... en torno a la idea de analogía ...




    En mitad de un ensayo antes de un concierto, una cantante me pidió que le bajara la canción un tono. Lo hice sin pensarlo, las manos se desplazaron sobre el teclado como quien cambia de acera sin dejar de caminar, y durante unos segundos ocurrió delante de mí algo que la filosofía ha tardado siglos en formular y que cualquier músico ejecuta antes del desayuno. Ninguna de las notas que ahora sonaban había sonado en la versión anterior. Todas las frecuencias eran otras, otras las teclas, otros los números en que vibraba el aire, y sin embargo nadie en la sala dudó de que seguíamos dentro de la misma canción. Si el inventario físico decidiera lo real, habría que certificar la muerte de una obra y el nacimiento de otra, dos series de hechos acústicos sin una sola coincidencia material entre ellas. Pero el oído sabe que no ha muerto nada. El oído es un guardián extraño, deja escapar las frecuencias y se queda con las distancias (intervalos) que las separaban, retiene la relación y suelta los términos, y por eso una melodía sobrevive intacta a la aniquilación de todos sus materiales. 

    Un padre canta con su hijo pequeño y cree que cantan lo mismo, aunque entre sus voces medie una octava entera, y tiene razón contra toda la física, porque duplicar la frecuencia devuelve misteriosamente la misma nota, como si el sonido regresara a casa por otra puerta. Eso que el oído hace sin esfuerzo, reconocer lo idéntico en lo enteramente distinto sin confundir jamás lo distinto, tiene un nombre antiguo, y el nombre es analogía. Quiero pensar aquí esa palabra hasta el fondo, con toda su técnica y toda su guerra, pero sin olvidar en ningún momento dónde la encontré por primera vez, que no fue en un tratado.

    Lo verdaderamente extraño, si lo pienso ahora, no era haber reconocido la canción. Lo extraño era no haberme preguntado nunca dónde ocurría exactamente ese reconocimiento. No ocurría en las frecuencias, que habían desaparecido todas. Tampoco en un concepto que yo estuviera aplicando deliberadamente. ¿Dónde, entonces? Esa pregunta tardará todavía muchas páginas en recibir una respuesta. Conviene dejarla abierta desde ahora, porque quizá toda la historia de la analogía no sea otra cosa que una larga tentativa de responderla.

    Porque la analogía no nació en las aulas. Nació en una cuerda. Cuenta la leyenda que Pitágoras (570 - 495 a.C.) pasó ante una herrería y oyó que ciertos martillos consonaban entre sí, y que de aquella sospecha salió el monocordio, una cuerda tensada sobre una regla, el primer laboratorio de la historia. Divídase la cuerda en dos y suena la octava, la razón de dos a uno. Tómense dos tercios y aparece la quinta, tres a dos. Tres cuartos dan la cuarta, cuatro a tres. Por primera vez el orden del mundo se dejó oír como número, y la consonancia, ese acuerdo que el cuerpo siente antes de poder explicarlo, resultó ser una proporción. La palabra griega que nombró aquello, analogía (ἀναλογία), significaba exactamente eso, correspondencia de razones, y pertenecía a los matemáticos mucho antes de pertenecer a los teólogos. Pero la misma escuela que descubrió la consonancia descubrió el escándalo. El lado de un cuadrado y su diagonal no comparten medida común alguna, ninguna unidad, por pequeña que sea, cabe un número entero de veces en ambos, y los griegos llamaron a esas magnitudes álogon (ἄλογον), lo que carece de logos (λόγος), y también árreton (ἄρρητον), lo indecible. Hay algo conmovedor en que la primera crisis del pensamiento occidental fuera una crisis de medida, y en que la respuesta no fuera el silencio ni la mentira de una medida falsa. La respuesta fue Eudoxo de Cnido (c. 390 – c. 337 a. C.). Su teoría de la proporción, la que Euclides de Alejandría recogió en el libro quinto de sus Elementos, enseñó a comparar razones allí donde no existe unidad compartida, a decir que una relación es igual a otra relación aunque los términos de ambas permanezcan inconmensurables entre sí. Léase despacio el prefijo. Donde el logos fracasa como medida común, el análogon (ἀνάλογον) salva la relación. La analogía es el nombre que la razón se dio a sí misma el día que aprendió a sobrevivir entre inconmensurables, y esa biografía de la palabra ya contiene, comprimido, todo lo que este ensayo querría desplegar. Nació musical, creció matemática, y solo después, muy después, se volvió metafísica, cuando hubo que hablar de aquello con lo que tampoco compartimos medida.

    Pero mientras leía esta historia empecé a sospechar algo que ninguno de sus protagonistas parecía preguntarse. Todos discutían qué era una analogía. Ninguno parecía preguntarse dónde ocurre una analogía. Como si la semejanza perteneciera primariamente a los nombres, a los conceptos o a las cosas, y no al acontecimiento mismo en que alguien reconoce una relación. Conviene dejar por ahora la sospecha en suspenso. Toda la historia que sigue puede leerse también como la historia de ese olvido.

    También este ensayo avanza así. No porque quiera ilustrar una teoría mediante ejemplos sucesivos, sino porque empiezo a sospechar que el pensamiento mismo progresa por transposiciones. Una relación descubierta en un lugar reaparece inesperadamente en otro, y no como una copia, sino como una nueva comparecencia de la misma razón. Si el lector siente a veces que cambiamos de asunto, quizá sea porque todavía imaginamos que pensar consiste en permanecer dentro de un mismo dominio. Yo empiezo a sospechar lo contrario.

