... la Francia subterránea: fenomenología francesa contemporánea ...
La Francia subterránea
Genealogía de una afinidad
I. La paradoja de una cercanía
Hay una paradoja que me acompaña desde hace unos años y que sólo ahora, al escribirla, empiezo a comprender del todo. Es la siguiente. Cuanto más madura mi pensamiento, más profundamente me descubro dialogando con un muy determinado grupo de filósofos franceses contemporáneos, en concreto, Michel Henry (1922 - 2002), Jean-Louis Chrétien (1952 - 2019), Jean-Yves Lacoste (1953), Jean-Luc Marion (1946), Claude Romano (1967), Renaud Barbaras (1955); y, detrás de ellos, sosteniéndolos como sostiene un bajo continuo, Gabriel Marcel (1889 - 1973), Emmanuel Mounier (1905 - 1950), Maurice Merleau-Ponty (1908 - 1961), Emmanuel Levinas (1906 - 1995) y Paul Ricœur (1913 - 2005). No los leo como se lee una bibliografía. Los leo como quien reconoce, en una casa ajena, los muebles de la propia infancia.
Y sin embargo, esa afinidad nunca se ha traducido en una particular fascinación por Francia en sí, como nación, como mito, como paisaje del alma. Pero no es tibieza, pues amo profundamente a Claude Debussy (1862 - 1918) y a Gabriel Fauré (1845 - 1924) —mucho menos a Maurice Ravel (1875 - 1937)— con un amor nada distraído; amo a Erik Satie (1866 - 1925) y a Camille Saint-Saëns (1835 - 1921); amo a Francis Poulenc (1899 - 1963), mitad monje y mitad golfo, que llevó al canto el martirio de las carmelitas de Georges Bernanos (1888 - 1948); venero hasta casi la locura el pianismo de Alfred Cortot (1877 - 1962) —suizo de cuna, francés de dicción—. Amo la lengua francesa siglo a siglo, la poesía que va de François Villon (1431 - c. 1463), Clément Marot (1496 - 1544), Joachim du Bellay (1522 - 1560) y Pierre de Ronsard (1524 - 1585) a Charles Baudelaire (1821 - 1867), Paul Verlaine (1844 - 1896), Arthur Rimbaud (1854 - 1891), Stéphane Mallarmé (1842 - 1898), Paul Valéry (1871 - 1945), Pierre Reverdy (1889 - 1960), René Char (1907 - 1988) e Yves Bonnefoy (1923 - 2016); la sabiduría de Michel de Montaigne (1533 - 1592) y el abismo de Blaise Pascal (1623 - 1662); la carcajada de François Rabelais (c. 1494 - 1553), la comedia de Molière (1622 - 1673), la tragedia de Jean Racine (1639 - 1699); la novela de Honoré de Balzac (1799 - 1850) y de Stendhal (1783 - 1842), de Victor Hugo (1802 - 1885) y de Gustave Flaubert (1821 - 1880), de Marcel Proust (1871 - 1922) y de Bernanos, de Louis-Ferdinand Céline (1894 - 1961), de Marguerite Yourcenar (1903 - 1987), de Albert Camus (1913 - 1960), de Julien Gracq (1910 - 2007). Pero el mío es un amor por voces y por obras, no por un país concreto.
Mi imaginación histórica, artística y aun espiritual, en realidad, ha gravitado casi siempre hacia otros puntos cardinales, sobre todo hacia el Este europeo, Este en sentido muy amplio y funcional —la Rumanía de George Enescu (1881 - 1955), que me dio mucho más que un premio; la Hungría de Béla Bartók (1881 - 1945), que moriría en mi querido Nueva York con los Cárpatos en el oído; la Moravia de Leoš Janáček (1854 - 1928); la Praga de Jan Patočka (1907 - 1977), Milan Kundera (1929 - 2023), y Antonín Dvořák (1841 - 1904); la inmensidad rusa, con mis amados Piotr Ilich Tchaikovsky (1840 - 1893), Serguéi Prokofiev (1891 - 1953), Aram Khachaturian (1903 - 1978) y Serguéi Rachmaninov (1873 - 1943), y toda su sublime literatura— y, con no menor fuerza, hacia las dos Américas, la del Norte y la del Sur, cuyas praderas y cuyas pampas son hermanas de la estepa, dos inmensidades gemelas que ya Alexis de Tocqueville (1805 - 1859), un francés, vio destinadas a repartirse el porvenir; hacia el Mediterráneo griego —y aquí la palabra gravitación se me queda corta, pues a Grecia la amo de manera absoluta, sin reserva ni matiz, porque no es para mí un país entre los países sino el suelo bajo todos ellos; de su lengua tomé la palabra que nombra mi vida entera (melos), y de su mousiké, la unidad perdida que todo mi trabajo intenta recomponer; Grecia no gravita, sino que funda—; y hacia España, que es mi carne —y las Américas son carne de esa carne—.
¿Y por qué el Este? No por lo que suele creerse. Porque el Este es la Europa que no firmó del todo cierto divorcio. El divorcio del que hablo no es el de la razón con la fe, ni el de Europa con sus luces —no añoro ninguna edad de oro, ni le niego al Este las suyas—, sino que es el divorcio que este ensayo lamenta de principio a fin, ese que damos por natural desde hace siglos, el de la palabra con el canto, el del pensamiento con la voz, el de la seriedad con el temblor.
Esa separación, que en el Oeste moderno se volvió costumbre —aquí se argumenta, allá se canta; el concepto a un lado, la emoción al otro—, el Este tardó más en darla por buena. Allí lo más grave siguió diciéndose en voz alta y con el cuerpo —Dios, la culpa, la muerte, la inmortalidad del alma—, nadie pregunta como Fiódor Dostoyevski (1821 - 1881), sin anestesia y con el cuchillo sobre la mesa; nadie perdona como Antón Chéjov (1860 - 1904), sin decirlo; nadie reza como Lev Tolstói (1828 - 1910), peleándose. Y su música nunca se alejó demasiado de la voz ni de la tierra: Janáček anotaba en libretas de bolsillo las curvas melódicas del habla —el melos de la conversación morava, mi propia ontología en estado silvestre—; Bartók cruzó aldeas con un fonógrafo a cuestas, recogiendo millares de cantos campesinos, rumanos incluidos; Enescu llevaba dentro la doina, ese canto ancestral que respira rubato porque respira como quien cuenta una pena. Donde además la cultura se pagó con la vida —una firma costaba la cátedra, y Patočka pagó con el cuerpo lo que enseñaba con la voz—, nadie confunde el arte con un adorno, es la Europa que Kundera llamó secuestrada y que, aun secuestrada, guardó el oído. El Este me enseñó que la seriedad y el canto son el mismo temblor; a España, que es mi carne, nadie tuvo que enseñárselo, son dos extremos donde la razón nunca terminó de domesticar al alma, donde todavía se canta lo que en otras partes se argumenta.
Y dentro del Este, Rusia merece párrafo aparte, porque ningún amor mío necesita hoy más aclaración. Digámoslo con el método de este ensayo, también hay dos Rusias, y sólo una es la mía. No amo a la Rusia de los imperios —ni la de los zares, ni la de los comisarios, ni la que hoy bombardea en nombre de una grandeza que profana lo que invoca—, ésa no es una Rusia; es un Estado, y los Estados no cantan. Amo a la otra, la subterránea, que casi siempre vivió perseguida por la oficial, la de Aleksandr Pushkin (1799 - 1837), vigilado por su censor imperial; la de Dostoyevski, que conoció el paredón antes que la gloria y volvió de Siberia con el subsuelo por equipaje; la de Ósip Mandelstam (1891 - 1938), muerto en un campo por dieciséis versos; la de Anna Ajmátova (1889 - 1966), haciendo cola a las puertas de la cárcel mientras unas pocas mujeres guardaban su Réquiem de memoria, porque escribirlo era morir; la de Marina Tsvetáyeva (1892 - 1941), errante entre París y la soga. Y amo su música como se ama una lengua materna adoptiva —Tchaikovsky, Prokofiev, Rachmaninov, que murió lejos, con Rusia entera en las manos y sin poder volver— y la escuela de piano que hizo del cantabile un modo de musicar al piano, Heinrich Neuhaus (1888 - 1964) enseñó a media humanidad pianística que el piano existe para cantar, y en esa doctrina estoy en casa. Mi rusofilia es eso, lealtad a una Rusia que sus propios dueños nunca merecieron, y que ningún tirano puede confiscar, porque no ocupa territorio, ocupa oído.
Ahora bien, estas gravitaciones no me apartan de Francia; me apartan de una Francia. Porque hay muchas. Nunca me imantó la del teorema y el catastro —la de la estufa de René Descartes (1596 - 1650), la positivista, la jacobina, la estructuralista, la que confunde la claridad con la clausura—. Pero la otra, la subterránea, es cómplice de todos mis amores, es la Francia que puso los salmos en verso por la mano de Marot —perseguido, prófugo— para que un pueblo entero pudiera cantarlos; la que se arrodilló ante Modest Mussorgsky (1839 - 1881) —Saint-Saëns volvió de Rusia con el Borís en la maleta, y Debussy no se repuso jamás de aquella lección de libertad—; la que formó a mi Enescu en la clase de Fauré —el más tierno de mis amores franceses enseñando al más hondo de mis amores del Este, no conozco emblema más exacto de este ensayo que esa aula, donde cuando toco al uno oigo al otro escuchándolo; y de ella salió, años más tarde, un Edipo griego cantado en francés por un rumano, el Este, Grecia y Francia anudados en una sola ópera— y acabó dándole tumba en Père-Lachaise; la que soñó España mejor que muchos españoles —la Ibéria de un Debussy que apenas pisó España unas horas, el pianismo hispánico de un Ravel mecido en canciones vascas—; la del salón de Pauline Viardot (1821 - 1910), española de sangre y francesa de escena, donde envejeció de amor el ruso Iván Turguénev (1818 - 1883): España, Francia y Rusia bajo una misma lámpara; la que tradujo a Edgar Allan Poe (1809 - 1849) por la mano de Baudelaire; la que fue llorada por Rubén Darío (1867 - 1916), que despidió a Verlaine como a un padre y un maestro; la que dio a luz en Montevideo —¡en Montevideo!— a Lautréamont (1846 - 1870), a Jules Laforgue (1860 - 1887) y a Jules Supervielle (1884 - 1960), como si la poesía francesa necesitara nacer en América para ser del todo ella misma; la que acogió el pensamiento ruso errante de Lev Chestov (1866 - 1938) y de Nikolái Berdiáyev (1874 - 1948), y junto a ellos al rumano Benjamin Fondane (1898 - 1944) —nacido en Iași, discípulo de Chestov, que pensó a Baudelaire desde el abismo y murió en Auschwitz escribiendo en francés, Rumanía, Rusia y Francia anudadas en una sola vida—; la que estrenó, entre abucheos, una primavera venida de las estepas; la de Gérard de Nerval (1808 - 1855), que puso título español a su soneto más oscuro; la de Antonin Artaud (1896 - 1948), que fue a buscar entre los tarahumaras lo que Europa le negaba, y la del Michaux de Ecuador —Henri Michaux (1899 - 1984), belga de cuna, francés de tinta—, que interrogó a los Andes con la misma sed; la de Rimbaud, que se fue. Esa Francia —la de Pascal y no la de Descartes, la de Villon y no la de los geómetras, la de Baudelaire y no la de Auguste Comte (1798 - 1857)— es oriental, es americana, es española; y España misma, bien mirada, siempre ha conversado mejor con el Este, con las Américas y con esa Francia nocturna que con la Europa de las oficinas, Rusia y España son las dos orillas extáticas del continente y se reconocen de lejos. El mundo austro-germánico, en cambio, nunca ha sido para mí una gravitación, es un oficio, y lo habito como se habita un taller, con respeto y sin nostalgia. He vivido en Nueva York y regreso siempre a Valencia. París nunca ha sido mi ciudad, pero me encanta, la quiero como se quiere una casa ajena y hermosa, con gratitud y sin llaves. Y si alguna de mis nostalgias habla francés, lo habla con acento ruso, con acento americano, con acento español; no habla desde una ciudad, habla desde una página, desde un piano.
Y no es casual haber terminado en un piano. Junto a un piano, precisamente, filosofaba Gabriel Marcel, el bajo continuo de mi constelación, improvisaba a diario, sin partitura, y confesó más de una vez que en esas improvisaciones decía lo que sus ideas filosóficas no alcanzaban a decir. Por ese piano vuelvo a la casa del comienzo. El rodeo, además, ha dejado a la vista una asimetría que entonces no supe nombrar, de París he dicho que la quiero como a una casa ajena y hermosa, con gratitud y sin llaves; en la casa de estos pensadores, en cambio, jamás necesité llave, porque al entrar reconocí los muebles. Henry, Chrétien, Lacoste, Marion, Romano, Barbaras; y sosteniéndolos, Marcel, Mounier, Merleau-Ponty, Levinas, Ricœur, franceses de lengua, de aula y de editorial; herederos, se dirá, de esa Francia subterránea que acabo de cantar —y con eso todo quedaría explicado—. Pero nada queda explicado, porque la pregunta no es a qué Francia pertenecen ellos, sino por qué les pertenezco yo. El rodeo ha descrito la casa; faltan los muebles.
¿Cómo explicar entonces esta cercanía? ¿Cómo puede uno sentirse tan íntimamente acompañado por una constelación de pensadores de un país que no habita, aparentemente, del todo su imaginación?
La respuesta, creo, exige invertir la pregunta. No he llegado a estos filósofos desde Francia. He llegado a ellos a través de aquello que Francia supo conservar. No es que no ame a Francia, amo lo que Francia hospedó. Y esa distinción —que parecerá sutil y es, en realidad, abismal— es el asunto de este ensayo. Porque explicarla me obligará a recorrer mi propia genealogía intelectual desde Atenas hasta Praga, a retratar uno por uno a los miembros de esa constelación y a medir con precisión el punto exacto en que mi camino se separa del suyo, el punto en que el aparecer, la donación, la llamada y el acontecimiento —sus grandes palabras— se recogen, para mí, en una palabra más antigua y más desnuda. Melos.
II. La otra Francia
Existe una imagen muy difundida de la filosofía francesa, la heredera de Descartes. Racionalista, analítica en el sentido clásico del término, enamorada de la claridad conceptual, de la distinción, de la autonomía del sujeto que se piensa a sí mismo antes de fiarse del mundo. Esa tradición existe, desde luego, y ha dado frutos formidables. También existen sus derivaciones y sus rebeliones, el positivismo de Comte, el cientificismo republicano, el estructuralismo, el postestructuralismo, la obsesión por el lenguaje, la analítica del poder, la deconstrucción entendida como programa universal. Todo eso es Francia. Y nada de eso constituye el núcleo de mis afinidades.
Los autores hacia los que me siento atraído pertenecen, curiosamente, a otra Francia. Una Francia casi subterránea, que corre por debajo de la oficial como corren ciertos ríos bajo las ciudades, se la oye poco, pero es ella la que sostiene los cimientos.
