... el gourmet cultural, u hombre agraciado...

 



    Conviene empezar por lo que la cultura sería si fuese lo que dice ser. Habría en ella una historia de las veces en que un mundo ajeno entró en el nuestro y lo dejó distinto, una memoria no de lo que hemos visto sino de aquello que nos vio a nosotros y nos pidió cuentas. Tener cultura, en ese sentido que casi nadie sostiene ya, sería llevar encima las marcas de cuanto nos ha alcanzado, y un hombre culto sería aquel a quien tantas cosas han tocado que ha tenido que rehacerse muchas veces para seguir cabiendo en sí mismo. Nada de eso describe al cultureta. Él representa la otra posibilidad, la de tener cultura precisamente para no ser alcanzado por ella, la de rodearse de todo lo que podría transformarlo manteniéndolo a la distancia exacta en que ya no transforma. Es la cara respetable de una negativa honda, y por eso merece que se lo examine despacio, porque su error no está en lo que ignora sino en el modo en que posee lo que sabe.

    Lo que sigue no es un reproche por su saber, que muchas veces es real y grande, sino por la dirección entera de ese saber. Cabe acumularlo todo y no haber recibido nada, y es posible haber estado en todas partes sin haber comparecido en ninguna, y esa posibilidad, lejos de ser rara, se ha vuelto el modo dominante de relacionarse con lo que aún llamamos cultura. El cultureta no es un caso extremo sino la forma cumplida de una época que ha confundido la cantidad de lo consumido con la hondura de lo vivido. Gustavo Bueno mostró que la idea misma de Cultura era un mito heredado de la religión, una gracia secularizada que distingue salvados de condenados. Desde una ontología de la comparecencia encarnada hay que ir más lejos y decir en qué carne se paga ese mito, porque no es un error de los conceptos sino una manera de vivir que se priva a sí misma de lo único que daba sentido a buscar el arte, que es quedar expuesto a que el arte nos reclame.  

    El cultureta, gourmet cultural, u hombre agraciado (dícese aquí con ironía, claro está), se presenta siempre frente a los demás con una suerte de inventario. Ha leído mucho y ha visto cuanto debía verse de cine, conoce por dentro las grandes salas de conciertos, recorrió en su día los museos que un hombre como él tiene que haber recorrido y volvió de los lugares adonde se viaja para volver habiendo viajado. Todo eso forma una suma, y de esa suma extrae la certeza de lo que es. No habla de las obras sino de su trato con ellas. Cuando nombra una sinfonía no nombra lo que en la sinfonía ocurría sino la noche en que estuvo presente, la sala, el nombre del famoso director, la sensación tranquila de haber estado donde había que estar. La obra le sirve de prueba documental de sí mismo, y como toda prueba documental la archiva. Lo que en él se llama cultura es el archivo de sus comparecencias frustradas, porque a cada cosa que podía alcanzarlo le opuso de antemano la operación de convertirla en dato de su biografía.

    Hay en él una palabra que lo explica entero, y es que se siente agraciado. Cree que la cultura lo ha tocado, que lo ha elevado por encima de quien no la posee, que lo ha vuelto digno de un modo que el otro no alcanza. Insisto, Gustavo Bueno desmontó con frialdad esa creencia. Mostró que la idea moderna de Cultura es un mito, la última forma que tomó la antigua gracia religiosa cuando dejó de creerse en el alma. Donde antes el hombre se salvaba por una gracia que descendía sobre él, ahora se salva por la cultura, que desciende del mismo modo y lo separa del condenado, con sus templos en los museos y las salas de concierto y sus liturgias en las ceremonias donde el público se reconoce a sí mismo como salvado. El culto es el hombre en gracia de la religión secular. Bueno disolvió el mito devolviendo los contenidos llamados culturales a la materia política y económica de donde nunca habían salido, y dejó al descubierto que la Cultura con mayúscula no era una esfera autónoma y numinosa sino una ideología que administra distinciones.

