... sentimiento y sensación ...





    ¿Es posible separar sensación (estímulo) de sentimiento? Hay preguntas que parecen demasiado menudas para merecer una filosofía pero que en realidad esconden dentro de sí una entera. La de si la sensación llega primero y el sentimiento después es una de ellas. Tiene el aire de un asunto reservado al psicólogo o al fisiólogo, una querella sobre el orden de las operaciones dentro del sistema nervioso, y casi nadie sospecha que al resolverla se resuelve qué es un hombre. Hablo de esto porque la imagen que separa el dato del sentimiento se ha vuelto tan común que ha dejado de verse, y lo que ha dejado de verse es justamente lo que más nos gobierna, pues miramos a través de ella sin mirarla jamás, como a través de un cristal que creemos vacío precisamente porque nunca lo limpiamos. Las cosas más invisibles no son las que se ocultan en el fondo sino las que están demasiado cerca de los ojos, y esta costura está tan cerca que la confundimos con el ver mismo.

    Hablo de ello, además, porque en pocos lugares se juega mi pensamiento con tanta limpieza como aquí. Toda mi ontología se levantó para rechazar una sola falsificación, la que convierte un acontecimiento en objeto, la que toma aquello que sobreviene y arriesga a quien le sobreviene y lo trata como pieza desmontable que sobreviviría intacta a su propia exhibición. La costura entre la sensación y el sentimiento es esa falsificación en su forma más temprana y más difícil de desenmascarar, porque opera ya en el primer roce del mundo contra la carne, antes de toda teoría, en el sitio donde aún parece que no hubiéramos decidido nada. Examinarla es someter el sistema entero a la prueba de un solo nervio, y si el sistema vale ha de valer ahí, en lo más pequeño, donde el mundo apenas empieza a tocarnos.

    Por eso lo que sigue no es una digresión sobre la percepción sino el lugar donde mi ontología se arriesga a sí misma. Si la costura existe entre sensación y sentimiento, el hombre es entonces un mero receptor que aguarda detrás de sus sentidos a que el mundo le entregue noticias que él coloreará luego a su antojo, un espectador a salvo de aquello que mira. Si la costura no existe, como yo creo, entonces el hombre comparece ya tocado, ya alterado, ya comprometido por cuanto le llega, y entonces percibir no es el más pasivo de nuestros actos sino el primero de nuestras respuestas. Entre esas dos figuras del hombre no cabe componenda, y conviene por una vez detenerse en la costura silenciosa en lugar de seguir cruzándola sin advertir que al cruzarla decidimos quiénes somos.

    Entonces, existe una imagen tan extendida que ya casi nadie se detiene a examinarla, la de una costura limpia que atravesaría por dentro toda experiencia. Según ella habría primero un dato, la sensación desnuda, el color sin nadie que lo vea, la temperatura antes de que alguien tenga frío, la vibración del aire que todavía no es voz de nadie, y solo después, añadido encima como una capa de pintura sobre una pared ya seca, llegaría el sentimiento. La sensación sería el hecho, neutro y comprobable, y la emoción una glosa posterior del sujeto, un comentario subjetivo sobre un texto objetivo. La secuencia parece tan evidente que se la confunde con la experiencia misma. Y sin embargo mi ontología sostiene que esa secuencia no ha ocurrido jamás, absolutamente nunca, y que la costura que dice describir no separa dos regiones reales sino que inventa una de ellas en el acto mismo de cortar.

    Es decir, para separar el sentimiento de la sensación haría falta primero un lugar donde la sensación llegara sola, un instante desnudo en que algo golpeara el cuerpo antes de que nadie estuviera ahí para ser golpeado. Mi ontología niega que tal instante exista, y lo niega no como doctrina añadida después sino como la forma misma de la comparecencia. Sentir es ya comparecer expuesto ante aquello que toca. El mero estímulo, el estímulo que no alcanza a nadie, que no le ocurre a ningún cuerpo que recuerde y pueda ser herido, no es experiencia alguna ni cosa vivida, sino una abstracción del físico obtenida por objetivación, real en la página y nunca en la carne. Lo que se vive es siempre el comparecer de alguien ante lo que llega, y comparecer expuesto es ya estar conmovido.

