... pasión ...





    Unos amigos me preguntaron un día qué era para mí la pasión, y comprendí en seguida que pertenecía a esa estirpe de preguntas que no se contestan, sino que se padecen. Parece sencilla, pero esconde una exigencia que toca el fondo entero de una vida, de modo que basta sostenerla un instante para advertir que las palabras heredadas no sirven. Cierta tradición la llenó de incendio y la psicología reciente la vació en deseo, y ninguna de las dos dice lo que aquí me hace falta decir, así que no me queda sino rehacer la palabra desde dentro de la ontología que vengo elaborando en mis últimos ensayos, aun sabiendo que esa ontología no fue construida para ella y que será la pasión, al cabo, quien acabe enseñándole algo. No quiero contestar deprisa, porque las respuestas rápidas a esta pregunta suelen ser confesiones disfrazadas de definiciones, y prefiero ir despacio, dejando que la palabra se rehaga a medida que la pienso, hasta que diga por fin lo que de veras he vivido bajo su nombre.

    Conviene empezar por lo que la pasión no es, porque ahí anida el malentendido más extendido. No es intensidad, aunque solamos confundirlas, ya que una emoción intensísima puede durar una semana y desvanecerse mañana sin dejar por ello de haber sido intensa, y a nadie se le ocurriría llamarla pasión. Tampoco es mera excitación, aunque la excitación no sea su enemiga ni un mecanismo fisiológico que debamos despreciar, pues es una forma legítima de la comparecencia encarnada, la manera en que el cuerpo acusa recibo de aquello que le acontece. Muchas pasiones nacen acompañadas de esa conmoción primera. Pero la excitación nombra todavía la intensidad de un instante, mientras que la pasión comienza cuando esa conmoción deja de ser un episodio y se convierte en una orientación entera de la existencia. La excitación puede extinguirse sin dejar huella, y la pasión reorganiza despacio el modo mismo de comparecer ante el mundo, de manera que la distancia entre ambas no separa el cuerpo de la persona ni la fisiología del espíritu, sino la intensidad de un instante de la fidelidad de una vida. Tampoco es obsesión, que encierra donde la pasión abre, ni compulsión, que esclaviza donde la pasión llama, ni siquiera placer, pues el placer a veces la acompaña y tantas otras falta del todo, ya que muchas de las pasiones más verdaderas se pagan con sufrimiento.

    Hay otras palabras vecinas de las que también conviene apartarla, porque la rodean y la imitan sin alcanzarla. No es nostalgia, que vuelve el rostro hacia un origen perdido y se alimenta de lo que ya no está, mientras que la pasión mira hacia lo que sigue compareciendo y reclama todavía una respuesta. No es entusiasmo, esa marea cálida que sube y baja con las estaciones del ánimo, porque el entusiasmo se enciende solo y la pasión es encendida por algo que viene de fuera y permanece. No es afición ni gusto, porque la afición se elige y se cultiva como quien cuida un jardín agradable, y la pasión no se elige del todo, irrumpe antes de que yo decida nada y luego me exige una fidelidad que el gusto jamás reclama. Y desde luego no es capricho, que cambia de objeto con la facilidad de quien cambia de camisa, mientras que la pasión deja una marca que ningún cambio borra. Despejar estas vecindades no es un ejercicio de pedantería, porque cada una de ellas es un modo de rebajar la pasión a algo más manejable, más higiénico, menos peligroso, y yo busco precisamente lo contrario, busco la palabra en su filo, allí donde todavía puede herir a quien la pronuncia en serio.

    Despejado el terreno, puedo decir lo que creo que la pasión es, y quiero decirlo entero desde el principio para no fingir después que lo descubro. La pasión, a mi juicio, es la fidelidad sin garantía a una comparecencia que ha transformado de manera irreversible mi modo de habitar el mundo, una fidelidad que no vive en la casa donde ya se ha hecho biografía serena sino en el umbral donde recibir y devorar todavía no se han separado, y que por ser trágica da y quita en el mismo gesto. No es lo que padezco ni lo que deseo, sino la forma que adopta una vida finita cuando decide seguir respondiendo a aquello que un día la alcanzó con verdad, sabiendo que esa respuesta no la pone nunca a salvo. Todo lo que sigue es el despliegue de esta frase, y si la repito al final con otras palabras no será porque haya cambiado de idea sino porque cada uno de sus términos guarda dentro un mundo que conviene abrir despacio.