La Francia de Gabriel Marcel. La de Emmanuel Mounier. La de Merleau-Ponty. La de Levinas, aunque naciera en Lituania. La de Michel Henry. La de Jean-Louis Chrétien. La de Jean-Luc Marion. La de Jean-Yves Lacoste. La de Claude Romano. La de Renaud Barbaras. La de Paul Ricœur.
Todos ellos representan una tradición que nunca aceptó reducir la existencia a objeto, ni el conocimiento a representación, ni el hombre a conciencia aislada. Filósofos para quienes el ser acontece antes de ser poseído; para quienes la experiencia precede al concepto; para quienes la persona es anterior al individuo; para quienes la vida desborda siempre cualquier definición. Es casi la Francia menos cartesiana posible. Y es exactamente la que me interesa.
Pero conviene matizar algo que suele pasarse por alto, porque de lo contrario esta Francia subterránea parecería un mero puerto de acogida de la fenomenología alemana, un almacén donde Edmund Husserl (1859 - 1938) fue depositado tras el naufragio de su patria. No es así. Esa Francia tenía su propio cauce, antiquísimo, cavado mucho antes de que llegara la primera traducción de las Investigaciones lógicas. Y ese cauce es el que hizo posible la acogida.
Está Maine de Biran (1766 - 1824), el gran solitario, que a comienzos del siglo XIX descubrió que el yo no se conoce en la representación sino en el esfuerzo, en esa resistencia íntima que el cuerpo propio opone y entrega a la vez, y que ningún espejo devuelve. Todo pianista sabe de qué hablaba Biran sin haberlo leído, la primera palabra que el mundo nos dirige es la resistencia de la tecla bajo el dedo, ese peso mínimo que no es obstáculo sino diálogo. No es casual que Michel Henry, siglo y medio después, escribiera uno de sus libros decisivos sobre Biran, la vena venía de lejos.
Está Félix Ravaisson (1813 - 1900), discípulo de aquella escuela y lector de Aristóteles (384 - 322 a. C.), que en su breve tratado sobre el hábito mostró que la costumbre no es mecanización sino gracia adquirida, una espontaneidad que desciende al cuerpo y se vuelve naturaleza segunda. Ahí está prefigurada toda una filosofía de la técnica instrumental que todavía no hemos escrito del todo, la técnica verdadera no es automatismo, es libertad depositada en la carne, disponibilidad que ya no necesita vigilarse. El brazo que ha aprendido a cantar canta solo; eso no lo degrada: lo consuma.
Está Henri Bergson (1859 - 1941), que hizo de la idea de duración el corazón de lo real y que, cada vez que quiso decir qué era esa duración indivisible, continua, cualitativa, irreversible, recurrió a la misma imagen, la melodía. La vida interior como melodía continua, donde cada nota penetra en la siguiente y ninguna puede aislarse sin destruir el conjunto. Guardemos este dato, porque volveremos a él, es uno de los indicios mayores de este ensayo.
Está Maurice Blondel (1861 - 1949), con su filosofía de la acción: la voluntad que en cada acto quiere más de lo que ese acto realiza, el exceso constitutivo del obrar humano, esa desproporción entre lo querido y lo logrado que no es fracaso sino motor. Cualquier intérprete (o mejor, rapsoda) reconoce esa estructura, ninguna ejecución (rapsodia) agota lo que la interpretación quería; por eso volvemos mañana al instrumento.
Y está, culminándolo todo con su pureza terrible, Simone Weil (1909 - 1943), uno de mis ídolos. La Francia de la atención. Weil enseñó que la atención absoluta es la forma más alta del espíritu; que la belleza del mundo es una entrada al laberinto de la que ya no se sale indemne; que hay que aprender a esperar sin impacientar lo esperado; que el yo debe adelgazarse —descrearse, decía ella— para que lo real pueda pasar. Pocas descripciones conozco más exactas del oficio de escuchar. El intérprete que de verdad sirve a una obra practica, lo sepa o no, una descreación weiliana, aparta su yo del centro no por humildad decorativa, sino porque ocupaba el sitio del canto.
Biran, Ravaisson, Bergson, Blondel, Marcel, Weil. Esfuerzo, hábito, duración, acción, misterio, atención. Ésa es la Francia que estaba lista cuando la fenomenología llegó buscando casa. No fue un país vacío el que acogió a Husserl, fue un país que llevaba un siglo excavando, por sus propios medios, el mismo pozo. La Francia cartesiana dio al mundo la claridad; esta otra Francia, más callada, conservó algo previo a la claridad, la convicción de que hay una experiencia del ser anterior a toda representación, un contacto con lo real que se da en el cuerpo, en el esfuerzo, en la espera, en la duración —y, añadiré yo antes de terminar, en el canto.
Y el cauce no se secó cuando la fenomenología entró en la casa, siguió corriendo, paralelo a la constelación, en Vladimir Jankélévitch (1903 - 1985) —hijo de emigrados rusos, otra vida que anuda Rusia y Francia; heredero de Bergson; pianista él mismo—, que consagró libros enteros a Fauré y a Debussy —precisamente los míos— y también a Ravel, y a la música el más hermoso que la filosofía francesa le haya dedicado, La música y lo inefable. Jankélévitch distinguió lo indecible —aquello sobre lo que no hay nada que decir, la muerte— de lo inefable —aquello sobre lo que nunca se acaba de decir—, y puso la música del lado segundo, se puede hablar infinitamente de ella sin decirla jamás. Lo venero, y me separo de él en el punto que define mi proyecto entero, para Jankélévitch la música es aquello de lo que el discurso habla sin alcanzarlo; para mí es aquello desde lo que todo discurso habla. El melos no es el objeto inagotable de la palabra, es su forma anterior. Lo inefable no es lo que no puede decirse: es lo que sólo puede decirse cantando.
Y esa Francia no es sólo filosófica ni sólo musical, tiene su cine, y también ahí reconozco el subsuelo. Robert Bresson (1901 - 1999), antes que nadie, el que adaptó dos veces a Bernanos; el que llamaba modelos a sus intérpretes y les pedía ser en lugar de expresar; el que anotó que el oído es más hondo que el ojo y que cuando un sonido puede sustituir a una imagen hay que suprimir la imagen. Un cineasta que subordinó la vista a la escucha, su cámara practica, fotograma a fotograma, la descreación de Weil, y vela como vela el hombre litúrgico de Lacoste —sin exigir emociones, dejando que la presencia ocurra—. Jacques Demy (1931 - 1990) hizo el experimento inverso y complementario: calentó la conversación entera hasta devolverla al canto; si el concepto es voz enfriada —lo diré más adelante—, Los paraguas de Cherburgo son la prueba de que bastaba acercar una llama. Y Alain Resnais (1922 - 2014) filmó la memoria tal como yo la entiendo, no como archivo que se consulta sino como comparecencia que asalta el presente. No es cinefilia, es la misma agua.
Y tiene su pintura, que amó mis categorías siglos antes de que yo balbuceara la primera, Georges de La Tour (1593 - 1652) es la vigilia de Lacoste puesta al óleo —esas Magdalenas ante la vela, exposición sin espectáculo, noche sostenida—; Jean-Siméon Chardin (1699 - 1779) es la atención de Weil, y no por azar fue el pintor que enseñó a mirar a Proust, nadie ha dado con más pudor el peso de lo cotidiano, la jarra que comparece porque alguien la miró sin apropiársela; Jean-Baptiste Camille Corot (1796 - 1875) afinó el paisaje hasta dejarlo a punto de sonar —sus grises son un legato—; Paul Cézanne (1839 - 1906), que decía que el paisaje se pensaba en él, es el santo patrón de mi pertenecer a un paisaje, la carne de Merleau-Ponty antes de Merleau-Ponty —no en vano el filósofo le dedicó su ensayo más hermoso—; y Georges Rouault (1871 - 1958), con sus contornos de plomo y sus reyes tristes, es Bernanos en color, la miseria atravesada de gracia. No es una galería de gustos, es el mismo subsuelo aflorando en otro material.
Mis afinidades francesas —filosóficas, musicales, fílmicas, pictóricas— son, pues, todas anómalas dentro del panorama francés. No me atrae el racionalismo, ni el jacobinismo ni el positivismo, ni el estructuralismo ni la filosofía del poder. Me atrae una Francia minoritaria que nunca dejó de preguntarse por la encarnación, la experiencia, la vida, el cuerpo, la llamada, la existencia, el acontecimiento, la presencia. Una Francia que, mientras la oficial demostraba, se dedicaba a algo mucho más raro y mucho más difícil. Escuchaba.
III. El árbol verdadero
Y sin embargo, incluso esta genealogía francesa sigue siendo incompleta. Porque mi relación con estos autores no nace realmente en Francia. Nace mucho antes y mucho más al este. Si dibujo con honestidad el árbol del que me siento rama, sus raíces no tocan el Sena. El tronco sube, aproximadamente, así, Platón (c. 428 - 348 a. C.); los Padres griegos; Agustín de Hipona (354 - 430); la mística medieval; Nicolás de Cusa (1401 - 1464); Søren Kierkegaard (1813 - 1855); el último Husserl; y, como bisagra decisiva, Jan Patočka. Sólo entonces, en las ramas altas, aparece París.
Conviene detenerse en cada anillo de este tronco, porque ninguno está ahí por erudición, cada uno me dio algo que después reconocería, transformado, en los franceses.
Platón, primero. No el Platón escolar de las Ideas convertidas en objetos celestes —ese Platón es ya una traición platónica—, sino el Platón para quien el alma es eros, tensión, movimiento hacia lo que la excede; el Platón que en la República ordena educar por la música antes que por la matemática, porque el ritmo y la armonía descienden hasta el fondo del alma y la conforman antes de que ningún argumento la alcance. Y hay en el Fedón un episodio que siempre me ha parecido de una injusticia fecunda, Simmias propone que el alma es como la armonía de la lira, y Sócrates (470 - 399 a. C.) lo refuta con elegancia implacable —la armonía no puede preceder ni gobernar al instrumento del que resulta—. La refutación es válida y la tesis, tal como fue formulada, muere con razón. Pero bajo la tesis muerta late una intuición que merecía mejor suerte, no que el alma sea una armonía resultante, epifenómeno de las cuerdas del cuerpo, sino que existir es la tarea de afinarse; que el alma no es armonía dada sino armonía debida; que vivir es templar. Sócrates mató la teoría y, sin quererlo, salvó la intuición para quien quisiera recogerla. Yo la recojo.
Y recojo también de Grecia la palabra misma que da nombre a mi proyecto, cuya acta de bautismo está en el propio Platón. En el libro tercero de la República lo escribe con una concisión que cuatro siglos de tratados no mejorarían: «τὸ μέλος ἐκ τριῶν ἐστιν συγκείμενον, λόγου τε καὶ ἁρμονίας καὶ ῥυθμοῦ» — to melos ek triōn estin synkeimenon, logou te kai harmonias kai rhythmou: el melos está compuesto de tres cosas, palabra, armonía y ritmo (Rep. 398d). Ahí está, fundada en dos líneas, la trama que mi telar no hace sino volver a tender; sólo enmiendo un término, y lo enmiendo hacia la garganta, donde Platón escribió λόγος, yo escribo λέξις, porque lo que se trenza con la armonía y el ritmo no es el discurso ya constituido sino el decir vocal que lo precede. Y ni siquiera la enmienda es mía, la palabra estaba en la misma página. Unas líneas antes de bautizar el melos, Platón ha dedicado la conversación entera a la λέξις (392c y siguientes): cerrado lo que debe decirse —ἃ λεκτέον—, toca examinar cómo debe decirse —ὡς λεκτέον—, y a ese cómo del decir lo llama léxis. No importo un término, subo dos párrafos y tomo el más fino de los dos que Platón dejó sobre la mesa. La posteridad confirmó la elección, Aristóteles hizo de la λέξις una de las seis partes de la tragedia, distinta de la melopoiía, y en el libro tercero de la Retórica la describió como asunto de la voz —de su volumen, de su armonía, de su ritmo, mis otros dos hilos comparecen dentro de ella—; Aristoxeno de Tarento (c. 375 - c. 300 a. C.) reconoció en el habla un λογῶδές τι μέλος, un melos del decir, la melodía natural de la conversación; y Dionisio de Halicarnaso (c. 60 - c. 7 a. C.) llegó a medirla, la voz que habla, escribió, se mueve dentro de un intervalo de quinta. La λέξις no es la letra, es la voz en acto, el decir antes de lo dicho. Ésa es la que trenzo con la armonía y el ritmo.
Vuelvo a la página del bautismo. Añade Platón, dos líneas más abajo de su definición, que armonía y ritmo deben seguir a la palabra; en esa jerarquía ya no lo acompaño, mis tres hilos nacen juntos o no nacen. Pero la definición queda, y queda a su nombre.
Después de él, la palabra hizo su camino, fue Aristoxeno quien hizo del melos el objeto de una ciencia que no era ni física ni gramática, un saber propio de lo cantable en cuanto cantable; fue Arístides Quintiliano (s. III - IV d. C.) quien lo transmitió; fue Richard Wagner (1813 - 1883) quien, en pleno siglo XIX, desenterró la palabra en su ensayo sobre la dirección de orquesta, el melos como lo único que el director debe encontrar —de su recta comprensión, escribió, se sigue por sí solo el tempo justo—, y quien no sabe cantar el melos de una obra no puede dirigirla; que el más germánico de los músicos custodiara este eslabón me parece justicia poética, también el taller guarda tesoros; después, fue Thrasybulos Georgiades (1907 - 1977), ya en el siglo XX, quien mostró que la mousiké griega era unidad originaria de palabra, ritmo y tono antes del divorcio que nosotros damos por natural; y fueron, por fin, dos Chuliá —padre e hijo— quienes cerraron la cadena en mi propia casa, Salvador (1944 - 2025), mi maestro, que me enseñó el melos antes de que yo supiera que era una categoría; y Vicente (1984), que en su Manual de filosofía de la música y en su Tratado de filosofía de la música lo recuperó junto a Georgiades y aun con más hondura que él —lo digo sabiendo que soy parte interesada, y precisamente por eso lo digo—: hizo del melos no un capítulo de arqueología griega sino una categoría viva, pensable, enseñable. La cadena que va de Aristoxeno a Arístides y de Georgiades a los Chuliá desemboca, por ahora, en estas páginas; queden estas líneas como la más antigua de mis gratitudes y la más fraterna. No es casualidad que los tres ejes de mi telar lleven nombres griegos —λέξις, ἁρμονία, ῥυθμός—, son los hilos de aquella unidad perdida, que mi propio trabajo intenta humildemente volver a tramar.
