... Obra y ontología de Gonzalo Rodríguez García: una visión (muy) crítica ...







La obra y ontología 

de Gonzalo Rodriguez García: 

una vision (muy) crítica


    Conviene decir desde el principio con qué aliento se escribe esta crítica filosófica, porque no se dirige a un detalle de su obra ni a una tesis aislada que pudiera corregirse sin tocar el resto, sino a los cimientos mismos de una manera de pensar que avanza disfrazada de profundidad y que precisamente por avanzar disfrazada resulta peligrosa. Lo que me preocupa de Gonzalo Rodríguez García no es que se equivoque, porque todos nos equivocamos y el error honesto es fecundo, sino que esté ganando audiencia, nombre y autoridad, que su voz se vuelva cada vez más relevante y más escuchada, y que esa relevancia creciente se ejerza sobre todo allí donde es más fácil hacer daño, sobre los jóvenes españoles que llegan al mundo con hambre de orientación y sin defensas todavía formadas para distinguir la densidad real de su simple apariencia. A un alma joven, desorientada, herida por un mundo que le ha negado relatos y verticalidad, se le ofrece de pronto una arquitectura entera que lo explica todo y le entrega de golpe un enemigo, una genealogía noble y la promesa de pertenencia, de eje y de restauración, y esa oferta, hecha con erudición y con voz solemne, opera sobre la herida joven con la fuerza de una revelación. El problema es que lo que se le entrega no es la verdad sino un simulacro de la verdad, humo con aspecto de oro y consistencia de ceniza, una densidad fabricada que tiene todos los signos exteriores de la profundidad y ninguna de sus consecuencias.

    Y aquí está mi temor más concreto y menos elegante. Un pensamiento así deforma mientras aparenta formar, clausura el alma del joven en el instante mismo en que parece abrírsela, y le enseña a reconocer lo que ya había decidido ver de antemano en lugar de enseñarle a mirar, y por eso resulta abono para el fanatismo acrítico, porque entrega a quien todavía no ha aprendido a dudar una certeza ya montada, un mapa donde el bien y el mal tienen contornos limpios, un mundo partido en guardianes y destructores donde basta colocarse del lado de los guardianes para sentirse salvado sin haber pagado el precio de pensar. Lo que seduce de su discurso no es la verdad de sus respuestas sino la comodidad de no tener que seguir preguntando, y esa comodidad es exactamente lo contrario de una formación del alma. El vendedor de humo no es peligroso porque mienta de forma grosera, sino porque envuelve algo real, el hambre de sentido, dentro de algo falso, la promesa de que ese sentido puede poseerse de una vez y para siempre adhiriéndose a una Tradición convertida en bandera. Por eso esta crítica filosófica no quiere ser una objeción más entre las muchas que caben, sino un intento de desmontar entera la maquinaria, de mostrar por qué su fuerza es precisamente el lugar de su engaño, y de hacerlo en el único plano donde puede tocarse de verdad, que no es el político ni el histórico ni el biográfico sino el ontológico. No me interesa ganarle una discusión. Me interesa que quienes podrían entregarle su juventud no confundan una armadura con una llama, porque una armadura no calienta a nadie, solo impide sentir el frío que todavía podría empujar a buscar el fuego verdadero.

    Hay, pues, pensadores cuya importancia no reside tanto en las respuestas que ofrecen como en el tipo de hambre que logran despertar, y Gonzalo Rodríguez García pertenece a esa estirpe. Su éxito no puede explicarse únicamente por la erudición histórica, por la habilidad divulgativa o por la oportunidad de su discurso, porque hay algo más profundo trabajando debajo de todo eso. Ha sabido percibir una carencia que atraviesa el alma contemporánea y que la mayoría de los análisis filosóficos, políticos, antropológicos, económicos o sociológicos ni siquiera alcanzan a nombrar. Ha comprendido que una civilización puede conservar riqueza, tecnología, información y poder mientras pierde al mismo tiempo aquello que permitía orientarse entre todas esas cosas, y ha comprendido que el hombre no vive solamente de procedimientos, de bienestar y de administración, sino que necesita símbolos y relatos, necesita formas de verticalidad, necesita una gramática capaz de distinguir lo alto de lo bajo, lo noble de lo trivial, lo esencial de lo accesorio. Frente a una época que reduce el mito a ficción, la religión a superstición, la tradición a atraso y la heroicidad a patología autoritaria, ha devuelto dignidad filosófica a zonas enteras de la experiencia humana que habían sido expulsadas del discurso respetable, recordando que el mito es una forma de conocimiento figurativo y no una mentira arcaica, que el héroe es también una imagen de la lucha interior y no un mero guerrero violento, y que el nihilismo no consiste solamente en no creer en nada sino en haber perdido los ejes simbólicos que permitían jerarquizar, sacrificar, prometer, sufrir y madurar. Esa es la fuerza de su obra, y precisamente porque esa fuerza es real merece una crítica filosófica muy seria, porque las ideas verdaderamente peligrosas no son las absurdas, sino las que contienen fulcros importantes de verdad. La cuestión nunca consiste, por tanto, en negar aquello que esos pensadores ven. Consiste en examinar aquello que dejan de ver precisamente porque han visto algo con demasiada intensidad. Y mi sospecha, que recorrerá entera esta crítica, no es que Gonzalo sea insuficientemente tradicional, sino que la forma misma en que concibe la Tradición conserva presupuestos profundamente modernos, en contra de lo que seguramente él pueda pensar sobre su propia posición. 

    Lo primero que llama la atención es que toda su construcción intelectual gira alrededor de una oposición fundamental y maniquea entre lo que él llama la Tradición y la Modernidad, entre la verticalidad y la disolución, entre el mito y el nihilismo, entre el héroe y el consumidor. La claridad de ese esquema constituye su eficacia pedagógica, pero constituye también su principal fragilidad filosófica, porque la historia rara vez se deja dividir con tanta limpieza. Cuando una categoría termina explicándolo todo empieza lentamente a dejar de explicar nada, y la Tradición aparece entonces como origen de toda plenitud mientras la Modernidad se convierte en matriz de toda decadencia. La realidad se simplifica, las zonas grises desaparecen, las contradicciones se reducen, y el mundo queda ordenado alrededor de una dramaturgia grandiosa y seductora donde el enemigo adquiere contornos cada vez más homogéneos. La frase que ha pronunciado en alguna entrevista, según la cual el mundo moderno ya solo le interesa para destruirlo, posee una evidente fuerza retórica y una coherencia con su visión combativa, pero filosóficamente es peligrosa, pero peligrosa no por las razones que el propio Gonzalo cree, sino porque convierte la modernidad en una suerte de dragón unitario contra el que se ordena toda la dramaturgia del pensamiento.

    La modernidad, sin embargo, no es solamente aquello que Gonzalo denuncia. Es también la conciencia histórica que permite estudiar críticamente el pasado, es la novela y es Dostoievski, es la fenomenología y la autocrítica, es la abolición de muchas crueldades heredadas y la aparición de nuevas formas de compasión, es Simone Weil y es la exploración de regiones de la subjetividad que las sociedades tradicionales apenas sospecharon, y es incluso - esto es muy importante - gran parte de las mismas herramientas intelectuales que le permiten a él formular su propia crítica de la modernidad. Negar esto no es fortaleza ontológica, es simplemente ceguera. La modernidad produjo también la lectura histórica de Bach, produjo a Hölderlin, produjo la emancipación frente a órdenes opresivos y una densidad de la intimidad que ninguna sociedad anterior supo reconocer, y por eso reducirla a desarraigo, técnica y nihilismo equivale a combatir una caricatura en lugar de un mundo real.

    Aquí emerge una paradoja inquietante, porque el tradicionalismo contemporáneo parece combatir la modernidad y sin embargo conserva muchas veces su estructura profunda, cambiando los contenidos y conservando la forma. La nostalgia de una totalidad perdida es moderna, la obsesión por el origen es moderna, la búsqueda de autenticidad es moderna, la fascinación por la decadencia es moderna, y el héroe que se enfrenta a su época es una figura moderna. Incluso la propia categoría de Tradición, entendida como idea filosófica autónoma, resulta profundamente moderna, porque las sociedades tradicionales no hablaban continuamente de la Tradición sino que vivían dentro de ella, rezaban, construían, enterraban a sus muertos, educaban a sus hijos, y no necesitaban convertir la tradición en objeto de contemplación porque la habitaban. La Tradición como problema aparece precisamente cuando la tradición ha dejado de ser evidencia, de modo que cuanto más se habla de ella más probable es que ya no se viva dentro de ella. Este es quizá el punto más delicado de todo el edificio intelectual de Gonzalo, porque su pensamiento se presenta como una crítica de la modernidad pero podría interpretarse al mismo tiempo como uno de los últimos productos de la modernidad, no como negación de ella sino como reacción interna a sus propias consecuencias. Toda gran filosofía corre el riesgo de convertirse en una autobiografía, disfrazada de metafísica, no porque sea falsa, sino porque expresa una verdad real sobre quien la piensa, y la cuestión consiste en determinar qué verdad expresa. Mi sospecha es que el verdadero enemigo de Gonzalo no es la modernidad sino la contingencia, el hecho de que las cosas puedan ser de otro modo, de que el sentido no aparezca garantizado, de que la historia no conduzca necesariamente hacia ninguna reconciliación, de que la verdad comparezca sin previo aviso y desaparezca sin permiso. La Tradición ofrece una respuesta poderosa a ese vértigo, ofrece continuidad y genealogía y orientación, ofrece una gramática. Pero ojo, una gramática no es todavía una voz.

    Mi sospecha se vuelve más profunda cuando uno examina la función que la Tradición desempeña dentro de la obra de Gonzalo. Inicialmente aparece como una fuente de orientación, algo perfectamente legítimo, pero poco a poco se transforma en una categoría explicativa universal, después adquiere rasgos casi metafísicos, y finalmente corre el riesgo de ocupar el lugar que antes correspondía a la verdad misma. Y aquí comienza una dificultad que afecta al corazón de todo su proyecto, porque la Tradición puede custodiar la verdad sin ser la verdad, puede transmitir una revelación sin ser la revelación, puede conducir hacia algo sin ser aquello hacia lo que conduce. Cuando una tradición comienza a funcionar como fundamento último aparece una forma extremadamente refinada, sofisticada, de idolatría, en la que ya no se adora una imagen sino un principio histórico convertido en absoluto. Por eso la pregunta más incómoda no es si Gonzalo defiende la Tradición, sino si en algunos momentos parece confiar más en la Tradición que en aquello para lo cual la Tradición existe. La verdad no comparece porque algo sea tradicional, ya que algo puede ser tradicional y ser falso, y algo puede ser moderno y contener verdad. Muchos lectores creen que Gonzalo está defendiendo a Dios, y yo no estoy seguro, porque a veces parece defender algo distinto, la Tradición misma, y no son lo mismo. Dios puede irrumpir contra la tradición, los profetas bíblicos lo hicieron constantemente, Cristo mismo lo hizo, y la Tradición que puede custodiar la revelación puede también resistirse a ella. En el momento en que la Tradición deja de ser vehículo y se convierte en fundamento último, la verdad queda desplazada hacia una entidad histórica y metafísica que termina funcionando como un inmenso sistema inmunológico contra la aparición.