    Pero Bueno explicó el ídolo desde fuera, lo describió como quien levanta el plano de un edificio ajeno. Desde una ontología de la comparecencia encarnada el reproche es otro y muerde quizás más adentro. No me basta con saber que la Cultura es un mito que ocupa el lugar de la gracia. Quiero decir dónde hace daño ese mito, y hace daño justo ahí, en que el hombre se siente alcanzado precisamente donde menos lo ha sido. El cultureta vive la cultura como una gracia recibida, y lo que llamo gracia recibida es, en mi lengua, haber comparecido, haberse dejado tocar por algo hasta quedar otro. Él tiene la forma sin el fondo. Tiene el sentimiento de haber sido elevado sin el acontecimiento que eleva. La sala le dio el aura y el aura le dio la convicción, y el aura no es lo mismo que el acontecimiento, se le parece como se parece una creencia a la herida que dice tener.

    De esa gracia mal entendida nace su desprecio, y el desprecio lo delata. Mira por encima del hombro al que no ha leído, al que no ha viajado, al que no sabría comportarse en la sala. A veces lo dice y a veces le basta con un silencio o una media sonrisa, pero siempre lo siente, porque necesita al inculto para que su cultura signifique algo. Si todos hubieran leído lo que él ha leído su suma no valdría, desaparecería la frontera y con ella la diferencia entre salvados y condenados. Su cultura es relacional antes que ninguna otra cosa, existe contra alguien. Y aquí se ve que lo que tiene no es receptividad sino capital, porque el capital existe contra alguien y necesita, para valer, que haya quien no lo posea. El que de veras ha sido alcanzado por una obra no desprecia al que no la conoce, le tiende la obra como se tiende una mano, porque sabe que ahí dentro hay algo que también podría reclamar al otro. El cultureta no tiende nada. Guarda. Lo que recibe lo convierte en patrimonio, y el patrimonio se defiende del que no lo tiene.

    Hay algo más grave todavía, y es lo que hace con los mundos. Cada libro que ha leído traía dentro una ontología entera, un modo en que el ser se daba allí y no en otra parte, una manera de aparecer el mundo que contradecía a la del libro de al lado y pedía ser tomada en serio hasta el conflicto. Leer de verdad es entrar en un mundo y dejar que ese mundo discuta con el mío y me obligue a sostener la contradicción sin resolverla a la fuerza. El cultureta no hace eso. Pasa sobre mil ontologías sin que ninguna lo detenga, y al pasar las alisa hasta dejarlas a todas a la misma altura, versiones intercambiables de una sola cosa que es haber leído. Es un antidialéctico. Donde debería haber fricción entre mundos pone una superficie lisa por la que su gusto se desliza sin tropezar nunca. Por eso lo llamo también ideoclasta, no porque rompa las ideas con violencia sino porque les quita el filo, las desactiva, las reduce a contenido de su colección. Ninguna idea puede ya contradecirlo porque las ha igualado a todas de antemano. Ha hecho con las ontologías lo que el gourmet hace con los sabores, las ha puesto en fila para catarlas, y un mundo catado ha dejado de ser un mundo.

    Esto enlaza con lo que de verdad son esos mundos una vez alisados, que es mercancía. Mercancía cultural. El mercado pletórico de bienes y servicios no soporta lo inconmensurable. Necesita que todo sea comparable para que todo sea intercambiable, y la cultura entra en él a condición de dejarse medir en la misma moneda que un viaje, una cena cara o un objeto de lujo. El cultureta es el consumidor perfecto de ese mercado porque ya ha hecho dentro de sí el trabajo que el mercado exige, ya ha vuelto equivalentes a Esquilo y a una serie de moda, a una catedral y a una marca, no porque crea que valen lo mismo sino porque a todos los trata igual, como ocasiones de consumo cultural que engrosan su currículum de hombre culto. La sala de conciertos cotiza alto en ese mercado, y el museo célebre y el destino lejano cotizan con ella, y él compra prestigio en esas plazas con la naturalidad del que invierte. Lo que llama amor al arte es en realidad una cartera de valores simbólicos bien diversificada.

    Si lo que tiene es una cartera y no una herida, conviene saber dónde se concentra, porque este capital, capital simbólico, capital social, igual que el otro, no se reparte por igual sobre la tierra sino que se acumula en plazas. Hay ciudades que son bolsas de valor simbólico, lugares adonde no se acude tanto a recibir cuanto a cotizar, y en ellas el cultureta abunda con una densidad que en los sitios sin consagrar no alcanza nunca. París está a la cabeza, y no por azar, sino porque allí la distinción cultural llegó a pensarse y a vivirse como en ningún otro lugar, hasta hacerse el modo mismo en que una clase se reconocía a sí misma y se separaba de quien no la poseía. Una ciudad que ha convertido la cultura en su forma de pertenencia segrega culturetas sin proponérselo, por la sola disposición de su aire, y quien se cría en ese aire muchas veces (no siempre, claro) aprende a tratar las obras como credenciales mucho antes de haberse dejado tocar por una sola.