Los Padres griegos, después. De Gregorio de Nisa (c. 335 - c. 395) aprendí la epéktasis: el alma tiende hacia un Dios inagotable, y su perfección no consiste en llegar sino en no dejar nunca de avanzar; el deseo no se apaga con su cumplimiento, se ahonda con él. Que Gregorio desarrollara esta doctrina comentando precisamente el Cantar de los Cantares me parece uno de los gestos más reveladores de toda la historia del pensamiento, para decir la estructura última del deseo hubo que comentar un canto de bodas. El ser corteja, llama, responde; la ontología más honda que produjo la patrística tiene forma de epitalamio. Y de Máximo el Confesor (c. 580 - 662) aprendí que los logoi de las cosas —esas razones seminales que cada criatura es— se recogen en el Logos como las voces en una polifonía: la creación entera como liturgia cósmica, cada ente sosteniendo su nota en un cántico que no empezó con él. Cuando, muchos años después, leí a Lacoste sobre la liturgia y a Barbaras sobre el deseo, no aprendí, sino que reconocí.
Agustín. Aquí el indicio se vuelve casi clamoroso. Cuando en el libro XI de las Confesiones Agustín se pregunta qué es el tiempo —y confiesa que lo sabe si nadie se lo pregunta y deja de saberlo en cuanto quiere explicarlo—, el laboratorio donde finalmente lo examina no es un reloj ni un astro, es un salmo que se canta. Voy a cantar un cántico que conozco, antes de empezar, mi expectación se extiende hacia el todo; cuando he comenzado, cuanto voy diciendo pasa a la memoria, y la vida de este acto mío se distiende entre la memoria de lo ya cantado y la espera de lo que falta, mientras la atención permanece presente haciendo pasar lo futuro por ella hacia lo pretérito. La distentio animi, la distensión del alma que es el tiempo mismo, fue descubierta cantando. Y no era la primera vez que Agustín pensaba con el oído, de joven había escrito un tratado Sobre la música donde el ritmo aparece como número en movimiento, orden temporal del alma. El tiempo, en su primer gran análisis occidental, comparece como canto. Guardemos también este dato.
La mística medieval. Del Maestro Eckhart (c. 1260 - 1328), el desasimiento —Gelassenheit, dejamiento—: la verdad más alta no se conquista, se deja nacer; el alma no fabrica al Verbo, le hace sitio. Nadie que haya interpretado música seria ignora esa estructura: los momentos supremos del arte no son los que hacemos, son los que dejamos ocurrir; toda mi crítica del virtuosismo como fabricación tiene aquí su raíz más vieja. Y de Nicolás de Cusa, dos cosas. La docta ignorantia, un saber que sabe su propio exceso, que conoce precisamente aquello que lo desborda —¿no es ésa, cinco siglos antes, la estructura del fenómeno saturado de Marion?—. Y ese pequeño tratado extraordinario, La visión de Dios, construido en torno a un icono cuya mirada precede a la de quien lo mira, nos ve antes de que lo veamos, y desde cualquier punto de la sala cada monje se siente mirado en persona. Ser precedido por una mirada que nos convoca, cuando Chrétien escriba que respondemos a una llamada que nunca oímos como primera, y cuando Marion oponga el icono al ídolo, estarán desarrollando —lo sepan mejor o peor— una intuición cusana.
Kierkegaard. De él, la existencia contra el sistema: la verdad que no se contempla sino que se vive, y que vivida cuesta. Pero de él, sobre todo, una categoría que considero secretamente musical, la repetición. Kierkegaard la distingue del recuerdo griego, el recuerdo repite hacia atrás, quiere recuperar lo que fue; la repetición repite hacia delante, recibe de nuevo lo mismo como nuevo. Pocas descripciones más exactas existen de lo que es interpretar una obra. La ejecución entendida como arqueología —restituir el pasado de la partitura— es recuerdo, y por eso huele a museo. La interpretación (rapsodia) verdadera es repetición kierkegaardiana, es decir, toma otra vez la obra y la recibe hacia delante, de modo que lo idéntico comparece inaugural. Cada concierto digno de ese nombre es una repetición hacia delante.
Husserl, por fin; pero el último Husserl, o mejor, el Husserl que excede a Husserl. No el fundador de una ciencia estricta de la conciencia, sino el descubridor del mundo de la vida, el Lebenswelt; el analista de la pasividad, de la génesis, de lo que se da antes de que ningún yo lo constituya. Y dos herencias suyas llevo tatuadas. La primera es una palabra, Erfüllung, cumplimiento —la intención que se colma, la espera que se llena—; quien me lea sabe cuánto uso yo ese término, ad usum privatum, y de dónde viene. La segunda es, otra vez, el indicio, cuando Husserl quiso analizar la conciencia íntima del tiempo, la estructura de retención y protensión por la que el presente no es un punto sino un arco —lo recién pasado retenido aún vibrante, lo inminente ya pre-sentido—, el ejemplo conductor de sus lecciones fue la melodía. Oír una nota es retener la anterior y protender la siguiente; sin ese arco no habría melodía, sólo perdigones sonoros. La fenomenología del tiempo nació escuchando música.
Aquí el lector levanta la vista del árbol y pregunta por un nombre. Lo lleva esperando desde el primer anillo, y con razón, pues ningún filósofo del siglo XX está más presente en esta historia que el que mi genealogía calla. Martin Heidegger (1889 - 1976) es el convidado de piedra de este ensayo. Patočka lo escuchó en Friburgo; Levinas corrió a sus aulas y nunca se repuso del todo; el monismo ontológico que Henry denuncia lleva su rostro; la idea de donación de Marion responde a su es gibt; el advenant de Romano corrige, punto por punto, al Dasein. La constelación entera es postheideggeriana hasta cuando lo combate, y yo, que vivo de esa constelación, le debo el aire que respiran mis interlocutores. Decir por qué no es, sin embargo, un anillo de mi tronco me obliga a la página más delicada de esta genealogía, la del pariente del que uno se sabe, a la vez, cercanísimo y ajeno.
Primero la deuda, y quiero decirla sin regatear. Nadie devolvió al ser su condición de acontecimiento con más fuerza que él: el ser no es un objeto ni un predicado de los objetos; se da —es gibt Sein—, y la verdad no es adecuación sino desocultamiento, es decir, aparecer. Ésa es la puerta por la que entra todo lo que aquí cuento. Y hay más: nadie escribió tan cerca de mis palabras. Enseñó que el mundo se abre primero en un temple, en una Stimmung, y su propia lengua confiesa lo que su filosofía no terminó de asumir —Stimmung, stimmen, Stimme: el temple, el afinar y la voz son en alemán una sola familia—; definió el pensar como un escuchar y un agradecer; escribió que el habla habla, que el hombre habita poéticamente, que la palabra suena en el tañido del silencio; copió de Rainer Maria Rilke (1875 - 1926) aquello de que el canto es existencia —Gesang ist Dasein— y de que cantar de verdad es otro aliento; y llegó a dejar dicho, con una imagen que parece robada a este capítulo, que canto y pensamiento son los troncos vecinos del poetizar. Troncos vecinos: no conozco descripción más exacta de lo que Heidegger es para mí. Su árbol crece junto al que vengo dibujando, tan cerca que las copas se rozan; y las raíces no son las mismas.
¿Dónde se separan? En el cuerpo, primero. El Dasein comprende, se templa, habla, se angustia, muere; y no respira. No tiene carne ni garganta ni fatiga; nadie lo ha oído toser. Heidegger mismo lo confesó al final, en los seminarios de Zollikon: el problema del cuerpo era lo más difícil, y lo aplazó una vida entera. Pero una ontología que aplaza el cuerpo aplaza la voz, y una llamada sin garganta es la idea de una llamada. Su mano, además, es la que empuña: llegó al ser por un martillo —lo recordaré más adelante, cuando me toque defenderme de una acusación parecida— y pensó el mundo primero como taller, como plexo de útiles y remisiones. Respeto ese taller; ya he dicho que el mundo austro-germánico es para mí un oficio y que lo habito como tal. Sólo que mi instrumento también está lleno de martillos, y son martillos vestidos de fieltro, que golpean cuerdas para que algo cante. Toda mi diferencia con Heidegger cabe en esa luthería.
En la llamada, segundo. Le debo el haberla puesto en el centro: antes que Chrétien, antes que Marion, fue él quien hizo de la existencia un ser-llamado, y su análisis de la llamada de la conciencia es una de las páginas mayores del siglo. Pero su llamada calla. El Ruf, dice, no dice nada; habla en el modo del silencio; viene de mí y, sin embargo, desde más allá de mí, y me llama de vuelta a mí. Es un vocativo en cortocircuito: sin timbre, sin grano, sin segunda voz. La conciencia heideggeriana convoca al Dasein a sí mismo; el melos convoca a un dúo.
Y el temple fundamental que eligió agrava ese silencio. La angustia es, para él, el temple en que el mundo entero se hunde y —son sus palabras— se nos corta la voz. Ambos ponemos algo antes del concepto; él pone un enmudecer que sobrecoge, yo intento, humildemente, poner un canto que acoge: la nana, la prosodia materna, ese ser-cantado que precede a todo ser-angustiado. Que nadie me acuse por ello de esquivar su muerte. Diré más adelante que canta sólo lo que puede dejar de respirar, y que la cadencia no interrumpe la frase sino que la constituye: el ser-para-la-muerte no me separa de Heidegger; lo asumo entero, pero cantado. Su finitud es reticente —la resolución, en él, calla—; la mía intenta cadenciar.
En el logos, tercero. Heidegger leyó el λόγος griego como recolección: legein sería leer, espigar, reunir, la cosecha del ser; y con esa traducción, genial y tendenciosa, alejó la palabra un paso más de la garganta. Yo enmiendo la misma palabra en dirección contraria, hacia la λέξις, hacia el decir vocal. Los dos corregimos a Grecia: él hacia el silencio del granero, yo hacia la voz. Y la divergencia filológica esconde toda una jerarquía de las artes: en El origen de la obra de arte, todo arte es en esencia Dichtung, y la poesía preside porque el lenguaje nombra el ser; la música, que no nombra, queda bajo sospecha de mera vivencia, de embriaguez —su recelo ante Wagner es pariente del recelo de Levinas ante el ritmo, al que responderé en su momento—. Mi tesis es la inversa, y este ensayo entero la argumenta: la música no nombra el darse; lo ejerce. Por eso el Gesang de Heidegger es un canto que nadie canta, un himno leído: su única música fue Hölderlin (1770 - 1843), y Hölderlin, en sus manos, suena sin sonar. Fue vecino del canto —él mismo lo escribió— y nunca cruzó al otro tronco.
Y en la respuesta, por último, que es donde todo se decide. El último Heidegger es el pensador que más escucha del siglo: el hombre como pastor del ser, el pensar como espera, la Gelassenheit —palabra que aprendió donde yo, en Eckhart; también bebemos de los mismos pozos, y por eso las copas se rozan—. Pero el pastor guarda; no declara. Su Ereignis acontece y no cita a nadie por su nombre; su destino envía sin rostro, y nadie comparece ante un envío; su vigilia aguarda al dios que, dijo, aún podría salvarnos, y la mía intenta velar sin escatología, como diré al llegar a Lacoste. Escribió una carta contra el humanismo; yo escribo, desde la primera página, un humanismo trágico que no se deja intimidar por esa carta. En su bosque hay claros. En el mío intento, además, que haya voces.
Queda lo que no es filosofía y, sin embargo, la juzga. El rectorado de 1933; después, decenios sin la palabra que se le pedía. Diré más adelante que hay un silencio que pertenece al canto y otro que es sólo la respuesta que no llegó; el suyo fue de los segundos. Un poeta de la Bucovina —otra vez Rumanía en mi mapa— subió en 1967 a la cabaña de Todtnauberg: Paul Celan (1920 - 1970), que había perdido a los suyos en los campos, dejó escrita en el libro de visitas, y luego en un poema, la esperanza de una palabra venidera del pensador, guardada en el corazón. La palabra no llegó. Y el checo que lo había escuchado en Friburgo murió, años después, de unos interrogatorios, enseñando que la verdad se paga: la existencia resuelta la escribió el maestro y la vivió el alumno. No juzgo una filosofía por la biografía de su autor —ese método arrasaría media biblioteca—; pero una ontología de la llamada se juzga, también, por las llamadas que su autor no respondió. Heidegger pensó, como nadie, el claro donde todo comparece. Él no compareció. Le debo la pregunta; pero no le debo el camino.
Y después, entonces, de Husserl, el camino no baja hacia París ni se demora en Friburgo. Sube hacia Praga.
IV. Un indicio persistente: la melodía en la raíz del tiempo
Antes de cruzar esa frontera, detengámonos en lo que el tronco del árbol ha ido dejando ver, porque tres veces ha asomado el mismo dato y tres veces he pedido que lo guardáramos.
Agustín, para averiguar qué es el tiempo, canta un salmo y observa su alma mientras lo canta. Bergson, para decir qué es la duración real, no encuentra mejor figura que la melodía continua de la vida interior. Husserl, para fundar la fenomenología de la conciencia del tiempo, toma como hilo conductor la audición de una melodía. Tres momentos capitales —quizá los tres momentos capitales— de la reflexión occidental sobre el tiempo; tres pensadores de tradiciones, siglos y temperamentos incompatibles; y las tres veces, llegado el pensamiento al borde mismo del tiempo, ocurre lo mismo, el filósofo se pone a tararear.
La lectura habitual de esta coincidencia es condescendiente, la melodía sería un ejemplo didáctico, cómodo, una metáfora pedagógica de la que el análisis podría en principio prescindir. Yo sostengo exactamente lo contrario. Sostengo que la coincidencia es un síntoma, y de los grandes. Cuando el pensamiento toca la raíz del darse —el tiempo, que es la forma de todo darse—, encuentra estructura melódica, no porque la melodía ilustre bien el tiempo, sino porque el tiempo acontece melódicamente. La retención y la protensión son los nombres técnicos de algo que cualquier músico conoce con el cuerpo, a saber, el arco de la frase, que sostiene lo dicho mientras inclina hacia lo por decir. La distentio animi agustiniana es el ars sustinendi del alma, el arte de sostener la tensión entre memoria y espera sin dejarla caer. La duración bergsoniana es el legato del ser.
Y hay una contraprueba que vale por otra confirmación, cuando alguien quiso, dentro de la propia Francia, enmendar a Bergson, tuvo que hacerlo con más música todavía. Gaston Bachelard (1884 - 1962) opuso a la melodía continua su ritmoanálisis, la duración no sería legato sino tiempo vibrado, tejido de instantes que laten. No me pronuncio aquí sobre la enmienda; me importa su dirección. Para discutir el fondo del tiempo, también el adversario habló en solfeo. Cuando hasta la polémica se libra en términos musicales, el síntoma está confirmado.
Dicho de otro modo, la filosofía occidental lleva dieciséis siglos pensando el tiempo en voz baja, cantando; y llama metáfora a su propio canto para no tener que tomárselo en serio. Todo mi proyecto podría resumirse en la decisión de tomarme en serio ese síntoma. Elevar a tema lo que el pensamiento ha venido tarareando al margen. Preguntar qué habría que decir del ser si aquello que Agustín, Bergson y Husserl encontraron cada vez que excavaron hasta el fondo no fuera una analogía afortunada, sino la cosa misma.
Ésa es la pregunta con la que llego a Praga, y con la que Praga me enviará a París.