    Esta tensión se vuelve especialmente aguda en su relación con el cristianismo. El perennialismo necesita encontrar una unidad superior entre las distintas tradiciones espirituales, y para hacerlo debe reinterpretar parcialmente el cristianismo, volviéndolo más universal, más metafísico, más simbólico, más compatible con otros lenguajes sapienciales, leyendo las formas como dialectos diversos de una misma Sophia Perennis y las rupturas modernas como desviaciones respecto de un centro perdido. Pero el cristianismo histórico introduce una dificultad enorme que se llama Encarnación, y no un símbolo de la encarnación ni una manifestación local de una verdad eterna ni un arquetipo, sino una existencia concreta, un cuerpo concreto, una muerte concreta, una biografía concreta. El cristianismo introduce una singularidad que rompe las arquitecturas demasiado perfectas, porque obliga a pensar que la verdad puede aparecer en un acontecimiento irrepetible, que lo absoluto comparece en una vulnerabilidad concreta, que Dios puede manifestarse bajo formas que ningún sistema había previsto. Toda filosofía de la Tradición tiene dificultades con la singularidad radical, porque la singularidad rompe los sistemas, introduce ruido en las arquitecturas perfectas y no se deja deducir, y por eso el pesebre de Belén resulta más difícil de integrar que cualquier Grial, y la Cruz es más escandalosa que cualquier héroe solar. La Cruz no es solo un símbolo axial, es un escándalo ontológico, y Cristo no es simplemente el héroe que vence al dragón, es también el inocente derrotado, abandonado, humillado, expuesto, asesinado fuera de la ciudad. Reducir el cristianismo a una forma de Tradición primordial neutraliza precisamente lo más insoportable de su mensaje, que Dios no aparece primariamente como poder ordenador sino como amor crucificado. Por eso la crítica más profunda que puede dirigirse al perennialismo no consiste en acusarlo de falso, sino en preguntarle si puede asumir plenamente el escándalo de la Encarnación sin neutralizarlo mediante categorías metafísicas más amplias. Para mantener la unidad perennialista hay que hacer el cristianismo menos cristiano, más metafísico, menos histórico, menos encarnacional, menos escandaloso, y entonces Belén comienza a desdibujarse y el pesebre cuesta más trabajo pensarlo que la espada.

    La cuestión no es secundaria, porque afecta también a la antropología. El universo simbólico de Gonzalo está poblado de guerreros, lobos, dragones, reyes, héroes, iniciados y combatientes espirituales, figuras legítimas e incluso necesarias en ciertos momentos históricos de debilitamiento psíquico, de infantilización y de disolución del carácter. Pero algo falta en ese universo, y lo que falta es decisivo. No aparecen el niño ni el enfermo, no aparecen el anciano ni la madre ni el mendigo, apenas aparecen el músico y el derrotado, falta toda esa dimensión de la existencia donde la verdad se muestra precisamente cuando ya no queda nada que conquistar. 

    La vida humana madura muchas veces lejos de la épica, madura cuidando a un padre moribundo, esperando, escuchando, perdiendo, acompañando a alguien que ya no puede devolvernos nada, y existe por tanto una sabiduría de la fortaleza junto a otra sabiduría de la vulnerabilidad, esta última apenas presente en el imaginario tradicionalista contemporáneo. Por eso su pensamiento corre el riesgo de deslizarse hacia una estética de la dureza que no es necesariamente política sino ontológica, en la que la profundidad comienza a asociarse con el combate, la verdad con la resistencia, la nobleza con la fuerza, y la herida queda subordinada a la espada. 

    Sin embargo la vulnerabilidad no es un accidente que deba ser superado, es constitutiva, y un ser humano completamente invulnerable dejaría de ser humano, de modo que la santidad cristiana no consiste en blindarse sino en exponerse. Cuando Gonzalo presenta la Tradición como una vía hacia una cierta invulnerabilidad interior, hacia el descondicionamiento, el despertar y la liberación del eje vertical, aparece una tonalidad muy cercana a ciertas formas de gnosis aristocrática, y el problema es que el cristianismo no comienza con la invulnerabilidad sino con la dependencia, con el niño, con el pobre, con el enfermo, con el crucificado. La retórica del guerrero tiene además una ambivalencia psicológica difícil de ignorar, porque puede despertar disciplina, nobleza y resistencia, pero también puede atraer a quienes buscan una identidad fuerte porque no soportan su propia fragilidad, de manera que cura la debilidad y al mismo tiempo la teatraliza, forma el carácter y al mismo tiempo produce una compensación imaginaria. La pregunta decisiva no es si uno habla de héroes, lobos o espadas, sino desde qué lugar psíquico habla de ellos, desde una fuerza integrada o desde una fragilidad no reconciliada consigo misma. 

    Y aquí se abre una crítica todavía más sutil, porque el mito puede revelar pero también puede anestesiar, puede abrir el alma hacia dimensiones profundas y puede ofrecer una identidad demasiado satisfactoria, una armadura contra la herida real. Cuando el símbolo se convierte en armadura deja de ser revelación, ya no hiere sino que protege, ya no desinstala sino que confirma, ya no llama a la conversión sino que construye pertenencia, y entonces el símbolo que debía abrirnos al misterio termina funcionando como marca de identidad. La antropología que predomina es además simbólicamente masculina, no en sentido ideológico sino en su gramática, dominada por el combate, la espada, la conquista y la disciplina, con escaso lugar para la maternidad, la acogida, el cuidado y la receptividad, de modo que hay San Jorge pero apenas hay Getsemaní, hay el lobo pero apenas el cordero, hay la espada pero apenas el costado abierto.

    Aquí aparece otro síntoma revelador, y es la cuestión estética, que en apariencia parece anecdótica y resulta en realidad devastadora, porque obliga a preguntarse por la coherencia entre ontología y sensibilidad. La pregunta que conviene dirigirle no tiene nada que ver con purismos culturales, tiene que ver con genealogías simbólicas, y consiste en cómo puede una reivindicación tan intensa de la tradición hispánica, como la que dice hacer Gonzalo, expresarse mediante una sensibilidad nacida dentro de la modernidad anglosajona. El heavy metal no es solamente un género musical extranjero, es una antropología, una forma de experimentar el yo, la fuerza, la rebeldía, la masculinidad, la épica y la identidad, y su genealogía es profundamente moderna incluso cuando combate la modernidad. Combatir la modernidad mediante una sensibilidad producida por la propia modernidad es una contradicción performativa como una catedral, contradicción que no se resuelve con buenas intenciones, y la pregunta permanece suspendida como una sombra sobre todo el edificio tradicionalista. La sospecha, cuanto más la pienso, es que el heavy metal no sea una contradicción accidental dentro de su sistema sino precisamente el síntoma que revela la verdadera naturaleza de su sistema, no una incoherencia sino una confesión, y una confesión involuntaria, y precisamente por eso tan interesante.

    La tradición hispánica histórica no se imaginó a sí misma mediante la estética del guerrero solitario, sino mediante el caballero, sí, pero también el peregrino, el monje, el penitente, el santo, el hidalgo pobre, el místico, el loco de Dios, el pícaro, el enamorado y el pastor. España produjo a San Juan de la Cruz y a Santa Teresa de Jesús, produjo a Cervantes y a Quevedo, y no produjo a Conan ni al bárbaro nietzscheano ni al héroe que se enfrenta al mundo desde su singularidad absoluta, porque eso viene de otro lugar. El heavy metal nace después de la muerte de Dios, y esto es decisivo, no antes sino después, es una música de una civilización que ya no cree, y por eso necesita volumen, intensidad, exceso, épica y mitología, porque necesita reconstruir simbólicamente algo que ya no está dado. La catedral no necesita heavy metal, la Cristiandad medieval no lo necesita, el monasterio no lo necesita, porque todavía viven dentro del símbolo, y el heavy metal aparece justamente cuando el símbolo ha desaparecido y debe ser reconstruido estéticamente. 

    De ahí la crítica verdaderamente incómoda, porque Gonzalo cree que utiliza el heavy metal para defender la Tradición pero quizá lo utiliza de hecho porque ya no vive dentro de la Tradición. El heavy metal es en muchos sentidos una nostalgia de lo sagrado producida por una civilización que ya no posee lo sagrado, una reconstrucción imaginaria de la épica, una épica para una época post-épica. Y aquí aparece algo todavía más perturbador, porque quizá Gonzalo no sea en el fondo un hombre de la Tradición sino alguien que no busca habitar el orden sino recuperar un orden perdido, lo cual no es lo mismo. El tradicional de verdad vive dentro de la casa, el otro contempla las ruinas de la casa y las ama precisamente porque son ruinas. Cuando uno mira los lobos, las espadas, los dragones, el heavy metal, los guerreros espirituales y el retorno del héroe, no ve la Cristiandad histórica sino el imaginario europeo de los siglos diecinueve y veinte, ve a Richard Wagner más que a Teresa de Ávila, a Friedrich Nietzsche más que a San Juan de la Cruz, a Julius Evola más que a Santo Tomás

    Y ahí llegamos al punto que probablemente más dolería, porque no cuestiona su erudición ni su honestidad ni su amor por España ni su crítica del nihilismo, sino algo más profundo, a saber, que la emoción fundamental que mueve su sistema quizá no sea la Tradición sino la nostalgia, y la nostalgia es una emoción profundamente moderna. La Tradición histórica no añora un centro perdido sino que habita un centro presente, y solo quien ya ha perdido el centro desarrolla una metafísica del centro perdido. Por eso la pregunta más difícil que podría dirigírsele no sería por qué escucha heavy metal, sino si ese heavy metal no será la prueba de que su alma no habita realmente la Tradición que describe, sino que intenta reconstruirla imaginariamente desde la conciencia moderna de su pérdida, y entonces el heavy metal dejaría de ser un detalle estético para convertirse en el síntoma más revelador de toda su construcción intelectual.

    Conviene situar esta sospecha dentro de una constelación más amplia, la de quienes mantienen con el cristianismo una relación cultural antes que existencial. Existe en efecto una estirpe de ateos cristianos o católicos culturales que ilumina por contraste el caso de Gonzalo. Gustavo Bueno fue un ateo ontológico y a la vez un católico histórico e institucional, que no creía en Dios pero consideraba el catolicismo una estructura civilizatoria decisiva. George Steiner, sin ser exactamente católico cultural, fue un pensador postreligioso obsesionado por la presencia real, la trascendencia, la herencia bíblica y la pérdida de Dios. Leszek Kołakowski, exmarxista y crítico del racionalismo moderno, defendió la necesidad cultural del cristianismo sin reducirse a creyente ortodoxo. Roger Scruton fue un anglicano cultural y un metafísico del rito, de la pertenencia y de la belleza, que defendía la religión como gramática simbólica de la comunidad. Marcello Pera, liberal conservador, se acercó a la idea de los cristianos no creyentes que defienden el cristianismo como fundamento civilizatorio europeo sin fe viva. Y Benedetto Croce formuló el caso clásico al afirmar que no podemos no llamarnos cristianos, entendiendo el cristianismo como revolución moral e histórica de Europa incluso sin dogma sobrenatural. Esta constelación importa porque revela una posibilidad que Gonzalo no termina de despejar, la de defender la estructura visible del cristianismo más que su experiencia, la Iglesia más que Dios, la Cristiandad más que la oración. Y aquí aparece una observación que invierte la tesis tradicionalista habitual. La tesis habitual sostiene que el exceso de subjetividad moderna produce secularización, pero cabe sospechar lo contrario, que los excesos catafáticos del catolicismo, su hipertrofia de lo visible, de la estructura, del aparato, de la doctrina y de la organización, pueden desembocar también precisamente en el ateísmo, porque cuando Dios queda reducido a administración acaba desapareciendo y permanece la estructura mientras se evapora la experiencia. Muchos tradicionalistas hablan continuamente de Iglesia, Imperio, Cristiandad, Derecho, institución y jerarquía, y cada vez menos de contemplación, silencio, santidad, oración y misterio, de modo que hablan de la Iglesia más que de Dios, y esa hipertrofia de lo catafático es uno de los síntomas más serios del proyecto.

