... morir de salud: el evangelio del rendimiento ...

 




    No escribo estas páginas desde fuera del fenómeno que critico. Soy músico, y para el que hace música, el cuerpo no es un instrumento que se posee, sino el lugar mismo desde el cual uno aparece y suena, la carne donde el mundo se vuelve audible antes de volverse concepto. He sentido en mí la atracción de administrar ese cuerpo, de vigilar su rendimiento como se vigila una máquina delicada, y he reconocido en esa atracción algo que excede con mucho mi caso y que se ha vuelto el clima espiritual de toda una época entera. De esa cercanía, y no de ninguna superioridad, nace lo que sigue.

    Escribo porque el idioma de la salud se ha convertido en la única lengua que nadie discute, y aquello que ya no se discute es justamente lo que reclama ser pensado filosóficamente. Alrededor de la idea de longevidad y del cuidado de sí se ha formado en nuestros días una evidencia tan espesa, que disentir de ella parece un capricho o una negligencia, como si quien objeta estuviera del lado de la enfermedad y del abandono. Esa coacción sorda, manipuladora, chantajista, que vuelve impensable lo que debería poder pensarse, es el síntoma más seguro de que estamos en realidad ante toda una y no ante una simple higiene o ante el sentido común. Y a una ideología no se la combate con otra higiene, se la nombra y destapa, arrancándole, precisamente, ese mismo disfraz de sentido común. 

    Escribo también porque le debo a mi propio pensamiento la prueba de medirse con lo más extendido, con las ideas-fuerza de nuestros días, y un humanismo trágico de la comparecencia encarnada que no se atreviera con una de las ideologías más dominantes, sería una mera teoría de salón. No me mueve el desprecio hacia quien corre por la mañana en el parque, ni hacia quien cuida lo que come, gestos que en sí mismos nada tienen de condenable y que a menudo brotan de una relación sana con la propia vida. Me mueve nombrar lo que le ocurre a ese mismo cuidado cuando deja de ser un gesto entre muchos otros, una parte, y se convierte en el horizonte total, en la soteriología a cuya luz se ordena lo demás, en el todo. Lo que sigue no es, por tante, un tratado de renuncia. Es un intento de devolver a la carne su cuestión, antes de que la respuesta administrada la clausure del todo.

    Hubo un tiempo en que el hombre esperaba ser alcanzado por algo que no podía producir él mismo. Esa espera adoptó durante siglos formas religiosas y encontró templos, liturgias y nombres divinos, pero lo decisivo no era que lo sagrado habitara fuera del cuerpo, sino que el cuerpo permanecía abierto a una alteridad que podía acontecer en él. Lo que hoy llamamos salud, bienestar, wellness, lifestyle, cuidado de uno mismo o estilo de vida no elimina esa estructura religiosa. Tan solo la invierte. Allí donde antes el cuerpo era el lugar donde podía comparecer algo mayor que él, por desbordamiento, por saturación, pasa ahora a convertirse en el objeto mismo de una gestión interminable. Ya no importa qué puede llegar a acontecer en él, sino cuánto dura, cuánto rinde, cuánto resiste, cuánto optimiza su funcionamiento. No porque la trascendencia haya abandonado el cuerpo, pues nunca compareció sino encarnadamente, sino porque el cuerpo ha dejado de ser el lugar donde algo comparece para convertirse en aquello que debe ser gestionado. Donde antes el cuidado buscaba mantener abierta la posibilidad del acontecimiento, hoy busca impedir toda vulnerabilidad. El cuerpo ya no aparece como la condición de la comparecencia, sino como un proyecto técnico de conservación y gestión, palabra talismánica donde las haya en nuestros días. La pregunta ya no es qué mundo puede alcanzarme a través de él, mi cuerpo, sino cómo prolongarlo, optimizarlo y protegerlo de todo aquello que pueda alterar su equilibrio.

    Entonces, sí, es cierto que se habla hoy constantemente de cuidarse a uno mismo, pero esa expresión conserva apenas el nombre de lo que los griegos llamaban ἐπιμέλεια ἑαυτοῦ. Para ellos, cuidarse no consistía en optimizar un organismo ni en prolongar indefinidamente la juventud, sino en cultivar una forma de vida capaz de responder dignamente a cuanto pudiera alcanzarla. El cuerpo pertenecía a ese cuidado porque el hombre comparece encarnadamente, ni mucho menos porque el cuerpo fuese el fin último de la existencia. La epiméleia preparaba para la verdad, para la amistad, para la ciudad, para el amor y para la muerte. El cuidado contemporáneo, en cambio, parece detenerse en la gestión del propio funcionamiento. Allí donde los antiguos cultivaban un modo de ser, nosotros hoy administramos un mero sistema biológico. La diferencia es pequeña en apariencia y absoluta en sus consecuencias. El griego se cuidaba para vivir mejor. El hombre contemporáneo vive para seguir cuidándose. En el primer caso, el cuidado era un medio al servicio de la existencia. En el segundo, la existencia acaba convirtiéndose en el medio para sostener indefinidamente el propio cuidado.

    La ἐπιμέλεια griega era, por contraste con hoy, profundamente relacional. Nadie se cuidbaa para encerrarse en sí mismo. Sócrates conversaba, los estoicos escribían cartas, los epicúreos vivían en comunidad, Marcus Aurelius escribía sus Meditaciones para recordar cómo estar en el mundo. El cuidado de sí hacía posible la comparecencia ante los otros. El wellness de hoy, por el contrario, transforma el cuidado en un circuito autorreferencial. Ya no pregunta: "¿Qué clase de hombre estoy llegando a ser?". Pregunta: "¿Qué indicadores puedo optimizar?". El horizonte deja de ser ético y pasa a ser técnico. Así, la ἐπιμέλεια ἑαυτοῦ cuidaba del sujeto de la comparecencia, mientras que el wellness cuida del objeto de la administración.

    Ojo, no critico el cuidado de sí. Al contrario, lo reivindico. Lo que critico es su reducción a una tecnología de mantenimiento del organismo, donde el cuerpo deja de ser el lugar vivo de la aparición y se convierte en un proyecto permanente de gestiónEn mi ontología, el cuerpo no es un organismo que poseemos, sino el modo mismo en que el mundo puede alcanzarnos. El wellness, en cambio, lo convierte en una empresa que administramos y gestionamos. Es la diferencia entre un cuerpo que comparece y un cuerpo que se contabiliza.

    De hecho, me atrevería a decir lo siguiente, que yo no tengo un cuerpo, sino que, de hecho, soy un cuerpo, soy mi cuerpo. Y esta formulación es profundamente fenomenológica, y me parece más verdadera que la expresión cotidiana "tengo un cuerpo". Decir "tengo un cuerpo" supone ya una escisión, un "yo" que posee un objeto llamado cuerpo. El lenguaje convierte al cuerpo en una pertenencia, igual que una casa o un automóvil. Desde ahí resulta casi inevitable pensar que el verdadero sujeto está en otra parte (en la mente, en la conciencia, en el cerebro o en un supuesto espíritu) y que el cuerpo es simplemente el instrumento que utiliza. En cambio, decir "soy mi cuerpo" no significa reducirse a la materia, sino afirmar que mi existencia acontece corporalmente. No hay un yo que primero exista y después se introduzca en un cuerpo. Mi manera de habitar el espacio, de recordar, de amar, de sufrir, de escuchar una sonata o de reconocer el perfume de la lluvia no ocurre dentro de un cuerpo como si éste fuera un recipiente. Ocurre como cuerpo. Mi cuerpo no es el objeto que poseo, sino la forma en que el mundo se me abre.

    Aquí la fenomenología hizo una distinción decisiva y preciosa. Edmund Husserl habló del Leib, el cuerpo vivido, frente al Körper, el cuerpo como objeto físico. Maurice Merleau-Ponty llevó esta intuición incluso aún más lejos, a saber, que el cuerpo no es un objeto entre objetos, sino el sujeto mismo de la percepción, el "vehículo del ser en el mundo". No percibimos primero y luego el cuerpo ejecuta, sino que percibimos corporalmente.

    Desde mi propia ontología yo quisiera ir incluso un paso más allá. Ni siquiera "soy mi cuerpo" termina de expresar toda la verdad, porque podría interpretarse materialistamente, como una identidad entre persona y organismo biológico. Quizá sería más exacto decir lo siguiente, que "no tengo un cuerpo, sino que mi cuerpo soy yo en comparecencia.O también, que "no soy un sujeto encerrado en un cuerpo, sino que soy una existencia que comparece corporalmente". Porque el cuerpo no es sólo carne organizada biológicamente. Es memoria sedimentada, gesto aprendido, voz, respiración, mirada, ritmo, vulnerabilidad, historia encarnada. Mi biografía no se añade al cuerpo desde fuera, sino que se inscribe en él. Un pianista no "usa" unas manos, sino que después de décadas de música, esas manos son ya una forma de memoria. Del mismo modo, una cicatriz, una manera de caminar, un temblor o una sonrisa no son accidentes del cuerpo, son la persona haciéndose visible.

    De ahí que la frase "cuida tu cuerpo", tan dominante hoy, encierre una ambigüedad profunda. Si el cuerpo es algo que tengo, que poseo, entonces puedo administrarlo, optimizarlo, monitorizarlo y convertirlo en un proyecto técnico. Pero si yo soy mi cuerpo, entonces cuidarlo ya no significa gestionar un objeto, sino cuidar el modo mismo en que existo. El cuidado deja de ser mantenimiento de una máquina para convertirse en cultivo de una presencia.