    Los latinos, la analogía, la tradujeron como proportio, y con esa traducción empezó una segunda vida de la idea, llena de accidentes. Cicerón (106–43 a. C.) la vertió con cautela, Boecio (477 – 524 d. C.) la sistematizó, y la escolástica la convirtió en la pieza más disputada de su maquinaria. Un traductor reciente de Tomás de Vio, cardenal Cayetano (Thomas de Vio Caietanus) (1469 – 1534), confiesa su apuro ante la palabra ratio, que el cardenal usa a cada línea como sinónimo de definición, porque la palabra española razón ya no tolera ese empleo, se ha fragmentado en diez acepciones que van de la facultad de discurrir al cociente de dos cantidades, y decir en castellano razón de cuerpo suena a latín mal digerido. El traductor opta por concepto y sabe lo que pierde. Ese apuro me parece más instructivo que muchas páginas del tratado que traduce, porque la traducción es la analogía puesta a trabajar. El traductor servil, el que asigna a cada palabra latina su gemela romance sin tocar la sintaxis, practica una univocidad de diccionario y produce monstruos ilegibles, textos donde todo es exacto y nada es verdad. El traductor libre corre el riesgo contrario, que sus propias ideas suplanten a las del autor. La buena traducción busca otra cosa, que la palabra nueva sea a su lengua lo que la antigua fue a la suya, identidad de relación a través de términos que no se tocan, y quien haya traducido una sola página sabe que esa proporción se persigue frase a frase, como una afinación, y que nunca se posee. Hay además un detalle filológico que delata algo profundo. Decimos los análogos como decimos los universales, un adjetivo al que se le ha extraviado el sustantivo, porque análogo puede serlo un término, un concepto o una cosa, y los tratados rara vez aclaran cuál de los tres adjetivan. Ese sustantivo ausente no es un descuido. Es una confesión involuntaria de que la analogía se resiste a ser una cosa, de que es relación hasta el tuétano, un adjetivo en busca de su acontecimiento.

    Quizá no sea casual que la tradición vacile precisamente allí donde tendría que nombrar el lugar de la analogía. Porque todavía seguimos suponiendo, casi sin advertirlo, que una relación debe pertenecer a alguna cosa. Cuesta imaginar que pueda acontecer antes que pertenecer.

    Aristóteles (384 – 322 a. C.) dejó plantadas las dos semillas de toda la disputa posterior, y conviene mirarlas de cerca porque cada una engendró un ejército. Perdón, retiro el verbo y digo que importa mirarlas de cerca. La primera semilla está en la Metafísica, donde afirma que el ser se dice de muchas maneras, pollachôs légetai (πολλαχῶς λέγεται), pero no por pura dispersión, pues todas esas maneras miran hacia una, pròs hén (πρὸς ἕν), como lo sano se dice del animal, de la orina y de la medicina mirando siempre hacia la salud. Ahí germina lo que los escolásticos llamarán atribución, la unidad de muchos por referencia a un foco. La segunda semilla crece en sus libros de animales, donde el filósofo, incapaz de encontrar un género común entre criaturas que no se parecen en nada, tiende puentes de otra especie y escribe que lo que la pluma es al ave lo es la escama al pez. Cuatro términos, dos relaciones, ninguna sustancia compartida, y sin embargo un parentesco real que cualquier pescador entiende. Ahí germina la proporcionalidad. Que el mismo hombre sembrara ambas cosas explica que la guerra posterior fuera una guerra civil.

    La guerra estalla con todo su aparato en un convento de Pavía, el primero de septiembre de 1498, cuando un dominico de veintinueve años llamado Tomás de Vio, al que la historia conocerá como Cayetano por su ciudad natal de Gaeta, termina un tratado sobre la analogía de los nombres quejándose de la penuria lamentable de enseñanzas profundas que padecen sus tiempos, queja que cada generación cree estrenar. 

    No era un gabinete lo que escribía. Venía de Padua, donde había pasado años batiéndose contra el escotismo de Antonio Trombetta (1436 - 1517), y había derrotado en certamen público, en Ferrara, nada menos que a Giovanni Pico della Mirandola (1463 – 1494), al que su siglo tenía por el fénix de los ingenios. Cayetano abre su tratado con una afirmación desmesurada y probablemente cierta, que sin el conocimiento de la analogía nadie puede aprender metafísica, y procede a distinguir tres modos. El primero lo llama analogía de desigualdad, y lo despacha pronto. Cosas análogas por desigualdad son las que reciben un mismo nombre con un concepto del todo idéntico pero desigualmente participado, como cuerpo se dice de los astros incorruptibles y de la carne que se pudre, sustancia de tres dimensiones en ambos casos, la misma definición exacta, aunque el ser la realice allí con más perfección que aquí. Cayetano, que en este tratado habla como lógico, decide que eso es univocidad disfrazada, pues donde el concepto es idéntico en sentido absoluto no hay analogía que valga, por mucho que las cosas lo participen con rangos distintos, y añade una advertencia lógica finísima, que el orden por prioridad y posterioridad es propio de la analogía pero no exclusivo de ella, de modo que inferir analogía de la mera presencia de un orden es afirmar el consecuente, ese razonamiento torcido que tanto abunda. El metafísico, concede, puede seguir mirando esa desigualdad del ser con interés. El lógico la archiva.

    El segundo modo es la analogía de atribución, y aquí el ejemplo canónico tiene su gracia secreta. Sano se dice del animal, de la orina y de la medicina, con un concepto idéntico respecto de un término, la salud, pero diverso según las relaciones que cada cosa guarda con él, el animal como sujeto, la orina como signo, la medicina como causa. Solo el animal es sano formalmente. La orina y la medicina reciben el nombre por denominación extrínseca, desde fuera, como se llama alegre a una noticia que no siente nada. Cayetano dibuja para este modo una figura geométrica, un centro y una circunferencia unidos por radios, el analogado primero en el medio y los segundos alrededor, ordenados hacia él pero no entre sí, cada uno atado al centro por su propio hilo y desconocido de sus vecinos. Y despliega los cuatro géneros de causas para clasificar las atribuciones posibles, aunque con un escamoteo que un lector atento del tratado ha señalado, pues donde esperaríamos la causa formal el cardenal coloca la causa ejemplar, respetando la material, y esa sustitución no es inocente, porque admitir una atribución por causa formal equivaldría a reconocer que los analogados segundos pueden compartir intrínsecamente la forma del primero, y por esa puerta, ya se verá, entraba un peligro que Cayetano prefería tapiar. Añade además un reparo etimológico que es casi una expulsión. La palabra griega exige mensuración reiterada, cuatro términos como mínimo, y la atribución solo relaciona dos, muchos hacia uno, ad unum, de modo que en rigor merece llamarse proporción simple, ratio, y usurpa el nombre de analogía. No deja de tener su ironía que la palabra destinada a alcanzar a Dios se ensayara durante siglos con muestras de orina, y que la teología más alta afinara sus instrumentos en la consulta del médico.