V. Praga: Jan Patočka, la bisagra
Patočka constituye, para mí, la bisagra decisiva de toda esta historia. Sin él, la constelación francesa me habría parecido admirable; con él, me resultó familiar. Porque con Patočka la fenomenología deja definitivamente de ser una teoría de la conciencia para convertirse en una ontología del aparecer, del movimiento y de la existencia histórica. Su famosa fenomenología asubjetiva dice algo muy simple y muy enorme, que el aparecer no es una propiedad de las cosas ni un acto del sujeto; es el acontecimiento previo en que mundo y existencia se dan juntos, el campo original que ninguna de las dos partes posee. Las cosas no son objetos ya constituidos que después se muestran, aparecen en un horizonte de sentido que es histórico, corporal, mundano.
Trasladado a mi terreno, esto es exactamente lo que llevo años diciendo de la música. La obra no es la partitura; ni siquiera es una identidad fija que la partitura custodiaría. La partitura es una huella; la obra es el acontecimiento de su manifestación, y no existe al margen de su acontecer. Cuando escribo que el melos no está en el papel ni en el intérprete (rapsoda) sino en la comparecencia que los excede a ambos, estoy pensando de una manera rigurosamente patočkiana, aunque haya llegado a ello desde el teclado y no desde Praga.
Patočka concibió además la existencia humana como una trama de tres movimientos fundamentales, el movimiento de arraigo o aceptación, por el que somos recibidos en un mundo que no elegimos —se nos acoge, se nos sostiene, se nos da suelo—; el movimiento de defensa y prolongación de la vida, el del trabajo, el oficio, la lucha con las cosas; y el tercer movimiento, el de la verdad, que rompe con la mera autoconservación y expone la existencia entera a la luz de lo problemático. La transposición musical de esta tríada me parece de una exactitud casi alarmante. Hay un primer movimiento del músico, ser recibido en una tradición, mamar un repertorio, una escuela, unas manos que guían las nuestras. Hay un segundo movimiento, el oficio, la técnica, las horas, la terrible "administración" de la "carrera", es decir, la supervivencia. Y hay —o debería haber— un tercer movimiento, que la industria musical entera parece organizada para impedir, tocar en verdad. Exponerse. Poner la existencia en juego en la interpretación (o mejor, rapsodia), aceptar que una manera de hacer sonar un adagio pueda costarnos algo, comprometernos con lo que decimos sonando como quien firma. La ideología de la Werktreue entendida como obediencia textual pertenece, en el mejor de los casos, al segundo movimiento, o sea, es diligencia profesional. La fidelidad verdadera pertenece al tercero, es existencial, y por eso no se demuestra con el texto en la mano sino con la vida en la mano.
Porque para Patočka la verdad no consiste primordialmente en la adecuación de una proposición a un hecho. Es una forma de vivir; exige exposición, implica riesgo, se paga. Él la pagó, portavoz de la Carta 77, murió en marzo de 1977 tras los interrogatorios policiales, a las puertas de los setenta, habiendo escrito que hay cosas por las que merece la pena sufrir y que sin ellas el arte, la cultura, la vida entera se vuelven maquinaria. La idea que recorre sus páginas —que la verdad no es algo que poseemos sino aquello por lo que estamos dispuestos a vivir— podría servir casi como lema de todo lo que he intentado pensar sobre la interpretación (o mejor, rapsodia), una interpretación (rapsodia) auténtica no consiste en ejecutar correctamente una obra, sino en dejar que la obra vuelva a acontecer a través de una existencia que se compromete con ella.
Hay más. Patočka hizo del cuidado del alma —la epiméleia tês psychês socrática— la herencia definitoria de Europa. Europa sería, si es algo, la civilización nacida del cuidado del alma. Yo transpongo: cuidar el alma es afinarla. No es imagen mía sino griega, el alma se templa como se templa una cuerda, y la palabra tónos nombró antes la tensión de la lira que la del músculo o la del discurso. Una Europa que olvidara el cuidado del alma sería una Europa desafinada, y me temo que el diagnóstico describe algo de lo que oímos alrededor. Su crítica de la civilización técnica apunta ahí, la modernidad tiende a reducir el mundo a disponibilidad, cálculo y funcionamiento, a movilización total de la fuerza. Ni Patočka era un reaccionario ni pretendo serlo yo, no se trata de volver a ningún pasado. Se trata de nombrar una pérdida. Él habló del dominio de la fuerza técnico-civilizatoria; yo hablo, en mi provincia, del pianismo industrial, de la perfección como anestesia, de la obra convertida en objeto disponible, mensurable, intercambiable —de la pérdida del melos, que es el caso particular, audible, de su diagnóstico general.
Y queda su categoría más conmovedora, la solidaridad de los conmovidos. Patočka la pensó desde la experiencia del frente, los que han sido sacudidos hasta el fondo, los que han visto vacilar el sentido, se reconocen entre sí por encima de todas las trincheras, y esa comunidad de los sacudidos es la única polis que le merecía esperanza. Me atrevo a transponerla una vez más, existe una solidaridad de los conmovidos por el canto. Un público verdadero no es una suma de entradas vendidas; es una comunidad momentánea de sacudidos, gente a la que algo le ha vacilado juntos. La sala de conciertos —cuando es lo que puede ser y casi nunca es— resulta uno de los últimos lugares donde esa solidaridad todavía se ensaya en Occidente, a oscuras, en silencio, sin que nadie tenga que declarársela a nadie.
En un solo punto dejo atrás a Patočka, y ese punto lo anuncio ya porque organiza todo lo que sigue: Patočka permanece, aun radicalizando a Husserl, dentro de la descripción del aparecer. Mi ontología quiere añadir al aparecer una estructura vocativa. El mundo no sólo aparece, llama. El melos no es simplemente fenómeno, sino que es apelación. En ese gesto me acerco quizás más a Chrétien, y aun a Levinas, que al propio Patočka. Si tuviera que situar mi posición en un mapa con nombres ajenos, escribiría algo así: Patočka, más Chrétien, más Merleau-Ponty, más Simone Weil, más una filosofía propia de la música que ninguno de ellos escribió. Es decir, una fenomenología del aparecer y del movimiento, transformada en una ontología de la llamada y del canto.
Veamos ahora, voz por voz, la constelación que Francia hospedó.
VI. La constelación, voz a voz
Lo extraordinario de este grupo es que ninguno repite al otro. Todos iluminan una dimensión distinta del mismo fenómeno; más aún, forman una polifonía filosófica en la que cada voz desarrolla un aspecto de una única intuición fundamental —que el ser no es objeto, sino acontecimiento—. Lo que sigue no pretende sumar una voz más a esa polifonía. Pretende algo distinto, a saber, nombrar la música que, sin saberlo del todo, estaban haciendo juntos.
Y una confesión de método antes de empezar, porque debo al lector la honestidad que exijo a los intérpretes (rapsodas). Lo que sigue no es historia de la filosofía, es lectura creadora, y quiero decirlo con todas las letras. En algunos de estos autores la convergencia con el melos es casi literal —Agustín cantó, Bergson tarareó, Husserl escuchó; Chrétien y Marcel vivieron a un paso de mi tesis—; en otros —Marion, Henry, Levinas, Romano— mi lectura prolonga más de lo que reconstruye, y los hace desembocar en aguas que ellos no navegaron; y Barbaras, mi afinidad ontológica más honda, queda entre ambas orillas: su deseo coincide con mi frase musical casi nota por nota, y aun así también a él lo prolongo, porque hago cantar un tender que él dejó en silencio.
No pretendo reconstruir su pensamiento: pretendo prolongarlo desde una pregunta que ellos no formularon. Y no me disculpo por ello, porque disculparme sería desmentir el ensayo entero, he sostenido que la fidelidad es creadora o no es fidelidad, que responder a un don no es devolver su copia, que interpretar es repetición hacia delante. Leo a estos filósofos exactamente como toco una partitura, no restituyo un pasado; dejo que acontezca de nuevo en otra vida. Si mi lectura los lleva más lejos de donde llegaron, ésa es mi manera —la única que conozco— de serles fiel. El lector queda advertido, estos retratos son interpretaciones (rapsodias), en el sentido fuerte que este ensayo da a la palabra.
Gabriel Marcel, o el misterio habitado
Empiezo por el mayor de todos, porque sospecho que es quien antes me habría entendido. Marcel estableció una distinción de la que sigo viviendo, la diferencia entre problema y misterio. Un problema está ante mí, completo, ajeno; puedo rodearlo, dividirlo, resolverlo, y una vez resuelto desaparece. Un misterio, en cambio, es aquello en lo que estoy implicado, aquello que no puedo poner delante porque me constituye: el amor, el mal, la encarnación, la fidelidad. Los misterios no se resuelven; se habitan. Toda la degradación intelectual de nuestra época podría describirse como la conversión sistemática de misterios en problemas, el amor en química, la música en estímulo, la persona en perfil. Marcel nos enseñó a resistir esa conversión sin caer en el irracionalismo, el misterio no es lo oscuro, es lo demasiado cercano para ser objeto.
De él son también las categorías que considero una de las antropologías más delicadas del siglo XX, la presencia, que no es mera ubicación sino don de sí; la disponibilidad, esa apertura activa que sabe hacer sitio; la esperanza, que no es cálculo de probabilidades sino fidelidad al futuro; y —la palabra decisiva— la fidelidad creadora, fidélité créatrice, expresión suya que reclamo como antepasada directa de mi propia tesis sobre la interpretación (la rapsodia). Marcel vio que la fidelidad verdadera no es conservación de un depósito sino creación continuada de la presencia de aquello a lo que se es fiel; que ser fiel a alguien muerto, por ejemplo, no es repetir sus gestos sino mantenerlo presente inventando lo que la vida nueva exige. Trasládese a la partitura y se tendrá, casi entera, mi crítica de la ideología de la Werktreue.
Y hay algo más, que casi nadie recuerda, que Marcel era músico. Improvisaba al piano casi a diario, durante décadas; algunas de aquellas improvisaciones llegaron a transcribirse, y él mismo insinuó más de una vez que en ellas decía lo que su filosofía perseguía por otros medios. No conozco testimonio más conmovedor de la tesis que defiendo, el filósofo del misterio, llegado al borde de lo que sus categorías podían nombrar, se sentaba al piano y seguía pensando con las manos. Por eso sospecho que Marcel habría comprendido el melos inmediatamente, quizá antes que ninguno de los que vinieron después, porque él ya sabía, con el cuerpo, que hay pensamientos que sólo existen cantados.
Me separo de él en el umbral que él no quiso o no pudo cruzar, pues Marcel dejó testimonios de una filosofía de la música, no una ontología musical; se detuvo en la puerta. Yo intento entrar. Y donde él, al fondo del misterio, oye finalmente un Tú divino que garantiza la invocación, yo intento mantener la escucha en suspenso, es decir, comparecencia sin garante. Habito sus categorías —presencia, disponibilidad, fidelidad, esperanza— dentro de un humanismo trágico que no sabe ante quién comparece, y comparece.
Emmanuel Mounier, o la persona
Mounier realiza algo decisivo para toda la constelación, esto es, convierte la fenomenología naciente en antropología. No pregunta simplemente cómo aparece el mundo; pregunta qué significa ser persona. Frente al individuo —esa unidad contable, ese átomo de derechos y apetitos que el liberalismo y el colectivismo se disputan porque ambos lo presuponen—, la persona: vocación, encarnación, relación, responsabilidad; un ser que no se posee sino que se da, y que sólo se encuentra saliendo de sí. Fundó una revista, Esprit, que fue durante décadas el hogar de esa Francia subterránea; escribió que la revolución necesaria sería personalista y comunitaria a la vez, o no sería; y murió joven, dejando más semilla que sistema.
Mi afinidad con él es de cimiento, pues yo tampoco empiezo por el sujeto. Empiezo por la persona; no por la conciencia, sino por la existencia encarnada. Pero puedo decir ahora, con mis palabras, lo que su personalismo creo que dejó sin fundar, esto es, qué hace persona a la persona. Mi respuesta es melódica. Persona es aquel que puede ser llamado por su nombre y responder con voz propia. El nombre propio —esa palabra que no describe nada y convoca a alguien— es la célula del melos social: no significa, es vocativa. Y la personalidad no es un repertorio de rasgos, es una vocalidad, un timbre de existencia, la manera inconfundible en que alguien responde. Por eso la música de cámara me parece el personalismo en acto: nadie se disuelve en el conjunto, nadie domina el conjunto, cada voz se debe a las otras y se vuelve más ella misma cuanto mejor escucha. Cuatro personas tocando un cuarteto son la refutación sonora tanto del individualismo como del colectivismo. Mounier habría sonreído.
Maurice Merleau-Ponty, o la carne
Merleau-Ponty ocupa, dentro de la constelación, un lugar absolutamente privilegiado para mí. Si tuviera que señalar al filósofo que más profundamente ha transformado mi manera de comprender el arte, el cuerpo y la percepción, probablemente sería él. Nadie ha mostrado con tanta claridad que el cuerpo no es un instrumento que una conciencia posee y gobierna, sino la condición misma de toda apertura al mundo. No vemos el mundo desde un cuerpo, como quien mira desde una ventana: vemos porque somos cuerpo. La percepción deja entonces de ser recepción pasiva de estímulos para convertirse en participación originaria en la textura del ser: percibir es ya habérselas con el mundo, responderle antes de toda tesis.
Su última filosofía dio a esta intuición un nombre que me parece de los más hermosos del siglo, la carne, y más aún, la carne del mundo. No materia, no sustancia: elemento común del que están hechos el que ve y lo visible, el que toca y lo tocado; tejido único cuya propiedad más asombrosa es la reversibilidad. Mi mano derecha toca mi izquierda y en cualquier instante la tocada puede volverse tocante: soy, en el mismo gesto, sujeto y cosa, y esa reversibilidad no es un accidente sino la definición de la carne. Todo pianista vive en esa reversibilidad sin necesitar el vocabulario: la mano que toca la tecla es tocada por ella; el instrumento nos pulsa mientras lo pulsamos; y el español, con una sabiduría que ninguna otra lengua europea iguala, guarda el secreto en un solo verbo —tocamos música, y la música nos toca—. Cuando Merleau-Ponty habla de la carne del mundo, siento que está nombrando filosóficamente lo que yo experimento musicalmente cada día, esa misteriosa continuidad entre quien escucha, quien interpreta, quien compone y aquello que resuena. La música deja de ser un objeto exterior para revelarse como una modulación de esa carne compartida.
Aquí encuentran su fundamento filosófico más hondo casi todas mis insistencias pedagógicas y poéticas, la idea quironómica, solfística del brazo cantante (marcar el compás, se decía antes), que no es músculo obedeciendo órdenes sino carne que piensa; la respiración de las frases; el caminar las estructuras con las piernas para entenderlas; la comprensión corporal de una armonía, que se sabe en el esternón antes que en el análisis; la convicción de que la partitura nunca agota la obra, porque la obra es acontecimiento de carne y la partitura, sólo su osamenta. Y su idea de la expresión —el gesto que no traduce un sentido previo sino que lo crea al hacerse, como la palabra del escritor que se sorprende a sí misma— describe exactamente lo que es frasear: la frase musical no ejecuta una intención anterior; la intención adviene en la frase.
