonces el primer acto de fe, anterior a todo credo, anterior a toda doctrina, anterior incluso a la idea de que exista algo digno de fe. Cada noche de la primera infancia es un pequeño ensayo de la desaparición y cada nana es la liturgia de ese ensayo, la ceremonia mínima con que la especie enseña a sus crías que se puede volver. Quien fue bien dormido aprendió, sin saberlo, que la ausencia no es necesariamente el abandono, que se puede soltar el mundo sin perderlo, que hay retiradas custodiadas. Quien no lo fue arrastra a veces durante decenios la sospecha contraria, y no hay argumento que la disuelva, porque no fue un argumento quien la instaló. Las convicciones más profundas de una vida se decidieron en un idioma que la vida ya no habla.

    Obsérvese ahora una propiedad de la nana tan evidente que nadie la ha pensado. Es la única música que aspira a no ser escuchada. Toda otra música pide atención, la exige, la mendiga o la compra, y mide su éxito por la intensidad con que se la atiende. La nana mide su éxito por lo contrario, por el momento exacto en que su oyente la abandona. Triunfa cuando deja de ser oída, culmina en su propia inaudibilidad, y su único aplauso es la respiración regular de alguien dormido. Pagamos entradas para que los artistas nos mantengan despiertos y debemos la vida entera a quienes nos durmieron gratis. Hay en esa inversión una enseñanza sobre el arte que ninguna estética del genio ha querido recoger. Existe una música cuya perfección consiste en volverse innecesaria, y esa música resulta ser la primera de todas. De ella desciende, dicho sea con toda la seriedad del mundo, la forma musical más antigua que conocemos, que no es la escala ni el estribillo sino el diminuendo, el arte de salir de una habitación sin despertar a nadie. Antes de que existiera la dinámica como "recurso expresivo" existió como poesía, ternura y delicadeza doméstica, y todos los finales que se apagan, todas las codas que se disuelven, todos los acordes que se van en vez de terminar, repiten el gesto de una voz que baja porque el niño ya casi está, y de unos pasos que retroceden hacia la puerta.

    Esa retirada revela la dirección del don. La nana no pide nada a cambio, ni siquiera atención, que es lo mínimo que cualquier obra reclama. Los filósofos que han pensado la llamada, y algunos la han pensado admirablemente, describen una voz que interpela y un sujeto que debe responder, como si todo vocativo llevara dentro un imperativo, como si toda llamada fuera citación. La nana desmiente esa simetría con la mayor dulzura. Es un vocativo sin imperativo, una llamada que no reclama comparecencia del llamado, que no exige respuesta, que no toma nota de si fue correspondida. Llama para soltar, no para retener. Convoca al otro únicamente para autorizarlo a irse. Si la música es, como creo, esencialmente vocativa, y no representacional, como muchos creen, y si su modo primordial de ser es dirigirse a alguien antes que representar algo, entonces la nana es el vocativo en estado de gracia, la llamada anterior a toda deuda, y demuestra que en el origen del melos no hay una exigencia sino un permiso.

    Y ese vocativo instaura algo que la gramática de la existencia debería registrar en su primera página. Antes de poder decir yo, el ser humano fue . Durante meses, durante años, fue la segunda persona de alguien, el destinatario de un canto, el interpelado de una ternura, mucho antes de disponer de una primera persona con que responder. El caso vocativo precede al nominativo, ser llamado precede a nombrarse, y la identidad, que después se contará a sí misma tantas historias, comenzó como destino de una voz ajena. No nos hicimos sujetos y luego entramos en relación. Fuimos relación y de ella extrajimos, lentamente, un sujeto, como se extrae una figura del fondo que la sostiene. La nana es el documento sonoro de esa precedencia. Quien la canta trata como persona a alguien que todavía no puede serlo, le adelanta un crédito ontológico, lo llama antes de que haya nadie que pueda acudir, y en ese llamar anticipado el nadie va convirtiéndose en alguien. Se nos ha dicho que el hombre es el animal racional, el animal político, el animal que habla. Habría que añadir algo anterior a todas esas definiciones, que es el animal llamado, el único viviente cuya humanidad le fue cantada antes de tenerla.