    Viena ocupa el lugar siguiente con un título que es suyo, el de ciudad museo de la música, donde la sala es más templo que en parte alguna y el prestigio del recinto consagrado hace por el que entra el trabajo entero que tendría que hacer el melos, de manera que allí cabe gastar la vida en conciertos sin que un solo acontecimiento haya llegado a ocurrir. Más al sur está el caso de Italia, o más bien de las ciudades que Italia ha vuelto vitrina de su propio pasado, Florencia por encima de todas, adonde llega cada año una multitud que no viene a ser alcanzada por nada sino a comprobar que lo ya valorado por todos sigue mereciendo el viaje, y que regresa habiendo visto mucho sin haber comparecido ante nada de cuanto vio. Y luego está Nueva York, que es la forma más desnuda de todas, porque allí la cultura no disimula que es capital. Se exhibe en galas y se administra como una cartera, y el que la posee ya ni finge que algo lo conmueva, le basta con que cotice.

    Lo que une a todas esas plazas, y la razón de que críen más culturetas que ningún otro sitio, es que en ellas la cultura ha llegado a ser una esfera aparte, un recinto al que se entra y del que se sale, algo que se visita y no algo que sucede, y cuanto más ha amurallado una ciudad ese recinto, más imposible se vuelve dentro la comparecencia, porque la institución se interpone y hace por anticipado el trabajo de valorar, dejando al que llega ya agraciado en la puerta y sin nada que recibir. De ahí la paradoja de que los lugares más ricos en cultura sean los más pobres en acontecimiento, y de que sea más fácil quedar tomado por una obra en una ciudad de la que nadie espera nada, donde el arte llega sin marco y sin prestigio que avale por él, que en la capital donde todo está valorado antes de que uno lo mire. El que oye una música por primera vez en un lugar sin renombre, sin saber siquiera que debería admirarla, está más expuesto a ella que el abonado de la gran sala, y esa exposición, que es lo único que de veras cuenta, suele darse lejos de donde se amontona lo que se llama cultura.

    No tengo nada contra esas ciudades (algunas incluso las amo o he llegado alguna vez a amar), y conviene que lo diga, porque no las miro desde fuera como si yo respirara otro aire. En las mías sucede lo mismo. En España el cultureta prospera con igual holgura, y a veces con más empeño todavía si cabe. Lo que he notado, y lo digo sin pretensión de trazar un mapa, es que la cosa se aligera allí donde no llegó del todo, o llegó tarde y descreída, aquella Ilustración paneuropea que prometió la salvación por la cultura, esa soteriología laica que Bueno reconoció bajo el mito y que reparte agraciados y condenados con la misma mano con que antes los repartía la gracia. Donde esa promesa no se instaló como una fe, y la cultura no llegó a ser la esfera separada por la que un hombre se salva, el arte ha seguido más cerca de lo que sucede que de lo que se acredita. Lo he visto en los rincones de la propia España que quedaron al margen de aquel fervor, donde todavía se canta y se come sin haber convertido nada de eso en cultura con mayúscula. Otro tanto ocurre en buena parte de la Europa del Este, que conoció otros dioses antes que el de la salvación por el arte. América Latina recibió la cultura sin la promesa que en el viejo continente venía pegada a ella, y hasta los Estados Unidos, con ser el mercado más desnudo de todos, nunca hicieron de ella la vía por la que uno se salva. Nada de esto los vuelve más puros, ni quiere decir que allí falten culturetas, que los hay y no son pocos, sino que no son todavía el hombre que la sociedad entera toma por modelo, y mientras no lo sean un mundo cualquiera tendrá allí algo más de sitio para comparecer antes de que alguien lo ponga en su vitrina.