Hay más, y toca el corazón de mi telar. Merleau-Ponty distinguió la palabra hablante de la palabra hablada: la parole parlante, ese decir naciente que abre sentido por primera vez, y la parole parlée, el sedimento de lo ya dicho, el diccionario donde las conquistas de ayer esperan ser repetidas. Toda mi teoría de la interpretación (o mejor, del rapsodizar) cabe en esa pareja: hay ejecuciones (rapsodias) habladas —correctas, sedimentadas, hechas de soluciones ajenas— y hay interpretaciones (rapsodias) hablantes, donde la obra vuelve a decirse por primera vez; el cliché es la palabra hablada del instrumento, y la rutina estilística, su gramática muerta. Y en el mismo capítulo donde piensa la expresión, Merleau-Ponty deja caer una frase que leí con vértigo, como quien encuentra su propia llave en el bolsillo de otro: la palabra, escribe, antes de designar el mundo, lo canta. No lo dice un poeta, lo dice el fenomenólogo más riguroso del cuerpo, en el centro técnico de su libro mayor. La significación no se añade al sonido como una etiqueta, habita el decir como el gesto habita el cuerpo. Si eso es verdad —y mi vida entera me dice que lo es—, entonces la λέξις de mi telar no es una ocurrencia de músico, es fenomenología de la percepción llevada a su consecuencia.
Y está el episodio en que Merleau-Ponty, para explicar qué es el cuerpo habitual, no eligió al ciego con su bastón ni a la dama con su sombrero —aunque también—, sino a un organista, el músico que, ante un órgano desconocido, no aprende objetivamente la disposición de teclados y registros, sino que en una hora de ensayo incorpora el instrumento, lo anexiona a su cuerpo como una prolongación de sus dimensiones, y desde entonces no toca en el órgano sino desde él. Cada pianista que ha probado la sala por la tarde y estrenado el piano por la noche sabe que ahí no hay metáfora, hay descripción exacta. El cuerpo no es un yo pienso sino un yo puedo, y el instrumento incorporado ya no es objeto: es órgano —la lengua no miente— de un cuerpo agrandado. De ahí también mi manera de entender el paisaje: percibir no es registrar un espectáculo sino comulgar con un mundo que ya nos incluye; y los sentidos no trabajan por separado y luego suman —vemos el peso de un acorde, oímos el color de una sala—, porque la sinestesia no es una rareza de poetas sino la condición normal de la percepción. Pertenecer a un paisaje, esa frase mía de otros ensayos y de la que no sé desprenderme, es fenomenología merleau-pontiana en cuatro palabras.
Y cuando, al final, su ontología inacabada necesitó decir qué es una idea que no puede separarse de su carne —una idea sensible, una de esas verdades que no existen fuera de su aparición—, Merleau-Ponty hizo lo que Agustín, lo que Bergson, lo que Husserl: tarareó. El ejemplo al que confió su última intuición fue la pequeña frase de Vinteuil, la melodía de Proust: una idea que nadie puede poseer fuera de su sonar, que sólo se piensa oyéndola, y que no es menos idea por ser carne. El indicio de antes suma así un cuarto testigo, y de qué categoría: el filósofo de la carne, llegado al borde de lo invisible, encontró música. Por eso, si antes llamé a Patočka mi bisagra, a Merleau-Ponty debo llamarlo otra cosa, mi interlocutor de fondo, el que está debajo de casi todo lo que escribo — cuerpo, carne, expresión, percepción, paisaje, voz, movimiento, pues la lista de mis palabras es casi un índice suyo.
Si Patočka me enseñó que la existencia es movimiento, Merleau-Ponty me enseñó que ese movimiento es siempre corporal, y que el cuerpo mismo es ya pensamiento en acto. Sólo en un punto quisiera ir más lejos que él, y lo digo con el pudor de quien prudente y tímidamente corrige a un maestro: su carne es quiasmo, entrelazo, reversibilidad —pero es una carne extrañamente callada, pensada desde la vista y el tacto, apenas desde el oído—. Yo sostengo que la carne vibra, canta; que tiene voz; que la reversibilidad última no es la del vidente y lo visible sino la del cantar y el ser cantado. El quiasmo suena. La carne del mundo no es lienzo, sino que es membrana.
Emmanuel Levinas, o la llamada y su recelo
A Levinas lo incluyo en la constelación con todo derecho —aunque naciera en Kaunas, Lituania— porque fue él quien abrió la puerta: su tesis de 1930 sobre la intuición en Husserl y su participación en la primera traducción francesa de las Meditaciones cartesianas introdujeron la fenomenología en Francia; Jean-Paul Sartre (1905 - 1980) corrió a Berlín después de leerlo. Pero su grandeza propia está en la revolución que operó luego: el rostro del otro me llama antes de toda iniciativa mía; la heteronomía precede a la autonomía; no empiezo yo —soy, desde antes de mí, respuesta y responsabilidad—. Esa anterioridad radical de la llamada es también el corazón de lo que he intentado decir del arte: escribí una vez que nadie empieza, que el artista no inaugura sino que comparece citado, y al escribirlo estaba, lo supiera o no, en deuda con Levinas.
Y sin embargo con nadie de esta constelación mantengo una discusión más frontal. Levinas desconfió del arte con una dureza sorprendente. En un ensayo temprano lo describió, al arte, como sombra de la realidad, evasión, hechizo; y su sospecha se concentró precisamente en el ritmo, ese poder que nos mece, nos arrastra, suspende nuestra iniciativa y —temía él— nos des-responsabiliza, convirtiendo la gravedad del rostro en juego de imágenes. Tomo la objeción absolutamente en serio, porque describe un peligro real: existe un uso del ritmo que aturde, y una música que funciona como coartada para no oír a nadie. Pero sostengo lo contrario de su conclusión. El ritmo puede ser exactamente la forma de la responsabilidad, la manera de sostener al otro en el tiempo, de llevarlo sin soltarlo, de prometerle el compás siguiente. A eso he llamado en otro lugar ars sustinendi, el arte de sostener —un sonido, una tensión, una espera, a una persona— es una sola competencia con dos provincias. Donde Levinas ve encantamiento, yo veo entrenamiento, o mejor, cultivo poético: el canto no me exime del rostro; me enseña a sostenerlo. Acompañar a un cantante y acompañar a un moribundo se dicen con el mismo verbo, y no por casualidad.
Paul Ricœur, o el tiempo narrado
Hay un episodio de la vida de Ricœur que vale por un tratado sobre esta Francia: prisionero de guerra durante cinco años en un campo alemán, tradujo allí las Ideas de Husserl, anotando su versión en los márgenes del ejemplar. La fenomenología entró en Francia también así, por la puerta de un cautiverio, como consuelo y como disciplina de un hombre sin libertad exterior. Que el gran libro de la conciencia constituyente fuera vertido al francés en un barracón dice más sobre la seriedad de esta tradición que cualquier manifiesto.
Del Ricœur maduro he recibido la dimensión narrativa del tiempo. La identidad humana no consiste en una sustancia inmutable sino en una historia continuamente reinterpretada; el pasado nunca permanece inmóvil, sino que comparece desde el presente y permanece abierto hacia el futuro. Esa comprensión converge de manera casi literal con mi propia tesis de que la memoria no conserva simplemente lo ocurrido, sino que lo hace reaparecer desde cada nuevo cumplimiento. Y su análisis de la triple mímesis —la prefiguración del sentido en la vida vivida, su configuración en la trama, su refiguración en el lector que vuelve transformado a la vida— se deja transponer a la música con una exactitud que todavía me asombra: la vida está ya prefigurada musicalmente (los ritmos del cuerpo, la prosodia materna, los ciclos del día son proto-melos); la obra la configura; la interpretación (o mejor, rapsodia) la refigura, devolviéndola a la vida de quien escucha, que sale del concierto oyendo distinto el mundo. Y el círculo no es vicioso sino espiral, esto es, cada vuelta pasa por el mismo punto un poco más arriba. Ricœur me dio también, en su distinción entre la mismidad y la ipseidad —entre el idem de los rasgos que permanecen y el ipse de la promesa mantenida—, la mejor descripción de lo que es un intérprete (rapsoda) a lo largo de una vida: no es el mismo estilo lo que dura (eso sería manierismo, idem fosilizado), sino la promesa mantenida a las obras, la fidelidad que atraviesa todos los cambios precisamente cambiando.
Mi único paso quizás un poco más allá de Ricœur es descendente: debajo del relato hay canto. Somos melodías antes que historias. Al niño se le canta antes de que nadie le narre nada; la nana es la primera donación de identidad, y la identidad narrativa llega después, a poner palabras a un compás que ya estaba dado. El relato es ya una organización del melos, tiene tempo, cadencias, silencios, y una trama no es sino una gran frase. Ricœur se detuvo en la trama; yo intento bajar al compás que la sostiene.
Michel Henry, o la vida invisible
Con Michel Henry la relación es quizá la más compleja de todas, y una de las más fecundas. Su gesto inaugural fue denunciar lo que llamó el monismo ontológico de Occidente, la decisión, tan vieja como Grecia, de que aparecer significa aparecer fuera, en la luz del mundo, a distancia, ante una mirada. Contra ese monopolio, Henry reivindicó otro aparecer, más originario, que no sale nunca a ninguna exterioridad, esto es, la vida que se experimenta a sí misma, sin distancia, sin imagen, sin mundo. A eso llamó autoafección: la realidad más originaria no es aquello que vemos, sino aquello que se siente desde dentro; el sufrir que se sufre, el gozar que se goza, ese pathos inmediato que ninguna explicación objetiva alcanza porque toda objetivación llega ya tarde, cuando la vida se ha convertido en cadáver visible de sí misma. No es casual que su primer gran libro complementario fuera un estudio sobre Maine de Biran —la Francia subterránea reconociéndose a sí misma a través de siglo y medio—, ni que dedicara a Vasili Kandinsky (1866 - 1944) un ensayo donde el arte abstracto aparece como la revelación de esa vida invisible: el arte verdadero no representa objetos; hace sentir la vida.
Mi afinidad con Henry es inmediata en un punto que considero central, que toda música nace primero como vibración interior antes de convertirse en sonido. La música empieza cantándose; antes de que suene nada existe ya una resonancia interior, un canto sin aire que el sonido después confiesa. Cuando insisto en tocar desde la voz interior, cuando digo que el brazo cantante no es un músculo obedeciendo órdenes sino vida que se mueve sintiéndose, estoy en tierra henryana: la carne del pianista, en el sentido de Henry, no es el cuerpo objetivo que ve el público, es el cuerpo subjetivo que se experimenta pulsando, ese saber pático que ningún tratado de técnica captura. Y compartimos el rechazo de fondo: ni el ser humano ni la música se reducen jamás a lo observable; hay una dimensión invisible absolutamente fundamental, y quien la niega no es riguroso, sino que es sordo.
Pero aquí mismo empieza mi discrepancia, y es seria. Henry privilegia la inmanencia hasta rozar el acosmismo: su vida se abraza a sí misma en una noche sin mundo, y el mundo entero queda bajo sospecha de ser el reino de la exterioridad muerta. Yo no puedo seguirle ahí. Mi pensamiento insiste constantemente en el mundo compartido, en la escucha, en el paisaje, en la respuesta, en la corporeidad abierta; en esto estoy mucho más cerca de Patočka y de Barbaras que de Henry. Y tengo un argumento que es, cómo no, respiratorio: el canto es aliento exhalado. Es la interioridad que se da al aire común, el adentro que sólo se cumple saliendo. Una autoafección que no se exhala se asfixia; una vida que sólo se siente a sí misma acaba sin oxígeno. Sentirse no basta, hay que responder. Vivir no basta, hay que corresponder. La estructura vocativa de mi ontología es exactamente la corrección que le pediría a Henry: la vida, sí, se afecta a sí misma —pero se afecta convocada, y su primer gesto propio es devolver la llamada.
Jean-Louis Chrétien, o la llamada y la voz
Si con Patočka mi afinidad es estructural, con Jean-Louis Chrétien es algo todavía más íntimo. Si tuviera que señalar un filósofo contemporáneo cuya sensibilidad resuena de forma casi espontánea con mi concepto de melos, probablemente sería él. Y sin embargo la relación no es de dependencia, es una convergencia, dos caminos que se encuentran viniendo de países distintos.
Su gran descubrimiento cabe en una inversión: la existencia no comienza hablando, sino siendo llamada. Antes de ser sujetos somos interlocutores; antes de decir, escuchamos; antes de actuar, respondemos. Y la llamada tiene una anterioridad radical, vertiginosa: respondemos a una llamada que nunca oímos como primera; cuando despertamos a nosotros mismos, ya estábamos convocados, y nuestra primera palabra es siempre la segunda. Ésta es exactamente la tesis que yo había alcanzado desde el arte —nadie empieza; el artista no inaugura, sino que comparece—, y encontrarla en Chrétien fue como oír mi propio pensamiento con mejor dicción. Para mí la música auténtica nunca empieza con el pianista produciendo sonidos, empieza cuando algo reclama ser dicho; cuando una frase pide respiración, cuando una armonía exige un determinado color, cuando una obra quiere algo. Ese verbo querer no es animismo ni idealismo ingenuo, es fenomenología exacta. La obra llama; el intérprete (rapsoda) responde; el melos es esa respuesta. No conozco muchos filósofos capaces de comprender esa inversión sin traducirla inmediatamente a psicología del intérprete (rapsoda). Chrétien la comprende porque la habita.
Su segunda enseñanza me importa aún más: la voz antes que el lenguaje. Chrétien escribió páginas definitivas sobre la voz, y nunca como simple vehículo de palabras. La voz es la manifestación del cuerpo entero; es exposición; es vulnerabilidad. No existe voz neutral, cada voz entrega una existencia, y por eso puede temblar, quebrarse, desnudarse. Aquí está la razón profunda de algo que mis alumnos toman a veces por manía pedagógica: canto cuando estudio, y hago cantar en clase siempre. No para afinar —eso es la justificación técnica, la coartada—, sino para recordar que toda música nace como voz; que incluso un acorde de Johannes Brahms (1833 - 1897) posee una vocalidad, un grano, un aliento; que el piano es un coro disimulado. Cuando en mi telar el primer eje se llama λέξις, no nombra la letra ni el texto, nombra el estrato del decir vocal, eso que Chrétien llamaría la palabra desnuda antes de toda gramática.
Tercero: la respuesta antes que la representación. La fenomenología clásica describe cómo aparecen las cosas; Chrétien desplaza la pregunta: ¿cómo respondemos a lo que aparece? El centro ya no es la conciencia, es la respuesta. Yo he operado exactamente el mismo desplazamiento en la teoría de la interpretación (o mejor, de la rapsodia). No pregunto qué significa esta obra —pregunta de museógrafo—; pregunto cómo respondo yo a ella. Y ese cambio lo cambia todo: interpretar deja de ser descifrar y pasa a ser corresponder.