    Cada palabra de esa frase carga su parte del peso. La fidelidad es lo primero, porque no basta con haber sido conmovido, ya que miles de cosas me conmueven y la conmoción sola no compromete nada, y la pasión empieza cuando sigo respondiendo muchos años después, cuando aquello que me alcanzó una tarde lejana continúa pidiéndome cuentas hoy. Que esa fidelidad sea sostenida introduce el tiempo, pues la pasión no es un instante sino una duración, y no permanece porque yo haga un esfuerzo de voluntad sino porque sigue alimentándose de una fuente que no se agota, de modo que la fidelidad de la pasión se parece menos a una promesa que se cumple por disciplina y más a un manantial que sigue manando aunque yo no lo vigile. La comparecencia es la palabra que sostiene todo lo demás. Algo comparece, y lo decisivo es que no lo produzco ni lo elijo del todo ni lo fabrico, sino que me sale al encuentro con una autoridad que no depende de mi voluntad, y se planta ante mí pidiéndome que responda. La transformación es el criterio verdadero, ya que la pasión no se mide por su intensidad sino por lo que cambia en la estructura de quien ama, y que ese cambio sea irreversible es lo más grave, porque una pasión auténtica no se deshace, puede dormirse y puede cambiar de forma y puede hacerse más callada, pero pertenece ya a la constitución de la persona y no hay modo de devolverla al estado anterior.

    Importa mucho aclarar qué clase de cosas pueden comparecer así, porque aquí suele estrecharse el malentendido, como si la pasión perteneciera solo a las grandes obras del arte o a los amores célebres. La verdad es mucho más ancha y mucho más humilde. Comparece una persona, claro, un rostro que se vuelve y de pronto contiene más mundo del que cabía en él, una mirada que me reconoce antes de que yo haya dicho una palabra, una manera de reír que se queda viviendo en mí durante años. Pero comparece también un sabor que no probaba desde la infancia y que me devuelve de golpe una cocina entera con su luz amarilla y su ruido de platos, y comparece el color exacto que tiene la tarde sobre una pared encalada un día cualquiera, ese color que no significa nada y que sin embargo me detiene en mitad de la calle como si me hubieran llamado por mi nombre. Comparece una canción oída una sola vez en un lugar del que ya no recuerdo casi nada salvo que la canción estaba sonando, y que no se ha ido nunca del oído. Comparece el olor de un sitio al que no he vuelto, el peso de un libro abierto al azar en una página que parecía esperarme, la textura de una tela, la temperatura del aire en cierta estación, el sonido del agua en una fuente concreta de una ciudad concreta a una hora en que no había nadie. Comparece un beso que reorganizó el tiempo, un paisaje que me hizo sentir a la vez diminuto y por fin colocado en mi sitio, una comida compartida en la que la conversación importaba menos que el hecho de estar allí, un recuerdo que vuelve sin avisar y resulta más vivo que el presente desde el que lo recuerdo. Lo que importa no es nunca la categoría de la cosa, no es que sea arte o naturaleza, alta cultura o pan caliente, sino que se presenta con esa autoridad que no he puesto yo, y que al presentarse me cambia. Por eso mis grandes pasiones atraviesan disciplinas y materias y geografías tan distintas, porque en el fondo no busco objetos de ninguna clase determinada, busco siempre el mismo acontecimiento encarnado, esa aparición rarísima de verdad y de presencia, que se viste lo mismo de melodía que de sabor, lo mismo de cuerpo que de luz.