    Creo, no obstante, que todavía cabe una formulación más radical, una que armoniza especialmente con mi propia ontología de la comparecencia, a saber, que "no tengo un cuerpo y que tampoco simplemente soy un cuerpo, sino que soy una existencia que sólo puede comparecer corporalmente. Mi cuerpo no es algo que poseo ni una materia con la que coincido, sino el acontecimiento mismo de mi aparecer en el mundo". Ahí el cuerpo deja de ser tanto un objeto como una sustancia. Se convierte en el lugar donde la persona acontece. Y esa diferencia cambia toda una antropología.


    Entonces, a partir de todo esto, empezaría diciendo que lo primero que la ideología del wellness de nuestros días expropia es la carne misma. Insisto, el cuerpo vivo no es al principio una cosa que yo poseo, es la condición por la que comparezco, aquello desde donde me expongo al mundo y a los otros, aquello que yo soy antes de poder tenerlo delante. La chair no se sostiene frente a mí como un objeto, es ella la que me sostiene, es el corps propre que no miro sino desde el cual miro. La cultura del bienestar consuma una expropiación callada, parte en dos esa unidad y coloca el cuerpo enfrente, convertido en material que corregir, en obra que producir, en proyecto con sus hitos y sus plazos. Dejo entonces de habitar mi cuerpo para pasar a supervisarlo. Y un cuerpo supervisado es un cuerpo del que uno se ha ausentado, porque la vigilancia no es presencia sino su falsificación, un estar pendiente que ya no es estar. La comparecencia pide que yo sea mi carne, no que la tenga bajo gestión, y casi todo el arte de esta época consiste en persuadirme de lo contrario, en venderme la distancia respecto de mí mismo con el nombre prestigioso del autocuidado. Cuanto más me cuido, en este sentido administrado del cuidar, menos habito. El sujeto del wellness no está en su cuerpo, está delante de él, como el ingeniero delante de la máquina cuyo funcionamiento vigila y cuyas averías teme.

    Aquí aparece el nervio de la conversión. Del mismo modo que la mousikē no es una technē, como hemos desarrollado en otros ensayos, tampoco lo es el cuerpo vivo y expuesto, y sin embargo el proyecto entero de esta cultura consiste en convertirlo íntegramente en una, en una técnica. El cuerpo se vuelve obra producida por un método, resultado de un programa, cosa fabricada por la voluntad a partir de un plan previo que se le impone desde fuera. El gimnasio es el taller, o mejor, el templo laico, de esa fabricación, y lo que allí ocurre no es un diálogo con la carne sino su dominación. La rutina se impone sobre el cuerpo igual que el desarrollo motívico se impone sobre la melodía, tratándolo como materia que someter y no como voz que recibir. Pues el cuerpo tiene su propio melos, su meteorología lenta de fatigas y apetitos, de deseos y descansos, de días buenos y mañanas espesas, y ese melos pide ser escuchado antes que corregido. Escucharlo sería obedecer al reclamo del propio cansancio, del propio hambre, de la propia necesidad de quietud. El régimen no escucha, ordena. Sobrescribe la meteorología del cuerpo con un plan que no admite réplica, y su ideal más alto es un cuerpo por fin enmudecido, que ya no dice su tiempo interior y responde solamente al número. La carne dominada deja de cantar. Lo que se celebra como disciplina es en verdad la clausura de una voz, el silenciamiento de aquello en el cuerpo que aún tenía algo que decir sin permiso.

    La comparecencia es acontecimiento, es discontinua, sucede, irrumpe, me sobreviene e interrumpe la continuidad de las cosas. Pero esta cultura del bienestar y del gimnasio diario es precisamente la abolición del acontecimiento por medio de la medición ininterrumpida. La pulsera que no duerme mide el sueño, el reposo, los pasos, la frecuencia en reposo, la racha que no debe romperse, el gasto de la jornada. El tiempo vivido, el espesor cualitativo de una mañana, la lentitud de un esfuerzo, la convalecencia que tiene su propia duración intransferible, se disuelven en tiempo de reloj, en la métrica que puede compararse con la métrica de ayer. El yo se transforma en un conjunto de datos que tiene el deber de mejorar. Y lo trágico es que esta contabilidad permanente cancela justo aquello que dice servir, la vida, porque una vida reducida a curva que optimizar es una vida que ya no acontece como acontecimiento, que se ha vuelto objeto de su propia administración. Nada puede sobrevenirme si todo en mí está siendo medido de antemano. La sorpresa, el don, la irrupción de lo que no había previsto, quedan expulsados por un régimen que quiere el cuerpo entero presente ante sí, transparente, sabido, sin resto ni opacidad. Y el cuerpo vivo es exactamente lo que se resiste a esa transparencia total, lo que guarda siempre una reserva que ninguna cifra alcanza. Contra esa reserva, contra ese resto irreductible, se dirige toda la ansiedad de la vigilancia, que no soporta que quede en la carne una zona no colonizada por el dato.

    Dos de las escenas más hondas del recibir son comer y respirar, y esta ideología que aquí critico ha aprendido a profanar las dos. La comida es la escena primordial de la hospitalidad y de la comparecencia, comparecemos unos ante otros alrededor de una mesa, el mundo se ofrece como alimento y yo lo recibo, y en ese recibir hay comunión antes que nutrición. El nutricionismo desmonta la mesa. Quien cuenta los macronutrientes, quien pesa las almendras, quien no puede recibir el plato que el anfitrión ha cocinado porque ese plato no figura en su protocolo, se ha retirado de la mesa común hacia la contabilidad privada de su propia carne, y ya no hay en esa mesa un invitado sino una máquina que se abastece con exactitud. La comida como acontecimiento, como encuentro, como don compartido, se desploma en comida como insumo. 

    Y la respiración, el pneuma, el prāṇa, es la escena primordial del recibir, porque yo no mando sobre mi aliento, se me da, respirar es exposición a lo que no soy yo, ritmo de acogida y devolución de un mundo que entra y sale de mí sin pedirme permiso. El yoga (no el burgúes, urbano y occidentalizado), en su origen, sabía esto, era una disciplina del dejarse atravesar. Pero la cultura urbano-burguesa del bienestar convierte el aliento en una técnica de autogestión, lo llama breathwork, lo vende como herramienta de reducción del estrés, como intervención para rendir mejor al día siguiente. El acto más receptivo que existe, respirar, se transforma en un hacer. Y esta es la perversión más sutil de toda la ideología, la falsificación de la comparecencia, la presencia misma convertida en technē, la atención plena empaquetada en una aplicación, el recibir disfrazado de una tarea más que hay que ejecutar con eficacia. Lo que se ofrecía como puerta hacia la quietud se vuelve una obligación de estar presente que ya no es presencia sino su ejercicio medido, su versión rentable, su imitación aplicada.

    Toda ideología traza su pureza y su impureza, tiene su falta y su penitencia, y esta del wellness de hoy moraliza la carne. La enfermedad y la gordura se vuelven culpas, prueba de una voluntad defectuosa, indicio de un alma que no supo disciplinarse. La salud asciende a virtud, y la disciplina visible en el cuerpo se lee como signo de elección, como la prosperidad se leía antaño en el rostro del elegido. La vieja ética protestante ha emigrado del trabajo a la carne, salvación por la disciplina, un calvinismo en el que por fin uno puede ganarse su propia elección a fuerza de privaciones, con la diferencia de que ahora la gracia no adviene de ningún otro, se autoproduce. Está el día de la trampa y su culpa, el desliz y su penitencia de cardio suplementario, lo limpio y lo sucio trasladados al alimento y a la piel, la comida buena y la comida que ensucia, el cuerpo puro y el cuerpo caído. 

    Y sin embargo lo más grave no es la culpa. Lo más grave es que toda esta espiritualidad gira la mirada hacia dentro y no deja sitio para el otro. Mi ontología funda lo ético no en el reconocimiento sino en el reclamo previo del que sufre, en esa interpelación que me alcanza antes de que yo elija, en la comparecencia del rostro expuesto que me obliga sin haberlo consentido. La cultura del bienestar es una espiritualidad sin ese reclamo, una ascesis sin prójimo, un yo a solas con su biometría, contemplando no el rostro del otro sino el espejo de sus propias constantes. Es el ensimismamiento solipsista elevado a la dignidad de una disciplina, y sus santos son los que con mayor perfección se han recogido en el cuidado de sí, los que han logrado que nada exterior a su propio cuerpo tenga ya poder de convocarlos. El sufrimiento ajeno no aparece en esa liturgia porque la liturgia entera está construida para que no aparezca, para que el único llamado que yo escuche sea el de mi reflejo.