    De aquí se sigue una corrección que debo hacerle a mi propio vocabulario, porque un concepto que no aprende de los fenómenos es un concepto muerto. Vengo un tiempo pensando la comparecencia como el acontecimiento de presentarse ante otro, y esa figura supone cierta simetría, dos presencias que se encaran. La nana quizás enseña también otra cosa. Enseña una comparecencia asimétrica y custodial, un presentarse para que el otro pueda ausentarse, un estar ahí cuya finalidad es autorizar la retirada ajena. La voz comparece precisamente mientras el niño deja de hacerlo, sostiene la escena sola, y su permanencia no busca encuentro sino amparo. Habría que decir entonces que comparecer no es solo aparecer ante alguien, es también quedarse por alguien, y que la forma más honda de la presencia quizá no sea la que se ofrece a la mirada sino la que monta guardia junto a unos ojos cerrados. La lengua tiene un verbo exacto para esa forma y la filosofía apenas lo ha inventariado entre las facultades humanas. Junto a entender, querer, imaginar y recordar habría que escribir velar. Velar es la capacidad de mantener el mundo abierto para otro que temporalmente lo ha soltado, de sostener en su nombre lo que él no puede sostener, y la nana es el arte de velar hecho música, la primera obra de ese arte del sostener (ars sustenendi) del que toda música posterior es heredera, lo sepa o no.

    Martin Heidegger llamó al lenguaje la casa del ser, y hay una intuición verdadera en esa imagen, la intuición de que no habitamos primero espacios sino significaciones. Pero todavía habría que retroceder un paso, porque antes de la casa del lenguaje existe la casa de la voz. No habitamos primero palabras. Habitamos dicciones, ritmos respiratorios, cadencias, esa poética y arquitectura sin planos que una voz levanta alrededor de quien la escucha. El niño reconoce la voz materna semanas antes del nacimiento, la distingue entre miles desde el otro lado de la carne, y lo que reconoce no son ideas, que aún no le conciernen, ni palabras, que aún no existen para él. Reconoce una manera de sonar. Esa es la primera casa, construida sin materiales, amueblada solo de inflexiones, y en ella vivimos antes de vivir en ninguna otra.

    Lo cual quiere decir que nuestra primera patria no posee fronteras geográficas. Tiene frecuencia, tiene vibración, tiene temperatura acústica. Nuestro hogar inaugural fue un paisaje musical, y el centro exacto de ese paisaje era una nana. Por eso ciertas dicciones nos desarman en la edad adulta con una autoridad que ningún argumento posee, por eso un desconocido que canta de repente en nuestro primer idioma puede abrirnos por dentro en mitad de una ciudad extranjera, por eso la nostalgia más honda no es de lugares sino de voces, y los emigrantes lo saben mejor que nadie, ellos que pueden reconstruir la casa, la comida y hasta el clima, y no pueden reconstruir la voz que los nombraba. El destierro definitivo no es geográfico. Empieza el día en que ya no queda en el mundo nadie que nos haya cantado.

    Casi todas las culturas inventaron nanas, y esa universalidad merece ser pensada con cuidado, porque no se explica por difusión ni por parentesco. Pueblos que jamás se conocieron, separados por océanos y por milenios, llegaron a la misma solución, una voz grave y cercana, un balanceo, una repetición paciente. No compartían una tradición musical. Compartían la misma fragilidad, la de traer al mundo criaturas inacabadas que tardan años en poder sostenerse, y la fragilidad, cuando es la misma, inventa las mismas ternuras. Allí donde nace un niño aparece antes o después una voz balanceándolo, con la puntualidad de una ley natural que hubiera decidido ser amable. La nana no pertenece a una civilización ni a un continente ni a una época. Pertenece a la condición humana, y es de las pocas cosas que le pertenecen sin discusión.