    Y como el cultureta desprecia al que no ha leído, hay una Europa que desprecia al mundo entero por la misma razón y con el mismo gesto. Mira por encima del hombro a los Estados Unidos y a Hispanoamérica y les reprocha no tener "ni cultura ni historia", y al decirlo no advierte que está haciendo a escala de continentes lo que el gourmet hace en su salón, medir al otro por el grosor de su archivo y declararlo menor cuando el archivo es más delgado. Lo que llama historia es su propia historia ascendida a medida de todas. Y la cultura cuya ausencia reprocha es ese mito de salvación por el arte que ella misma fabricó y que cree faltarles a los demás como si les faltara el alma. Pero un continente no tiene más comparecencia por guardar más museos, ni un pueblo está más cerca de lo que la música puede hacerle por haber acumulado más siglos de prestigio, y ese desprecio, igual que el del cultureta, no demuestra hondura sino la necesidad de un inferior ante quien sentirse agraciado. La misma Europa lo hace consigo misma hacia dentro, cuando el norte refinado mira al sur, a esa Europa latina y mediterránea, y le reprocha su falta de aquel pulimento paneuropeo como quien señala una carencia, sin sospechar que esa supuesta falta es a veces el signo de que allí la cultura no se cerró sobre sí misma hasta volverse incapaz de recibir. No digo que en el sur ni en América falten obras grandes ni hombres tomados por ellas, digo lo contrario, que ahí donde la cultura no se volvió religión de salvados sigue siendo posible que una obra alcance a alguien sin pedirle antes credenciales, y que por eso el mapa del prestigio y el de la comparecencia casi nunca coinciden, y allí donde el primero ve un desierto el segundo encuentra a menudo tierra todavía capaz de recibir.

    Conviene ahora volver un poco a las salas de concierto prestigiosas y famosas, porque ahí se ve todo este tinglado mejor que en ninguna parte. El cultureta entra en la gran sala como en el templo que Gustavo Bueno describió, y el aura del recinto hace por él el trabajo que debería hacer la música. Antes de que suene una nota ya está agraciado por estar donde está. El melos es canto que sucede, y no sucede sino en quien se deja atravesar por él mientras dura, pero a este la institución le ha asegurado de antemano que algo importante va a ocurrirle, y con esa garantía en la mano ya no necesita que ocurra. Sale satisfecho de un concierto en el que no le pasó nada, porque lo que buscaba no era que le pasara sino haber estado. El prestigio del lugar ha sustituido al acontecimiento, y donde hay prestigio bastante el acontecimiento sobra. Por eso prefiere siempre la sala consagrada al canto mismo, y antepone el nombre célebre a la obra desconocida que podría desarmarlo, porque lo ya valorado por todos lo dispensa de tener que valorar él solo, expuesto, sin red.

    Y aquí se invierte la jerarquía entera que él da por supuesta. Un hombre que ha leído un solo libro y ha quedado deshecho por él, que lo lleva clavado y vive de otro modo por haberlo leído, ha comparecido de verdad, ha dejado que un mundo entrara en el suyo y lo reordenara. Ese hombre, al que el cultureta desprecia por inculto, sabe del arte algo que el otro ignorará siempre, que es lo que significa ser tomado. El cultureta ha leído mil libros sin que ninguno lo tomara, y de las mil salas que ha cruzado ha salido siempre el mismo. Su cultura es ancha pero no tiene fondo. Y como ha gastado en anchura la capacidad que tenía de hondura, ha vuelto inservible el mismo órgano con que se recibe el reclamo del otro que sufre, porque ese órgano no es la erudición sino la exposición, la carne dispuesta a ser alcanzada y no el saber amontonado, y la suya lleva años blindándose contra todo cuanto prueba. Lo trágico, en el sentido en que llamo trágico a mi humanismo, es que esta condena no le viene de afuera. Se la administra él mismo cada vez que convierte en patrimonio lo que venía a buscarlo.

    Queda fuera de su alcance una pregunta que no llegará a hacerse, la de qué habría sido de él si en lugar de mil libros hubiera dejado que uno solo lo partiera en dos, si en alguna de aquellas salas hubiera renunciado por una hora a saber dónde estaba y se hubiera quedado a merced de lo que sonaba. No la hará, porque hacerla exigiría bajar del sitio desde el que mira a los demás y ponerse él mismo a la intemperie, ahí donde no lo protegen ni la lista de lo leído ni el prestigio del recinto, ahí donde un mundo cualquiera, sin firma reconocible y sin valor de mercado, todavía podría comparecer ante él y pedirle cuentas.