    En el fondo de todo el edificio yace el rechazo de lo trágico. Un humanismo trágico acepta la finitud, la exposición, la mortalidad como constitutivas de la comparecencia, y sabe que el cuerpo aparece justamente porque puede ser herido y porque ha de morir, que su exposición es su verdad y no su defecto. La cultura del bienestar es la vasta maquinaria de la negación de la muerte, su escatología se llama longevidad, su salvación prometida no es la resurrección sino el aplazamiento indefinido del final, y su mandamiento primero, apenas disimulado bajo el vocabulario de la ciencia, es no morir. Como no puede nombrar la muerte, la muerte regresa por todas partes convertida en una angustia difusa, en el miedo bajo que estructura cada medición, cada abstinencia, cada protocolo de recuperación. La ideología que promete paz entrega un desasosiego más refinado, el nunca suficiente, el terror a envejecer, la melancolía del optimizador a quien no le está permitido descansar porque descansar sería aceptar un límite y el límite es lo único que su fe no tolera. Enferma el alma en el empeño de volver inmortal el cuerpo. Y lo que clausura en esa huida es precisamente lo único que podría reconciliar a un mortal con su carne, la aceptación de que el cuerpo no es una posesión que perfeccionar sino el lugar expuesto donde uno comparece, mortal, receptor, ofrecido. Habitar el cuerpo de otro modo no significaría abandonarlo al descuido, significaría dejar de administrarlo para volver a serlo, escuchar su melos en lugar de sobrescribirlo, recibir la comida y el aliento y la fatiga como dones y no como variables, dejar que el cuerpo comparezca en vez de forzarlo a rendir. Ese otro modo no es un programa y no puede llegar a serlo, porque en el instante en que se convirtiera en programa sería devorado por la misma ideología de la que quería salir, ofrecido de nuevo como una técnica más, como una disciplina alternativa que también promete resultados. Queda, por ahora, solo como posibilidad, sostenida abierta, sin resolver, en el estrecho margen que separa el cuerpo que uno tiene del cuerpo que uno es.

    Alguien podría decir que todo este edificio no es más que la absolutización de una sola de las capas del existir, la más elemental, aquella en que la vida se ancla en sí misma y se ocupa de perseverar. Existe un cuidado que se dirige al alma, que la orienta hacia lo que la excede y la pone a prueba, y existe otro que se agota en el mantenimiento del organismo. La época ha sustituido el primero por el segundo sin advertir la sustitución, y llama cuidado a lo que no pasa de ser conservación. El epimeleia tēs psychēs que fundó una civilización entera se ha degradado en vigilancia de constantes, y en ese descenso se ha perdido lo que daba altura a una vida, la capacidad de ocuparse de algo que no fuera la propia subsistencia.

    La existencia se despliega en varios movimientos que no están al mismo nivel. Hay uno primero de arraigo en el mundo que nos acoge, y sobre él se levanta el del trabajo que prolonga sin fin la reproducción de lo mismo, y más allá de ambos aguarda el de la verdad, que rompe con los dos y se expone a lo problemático. La cultura de la salud clausura al ser humano en el intermedio, en la rueda de la producción y el mantenimiento de sí, y le prohíbe aquel último, que es el único donde una vida se vuelve libre. Encerrado en la conservación, el sujeto ya no puede realizar el gesto que lo arrancaría de la mera duración y lo pondría frente a lo que no domina. Se le ofrece una eternidad de repeticiones y se le retira el acontecimiento que haría de su vida algo más que una supervivencia prolongada.

    Hay una experiencia que sacude, que quiebra la seguridad del mundo diurno y descubre bajo él la noche que lo sostiene y lo amenaza. Esa conmoción es el precio de la lucidez, y toda esta liturgia del bienestar está construida para evitarla. El régimen perfecciona el mundo del día, el de la comodidad y la ocupación incesante, y expulsa la noche al territorio de lo patológico, como si el temblor ante la finitud fuese un síntoma que corregir. Quien nunca ha sido sacudido no ha despertado, y una civilización que administra el sueño y suprime el temblor fabrica durmientes satisfechos que confunden la anestesia con la paz.

    Existe una comunidad que no nace de la afinidad ni del interés, sino de haber sido sacudidos por la misma exposición al límite, una solidaridad de los conmovidos que se reconocen en el haber mirado juntos hacia lo que ningún poder controla. Esa comunidad resulta imposible dentro del régimen del cuidado de sí, porque cada cual permanece sellado en la fortaleza de su propia conservación, atento solo a sus cifras. Donde todos velan por su supervivencia particular no puede surgir el vínculo de los que han renunciado a ella por una verdad común. La salud administrada produce individuos incomunicados, cada uno inmortalizándose a solas, y con ello disuelve la única fraternidad que valía la pena, la de quienes se sostienen precisamente porque han dejado de aferrarse.

    El sentido de una vida no brota de lo que ella consigue conservar, sino de aquello por lo que está dispuesta a perderse, del sacrificio que la entrega a algo mayor que su propia duración. Una cultura cuya ley primera y última es no perder nada, ni un año de vida ni un gramo de carne, ha abolido de raíz la posibilidad del sacrificio, y con ella la posibilidad del sentido. El que no puede ofrecer su vida no puede tampoco dársela, y queda condenado a poseerla sin habitarla, a guardarla como un capital que teme dilapidar. Así la conservación absoluta, que se presenta como el triunfo sobre la muerte, es en verdad la derrota anticipada de todo lo que hacía que una vida mereciese ser vivida.

    Otro insistiría en que existen dos cuerpos que la ciencia confunde, el cuerpo objetivo que el fisiólogo describe desde fuera como suma de funciones medibles, y el cuerpo propio que yo soy y desde el cual habito el mundo. La cultura del rendimiento instala el primero en el lugar del segundo, me enseña a verme como el mecánico ve el motor, y en esa mirada pierdo el punto cero desde el que todo aparece. El corps propre no es una cosa entre las cosas, es la condición de que haya cosas para mí, y reducirlo al corps objectif de los músculos y las tasas es amputar el suelo mismo de la experiencia.

    Cuando mi mano toca, es a la vez tocada, y en ese cruce reversible se revela que soy del mismo tejido que aquello que percibo, carne entre la carne del mundo. El régimen de la manipulación rompe esa reversibilidad, convierte la mano en instrumento que solo maneja y nunca es alcanzado, el cuerpo en objeto que se opera sin dejarse tocar por lo que opera. Al hacer de mi carne un material dócil ante mi voluntad técnica, deshago el entrelazamiento que me ligaba a las cosas, y me quedo con un cuerpo mudo frente a un mundo que ha dejado de responderme.

    Antes de todo pensamiento hay un yo puedo, una intencionalidad motriz por la que el cuerpo se abre paso en el mundo, alcanza lo que busca y se orienta sin necesidad de representarse nada. El culto del rendimiento sustituye ese yo puedo por un yo mido, transforma la potencia silenciosa de habitar el espacio en una contabilidad de logros. Ese cuerpo que sabía caminar deja de saberlo para empezar a cronometrarse, y en la conversión de la potencia en resultado se pierde la gracia de un gesto que no perseguía ninguna cifra.

    El saber más hondo del cuerpo no reside en la conciencia sino en el hábito sedimentado, en las manos del que toca el piano sin pensar las teclas, en el esquema corporal que ha incorporado el mundo sin necesidad de vigilarlo. La cultura del control desconfía de ese saber y lo somete a la supervisión permanente, obliga al cuerpo experto a mirarse haciendo lo que ya sabía hacer, y con ello lo torpece. La vigilancia deshace la destreza, porque la destreza vivía justamente de no ser mirada, de haberse hundido en la carne hasta volverse una segunda naturaleza.

    Percibir no es registrar datos, es comulgar con las cosas, dejarse habitar por un cielo o por una melodía hasta no saber ya dónde acaba uno y empieza el mundo. El cuerpo del espejo interrumpe esa comunión, hace de la carne un espectáculo que se contempla a sí mismo en lugar de una apertura por la que el mundo entra. Quien vive pendiente de su propia figura ha dejado de estar vuelto hacia las cosas, se ha replegado sobre su imagen, y en ese repliegue el mundo se apaga, se retira detrás del cristal en el que solo se refleja él.

    Habría quien viese en todo esto la pura gravedad del alma, esa caída natural por la que todo en nosotros tiende a engordar el yo y a rendirle culto. La gracia obra en sentido contrario, aligera, desplaza el centro fuera de uno mismo, y no se conquista con ningún esfuerzo porque solo se recibe. La cultura del bienestar es gravedad sin resto, el peso del yo aplicado sobre sí mismo con método y constancia, la ascensión aparente de quien en realidad se hunde más y más en su propia importancia. Lo que llama superación es el nombre noble de la caída.

    La atención verdadera es la forma más rara y más pura de la generosidad, un vaciarse para que el otro pueda inscribirse en uno, y su objeto natural es el que sufre, el desdichado a quien casi nadie sabe mirar. Esa mirada biométrica es la exacta inversión de la atención, una atención devorada por su propio sujeto, que se consume entera en el examen de sí. Cuanto más se afina la observación de las propias constantes, menos queda de la facultad de atender al que padece al lado, hasta que la capacidad de mirar hacia fuera se atrofia por falta de uso. La ideología de la salud produce virtuosos de la introspección incapaces de una sola mirada gratuita.

    Hay un movimiento por el que el yo consiente en menguar, en descrearse hasta devolver el lugar que usurpaba, para que aparezca algo distinto de él. El régimen del cuidado de sí es el movimiento opuesto, la creación incesante del yo, su inflación metódica, la fabricación de un ego cada vez más presente y más adorado. Donde una sabiduría antigua enseñaba a desaparecer, la época enseña a acrecentarse, y confunde con salvación lo que no es sino la hipertrofia de aquello que había que abandonar.