Cuarto: el don que excede. En Chrétien el don nunca es sentimental, es desproporción. Lo recibido excede siempre la capacidad del que recibe; no podemos devolver exactamente lo que se nos dio, y toda respuesta verdadera responde con esa desproporción asumida. Aquí está una de las raíces más hondas de mi rechazo a la ideología de la Werktreue: reproducir correctamente las notas sería pretender pagar el don con su copia, devolver exactamente lo recibido —lo cual es, a la vez, imposible y mezquino—. La única respuesta a la altura de una obra es ofrecerle otra vida. No copiar, sino responder.
Quinto: el cuerpo como caja de resonancia. En Chrétien el cuerpo nunca es máquina: responde antes que el pensamiento, vibra con lo que le llega, contesta con temblor lo que aún no sabe decir. Todo mi trabajo físico presupone esa antropología: respirar las frases, caminar las estructuras, mover el brazo como se danza, comprender una modulación con el esqueleto.
Sexto —y es uno de nuestros encuentros más hermosos—: la belleza hiere. Chrétien dedicó un libro al espanto de lo bello: la belleza no es un objeto agradable sino una herida; nos descentra, nos deja expuestos, nos obliga a responder. Exactamente eso he intentado decir siempre de las grandes interpretaciones (rapsodias): no impresionan —impresionar es cosa de ídolos, ya llegaremos—; desarman. Hacen vulnerable. Obligan al silencio. Uno no sale de ellas admirando, sino que sale herido de una herida que no querría que cicatrizara.
Y séptimo: la hospitalidad. El sujeto no domina lo que recibe, lo hospeda. Cuando digo que el intérprete (rapsoda) debe dejar que la obra acontezca, describo esa hospitalidad, no soy dueño de la obra ni su siervo; soy su anfitrión. La obra ocurre en mí, y mi tarea es que la casa esté digna. Hospedar es la forma justa del virtuosismo.
¿Dónde me separo, entonces, de alguien tan sumamente fraterno? En dos pasos. El primero: Chrétien sigue siendo, en el fondo, un fenomenólogo de la palabra —de la palabra herida, desnuda, orante, pero palabra—. Yo estoy construyendo una fenomenología, o quizá una ontología, del canto. Y el canto no responde únicamente mediante significados, responde mediante tiempo, respiración, ritmo, color, tensión, silencio, espera. Hay toda una provincia de la respuesta que la palabra no cubre y que el melos gobierna. El segundo paso es más hondo: en Chrétien la respuesta es, sobre todo, acogida; en mi pensamiento la respuesta debe además crear. No basta responder, hay que prolongar el acontecimiento, hacerlo crecer, entregarlo aumentado. Por eso sostengo que improvisar, interpretar y componer no son tres oficios distintos sino tres grados de una misma respuesta al reclamo del melos. La fidelidad que no crea todavía no ha terminado de responder.
Jean-Luc Marion, o el exceso
Con Marion me ocurre algo curioso: comparto muchas de sus intuiciones fundamentales, y sospecho que también mantendría con él las discusiones más interesantes.
Su idea más célebre es la de fenómeno saturado: hay fenómenos cuya riqueza intuitiva desborda completamente nuestros conceptos, que dan más de lo que ninguna intención puede contener —el acontecimiento histórico, el ídolo, la carne, el rostro-icono—. Frente al fenómeno pobre, que se deja constituir, el saturado invierte la relación: no lo constituyo; me constituye. Marion llega a rebautizar al sujeto: ya no el yo constituyente, sino l'adonné, el adonado, aquel que se recibe a sí mismo de lo que recibe. Una gran obra musical pertenece exactamente a esa clase de fenómenos que nunca terminan de darse del todo: una mazurka de Frédéric Chopin (1810 - 1849) de tres minutos contiene más de lo que toda una vida de estudio agota; siempre queda más; siempre excede; siempre desborda. Y esta saturación no es un defecto de mi comprensión, es la riqueza del fenómeno. Cuarenta años con las mismas obras me han enseñado que su inagotabilidad no es una frase bonita de programa de mano, es precisamente su modo de ser.
De Marion recibo también una noción técnica que me parece secretamente interpretativa: la idea de anamórfosis (también utilizada por Gustavo Bueno, aunque con matices muy distintos). Ciertos fenómenos no se dan a cualquiera desde cualquier sitio; exigen que el receptor ocupe el punto exacto desde el cual, y sólo desde el cual, se muestran. Eso es, dicho con rigor, la interpretación (o mejor, la rapsodia): la conquista del punto de audición. La obra no se entrega a quien pasa por delante; exige que una existencia entera se coloque —técnica, cultural, espiritualmente— en el lugar desde donde la obra consiente en aparecer. Los años de estudio no acumulan información, sino que afinan una posición.
Y está la distinción que considero su página más luminosa: el ídolo y el icono. El ídolo detiene la mirada: la colma, la devuelve, la convierte en espejo de su propio deseo; el primer ídolo es siempre un espejo. El icono, en cambio, no detiene la mirada: la atraviesa, la abre hacia un exceso que la mira a ella. Hago esa distinción, punto por punto, en música. Hay interpretaciones-ídolo: cierran la obra, la colman de brillo, devuelven al público la imagen de su propia admiración; funcionan, deslumbran, y no dejan nada. Y hay interpretaciones-icono: abren la obra, la atraviesan, dejan pasar algo que mira al oyente y lo pone en cuestión. Las primeras cosechan bravos inmediatos. Las segundas producen ese silencio anterior al aplauso —dos segundos, tres— que es el único éxito que me interesa, el silencio de una sala que no quiere todavía volver.
Hasta su último desplazamiento me concierne: en su fenomenología del amor, Marion sustituye la pregunta del ego —¿qué soy?, ¿qué puedo conocer?— por la pregunta del amante: ¿a quién respondo?, ¿me ama alguien? Definirse por aquello a lo que se responde antes que por aquello que se es: eso es, palabra por palabra, la antropología del melos.
Y sin embargo aquí, en el corazón mismo de la cercanía, está mi divergencia más precisa con toda esta constelación, y la formulo con Marion porque él la hace visible. Su palabra última es donación: el fenómeno se da, y el adonado lo recibe y lo pone en escena. Pero la donación, incluso generosísima, puede pensarse todavía como estructura unilateral: algo se da; alguien acusa recibo. El melos no sólo se da: reclama. No sólo dona, sino que convoca. La llamada exige, desde el primer instante, una respuesta creadora, y por eso su modelo último no es el regalo sino el dúo. Donde Marion dice donación, yo diría convocatoria; el fenómeno saturado, en música, no me satura, sino que me cita. Comparecencia es palabra de juzgado y de teatro a la vez, y la elijo por eso: se comparece ante alguien, citado, con el cuerpo, y hay que declarar. El intérprete (rapsoda) presta el cuerpo a la obra como el testigo presta la voz al hecho, no porque el hecho fuera mudo, sino porque sólo por esa voz vuelve a estar presente entre los vivos.
Jean-Yves Lacoste, o la exposición
Con Lacoste mi afinidad es enorme y muy concreta; no pasa tanto por su teología —que en mi caso permanece siempre en suspenso— como por su comprensión de la existencia como exposición.
Lacoste desconfía profundamente de toda filosofía que pretenda encerrar la experiencia en categorías. No niega los conceptos, niega que puedan agotar aquello que acontece. Esa reserva es exactamente la mía. Cuando critico el formalismo musical no digo que la forma no exista —sería estúpido: vivo de ella—; digo que la forma nunca agota el acontecimiento musical. Y lo mismo con la doctrina religiosa: nunca he negado el valor de la teología; niego que una doctrina pueda poseer completamente aquello que intenta nombrar. Entre el concepto y lo que acontece hay siempre un resto, y ese resto no es un defecto del concepto, es la vida del fenómeno.
Su aportación más original es haber pensado la liturgia no como ceremonia ni como técnica de emociones religiosas, sino como una lógica de la existencia, como un modo de habitar el mundo poniendo entre paréntesis su economía, una forma distinta de estar. El hombre litúrgico no busca experiencias; se expone, vela, aguanta la noche sin exigir que la noche le pague con sentimientos. Hay en Lacoste una teología de la no-experiencia que me parece de una honestidad admirable: velar ante el Absoluto sin garantía de sentir nada, y velar igual. Esto conecta con algo que he defendido en otros ensayos a propósito de los rituales: quien se persigna, quien guarda silencio, quien camina despacio una nave románica, quien ayuna, no ejecuta causas que produzcan efectos; habita un tiempo. Son prácticas que configuran la existencia, maneras de estar disponibles, y su eficacia no es del orden del funcionamiento sino del orden de la forma.
Y su insistencia en que Dios nunca comparece como comparecen las cosas —que no puede convertirse en objeto sin dejar de ser lo que el nombre nombra— me da la analogía más exacta que conozco para el melos: el melos tampoco comparece como un objeto. Nunca puede señalarse; sólo puede participarse. En el instante en que uno quiere apuntarlo con el dedo, ya ha pasado; sólo se lo conoce desde dentro de su acontecer, como al baile bailando.
Mi separación de Lacoste tiene dos tiempos. El primero es una humilde ampliación: él conserva una orientación litúrgica fuerte; yo he intentado universalizar —o secularizar, si se prefiere— su intuición. El concierto puede convertirse exactamente en ese espacio de exposición que para él ocupa la liturgia: la sala a oscuras como nave, el silencio de la afinación como atrio, el recital como vigilia del melos donde la presencia no se produce sino que se espera. Y no sólo la sala, también el estudio a solas, de madrugada, cuando nadie escucha y uno vela de todos modos. El segundo tiempo es trágico, y me define: Lacoste vela sostenido, en última instancia, por una promesa; su noche tiene escatología. Yo prefiero velar sin escatología asegurada. Mi vigilia sabe que puede acabar en pura noche, que quizá nadie venga, y vela igual. Esa diferencia —exposición sin garante, comparecencia encarnada que no sabe ante quién comparece y comparece— es todo mi humanismo trágico en una frase.
Claude Romano, o el acontecimiento
Con Romano la afinidad es inmensa; diría incluso que su filosofía ofrece algunas de las herramientas que mejor describen, desde fuera, intuiciones que yo alcancé desde dentro del oficio.
Romano desplazó el centro de la fenomenología desde los objetos hacia los acontecimientos, y con un rigor nuevo: el acontecimiento no es un hecho intramundano más, algo que ocurre dentro de un mundo ya dispuesto; el acontecimiento abre mundo, reconfigura el campo entero de lo posible, y no le sucede a un sujeto previamente constituido que lo registraría desde fuera. A quien adviene por los acontecimientos lo llamó advenant: no somos sujetos que experimentan acontecimientos; somos aquello que continuamente adviene mediante ellos. Su paradigma es el nacimiento: nadie asiste a su propio nacimiento como espectador; se es desde él, alcanzado por un acontecimiento que nos hace posibles y que por eso mismo nunca podremos poner enfrente. Y la experiencia recupera en él su etimología de travesía, atravesar un peligro del que no se sale igual.
Todo esto describe mi vida con las obras con una precisión que casi asusta. Una obra no es una cosa, es un acontecimiento; no existe independientemente de su acontecer. Y la identidad del intérprete (rapsoda) no se compone de propiedades sino de advenimientos: yo no defino a una persona por sus características psicológicas; la defino por aquello a lo que ha respondido, por lo que ha acogido, por lo que ha dejado acontecer. Mi biografía verdadera no es la lista de mis rasgos sino la lista de las obras que me han acontecido. Enescu me aconteció: no lo elegí como se elige repertorio; me advino, me atravesó, y salí de esa travesía siendo otro, con otro oído y hasta con otro país adentro. Romano habría entendido al vuelo, además, mi crítica de la ideología de la Werktreue: si la obra no es un objeto estable, reproducirla es un contrasentido; sólo cabe dejar que acontezca de nuevo, siempre de nuevo. Y cuando escribo que el pasado sólo aparece desde el cumplimiento presente, estoy en plena temporalidad del advenant.
Mi paso más allá de Romano, si cupiera, es una pregunta que él deja abierta: ¿qué forma tiene el acontecer? Su eventología describe magníficamente que el acontecimiento abre mundo, pero deja al acontecimiento sin morfología interna, como si adviniera amorfo. Yo respondería: el acontecimiento tiene forma mélica. Tiene anacrusa —ese antes que sólo existe retroactivamente, cuando el golpe ya cayó y descubrimos que todo lo anterior venía preparándolo—; tiene arranque, desarrollo, cadencia; y tiene ese silencio posterior que todavía le pertenece, como pertenece a la obra el silencio antes del aplauso. Una fenomenología completa del acontecimiento está esperando su solfeo. El melos es la organización interna del acontecer: lo que Romano describe, yo lo oigo.
Renaud Barbaras, o el deseo
Y llego a quien quizá sea, en el plano estrictamente ontológico, mi afinidad más profunda de toda la serie. Toda la filosofía de Barbaras gira alrededor de una intuición enorme: la vida no es una sustancia; es deseo. No deseo psicológico —ganas, apetitos—: deseo ontológico. Y su análisis distingue lo decisivo: la necesidad se satisface y se apaga; el deseo se ahonda con aquello que lo cumple. Comer sacia el hambre; contemplar no sacia la sed de mundo: la ensancha. Vivir es tender hacia más mundo, permanecer abierto, no clausurarse jamás; la existencia es esencialmente movimiento, y el movimiento no es una propiedad añadida al viviente sino su estructura misma. Ni siquiera hay un sujeto que primero exista y después salga hacia el mundo: ya somos mundo, ya pertenecemos; la separación es una abstracción tardía.
Cuando leí a Barbaras por primera vez pensé inmediatamente en mis propias descripciones del estudio. Nunca he podido hablar del repertorio como de algo conquistado; siempre como de algo que continúa llamando. Cada interpretación (o mejor, rapsodia) abre todavía más posibilidades; jamás las cierra. Ésa es, exactamente, la estructura barbarasiana del deseo: el cumplimiento que ensancha lo que cumple. Y hay una frase que uso desde hace años sin poder renunciar a ella —pertenecer a un paisaje— que podría figurar, tal cual, en un libro suyo: no estar en un paisaje como una figura sobre un fondo, sino pertenecerle, ser una de sus maneras de mirarse. Mi ontología entera es, como la suya, cinética: la obra, la memoria, la identidad, la interpretación, el pasado, la esperanza —todo son movimientos, nunca estados—. Y compartimos hasta la estética: aunque Barbaras no haya desarrollado una filosofía musical comparable a la que intento, sostiene que el arte intensifica nuestra pertenencia al mundo, y eso es casi literalmente lo mío: la música no representa un mundo; nos introduce más adentro de él.
Mi diferencia con él cabe en una imagen: su deseo es todavía una teleología silenciosa, una tensión sin voz. El melos es deseo que ha encontrado garganta. El canto es deseo que al decirse no se gasta sino que se ahonda —y por eso la estructura del deseo según Barbaras es, nota por nota, la estructura de la frase musical, que al cumplirse pide la siguiente, y cuya cadencia final no clausura sino que deja el aire cargado—. Barbaras piensa el movimiento de la vida; yo añado que ese movimiento tiene tempo, respira, frasea. La vida no sólo tiende, sino que canta su tender.