    El tercer modo es el que Cayetano corona. Cosas análogas por proporcionalidad son las que tienen un nombre común cuyo concepto es idéntico proporcionalmente, y los ejemplos vuelven a ser de una humildad desarmante. Ver se dice de los ojos y del entendimiento, porque lo que la visión ofrece al cuerpo se lo ofrece el intelecto al alma. Principio se dice del corazón respecto del animal y de los cimientos respecto de la casa. Cuatro términos, dos razones, una identidad que no reside en ninguno de los términos y que sin embargo los emparenta a todos, la razón de razones, la vieja proporción de Eudoxo emigrada a la metafísica. Cayetano distingue dentro de este modo la proporcionalidad metafórica, donde el concepto solo pertenece en propiedad a uno de los analogados y a los demás se traslada, como cuando decimos que el prado ríe, de la proporcionalidad propia, donde el nombre se predica sin metáfora de todos, y reserva para esta última la excelencia entera del género. Sus razones son dos y ambas pesan. La proporcionalidad es intrínseca, atribuye por género de causa formal inherente, dice de las cosas lo que las cosas son por dentro, mientras la atribución las bautiza desde fuera. Y en la proporcionalidad ningún analogado define a los demás, la definición de uno es proporcionalmente la misma que la de otro, nadie es el centro, nadie la periferia, una república de razones donde la atribución era una monarquía de radios.

    Ahora hay que decir contra quién se escribía todo esto, porque una taxonomía tan cuidadosa no se levanta en tiempos de paz. A un lado del campo estaba Juan Duns Escoto (1265 – 1308), y quien quiera entender la disputa debe reconstruir su posición con toda la fuerza que tuvo, que fue mucha. El franciscano razonaba más o menos así. Un entendimiento puede estar cierto de un concepto y dudoso de otros, y el nuestro puede estar cierto de que algo es ente mientras duda de si es finito o infinito, creado o increado, luego el concepto de ente es otro que ambos y está incluido en ambos, luego es unívoco. Y remachaba con un argumento que todavía hoy corta. Toda comparación se hace en algo de algún modo unívoco. Decir que esto es más perfecto que aquello exige un común mensurable a los dos extremos, pues un hombre no es más perfecto hombre que un asno, es más perfecto animal, y sin ese común la comparación se disuelve en ruido. Si entre Dios y las criaturas no hubiera un concepto compartido, ninguna razón tomada de las criaturas concluiría nada acerca de Dios, y la teología natural entera sería un malentendido. Escoto no univocaba por afán de rebajar el misterio. Univocaba para salvar el conocimiento, y su argumento protege algo real, la posibilidad misma de comparar. 

    En el otro extremo del campo acampaban Moisés ben Maimón (Maimónides) (1138 – 1204) y, a su manera, Enrique de Gante (Henricus Gandavensis) (1217 – 1293), para quienes entre lo infinito y lo finito no media proporción alguna, y los nombres divinos se dicen equívocamente, con una reverencia que prefiere perder el puente antes que profanar la otra orilla. También esa posición custodia algo verdadero, la trascendencia, el pudor ante lo que excede, aunque lo custodia al precio de todo parentesco, y una piedad que ya no puede decir nada acaba pareciéndose demasiado a una indiferencia que tampoco. La analogía se presentaba como la cresta estrecha entre ambos precipicios, participando a la vez de la unidad y de la diversidad, y Cayetano sabía que quien camina por una cresta vive corrigiéndose, inclinado siempre hacia el abismo del que acaba de apartarse.

    Lo que Cayetano temía tiene nombre técnico y consecuencias enormes. Temía la atribución intrínseca. Si los analogados segundos comparten formalmente, por dentro, el concepto del primero, entonces ese concepto funciona como un común unívoco vergonzante, y la univocidad del ser, expulsada por la puerta, regresa por la ventana, y con ella el monismo, la realidad entera como participación decreciente de una sola perfección, el plano trascendental disuelto en una escala continua. Por eso decretó que toda atribución es extrínseca, y por eso escamoteó la causa formal de su cuadro de atribuciones. 

    Un siglo después, Francisco Suárez desmontó el edificio desde el flanco contrario. Toda proporcionalidad, sostuvo, es metafórica, el prado no ríe de verdad, y la criatura es ente de verdad, en sentido absoluto, por su propio ser que la sostiene más allá de la nada, de modo que el ser no puede predicarse de ella por una proporcionalidad que siempre traslada. 

    Queda la atribución, pero no a un tercero anterior a Dios y a la criatura, pues nada hay anterior a ambos, y no de Dios a la criatura, pues Dios no depende de nadie, luego de la criatura a Dios, y una atribución intrínseca, porque la criatura es ente por participación esencial del ser que en Dios está por esencia, real por subordinación real a la fuente. 

    El sistema es de una coherencia admirable, y quien lo lea con simpatía sentirá durante páginas que tiene razón. Pero el traductor de Cayetano desliza al respecto una sospecha genealógica que merece ser tomada en serio, la de que en esa atribución intrínseca del ser, en esa escala de participaciones donde cada realidad inferior es una limitación de la perfección primera, se incuba la pendiente emanatista que desembocará, siglos más tarde, en los monismos modernos del Espíritu infinito, en la totalidad que se piensa a sí misma a través de sus momentos. La disputa de dos frailes sobre un adverbio, intrínseca o extrínsecamente, decidía si el mundo iba a tener afueras.

