Algo que desaparece


Discurso pronunciado el 10 de junio de 2026, en el Teatro Monumental de Madrid, con motivo de la graduación del Máster en Enseñanzas Artísticas de Interpretación Orquestal, organizado conjuntamente por la Orquesta Sinfónica y Coro RTVE y el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid.

Hola, buenas tardes. Quisiera agradecer sinceramente la generosidad de quienes me han invitado a acompañaros en este momento, y hacerlo con algunas preguntas. Sé que hay preguntas que nos acompañan durante muchos años, y pensé que tal vez podría compartir con vosotros algunas de las que todavía me acompañan a mí.

Existe una pregunta que nunca aparece en un plan de estudios, que no se examina, que no concede créditos, que no figura en ninguna rúbrica de evaluación, y que sospecho, sin embargo, es la pregunta más importante de todas. Es esta. ¿Por qué dedicar una vida entera a algo que desaparece? Porque eso es, exactamente, lo que hacemos. Un arquitecto deja edificios, un jurista deja sentencias, un ingeniero deja puentes, un escritor deja libros. Nosotros trabajamos con algo que se extingue en el mismo instante en que acontece. Una nota nace y muere, una frase nace y muere, una respiración compartida nace y muere, un concierto entero desaparece.

Y, sin embargo, desde hace miles de años, seres humanos de todas las culturas han considerado que merecía la pena consagrar una vida a esa extraña forma de desaparición. Siempre me ha parecido extraordinario, porque vivimos en una civilización obsesionada con conservar, con almacenar, con registrar, con archivar, con poseer. Queremos guardar fotografías, mensajes, grabaciones, documentos, recuerdos, queremos que nada se pierda. Y, sin embargo, el músico vive precisamente de aquello que no puede retenerse.

Quizá por eso nuestro oficio tiene algo de resistencia, algo de humilde desafío. Nos recuerda una verdad que la modernidad a veces olvida, que no todo lo valioso es acumulable, que no todo lo importante puede poseerse, que hay cosas cuya grandeza consiste precisamente en aparecer y desaparecer. La amistad, la infancia, una conversación, la belleza, la alegría, la vida misma. La música pertenece a esa familia.

Por eso me gustaría aprovechar este día no para daros consejos. Los consejos envejecen deprisa y, además, sospecho que casi nadie los recuerda. Lo que permanece, de nuevo, son ciertas preguntas, las que uno continúa haciéndose veinte o treinta años después. Yo todavía sigo haciéndome algunas. Por ejemplo, ¿qué es exactamente una interpretación? La pregunta parece sencilla, pero no lo es, porque solemos hablar de las obras musicales como si fueran objetos. Decimos «la Quinta de Beethoven», «la Cuarta de Brahms», «el Concierto de Sibelius», como si esas cosas existieran en una especie de museo ideal al que accedemos para reproducirlas.

Pero la realidad musical es más misteriosa. Nadie ha oído jamás la Quinta de Beethoven. Lo que hemos oído son miles de encuentros humanos alrededor de unas manchas de tinta, miles de respiraciones distintas, miles de imaginaciones distintas, miles de cuerpos distintos, miles de modos distintos de habitar el tiempo. La música no está en el papel. El papel no canta, no respira, no tiembla, no ama, no recuerda. Somos nosotros quienes hacemos todo eso. Y quizá por eso interpretar no significa obedecer, ni tampoco imponerse. Interpretar es otra cosa.

Es permitir que algo comparezca, no fabricarlo, no dominarlo, no apropiárselo, sino hospedarlo, acoger algo que nos precede y que, al mismo tiempo, necesita de nosotros para existir. En cierto sentido, somos anfitriones. Pero también huéspedes. Esa extraña mezcla de responsabilidad y humildad constituye, me parece, una de las experiencias más hermosas de nuestra profesión.

Porque nadie toca solo, ni siquiera cuando toca en soledad. Tocamos con miles de acompañantes tácitos, nuestros profesores, nuestros padres, nuestros recuerdos, nuestros amores, nuestras pérdidas, nuestras lenguas, nuestros muertos, las personas que admiramos y las que todavía amamos. Nadie sube nunca solo a un escenario, aunque a veces lo olvide. Y toda esa mezcla, ese tejido relacional, esa comunidad interna, es la gasolina de la combustión entre el rapsoda y el texto escrito.

Y quizá por eso una orquesta me ha parecido siempre una de las imágenes más hermosas de comunidad que ha producido nuestra civilización, no una utopía, no una metáfora política, no un paraíso. Las orquestas reales están llenas de dificultades, de cansancio, de desacuerdos, de agobios, de frustraciones, de egos, de días malos, de injusticias, de grandezas y miserias humanas, como cualquier familia, como cualquier sociedad. Y, sin embargo, a veces sucede algo extraordinario. Personas radicalmente distintas consiguen producir juntas, por un momento, algo que ninguna podría producir por sí sola. No se trata de pensar igual, ni siquiera de sentir igual. Se trata de compartir un tiempo, no solo un espacio (que también), sino sobre todo un tiempo, que es mucho más misterioso. La música como un acto comunitario de tiempo encarnado.