    Resulta significativo, y en cierto modo escandaloso, que esta música fundacional apenas necesite recursos. No requiere virtuosismo, ni grandes registros, ni complejidad armónica, ni instrumentos, ni escuela, ni siquiera oído. A veces ni siquiera necesita una melodía estable, y basta un contorno aproximado, un murmullo con dirección. Tres notas alcanzan, cinco son casi un lujo, el ámbito es estrecho, los ritmos permanecen casi inmóviles, las repeticiones se extienden hasta donde haga falta. Un analista llamaría a todo eso pobreza. Un niño lo llama mundo. Basta un cuerpo respirando junto a otro cuerpo, y esa suficiencia mínima, en una época obsesionada con la perfección técnica, constituye una impertinencia teórica de primer orden, porque demuestra que la eficacia del melos no depende de la complejidad ni de la corrección, depende de la verdad de la comparecencia, de que quien canta esté de veras en lo que canta y para quien lo canta.

    Una madre agotada canta desafinando, con la voz rota de sueño, equivocando estrofas, y aquello puede ser musicalmente más verdadero que la interpretación impecable de un "profesional" incapaz de amar lo que canta. Digo musicalmente y no sentimentalmente, y pido que se me tome al pie de la letra. La afinación es un asunto del sonido, y el sonido tiene sus jueces. La nana tiene su asunto en el ser, y ahí los jueces son otros. Añádase que esa madre canta desde el final de sus fuerzas, no desde la plenitud, y que sin embargo da, y que ese dar desde el agotamiento, esa generosidad de quien ya no tiene, es quizá la forma más pura del don que la especie conoce. La estética del "rendimiento" no tiene casillas para semejante fenómeno, una ejecución "técnicamente deficiente" que resulta ontológicamente perfecta, y como no tiene casillas, mira hacia otro lado. Peor para la estética del "rendimiento".

    Hay otro escándalo contiguo. La música más necesaria de la historia es anónima. Conservamos el nombre de los autores de miles de obras perfectamente prescindibles, catalogamos hasta el último madrigalista menor, y hemos perdido el nombre de todos los autores de las melodías que durmieron a la humanidad entera. Las nanas no se estrenaron nunca, no se reseñaron nunca, no compitieron nunca, no cobraron derechos, ignoraron olímpicamente el aparato completo de la cultura musical, el concierto, la crítica, el conservatorio, el archivo, y precisamente por eso muestran qué queda de la música cuando se le quita todo lo institucional. Queda la esencia. Se transmitieron de cuerpo a cuerpo, de boca a oído, sin notación, en la cadena oral más larga y menos interrumpida que el arte conoce, y cada eslabón de esa cadena fue una noche concreta, una habitación concreta, un cansancio concreto. Cuando una mujer canta hoy a su hijo, cantan a través de ella su madre y la madre de su madre, hacia atrás, más allá de todo registro, y esa forma de conservación sin museo, viva porque se reactiva y no porque se protege, debería hacer enrojecer a nuestras políticas del patrimonio. Lo que de verdad importaba nunca necesitó vitrina.

    Se me dirá que la ciencia ya ha explicado todo esto, que la nana es una "tecnología adaptativa de regulación", que baja el ritmo cardíaco del lactante, que modula sus niveles de activación, que el habla dirigida al bebé presenta rasgos acústicos universales seleccionados por la evolución, y no discutiré ni un dato, porque los datos no son el problema. El problema es la creencia de que describir la supuesta "utilidad" de un fenómeno equivale a tocar su ser. La biología puede explicar que la nana funcione. No alcanza a explicar que la nana prometa, y la promesa es lo que el niño recibe, aunque no sea lo que el electrodo mide. Explicar para qué sirvió dormir a las crías no dice nada de lo que ocurre cuando alguien duerme a esta cría, esta noche, con esta voz, y esa ocurrencia singular, ese acontecimiento irrepetible, es donde la nana existe. La función es su sombra proyectada sobre la pared de la especie. Confundir la sombra con el cuerpo es el gesto característico de nuestra época, que ha decidido que las cosas son aquello para lo que sirven, y contra ese gesto la nana ofrece una resistencia serena, porque sirve muchísimo y no consiste en servir.