    El cultureta tiene además siempre un museo mental de estilos, y en ese museo lo ha ordenado todo de antemano. Para él la historia y el estilo lo son todo, hasta el punto de que no escucha una obra sino que la sitúa. Cada encuentro con una música o con quien la hace es para él una ocasión de comparar, de colocar lo que tiene delante en la vitrina que le corresponde mientras muestra, al hacerlo, lo bien surtida que está su colección. Enséñale la música de un compositor que no conocía y no te dirá lo que en ella sucede, te dirá a quién se parece y en qué casillero de su memoria entra sin esfuerzo. Ponle delante incluso una pieza que has escrito tú mismo, salida de una comparecencia que no se parece a ninguna otra porque fue tuya y de esa hora, y antes de que el sonido termine ya estará diciéndote que ahí se oye un poco de Ravel y bastante de Bartók, y si quiere ser amable deslizará el nombre de Enescu como quien concede un favor. Cree que te elogia y lo que hace es negar que haya ocurrido nada. Donde sonó un acontecimiento, irreductible por definición a aquello de lo que viene, él solo oye una recombinación de materiales históricos (estilísticos, museísticos) ya catalogados, y al oírla así la mata, porque lo propio del acontecimiento es ser esto y no otra cosa y aparecer una vez, y todo lo que su museo mental demuestra es que para él nada aparece nunca, que todo es derivación de un fondo ya visto.

    Como diría mi amigo Vicente Chuliá, es como ser invitado a comer un puchero y, en lugar de comérselo, sacar un microscopio y ponerse a medir cuánta zanahoria lleva y cuánta patata, en qué proporción entra la carne, de qué huerto salió cada cosa y a qué receta anterior remite el guiso. El puchero estaba para ser comido, para alimentar a quien lo recibe y hacerle un bien en el cuerpo, que es el único sitio donde un alimento de verdad ocurre. Quien lo analiza en vez de comerlo no es más fino que el que lo come, es alguien que ha renunciado a ser alimentado a cambio de tener algo que decir sobre la comida. Y eso es lo que el cultureta hace con cada obra que se le pone delante. La envitrina antes de probarla. Mantiene frente a toda experiencia una distancia retórica, un cristal por el que mira sin que nada lo alcance, y desde detrás de ese cristal lo nombra y lo compara sin descanso, seguro de que comentar con destreza lo que pasa equivale a que algo le pase. No le pasa. El que describe el puchero se queda con hambre, aunque sea un hambre que, ya entumecido, ha aprendido a no sentir.

    No se trata, al final, de un vicio privado que cada cual administre en su biblioteca. Cuando esta manera de tener cultura se vuelve la manera general, y las salas se llenan de agraciados que vienen a confirmarse mientras los libros se leen para poder decir que se han leído, lo que se pierde no es la finura de unos pocos sino la posibilidad misma de que el arte siga haciendo lo que vino a hacer entre los hombres, que es interrumpirlos. Una obra existe, si acaso, también para detener a alguien en seco y ponerlo ante algo que no había previsto, y un mundo donde nadie se deja detener es un mundo donde las obras siguen produciéndose y vendiéndose sin que ninguna ocurra. El cultureta es el ciudadano modelo de ese mundo, el que ha aprendido a pasar junto a todo sin que nada lo interrumpa, y su refinamiento es el nombre amable de esa inmunidad.

    Y la inmunidad no se queda en el arte. El mismo blindaje con que mantiene a raya la sinfonía y el libro es el que lo deja sordo al reclamo del que sufre a su lado, porque no son dos órganos distintos sino uno solo, la carne dispuesta o no dispuesta a ser alcanzada por lo que viene de fuera. Quien se ha entrenado durante años en convertir cada obra en patrimonio ha entrenado también, sin saberlo, el gesto de convertir a cada otro en paisaje. Por eso lo que aquí se ha dicho del gourmet de la cultura no era sólo sobre la cultura. Era sobre la forma de estar en el mundo de quien ha decidido tenerlo todo a la distancia del que mira y nada a la distancia del que comparece. Lo trágico es que esa distancia se puede deshacer en cualquier momento y casi nunca se deshace, porque deshacerla cuesta lo que el cultureta menos quiere pagar, que es bajar de la silla desde la que mira y quedarse a merced de aquello que tenía delante y no miraba.

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