    Antes de avanzar conviene desactivar un mecanismo lógico que sostiene buena parte de este pensamiento, el de la falacia reactiva. La crítica de la modernidad no autoriza automáticamente la verdad de la tradición, porque que algo sea falso no demuestra que su contrario sea verdadero, y que la modernidad sea nihilista en muchos aspectos no implica que toda forma tradicional sea ontológicamente superior. Si el mundo moderno es horizontal se concluye que la verdad sería vertical, si el mundo moderno es blando se concluye que la verdad sería dura, si el mundo moderno es líquido se concluye que la verdad sería sólida, pero la verdad no se obtiene invirtiendo los errores del enemigo, y a veces la inversión conserva la misma estructura simplificadora que pretendía superar. Dicho de otro modo, el antimoderno puede seguir siendo moderno por reacción, puede seguir dependiendo de la modernidad como enemigo constitutivo, puede organizar su identidad entera contra aquello que combate, y en ese caso la Tradición deja de ser una realidad viva para convertirse en una contrafigura de la modernidad, ya no tradición sino antimodernidad, tan moderna como aquello que detesta porque permanece atrapada en el mismo campo polémico. El propio gesto de definir la realidad mediante un gran conflicto entre dos bloques históricos es un gesto heredado del pensamiento moderno, y por eso la sospecha más radical es que la Tradición que Gonzalo busca restaurar sea una forma particularmente sofisticada de nostalgia metafísica, no una descripción del ser sino una respuesta humana, profundamente noble y comprensible y hasta bella, al dolor de vivir en un mundo sin garantías. Esa es la única crítica que realmente amenaza el fundamento de su edificio, porque no refuta sus datos ni destruye su erudición ni invalida sus símbolos, sino que introduce una sospecha mucho más honda, la de que la Tradición no sea la respuesta a la herida sino una de las formas más elevadas, más bellas y más humanas de intentar protegerse de ella.

    Desde el punto de vista ontológico el problema decisivo no es modernidad contra tradición, sino, si acaso, presencia contra abstracción, y la abstracción adopta muchas formas, no solo la burocrática, la tecnológica o la económica, sino también la tradicionalista. La pureza puede ser una abstracción, el linaje puede ser una abstracción, la restauración puede ser una abstracción, el arquetipo puede ser una abstracción, y una abstracción no deja de serlo porque emplee vocabulario sagrado. La realidad humana comparece siempre antes que todas esas categorías, comparece en un cuerpo, en una voz, en una pérdida, en una decisión, en una respiración, en una melodía que aparece sin haber sido prevista, en un niño que nace, en un amor que transforma la percepción del tiempo, en una muerte que reorganiza retrospectivamente una vida entera. Ninguna madre experimenta el nacimiento de un hijo como participación consciente en una Tradición primordial, ningún amante ama porque esté aplicando principios metafísicos, ningún músico encuentra una frase verdadera porque recuerde un arquetipo, porque lo primero es siempre el acontecimiento y después llegan las interpretaciones. La filosofía de Gonzalo parece invertir ese orden, ya que en ella el acontecimiento adquiere significado porque participa de una estructura previa, mientras que mi intuición es exactamente la contraria, que las estructuras adquieren significado porque fueron alguna vez acontecimientos vivos. La diferencia parece pequeña y no lo es, porque en un caso la verdad reside en la Tradición y en el otro la Tradición conserva apenas las huellas de una verdad que nunca queda agotada por ella. La Tradición no es una garantía ontológica sino una posibilidad dramática, que puede custodiar el sentido y también fosilizarlo, que puede transmitir el fuego y también administrar cenizas.

    La cuestión se vuelve especialmente visible, de nuevo, insisto, cuando se aborda el cristianismo desde la categoría de orden, palabra que reaparece sin descanso en este discurso. La verdad, sin embargo, no siempre aparece ordenadamente, porque los profetas son desordenados, los santos suelen ser desordenados, la inspiración artística suele ser desordenada, y el cristianismo mismo es en buena parte una interrupción de muchas sabidurías tradicionales, ya que los profetas bíblicos irrumpieron contra la tradición y Cristo mismo lo hizo. Toda aparición verdadera rompe algo, toda revelación hiere, toda encarnación altera el esquema previo, y cuando un sistema simbólico se vuelve demasiado perfecto, demasiado coherente y demasiado total, termina teniendo una enorme dificultad para reconocer precisamente aquello que originalmente había venido a custodiar, la irrupción imprevisible de la verdad. Conviene desconfiar además de la precisión cuando se convierte en máscara, porque la exactitud puede serlo tanto en música como en política, y la realidad aparece donde hay fuerza, cuerpo, riesgo y necesidad, no donde hay etiquetas impecables. La perfección técnica, cuando no está sostenida por necesidad interior, pierde sentido, y la technē sin necesidad interior es abstracción, de manera que la coherencia simbólica y la arquitectura totalizante pueden funcionar como una coartada frente a la aparición. La verdad no consiste en reconocer arquetipos previamente conocidos, consiste en comparecer ante algo que nos transforma, y esa comparecencia suele ser sorprendente, desordenada, inesperada y marginal.

    La cultura europea no es un bloque homogéneo ni una línea pura de verticalidad, sino un campo conflictivo donde conviven el paganismo y el cristianismo, la filosofía griega y el derecho romano, el monacato y la escolástica, la mística y la épica, la cortesía y la violencia, la imperialidad y la caridad, la ciencia y la herejía, la reforma y el barroco, la ilustración y el romanticismo, el nacionalismo y el socialismo, el liberalismo y el fascismo, la democracia, la técnica y el mercado. Esas tensiones no son defectos secundarios sino constitutivas, porque Europa no es solo fidelidad a una Tradición sino disputa permanente entre Jerusalén, Atenas y Roma, entre profecía y filosofía, entre imperio e Iglesia, entre monje y caballero, entre ciudad y desierto, entre razón y revelación, entre caridad y poder. Si eliminamos esa conflictividad perdemos precisamente la riqueza trágica de Europa, y hablar de la Tradición en singular puede iluminar ciertos ejes pero también borrar las tensiones internas, porque la historia intelectual muestra repetidamente que las tensiones fundamentales rara vez desaparecen mediante síntesis completas. La unidad sapiencial y monista que integraría armónicamente todas las dimensiones de la experiencia es una tentación gnoseológica que la historia no confirma.

    Conviene reunir ahora, sin disolverlos en consignas, los peligros internos que acechan a una ontología tradicionalista de la restauración como es la de Gonzalo, porque la crítica más seria no consiste en acusarla de reaccionaria, anticuada o idealista, objeciones todas ellas superficiales, sino en mostrar cómo una filosofía que nace para combatir la reducción moderna termina produciendo una reducción distinta, una reducción simbólica, tradicionalista o metafísica que no adopta la forma del cientificismo que hoy anega todo, pero que opera, de hecho, casi con la misma estrechez. 

    El primero de esos peligros es, de nuevo, insisto, la transformación de la idea de Tradición en categoría absoluta, unívoca, cuando lo que era fuente de orientación se vuelve principio explicativo universal y deja de ser realidad histórica concreta para funcionar como sustancia metafísica de la que procede todo bien y en cuya pérdida consiste todo mal. El segundo es la idealización retrospectiva del pasado, no porque el pasado carezca de grandeza sino porque toda memoria selectiva olvida sus zonas oscuras, y las sociedades tradicionales produjeron catedrales, epopeyas y santos pero también crueldades, supersticiones, servidumbres, fanatismos y jerarquías abusivas. El tercero es la sustitución de la realidad por el arquetipo, cuando el héroe, el rey, el sacerdote, el iniciado y el caballero adquieren tanto protagonismo que el individuo concreto comienza a desaparecer y los hombres reales dejan de ser personas para convertirse en encarnaciones más o menos exitosas de modelos ideales. A ellos se añade la infravaloración de la fragilidad, porque una antropología que concentra la atención en la fortaleza, la disciplina y el honor sin conceder un lugar igualmente central a la herida, la dependencia, la enfermedad y la pérdida, deforma la comprensión de lo humano y desemboca en esa estética de la dureza donde el sufrimiento se valora porque fortalece, la prueba porque selecciona y la lucha porque ennoblece, hasta volver difícil reconocer formas de profundidad que no adopten la apariencia del combate.

    Hay además una hipertrofia de la identidad, paradójica en una filosofía que pretende superar el individualismo moderno y que sin embargo genera identidades colectivas extremadamente rígidas, de modo que Tradición, civilización, pueblo, herencia, linaje, Europa, Cristiandad e Imperio se transforman en nuevas formas de autoafirmación que en lugar de liberar al individuo del ego simplemente desplazan el ego hacia escalas mayores. Existe asimismo una deriva estética por la cual el símbolo deja de ser revelación para convertirse en decoración metafísica, y los lobos, las espadas, los dragones, los robles, las montañas y los templos, cuando dejan de remitir a una experiencia real, se convierten en un repertorio identitario que se vacía desde dentro. 

    En el plano psicológico aparece la compensación imaginaria, porque las épocas de incertidumbre producen individuos que anhelan orientación y el pensamiento tradicionalista puede ofrecer una estructura capaz de responder a esa necesidad, atrayendo también a quienes buscan refugio frente a la complejidad de la existencia, con el riesgo de que la Tradición funcione como sustituto de la maduración interior. A ello se enlaza la nostalgia convertida en ontología implícita, porque la nostalgia no siempre es falsa y a veces reacciona ante pérdidas reales, pero cuando se vuelve criterio del ser nos lleva a pensar la existencia desde la ausencia en lugar de la presencia, situando la plenitud siempre detrás de nosotros y otorgando al pasado una densidad que el presente nunca puede alcanzar. De ahí una dificultad política, porque cuando la restauración se convierte en horizonte dominante la energía cultural se dirige más a recuperar formas desaparecidas que a discernir posibilidades nuevas, y la tradición deja de ser fuente creadora para convertirse en programa de reconstrucción y la vida común en nostalgia organizada, sin advertir que ningún pasado puede regresar sin convertirse en representación de sí mismo.

    A todo esto se suma la reducción del cristianismo a una metafísica de la verticalidad, que conserva la liturgia, la autoridad, la continuidad y el sacramento pero neutraliza la ruptura radical del Dios humillado, derrotado y crucificado, y con ella la insuficiente espiritualización del amor, porque la nobleza, el honor y la fidelidad ocupan un lugar central mientras la gratuidad, la compasión y la acogida de la debilidad quedan en penumbra, de modo que una filosofía excesivamente heroica comprende el honor mejor que la misericordia. Hay además un peligro gnoseológico, el de creer que existe una unidad sapiencial capaz de integrar sin resto todas las dimensiones de la experiencia, y un peligro de dualismo cultural maniqueo por el cual el mundo se divide entre fuerzas de arraigo y fuerzas de disolución, entre guardianes y destructores, simplificación que da claridad narrativa y empobrece la realidad, ya que los mismos individuos contienen simultáneamente impulsos de conservación y de transformación. La comunidad misma se idealiza cuando se celebra únicamente la pertenencia y se olvida que las comunidades tradicionales generaron vínculos profundos pero también exclusiones profundas y sufrimientos de quienes quedaron fuera, y en el plano existencial se cuela la tentación más sutil, la de sustituir la búsqueda de la verdad por la búsqueda de pertenencia, de manera que cuando la adhesión se convierte en criterio último la verdad deja de ser una aventura abierta para convertirse en confirmación de una identidad adquirida. 

    De ahí brota un aristocratismo espiritual, no necesariamente social sino interior, que asocia la profundidad a determinadas formas culturales y simbólicas y termina incapaz de reconocer la santidad, la belleza o la verdad cuando aparecen bajo formas humildes, vulgares o inesperadas. Y de ahí, por fin, el peligro que los resume a todos, el de privilegiar la continuidad sobre la irrupción del acontecimiento y sospechar de cuanto comparece fuera de los marcos heredados, cuando la historia religiosa, artística y filosófica muestra una y otra vez que las irrupciones decisivas suelen producirse precisamente en los márgenes. 