    La prueba definitiva la aporta, sin quererlo, la propia técnica. Existen hoy grabaciones perfectas de nanas, aplicaciones que las reproducen sin fatiga, altavoces que no desafinan jamás, ruidos calibrados que inducen el sueño con eficacia estadística documentada. Y todo el mundo sabe, con un saber anterior a toda encuesta, que no es lo mismo. La grabación reproduce la señal y omite el suceso. Puede producir sueño, no puede prometer nada, porque las máquinas producen efectos y solo alguien puede prometer. Una promesa requiere un prometedor que pueda faltar a ella, que pueda perderse, que arriesgue algo al darla, y el altavoz no arriesga nada, por eso su nana perfecta es un oxímoron doméstico. La técnica puede reproducir de la nana absolutamente todo menos la nana. Cuando una casa delega la vigilia en un aparato no pierde eficacia, los niños se duermen igual, y quizá antes. Pierde el acontecimiento, que no figura en las especificaciones del producto, y una generación dormida por altavoces habrá recibido el sueño sin recibir la promesa, que era lo que el sueño venía envuelto. No es una catástrofe medible. Las pérdidas más serias nunca lo son.

    Toda música organiza el tiempo, esa es su definición de manual. La nana hace algo más extraño, lo demora. Mientras dura una nana nadie espera llegar a ninguna parte. No existe desarrollo, ni conquista, ni progreso, ni esa impaciencia estructural que anima a tantas obras hacia su final como si el final fuera un premio. Cada repetición no conduce hacia delante, profundiza hacia dentro, y el tiempo, en vez de correr, se espesa. Es un tiempo vertical, como el de la oración, como el de la contemplación, como el de ciertas conversaciones con quienes amamos, donde las horas pasan sin transcurrir. La nana constituye quizá una de las primeras experiencias humanas de eternidad, y no por su duración, que es breve, sino porque mientras sucede deja de importar cuánto dura. La eternidad no es un tiempo muy largo, es un tiempo al que se le ha caído la medida, y todos la conocimos antes de conocer los relojes, meciéndonos dentro de una voz que no tenía prisa porque no tenía destino.

    Puedo dar fe de ese tiempo también desde el teclado. Cuando a veces, en secreto, toco la Berceuse de Chopin ocurre algo que ningún análisis me había anunciado. La mano izquierda repite el mismo balanceo desde el primer compás hasta casi el último, la misma cuna armónica, obstinada, inmóvil, mientras la derecha sueña filigranas cada vez más aéreas, y uno comprende, tocándola, que la izquierda no acompaña, vela. Es el bordón de la Tierra hecho mecedora, el suelo grave que no se mueve para que arriba se pueda soñar, hermano doméstico de aquel isón con que ciertas liturgias sostienen la melodía como se sostiene un cuerpo. La pieza se niega a viajar, y esa negativa es su forma. Uno no la interpreta, en el sentido heroico de la palabra, uno la custodia, y al custodiarla entiende que hay obras cuya dificultad no está en los dedos sino en aceptar que no va a pasar nada, que ya está pasando todo. Algo semejante guarda Enescu en sus Impresiones de Infancia, donde una canción para acunar aparece en mitad de las piezas nocturnas como el centro secreto que toda la noche rodea. Los compositores que fueron niños atentos, y todos lo fueron, esconden siempre una cuna en alguna parte de la casa.