    El separador imagina esa costura como quien imagina una pieza desmontable. Cree que la longitud de onda, la presión del aire, el químico sobre la lengua pueden levantarse, demostrarse y volverse a posar intactos, y trata así la sensación como objeto, como unidad discreta que sobrevive a su propia exhibición. Pero en mi mundo la sensación no es objeto sino acontecimiento. Sucede, sobreviene, arriesga a aquel a quien sucede, y el riesgo no es un segundo piso alzado sobre el suceso. El riesgo es el carácter de acontecimiento del acontecimiento. La sensación no es un contenido que comparece ante una conciencia ya constituida, es una modalidad de la comparecencia misma, no acontece dentro de un sujeto sino que acontece como la apertura corporal por la cual el mundo irrumpe en una vida. Sé que en esto camino sobre huellas que otros abrieron antes de mí, las de una fenomenología que pensó el cuerpo como apertura y no como instrumento, la de Merleau-Ponty, la de Patočka, la de Chrétien. Arrancar el sentimiento de la sensación no es aislar un ingrediente puro. Es convertir un acontecimiento en objeto, que es la única falsificación que todo mi pensamiento se construyó para rechazar.

    Conviene detenerse en el cuerpo, porque es ahí donde la costura se delata. El hombre no comparece ante el mundo como una máquina de registrar estímulos, comparece como un ser ya afectado, de modo que no existe primero una sensación y después una emoción sino una única comparecencia afectiva del mundo. El cuerpo humano no funciona como un micrófono que recoge el sonido ni como una cámara que recoge la luz para entregarlos después a una conciencia que los interprete a distancia. No hay esa entrega ni esa distancia. El cuerpo mismo es ya conciencia encarnada, el primer lugar donde el mundo acontece, y no un mensajero que transporta noticias del mundo hacia otra parte. Por eso un sonido no comparece nunca como pura frecuencia, ni una voz como puro timbre, ni un perfume como mera mezcla de moléculas, ni una caricia como simple presión sobre la piel, sino siempre como una forma concreta de presencia, y la presencia no es jamás emocionalmente neutra, porque toda presencia modifica el modo en que existimos.

    El frío lo muestra con una claridad casi cruel. El frío no comparece nunca únicamente como descenso de temperatura, como cifra que un instrumento registraría sin haber sentido nada. El mismo aire helado de una madrugada puede ser refugio de quien al fin reposa y desamparo de quien nadie cubre, puede traer plegada la limpieza de una infancia lejana, el aviso sordo de la muerte, la soledad entera de una casa cerrada. Ninguna de esas formas se posa sobre el frío después, como un sentido que llegara con retraso a un hecho ya consumado. Llegan con él, constituyen la manera concreta en que ese frío comparece. No existe un frío fisiológico al que más tarde se le adhiera un significado. Existe, desde el principio, un frío ya habitado.

    Y es que ninguna sensación llega jamás a un ser humano desnuda de tiempo vivido. Toda sensación humana nace ya inserta en una estructura de sentido. La fragancia no arriba como hecho químico a la espera de un posterior adorno por la memoria. Arriba ya dirigida, ya huella, ya interpelada por un pasado que espesa el presente desde dentro. Esto lo sé en mi propio cuerpo, en los pocos aromas que llevan mi vida plegada por dentro y que no podría oler como un químico cualquiera aunque me lo propusiera. No hay suelo temporal bajo ellos donde el olor reposara neutro un instante antes de hacerse mío. El antes que el separador necesita no ha ocurrido ni una sola vez, porque el presente de un ser encarnado está siempre ya ahondado por lo que recuerda, y un presente ahondado no tiene sitio para el instante desnudo.