    Y hay un tercer combatiente, más tardío y más filólogo. En 1953 el dominico español Santiago María Ramírez (1891 – 1967) volvió sobre el texto de las Sentencias en que Cayetano había fundado su división trimembre, aquel pasaje donde Tomás de Aquino distingue lo que se dice por analogía según la intención y no según el ser, según el ser y no según la intención, y según la intención y según el ser, y demostró, contexto en mano, que Cayetano leyó mal. El primer miembro y el tercero no son dos modos distintos de analogía, atribución aquí y proporcionalidad allá, como quiso el cardenal. Son dos tipos de un mismo modo, atribución extrínseca y atribución intrínseca, y la proporcionalidad no aparece en el pasaje por ninguna parte. Cayetano habría cometido la falacia de tomar la parte por el todo, y la habría cometido, esto es lo decisivo, por razones que no eran exegéticas. Necesitaba, contra los escotistas que atacaban la proporcionalidad, un texto del maestro que la entronizara, y donde el texto decía otra cosa, la clasificación la dijo por él. El episodio enseña algo que excede con mucho a sus protagonistas. La lógica de la analogía nunca fue inocente. Cada taxonomía de los nombres escondía una apuesta sobre el mundo, cada definición era una trinchera, y el tratado que se presentaba como obra de lógico, hablando del ente solo a modo de ejemplo, estaba constreñido de arriba abajo por la ontología que juraba suspender. Bajo la gramática de la orina y la medicina se decidía la arquitectura de lo real.

    Y, sin embargo, toda esa arquitectura seguía construida desde fuera. Los tratados discutían la estructura de la analogía con una sutileza admirable, pero continuaban suponiendo que el filósofo podía contemplarla desde un balcón exterior. Nadie parecía preguntarse qué sucede cuando una analogía le acontece efectivamente a alguien.

    El siglo veinte produjo la reconstrucción más poderosa de toda esta doctrina, y la produjo, cosa notable, un materialista. Gustavo Bueno Martínez (1924 – 2016) reescribió la teoría de la analogía como teoría de los todos y las partes, y su cartografía merece admiración sin regateos. Para Bueno, hay totalidades atributivas, cuyas partes se refieren unas a otras por contigüidad o por causa, unidas por lo que llama unidad sinalógica, el vínculo del tejido, del organismo, de la máquina. Y hay totalidades distributivas, cuyas partes participan del todo con independencia mutua, unidas por unidad isológica, el parentesco de los ejemplares de una especie que jamás se han rozado. Hay además todos centrados, cuya unidad se establece en función de una de sus partes, y todos sin centro. Con esas piezas, la vieja disputa se ordena con una elegancia casi cruel. La univocidad resulta ser una totalidad distributiva con identidad genérica, animal repartido idénticamente entre el hombre, el caballo y el buey. La atribución resulta ser una totalidad atributiva y centrada, la salud del animal en el medio y los radios causales saliendo hacia la orina y la medicina. La proporcionalidad resulta ser una totalidad distributiva y sin centro, cuya identidad no es de términos, es de razones entre términos, una identidad poliádica que se reparte entre muchos sin residir en ninguno. Y sobre todo ello Bueno hizo planear su idea de symploké, tomada del Sofista, la tesis de que ni todo está conectado con todo ni cada cosa está suelta de todas, que es, si se mira bien, la fórmula lógica exacta de la analogía elevada a estructura del universo, el rechazo simultáneo del monismo, que es la univocidad hecha cosmología, y del atomismo, que es la equivocidad hecha polvo. Llegó a preguntarse si su propia idea de materia, esa pluralidad infinita que ninguna definición genérica agota, no sería análoga por proporcionalidad propia, y mantuvo en el límite de todos los regresos una materialidad trascendental que funciona como ideal regulativo, inalcanzable y sin embargo orientadora. El traductor de Cayetano que mencionamos antes, se asombra, con razón, del parentesco formal entre el cardenal y el materialista, ambos negando la unicidad del ser, ambos custodiando un plano límite, ambos proporcionalistas, con razones compuestas de esencia y existencia en uno, de materia y forma en el otro, quinientos años y un abismo doctrinal entre ellos, y la misma silueta.

     Hasta aquí he seguido deliberadamente el orden de los tratados. He hablado como ellos hablan, de conceptos, de predicaciones, de nombres, de totalidades, como si la analogía fuera ante todo una propiedad de las cosas dichas. Pero mientras avanzaba entre estas páginas iba creciendo una incomodidad que ya no podía seguir posponiendo. Todos estos autores describen con admirable precisión las formas de la analogía. Ninguno parece preguntarse dónde acontece realmente una analogía. Como si una proporción pudiera existir sin haberle ocurrido nunca a nadie.

    Y sin embargo, después de recorrer este medio milenio de técnica, queda por tanto una pregunta que ninguno de los combatientes formuló, y su ausencia me parece el hecho más significativo de toda la historia. El tratado de Cayetano versa sobre la analogía de los nombres. La holótica de Bueno clasifica totalidades. Escoto legisla sobre conceptos, Suárez sobre predicaciones, Ramírez sobre textos. Todos, hasta el más fino, tratan la analogía como una propiedad de lo ya dicho, y la contemplan desde el balcón del teórico, que ve el círculo con su centro y sus radios porque no está dentro del círculo. Nadie pregunta dónde ocurre una analogía. En qué sucede, a quién le pasa, qué hace con quien la recibe. Aquel adjetivo sin sustantivo vuelve ahora con otra cara, porque quizá el sustantivo que le falta no sea término, ni concepto, ni cosa, las tres candidaturas que barajan los tratados, y sea algo que los tratados no contemplan, un acontecimiento. La cantante del comienzo no aplicó una doctrina de la predicación cuando reconoció su canción un tono más abajo. Le pasó algo, y ese pasar es anterior a todos los nombres.