    El peligro último es que la Tradición deje de ser un camino hacia la realidad y se convierta en un sustituto de la realidad, momento en el cual la filosofía deja de habitar el misterio para administrar símbolos, ya no escucha ni espera ni se deja sorprender, simplemente reconoce aquello que ya conocía. Una ontología tradicionalista es, pues, valiosa cuando protege el acceso a dimensiones olvidadas de la existencia, pero se vuelve problemática cuando la Tradición ocupa el lugar que debería corresponder a la verdad misma, porque la verdad puede servirse de la Tradición pero nunca queda agotada por ella, puede habitar el templo y también comparecer fuera de él, y quizá la mayor prueba de una tradición viva consista precisamente en conservar la capacidad de reconocer esa comparecencia inesperada.

    La diferencia fundamental, la que separa dos maneras de habitar el mundo, no es tradición contra modernidad ni derecha contra izquierda ni catolicismo contra secularismo, sino algo más hondo. Un pensamiento piensa fundamentalmente desde la categoría de Tradición, y otro (con el que yo me alineo aquí) piensa fundamentalmente desde la categoría de Encarnación. Para el primero el problema central es cómo volver al eje, y para el segundo el problema central es cómo comparece la verdad en una existencia concreta. Una ontología de la Tradición se ordena hacia la continuidad y hacia la custodia, mientras que una ontología de la Encarnación admite la irrupción, acepta ser herida, y en lugar de limitarse a transmitir un depósito comparece cada vez en un cuerpo, en una voz, en una respiración, en una pérdida, incluso fuera de las estructuras que pretenden custodiarla. No se trata de negar el valor del héroe, se trata de impedir que el héroe devore al santo, al niño, al músico, al amante y al pobre de espíritu, porque hay una heroicidad verdadera cuya forma más alta quizá no sea la conquista sino la fidelidad, no la victoria sino la permanencia, no la destrucción del mundo moderno sino la custodia de una llama en medio de un mundo que no puede ser simplemente destruido, porque también está habitado por personas, dolores, vínculos, descubrimientos y bienes reales.

    La plenitud, en este imaginario, parece situarse siempre detrás, en la Edad de Oro, en el Reino, en el Centro perdido, pero quizá la verdad comparezca delante y no detrás. Quizá el centro nunca estuvo plenamente disponible, quizá la verdad siempre compareció parcialmente, quizá toda tradición conserva tanto una presencia como una ausencia, quizá ninguna civilización ha habitado jamás una totalidad reconciliada, y quizá el paraíso perdido sea una construcción retrospectiva de la memoria. La grandeza de una cultura no consiste entonces en haber poseído la verdad sino en haber sabido escuchar su retirada, y la verdadera cuestión no es si debemos regresar a la Tradición sino si somos capaces de reconocer la verdad cuando comparece fuera de los lugares donde la Tradición esperaba encontrarla. El progreso no es aceleración ni transgresión infinita, a veces es volver a la gravedad, a la consonancia, a lo evidente cargado, pero otras veces es aprender a habitar la herida cuando ya no se puede volver del todo, porque no creo que el sentido esté intacto detrás de nosotros esperando ser recuperado, sino que el sentido comparece de modo discontinuo, frágil, encarnado, siempre amenazado, siempre parcialmente perdido. La tradición puede ayudarnos a reconocerlo pero no puede poseerlo, puede prepararnos pero no puede garantizarlo, puede transmitirnos palabras, gestos, cantos y formas, pero no puede sustituir el temblor de la aparición. No basta con que algo haya sido transmitido, tiene que arder de nuevo, tiene que encarnarse, tiene que atravesar un cuerpo y una respiración, porque una partitura tradicional no garantiza una interpretación verdadera, un estilo antiguo no garantiza presencia, un rito heredado no garantiza acontecimiento, y la tradición solo existe cuando vuelve a sonar en un cuerpo vivo, igual que la música solo existe cuando comparece.

    El pensamiento que escucha entre las ruinas del templo no busca la restauración plena, busca si todavía resuena una voz, y esa voz, cuando resuena, suele provenir de donde no se la esperaba, de la herida, del pesebre, del fracaso, de la música que nace en un cuerpo quebrado. La música, de hecho, revela la estructura temporal de la existencia porque no es objeto sino acontecimiento vivido y encarnado, la obra no es una cosa sino una activación, y la vida, como la música, solo tiene sentido cuando se toca y no cuando se teoriza sobre ella desde una tribuna segura. El riesgo es condición de creación auténtica, la fragilidad es un componente ontológico real, el sufrimiento no debe idealizarse pero tampoco negarse, la esperanza surge dentro de la finitud, la existencia humana tiene una dimensión trágica que no es nihilista, y el amor, cuando transforma la experiencia del tiempo, nos enseña que la presencia es una forma de conocimiento, que la atención es un acto ético fundamental, que la biografía es un campo ontológico, y que la autenticidad no es esencia sino coherencia vivida. 

    Por eso la distancia más profunda respecto de Gonzalo no es política ni histórica sino ontológica, y no consiste en que su Tradición sea insuficiente, sino en que a veces parece confiar más en la Tradición que en aquello para lo cual la Tradición existe. No se trata de destruir el mundo moderno sino de comprender que ese mundo, con todas sus heridas, también es habitado, y no se trata de elegir entre el héroe y el mendigo sino de reconocer que la verdad puede comparecer en ambos, aunque cuando solo se espera al héroe se deja de escuchar al mendigo. Y el mendigo, en cierta tradición que no es solo tradición sino encarnación, puede ser el lugar mismo donde lo divino decide aparecer, no como rey, no como guerrero, no como sabio, sino como mendigo, como niño, como condenado, como herida que no cierra y que, precisamente por no cerrar, deja pasar la luz.

    La objeción más honda no es que Gonzalo defienda una Tradición falsa, sino que hace exactamente lo contrario de lo que dice hacer, de modo que cada gesto suyo invierte en silencio el contenido que proclama. Anuncia un retorno y lo que ejecuta es una invención, y mientras cree custodiar un mundo antiguo lo está fabricando con todos los reflejos del mundo que aborrece. No es un hombre antiguo extraviado en una época que no le corresponde, sino un hombre absolutamente moderno que ha conseguido convencerse, y convencer a otros, de que es su contrario, y esa es la forma más pura de la modernidad, la que ya no se reconoce ni siquiera cuando se mira en el espejo de su propia negación.

    Para seguir deshilando, primero conviene continuar en más detalle por el armazón mismo de su pensamiento, porque la Sophia Perennis desde la que habla no es una herencia recibida desde dentro de ninguna tradición viva, sino una construcción del siglo veinte, un montaje esotérico moderno levantado por Guénon, por Evola y por Schuon sobre los materiales que la propia modernidad había puesto por primera vez encima de la mesa, la religión comparada, la mirada de pájaro sobre todas las civilizaciones a la vez, la conciencia aguda de crisis. Ninguna tradición premoderna produjo jamás algo parecido al perennialismo, porque el perennialismo necesita exactamente aquello que solo la modernidad ofrece, la distancia panorámica desde la cual todas las tradiciones se vuelven simultáneamente visibles y comparables. Ser guenoniano es por tanto, ya y siempre, una manera de ser moderno, y haber elegido esa escuela como patria espiritual es haber nacido, sin saberlo, en el corazón mismo de aquello que se pretende combatir.

    El segundo indicio está en su filosofía de la historia, porque el relato de una decadencia universal que desciende desde una edad de oro hacia el Kali Yuga tiene la estructura exacta de las grandes filosofías modernas de la historia, las de Hegel, Comte, Spengler y Marx, solo que con el signo invertido. Es una escatología secularizada, una flecha del tiempo trazada con la misma mano que trazó las flechas del progreso, apuntada hacia atrás en lugar de hacia delante pero idéntica en su gramática. Las sociedades tradicionales no poseían esta metanarrativa historicista del declive cósmico, vivían dentro de un tiempo litúrgico que ni siquiera necesitaba contarse a sí mismo como caída. La idea misma de una historia que cabe resumir en una curva descendente es un invento moderno, y quien piensa la realidad entera como decadencia piensa, lo quiera o no, con los útiles de Spengler antes que con los de cualquier monje medieval.

    A esto se añade, insisto, la propia tonalidad afectiva que sostiene su discurso, la nostalgia, que no es un sentimiento eterno sino una construcción moderna, hasta el punto de que la palabra nació como diagnóstico médico en el siglo diecisiete y el culto del pasado en cuanto pasado, la conciencia de museo, la industria de la herencia, son fenómenos enteramente recientes. Orientar la existencia hacia una edad dorada perdida es tener con el tiempo exactamente la relación historicista que define al hombre moderno, con la única diferencia de que la flecha se gira. El hombre tradicional habitaba un presente cargado de eternidad y no añoraba un centro porque lo pisaba. Gonzalo añora, y en esa añoranza se delata, porque solo añora quien ya vive en el tiempo lineal, hueco y orientado de la modernidad, aunque haya decidido recorrerlo de espaldas.

    Más decisivo todavía es el gesto político que lo anima, el deseo de destruir el mundo moderno para reconstruir un orden, porque ese deseo de arrasar y refundar es la firma misma de la modernidad revolucionaria. La estructura mítica de un renacimiento purificador que se levanta sobre las ruinas de una decadencia, la palingénesis de un orden nuevo extraído del derrumbe del viejo, constituye el núcleo de los grandes movimientos políticos modernos y de sus religiones seculares, y no la forma de vida de ninguna cristiandad real. La voluntad de demolición pertenece al jacobino y al futurista, no al benedictino. Cuando Gonzalo sueña con destruir para restaurar comparte la sintaxis profunda de la revolución moderna, y su antimodernidad resulta ser, en su forma más íntima, un mito político moderno disfrazado de fidelidad antigua.

    El medio en que se mueve lo confirma sin remedio, porque convertir lo sagrado en símbolo, en estética, en marca, en banda sonora y en seña de identidad es el procedimiento exacto de la modernidad tardía, la mercantilización de lo sagrado, lo sagrado transformado en afecto consumible. Una tradición se transmitía por liturgia, por aprendizaje silencioso, por convivencia de generaciones, mientras que él transmite por el aparato moderno de la mediación masiva, divulgando, produciendo contenido, midiéndose en audiencias. El medio contradice el mensaje, porque un tradicionalismo difundido por los canales de la economía de la atención, como son las redes sociales, es ya, en su forma, lo contrario de aquello que dice ser. Lo eterno no se viraliza, y quien viraliza lo eterno ha aceptado, antes de abrir la boca, las condiciones de la modernidad que pretende abolir.

    Incluso el sujeto que su pensamiento construye es el más moderno de todos los sujetos, el iniciado solitario que se descondiciona y se levanta contra su época, el yo que se forja a sí mismo eligiendo sus símbolos y su genealogía. Esa figura no procede de ninguna tradición, en la que el individuo recibe su lugar de una comunidad y de una liturgia que lo preceden, sino del individuo soberano moderno, el sujeto autónomo que se da a sí mismo su forma, la criatura más característica de la modernidad y acaso la más prometeica. Gonzalo ha introducido el individualismo moderno en el corazón mismo de su crítica del individualismo, y predica la disolución del ego mientras ofrece a cada uno de sus oyentes el ego más halagador de todos, el del elegido que despierta mientras los demás duermen.