    De ahí brota algo que prefiero no adornar. La pasión deja de ser un sentimiento y se vuelve una forma de memoria, no de memoria psicológica sino de memoria ontológica, lo cual quiere decir que algo sigue viviendo dentro de mí porque continúa organizando mi manera de responder al mundo. Y aquí la palabra memoria pide ser entendida del todo, porque no hablo del archivo donde guardo lo que me pasó, esa especie de almacén ordenado del que saco recuerdos cuando los necesito. Hablo de algo más hondo y más extraño, de una memoria que no recuerda sino que sigue ocurriendo, de un pasado que no ha terminado de pasar. Un sabor de la infancia no me trae el recuerdo de la infancia, me devuelve la infancia entera funcionando otra vez dentro del cuerpo, con su miedo y su asombro intactos, como si el tiempo no fuese una línea sino una habitación a la que de pronto vuelve a entrarse. Esa es la temperatura propia de la pasión, la de un pasado que comparece en presente, la de una memoria encarnada que no se conserva por esfuerzo sino que insiste por su cuenta. Y se abre con esto una distancia enorme respecto de la psicología habitual, que suele preguntar qué deseo, mientras que mi ontología pregunta qué me ha reclamado de tal modo que ya no puedo vivir exactamente igual que antes. La diferencia es grande, porque la pasión deja de ser algo que sale de mí y pasa a ser una respuesta a algo que me precede, deja de ser un apetito que parte de mi interior hacia el mundo y se convierte en una llamada que parte del mundo hacia mi interior y espera contestación.

    Conviene detenerse un instante en el cuerpo, porque sin él esta memoria no existiría. La pasión es de carne antes que de idea. Pienso con la cabeza, pero padezco con todo el organismo, y son los sentidos los que primero saben que algo ha comparecido, mucho antes de que yo pueda decir qué ha sido. El oído reconoce una verdad en un sonido antes de que la inteligencia la formule, el olfato abre puertas a las que ningún razonamiento llega, el tacto guarda noticias que la palabra no alcanza, y la lengua, que sabe de sabores, sabe también de cosas que no son sabores. Por eso las pasiones más antiguas viven escondidas en los sentidos más humildes, en un olor más que en un argumento, en una textura más que en una tesis, y por eso un perfume puede deshacer en un segundo la compostura que años de pensamiento habían construido. El cuerpo es el lugar donde el mundo comparece y donde el tiempo se queda a vivir, y una ontología que olvidara el cuerpo no podría decir nada verdadero sobre la pasión, porque estaría hablando de un padecer sin nadie que padezca.

    Hay además un parentesco que conviene nombrar, el que une la pasión con el melos del que tanto he hablado, porque comparten estructura. El melos no se fabrica, comparece, y la pasión tampoco, y donde el melos necesita respiración, la pasión necesita fidelidad, y donde el melos organiza una obra la pasión organiza una vida entera. Por eso la pasión tiene una forma más musical que conceptual, se canta antes de pensarse, dilata el tiempo vivido y lo contrae, deja una huella que el presente no cesa de rehacer. Es melos antes que idea, padecimiento que se vuelve voz. Y lo musical no es aquí una metáfora cómoda que tomo prestada de mi oficio, sino la descripción más exacta que tengo, porque la pasión, igual que una melodía, no es un objeto que pueda mirarse de frente y poseerse, es un transcurrir que solo existe mientras se da, que muere si se detiene para examinarlo, y que vuelve a empezar cada vez que se la deja sonar.

    Solo un cuerpo finito puede padecer pasión. Un ser sin carne y sin muerte no conoce este temblor, porque la pasión es la marca del encarnado, la prueba de que estoy hecho de tiempo y de pérdida. Por eso no se fabrica, y la technē puede prepararla y abrir su posibilidad pero nunca causarla ni garantizarla, de manera que la pasión es acontecimiento sin resto, algo que me sucede y que se arriesga, y no objeto que yo construyo y exhibo. La técnica más alta puede disponer la sala, afinar el instrumento, limpiar la mirada, educar el paladar, ablandar el oído para que sepa escuchar, y aun así no consigue que algo comparezca, porque la comparecencia es siempre un don y nunca un resultado, y el que la espera con las manos demasiado preparadas suele ser justamente el que se queda sin ella. Ahí vive su filo, porque la pasión puede ser la forma más alta de recibir al otro en su exposición o el movimiento que olvida esa exposición y la consume, y yo no la reduzco ni a pura entrega ni a puro apetito, sin bloque, porque habita el umbral donde recibir y desear no se han separado todavía, y es a la vez el mayor peligro y la mayor fidelidad. Desde que la comparecencia se extiende a todo ser viviente expuesto y no solo al hombre, ese filo se vuelve más grave aún, porque mi pasión responde ahora a una fragilidad que no es de mi rango sino de mi cuidado, y la singularidad humana deja de ser una superioridad para volverse una responsabilidad asimétrica. Amo lo que comparece, y amarlo me obliga a no devorarlo, a sostener su exposición sin clausurarla, a recibir sin apropiarme, y esa obligación no es una regla moral que me imponen desde fuera sino la forma misma que toma el amor cuando es verdadero.