    Tomemos en serio a Escoto, que es lo que se debe a un adversario de su talla, y démosle su dato para quitarle su conclusión. Tiene razón en que toda comparación necesita un común. Donde no hay nada compartido, la comparación es un espejismo, y quien compara sin común alucina parentescos, como el charlatán. Pero tiene razón también Cayetano en que ese común no puede ser un concepto unívoco del ser, porque el ser no es un género y ningún concepto lo abarca sin traicionarlo. Ahora bien, la gente compara. Compara sin cesar, con una seguridad escandalosa, vinos, dolores, rostros, tiempos, interpretaciones, y compara precisamente en los territorios donde ningún concepto común está disponible. El oído reconoce que este intervalo es el mismo que aquel sin poseer el concepto de quinta justa, la mano sabe que este peso es a esta jarra lo que otro peso fue a otra jarra, el paladar emparenta dos vinos que ninguna ficha técnica emparienta. Si el común es imprescindible y el concepto es imposible, la conclusión se impone sola. El común de toda comparación no es un predicado, es un lugar, y ese lugar respira. Es la carne, el cuerpo vivido, el en qué de todas las proporciones, que no comparece como un término más entre los comparados porque es el medio en que los términos comparecen. Escoto exigía un aliqualiter univocum, algo de algún modo unívoco, y lo tenía tan cerca que no podía verlo, lo tenía puesto. El único unívoco real que atraviesa todas mis comparaciones soy yo en cuanto viviente, este cuerpo que fue el mismo oyendo la canción arriba y oyéndola abajo, y que por ser el mismo sin ser un concepto puede hospedar la identidad de la relación sin congelar la diferencia de los términos.

    Con esto, el problema más disputado de la escolástica, el de cuál sea el analogado primero, sufre un desplazamiento que ya no puede deshacerse. Las escuelas se batieron por el centro del círculo. Para unos era Dios, para otros la sustancia, en el ejemplo doméstico el animal sano, y Cayetano llegó a confesar, con una honestidad que le honra, que la analogía del ente por atribución ilustra poco porque su analogado primero no es accesible a nuestro conocimiento, y mal puede definir a los demás un centro que nadie ha conocido. 

    Pero antes de todos esos centros discutidos hay uno que ningún tratado inscribió en su círculo, la proporción viva entre un cuerpo y su mundo, eso que yo llamo comparecencia. La propia palabra lo lleva escrito, pues comparecer arrastra en su primera sílaba un con, aparecer es aparecer ante y aparecer junto a, presentarse respondiendo, y nada de lo que comparece llega desnudo. Todo llega como algo, medido sin cálculo contra lo ya vivido, oído en la tonalidad de una biografía. El desconocido se me presenta como alguien que recuerda a alguien, la casa nueva huele a una casa antigua, el acorde inaudito se sitúa solo respecto de los acordes que mi cuerpo ya ha atravesado. La comparecencia es analógica en su estructura misma, no contiene analogías como un saco contiene objetos, es proporción en acto, y si quisiera darle una fórmula que Cayetano pudiera leer, diría que todo acontecimiento de sentido tiene la forma de una ratio, en su sentido exacto de razón, entre huella y carne, entre lo que nos precede escrito, sonado, heredado, y el cuerpo que lo reenciende ahora. Los acontecimientos se emparientan entre sí por proporcionalidad de esas razones, lo que esta partitura es a estas manos lo fue aquella lengua a aquellos labios, lo que este duelo es a esta vida lo fue otro duelo a otra. El ser se dice de muchas maneras, enseñó el griego, y ahora puede decirse por qué. Se dice de muchas maneras porque se recibe en muchos cuerpos, y la multivocidad del ser es la corporalidad del sentido, su encarnación distributiva, repartida entre vivientes que no se dejan sumar.

    Vistas desde aquí, la atribución y la proporcionalidad dejan de ser casillas de un cuadro y se revelan como dos formas de vida, dos maneras en que una existencia organiza su común. Hay vidas centradas, y no siempre para mal. La tónica de una tonalidad, el rostro amado, una vocación verdadera, son centros legítimos que dan unidad sinalógica a los días, que ordenan lo demás sin anularlo, y quien ha vivido un año entero gravitando hacia un estreno o hacia una persona sabe que esa gravitación puede ser la forma misma de la salud. Pero el centro degenera con facilidad en ídolo, y entonces la vida entera pasa a régimen de atribución extrínseca, todo se vuelve orina y medicina de una salud que reside en otra parte, signo o instrumento de un analogado que nadie de la circunferencia llegará a ser, la métrica, el modelo, la ideología, el referente inalcanzable en cuyo nombre cada cosa concreta queda rebajada a denominación. Y hay parentescos sin centro, fraternidades proporcionales, donde cada término es plenamente lo que es y el vínculo no pasa por ningún trono, mi amistad con un hombre es a mi vida lo que su amistad conmigo es a la suya, sin que ninguno de los dos sea el original del otro. 

    La música conoce un lugar donde estas dos analogías, que los tratados enfrentaron durante siglos, trabajan juntas cada día, y ese lugar es la fuga. El tema entra, y la segunda voz responde. Si responde con transposición exacta, respuesta real, practica la proporcionalidad pura, los mismos intervalos en otra región, república perfecta de razones. Pero muchas veces responde con lo que llamamos respuesta tonal, alterando uno o dos intervalos de la cabeza del tema, doblegando levemente la proporción para que el conjunto siga gravitando hacia la tónica, y esa pequeña infidelidad es una fidelidad más honda, la proporcionalidad corrigiéndose por amor al centro, la atribución templada por respeto a la igualdad de las voces. Cayetano y Suárez nunca firmaron la paz. Bach (1685 - 1750) la firmaba cada mañana, en cuatro voces, sin darse cuenta de que zanjaba una disputa de teólogos con la mano izquierda.