Dos vecinos merecen, antes del balance, al menos el saludo. Henri Maldiney (1912 - 2013), que hizo del ritmo la verdad de lo sensible y pensó el aparecer mismo como ritmo, es de toda la fenomenología francesa quien más cerca pasó de mi provincia; pero lo pensó desde la pintura y el paisaje, desde el ojo, y el mío nace en la garganta: su ritmo se contempla, el mío se respira. Y Jean-Luc Nancy (1940 - 2021), que desde la otra orilla —la deconstructiva que dejé fuera de este mapa— escribió A la escucha y entrevió que el ser resuena; pero su escucha permanece resonancia sin vocación, vibración que nunca llega a llamada: oye un mundo que suena, no un mundo que convoca, y un sujeto que sólo resuena no tiene todavía que responder. Con Maldiney comparto el ritmo; con Nancy, la resonancia; con ninguno de los dos, la respuesta.
VII. Lo que recibo, lo que devuelvo
Puedo ahora trazar el balance con justicia. De Patočka tomo el ser como movimiento y la verdad como existencia expuesta. De Merleau-Ponty, la carne y el cuerpo como pensamiento en acto. De Levinas, la anterioridad de la llamada, ganada contra su propio recelo del ritmo. De Marcel, el misterio habitado y la fidelidad creadora. De Mounier, la persona encarnada frente al individuo contable. De Ricœur, el tiempo narrado y la identidad como promesa. De Henry, la vida invisible que se siente antes de sonar. De Chrétien, la llamada, la voz desnuda y la herida de lo bello. De Marion, el exceso del fenómeno, la anamorfosis y la apertura icónica. De Lacoste, la exposición y la vigilia sin experiencia garantizada. De Romano, el acontecimiento y el advenant. De Barbaras, el deseo como dinamismo ontológico y la pertenencia al mundo.
Dialogo con todos ellos. No me identifico plenamente con ninguno.
Y la razón es una sola, y es el corazón de este ensayo: ninguno convierte la música en categoría ontológica fundamental. Todos piensan el aparecer, la llamada, el don, el acontecimiento, la vida; yo intento pensar el melos como aquello que articula todos esos fenómenos en una única estructura. Lo que propongo no es una filosofía de la música —una provincia más del imperio estético—: es una ontología donde el canto constituye la forma privilegiada en que el ser acontece, llama, se dona y solicita una respuesta creadora. Digámoslo ya del todo.
VIII. El paso: del aparecer al canto
No me interesa únicamente el aparecer. Me interesa el melos. El ser, para mí, no sólo aparece. No sólo se dona. No sólo acontece. No sólo llama. El ser canta.
Y precisamente porque canta, reclama una respuesta creadora. Ésta es la tesis; ahora hay que ganársela, porque dicha así puede sonar a ingenua, y es lo contrario de la ingenuidad, es la proposición más dura de mi ontología, la que más me ha costado y la que más defiendo.
Empecemos por lo que la tesis no dice. No dice que el universo emita melodías, ni que haya una música de las esferas físicamente audible, ni que la palabra canto sea una metáfora bonita para el devenir. Melos no nombra aquí una melodía empírica, nombra una estructura de la comparecencia. Digo que el modo en que lo real se da —cuando se da de veras y no como mero material disponible— es un modo articulado en el tiempo, respirado, tensado, direccional, que sostiene lo ya dado mientras inclina hacia lo por dar, y que exige continuación. Digo que esa estructura, que la fenomenología ha descrito por partes con los nombres de retención y protensión, donación y exceso, llamada y acontecimiento, tiene un nombre unitario más antiguo que todos ellos, y que ese nombre es musical porque la música es el lugar donde dicha estructura se hace máximamente transparente. La música no es un ejemplo privilegiado de mi ontología, es su caso más desnudo. Por eso la parte IV de este ensayo no era una curiosidad erudita sino una prueba: cada vez que el pensamiento occidental ha tocado la raíz del darse —Agustín, Bergson, Husserl—, ha encontrado melodía. Yo sólo propongo dejar de llamar metáfora a ese hallazgo.
La tesis se despliega en tres anterioridades, que enuncio y defiendo.
La voz precede al concepto. No es una hipótesis, es la biografía de cada uno de nosotros. Se nos habló cantando antes de que entendiéramos nada; la prosodia materna —ese subir y bajar, ese mecer de la frase dirigida al recién nacido— es comprendida y respondida meses antes de que ninguna palabra signifique. La semántica llega siempre tarde, a una fiesta que la prosodia inauguró. Y lo que vale de la ontogénesis vale del pensamiento mismo, esto es, nadie piensa con conceptos puros; se piensa con entonaciones, con énfasis, con esa cadencia interior que decide qué frase es una pregunta y cuál una herida. El concepto es voz enfriada.
La respiración precede al discurso. No hay frase —verbal o musical— que no sea una economía del aliento, se dice lo que un aliento puede sostener, y donde el aliento se acaba nace la puntuación. La sintaxis es hija de los pulmones. Por eso el pensamiento tiene fuelle, y por eso hay filosofías asmáticas y filosofías de gran respiración, y cualquiera las distingue al leer dos páginas. Quien quiera saber qué es realmente una obra —de música o de pensamiento— que mida sus respiraciones antes que sus tesis.
El ritmo precede a la definición. Antes de definir, escandimos. El mundo no llega como un continuo neutro que después ordenamos, llega acentuado —día y noche, sístole y diástole, paso y paso—, y toda definición es un intento tardío de fijar lo que el ritmo ya había repartido. Aristóteles definió al hombre como animal que tiene logos; propongo enmendar hacia atrás: animal que escande, y por escandir, habla.
Voz, respiración, ritmo: quien reconozca aquí los tres ejes del telar del melos —λέξις, ἁρμονία, ῥυθμός, cruzados con los estratos del darse— reconoce bien. No desplegaré aquí ese sistema, que he expuesto en otro lugar; baste decir que no es una teoría musical aplicada al ser, sino una ontología que descubre en la música su caso más transparente, y que en su centro trabaja una noción que considero mi aportación más artesanal, el ars sustinendi, el arte de sostener. Sostener un sonido sin que muera ni se endurezca; sostener una tensión sin resolverla antes de tiempo; sostener una espera, una pregunta, a una persona. Frente al ataque —ese gesto que la modernidad entera ha erigido en paradigma: golpear, producir, iniciar, impactar—, el peso: el arte de estar sobre algo sin aplastarlo, de dar gravedad sin violencia. Una civilización se retrata en la proporción entre su ataque y su peso, y la nuestra es casi todo ataque: iniciativas, disparos, lanzamientos, impactos. El melos es, entre otras cosas, la rehabilitación ontológica del sostener.
De aquí se sigue la consecuencia antropológica que considero central: la interpretación (o mejor, rapsodia) deja de ser una actividad estética para convertirse en una estructura fundamental de la existencia. Toda vida humana consiste, en último término, en aprender a responder musicalmente a aquello que la llama. Vivir es interpretar: recibir un texto que no escribimos —un cuerpo, una lengua, una época, una herencia— y tener que hacerlo sonar sin traicionarlo ni repetirlo. Por eso improvisar, interpretar y componer no son tres oficios, son los tres grados de una misma respuesta al reclamo del melos, y toda vida los practica. Improvisamos cada día (la conversación es improvisación pura); interpretamos lo heredado (nadie inventa su lengua, y sin embargo nadie habla como nadie); y componemos, si hay suerte, algo que otros heredarán. El músico no es una excepción antropológica, es el hombre en voz alta.
Y de aquí se sigue también mi doctrina de la fidelidad, que ahora puede enunciarse con todos sus antepasados a la vista: la fidelidad es creadora o no es fidelidad. Marcel me dio la expresión; Chrétien, la razón (el don excede: no puede devolverse su copia); Kierkegaard, la temporalidad (repetición hacia delante, no recuerdo hacia atrás); y el oficio me dio la evidencia: copiar es la única infidelidad perfecta, porque trata a la obra como cadáver que se embalsama y no como llamada que se responde. La donación consumada no es entrega y recibo, es dúo. El ser no monologa, sino que propone. Y nosotros no asistimos, sino que comparecemos —citados, convocados, con el cuerpo prestado—, y hay que declarar. Declarar cantando, ésa es la condición humana tal como la entiendo.
Falta decir lo más difícil, aquello sin lo cual todo lo anterior sería idealismo entusiasta: el canto es mortal. Canta sólo lo que respira, y respira sólo lo que puede dejar de respirar. Un canto sin final no sería canto, sería zumbido, ruido de fondo del ser, precisamente lo que el melos no es. La finitud no es el fracaso del canto, es su condición. La frase es frase porque cadencia; el aliento da porque se gasta; y la muerte, vista desde esta ontología, no es la interrupción del melos sino su forma —la cadencia sin la cual nada habría sido frase—. Aquí mi pensamiento se separa de la tonalidad de fondo de casi toda la constelación francesa, que tiende, aun en sus mejores páginas, hacia la plenitud: saturación, donación, exceso, vida que se abraza. Yo mantengo la herida abierta. La llamada puede perderse; hay reclamos que nadie recogió y obras que murieron dos veces; el silencio que sigue al canto pertenece al canto, pero también existe el otro silencio, el de la respuesta que no llegó. Por eso mi humanismo es trágico: comparecemos cantando, en carne, ante un tribunal que quizá esté vacío —y cantamos igual—. La dignidad no necesita garante; necesita voz. Y la esperanza, si conserva algún sentido riguroso, no es la certeza de ser oídos, es la decisión de cantar como si el aire mismo fuera un oído.
Queda la comunidad, porque el melos no es asunto de solistas. Se nos canta antes de que seamos: la nana es la primera donación de identidad, y la persona empieza como canción de otro y madura cuando aprende a devolverla transformada. La solidaridad de los conmovidos por el canto —esa transposición patočkiana que propuse más arriba— nombra la única comunidad que me parece a la altura de los tiempos, no la de los que opinan lo mismo, sino la de los que han sido heridos por lo mismo y se reconocen en la manera de guardar silencio. Un público verdadero, un cuarteto, una clase donde de pronto todos oyen: células de esa polis cantada que Platón entrevió cuando ordenó empezar la educación por la música. Los fenomenólogos franceses describieron, con un rigor al que debo casi todo, la antesala: el aparecer, la donación, la llamada. Yo intento entrar en la sala donde se canta.
IX. El turno del adversario
He dicho que comparecencia es palabra de juzgado, y en el juzgado habla también la otra parte. Un ensayo que sólo deja hablar a sus amigos es un concierto de bravos comprados: aplauso seguro, verdad dudosa. Doy, pues, la palabra al adversario, y no a un adversario de paja: le presto las tres mejores armas que conozco contra mí, y prometo no esquivar ninguna.
Primera objeción: ¿y si la melodía sí es una metáfora? Agustín, Bergson y Husserl —dirá el fiscal— echaron mano de la melodía como el profesor echa mano de la pizarra: por comodidad didáctica. La melodía es simplemente el objeto temporal más familiar; cualquier proceso serviría —una caminata, una frase, una piedra que cae—, y el pretendido síntoma no es más que el sesgo de un músico que encuentra música donde mira, como el zapatero encuentra suelas. Respondo con una prueba de sustitución: hágase. Analícese la conciencia del tiempo con la piedra que cae, y la retención se vuelve invisible, porque a la piedra no le hace falta que su posición anterior siga vigente en la actual; analícese con la caminata, y la protensión se disuelve, porque ningún paso exige al siguiente. Sólo en la melodía el pasado debe permanecer sonando dentro del presente para que el presente sea el que es: la nota no está acompañada de su antecesora; está constituida por ella. La melodía no ilustra el tiempo, es el único fenómeno donde el tiempo se muestra entero. Y la acusación de metáfora esconde un supuesto que no resiste examen: toda metáfora transporta desde un dominio propio hacia uno ajeno; ¿cuál es aquí el dominio propio? ¿El flujo, la corriente, el río del tiempo —imágenes de agua—? ¿El arco, la tensión —imágenes de caza—? No existe descripción literal del darse temporal desde la cual la melodía sería préstamo: existen sólo imágenes, y entre ellas una donde la cosa comparece completa. Elegirla no es hacer literatura, es hacer fenomenología. Se me dirá, por fin, que Husserl heredó el salmo de Agustín, y concedo la herencia para agravar el cargo: en quince siglos nadie encontró ejemplo mejor. Un ejemplo insustituible ha dejado de ser ejemplo.
Segunda objeción: ¿y si el lenguaje es anterior al canto? Lo que llamo prosodia materna —dirá el fiscal— no es más que lenguaje inmaduro; la nana es el vestíbulo de la gramática, no su fundamento; el sentido es proposicional o no es, y hasta mi propio ensayo, escrito en frases y no en corcheas, testificaría contra mí. Respondo primero con el laboratorio que todos hemos sido: el recién nacido responde al contorno melódico de la voz meses antes de que ninguna palabra signifique, y distingue la ternura del reproche cuando aún no distingue el sustantivo del verbo; llamar a eso lenguaje inmaduro es como llamar al cimiento edificio inmaduro. Respondo después con un experimento al alcance de cualquiera: quítese a una frase su melodía —déjesela leer por una voz sintética plana— y se obtendrá algo que dice cosas verdaderas y no se dirige a nadie. La semántica decide qué se dice; el melos decide que se está diciendo, y a quién. La ironía, la pregunta, la caricia, la amenaza: hechos melódicos, no proposicionales. Y respondo, en fin, con el propio diccionario del adversario: tono, acento, cadencia, frase, articulación, período — la gramática entera describe el lenguaje con vocabulario robado al canto, y no al revés. Si el lenguaje fuera primero, la música se diría en términos gramaticales; sucede exactamente lo contrario. Pero concedo al fiscal lo que tiene de razón, porque mi tesis no es un destronamiento: el concepto es necesario, el juicio irreemplazable, y este ensayo usa a ambos. Sólo que nadie enfría lo que nunca estuvo caliente. No destrono al lenguaje, sino que lo fecho.