    Lo trágico la atraviesa entera, porque lo que amo apasionadamente es finito y está expuesto y va a retirarse, de modo que toda pasión verdadera es ya un duelo anticipado, una manera de saber la pérdida desde dentro de la plenitud. No amo a pesar de que las cosas acaben, amo dentro de su acabamiento, y el saber que el sabor se gastará, que el rostro envejecerá, que el lugar cambiará o desaparecerá, que la canción dejará un día de decirme lo que hoy me dice, no es un añadido melancólico que ensombrece la pasión sino una parte de su misma sustancia, porque solo se ama de veras lo que puede perderse, y lo que no puede perderse no se ama, se administra. La plenitud y la pérdida no llegan en dos tiempos, primero el gozo y luego la nostalgia, sino que vienen abrazadas, y la hondura de una pasión se mide por cuánta pérdida es capaz de sostener sin dejar de decir que sí.

    Aquí está el centro de lo que quiero decir, y quiero decirlo sin suavizarlo. Mi fidelidad a una obra que interpreto (o mejor, rapsodizo) no es solamente mi historia con esa obra, porque modifica el modo en que esa obra comparece para quienes me escuchan, y mi fidelidad a un alumno cambia la forma en que ese alumno podrá recibir lo que le enseño, y mi manera de amar un lugar acaba contagiando a otros una manera de mirarlo. La pasión tiene por tanto una dimensión generativa, una hospitalidad hacia la verdad que sigue apareciendo, y por un momento esto parece la cara más luminosa de todo, como si la pasión derramara presencia sobre el mundo sin coste alguno. Pero esa misma hospitalidad es ya una tiranía, porque cada vez que doy a luz mi versión de una cosa entierro las otras versiones posibles, y lo hago precisamente porque amo y no a pesar de amar. Cuando hago comparecer mi lectura de un poema por un momento callo todas las lecturas que ese poema podría haber tenido, cuando ofrezco a alguien el sabor que para mí guarda un plato, por un momento le cierro el paso a los sabores que ese plato tendría para él, cuando entrego mi modo de habitar un paisaje, por un momento impongo un horizonte y oculto los demás. El gesto que hace posible una comparecencia es el mismo que clausura las otras, y la hospitalidad de la pasión y su tiranía no son dos pasiones distintas, una buena y otra que corregir, sino el mismo movimiento visto desde sus dos caras. Una pasión que engendrara presencias para otros sin un solo gramo de sombra sería una pasión sin pecado, y una pasión sin pecado ha dejado de ser trágica para volverse edificante. Lo trágico no tiene techo, da y quita en el mismo gesto, no en dos momentos sucesivos donde primero se padece y luego se redime.

    Conviene distinguir aquí dos temporalidades que la palabra pasión confunde. El acontecimiento tiene estructura explosiva, irrumpe y rompe y abre, y de él vienen las imágenes del peligro y del ser devorado, esas que tan bien describen el primer encuentro, el día en que algo nos parte por la mitad y ya no somos los mismos. La comparecencia tiene otra hechura, porque no solo llega sino que permanece apareciendo, no termina cuando termina el impacto inicial sino que sigue dándose con los años, y eso explica la fidelidad mucho mejor que cualquier esfuerzo de la memoria, ya que no soy yo quien decide conservar el recuerdo sino aquello que continúa compareciendo. Por eso vuelvo a un poema que leí hace décadas y la pasión empieza otra vez como si fuera la primera, vuelvo a probar un sabor que creía olvidado y no lo recuerdo apenas sino que vuelvo a ser llamado por él, regreso a un lugar y la decisión de amarlo se produce de nuevo, intacta, como si nunca hubiera quedado tomada del todo. La pasión no es el monumento que levanté una vez a un encuentro pasado, es el encuentro que sigue ocurriendo, y por eso no necesita que yo lo sostenga con la voluntad, le basta con que yo no me cierre a su seguir viniendo.