    Mi propio instrumento guarda, en su historia de afinaciones, una versión material de la querella de los universales, y la guarda con moraleja incluida. Durante siglos los teclados se templaron desigualmente, algunas terceras eran puras y otras ásperas, ciertos acordes centelleaban y en un rincón del círculo de quintas aullaba el lobo, aquel intervalo intocable donde el sistema pagaba sus deudas, y cada tonalidad tenía por eso una fisonomía propia, un rostro, un clima que los compositores conocían y usaban. Después vino el temperamento igual, que reparte la deuda entre todos los intervalos hasta hacerla inaudible, doce semitonos idénticos, ninguna tercera pura y ninguna insoportable, y con él la transposición universal, la modulación infinita, la promesa cumplida del teclado bien temperado. Fue un triunfo, y no seré yo quien lo lamente con nostalgia de anticuario, pero fue un triunfo con factura. Al expulsar al lobo expulsamos también los rostros, las tonalidades perdieron fisonomía, todo se volvió comparable porque todo se volvió igual, y el teclado moderno realizó en metal y fieltro el programa de Escoto, la univocidad como condición de la comparación, el común absoluto comprado al precio de la singularidad de cada región. El piano es el instrumento más univocista que existe, una retícula de alturas fijas e idénticamente espaciadas, y esa es exactamente la razón de que el oficio de pianista consista en desmentirlo. Toda mi vida profesional cabe en esa desmentida. Con el peso, con el tiempo robado y devuelto, con el pedal que casa lo que la mecánica separa, con la jerarquía de las voces dentro de un mismo acorde, el pianista pasa sus décadas devolviendo lo análogo a una superficie unívoca, curvando lo idéntico hacia lo singular, y hay algo de parábola en que el arte más celebrado de la civilización de la medida consista en hacer cantar a una máquina de medir.

    De ahí que la cuestión del analogado primero reaparezca, con toda su carga, en el terreno donde trabajo. Existe una manera de entender la interpretación que reproduce, rasgo por rasgo, la analogía de atribución en su versión más pobre. En el centro, la obra misma, la intención del autor, el texto depurado, y en la circunferencia las ejecuciones, denominadas interpretaciones por pura cortesía extrínseca, signos y causas de una salud que reside en otra parte, cada una atada al centro por su radio y juzgada por su distancia a él. El esquema tiene un defecto que ya conocemos, y fue el propio Cayetano quien lo señaló sin querer al explicar por qué no ilustraba la atribución con el ente, que una analogía cuyo analogado primero nadie ha conocido ilustra mal, pues el centro debe entrar en la definición de los radios y un centro incognoscible no define nada. Nadie ha oído jamás la obra misma. Nadie ha asistido a la Appassionata en sí, sin manos, sin sala, sin tarde concreta. Lo que existe son sus comparecencias, y entre ellas la estructura honesta no es la del círculo con su trono vacío, es la de la proporcionalidad, lo que esta ejecución es a este cuerpo y a esta noche lo es aquella a los suyos, hermanas por identidad de razón, ninguna definiendo a las demás, cada una formalmente la obra bajo su propio concepto, con la partitura como huella común que todas reencienden y ninguna agota. La obra funciona entonces como aquel límite regulativo que el materialista asturiano puso al final de todos los regresos, orientadora e inalcanzable, no un original escondido detrás de las versiones, un ideal que las mantiene en tensión de parentesco. Y conozco bien la máquina que produce lo contrario, porque la fotografía la inventó antes que los conservatorios. Francis Galton (1822 – 1911) superponía retratos del mismo formato hasta que las particularidades se borraban y emergía el tipo, el rostro genérico de la familia o de la raza, y aquel retrato compuesto, que no pertenece a nadie, es el emblema perfecto de la univocidad aplicada a lo humano, y tiene hoy descendencia próspera, la grabación de referencia, la rúbrica del tribunal, la interpretación promedio que ningún cuerpo ha tocado nunca y contra la cual se mide a todos los cuerpos. Que el rostro compuesto no sea de nadie es precisamente lo que lo vuelve tan útil para las instituciones, que desconfían de los rostros con dueño.

    Existe, desde luego, otra tradición de la analogía, la que los manuales modernos recogen con gesto de aduanero, y su parte de verdad hay que concedérsela entera antes de discutirle el resto. Para esa tradición la analogía es una inferencia de probabilidad, el objeto primero posee tales y cuales notas, el segundo posee casi todas, luego probablemente posee también la que falta, y los diccionarios de época sentencian con severidad de comisario que la comparación no es demostración, exigen que las semejanzas sean esenciales y numerosas, advierten del riesgo de borrar diferencias cualitativas, y ponen como escarmiento a los mencheviques, que leyeron la revolución de su tiempo a través del molde de 1789 y sacaron de la analogía conclusiones que el redactor del diccionario reputa reaccionarias, con lo cual el diccionario ejecuta la maniobra deliciosa de advertir contra la analogía blandiendo una. Concedamos lo que hay que conceder. La analogía fabricada, la que se construye y se maneja como instrumento, ha sido uno de los grandes motores del conocimiento, y su historial impone respeto. Christiaan Huygens (1629 – 1695) oyó la luz por analogía con el sonido y de esa audacia salió la teoría ondulatoria, James Clerk Maxwell (1831 – 1879) extendió la razón al campo electromagnético, la anatomía comparada levantó su método sobre la fijeza de las conexiones, y la biología acabó partiendo el viejo par escolástico en dos conceptos técnicos que lo repiten sin saberlo, la homología, parentesco por descendencia de un antepasado común, atribución genealógica en toda regla, y la analogía en sentido estricto, el ala del insecto y el ala del ave, soluciones convergentes al mismo problema sin contacto alguno, proporcionalidad sin sangre compartida. También la corrupción tiene su galería. Jean-Baptiste Joseph Fourier (1768 – 1830) creyó que una atracción pasional regía el mundo moral como la gravitación el físico, ascendiendo una metáfora al rango de causa, y la línea que separa al sabio del charlatán pasa exactamente por la discreción de las proporciones, por el tacto para distinguir la semejanza fundada de la artificiosa. El criterio que yo propondría no mide la analogía por su parecido, la mide por su rendimiento fenomenológico. Una analogía es verdadera cuando, después de ella, el fenómeno muestra más de sí, cuando la duna me enseña algo de la ola que la ola sola no me enseñaba. Es corrupta cuando lo familiar sustituye al fenómeno, cuando dejo de mirar la cosa porque ya tengo su gemela cómoda. Y bajo esta tradición entera late una inversión que casi nadie hace. Los manuales tratan la analogía como una univocidad defectuosa, una identidad de segunda a la que le faltan papeles. La verdad es la contraria. La univocidad es analogía sedimentada, todo concepto genérico es un haz de semejanzas que olvidó su nacimiento, y los diccionarios que legislan contra la analogía son herbarios donde duermen, prensadas y secas, las proporciones vivas que un día fueron descubrimientos.