    La fuerza tiene el poder de convertir en cosa a quien la sufre, de petrificar al viviente en objeto inerte, y ese poder recae también sobre quien la ejerce, que se endurece en la medida en que domina. Aplicada sobre el propio cuerpo, la fuerza cumple su ley, transforma la carne en material que se dobla, y transforma a la vez al que la dobla en un ser de piedra. El que trata su cuerpo como una cosa que forzar termina por ser él mismo esa cosa, atrapado en la lógica sin alma de lo que empuja y es empujado, ajeno a la ternura que solo sabe recibir lo que no se deja forzar.

    La desdicha extrema no se corrige con ningún protocolo, es un clavo que atraviesa el alma y la fija en el punto más bajo del universo, y su verdad resulta intolerable para quien pretende suprimir todo padecimiento. Una cultura que promete abolir el sufrimiento entero abole con él la posibilidad de esa desnudez en que el alma toca por fin lo real. Arrancar de raíz toda aflicción es arrancar también el único lugar por donde a veces entra la gracia, y dejar al hombre a solas con su bienestar, arraigado en nada más que en su propia carne saciada. El que no está arraigado en algo mayor que él mismo no tiene de dónde recibir.

    Vendría uno de carne y hueso a decir que también esta ideología quiere no morir, y que ahí está su gran impostura, porque no ansía la pervivencia del hombre concreto que ama y padece, sino la mera prolongación del organismo. El hambre de inmortalidad es hambre de seguir siendo yo, este yo que sufre y que espera, no de que unas funciones se mantengan unos años más en un cuerpo que ya no sabe por qué late. La longevidad ofrece cantidad de vida a quien pedía eternidad de persona, y en el trueque pierde precisamente lo que valía, el alguien irrepetible que temía disolverse en la nada.

    El sujeto de esta cultura no es un hombre de carne y hueso, es un cuerpo estadístico, un promedio de tablas y percentiles al que se dirigen las recomendaciones. Pero el que va a morir no es un promedio, es este hombre único, con su nombre y su congoja, que no se consuela sabiendo que la media ha ganado unos meses. La abstracción del cuerpo saludable ignora al viviente concreto que sangra, y le habla como si su angustia fuese un dato corregible y no la herida por donde asoma su condición mortal.

    El sentido trágico no se resuelve, se agoniza, se vive como lucha sin tregua entre la razón que dice que moriremos del todo y el corazón que se niega a aceptarlo. La cultura del bienestar no agoniza, anestesia, apaga el combate en lugar de sostenerlo, y ofrece la paz química del que ha dejado de pelear. En esa falsa serenidad se pierde lo más humano que había en nosotros, la agonía misma, el forcejeo del que no se resigna, sustituido por la calma satisfecha del que ya no espera nada porque tampoco desea nada infinito.

    El alma pedía todo o nada, la pervivencia entera de la persona o el escándalo de su aniquilación, y no se aplaca con medias tintas. Se le responde con un puñado de años añadidos, con la promesa de un declive más lento, migajas de duración donde clamaba por lo absoluto. El que se contenta con esa limosna de tiempo ha rebajado su hambre, ha aceptado como respuesta lo que no era ni siquiera una respuesta a su pregunta, y ha cambiado el vértigo de la eternidad por la contabilidad tranquila de sus revisiones.

    La congoja, esa opresión del pecho ante la propia finitud, no es una enfermedad, es el órgano por el que el alma sabe que quiere no morir, la señal misma de su sed de lo eterno. Medicar la congoja, disolverla en bienestar, es amputar ese órgano, dejar al hombre sin el dolor que lo mantenía despierto y vuelto hacia lo que lo trasciende. Curado de su angustia, el sujeto duerme, y en ese sueño sin sobresalto pierde no una molestia sino la única prueba de que aún había en él algo que se resistía a la nada.

    Habría también seguro quien reconociese aquí una desesperación que se ignora a sí misma, la más peligrosa de todas, porque el que la padece se cree sanísimo mientras se pierde. Hay quien desespera queriendo ser dueño absoluto de sí, forjándose a fuerza de disciplina un yo que no debe nada a nadie, y hay quien desespera diluyéndose en la inmediatez de las sensaciones y los regímenes. Bajo la apariencia de la salud florece esa dolencia del espíritu que ningún análisis detecta, la de un yo que se relaciona torcidamente consigo mismo y llama a esa torsión cuidado.

    La multitud es la no verdad, y nada más multitudinario que esta liturgia en que todos ejecutan a la vez los mismos gestos y adoran los mismos números. El individuo singular, el único que puede estar solo ante lo eterno, se disuelve en el público, se deja llevar por la corriente de lo que todos hacen, y toma por verdad el mero hecho de que muchos lo practiquen. Cuanto más numerosa la congregación, más lejos está cada uno de esa soledad decisiva en que un hombre se convierte por fin en sí mismo.

    El que vive en el estadio de lo estético huye del aburrimiento cambiando sin cesar de estímulo, rota los cultivos de su hastío, prueba un método tras otro para no tener que detenerse. La sucesión infinita de disciplinas y dietas es esa rotación del tedio, un movimiento que finge avanzar y solo gira, incapaz de la elección que haría del sujeto alguien y no un catálogo de experiencias. Nunca llega ese hombre a escogerse a sí mismo, porque escogerse exigiría detener la rueda, y la rueda es justamente lo que lo protege de tener que responder por lo que es.

    La angustia no versa sobre esto o aquello, es el vértigo de la libertad ante el abismo de sus posibilidades, y cuando no se la reconoce se desplaza hacia objetos manejables. El terror ante la propia existencia se disfraza de preocupación por el colesterol, y el vértigo ante lo eterno se disimula en el examen ansioso de los propios marcadores. Así la angustia auténtica, que podía ser maestra si se la escuchaba, queda enterrada bajo una inquietud pequeña y controlable, y el hombre pierde la ocasión de aprender de ella lo que solo ella enseña.

    La enfermedad que lleva a la muerte no es corporal, es la del espíritu que no quiere ser el sí mismo que está llamado a ser, y ningún protocolo la alcanza. Relacionarse con uno mismo como con una máquina que afinar es errar la relación que uno es, es tratar como materia disponible lo que es espíritu y solo podría recibirse en el riesgo de la fe. El salto que arrancaría al sujeto de su desesperación cómoda no se dará jamás desde el gimnasio, porque el gimnasio existe precisamente para no tener que darlo, para sustituir la decisión ante lo absoluto por la fatiga honorable ante la báscula.

    Alguien de voz más templada diría quizás que hay una razón que domina y una razón que recibe, y que esta cultura ha entregado el cuerpo a la primera. La razón poética no mide ni posee. Escucha antes de traducir, y deja que las cosas se digan en su propia lengua antes de reducirlas a la del cálculo. Sometido a la razón dominadora, el cuerpo deja de ser un misterio que se habita para volverse un problema que se resuelve, y en esa reducción se pierde la sabiduría más antigua, la de quien sabe estar sin apoderarse.

    Hay lugares del alma y del cuerpo que son como un claro en el bosque, que no se conquistan sino que se ofrecen, y a los que solo se llega si se los aguarda sin violencia. El régimen del rendimiento no sabe aguardar, fuerza la entrada donde habría que esperar, arranca a la carne respuestas que ella solo daría en el silencio y la lentitud. Al claro no se entra corriendo con un plan, se llega despacio y como de paso, y quien lo asalta con su método lo encuentra siempre vacío, porque la presencia que buscaba se retira ante quien la persigue.

    Las entrañas tienen su propio saber, un conocer oscuro y anterior que late por debajo de la cabeza, y en ellas se guarda una verdad del viviente que la mente no alcanza. La cifra plana pasa por encima de ese saber visceral, lo desoye, impone desde arriba una norma a lo que ya sabía por dentro lo que necesitaba. Cuando se enseña al cuerpo a desconfiar de sus entrañas y a obedecer solo a la tabla, se lo despoja de su brújula más honda y se lo entrega a una orientación prestada que no lo conoce.

    La piedad es el arte de tratar dignamente a lo heterogéneo, de dar a cada realidad el trato que su modo de ser reclama, sin rebajar lo vivo a lo muerto ni lo sagrado a lo manejable. La cultura del bienestar es impía en este sentido preciso, trata lo viviente como materia homogénea que estandarizar, aplica a la carne palpitante la misma medida con que se mide un caudal de agua. Al perder la piedad se pierde el tacto para lo diferente, y el cuerpo, que era una realidad de otro orden, queda reducido a la condición de cosa entre cosas gestionables.

    El que ha entregado su carne al cálculo vive exiliado de sí mismo sin saberlo, extranjero en su propio cuerpo, separado de aquel sentir originario que era su patria más íntima. La esperanza que le queda no es esperanza sino previsión, el cómputo de un futuro ya diseñado, cuando la esperanza verdadera es auroral, apertura a lo que todavía no tiene forma. Perdido el sentir de raíz y sordo a sus entrañas, el sujeto habita una tierra que cree suya y que no lo reconoce, y llama salud a ese destierro cómodo del que ya ni siquiera sabe regresar.

    Vendría luego una voz que no comenzara por la crítica sino por la escucha, y que recordara que nada de cuanto hacemos empieza del todo en nosotros. Antes de la primera palabra hubo ya una llamada, y ese primer gesto no hace sino contestar a una convocatoria que no ha proferido. El viviente no inaugura, contesta, y lo hace desde una carne que fue interpelada antes de poder tomar la palabra. Comparecer es en su raíz responder, salir al encuentro de un reclamo que precede a toda iniciativa y que ninguna voluntad ha decidido. La ideología de la salud invierte ese orden y coloca en el principio no la respuesta sino el proyecto, no la llamada que me alcanza sino el plan que yo aplico. Hace del sujeto un iniciador puro, un origen sin nada delante, y al hacerlo lo sordece para la convocatoria primera. Un cuerpo que solo obedece a su propio programa es un cuerpo que ha dejado de responder a algo distinto de sí, que se ha clausurado en el eco de su propia orden y ya no oye venir a nadie.