    Se dirá que existen, con todo, percepciones puramente físicas, el ver una línea, el escuchar un tono aislado, el sentir un calor sin historia. Pero también ahí ocurre algo decisivo, porque el hombre no percibe jamás desde ningún lugar. Percibe siempre desde una historia y una memoria, desde un cuerpo irrepetible que ningún otro ha habitado y que carga consigo su espera y su vulnerabilidad, tiñendo de antemano cuanto encuentra. Esto no significa que toda percepción provoque una emoción intensa, lo cual sería falso y además agotador. Significa que ninguna participa de una neutralidad absoluta, porque toda percepción es ya una determinada manera de estar en el mundo. La neutralidad sin resto existe en los modelos experimentales y en las descripciones del físico. En la existencia no se la encuentra nunca.

    La música zanja la cuestión, y la zanja precisamente porque tan poco tiene que dar. Una frase es presión organizada y nada más, mero estímulo si algo lo fue jamás, y sin embargo me entrega el duelo, la ternura, el vértigo de un melos que gira donde no esperaba que girara. Nadie escucha primero una sucesión de frecuencias para decidir después si le conmueve. Lo que comparece desde el primer instante es una presencia melódica que ya afecta, aun cuando todavía no sepa explicar por qué, aun cuando no acierte a nombrar ninguna emoción concreta, porque hay una afectación anterior a toda conceptualización. Si la costura existiera oiría primero el hecho acústico y luego elegiría si conmoverme, y nunca lo hago. El oír es el ser conmovido. Que un arte hecho de nada más que estímulo pueda herir y consolar, transformar incluso una vida entera, es la prueba más llana de que el estímulo y el sentimiento no fueron nunca dos cosas puestas una junto a otra, pues si las sensaciones fuesen al principio neutras la música sería imposible y se reduciría a mera acústica. Y mi propia ordenación de los sentidos, ese situar el oído por encima de la vista, solo agudiza la evidencia, porque el oído es el órgano que no puede sostener su objeto a distancia ni inspeccionarlo en frío.

    Conviene invertir entonces el orden que la psicología da por descontado. Suele tratarse la emoción como un proceso añadido al procesamiento sensorial, una segunda operación que vendría a colorear un material previamente incoloro. Mi posición invierte por completo ese orden. La emoción no aparece después del mundo, es una modalidad originaria de su comparecer. No siento primero una voz para emocionarme a continuación, la voz comparece ya cercana o amenazante, hospitalaria, indiferente, amada o ajena, según quién la diga y a quién, y esa tonalidad no es un barniz tardío sino el modo mismo en que la voz me alcanza. La percepción no se tonaliza después. Nace tonalizada. Y como el descenso es imposible, también lo es el ascenso, pues tampoco hay emociones flotando fuera del cuerpo. Toda alegría respira de un modo que la angustia desconoce, la vergüenza se delata en una postura encogida, el miedo se aloja en los músculos antes que en los pensamientos, la esperanza acelera el pulso y la ternura ablanda hasta la mirada, y en ninguno de esos casos la emoción se sirve del cuerpo como de un instrumento ajeno. Es ella misma una manera de comparecer corporalmente, y por eso tampoco puede desprenderse de la sensación. Son dos nombres analíticos para un mismo acontecimiento vivido.