    El pensador que más lejos ha llevado esta intuición en nuestro tiempo no viene de la teología ni del materialismo, viene de la informática, y hay que reconstruir su tesis con la generosidad que merece porque es mucho más que una ocurrencia de laboratorio. Para Douglas Richard Hofstadter (1945) la analogía no es una figura entre otras, es el mecanismo mismo del pensamiento. Reconocer una silla como silla, entender una frase, identificar a alguien veinte años después, todo es ya proyección analógica, búsqueda de situaciones estructuralmente afines en la memoria, alineamiento de relaciones por debajo de las apariencias, y las categorías no son cajones fijos, son fluidas, cada caso nuevo las remodela por dentro, de modo que pensar es una negociación interminable entre lo vivido y lo que llega. Construyó programas para modelarlo, aquel Copycat que resolvía acertijos de letras sopesando qué relación resultaba más saliente en cada contexto en lugar de aplicar una sintaxis rígida, y coronó el edificio con su bucle extraño, la conciencia como un sistema que se vuelve analogía de sí mismo, el yo como la más abstracta de las autorrepresentaciones. Hay que agradecerle sin reservas la restitución del trono. Devolvió a la analogía la centralidad que los epistemólogos del recelo le habían negado, y llegó, desde la computación, al mismo claro al que la escolástica se asomó desde la teología, que pensar es analogar. Pero en el centro de su edificio hay un hueco con forma de cuerpo. Todo mapeo presupone un importar. La saliencia que decide qué relación cuenta no es un parámetro, es hambre, fatiga, historia, miedo, deseo, la presión de una vida sobre su presente, y un programa carece de todo eso, permuta sin coste, deshace cada correspondencia con la misma facilidad con que la hizo, resuelve acertijos de alfabetos sin haber perdido nunca nada. A un programa no le pasan las analogías. Las ejecuta. A la carne le pasan, y algunas le pasan como acontecimientos fechados e irreversibles. El día en que uno reconoce la mano de su padre en su propia mano sobre el teclado no está alineando estructuras, está siendo alcanzado. La frase de un maestro muerto que regresa dentro del propio fraseo, sin permiso, trae al muerto consigo. Y el médico que pronuncia un diagnóstico apoyándose en un como, esto se parece a lo de su madre, congela la habitación con cuatro palabras porque esa proporción no informa, sentencia. Propongo entonces una distinción que la tradición entera dejó sin hacer. Hay analogía fabricada, la que se construye, se maneja y se juzga por su fecundidad, la de Huygens, la de los modelos, la de Copycat, herramienta legítima y gloriosa. Y hay analogía recibida, padecida, la que llega sin ser convocada y se juzga por lo que deja aparecer y por lo que transforma en quien la recibe. La segunda funda a la primera, porque solo un ser al que la semejanza puede alcanzar es capaz de construir máquinas de semejanza, igual que solo quien ha sido herido puede fabricar armas. El mundo, además, rima solo, la concha repite a la galaxia, la duna a la ola, la ramificación del pulmón al delta del río, y esa rima objetiva existía antes que nosotros, pero la rima se vuelve sentido únicamente donde un cuerpo es alcanzado por ella. El sentido de una analogía no se construye por mapeo. Se responde.

    Donde esta distinción se vuelve carne de verdad es en el dolor, y aquí la vieja palabra de Cayetano regresa por el lado que los tratados nunca miraron. El dolor es lo más incomunicable que existe, nadie puede sentir el término de otro, y sin embargo la clínica entera vive de que el dolor se comunica, y se comunica por un solo camino, el analógico. Como un peso aquí, como una quemadura, como si una mano apretara por dentro, punzante o sordo, el interrogatorio más antiguo de la medicina es una petición de proporciones, y el sanum de los escolásticos, que ellos miraban desde el médico, tiene su reverso en el paciente, cuyo único instrumento diagnóstico es el como. Sobre esa base se levanta la compasión, que es proporcionalidad vivida y no efusión, tu dolor es a ti lo que el mío es a mí, y en esa fórmula está su grandeza y está su tragedia, porque yo poseo la razón y jamás poseeré tu término, el cuarto término de la proporción me está retenido para siempre, puedo sostener la relación y no puedo entrar en tu casa. La cresta es estrecha y a sus dos lados esperan las corrupciones de siempre. De un lado la equivalencia unívoca, sé exactamente lo que sientes, el retrato compuesto del sentimiento, el duelo administrado por protocolo, la empatía convertida en trámite, que abraza tanto porque no ha medido nada. Del otro el abandono equívoco, nadie puede entender a nadie, la coartada de la indiferencia vestida de respeto al misterio, que se lava las manos en el abismo. Entre ambas hay una práctica, y la práctica tiene nombre musical, afinar, sostener la proporción sin apoderarse del término, corregir sin cesar la distancia como el dedo del violinista corrige la suya, y a esa práctica sostenida la llamamos atención, que es la forma más exacta del amor porque es la más proporcional. El otro es mi diagonal, inconmensurable conmigo, sin unidad común que quepa en los dos, y la analogía es la única medida honesta que puedo ofrecerle, precisamente porque renuncia a medirlo. Enseñar, dicho sea de paso, obedece a la misma ley, pues ningún maestro transfunde sus términos a nadie, un maestro despierta razones, y el alumno que copia términos copia cadáveres.