    Esa voz añadiría que la palabra humana es una palabra herida, y que lo es precisamente porque responde a algo que la desborda y que nunca alcanza a decir por entero. La herida no es aquí la lesión que se cura, es la marca de haber sido tocado por lo que excede, la señal de que la carne está abierta a más de lo que puede contener. Un decir sin herida no respondería a nada, cerrado sobre su propia suficiencia, y una carne sin herida sería una carne que ya nada convoca. La cultura del bienestar sueña con esa invulnerabilidad y la llama plenitud, cuando es en verdad la cancelación de la apertura por la que el mundo nos alcanzaba. Quiere una voz intacta y un cuerpo intacto, sin la fisura por donde entra lo que no somos, y no advierte que al suturar esa fisura sella también el único lugar por donde algo podía llegarnos. La carne herida canta todavía porque responde. La carne blindada calla, porque ya no tiene a qué contestar.

    Detendría después la mirada en la fatiga, que esta cultura solo sabe leer como déficit, como deuda que hay que saldar con reposo programado para volver cuanto antes al rendimiento. La fatiga verdadera no es un fallo del organismo, es el modo en que el cuerpo lleva el peso de existir y de haber respondido, la huella corporal de un esfuerzo que nos ha gastado en algo. El que se cansa ha dado de sí, se ha entregado hasta el límite de sus fuerzas, y ese gasto está más cerca de la verdad de la carne que cualquier equilibrio restaurado. La liturgia del bienestar no escucha la fatiga, la administra, la convierte en un dato de recuperación que optimizar, y con ello le arranca lo que tenía de palabra. Porque la fatiga dice algo, dice hasta dónde hemos llegado y qué nos ha reclamado, y decirlo pertenece a la dignidad de un cuerpo que no es una máquina que se recarga sino un viviente que se cansa porque ha estado presente. Un cuerpo al que no se le permite cansarse de veras es un cuerpo al que se le ha prohibido gastarse, y por tanto darse.

    Recordaría también que el cuerpo es antes que nada hospitalario, que su vocación primera es acoger, dejar entrar el mundo y al otro, hacer sitio en la propia carne a lo que llega de fuera. El respirar y el dejarse tocar son formas de esa hospitalidad, maneras en que el cuerpo se ofrece como umbral antes que como fortaleza. La cultura del rendimiento invierte esa vocación y enseña al cuerpo a defenderse, a cerrar sus puertas, a vivir en estado de sitio frente a todo lo que pudiera alterarlo. Convierte la carne acogedora en un recinto amurallado, y llama a esa clausura autocuidado. Pero un cuerpo que ya no acoge ha traicionado aquello para lo que estaba hecho, ha cambiado el umbral por el muro y la acogida por la vigilancia. La hospitalidad pedía una carne porosa, capaz de ser habitada por lo que no es ella, y el ideal de la invulnerabilidad es exactamente la carne que ya no deja entrar a nadie.

    Terminaría esa voz por lo que menos cabe en un programa, la alegría, que no es el bienestar merecido sino un ensanchamiento del alma que viene de otra parte y nos vuelve más amplios de lo que éramos. El bienestar se gana y se administra, y por eso nunca desborda la medida de quien lo produce. La alegría, en cambio, no se produce, se recibe, y su marca es que excede siempre lo que habríamos podido esperar de nosotros mismos. Lo inesperado es su patria, y a lo inesperado no puede llegarle nada a quien lo ha previsto todo. El optimizador ha cerrado su vida a esa amplitud, ha cambiado la alegría que ensancha por un bienestar que apenas mantiene, y en el trueque ha perdido la única dilatación que valía la pena. Porque el bienestar deja al hombre en su tamaño, y la alegría lo saca de él, y solo lo segundo merecía llamarse una buena noticia para la carne.

    Otro denunciaría en todo esto una barbarie, no la del salvaje sino la de una civilización que se vuelve contra la vida que la sostiene, que aplica a lo viviente la mirada que solo convenía a las cosas. La ciencia moderna abstrajo del cuerpo todo lo que se siente y dejó solo lo que se mide, y esta cultura consuma esa abstracción sobre el viviente mismo, hasta no dejar de él sino magnitudes. Lo que se presenta como el cuidado más ilustrado de la vida es su negación más honda, la sustitución de lo que se padece por lo que se calcula.

    La vida no se conoce desde fuera, se experimenta desde dentro, se autoafecta, se siente a sí misma en un pathos que ningún ojo exterior puede captar. Ningún sensor alcanza el modo en que la vida se sufre y se goza a sí misma, esa impresión primera y sorda en que consiste el estar vivo antes de toda medida. La ideología de la salud, que solo trata con lo visible y lo cuantificable, pasa de largo ante lo esencial de la vida, que es invisible por principio, y ofrece un cuidado que nunca toca aquello que había que cuidar.

    Existe una carne que se siente a sí misma, que es pura afección de sí, y un cuerpo objetivo que se exhibe ante la ciencia como conjunto de mecanismos. La cultura del rendimiento instala en todas partes el segundo y desaloja el primero, enseña al hombre a identificarse con su organismo medido en lugar de con su carne padeciente. Habituado a verse como una máquina que se ausculta, el viviente olvida que es ante todo un sentirse, y ese olvido no es un error entre otros, es la pérdida de sí como vida.

    Aquel gesto fundador que apartó del mundo las cualidades sensibles para quedarse solo con lo medible se repite ahora sobre el cuerpo propio, que queda vaciado de su interioridad para reducirse a parámetro. Donde había un padecer se coloca una gráfica, donde había una alegría oscura de vivir se coloca un índice de bienestar, y la sustitución se celebra como progreso. Lo que se ha ganado en exactitud se ha perdido en realidad, porque la única realidad de la vida era ese padecer y ese gozar que la cifra no registra y que, al no registrarlos, decreta inexistentes.

    El gozo y el sufrimiento no son accidentes de la vida, son sus tonalidades fundamentales, el modo en que se experimenta a sí misma en cada instante de su duración interior. Aplanados en puntuaciones de bienestar, cuantificados y comparados, dejan de ser lo que eran, la carne viva del vivir, para convertirse en variables de un tablero. Una vida que se conoce solo por sus índices se ha vuelto extraña a su propia esencia, se niega a sí misma con el mismo saber que creía cuidarla, y consuma en nombre de la salud el suicidio callado de lo viviente.

    Vendría entonces otra voz a mostrar que la carne pertenece a esos fenómenos que dan siempre más de lo que ningún concepto puede recibir. Hay cosas del mundo que se dejan medir sin resto, que se agotan en la cifra que las describe, y hay en cambio un darse que desborda toda medida, que satura la mirada y la deslumbra en lugar de dejarse abarcar por ella. La carne es de esta segunda clase. No es un objeto pobre que la conciencia constituye a su gusto, es un exceso que me sobreviene y ante el cual la conciencia no basta. La ideología de la salud trata al cuerpo como si fuera de la primera clase, como un fenómeno común que se deja agotar en sus parámetros, y en esa reducción no lo simplifica, lo empobrece. El cuerpo medido no es la carne por fin conocida, es la carne rebajada a lo poco de ella que una cifra alcanza a contener. Y lo que queda fuera de la cifra, que es casi todo, no es un residuo desdeñable, es justamente aquello por lo que la carne era carne y no cosa.

    Distinguiría esa voz dos maneras de mirar y de ser mirado. Está la mirada que se detiene en lo que puede ver y encuentra allí solo su propia medida devuelta, el ojo que se contempla en la superficie y toma por objeto lo que no es sino su reflejo. Y está la mirada que recibe de lo mirado una llamada, que se topa con algo que la excede y la convoca desde más allá de sí. El cuerpo del bienestar, el que se busca en el espejo, es el primer caso llevado a su perfección, un ídolo que no remite a nada fuera de sí y que solo tolera la mirada que confirma su propia obra. En el espejo el optimizador no encuentra a otro, se encuentra a sí mismo, y esa es toda la trascendencia que su culto permite. La carne del otro, en cambio, y la carne propia en cuanto me es dada y no fabricada por mí, no es ídolo sino aquello que me mira antes de que yo lo mire, que me antecede y me reclama. La ideología de la salud produce ídolos y clausura los iconos, fabrica superficies que devuelven la imagen y suprime los rostros que interpelan.

    Iría esa voz más al fondo y diría que el yo no es primero un dueño que constituye sus objetos, sino un donado que se recibe de lo que recibe. Antes de disponer de nada, ya me ha sido dada una carne que yo no he hecho, y ese don previo es el suelo callado de todo lo que después emprendo. No me doy el cuerpo, lo recibo. Tampoco me pongo por mí mismo en la existencia, comparezco en ella habiendo sido ya entregado a mí mismo sin haberlo pedido. La cultura del rendimiento restaura en el trono al viejo sujeto soberano, al yo que se cree origen y fuente, y le entrega el cuerpo como materia disponible sobre la que ejercer su dominio. Al hacerlo olvida lo esencial, que la carne fue dada antes de toda voluntad, que ninguna gestión la produce y que el gestor mismo es, en su raíz, un donado que ha olvidado que lo recibe todo. El que administra su cuerpo como si fuera su obra ha perdido la memoria de su propia procedencia, y toma por propiedad lo que solo era un don.