    La cuestión estética, ya señalada en el cuerpo de esta crítica, deja de ser un detalle cuando se la lee dentro de esta serie, porque la sensibilidad que de verdad lo mueve, forjada en una música anglosajona nacida después de la muerte de Dios, no procede de absolutamente ninguna fuente hispánica ni antigua sino enteramente de la modernidad. No es una incoherencia menor que pueda perdonarse como gusto privado, es un dato más en una cadena que apunta siempre en la misma dirección, porque el origen de su tonalidad afectiva, de su relato del tiempo, de su gesto político y de su sujeto es uno solo, y es moderno.

    Reunidos todos estos indicios, el veredicto se impone con una claridad que ya no admite atenuación. Gonzalo Rodríguez García no es una recaída en la tradición sino un moderno absoluto, quizá el más puro de los modernos, porque ha asimilado la modernidad de un modo tan completo que hasta su rebelión contra ella es moderna en su tempo, en su medio, en su sujeto, en su relato del tiempo y en su estructura sentimental. El antimoderno es aquí la culminación del moderno, la modernidad que ha aprendido a soñarse como su propio opuesto, y esta es la razón por la cual ningún tradicionalista podrá refutar la objeción acusándola de modernidad, porque el moderno de esta historia es él.

    La misma inversión gobierna su España, y aquí el desenmascaramiento se vuelve, si cabe, más nítido, porque la España que invoca no es un recuerdo sino una fabricación, y además una fabricación reciente. La España eterna, unitaria, vertical, heroica e imperial que habita su imaginario es una construcción de los siglos diecinueve y veinte, de la esencia restaurada por una nación que se re-inventaba a sí misma justo cuando empezaba a perder sus últimos territorios. Es un artefacto moderno de construcción nacional, hijo del mismo laboratorio europeo que fabricó todas las demás tradiciones inventadas del continente, y por tanto tan moderno como cualquiera de los nacionalismos que acaso desprecia. Su España no proviene del pasado, proviene del taller decimonónico donde Europa entera se dotó de pasados a medida, y confundir ese producto con una herencia milenaria es el error de quien toma la escenografía por el edificio.

    La España real, en cambio, es mestiza y conflictiva desde su raíz, atravesada por un sustrato de mezclas heterogéneas que ninguna pureza posterior consiguió expulsar del todo, marcada por los conversos hasta en sus cimas espirituales. El dato que basta para hacer saltar el mito entero es que Santa Teresa de Jesús, la cumbre de la mística castellana, descendía de judíos conversos, de manera que la joya más alta de la espiritualidad española brota precisamente de aquella impureza que el relato vertical necesita borrar. La España de la sangre limpia queda refutada por sus propios santos, y quien construye una hispanidad heroica y nítida tiene que cerrar los ojos ante el hecho de que lo más hondo de España nació de la mezcla que su esquema condena.

    El genio español, además, no es solar ni triunfal sino que vive del desengaño, y su temple metafísico verdadero es el del barroco, el de la vida entendida como sueño en Calderón, con su vanidad de todas las cosas, su teatro del mundo y su conciencia aguda de la contingencia y de la pérdida, lo tragicómico. El ánimo más profundo de la cultura española es trágico, irónico y desengañado, lo contrario exacto de la certeza restauradora, porque la hondura hispánica es una hondura de desilusión y de noche y no de victoria. Quien quiera devolver a España una seguridad solar le está negando precisamente aquello que la hizo grande, que fue su lucidez sobre la inconsistencia de toda gloria.

    Cervantes es, en este punto, el desmentido más rotundo de todo el proyecto, porque el Quijote es exactamente la demolición del fantasma caballeresco y heroico que Gonzalo quiere restaurar, y el acto fundador de la literatura española, y con ella de la conciencia moderna, consiste en el desmontaje irónico del mismo imaginario que él vende. Invocar a España mientras se intenta resucitar la ilusión heroica que el mayor de los españoles enterró con una sonrisa es no haber entendido a España en su centro. Y junto al Quijote está la picaresca, con su antihéroe hambriento y su ternura por los de abajo, otra negación del culto del guerrero, porque la mirada española más característica no se posó sobre el lobo y la espada sino sobre el criado astuto, el hidalgo arruinado y el pícaro que sobrevive sin gloria alguna.

    La mística española remata la inversión, porque su forma más alta es apofática y no catafática, es el "nada, nada, nada" de San Juan de la Cruz, la via negativa, la noche oscura del despojamiento, la interioridad herida de Teresa. La espiritualidad hispánica en su cima es una espiritualidad del vaciamiento y de la ausencia sentida como fuego, lo contrario exacto de lo sagrado blindado, visible y estructural que Gonzalo hipertrofia. Él adora la fachada de la catedral, mientras que el santo español entra en la noche donde toda fachada se disuelve, y por eso quien reduce el cristianismo hispánico a orden, jerarquía y verticalidad ha perdido lo único que en él era verdaderamente abismal.

    De todo ello se sigue una conclusión que invierte por completo su autoimagen, porque al sustituir el alma hispánica real por un imaginario importado, evoliano y anglosajón, Gonzalo no defiende España sino que la sobreescribe, no la custodia sino que la falsifica. El defensor de España resulta ser su gran falsificador, alguien que vende a quienes lo escuchan una España que nunca existió y que, mientras lo hace, los aleja para siempre de la España que sí existió, la difícil y mezclada, la desengañada y mística, y no hay enemigo de lo español más eficaz que quien ocupa con un simulacro todo el espacio del amor a España.

    Porque España es grande, y lo es por razones que tienen que ver con la mezcla que la constituyó y con la lucidez amarga que de ella nació, con la noche mística en que aprendió que a Dios se llega por la nada y con la ternura que la picaresca tuvo por el caído, y por encima de todo con esa conciencia barroca, sin la cual no se entiende nada de lo español, de que toda forma es contingente y todo poder es sueño. Es una grandeza de comparecencia, de presencia arrancada a la herida, y no de eje restaurado, y su genio consistió precisamente en saber, mejor que casi ningún otro pueblo, que el centro no está detrás de nosotros y que lo sagrado comparece en la noche, en la cárcel, en la venta del camino, en la andanza fracasada, en el fervor escondido del converso. Esa España no necesita ser restaurada porque nunca fue un orden cerrado, fue siempre un acontecimiento, y por eso sigue compareciendo cada vez que alguien la toca de verdad.

    Aquí se va cerrando esta crítica filosófica , y conviene decirlo con precisión para que no quepa malentenderlo. Quien degrada lo sagrado hasta volverlo marca no es el crítico de Gonzalo sino él mismo, y la sustitución de España por una fantasía extranjera no la comete ningún moderno desarraigado sino el hombre que dice defenderla, de modo que el verdadero moderno de toda esta historia, el desarraigado, el falsificador, el vendedor de un pasado que jamás ocurrió, es el propio tradicionalista. Esta objeción no proviene del lugar desde el cual su sistema sabe defenderse, no viene de la modernidad progresista, ni del laicismo, ni del desarraigo, ni del odio a lo sagrado o a lo español. Viene de más abajo y de más adentro, de una fidelidad a lo sagrado y a España más honda que la suya, y para esa procedencia su mapa no tiene casilla, porque está construido únicamente para descartar a su propia imagen invertida y no a quien lo supera por dentro.

    Y por eso lo que tendrá que temer no es la hostilidad de esta crítica sino acaso su inteligencia, porque el diagnóstico se sirve de sus propias fuentes contra él, conoce a Guénon y a Evola y a Schuon mejor de lo que la marca necesita, sabe que Teresa era conversa y que Cervantes enterró al héroe y que Juan de la Cruz se hundió en la nada, y termina mostrando que cada puerta por la que él podría escapar ha sido cerrada desde dentro antes de que llegara a ella. El peligro para su edificio no es un enemigo más ruidoso sino uno más callado y más exacto, alguien que ha leído lo que él ha leído y ha visto lo que él se ha negado a ver, y que no necesita levantar la voz porque le basta con nombrar, una por una, las costuras del traje.

    No hace falta predecir el final, porque seguirá hablando y la audiencia seguirá creciendo y el humo seguirá vendiéndose, y nada de esto lo detendrá por ahora. Pero algo ha sido visto que ya no puede dejar de verse, y a partir de este momento, mientras ofrece su edificio de eje, de retorno y de pureza, habrá en algún lugar una conciencia que sabe que alguien estuvo mirando cómo el humo se dispersaba y tuvo la calma de nombrar la ceniza, y esa certeza, que él no podrá quitarse del todo, trabajará en silencio dentro de su seguridad, no como una herida que cierra sino como una pregunta que ya no se irá.

    Luego está el asunto de la música, que hay que nombrar sin tapujos. Para un músico, como el que escribe, la cuestión musical no es un apéndice de la crítica sino, de hecho, su piedra de toque, porque un hombre revela su ontología sin defensa posible en la música que elige para sentir lo sagrado, y lo que Gonzalo elige es el heavy metal, y parece creer además que con eso queda dicho lo que la música puede ser. Voy a ser justo con esa música precisamente para que el veredicto no pueda despacharse como mero esnobismo por mi parte, porque la crítica que de verdad muerde no es la que desprecia sino la que conoce y mide. El heavy metal no es una basura, pero musicalmente es algo bastante pobre colocado en un lugar que la desborda, y esa es una falta distinta y mucho más reveladora.

    Conviene decir primero, y en serio, lo que esa música tiene. Hay en sus mejores ejemplos una virtuosidad real, dedos que han pagado miles de horas, una energía rítmica que arrastra el cuerpo, una potencia colectiva capaz de fundir a miles de personas en un solo pulso, y hasta una sublimidad oscura que no es despreciable y que en el heavy metal progresivo alcanza a veces una complejidad rítmica y formal genuina. No hablo desde el desconocimiento ni desde el asco, hablo desde dentro del oficio y reconociendo el oficio, y por eso lo que sigue no es un insulto sino una medición.

    El primer dato técnico es el más elocuente, porque la sonoridad fundadora del género es el acorde de quinta vacía, la fundamental y su quinta sin la tercera, y la tercera es justamente el intervalo que decide entre el modo mayor y el menor, el que porta la ambigüedad, la luz y la sombra, el matiz, el entre. Una armonía que suprime la tercera suprime de raíz la ambigüedad para ganar en pura contundencia, y construye su fuerza sobre un empobrecimiento deliberado, de modo que lo que en otras músicas es el órgano del claroscuro aquí se amputa de entrada, y el mundo armónico que resulta es un mundo sin penumbra, todo contorno y ninguna media luz.

    Sobre ese cimiento se levanta el riff, la célula machacada que se repite hasta saturar, un tipo de ostinato de fijeza que no va a ninguna parte porque su función es precisamente no ir, instalarse, golpear, ocupar. Eso es lo contrario de la idea de melos que venimos desarrollando en otros ensayos, de la línea que canta y que al cantar se transforma y conduce, lo contrario de una música pensada como acontecimiento y no como objeto. El riff no comparece, se impone, y donde el canto sería recepción y travesía la célula es dominio y permanencia, la afirmación de una identidad sonora que se repite a sí misma sin abrirse jamás a lo que todavía no es.

    El color modal confirma la estrechez, porque el género gravita hacia el modo frigio y su variante dominante, hacia el tritono que la vieja teoría llamó diabolus in musica, hacia las escalas disminuidas, es decir, hacia el repertorio entero de lo amenazante. Es un color real y a veces poderoso, pero es un solo color, el de la amenaza y la fuerza, y una paleta que vibra siempre en esa única región afectiva no puede decir ni la ternura ni la duda ni la alegría sin ironía ni la simple luz, porque ha afinado todos sus recursos para un solo gesto y ha perdido por el camino casi todos los demás.