    Aquí debo cuidarme de una palabra que consuela demasiado pronto, la esperanza, porque la pasión tiene su esperanza pero no es la del optimismo. El optimismo espera que las cosas salgan bien, confía en una marcha favorable del tiempo, da por hecho que tarde o temprano se nos entregará lo que deseamos, y por eso no es trágico, porque cree en un desenlace, y la pasión no cree en ninguno. La esperanza de la pasión no aguarda resolución ni promete regreso, no descansa en la certeza de que la presencia volverá, porque si descansara en ella dejaría de ser esperanza para volverse cálculo, y la pasión no calcula, se expone. El optimista ama con red, sabe que si cae habrá algo debajo, y precisamente porque lo sabe no ama del todo, porque una parte de él se ha quedado a salvo, vigilando el desenlace. La pasión ama sin red, y esa intemperie no es un defecto que habría que corregir con un poco de prudencia, es la condición misma de que el amor sea amor y no inversión, no apuesta, no contrato con el porvenir.

    El hombre no es nunca del todo transparente para sí mismo, y por eso tampoco puede poseerse, no permanece ante sí ni habita una presencia estable de sí, sino que se vive casi siempre desde cierta opacidad, rodeado de sí sin llegar a verse, siendo también su propio punto ciego. Vivimos la mayor parte del tiempo en una penumbra de hábito y de ruido y de lenguaje gastado, haciendo gestos que no sentimos del todo, diciendo palabras que ya no nos dicen nada, siendo de algún modo extranjeros de nosotros mismos. Y sin embargo hay instantes en que algo se abre sin que yo lo provoque, un dolor que de pronto encuentra palabras, una pérdida que me devuelve entero, una belleza inesperada, un sonido, un rostro, un sabor, una alegría tan honda que por un momento deja de parecer mía, y entonces comparezco, no porque descubra una esencia escondida como quien halla un objeto en el fondo de un cajón, sino porque por un instante coincido conmigo de un modo inhabitualmente verdadero, no convertido en otro sino vuelto por fin yo con una claridad que la vida ordinaria casi nunca consiente. Pero esa coincidencia no dura, se retira, la conciencia vuelve a llenarse de su penumbra acostumbrada, y el yo regresa al lugar desde el que normalmente vive, sin desaparecer, solo dejando de comparecer, de modo que sigo siendo yo y a la vez dejo de alcanzarme. La pasión persevera ahí, en ese vaivén entre la comparecencia y la penumbra, no porque imagine que un día conquistará una posesión definitiva de sí ni porque espere una transparencia que ponga fin a la búsqueda, sino porque se niega a olvidar que aquella comparecencia ocurrió, porque guarda memoria de los instantes en que la existencia dejó de ser mera supervivencia y fue presencia, y porque organiza el resto de la vida en torno a la posibilidad de que vuelvan.

    Y este es el lugar donde no debo consolarme. Sería muy hermoso decir que esa memoria sostiene la esperanza de que el encuentro vuelva, y durante años lo he dicho casi así, pero esa esperanza sabe demasiado, ya cuenta con el regreso, ya ha firmado en secreto que la presencia es fiel, y la presencia no me ha firmado nada. Puede volver y puede callar para siempre, y acaso la próxima vez que abra la casa no entre nadie, y la fidelidad se quede hablando sola en una habitación donde ya no comparece ninguno. El sabor puede no volver a saber a lo que sabía, el lugar puede haberse vuelto irreconocible, la canción puede sonar un día sin decirme ya nada, el rostro puede retirarse para siempre, y eso no sería un accidente lamentable de la pasión sino su verdad más desnuda, porque amo lo finito y lo finito se retira, y una pasión que solo supiera aguardar el regreso seguro habría dejado de amar lo finito para amar una garantía. La esperanza propia de la pasión no es la espera del regreso sino la disposición a seguir compareciendo aunque nada comparezca de vuelta, a quedarme en el umbral con la puerta abierta sin saber si lo que llega es un huésped o el silencio, y a abrirla igual. Eso es, en el fondo, el humanismo trágico que yo profeso, no solo que la plenitud no pueda hacerse estado, que también, sino que la fidelidad no recibe a cambio ninguna seguridad de que merezca la pena y persevera sin ella, no porque confíe en que el mundo cumplirá lo que espera sino porque ha decidido permanecer expuesta a lo que puede no llegar jamás. La esperanza y el duelo no son aquí dos tiempos sucesivos, primero la espera y después, si acaso, la pérdida, sino el mismo gesto mirado desde sus dos caras, como la hospitalidad y la tiranía, como el dar y el quitar. Espero compareciendo, y en el mismo acto sé que esa comparecencia mía puede no ser correspondida nunca, y sostengo ambas cosas a la vez porque no me es dado soltar ninguna.