    Insistiría en que hay una cosa que jamás podré poner delante de mí como objeto, y es precisamente mi carne, porque ella es aquello por lo que hay para mí objetos y aquello por lo que me es dado sentirme. Puedo hacer objeto de casi todo, menos de aquello desde lo cual todo se me da. Y sin embargo la ideología de la salud consiste entera en ese intento imposible, en colocar la carne enfrente, en tratarla como una cosa entre las cosas que se examina y se corrige. Es un error de raíz, no una simple exageración, porque confunde el lugar desde el que aparezco con una de las cosas que aparecen. La carne se siente desde dentro como dada, no se ve desde fuera como construida, y la mirada que la objetiva la pierde en el mismo acto en que cree por fin alcanzarla. Cuanto más se afana el régimen en tener la carne delante, más se le escapa lo único que había que retener, que era el sentirse desde el cual esa carne era mía.

    Y cerraría por lo que ninguna medición podrá darse a sí misma, la seguridad de valer, que no brota del propio examen sino que ha de venir de otra parte. El viviente no se pregunta solamente si es, se pregunta si alguien lo ama desde fuera de él, y a esa pregunta ningún dato responde. Puedo saberlo todo sobre mi cuerpo, su sueño y su rendimiento, y seguir sin saber lo único que importaba, si valgo para alguien que no sea yo. La cultura del bienestar promete una certeza total sobre el cuerpo y con ella pretende bastarse, quiere un yo que no necesite la mirada de nadie porque se ha vuelto transparente para sí. Pero al volverse suficiente ha renunciado a la única garantía que no podía producir, la que solo llega cuando otro adviene y me alcanza sin que yo la haya fabricado. El optimizador transparente lo sabe todo de sí y no sabe si merece ser, y esa certeza que le falta es justamente la que ninguna soteriología de la carne podrá jamás entregarle, porque no está en su carne medida sino en un reclamo que solo puede venirle desde otro.

    Habría quien reparase en que esta cultura está hecha para impedir que suceda nada, para reducir la vida a una sucesión de hechos previstos y expulsar de ella el acontecimiento que la reconfiguraría. Un hecho ocurre dentro de un mundo que permanece, un acontecimiento en cambio transforma el mundo mismo de aquel a quien le sucede, cambia el sentido de su pasado y abre un porvenir imprevisible. El régimen del plan solo admite hechos, resultados que confirman lo esperado, y sella la existencia contra todo lo que podría advenir y darle otra figura.

    El hombre no es una sustancia que permanece idéntica bajo lo que le pasa, es un adveniente, alguien que llega a ser sí mismo a través de lo que le sobreviene y lo constituye. En el lugar de ese adveniente disponible a lo que viene, la cultura del rendimiento coloca a un gestor que lo tiene todo anticipado, que ha decidido de antemano lo que le está permitido que ocurra. Al blindarse contra lo imprevisible, el sujeto renuncia a la única fuente de la que podía nacer alguien nuevo, y se condena a repetir indefinidamente al que ya era.

    La disponibilidad hacia lo que no se puede prever es la condición de que una vida sea todavía una aventura, un venir hacia nosotros de lo que aún no está escrito. El optimizador vive de espaldas a esa disponibilidad, calcula y previene, cierra las puertas por donde entraría lo inesperado, y llama seguridad a esa clausura. Un mundo del que se ha expulsado toda sorpresa es un mundo incapaz de acontecer, un escenario donde ya nada puede sobrevenir porque todo ha sido anticipado, y en él el sujeto envejece sin que le pase nunca nada.

    El acontecimiento tiene el poder de rehacer el sentido de todo lo vivido, de iluminar de otro modo el pasado y de reorientar el futuro desde una novedad que nadie eligió. El régimen del bienestar no tolera ese poder, quiere un pasado estable y un futuro proyectado, un tiempo sin quiebras del que se ha desterrado la posibilidad de que algo lo transfigure. Bajo esa administración del tiempo, la vida no avanza hacia lo desconocido, se prolonga hacia más de lo mismo, y la duración crece sin que crezca jamás el que la atraviesa.

    Existir es estar expuesto al advenir, ofrecido a lo que llega sin haber sido llamado y que, al llegar, hace de nosotros otros de los que éramos. El sí mismo que habría nacido de ese encuentro con lo imprevisible queda malogrado bajo el imperio de la anticipación, abortado antes de venir al mundo por un cuidado que teme toda irrupción. La salud total, entendida como dominio absoluto de lo que puede sucederle a un cuerpo, es la forma más sutil de impedir que a ese cuerpo le suceda por fin la vida.

    Alguien más objetaría que se ha entendido mal lo que la vida es, tomándola por un sistema que busca su equilibrio cuando es en verdad un movimiento que no cesa de excederlo. Lo viviente no es un mecanismo que tiende a la estabilidad, es un impulso, un desear que se lanza hacia el mundo y que ninguna satisfacción detiene. La cultura del bienestar, obsesionada con la homeostasis, con el balance de los nutrientes y la restauración del reposo, confunde la vida con la quietud que ella misma no deja de romper.

    El deseo que anima a lo viviente no es la falta de un objeto que, una vez obtenido, lo apaciguaría, es una apertura infinita cuyo término es el mundo entero y que por eso no se colma jamás. Reducir ese deseo a un catálogo de necesidades que satisfacer es no haber comprendido su naturaleza, que consiste justamente en desbordar toda necesidad. La ideología de la salud administra carencias y promete saciedades, y en esa contabilidad de lo que falta y lo que sobra pierde de vista que vivir es querer sin fin, no equilibrar cuentas.

    El ideal del equilibrio traiciona lo que hay de más propio en el viviente, que es su capacidad de ir siempre más allá del estado en que se encuentra, su exceso constitutivo. Ese descanso que repara y la recuperación que devuelve siempre al punto de partida dibujan una vida que solo aspira a mantenerse, cuando la vida verdadera es la que se arriesga fuera de sí. Un cuerpo educado para no salir nunca de su equilibrio es un cuerpo al que se le ha enseñado a no vivir, a confundir la salud con la inmovilidad disfrazada de armonía.

    Lo viviente es antes que nada un aparecer, una apertura por la que el mundo se manifiesta, y no una cosa cerrada que administra sus intercambios con el exterior. Tratar al ser vivo como un homeostato que regula lo que entra y lo que sale es rebajar el aparecer a mecanismo, la apertura a intercambio, el prodigio de que haya mundo a mero balance de energías. En esa rebaja se apaga lo que hacía del viviente algo más que una máquina, su condición de ser por el que las cosas vienen a la luz.

    El deseo que constituye la vida quiere el mundo, no una porción de bienestar, aspira a la totalidad y no a un cupo de salud bien administrado. Los protocolos finitos que la época multiplica no pueden ni rozar ese movimiento infinito, y al pretender fijarlo y encauzarlo lo extinguen sin advertirlo. Se obtiene así un organismo en perfecto equilibrio del que se ha retirado la vida, un cuerpo sano en el sentido en que lo está una cosa, definitivamente incapaz del exceso por el que lo viviente merecía ese nombre.

    Vendría por fin una voz más áspera a desmontar el encantamiento, a mostrar que toda esta espiritualidad de la salud es un mito secularizado, hermano gemelo de aquel mito de la cultura que ocupó el hueco dejado por la religión. Donde hubo un dios que salvaba se ha entronizado un numen fabricado, la Salud escrita con mayúscula, ante el cual se practica una beatería laica que se cree ilustrada mientras repite los gestos de la superstición que dice haber superado. Conviene deshacer el numen antes que rendirle el homenaje de tomarlo en serio como si de veras hubiera allí algo sagrado.

    Bajo el lenguaje del bienestar y la trascendencia interior late algo mucho más prosaico, un sector entero del capital, un mercado de suplementos y gimnasios que vive de la angustia que él mismo fomenta. El análisis honesto no se detiene en la fenomenología del cuidado de sí, desciende a las condiciones materiales, a la maquinaria económica que fabrica la necesidad y luego vende su remedio. Quien se queda en la superficie espiritual del fenómeno hace, sin saberlo, la propaganda de la industria que lo sostiene.

    El cuerpo esculpido no es solo una devoción privada, es un capital que se exhibe, una marca de distinción con la que unos grupos se separan de otros y afirman su posición. La liturgia del bienestar funciona como un mecanismo de clase, distribuye prestigio y desprecio, corona al que puede pagarse el tiempo y los medios del cuidado y humilla al que no llega. Bajo el discurso igualitario de la salud para todos opera una jerarquía muy real, la del gourmet de su propio cuerpo que acumula, en su carne trabajada, un capital simbólico como otros acumulan lecturas o barnices de cultura.

    Las pretensiones de trascendencia que se adhieren a esta ideología son un puro error de categorías, una confusión que toma por espiritual lo que es fisiológico y por sagrado lo que es mercantil. El fundamentalismo del cuerpo no es menos fundamentalismo por vestirse de ciencia, es la misma operación de siempre, la fabricación de un absoluto con materiales relativos, la elevación de un medio a la dignidad de fin último. La tarea del crítico no es matizar ese absoluto sino disolverlo, mostrar las costuras del ídolo sin conceder al numen ni un ápice de la reverencia que exige.