    El ritmo es quizá el punto donde el contraste con todo lo que Gonzalo dice amar se vuelve insoportable, porque el pulso del metal es reticulado, metronómico y mecánico, un cuerpo entrenado a la cadencia de un motor, y la batería funciona muchas veces como una máquina antes que como una respiración. Ese es el tiempo de la fábrica y de la cadena de montaje, el tiempo industrial por excelencia, lo más alejado que cabe imaginar del tiempo vivido pre-moderno, del rubato, de la flexibilidad agógica, del gesto humano que se adelanta o se retrasa porque siente. Un pensador que dice combatir la modernidad y abraza como banda sonora el pulso de la máquina ha confundido la energía con la mecanización, y ha tomado por vitalidad lo que es en realidad la coreografía del engranaje.

    El timbre cierra la demostración, porque el sonido mismo del heavy metal es la distorsión, esto es, el recorte y la saturación de la onda hasta convertir el tono limpio en una nube de armónicos y de ruido, con el volumen ascendido a parámetro principal y la sublimidad buscada por sobrecarga. Y todo ese mundo sonoro depende por entero de la electricidad, de la amplificación, de la guitarra eléctrica y del estudio de grabación, y resulta sencillamente imposible antes del siglo veinte. El sonido del metal es tecnología moderna hecha audible, de manera que elegirlo como voz de lo antiguo y lo eterno es elegir el artefacto más eléctrico y más reciente que existe para cantar aquello que precede a la electricidad, una contradicción que no está en las letras ni en las intenciones sino en la materia física del sonido.

    A esa pobreza se suma la del relieve dinámico, porque el heavy metal vive instalado en el fortísimo y apenas conoce el verdadero piano, ni la messa di voce, ni la narración de intensidades que es el alma misma del fraseo musical. Una música que suena siempre fuerte no puede susurrar, y una música que no puede susurrar no puede ser íntima, porque la intimidad nace del descenso de la voz, de la confidencia, del casi silencio en que alguien se acerca. La ausencia de lo suave es, en términos sonoros, la ausencia de la ternura, y un arte que ha renunciado a la media voz ha renunciado de antemano a media humanidad.

    La forma repite la misma limitación, porque la arquitectura del metal procede por bloques aditivos, estrofa, estribillo y riff encadenados, y persigue lo épico por acumulación y por intensificación más que por crecimiento orgánico. Frente a la variación, la fuga, la sinfonía, la sonata o la canción a través compuesta, la llamada epopeya del metal apila en lugar de desarrollar, alarga en lugar de transformar, y consigue la sensación de grandeza por suma de masa y no por necesidad interior de la materia. Lo épico se gesticula, no se alcanza, porque la verdadera grandeza formal exige que cada cosa nazca de la anterior, y aquí las cosas apenas se yuxtaponen.

    Queda la textura, y es tal vez lo más triste, porque el heavy metal es el muro, la masa vertical del sonido, la homofonía convertida en monolito, y en ese muro falta justamente la polifonía, la conversación de voces independientes, el contrapunto en que varias líneas libres dialogan sin anularse. La gloria de la música occidental es esa polimelodía de las voces, ese tejido en que ninguna manda del todo y ninguna calla, y el heavy metal la ignora porque es un solo puño y no un diálogo, de modo que donde el cuarteto de cuerda es una comunidad de personas que se escuchan, el muro del heavy metal es una sola voluntad amplificada hasta llenar el espacio entero.

    Reunidos todos los parámetros, armonía, línea, ritmo, timbre, dinámica, forma y textura, el resultado es siempre el mismo, una estrechez orientada en una dirección muy precisa, la del exceso industrial de la modernidad. La sublimidad que el heavy metal alcanza es la de la sobrecarga y no la de la presencia, y son cosas distintas, porque la sobrecarga aturde y satura mientras que la presencia adviene en el vacío que la rodea. No es que el heavy metal sea poco, es que es mucho de una sola cosa, todo fuerza y todo lleno, y esa abundancia de una nota única es, musicalmente, una de las formas más puras de la pobreza.

    De aquí se sigue la contradicción que para un músico es la más flagrante de todas, porque hacer de esta música la voz de la Tradición equivale a escoger el sonido más eléctrico, más industrial, más amplificado, más mediado por la máquina y más recientemente inventado del planeta para encarnar lo eterno. La música misma refuta el proyecto, parámetro por parámetro, sin necesidad de discutir una sola idea, porque está hecha por entero de aquello que Gonzalo dice combatir, y su banda sonora termina siendo su confesión, escrita en el único lenguaje que no sabe mentir, el del tono musical.

    En el plano antropológico, el heavy metal pone en escena el cuerpo blindado, el muro como coraza, la fantasía de la fuerza y de la invulnerabilidad, y es por tanto la forma sonora exacta de aquella armadura que ya señalé en el cuerpo de esta crítica. Produce una efervescencia colectiva real, un rito de intensidad que funde a la multitud, pero es un rito sin trascendencia, un éxtasis inmanente que se descarga y no deja nada detrás, porque la energía que levanta se agota en sí misma y no abre ninguna puerta. Es lo sublime por aturdimiento y no lo sagrado por comparecencia, y la diferencia entre ambos es la diferencia entre quedar sordo y quedar transformado.

    Hay además una verdad sobre la edad que conviene decir sin desprecio, porque el heavy metal responde con eficacia a la necesidad adolescente de sentirse grande, de pertenecer, de rebelarse, de tener una armadura frente a un mundo que todavía da miedo, y eso es legítimo e incluso necesario en el umbral de una vida. Pero construir una metafísica entera de la Tradición sobre la gramática afectiva de una fantasía adolescente de poder es confundir una etapa con una ontología. Esa música no sabe decir la duda ni la ternura ni el niño ni el moribundo ni lo femenino ni la contemplación, es decir, exactamente todos los registros que faltan en su antropología, y la pobreza de la paleta sonora es, sin metáfora, la pobreza del hombre, porque cada cual ama la música que tiene la forma de su alma.

    Desde mi propia manera de pensar la música la objeción se vuelve todavía más grave, porque la música revela la estructura temporal de la existencia, es acontecimiento y tiempo vivido antes que objeto, y el heavy metal hace con el tiempo lo contrario de lo que la música puede hacer, lo reticula en pulso de máquina y lo satura en muro continuo, aboliendo la respiración, la flexibilidad agógica, el silencio, el kairós, ese entre en que el tiempo se vuelve humano. Tiene, de casi todas las músicas, la relación más empobrecida con el tiempo, y eso para un pensador que dice defender el tiempo tradicional, pre-moderno, frente al tiempo hueco de la modernidad es una ironía delirante, ramplona y vulgar, que se oye en cada compás.

    Y como la comparecencia necesita el fondo de silencio y de ausencia contra el cual algo puede aparecer, una música que es todo saturación clausura la comparecencia en el nivel mismo del sonido, o mejor, del tono musical, porque en el muro no hay sitio para que nada advenga. Donde todo suena a la vez y al máximo nada puede mostrarse, ya que mostrarse es destacarse sobre un fondo, y el heavy metal ha suprimido el fondo, de modo que es, en rigor, una música incapaz de epifanía, en la que nada puede comparecer porque ya está todo ocupado de antemano.

    Hay todavía una falta más simple y más grave, la de tomar un género estrecho, reciente y técnicamente específico, nacido en el mundo anglosajón, y tratarlo como si fuera la música misma, como si en él se cifrara lo heroico y lo sagrado, delata que en realidad no conoce la música. No ha vivido dentro del canto llano ni de la polifonía, ni del lamento ni de la nana ni de la danza, ni de la sinfonía ni del cuarteto, ni de la rāga ni del cante jondo, una arquitectura inmensa de la que dispone toda alma que escuche, y de toda esa catedral ha elegido la sala más ruidosa y más estrecha y la ha confundido con el edificio entero.

    Y es aquí donde la ignorancia musical y la ignorancia de España se tocan, porque un hombre que conociera de verdad la música sagrada de su propia tierra jamás habría tendido la mano hacia el heavy metal. La saeta, ese grito de oración que el cantaor lanza a solas a la imagen que pasa en la madrugada de Semana Santa, sin acompañamiento, áspero, microtonal, quebrado, melismático, dirigido entero a una herida, es lo sagrado español hecho sonido, y es el contrario exacto del muro amplificado. El cante jondo, la seguiriya, la soleá, el quejío que se rompe en mitad de la nota, no buscan la fuerza sino la verdad de la voz desnuda, y dicen el dolor y lo divino con una sola garganta y sin armadura ninguna.

    Lorca lo dijo para siempre cuando habló del duende, ese poder que rechaza al ángel y a la musa, que no llega sin la posibilidad de la muerte, que sube por la planta de los pies desde la herida y suena con sonidos negros. El duende es la comparecencia hecha música, presencia arrancada al quebranto, lo contrario de lo sublime blindado, y Falla y el propio Lorca supieron dónde vivía lo sagrado español, en la voz rota y no en el muro de amplificadores, hasta el punto de convocar el cante jondo como un tesoro que se perdía. Quien tiene en su propia tierra esa música del fondo del alma y elige en su lugar la distorsión eléctrica importada no ha entendido ni la música ni la tierra ni a sí mismo.

    Por eso la música es la prueba última, porque la ontología de un hombre se oye sin remedio en aquello a lo que tiende la mano cuando quiere tocar lo sagrado, y Gonzalo tiende la mano al muro blindado y lo llama España, mientras lo sagrado español verdadero es una sola voz quebrada gritando a una herida en una calle estrecha a medianoche. No parece haberla oído, o si la oyó no comprendió que era ella, y no el muro, el sonido de todo aquello que dice estar buscando, y mientras no lo comprenda seguirá confundiendo el estruendo de su propia armadura con la voz que de verdad llama desde el fondo.

    

    Ahora, como colofón, hagamos un experimento mental incómodo y dejemos de lado si sus premisas son verdaderas (aunque por supuesto, estemos convencidos de que no lo son), y por un momento, concedámoselas enteras, porque la objeción más seria no necesita negarle nada. Aun incluso aceptando todo lo que él cree (muy incómodamente y solo como experimento mental), resulta que lo incumple en cada paso, y una crítica que se hace desde dentro de las propias convicciones del criticado es la única que no puede contestarse llamándola ajena. Ahora ya no voy a discutir su metafísica, voy a tomarla en serio palabra por palabra, y a mostrar que es él quien no la cumple.

    Su primera premisa es que una tradición viva es un centro que irradia y que no necesita defenderse, porque lo que está vivo se transmite por su sola presencia y no por la polémica. De ahí se sigue, con su propia lógica, que aquello que hay que defender a gritos, destruyendo al adversario y movilizando legiones, ha dejado ya de ser un centro vivo, puesto que un centro vivo no combate, alumbra. Su militancia misma es la prueba, según sus propios principios, de que el centro que invoca se ha apagado, porque nadie defiende con esa furia lo que todavía posee de verdad.

    Su segunda premisa, heredada de Guénon, es que el signo de la edad oscura es el reino de la cantidad, la dispersión, la agitación, el ruido, la sustitución de lo cualitativo por lo numérico. Pero su práctica entera, la producción incesante de contenido, la medición en audiencias y en cifras, la agitación de la polémica permanente, el estruendo de la guerra cultural, es el reino de la cantidad en estado puro. Por el propio diagnóstico de Guénon, Gonzalo no es el remedio del Kali Yuga del que tanto habla, sino uno de sus síntomas más característicos, un hombre que encarna la dispersión que denuncia mientras cree estar señalándola desde fuera.

    Su tercera premisa es la de la iniciación, y aquí el propio Guénon fue terminante, porque sostuvo que nadie puede iniciarse a sí mismo, que la lectura de libros no es transmisión, que no hay en el occidente moderno cadenas iniciáticas disponibles a voluntad, y que confundir el estudio con la iniciación es uno de los errores capitales de la época. El autodidacta que se construye un magisterio a fuerza de libros y de vídeos es exactamente la figura contra la que Guénon advirtió, la de la pseudoiniciación cuando no la de la contrainiciación, de manera que, por su propia doctrina, Gonzalo hace precisamente lo que esa doctrina prohíbe.