Y eso, en una época de fragmentación y de ruido permanente, de individualismo solipsista y feroz, me parece casi milagroso. Vivimos rodeados de discursos que exaltan al individuo, la marca personal, la visibilidad, la autoafirmación. Pero la música orquestal nos recuerda otra verdad, que existen bellezas imposibles de alcanzar en soledad, que hay una grandeza específica en escuchar, que acompañar no es una categoría inferior, que sostener no es desaparecer, que la voz principal solo existe porque alguien más decidió no ocuparla, y que, tal vez, una de las formas más elevadas de inteligencia humana sea la capacidad de dejar espacio. No es una lección pequeña. Es una lección para la música, y quizá también para la vida.

Porque la vida nos enseñará algo que ninguna institución puede enseñarnos, que la perfección no existe y que, probablemente, nunca fue el verdadero objetivo. Habéis dedicado años a perfeccionar vuestro oficio, y eso es maravilloso. La técnica importa, la disciplina importa, la excelencia importa, todo eso importa. Pero hay algo que la técnica no puede responder. La técnica puede decirnos cómo, pero nunca por qué. Sabe construir el puente, pero no hacia dónde merece la pena cruzarlo. Sabe producir un sonido, pero ignora, por sí misma, qué merece ser dicho. Y por eso las preguntas más profundas nunca son técnicas, sino humanas.

¿Qué merece mi atención? ¿Qué merece mi tiempo? ¿Qué merece mi amor? ¿Qué merece una vida? Esas son las preguntas que, en el fondo, terminan modelando una interpretación, porque las interpretaciones no nacen solamente de la inteligencia. Nacen de una biografía, de una forma de sufrir, de una forma de esperar, de una forma de mirar el mundo.

Por eso me preocupa un poco una tentación muy propia de nuestra época, la de convertirnos en administradores de nosotros mismos, en gestores de nuestra imagen, en contables de nuestra visibilidad, en especialistas del rendimiento. Corremos el riesgo de medirlo todo, los seguidores, las audiciones, los contratos, los concursos, los éxitos, las críticas, las estadísticas. No digo que esas cosas carezcan de importancia, claro que la tienen. Pero hay algo peligroso en vivir permanentemente bajo el régimen de la comparación, porque las comparaciones son infinitas. Siempre habrá alguien más joven, más brillante, más famoso, más solicitado, más visible. Y si vinculamos nuestra dignidad a esa competición interminable, acabaremos viviendo en un estado de escasez permanente. La música terminará convirtiéndose en ansiedad. Y eso sería una tragedia.

Porque ninguno de vosotros empezó por ansiedad. Empezasteis por otra cosa. Por asombro, por fascinación, por amor, por una experiencia que os superaba, por una belleza que no habíais fabricado vosotros.

Y me gustaría deciros algo que tal vez comprendamos mejor con los años. Proteged ese asombro, protegedlo como vuestro bien más preciado. Porque el cinismo es mucho más peligroso que el fracaso. El fracaso duele, pero el cinismo seca. El fracaso hiere, pero el cinismo endurece. El fracaso puede hacernos más humanos, pero el cinismo puede volvernos incapaces de admirar. Y una vida incapaz de admirar es una vida empobrecida.

No permitáis que eso os suceda. Conservad amigos, leed poesía, enamoraos, pasead, aprended lenguas, mirad cuadros, escuchad el viento, hablad con personas mayores, escuchad historias. Aprended a cocinar, aprended a perder. No os reduzcáis a vuestra profesión, porque sois más que músicos, y precisamente por eso podréis llegar a ser mejores músicos.

Hace unos años habría terminado un discurso como este hablando del éxito. Hoy no, porque cada vez estoy menos seguro de saber qué significa esa palabra. Pero sí sé qué deseo para vosotros.

Deseo que dentro de treinta años continuéis sintiéndoos aprendices, que sigáis haciéndoos preguntas, que todavía os emocionéis ante una frase de Mahler o una página de Mozart, que no perdáis la capacidad de maravillaros, que conservéis la gratitud, que las inevitables heridas de la vida no os conviertan en extraños para vosotros mismos. Y deseo, sobre todo, que cuando lleguen las dudas (porque llegarán), y cuando aparezcan las decepciones (porque aparecerán), y cuando las certezas se vuelvan menos sólidas (porque se volverán), todavía podáis responder afirmativamente a aquella pregunta con la que comenzábamos.

La pregunta que ningún máster puede responder. La pregunta que solo puede responder una vida. ¿Merecía la pena dedicar una existencia a algo que desaparece?

Y ojalá, cuando llegue ese momento, podáis responder serenamente.

Sí.

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