    Donde otros ven una nueva sabiduría del vivir hay que ver intereses y el viejo mecanismo de una idea que se hace pasar por evidencia natural para no ser discutida. La salud convertida en ideología no merece la piedad del análisis comprensivo, merece la deflación implacable que la reduce a sus componentes reales, al negocio y al miedo administrado. Y cuando se hayan disuelto sus pretensiones y devuelto el fenómeno a su suelo material, quedará todavía por pensar qué había de verdadero en el cuerpo antes de que esta mitología se apoderase de él, cuestión que ninguna deflación resuelve y que sigue, por eso, abierta.

    Queda por decir aquello que ninguna de las voces anteriores alcanzó a nombrar del todo, y que quizás solo desde mi propia ontología se deja pensar con exactitud. En el fondo de la comparecencia hay una pasividad o mejor, receptividad primera, un pati que precede a toda acción y la hace posible. Comparecer no es algo que yo haga, es algo que me sucede, un ser convocado antes de todo proyecto, una exposición que no he decidido y que sin embargo me constituye. El sujeto del bienestar se ha edificado sobre la negación exacta de esa pasividad. Se concibe entero como agente, como voluntad que se aplica sobre una materia dócil, y en esa concepción pierde el suelo mismo desde el cual habría podido aparecer.

    Lo más hondo de una vida no se hace, se padece. Nacer no fue una obra mía, envejecer no lo será, ser conmovido por una música o por un rostro me ocurre sin que yo lo fabrique, y el morir vendrá como lo que menos se elige de cuanto nos pasa. Una vida se teje con esos advenimientos que no dependen de la voluntad, y su dignidad no está en dominarlos sino en estar disponible para ellos. La ideología de la salud declara la guerra a ese pati originario. Quiere un cuerpo que solo actúe y nunca padezca, y al perseguir ese ideal desaloja de la existencia la región entera donde ocurre lo que de verdad importa.

    Hay una antigua sabiduría en la palabra con que llamamos al enfermo, el paciente, el que padece y por eso mismo espera, puesto en la condición de recibir. Esa palabra guarda una verdad que la cultura del rendimiento ha querido borrar, la de que padecer no es lo contrario de vivir sino una de sus formas más plenas, aquella en que la vida se nos entrega sin pasar por nuestro cálculo. Un cuerpo educado para no padecer nada es un cuerpo que ha perdido la capacidad de recibir su propia vida, que la tiene toda por delante como tarea y ninguna por debajo como don. La invulnerabilidad soñada por esta ideología no es plenitud, es la amputación de la mitad pasiva de la existencia, aquella sin la cual la otra mitad se queda sin nada que hacer salvo girar en el vacío.

    Mi carne no es solo aquello desde donde yo aparezco, es también aquello que aparece ante otro, lo que se ofrece a una mirada y a un deseo que no son los míos. Antes de ser mía en la vigilancia, mi carne es de otro en la exposición, se entrega al que me desea como una superficie viva que puede ser acariciada o herida. La caricia no toca un objeto, despierta una carne, la llama a comparecer bajo una mano que no la posee sino que la reconoce. Y aquí la cultura del bienestar consuma una expropiación distinta de todas las anteriores. Fabrica un cuerpo para ser visto y lo retira del ser acariciado, lo entrega al espectáculo y lo sustrae al eros.

    El cuerpo esculpido por el régimen se ofrece a la mirada como un monumento se ofrece al turista, para ser admirado a distancia y no para ser tocado en la cercanía. Su perfección es una coraza, y una coraza puede contemplarse pero no acariciarse. El deseo, en cambio, no busca la perfección sino la carne concreta, con su temperatura y su fatiga, con su sudor, con su olor, con su historia escrita en la piel y esa vulnerabilidad sin la cual no habría a quién desear. Un cuerpo blindado contra toda flaqueza es también un cuerpo blindado contra la ternura, cerrado a la única forma de aparecer en la que la carne se cumple, que es entregarse a otro sin garantía.

    El que ama no desea un cuerpo optimizado, desea este cuerpo, el que tiene delante, irrepetible en sus asimetrías y en sus marcas y defectos y grietas e imperfecciones y fisuras e irregularidades y torpezas, deseable justamente porque es mortal y podría no estar. La carne amada no admite mejora porque no es un medio para un fin, es el fin mismo del deseo, aquello ante lo cual el deseo se detiene y adora. La ideología del rendimiento no comprende esto y no puede comprenderlo, porque su lógica entera consiste en tratar todo cuerpo como perfectible, como borrador de un cuerpo mejor que todavía no existe. Al hacerlo desactiva el eros en su raíz, pues nadie desea un borrador, se desea una presencia.

    Así ocurre la paradoja que la época no quiere ver. El cuerpo perseguido con más ahínco, el más trabajado y el más puro, es también el más frío, el que ha ido perdiendo a fuerza de perfeccionarse aquello que lo hacía deseable. La comparecencia erótica pide una carne expuesta, y la exposición es lo contrario del blindaje. Cuanto más se acorazan estos cuerpos contra el tiempo y el deterioro, menos comparecen ante otro y más se limitan a exhibirse ante sí mismos en el espejo, que es la única mirada que su perfección tolera sin sentirse amenazada. La ideología de la salud produce, sin saberlo, una inmensa desexualización travestida de culto al cuerpo, monumentos donde antes hubo amantes.

    Mi ontología extiende la comparecencia a todo viviente expuesto, a cuanto puede ser herido y por eso mismo aparece. Pertenecer a lo vivo es pertenecer a un orden vulnerable, compartir con el animal y con todo lo que respira una misma condición ofrecida y una misma mortalidad. La ideología de la salud sueña con salir de ese orden, con producir una vida sin herida, un cuerpo que ya no pertenezca a la comunidad frágil de lo que puede morir. Y en ese sueño de excepción rompe el lazo más antiguo, el que nos une a cuanto vive por el hecho desnudo de estar igualmente expuesto.

    El viviente que el régimen convierte en alimento aparece en sus tablas como proteína, como cifra que cuadrar en el balance del día. Bajo esa contabilidad desaparece el hecho de que se trataba de otra vida expuesta, de otra carne que también comparecía y que también podía sufrir. El reclamo del animal, esa interpelación muda que su padecer dirige a quien es capaz de reconocerlo, queda cancelado por una mirada que ya solo ve nutrientes donde había seres. La misma operación que reduce mi cuerpo a máquina reduce al otro viviente a insumo, y ambas reducciones son un solo gesto, la retirada de la comparecencia allí donde había carne.

    Quien se afana en volverse invulnerable se aparta también de sus semejantes en lo que más los hermana, que no es la fuerza sino la fragilidad compartidaLa fuerza siempre diferencia, a saber, unos poseen más inteligencia, otros más belleza, otros más riqueza, otros más talento. La fuerza establece jerarquías. La fragilidad, en cambio, las suspende. Todos podemos enfermar, todos podemos perder a quienes amamos, todos envejecemos, todos conocemos el miedo y todos habitamos un cuerpo expuesto al tiempo. Es precisamente esa intemperie común la que hace posible la compasión. No nos reconocemos primero como seres poderosos, sino como seres vulnerables. Antes que competidores somos mortales. La verdadera comunidad de los vivos no se funda en la salud sino en la común exposición a la pérdida, en el saber callado de que cada uno está ofrecido y ninguno se salva de la herida. El optimizador solitario, encerrado en su proyecto de excepción, se ha excomulgado de esa comunidad sin advertirlo. Cree elevarse por encima de la condición mortal y lo único que consigue es quedarse fuera del vínculo que esa condición ofrecía, el de una carne que reconoce a otra porque ambas saben lo que es poder ser rotas.

    Toda soteriología engendra sus condenados, y la de la salud no es una excepción. A la luz de su promesa aparece de inmediato una casta de los que no pueden cumplir la liturgia, todos aquellos a quienes la enfermedad o la vejez apartaron para siempre de la imagen consagrada, sin que ninguna disciplina pudiera devolverlos a ella. La cultura que promete a todos la salvación por la carne produce con ello, en el mismo acto, una legión de irredentos. Y los mira con esa mezcla de compasión y reproche con que toda ideología mira al que no logra salvarse, sospechando siempre que en su desgracia hubo alguna culpa, alguna disciplina que faltó.

    Y sin embargo son precisamente esos cuerpos los que comparecen con más fuerza, los que dicen la verdad de la carne sin el maquillaje del rendimiento. El cuerpo que declina y el que ha sido marcado por la enfermedad o por los años manifiesta lo que todo cuerpo es y la liturgia se empeña en ocultar, una exposición sin defensa, una fragilidad que ninguna disciplina conjura. Ante ese cuerpo la ideología de la salud enmudece, porque no tiene evangelio que anunciarle, ninguna buena noticia para el que ya no puede optimizar nada. Su promesa entera estaba hecha para los fuertes, y ante la debilidad irremediable no sabe sino apartar la vista.

    Necesita, además, a esos condenados, porque su culto se sostiene sobre el contraste. Sin el cuerpo enfermo que temer no habría cuerpo sano que celebrar, y la juventud que se quiere prolongar necesita la vejez de la que huye para cobrar sentido. Así la casta de los irredentos cumple en esta ideología la función que en otras cumplió el infierno, la de dar sentido por oposición a la salvación de los elegidos. Un cuidado digno de ese nombre empezaría por el que no puede curarse, por el que ya no rinde, por la carne que solo pide ser acompañada en su declinar. La ideología de la salud hace lo contrario. Cuida al que menos lo necesita y abandona al que agota su promesa, y en ese abandono revela que nunca fue caridad, sino gestión de los salvables.