    Su cuarta premisa es que lo esotérico está velado por naturaleza y reservado a los pocos cualificados, y que difundirlo a la multitud es una profanación, una de las marcas mismas del mundo moderno que disuelve toda reserva. Su vocación entera, la divulgación, viola esa disciplina arcani, ese deber del secreto que toda tradición sapiencial ha guardado, porque vierte en la plaza pública y en el algoritmo lo que sus propias premisas mandan custodiar en silencio. Profana aquello que dice proteger, y lo profana no por descuido sino por oficio, ya que su oficio consiste precisamente en exponer lo que debería permanecer velado.

    Su quinta premisa es la jerarquía metafísica que sitúa el ser sobre el hacer, la contemplación sobre la acción, el sacerdote sobre el guerrero. Pero toda su postura es militante, combativa, heroica y activista, y absolutiza al guerrero por encima del monje, invirtiendo la jerarquía que él mismo invoca como sagrada. Quien proclama la primacía de lo contemplativo y vive en la agitación del combate ha puesto su práctica en contra de su principio, y esa inversión no es un detalle menor sino la estructura misma de su carácter público.

    Esa inversión no es casual, porque pertenece a la rama evoliana del tradicionalismo, la que ya invirtió la prioridad tradicional del sacerdote sobre el guerrero para exaltar al kshatriya, al hombre de la acción y de la fuerza. Al tomar esa vía, Gonzalo se sitúa en la línea más heterodoxa de su propia escuela, la que el guenonismo más estricto miró con recelo y que la ortodoxia católica condenaría sin matices, de modo que ni siquiera dentro del tradicionalismo está en el centro que dice habitar, sino en uno de sus márgenes más discutidos.

    Y aquí se cierra una trampa de la que no puede salir, porque el perennialismo, la unidad de las religiones, está condenado como heterodoxo por el mismo Magisterio católico con el que coquetea, bajo los nombres de indiferentismo y de sincretismo, mientras que, medido por las premisas guenonianas, él es un profano sin iniciación válida. No puede ser ortodoxo en los dos marcos a la vez, y en rigor no lo es en ninguno, porque flota entre dos ortodoxias y ninguna lo reclama, católico para los esoteristas y esoterista para los católicos, fiel a una imagen de fidelidad que no se corresponde con ninguna casa real.

    Su sexta premisa es que el símbolo remite más allá de sí mismo hacia lo trascendente, que su función es anagógica, elevar la mirada desde la imagen hacia el misterio. Pero él emplea los símbolos como marcas de identidad y como dispositivos de movilización, el lobo y la espada convertidos en enseña de un bando, y eso es, según su propia teoría del símbolo, la profanación del símbolo, el arrastre de lo anagógico hacia lo identitario. Degrada el símbolo en el acto mismo de exaltarlo, porque lo usa para reunir a los suyos en lugar de para abrir el alma, y un símbolo que sirve para pertenecer ha dejado de servir para trascender.

    Su séptima premisa es el descondicionamiento, la disolución del ego, el despertar que libera del yo. Pero lo que ofrece a cada uno de sus oyentes es el ego más halagador que existe, el del elegido lúcido que despierta mientras la masa duerme, y no hay alimento más dulce para el yo que sentirse de los pocos que ven. Por su propia premisa contra el ego, Gonzalo engorda el ego, y lo engorda con la forma más sutil de la soberbia, la espiritual, la del que se cree desprendido precisamente porque se siente superior a los apegados.

    Sumadas todas sus premisas y medido por ellas una a una (aunque las rechacemos todas y con vigor), el veredicto inmanente es inapelable, porque resulta ser, según su propia doctrina, irónicamente, un profanador de lo esotérico, un agente de la dispersión cuantitativa, un invertidor de la jerarquía sagrada, un alimentador de egos y un síntoma de la edad que pretende diagnosticar. No hace falta ningún criterio externo para condenarlo, basta su propia casa, y esa es la forma de crítica que más debe temer, la que no le discute los principios sino que le muestra, con sus mismos principios en la mano, que es el primero en traicionarlos.

    Y ahora conviene decir desde dónde se dice todo esto, porque querrá saber quién habla, y echará mano de sus dos cajas para guardarme en una de ellas, y ninguna me sirve. No soy lo que él necesita que sea su adversario, y esa es quizá la incomodidad mayor, porque un sistema construido para combatir a un enemigo concreto se queda sin armas cuando el que llega no es ese enemigo.

    No soy moderno en su sentido, porque no creo en el progreso como redención, no adoro la cantidad ni la técnica ni el mercado, no pienso que lo nuevo sea verdadero por ser nuevo, ni que la historia avance hacia ninguna reconciliación garantizada. Su caricatura del moderno, el consumidor desarraigado que ha perdido el alma en la comodidad, no me describe en nada, y si esperaba encontrarse enfrente a ese hombre se ha equivocado de interlocutor.

    Tampoco soy tradicional en su sentido, porque no creo que el centro esté detrás de nosotros, no quiero restaurar ningún orden perdido, no tomo el símbolo por armadura ni el pasado por patria, y no siento la nostalgia de una totalidad que, según mi propia convicción, nunca estuvo plenamente disponible. Su Tradición tampoco me nombra, de modo que las dos casillas de su mapa quedan vacías a la vez, y un mapa con todas sus casillas vacías ante quien tiene delante deja de ser un mapa.

    Da por supuesto, además, que quien rechaza su restauración heroica ha caído por fuerza en el desánimo o en el nihilismo, en la depresión, en el último hombre que ya no cree ni desea nada. Pero yo afirmo con vigor la existencia sin necesidad de heroísmo y conozco la pérdida sin caer en el nihilismo, porque mi relación con el mundo es de gratitud y de atención y no de derrumbe, y lo trágico, que acepto enteramente, no es lo nihilista sino su contrario, a saber, la conciencia de que la vida vale precisamente porque es frágil y se pierde. No estoy deprimido. Estoy despierto de otra manera que la suya, una manera que su esquema ni siquiera contempla.

    Y no soy un héroe ni un guerrero, no por debilidad sino porque he comprendido que los actos más altos del hombre no son conquistas. Acompañar a alguien que ya no puede devolver nada, recibir lo que adviene sin pretender dominarlo, permanecer junto a lo que se pierde y sostener una frase hasta que diga la verdad, nada de eso es la hazaña de un guerrero, y vale más que cualquier conquista. La gramática del héroe y del lobo, que a él le parece la única forma de la grandeza, es para mí una forma menor de ella, una grandeza de juventud, adolescente, que no ha aprendido todavía que lo difícil de verdad no es vencer sino quedarse.

    El lugar desde el que hablo no es su modernidad ni su Tradición, es un tercer país que su mapa no dibuja, y lo llamo comparecencia. Pienso desde la presencia y desde el cuerpo, desde la atención y desde la herida que deja pasar la luz, desde la música entendida como acontecimiento encarnado. Ese país es a la vez más antiguo que su Tradición, porque es el lugar donde lo real aparecía antes de que nadie lo organizara en doctrina, y más libre que su modernidad, porque no necesita ni el progreso ni la restauración para sostenerse, le basta con que algo comparezca y con estar despierto para recibirlo.

    Entre su héroe y su consumidor, entre su Tradición y su modernidad, queda casi entera la vida humana, lo contemplativo y lo tierno, lo irónico y lo desengañado que sin embargo sigue amando, lo materno, lo convaleciente, el que aguarda y acompaña y escucha, y de todo ese inmenso país habitado no vio absolutamente nada, porque su mapa solo tenía dos caminos y tomó uno dando por hecho que el otro era la única alternativa. Se dejó en el tintero la mayor parte de lo que merece vivirse, y la dio por perdida sin haberla mirado siquiera, confundiendo la anchura del mundo con el estrecho pasillo que corre entre sus dos puertas.

    Hay algo triste en una inteligencia que, habiendo leído tanto, solo supo imaginar dos destinos para el alma, la restauración o la ruina, y jamás sospechó el país inmenso que se extiende entre ambos y más allá de ambos, donde de hecho ocurre casi todo lo que vale la pena. Fortificó una de sus cajas y llamó abismo a todo el resto, y la pobreza no está en sus enemigos sino en la pequeñez del mundo que se permitió ver, porque el pobre, en esta historia, no es el moderno desorientado ni el creyente perdido, es el hombre que tenía delante un universo y eligió vivir en un pasillo.

    Que se quede, pues, con sus dos cajas, con su muro de sonido y con su centro perdido, pero que sepa que la objeción que le ha llegado hoy en este ensayo no sale de ninguna de las dos, que viene de un país que no visitó nunca y cuya existencia no llegó a sospechar, y que ese país estaba aquí desde siempre, en silencio, mientras él afilaba la espada contra un enemigo que nunca fue el verdadero. El verdadero era solo la estrechez que confundió con la profundidad, y mientras no advierta que el adversario estaba dentro y no fuera, seguirá librando con enorme erudición una batalla equivocada, sin enterarse de que la vida entera, la que se le quedó en el tintero, transcurría tranquilamente al otro lado del muro que él tomó por horizonte.

    Y ahora, precisamente porque no creo que detrás de una obra haya únicamente un sistema, sino un hombre, tampoco quiero esconderme indefinidamente detrás de la tercera persona. Sería demasiado fácil continuar hablando de «Gonzalo Rodríguez García» como si fuera solo el nombre de una construcción intelectual, cuando esa construcción tiene un autor que la sostiene, la difunde y responde por ella. Una crítica puede permanecer todo el tiempo en el terreno de las ideas, pero llega un momento en que hacerlo deja de ser una muestra de rigor y empieza a convertirse en una forma de evitar la responsabilidad del diálogo. Ese momento, creo, ha llegado.

    Así que, querido Gonzalo, hasta aquí he procurado hablar de tu obra como quien examina una arquitectura. He evitado deliberadamente dirigirme a ti, no por distancia personal, sino porque una crítica filosófica debe empezar allí donde las personas dejan paso a las ideas. Mientras el problema era la estructura de un pensamiento, bastaba la tercera persona, la del análisis, la que intenta comprender antes de juzgar. Pero llega un momento en que esa distancia deja de ser una virtud y empieza a convertirse en una forma de ocultamiento. Porque las ideas no existen solas. Las sostienen voces, decisiones y responsabilidades concretas. Hay un instante en toda crítica en que ya no basta con describir una construcción intelectual, sino que es preciso mirar a quien la levanta y preguntarle directamente por ella. Ese instante ha llegado. Por tanto, lo que sigue ya no es únicamente un análisis de un sistema, sino una interpelación a quien ha decidido habitarlo y ofrecerlo a otros como orientación para sus vidas. Por eso, desde este punto, dejo la tercera persona y me dirijo a ti directamente, porque hay una cosa que conviene decirte a la cara y sin rodeos. Bien. Dices que la política no te interesa, que tú no haces política, que lo tuyo es metapolítico o transpolítico, que te mueves por encima de las trincheras del día en la región serena del mito, del símbolo y del espíritu. Pues bien, yo acuso, y te digo que eso es falso, y no falso por descuido sino falso de la manera más reveladora, porque tu proyecto es, antes que ninguna otra cosa, política, y casi solo política, y todo lo demás es el ropaje con que la vistes para no tener que reconocerlo.