    Y aquí llego a la tesis que este ensayo venía buscando sin saberlo, porque los ensayos verdaderos descubren su centro por el camino. El melos, antes que organización del tiempo, es la forma sonora de una promesa. Eso es lo que la nana revela y lo que las definiciones técnicas de la música dejan siempre fuera. Una voz que canta para alguien no está estructurando duraciones, está dando su palabra, está diciendo con el solo hecho de continuar que va a continuar, y el que escucha no percibe una forma, percibe una fidelidad. La primera música fue una promesa cumplida noche tras noche, y de esa escena desciende, en el orden del ser, toda la confianza que después depositamos en las formas. Porque las formas musicales viven de que el oyente espere, y espere confiadamente, y esa espera confiada tuvo que aprenderse en alguna parte. No digo que la armonía descienda históricamente de la cuna, lo cual sería quizás una fábula. Digo algo más grave, que la estructura de la espera custodiada, aprendida allí donde una voz sostenía nuestras desapariciones, es la que toda forma musical presupone en quien la escucha. Una "dominante" es una palabra dada, una "tónica" es una palabra cumplida, un tema que vuelve es una voz que regresa, una "reexposición" es alguien que dijo aquí estaré y estuvo. Quien haya esperado en la oscuridad el regreso de una voz reconoce esa espera dentro de cualquier sonata, y quien no la haya esperado nunca podrá analizar la sonata entera sin oír de qué está hecha. La música es el arte de prometer y cumplir en el tiempo, con todas las demoras, traiciones aparentes y reconciliaciones que caben entre la promesa y su cumplimiento, y aprendió ese arte de su primera maestra, la nana, que prometía sin palabras y cumplía sin testigos.

    Nuestra época, hay que decirlo, sospecha profundamente de las nanas. Las tolera como folclore, como decoración sentimental, como patrimonio etnográfico digno de ser grabado por si acaso, y en esa tolerancia condescendiente ha dejado de comprenderlas. Vivimos en una civilización donde incluso la infancia empieza a organizarse alrededor del rendimiento, y el sueño de un niño, que era un misterio custodiado, se ha vuelto un parámetro monitorizado. La música para niños debe hoy "estimular capacidades cognitivas", "favorecer conexiones neuronales", "ampliar vocabulario", "optimizar ventanas de aprendizaje", y se venden compilaciones de clásicos con la promesa implícita de fabricar inteligencias, como si las sinfonías fueran una especie de fertilizante. Todo debe producir "resultados", y el niño, que era un huésped, va camino de ser un proyecto. La nana produce otra cosa que no cotiza. Produce descanso, y el descanso no aparece en ninguna estadística del éxito, no engrosa currículo alguno, no se puede exhibir. Aplicarle a la primera música de la vida la lógica del estímulo es haberla invertido por completo, porque estimular no es acoger, y administrar sueño no es velar un sueño. Hay una diferencia abismal entre la voz que se da y el contenido que se suministra, entre recibir la noche de manos de alguien y consumirla en dosis calibradas, y en esa diferencia se juega bastante más que una preferencia pedagógica.

    Porque ningún ser humano aprende verdaderamente si antes no ha aprendido que el mundo puede acogerlo. Esa es la enseñanza previa a todas las enseñanzas, el prerrequisito que no figura en ningún plan de estudios porque los planes de estudios ya lo dan por supuesto, con la alegría con que se da por supuesto el suelo. La nana no enseña contenidos. Hace posible toda enseñanza posterior, del mismo modo que la hospitalidad no es un plato del banquete sino la condición de que haya banquete. Un niño convencido de que el mundo lo acoge puede permitirse la curiosidad, que es una forma del lujo, puede equivocarse sin desintegrarse, puede atender a lo que no es él porque lo que es él está a salvo. Un niño sin esa convicción gasta la vida entera en vigilarse. Todos los métodos didácticos del planeta juntos valen menos que aquella certeza sin contenido que una voz deposita en un cuerpo que se duerme, y es una amarga ironía de nuestro tiempo que gastemos fortunas en "optimizar el aprendizaje" mientras adelgazamos las condiciones que lo hacen posible.