    Conviene aquí una distinción que mi ontología nunca ha descuidado, porque jamás ha glorificado el sufrimiento. El sufrimiento no tiene valor por sí mismo, no redime ni ennoblece de manera automática, no hace mejor a nadie, y puede destruir tanto como revelar. Nuestra época oscila entre dos errores simétricos, el de quienes le atribuyen una dignidad que no posee y el de quienes creen que la vida buena consiste sin más en evitarlo, y ambos olvidan que el dolor en sí mismo no significa nada. Lo decisivo no es sufrir, sino aquello por lo que uno acepta sufrir cuando ya no puede evitarlo. La palabra pasión guarda todavía esa memoria, porque antes de nombrar un sentimiento intenso nombraba un padecimiento, un passio que viene de pati, padecer, y aun en su uso religioso más antiguo no contaba la historia de una emoción extraordinaria sino la de una fidelidad que acepta atravesar el sufrimiento antes que traicionarse. No es que el sufrimiento engendre el amor, es más bien que el amor expone, y el dolor llega después como su sombra y no como su origen, de modo que sufrimos porque amamos y no a la inversa, y por eso el sufrimiento puede convertirse en una brújula ontológica. No porque señale siempre el bien, ya que hay sufrimientos absurdos y neuróticos e imaginarios o simplemente evitables, y buscar el sufrimiento sería otra forma de idolatrarse. Pero cuando un dolor aparece como el precio inevitable de permanecer fiel a aquello que de veras comparece como valioso, entonces deja de ser un accidente psicológico y empieza a revelar la arquitectura misma de la existencia.

    El placer apenas descubre nuestras afinidades, mientras que el sufrimiento descubre algo más hondo, la jerarquía real de lo que sostiene una vida, porque solo cuando dos bienes entran en conflicto averiguamos cuál ocupa de verdad el centro. Mientras todo resulta fácil casi cualquier convicción parece verdadera, y es cuando permanecer exige perder algo, la comodidad o el prestigio o la seguridad o una parte de uno mismo, cuando la persona comparece ante sí con una claridad que ningún bienestar produce. Aquello por lo que uno está dispuesto a sufrir sin dejar de amar dice mucho más sobre quién es que aquello que simplemente le agrada, porque el agrado revela el contorno superficial de los gustos mientras que el sufrimiento aceptado revela el esqueleto de las lealtades. Por eso el sufrimiento no es un ideal sino una prueba, no impuesta desde fuera por una moral del sacrificio sino inscrita en la estructura de una existencia finita, ya que amar de verdad significa aceptar que ese amor nos volverá vulnerables, pues todo lo que merece amarse puede perderse y toda belleza hiere porque puede desaparecer. No hay pasión sin esa exposición, y quien pretende amar solo mientras no duela todavía no ama, administra experiencias agradables, ama mientras el mundo coincide con su deseo, y la pasión empieza donde la fidelidad continúa allí donde la recompensa desaparece, no porque aguarde un premio ni porque el sufrimiento guarde un mérito secreto, sino porque aquello a lo que responde ha llegado a ser más verdadero que la propia comodidad. Quizá esta sea la forma más honda de libertad, no la capacidad de evitar todo dolor sino la de reconocer qué sufrimientos volveríamos a atravesar porque al otro lado de ellos no nos espera necesariamente la felicidad pero sí la posibilidad de seguir siendo quienes estamos llamados a ser.