    Todo lo que ha ido apareciendo en estas páginas parece obedecer ya a un mismo gesto. La cantante que reconoce una melodía transpuesta, el traductor que busca una proporción entre lenguas, el médico que interroga un dolor mediante un como, el intérprete que vuelve corporal una partitura, el amigo que intenta comprender una pena ajena sin apropiársela. Todavía parecen escenas distintas porque las hemos heredado separadas. Empiezo a sospechar que todas realizan una única operación fundamental, conservar una relación atravesando una diferencia. Sólo ahora puedo ponerle nombre.

    Así, puedo ahora nombrar la capacidad que este ensayo venía buscando sin decirlo, y nombrarla con un verbo de mi oficio. El ser humano es el animal que se transpone. Transponerse es llevar la propia razón a una tonalidad ajena sin confundir jamás los términos, hacer sonar la relación vivida en un registro que no es el propio, y una vez visto el gesto se lo reconoce en todas partes. Traducir es transponer una proporción de lengua a lengua. La metáfora transpone una razón de un campo a otro y por eso piensa, cuando piensa. Aprender es transponer lo sabido a lo desconocido guardando los intervalos. La compasión transpone mi relación con mi dolor a la clave de tu vida. Interpretar una obra es transponer una huella a un cuerpo que no la escribió. Hasta la memoria trabaja así, porque el pasado nunca vuelve literal, vuelve transpuesto, como una reexposición que trae el tema en otra región y cargado de todo lo que le ocurrió en el desarrollo, y quien espere del recuerdo una repetición exacta no ha entendido ni el recuerdo ni la música. De aquí se sigue algo sobre la identidad personal que los filósofos de las tablas y los clavos llevan siglos rondando sin resolver. Se preguntan si el barco sigue siendo el mismo cuando se le ha cambiado cada pieza, y cuentan tablones, cuando la respuesta la dio la cantante de mi primer párrafo sin abrir la boca dos veces. La melodía sobrevivió al reemplazo de todas sus notas porque su identidad nunca residió en las notas, residió en las razones entre ellas, y una vida es lo mismo, un tejido de proporciones que atraviesa la sustitución completa de sus materiales, células, convicciones, ciudades, hasta rostros, y sigue siendo reconocible como sigue siéndolo un tema en su última variación. La identidad humana es melódica, continuidad de razones a través de la mudanza de los términos, y aquí mi propio vocabulario se mueve un poco bajo mis pies, porque la lengua griega, que llamó melos al canto, llamó melos también al miembro del cuerpo, la misma palabra para la frase cantada y para el brazo, y siempre había leído esa duplicidad como un emblema de la encarnación del canto, cuando quizá dice algo más preciso, que el melos es la forma que toma la identidad proporcional en el tiempo, el modo en que un viviente se mantiene idéntico transponiéndose, y que por eso la música no ilustra la existencia, la exhibe. Queda, eso sí, el borde oscuro del verbo, porque el animal que se transpone es también el único que sabe de lo intransponible. Hay términos que ninguna clave recibe, este dolor exactamente, esta vida en su grano último, el singular en cuanto singular, y toda transposición lograda proyecta la sombra de lo que dejó en la tonalidad de origen.

    En 1509, desde Roma, Cayetano respondió por carta a las dudas de un fraile de Ferrara que creía haberlo sorprendido en contradicción, y en lugar de un sistema le devolvió una advertencia. Quien usa términos análogos, vino a decirle, participa a la vez de dos contrarios, la univocidad y la equivocidad, y esa participación simultánea exige una rectificación constante, un equilibrio que se busca y no se posee, algo que nunca debe olvidarse mientras se piensa. Me gusta que el tratado más técnico de la doctrina desemboque en un consejo de instrumentista, porque eso es, exactamente, una instrucción de afinación. La analogía no se tiene, se afina, como el violinista afina cada nota mientras la sostiene, corrigiendo una distancia que la mecánica del piano me ahorra y me niega a la vez, y el sentido entero de una vida se parece más a esa corrección interminable que a ninguna posición conquistada. La exactitud se posee, y por eso miente tan bien. La afinación se ejerce, y por eso no puede mentir mucho rato. 

    Queda una última proporción, la que todos podemos enunciar y ninguno habitar. Mi muerte es a mí lo que la tuya es a ti. La fórmula es perfecta, cuatro términos, dos razones, identidad proporcional impecable, y está perfectamente vacía, porque de esa analogía nadie ocupará nunca más de dos términos, y los otros dos le estarán retenidos hasta el final, que es cuando ya no hay analogía que hacer. Ahí, donde la proporción triunfa y se desfonda en el mismo enunciado, está la fraternidad de los mortales, parientes por razón a través de términos intransferibles, y está también la definición más sobria del amor que conozco, la insistencia en decir como por encima del abismo, sabiendo lo que el como no entregará. Cada vez que pronunciamos esa palabra pequeña confesamos de un solo aliento el parentesco y el destierro, esto es como aquello, tú eres como yo, y ni esto es aquello ni tú eres yo, y en la holgura de ese casi vivimos. El oído sigue inclinado sobre el intervalo, que nunca acaba de asentarse, y la mano vuelve a corregir...

Comentarios

ENTRADAS MÁS LEÍDAS

... elegía por una poética del tono ...

... defensa razonada de la música española ...

... de todos y partes ...

... 223 años de historia: el Concierto para piano y orquesta en España: 1798 - 2021 ...

... Intermezzi/Divertimenti ...

... what's wrong with classical music ...

... pasquinos, birras y otros desaguisados romeriles ...

... the hairpin debate ...

... Taubman, Celibidache, la cultura de la interpretación, y la crítica musical ...

... Prokofiev, la muerte, lo colosal y lo trágico ...

Entradas más leídas

... elegía por una poética del tono ...

... defensa razonada de la música española ...

... de todos y partes ...

... 223 años de historia: el Concierto para piano y orquesta en España: 1798 - 2021 ...

... Intermezzi/Divertimenti ...

... what's wrong with classical music ...

... pasquinos, birras y otros desaguisados romeriles ...

... the hairpin debate ...

... Taubman, Celibidache, la cultura de la interpretación, y la crítica musical ...

... Prokofiev, la muerte, lo colosal y lo trágico ...