    Empecemos por la palabra misma, porque metapolítica no significa ausencia de política sino su forma más profunda y más astuta. El término se acuña dentro de una estrategia política concreta, la que aprende de Gramsci que el poder se conquista primero en la cultura, en el imaginario, en las ideas, antes que en las urnas o en las instituciones, de modo que la metapolítica es la batalla por la hegemonía cultural entendida como condición previa de la batalla por el poder. Quien dice hago metapolítica y no política está afirmando, sin saberlo o fingiendo no saberlo, que hace la política más radical de todas, la que trabaja el subsuelo desde el cual brotará después todo lo demás. La metapolítica no está más allá de la política, está debajo de ella, sosteniéndola.

    Si esto te parece una sutileza, vayamos al criterio más limpio que existe para saber si un pensamiento es político, el que formuló Carl Schmitt, que no era precisamente un progresista, cuando dijo que lo político se constituye por la distinción entre el amigo y el enemigo. Mira entonces tu propio discurso, que está entero construido sobre esa distinción, y que opone la Tradición a la modernidad y a los guardianes que nombras los destructores que señalas, separando a los pocos que despiertan de la masa que duerme. Por el criterio mismo de Schmitt, que pertenece a tu propio mundo intelectual y no al mío, tu pensamiento es político hasta el tuétano, porque divide el mundo en bandos y llama a uno de ellos a combatir, y eso es la definición exacta de lo político y no una de sus aplicaciones secundarias.

    Mira además lo que de verdad quieres. Quieres destruir el mundo moderno y restaurar otro orden, y eso, dígase con la solemnidad que se diga, es una voluntad política en su forma más pura, porque querer demoler una civilización y levantar otra es justamente lo que distingue a un proyecto político de una vida contemplativa. El monje no quiere destruir el orden del mundo, busca a Dios y deja que los reinos caigan como caigan. El místico no organiza la regeneración de un pueblo, se vacía para que lo llene lo que viene. Tú no haces ninguna de esas dos cosas, tú quieres rehacer la polis, y el deseo de rehacer la polis tiene un solo nombre antiguo y verdadero, y es el deseo político.

    Mira también el material con que trabajas, porque no es neutro ni un solo gramo. Decadencia, restauración, jerarquía, nación, Hispanidad, Imperio, enemigo, lucha civilizatoria, llamada a los jóvenes a convertirse en guerreros de una causa, todo eso es vocabulario político, y cada una de esas palabras es un significante cargado que sitúa y alinea a quien lo escucha del lado de un bando. No hay forma de pronunciar esas palabras con ese énfasis y en esa dirección sin estar haciendo política, por mucho que la envuelvas en metafísica, porque la metafísica que las envuelve no las despolitiza, solo las disfraza.

    Aquí está lo más grave, porque el rótulo de metapolítico no es un error inocente sino una coartada, y funciona como un escudo. Te permite hacer política mientras niegas estar haciéndola, ocupar el terreno alto de la metafísica mientras entregas abajo una carga concreta, mover el contenido político de contrabando, sin aduana, sin que nadie te pida cuentas por él, porque has declarado de antemano que tú solo hablas del alma y del mito. Es la inmunización perfecta, porque dices algo político, alguien te lo reprocha, y respondes que no entiende, que tú estás en otro plano, en lo eterno y en lo simbólico, y así el contenido viaja protegido por la negación misma de su naturaleza.

    Y eso tiene un nombre técnico que también viene de cerca de tu mundo, la estetización de la política, que Walter Benjamin describió como el procedimiento por el cual se reviste de mito, de símbolo, de heroísmo y de belleza una operación que en el fondo es de poder. Vestir la movilización política de épica, de lobos, de espadas, de retorno y de espíritu es exactamente esa estetización, y el rótulo de metapolítica es el velo estético que la cubre. No estás por encima de la política, estás haciéndola con los medios más antiguos y más eficaces que existen, los del mito y la belleza, que es como siempre se ha hecho la política más peligrosa, la que no parece política.

    Tu propio método te delata, porque la metapolítica que practicas no la inventaste tú, desciende en línea recta de Evola, que escribió para una facción política derrotada un manual de supervivencia y de reconquista cultural, facción que luego tomó de Gramsci la estrategia de la hegemonía para ponerla al servicio de su causa. Esas son tradiciones políticas, nacidas en la política y para la política, y heredar su método mientras niegas su naturaleza es, o bien no saber de dónde vienes, lo que sería grave en un hombre tan leído, o bien saberlo y callarlo, lo que sería bastante peor.

    Incluso cuando te repliegas a lo interior, a la formación del carácter, al descondicionamiento, al despertar, lo haces apuntando a un fin externo, la regeneración de un pueblo, la restauración de un orden, la victoria en una guerra de civilización. No formas almas para Dios, formas combatientes para la cultura. No es contemplación, es reclutamiento espiritual, y enlistar la interioridad al servicio de una causa colectiva no es trascender la política sino politizar el alma, que es de las dos cosas la más invasiva, porque la política que se queda en las instituciones deja libre el interior, y la tuya entra hasta ahí.

    De modo que te lo digo claro y de frente. Cuando dices que no te interesa la política, dices algo falso y fraudulento, y lo más probable es que te lo digas también a ti mismo, porque la coartada funciona mejor cuando el primero en creerla es quien la usa. No haces casi otra cosa que política. Tu metafísica es un sistema de entrega, tu mito es una movilización, tu Tradición es una bandera, y la prueba es sencilla, que nada de lo que dices es neutral respecto del poder, ni respecto de quién debe mandar, ni respecto de qué orden tiene que caer para que otro se levante.

    La prueba definitiva es esta, y es la que no podrás contestar. Un hombre al que de verdad no le importara la política no dedicaría su vida a intentar arrasar un mundo y edificar otro. Pasaría sus días buscando a Dios, o tocando, o cuidando, o pensando, y dejaría que los imperios subieran y cayeran sin gastar en ellos su existencia. Tú gastas tu existencia entera en el ascenso y la caída de los órdenes, y esa es la marca inconfundible del animal político y no del contemplativo. Te importa la política más que a casi nadie, solo que has encontrado para ella el nombre más halagador, el que te permite ejercerla con las manos limpias.

    El rótulo te sirve además para una segunda cosa, para no responder de la compañía que tienes. Al declararte por encima de facciones políticas concretas, te desentiendes de las corrientes que se alimentan de ti y a las que alimentas, las que toman tu épica del despertar y la convierten en consigna. Quieres la influencia sin la alineación, el efecto sin la firma, y la metapolítica es justo el dispositivo que permite tener las dos cosas a la vez, sembrar y no figurar en la cosecha. Pero la cosecha existe, y crece, y lleva tu mano dentro aunque tú hayas decidido no mirarla.

    No te voy a negar que hay un grano de verdad en la idea, porque es cierto que las ideas, al menos a mi juicio, preceden a la política, que no todo se reduce a partidos y elecciones, y que la cultura es más honda que la coyuntura. Pero ese grano de verdad agrava tu caso en lugar de salvarlo, porque significa que sabes perfectamente que la batalla cultural es la batalla política más profunda, y que la eliges precisamente por eso, por ser la más decisiva. No eliges la metapolítica para huir de la política, la eliges para hacerla mejor, en el nivel donde de verdad se gana, y luego niegas estar haciéndola, y eso ya no es inocencia, es estrategia.

    Así que guarda, si quieres, la palabra metapolítica, pero sabiendo ya que no te oculta de los demás, solo te oculta de ti mismo. Lo que haces tiene un nombre viejo y exacto, y ese nombre no es ni mito ni espíritu ni Tradición, es poder, la pregunta de quién manda y sobre qué cuerpos y en nombre de qué orden, y mientras sigas llamándolo de otra manera estarás haciendo la única cosa que un hombre que ama de verdad lo sagrado no debería hacer nunca, servirse de lo sagrado en lugar de servirlo. Y un dios convertido en medio deja de ser un dios mucho antes de que tú lo adviertas, y se vuelve lo que en el fondo necesitabas que fuera para tu causa, sin que llegues a notar siquiera el momento exacto en que dejaste de arrodillarte ante él para empezar a empuñarlo.


    Queda, al cabo de todo, una sola imagen que lo resume, la de un hombre que tenía ante sí el ser entero y levantó con él una fortaleza de dos estancias, llamando profundidad al espesor de los muros sin advertir que ese espesor mide con exactitud todo lo que ha dejado afuera. Confundió la solidez con la verdad y el blindaje con la hondura, tomó la coherencia del sistema por fidelidad a lo real, y en esa confusión perdió lo único que de verdad importaba, la capacidad de ser herido por lo que adviene sin haber sido previsto. Su erudición es amplia y quizá su voluntad sincera, no lo sé, pero la erudición puesta al servicio de una estrechez no la ensancha, solo la decora con materiales nobles, y la sinceridad que defiende un error con todas sus fuerzas no lo convierte en verdad, lo vuelve únicamente más difícil de abandonar. Por eso esta crítica no le ha quitado nada que él poseyera de veras, ni su saber ni su amor por España, le ha quitado, quizás, tan solo la posibilidad de seguir creyendo que el hambre de lo alto se sacia adhiriéndose a una bandera, y le ha mostrado, con sus propias fuentes y con la música que él mismo eligió como confesión, que el muro que tomó por horizonte tenía detrás un país inmenso que ni siquiera sospechó.

    No quiero terminar sin decir, otra vez y ahora sin coartada de análisis, por qué he escrito esto, porque no lo he escrito contra un hombre sino contra lo que un hombre así desencadena sin medir su alcance. Me preocupa Gonzalo, y me preocupa de un modo concreto y nada abstracto, porque su voz llega a oídos jóvenes que todavía no han aprendido a sospechar de lo que los seduce, y a esos oídos no les entrega pensamiento sino certeza, no les enseña a dudar sino a alistarse, y los devuelve al mundo convencidos de pertenecer a un bando antes de haber comprendido siquiera qué significa pensar. Una generación entera puede salir de ahí radicalizada sin haber sido formada, persuadida de que la profundidad consiste en odiar con erudición un enemigo dibujado a medida, y eso es lo que de verdad me quita el sueño, no su metafísica, que se refuta sola, sino el saldo humano que deja a su paso, almas jóvenes endurecidas en una causa que les venden como espiritual y que es, en el fondo, ramplona, vulgar, de pura trinchera, una política de muro y de espada disfrazada de retorno a lo sagrado. Lo que se pierde ahí no es una discusión filosófica, es la posibilidad de que esos jóvenes hubieran aprendido a recibir el mundo en lugar de a combatirlo, a quedarse junto a lo frágil en lugar de a soñar conquistas, y esa pérdida no la pagará él, la pagarán ellos, durante años, sin saber siquiera lo que les fue sustraído el día en que confundieron una armadura con una llama.

    Y así, mientras él siga hablando ante el micrófono, amplificando lo eterno hasta volverlo estruendo, ignorando que lo eterno no se amplifica porque ya suena en el silencio de quien sabe escucharlo, habrá en alguna calle estrecha, a medianoche, una sola voz quebrada lanzando su quejío a una herida que no cierra, y esa voz, que no necesita amplificación ni enemigo, seguirá diciendo lo sagrado mucho mejor que toda su arquitectura de eje y de retorno. No le pido que la oiga, porque ya no se trata de convencerlo, se trata de algo más simple y más inapelable, que esa voz existe, que estaba aquí antes que su sistema y seguirá aquí después de él, y que su sordera no la apaga ni su elocuencia la sustituye. 

    Lo dejo, pues, con su espada y con su muro, custodiando un centro que se le apagó en las manos el día en que tuvo que defenderlo a gritos, y con una sola certeza que ya no podrá arrancarse, la de que alguien estuvo mirando, sin alzar la voz, cómo confundía el ruido de su propia armadura con la llamada que venía de otra parte, y tuvo la calma de nombrarla, y de seguir su camino sin esperar respuesta...



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