    Queda todavía un rasgo de la pasión que apenas he nombrado, y es que la pasión siempre excede. Toda pasión verdadera contiene algo que desborda la economía ordinaria de la existencia, no cabe del todo dentro de la utilidad ni de la prudencia ni del cálculo, e introduce un más que ninguna razón instrumental consigue justificar por entero. Por eso las vidas apasionadas parecen desde fuera ligeramente desproporcionadas, leen demasiado y escuchan demasiado y vuelven una y otra vez al mismo lugar y guardan objetos que no sirven para nada y recuerdan con una fidelidad que a los demás se les antoja excesiva, no porque ignoren la medida sino porque han descubierto que hay bienes cuya verdad solo comparece allí donde la medida deja de ser el criterio supremo. Conviene entender bien este exceso, que no es descontrol ni histeria ni intensidad emocional permanente, sino algo ontológico, pues consiste en que aquello que comparece reclama de nosotros más de lo que el simple instinto de conservación estaría dispuesto a conceder. Una obra grande pide siempre más tiempo del razonable, igual que la amistad verdadera pide más perdón del conveniente y el amor pide más vulnerabilidad de la prudente, y la pasión comienza justamente donde el cálculo empieza a quedarse corto, introduciendo una especie de parékbasis, una digresión poética, una irrupción, una interrupción, una desviación respecto del camino previsto.

    La existencia calculadora avanza en línea recta hacia objetivos definidos de antemano, mientras que la existencia apasionada acepta desviarse cuando algo comparece con verdad suficiente para alterar la dirección del viaje. No toda digresión es pasión, muchas son simple dispersión, y conviene no confundir el desvío que nace de una llamada con el que nace del aburrimiento, pero tampoco toda fidelidad consiste en seguir el plan inicial, porque hay desvíos que son el único modo de permanecer fieles a lo esencial, y a veces traicionamos lo que de verdad importa justamente por no atrevernos a salirnos del camino previsto. La comparecencia rara vez llega cuando la esperamos, irrumpe e interrumpe y reclama hospitalidad, obliga a reorganizar prioridades y calendarios, y desde fuera puede parecer una pérdida de tiempo cuando por dentro se revela como el único tiempo de veras ganado. Las vidas más hondamente humanas nunca son del todo eficientes, porque la eficiencia busca minimizar el excedente y la pasión vive precisamente de aquello que excede, y toda cultura obsesionada con optimizar terminará sospechando de ella, ya que la pasión siempre parece malgastar algo, horas y fuerzas y dinero y prestigio y ocasiones. Pero ese supuesto desperdicio es muchas veces el lugar donde comparece el sentido, que nunca aparece como el resultado previsto de un algoritmo sino como don, y todo don introduce un exceso sobre cualquier contabilidad posible. Una vida sin exceso será quizá una vida perfectamente administrada, y difícilmente será una vida apasionada.

    He prometido al principio que la pasión acabaría enseñándole algo a la ontología, y creo que es esto. Mi oficio aquí no es cerrar. Si tuviera que quedarme con algo no sería una fórmula más redonda sino el lugar mismo donde la fórmula se rompe, esa hospitalidad que no puede prometer que abre la puerta a un huésped y no a un incendio, y que abre igual. No la hospitalidad hacia la verdad que ya sabe a quién recibe, sino la que ama sin saber lo que entra y en ese no saber se juega entera. Una me ofrece la casa habitada, donde la pasión se ha hecho ya memoria y biografía reconocible, donde sé los nombres de mis amores y puedo contarlos como quien recorre las habitaciones de su propia historia. La otra me deja en el umbral, que es donde la pasión todavía tiembla, donde aún no sé si lo que se acerca me rehará o me consumirá, donde el sabor todavía no se ha convertido en recuerdo ni el rostro en costumbre ni la melodía en repertorio. Y no se trata de elegir entre la casa y el umbral, porque una ontología trágica no puede instalarse del todo en ninguno, ya que solo en la casa la pasión se vuelve edificante y pierde su filo, y solo en el umbral se vuelve puro temblor y nunca llega a organizar una vida. La verdad está en sostener ambos a la vez, en saber que cada vez que respondo a una comparecencia doy y quito en el mismo gesto, que amo sin garantía de que lo que amo no me consuma, y que esa falta de garantía no es un defecto de la pasión sino su sustancia. Por eso conserva su gravedad sin perder su intemperie, y por eso no se deja cerrar en ninguna fórmula, ni siquiera en esta, y por eso me quedo, como me he quedado siempre, en el filo, con las dos manos abiertas sin que ninguna se cierre sobre la otra, esperando lo que quizá no llegue y abriendo igual la puerta, porque esa manera de abrir, sin saber y sin promesa, es lo único que he sabido llamar de verdad pasión...




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