    Hay en el cuerpo una capacidad de gozo que no sirve para nada, un goce gratuito que no prepara ninguna tarea ni repara ninguna fatiga, que celebra sin más el hecho de estar vivo y expuesto al mundo. El sol sobre la piel, el agua, el sabor que no alimenta ningún propósito, el placer sin más razón que sí mismo, todo eso pertenece a la comparecencia como su fiesta, al modo en que el mundo se da por nada y sin pedir cuentas. Ese goce sin función es la forma sensible de la gracia, lo gratuito hecho carne. Y es exactamente lo que la ideología del rendimiento no puede tolerar, porque en ella todo debe servir y todo placer debe justificarse ante el tribunal de la utilidad.

    En su mundo no hay placer que no se haya ganado ni gozo que no rinda un beneficio. El descanso se convierte en recuperación programada para rendir mejor, y el buen sabor se tolera solo si viene acompañado de una virtud nutricional que lo redima. Nada se disfruta por sí mismo, todo se disfruta en vista de otra cosa, y ese diferimiento perpetuo del goce hacia una utilidad futura es la abolición del goce como tal. Un placer que debe justificarse ha dejado de ser placer, se ha vuelto una pieza más en la maquinaria del rendimiento, disfrazada de recompensa.

    Un cuerpo que solo puede gozar de lo que ha merecido ha perdido la relación más honda con su propia vida, la de recibirla como un don que no se paga. La gracia, en el único sentido que aún puede tener para un pensamiento sin cielo, es esto, la experiencia de que hay dado antes de todo mérito, de que el mundo se ofrece sin que hayamos hecho nada para merecerlo. La cultura de la salud, calvinismo consecuente hasta el final, ha suprimido esa gracia junto con la gratuidad que la hacía sensible. Ha convertido la vida entera en salario, y de una vida que es toda salario se ha retirado precisamente aquello que la volvía habitable, la parte regalada, la que nadie ganó y nadie puede perder porque nunca fue un premio.

    El gesto más propio de mi ontología consiste en sostener una tensión sin resolverla, en permanecer sin bloque allí donde el pensamiento perezoso se precipita hacia uno de los polos para descansar. Ser cuerpo es habitar una tensión de esa clase, la que separa y a la vez enlaza el cuerpo que uno tiene del cuerpo que uno es, sin que ninguno de los dos términos pueda suprimir al otro sin abolir la carne misma. No soy puro espíritu que dispone de un cuerpo instrumento, ni pura cosa entregada a las leyes de la materia, soy esa costura viva y sin sutura definitiva entre lo que padezco y lo que hago, entre lo que recibo y lo que emprendo. La dignidad de existir encarnado está entera en no clausurar esa tensión.

    La ideología de la salud es la resolución violenta de esa tensión en favor de uno solo de sus polos. Decide que el cuerpo es lo que uno tiene, materia administrable, objeto ante la voluntad, y con esa decisión zanja de un golpe lo que debía permanecer abierto. Ofrece el descanso de una respuesta donde había una cuestión, la comodidad de un cuerpo sabido donde había un misterio expuesto. Y lo que presenta como dominio de sí es en verdad la renuncia a la única forma de estar a la altura de la propia carne, que era mantenerse en su tensión sin caer del lado fácil, sin convertir en cosa lo que también es acontecimiento.

    Somos un problema antes que una solución, y en eso reside cuanto de valioso hay en nosotros. La carne es una pregunta que camina, una interrogación que ni la ciencia ni la disciplina lograrán cerrar sin matar aquello sobre lo que preguntan. La salvación que esta ideología de hoy promete es la supresión de ese problema, la conversión del enigma que somos en un sistema transparente y gobernable, y una salvación así no salva, aniquila. Nos libra del peso de ser una cuestión al precio de dejar de ser lo que éramos, y entrega a cambio la paz de las cosas resueltas, que es la paz de lo que ya no vive.

    La única fidelidad posible a la carne es mantener abierta su herida, no la herida del daño sino la de la cuestión, esa por la que el cuerpo no acaba nunca de coincidir consigo mismo y por eso permanece vivo. Quien la cierra creyendo curarla mata al enfermo para acabar con la enfermedad. Y acaso todo cuanto puede hacerse contra esta ideología sea muy poco, apenas resistir la tentación de resolver lo que pide seguir abierto, un negarse a comprar la paz que se ofrece a cambio de la vida. No hay aquí un método que oponer al método, porque cualquier método sería ya una recaída. Hay solo la obstinación en no clausurar, sostenida sin garantía, como se sostiene una nota que sabe que va a extinguirse y que sin embargo se prolonga mientras puede.

    Al término de este recorrido la figura se deja ver entera. Lo que se presentaba como el cuidado más razonable de uno mismo era una ideología oscurantista sin confesarse, con su promesa de salvación y su reverso de condenación, con un dios oculto que era el propio cuerpo elevado a última trascendencia de un mundo sin cielo. Y como toda ideología que no se reconoce, obraba con más poder por actuar en la sombra, dictando conductas y produciendo culpas bajo la máscara neutra de la evidencia. Nombrarla, destaparla, tirar de la alfombra, es ya sustraerle una parte de su fuerza, devolver su condición de creencia a lo que se hacía pasar por saber.

    Pero nombrarla no basta, y sería ingenuo creer que basta. La ideología contemporánea de la salud no vive de argumentos y no caerá por ellos, vive de un miedo muy hondo a la muerte y a la contingencia que ningún razonamiento disuelve. Contra ese miedo no tengo nada que ofrecer que se le parezca, ninguna técnica de la comparecencia ni método alguno para volver a habitar el cuerpo, porque en el instante en que lo ofreciera habría fundado una secta rival dentro de la misma ideología. Lo que mi ontología puede hacer es más modesto y quizá más difícil, sostener despierta la cuestión que la ideología adormece, recordar que el cuerpo fue una vez, y sigue siendo bajo la administración que lo cubre, el lugar expuesto donde comparecemos, mortales y ofrecidos, ante el mundo y ante los otros.

    Queda entonces cada uno ante su propia carne, sin doctrina que seguir y sin programa que aplicar, con la sola tarea de no traicionarla convirtiéndola en objeto. Nadie puede decir de antemano cómo se cumple esa tarea, porque no es una tarea en el sentido en que lo son las que esta cultura multiplica, es más bien una manera de estar en el mundo, una fidelidad a lo que en el cuerpo se resiste a ser poseído. Tal vez consista solo en escuchar de nuevo el melos que la disciplina había acallado, en dejar que la muerte esté presente sin organizar la vida entera en su contra. O tal vez ni siquiera eso pueda decirse sin recaer en la prescripción. Lo cierto es que la salvación ofrecida por la carne es la pérdida de la carne, y que la única salud que merecería el nombre empezaría por aceptar que no hay salvación, y que en esa renuncia, y no en su contrario, comienza acaso lo poco que de verdad puede curarse.

    Escribo esto sabiendo que también yo soy un cuerpo que a veces querría administrar, o administrarse a sí mismo, y que la lucidez sobre una tentación no equivale a estar libre de ella. Estas páginas no vienen de quien ha salido de la ideología que critica, sino de quien la reconoce en sí y la resiste con dificultad, algunas mañanas mejor que otras. 

    Habría además una ironía final que no quiero callar. Un ensayo puede volverse también una técnica del alma, una higiene del pensamiento con la que uno se cree a salvo por haber comprendido, y la comprensión ofrece a veces una suerte de alivio cognitivo, la misma falsa pureza que el régimen ofrece al cuerpo. Desconfío por eso incluso de estas líneas mías, de la satisfacción que dan y del descanso que prometen. Por eso, termino aquí y las dejo sin pulir del todo, con sus asperezas, porque un texto demasiado sano sobre la enfermedad de la salud sería su primera víctima, sin duda. Y las interrumpo aquí, no porque haya concluido, sino porque la cuestión que las movía sigue abierta en mi propia carne mientras las escribo...

Comentarios

ENTRADAS MÁS LEÍDAS

... elegía por una poética del tono ...

... defensa razonada de la música española ...

... 223 años de historia: el Concierto para piano y orquesta en España: 1798 - 2021 ...

... Intermezzi/Divertimenti ...

... what's wrong with classical music ...

... the hairpin debate ...

... Taubman, Celibidache, la cultura de la interpretación, y la crítica musical ...

... pasquinos, birras y otros desaguisados romeriles ...

... Prokofiev, la muerte, lo colosal y lo trágico ...

... en torno al historicismo musical: elegía por una poética de la inmediatez ...

Entradas más leídas

... elegía por una poética del tono ...

... defensa razonada de la música española ...

... 223 años de historia: el Concierto para piano y orquesta en España: 1798 - 2021 ...

... Intermezzi/Divertimenti ...

... what's wrong with classical music ...

... the hairpin debate ...

... Taubman, Celibidache, la cultura de la interpretación, y la crítica musical ...

... pasquinos, birras y otros desaguisados romeriles ...

... Prokofiev, la muerte, lo colosal y lo trágico ...

... en torno al historicismo musical: elegía por una poética de la inmediatez ...