Tercera objeción, la más punzante porque es personal: ¿y si el melos sólo describe la música? Un pianista —dirá el fiscal, y sonreirá— ha tomado su taller por el mundo: llama ontología al gremialismo y estructura del ser a la deformación profesional. Respondo primero con el criterio que toda categoría fundamental debe superar, mostrarse en regiones que no derivan de ella. Y el melos lo supera a diario. La conversación: los malentendidos graves son casi siempre de tempo antes que de contenido —responder demasiado pronto, callar demasiado tarde—. El duelo: nadie consuela con proposiciones; se consuela sosteniendo, y el arte de estar junto a alguien sin apresurar su pena es ars sustinendi puro, la misma competencia con que se acompaña a un cantante. La promesa: mantenerla no es repetir su enunciado sino sostener una tensión a través del tiempo — el ipse de Ricœur tiene compás. Hasta el silogismo tiene anacrusa, clímax y cadencia, y cualquiera distingue un argumento precipitado de uno bien conducido aunque ambos sean válidos. Respondo después invirtiendo la sospecha: precisamente porque el melos no es sólo musical puede la música ser su caso más desnudo; si fuera propiedad exclusiva del pentagrama, mi capítulo octavo se derrumbaría. Nunca dije que el mundo sea música, digo que la música es el lugar donde el mundo confiesa cómo se da. Y respondo, por último, con la compañía en que estoy, toda ontología ha partido de la provincia de alguien. Heidegger llegó al ser por un martillo y nadie le pide cuentas por la carpintería; Levinas, por un rostro; Marion, por un icono. El ser se muestra siempre primero en alguna parte. A mí se me mostró en un teclado. No es un privilegio del teclado, es la única ventana que me tocó, y he procurado limpiarla.
Preveo, en fin, una cuarta voz, que no hablará en la sala sino en los pasillos: la del especialista. Dirá —y en su provincia tendrá razón— que mi Marion no es todo Marion, que mi Henry desemboca donde Henry no quiso ir, que tal pliegue de Romano está forzado; y dudará de que una palabra griega de dos sílabas soporte el peso sistemático que le cargo.
A lo primero respondí al abrir la constelación y no lo repetiré: confesé que estos retratos son lecturas creadoras, rapsodias, y que prolongar es mi manera de ser fiel. Quien me corrija una fecha, una atribución, un matiz, me hallará agradecido —la filología afina mi instrumento—; pero afinar un instrumento no es discutir la música que con él se toca.
A lo segundo respondo con el único criterio que conozco para juzgar categorías fundamentales: no se validan por decreto ni se refutan por sospecha; se prueban tocándolas, como los instrumentos. El banco de pruebas del melos es la sección octava y este mismo careo: si la categoría cede, cederá ahí, ante un fenómeno que no sepa decir, no en una nota a pie de página. Y recuérdese que toda categoría fundamental nació acusada de sobrecarga: se dijo de la donación, se dijo de la carne, se dijo de la vida; a la constelación entera se le levantó acta por exceso de trascendencia —lo recordaré en el capítulo siguiente—. Es el peaje de nacer categoría: sólo las palabras a las que nadie acusa de cargar demasiado no cargan nada. Prefiero una categoría discutida a un concepto irreprochable y ocioso; y si el melos ha de romperse, que se rompa sonando, como se rompen las cuerdas que estuvieron templadas de verdad.
No aspiro a que el adversario salga convencido, aspiro a que se quede a escuchar. También el interrogatorio frasea —pregunta, tensión, respuesta—, y un pensamiento que no resiste el careo no merecía la sala.
X. ¿Por qué Francia?
Queda una última pregunta histórica: ¿por qué esta extraordinaria constelación apareció precisamente en Francia? Creo que confluyeron circunstancias irrepetibles, y merece la pena distinguirlas, porque ninguna por sí sola habría bastado.
La primera es brutal: Francia heredó a Husserl cuando Alemania se destruía. Tras la Segunda Guerra Mundial, Alemania quedó filosóficamente devastada: los discípulos judíos de Husserl muertos o dispersos, Heidegger moralmente comprometido, las cátedras en ruinas morales. La fenomenología necesitaba otra casa, y Francia llevaba veinte años preparándola. Levinas la había introducido en 1930; Sartre y Merleau-Ponty la habían convertido en el aire que respiraba una generación; Ricœur había traducido a Husserl en un campo de prisioneros, como quien salva semillas en el bolsillo del abrigo. Cuando la guerra terminó, el terreno estaba abonado y la siguiente generación pudo construir sobre él. Sin esa transferencia histórica —el logos exiliado encontrando anfitriona— probablemente no existiría el grupo del que he hablado.
La segunda es de larguísimo plazo. Francia posee una tradición donde filosofía y literatura nunca se separaron del todo. Montaigne, Pascal, Jean-Jacques Rousseau (1712 - 1778); Bergson, a quien dieron el Nobel de Literatura siendo filósofo; Marcel, que escribía teatro; Chrétien, que era poeta. Todos escriben de una manera en que la descripción importa tanto como la demostración, en que la frase no es el envase del pensamiento sino su cuerpo. Esa tradición hizo posible una fenomenología escrita, capaz de hacer aparecer aquello de lo que habla —y ahí me reconozco sin reservas, porque yo tampoco escribo como un analítico, escribo intentando que el fenómeno comparezca en la página, convencido de que una filosofía del canto que no cantara un poco al escribirse se refutaría a sí misma.
La tercera es la más paradójica: la tradición católica. Uno de los países más secularizados del mundo produjo quizá la cultura intelectual católica más rica del siglo XX —no eclesiástica: intelectual—. Henri de Lubac (1896 - 1991), Jean Daniélou (1905 - 1974), Yves Congar (1904 - 1995); Jacques Maritain (1882 - 1973) y Étienne Gilson (1884 - 1978); Mounier y su Esprit; y después Marion, Chrétien, Lacoste. El movimiento del ressourcement —volver a las fuentes, releer a los Padres griegos por encima de la escolástica manualística— reabrió en Francia exactamente los libros por los que yo mismo he llegado hasta aquí: no es azar que esta fenomenología dialogue con Gregorio de Nisa y con Máximo; su país había vuelto a editarlos, traducirlos, amarlos. Todos ellos aprendieron a pensar una trascendencia irreductible tanto a la metafísica clásica como al racionalismo moderno. Yo no comparto todas sus conclusiones teológicas; comparto casi todas sus preguntas.
Y la cuarta suele olvidarse: Francia fue el lugar donde la fenomenología sobrevivió al estructuralismo. Mientras Michel Foucault (1926 - 1984), Jacques Derrida (1930 - 2004) y Gilles Deleuze (1925 - 1995) ocupaban el centro del escenario, toda una corriente fenomenológica siguió trabajando casi en silencio, en seminarios laterales, en editoriales pacientes. Cuando el estructuralismo empezó a agotarse, esa fenomenología seguía allí, intacta y madurada: eso explica la floración de los años ochenta y noventa —Henry ya escrito, Marion, Chrétien, luego Romano, Barbaras, Lacoste—. Floración tan vigorosa que provocó su propia polémica: Dominique Janicaud (1937 - 2002) la denunció como giro teológico de la fenomenología francesa, contrabando de trascendencia bajo bandera descriptiva. Debo decir dónde estoy en esa disputa, porque me concierne. Creo que la acusación describe más de lo que refuta, que el fenómeno exceda al concepto no es teología, es honestidad descriptiva, y amputar el exceso para mantener la fenomenología presentable es el único dogmatismo que la disciplina no puede permitirse. Y creo, además, ser un contraejemplo ambulante: habito esta fenomenología con la teología en suspenso; el melos no exige credo, exige oído. Si esta tradición fuera sólo teología disfrazada, un agnóstico de la donación como yo no podría respirar en ella. Y respiro...
XI. España, o la conversación interrumpida
Duele escribir el capítulo simétrico, esto es, por qué no ocurrió algo semejante en España. Porque España tenía el oído. Lo que no tuvo, quizás, fue la continuidad.
La Guerra Civil interrumpió brutalmente el desarrollo de varias generaciones intelectuales. José Ortega y Gasset (1883 - 1955), que había hecho de su Revista de Occidente la puerta española de la filosofía europea, marchó al exilio; María Zambrano (1904 - 1991) marchó al exilio; José Gaos (1900 - 1969) marchó al exilio —y sería en México, no en Madrid, donde vertiera a Husserl al español: la fenomenología en nuestra lengua se hizo en el destierro, dato terrible y hermoso a la vez—; José Ferrater Mora (1912 - 1991), Joaquín Xirau (1895 - 1946), Juan David García Bacca (1901 - 1992), tantos otros, dispersos por América.
Y el que se quedó, Xavier Zubiri (1898 - 1983) —autor de la primera tesis española sobre la fenomenología de Husserl, oyente en Friburgo del maestro y de Heidegger—, acabó enseñando fuera de la universidad, en cursos privados de sala alquilada: nuestra versión, más pobre pero más heroica, de aquellos seminarios laterales donde en Francia sobrevivió la fenomenología. De su inteligencia sentiente —un pensar que ya no separa el sentir del inteligir, casi un pariente seco de la idea de melos— pudo haber salido una escuela; quedó en una fundación.
Muchísimas conversaciones quedaron interrumpidas a media frase. Francia, aun ocupada y humillada, conservó una continuidad universitaria que España desafortunadamente perdió durante décadas: aquí la universidad quedó dominada por una escolástica a veces repetitiva y por un parcial aislamiento que impidió la formación de una verdadera escuela. Mientras Francia leía a Husserl, Heidegger, Hegel, Kierkegaard y Levinas, España tardaba una generación en poder citarlos sin sospecha. Produjimos genios individuales —Miguel de Unamuno (1864 - 1936), Ortega, Zambrano, Pedro Laín Entralgo (1908 - 2001), Julián Marías (1914 - 2005), José Luis López Aranguren (1909 - 1996)—, pero no una tradición fenomenológica continua, pues cada uno quedó bastante solo, y las escuelas no se hacen de genios sino de conversaciones que duran.
Y sin embargo no quiero dejar este capítulo en el tono del inventario de pérdidas, porque hay dos contrapuntos que me importan más que todas las estadísticas del desastre. El primero se llama Unamuno, y es el antepasado que este ensayo tenía escondido. Si mi humanismo es trágico —si sostengo que comparecemos cantando ante un tribunal que quizá esté vacío, y cantamos igual—, esa tonalidad no la aprendí en París ni en Praga, la mamé en español. Del sentimiento trágico de la vida pensó, en nuestra lengua y antes que todos mis franceses, la comparecencia sin garante: el hambre de inmortalidad que no encuentra fiador y la resolución quijotesca de vivir de tal modo que la nada, si viene, sea una injusticia. Unamuno aprendió danés sólo para leer a Kierkegaard, al que llamaba hermano. España trepaba ya, por su cuenta y una generación antes que Francia, al árbol que he dibujado. Y fue él quien enseñó que nuestra filosofía estaba líquida en nuestra literatura y en nuestra mística —la tesis que este capítulo confirma cada vez que encuentra en dos versos de San Juan de la Cruz (1542 - 1591) lo que la universidad no supo escribir—. Murió como muere un símbolo, en la Nochevieja de 1936, el año mismo de la interrupción, bajo arresto domiciliario. Con él no se apagó una escuela, porque nunca la tuvo ni la quiso —era un agonista, no un fundador—; se apagó la voz que habría dado a esta constelación su bajo trágico. Yo intento, con menos genio y más solfeo, volver a ponerlo.
El segundo contrapunto, más hondo aún para mi propósito, es María Zambrano. Si España hubiera podido tener su fenomenología del canto, se habría parecido a ella. Su idea de razón poética nombra casi lo mismo que persigo: una razón que no domina su objeto sino que lo aguarda; un pensar que sabe que hay verdades que sólo comparecen si no se las fuerza, en claros del bosque a los que no se llega por el camino recto. Zambrano oyó el saber del alma, el pitagorismo soterrado de nuestra lengua, la palabra que está más cerca del canto que del juicio. Y detrás de ella —o debajo, como el río bajo la ciudad— está el hecho asombroso de que la lengua española ya había escrito su fenomenología del melos en el siglo XVI, en dos versos de San Juan de la Cruz: la música callada, la soledad sonora. Seis palabras que contienen lo que Henry llamó vida invisible y lo que yo llamo canto anterior al sonido. España no careció de oído, careció de escuela. Puedo jurarlo con mi propia biografía, pues el melos no me llegó de París ni de Friburgo; me lo enseñó, en español, un maestro español. Su fenomenología posible quedó en semilla, y Zambrano es el testimonio de lo que habría florecido.
Por eso escribo en español, y por eso Melosías existe en español, cuando todo aconsejaría otra lengua. No es sólo pertenencia, es reparación. Reanudar, con las fuerzas que tenga, una conversación interrumpida; intentar humildemente devolver a la lengua de Juan de la Cruz y de Zambrano lo que el francés hospedó durante medio siglo; que el español vuelva a decir el aparecer —y lo diga, si puedo, cantando.
XII. Coda: la anfitriona y el huésped
Quizá por todo esto nunca me he sentido verdaderamente francés en filosofía. Me siento heredero de una conversación europea mucho más amplia —Atenas, Capadocia, Hipona, Praga, Copenhague, Friburgo, Castilla—, en la que Francia desempeñó el papel de gran anfitriona. Y la palabra anfitriona no es aquí cortesía, es la categoría final del ensayo. Francia hospedó al logos exiliado como el intérprete (rapsoda) hospeda la obra, sin ser su dueña ni su sierva, dándole casa, mesa y tiempo, dejando que aconteciera. Mi gratitud hacia ella es la del huésped, no la del hijo; y la mejor manera que conozco de devolver una hospitalidad es hospedar a mi vez —en otra lengua, en otra casa, la mía, que tiene el techo musical.
Ahora sé, además, por qué reconocí los muebles en su casa: no eran suyos ni míos; estaban tallados en la madera del árbol que he descrito —Atenas, Capadocia, Hipona, Praga—, y Francia los guardó con más cuidado que nadie.
Y puedo, por fin, enmendar la frase con que abrí este ensayo. Escribí que no amaba apasionadamente Francia, sino lo que Francia hospedó. Era verdad, pero era todavía poco. Porque si Francia es ésta —la del cauce y no la del catastro; la de Pascal, la de Marot cantado, la del oído de Bresson; la anfitriona—, entonces sí, amo a Francia, y la amo profunda y apasionadamente, con toda mi alma. Lo que nunca amé fue su fachada, que confundí durante años con la casa. Este ensayo ha deshecho el equívoco: mi supuesta tibieza era un error de dirección —llamaba Francia al catastro—, y a la otra, a la subterránea, la he amado siempre sin saber su nombre. Francófilo, pues, sí, pero de la Francia que corre por debajo. La gratitud sigue siendo la del huésped; pero el huésped, a fuerza de inviernos, ha aprendido a amar la casa.
Estos pensadores me resultan familiares, por tanto, no porque compartamos una nacionalidad intelectual, sino porque todos intentamos pensar una realidad que se resiste a convertirse en objeto. Ellos la describen como vida, acontecimiento, donación, llamada, presencia, deseo, persona. Yo intento nombrarla mediante otra palabra, melos. No como metáfora musical, sino como la estructura misma de un ser que nunca se limita a existir, sino que siempre comparece ritmándose, respirándose y convocando una respuesta creadora.
Mañana por la mañana levantaré la tapa del piano. En la habitación, si he escrito bien este ensayo, estarán todos en silencio, Praga y París, Hipona y Atenas, un barracón de Pomerania donde un prisionero traduce a Husserl al margen, un claro del bosque castellano. La obra llamará, como llama siempre, desde antes de la primera nota. Y responderé.
Porque el ser canta. Y pensar —lo aprendí de ellos, lo aprendí del teclado— nunca ha sido otra cosa que aprender a acompañarlo...



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