    Alguien responderá todavía que gran parte de la vida se siente neutra, la silla bajo el cuerpo, la temperatura de la habitación, las mil sensaciones llevadas sin emoción alguna, y que esa neutralidad prueba al fin que las partes se desprenden. Pero la silla que no se nota es la silla que sostiene sin traicionar, y su silencio no es ausencia de sentimiento. Es sentimiento en el tono de la confianza, el tono de lo no problemático, la quietud de quien está en casa. Que la silla ceda y la neutralidad revela en el acto lo que siempre fue, un suelo positivo de confianza sentido todo el tiempo bajo la atención. Quizá la distinción verdadera no corra entre la sensación y la emoción, sino entre distintos grados de explicitación de una misma afectividad, que unas veces permanece casi imperceptible y otras se vuelve emoción intensa, pero que no desaparece jamás del todo. La afectividad no es una capa añadida a la experiencia, es el clima originario en el que toda experiencia acontece. No existe un grado cero de la afectividad. Hay solamente tonos, y hasta lo dado por descontado es un tono. Sin bloque, mi pensamiento rehúsa la elección pulcra entre el sentimiento y su ausencia exactamente como rehúsa cualquier otra elección pulcra que se le ofrezca.

    Así toma la tesis su forma precisa y trágica. Lo sensorial y lo afectivo pueden distinguirse, pueden nombrarse aparte, pueden pensarse como las dos caras de un solo suceso, la cara de lo que llega y la cara de aquel a quien llega. No son dos sustancias pegadas una a otra, son dos nombres que damos, desde análisis distintos, al mismo acto de comparecencia, pues la sensación nombra la llegada del mundo al cuerpo y el sentimiento nombra la modificación del cuerpo por esa llegada, y llegada y modificación son simultáneas. Separarlas sería como separar el anverso y el reverso de una moneda sin destruir la moneda. Lo que no pueden, por tanto, es separarse de modo que cualquiera de los dos sobreviva entero al corte. El materialista reductivo separa disolviendo el sentimiento hacia abajo, en el disparo de los nervios. El viejo espiritualista separa haciendo flotar el sentimiento hacia arriba, libre de la carne, como movimiento de un alma que en rigor podría prescindir de un cuerpo. Mi pensamiento rehúsa ambos descensos y ambas ascensiones. Un espíritu infinito quizá pudiera sentir sin sentir sensiblemente. Un mero mecanismo quizá pudiera registrar sin sentir. El ser humano, finito y frágil y encarnado, no puede ninguna de las dos cosas, y esa doble imposibilidad no es una limitación impuesta sobre la condición. Es la condición.

    De aquí se sigue una consecuencia que el análisis, por sí solo, no habría sospechado, y que es acaso lo más grave de cuanto puede decirse. Si la sensación y el sentimiento no logran separarse nunca, entonces toda percepción humana es ya éticamente potencial, no porque juzgue ni porque dictamine, sino porque toda comparecencia modifica al que comparece. El mundo no se limita jamás a aparecer ante nosotros. Nos reclama, nos implica, comienza a comprometernos antes de que hayamos decidido nada. Nuestra conciencia no nos corona, nos compromete. Si toda sensación es ya afectación, ninguna percepción es inocente, y toda comparecencia nos altera aunque apenas lo advirtamos. Percibir es ya comenzar a responder.

    La soldadura del sentimiento a la sensación no es, pues, una deficiencia del hombre ni una avería que un ser mejor construido habría evitado. Es exactamente el precio de que el mundo pueda herirnos y transformarnos, el precio de que comparezca de veras en nosotros y no se quede en el umbral como un dato que pasa de largo. Y el precio, aquí como en todo mi pensamiento, es justamente aquello que vale la pena tener. Lo que parecía una discusión sobre la percepción era desde el comienzo una afirmación sobre el hombre. La imposibilidad de separar la sensación del sentimiento no es una teoría acerca de la mente, es otra manera de decir que el ser humano no es un receptor al que el mundo envía datos, ni se sitúa nunca frente a él como un espectador, sino que es un viviente encarnado que comparece siempre ya implicado, vulnerable, entregado a aquello que le acontece. Y percibir, que tomábamos por el más pasivo de nuestros actos, se descubre al final como la primera forma de nuestra respuesta, una respuesta que empieza mucho antes de que sepamos que estamos respondiendo y que ya no termina nunca...










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