    Habrá quien sospeche de tanta dulzura y pronuncie la palabra temida, consuelo, con ese matiz de desprecio que cierta teoría crítica reserva para todo lo que no hiere. El arte serio, se nos dice, debe incomodar, desengañar, negarse a arrullar conciencias, y la nana sería entonces el grado cero del arte, sedante puro, mentira piadosa administrada a quien no puede defenderse. La acusación merece respuesta, y la respuesta es que la nana es exactamente lo contrario de esa mentira. Lo cursi, lo kitsch, lo sentimental fraudulento se reconocen en que prometen demasiado, prometen el mundo entero en tecnicolor, la armonía universal, el final feliz garantizado. La nana promete lo mínimo prometible, una voz cerca, y lo cumple. No afirma que la noche esté vacía, a veces hasta nombra al lobo, ya lo vimos, y sin embargo se queda. No hay en toda la cultura un ejemplo más austero de veracidad afectiva, un pacto con menos letra pequeña. Quien llama consuelo barato a la nana confunde el consuelo con la anestesia, y son operaciones opuestas, porque la anestesia suprime la percepción del peligro y el consuelo acompaña dentro del peligro percibido. La nana no niega el abismo. Se sienta en su borde a cantar.

    Escuchemos ahora, con este oído ya educado, las obras más hondas de la historia, y hagamos la prueba. En Mahler aparecen nanas, y no solo donde las anuncia el título, pues su cuarta sinfonía entera termina con una voz que canta el cielo con palabras de niño y una orquesta que se va quedando dormida en la última página, como si el paraíso fuera simplemente una habitación bien velada. Aparecen en Fauré, cuya dulzura nunca es blanda porque siempre está sosteniendo algo. En Janáček, que tituló Buenas Noches a una de sus piezas del sendero y dejó en ella la puerta entornada. En Chopin, ya lo dije desde dentro. En Schumann hay una escena de niños donde el niño se queda dormido antes de que la armonía resuelva, y la música, en vez de completar su cadencia, lo arropa y sale de puntillas, dejando el acorde final suspendido como una lámpara encendida a media luz. En Brahms el caso es doble y conmovedor. Su canción de cuna, la más famosa del mundo, esconde en contrapunto secreto otra melodía, la de una canción que años atrás le cantaba la mujer para cuyo hijo la escribió, de modo que dentro de la nana más célebre duerme el recuerdo de una voz perdida, y el adulto que la canta a un niño le está cantando también, sin saberlo, a su propio pasado. Y al final de su vida, cuando ya no tenía a quién dormir, Brahms escribió tres piezas lentas para piano y las llamó, según se cuenta, canciones de cuna de mis dolores, encabezando la primera con versos de una vieja nana escocesa, duerme dulcemente, niño mío. El hombre que acuna sus propias penas porque nadie va a acunarlas ha comprendido algo definitivo sobre la música, que su gesto primero puede volverse sobre uno mismo cuando el mundo se ha vaciado de voces, y que esa vuelta no es regresión sino supervivencia. Aparecen en Mompou, cuya música entera parece siempre a punto de acunar algo que no nombra. En Ravel, que escribió una berceuse sobre el nombre de su maestro, gesto de discípulo que mece a quien lo formó, y que cerró una ópera entera con una sola palabra, mamá, cantada por el niño al final de todos los sortilegios, como si la orquesta más refinada del siglo hubiera existido para devolver a una criatura a la voz de la que salió. Y aparecen en Falla, cuya nana andaluza baja la voz hasta el borde mismo del silencio con una gravedad que ninguna canción de amor alcanza.

    ¿Qué encontramos en todos esos lugares? Una voz que no exhibe, que acompaña, que vela, que sostiene. Cuando una melodía alcanza esa calidad de proximidad absoluta, la historia entera de la música parece regresar en secreto a la habitación donde alguien intentaba dormir por primera vez. Las obras maestras no superan la nana, y esta es quizá la frase más difícil de aceptar para una cultura educada en el "progreso". Vuelven a ella, como los grandes ríos vuelven siempre al mar del que nacieron, cargados de todo lo que arrastraron por el camino y sin embargo obedientes a la pendiente original. La complejidad no fue nunca una superación de la sencillez primera, fue su desarrollo, su glosa, su comentario magnífico, y en los momentos supremos el comentario calla y se oye otra vez el texto, tres notas, un balanceo, alguien ahí.

    Existe, con todo, algo profundamente trágico en las nanas, y este ensayo faltaría a su palabra si lo callara. La madre canta como si pudiera proteger para siempre. No puede. El niño dormirá, crecerá, y conocerá la enfermedad, la traición, la muerte de quienes ama, el fracaso, la soledad, todo el inventario que ninguna voz puede clausurar. La nana monta guardia en una frontera y las fronteras de la vida son incontables, y llegará el día en que la amenaza entre por donde ninguna canción vigila. ¿Miente entonces la nana? Todo lo contrario, y aquí hay que afinar el pensamiento porque se decide mucho. La nana nunca prometió un mundo sin sufrimiento, ya quedó dicho, su promesa era otra y más honda. Promete que el sufrimiento no constituye la primera palabra sobre el mundo. La primera palabra fue una voz, y esa precedencia, una vez establecida, no puede ser revocada por nada de lo que venga después. Todo lo que el mundo nos haga llegará en segundo lugar. Podrá ser inmenso, podrá durar más, podrá incluso ganar, pero llegó segundo, y hay derrotas que no consiguen convertirse en origen. Esa diferencia de orden, que parece un tecnicismo, cambia una existencia entera, porque no es lo mismo sufrir en un mundo cuya palabra inaugural fue hostil que sufrir en un mundo que empezó llamándonos con dulzura. El sufrimiento del segundo tiene un fondo contra el que recortarse, y ese fondo se llama gratitud, aunque casi nunca sepa su nombre.

    A esto lo llamo humanismo trágico, y la nana me permite decir por fin qué significa la expresión sin escudarme en ella. Trágico, porque no niega nada de lo que hay que no negar, la finitud, la pérdida, la desproporción entre lo que amamos y lo que podemos proteger, la certeza de que toda voz callará. Humanismo, porque afirma que en medio de esa intemperie el ser humano es el lugar donde la realidad se vuelve experiencia, donde el mero suceder se convierte en sentido vivido, y que ese lugar merece ser custodiado precisamente porque es frágil. El humanismo trágico no consiste en negar la muerte ni en decorarla. Consiste en recordar que antes de la muerte hubo alguien que nos llamó dulcemente por nuestro nombre, y en sostener que ese recuerdo, por anterior, tiene jurisdicción sobre todo lo posterior. La esperanza que de ahí nace no es optimismo, que es una teoría sobre el futuro, sino fidelidad, que es una memoria del origen. Somos los descendientes de una promesa cumplida, y se puede vivir de eso mucho tiempo, se puede incluso morir de eso con cierta decencia.

    Porque la nana vuelve al final, y esta simetría es lo más grave que sé decir sobre ella. En el último tramo de la vida regresa la escena primera con los papeles cambiados. Alguien yace, alguien vela, alguien baja la voz junto a una cama, sostiene una mano, canturrea a veces, porque hay quien canta a los moribundos, y las tradiciones que lo hacen saben lo que hacen, y se dice que el oído es lo último que se apaga, de modo que la voz acompaña hasta más adentro que la mirada. La existencia humana transcurre entre dos vigilias, la que nos recibió y la que nos despide, y la estructura es la misma, una presencia que se queda para que otro pueda soltarse, solo que esta vez la frontera no tiene regreso y la promesa de la primera noche, no desapareceré mientras tú desapareces, se cumple hasta el borde exacto donde ya no puede cumplirse. La voz va con nosotros hasta donde ya no se puede ir con nadie, y en esa fidelidad al límite, que acompaña sabiendo que no podrá cruzar, está toda la nobleza de que la especie es capaz. La promesa de la nana se incumple una sola vez, la última, y sin embargo nadie en su sano juicio la llama mentira, porque hay palabras que se cumplen precisamente manteniéndose hasta el instante en que se rompen. La nana nos enseñó a dormir. Nos estaba enseñando, con un adelanto de toda una vida, que las fronteras pueden ser acompañadas aunque no puedan ser cruzadas juntos, y no existe sabiduría más necesaria ni escuela más temprana.

    Por eso me atrevo a sostener una tesis que puede parecer excesiva y que a estas alturas espero que parezca inevitable. Si la música posee una esencia, esa esencia comparece con mayor transparencia en la canción, y si la canción posee un arquetipo, ese arquetipo comparece en la nana, porque en ella se reúnen, sin residuo y sin ornamento, todos los elementos fundamentales del melos. La voz llega antes que la escritura, y la presencia antes que la representación. La relación precede al objeto, el acontecimiento precede a la estructura. En la nana la comparecencia es anterior a la obra, la respiración es anterior al compás, la promesa es anterior a la forma, y el cuidado es anterior a la belleza, con lo cual la belleza que ahí aparece ya no necesita justificarse, no debe rendir cuentas ante ningún "tribunal del gusto", porque no vino a "gustar", vino a quedarse junto a alguien, y la belleza que viene a quedarse es la única que nunca pasa de moda.

    Quizá toda filosofía de la música debería comenzar aquí, y no donde suele. No preguntando qué es una sonata, ni qué es una escala, ni qué es el ritmo, ni qué significa una obra, preguntas legítimas todas, pero segundas, hijas tardías de un acontecimiento que las precede y las ignora. Debería comenzar entrando silenciosamente en una habitación apenas iluminada. Hay una madre, un padre, una abuela, un hermano mayor, da igual quién, inclinados sobre una cuna. No interpretan, no representan, no producen arte, no aspiran a la posteridad, no saben que están haciendo música y por eso la están haciendo del todo. Simplemente cantan. Y mientras cantan sucede uno de los acontecimientos más decisivos de toda la historia humana, tan decisivo que ha ocurrido miles de millones de veces sin gastarse. Un ser descubre, antes incluso de saber hablar, que el mundo puede tener forma de voz.

    Ahí nació el melos, y ya podemos decirlo con todas sus consecuencias. No nació cuando alguien inventó una escala, ni cuando apareció el primer instrumento, ni cuando surgió el primer compositor, hitos todos de su historia y ninguno de su origen. Nació cuando una voz humana comprendió que podía sostener otra vida sin necesidad de explicarle el mundo, y desde entonces toda música verdadera sigue intentando hacer exactamente lo mismo, sostener vidas sin explicarles el mundo, con medios cada vez más vastos y con la misma humildad secreta de aquella primera noche. Quizá toda la música occidental, toda la oriental, toda la que aún no se ha escrito, no haya dejado nunca de intentar el regreso a ese instante, y quien compone, quien toca, quien escucha en la oscuridad de una sala, esté buscando sin saberlo una voz que oyó una vez y que ya no puede localizar. Cada uno de nosotros fue esa vida sostenida. Alguna noche que nadie recuerda, alguien se inclinó sobre nuestra completa indefensión y decidió cantar en vez de explicar, y todo lo que hemos hecho después con los sonidos, y acaso todo lo que hemos hecho después sin ellos, ha sido responder a esa voz o buscarla. La respuesta sigue abierta, porque todavía hay cunas, todavía hay noche, y en alguna habitación a oscuras, ahora mismo, una voz cansada está fundando otra vez la música entera sin saber que lo hace, y sin que le importe no saberlo, que es la manera en que se fundan las cosas que de verdad duran...

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